Truman determinó la fecha para el lanzamiento de 300 bombas en la Unión Soviética

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En 1949, el gobierno de EE.UU. aprobó el plan “Dropshot”. En pocas palabras, se trataba de lanzar sobre la URSS 300 bombas atómicas y 250 mil toneladas de explosivos convencionales. El plan establecía una fecha para el inicio del bombardeo atómico de la URSS: 1 de Enero de 1957. Como indico el historiador que lo reveló (después de ser desclasificado de la categoría de “secreto” en 1978), Anthony Cave Brown, “el plan americano Dropshot de guerra mundial contra la Unión Soviética fue elaborado en 1949 por una comisión de la Junta de Jefes del Estado Mayor con autorización y conocimiento del Presidente Truman (“Dropshot. The United States Plan for War with the Soviet Union in 1957”, N.Y., 1978).

Durante casi 10 años fue el norte de la estrategia yanqui en relación a la URSS: “Dropshot, plan para una tercera guerra mundial (….) gobernó el pensamiento estratégico [americano] de los años 50” (John J. Reilly, “World War in 1957”, Part I).

Como relata Brown, la fecha de 1957 fue un aplazamiento. La anterior fue el 1 enero de 1950. En la época, las 300 bombas eran todo un arsenal nuclear de los EE.UU.. Serían arrojadas sobre las 100 grandes ciudades soviéticas. Como aún no existían los misiles balísticos intercontinentales, eran previstos 6.000 vuelos para lanzar las miles de toneladas de bombas “convencionales”. La Junta de Jefes del Estado Mayor ya había comenzado las maniobras para llegar a Moscú, Leningrado, los Urales, la región del Mar Negro, el Cáucaso, Arkhangelsk, Tashkent, Alma-Ata, Baikal y Vladivostok. Solamente sobre la región del Mar Negro, serían enviados 233 bombarderos y lanzadas 32 bombas atómicas. En este momento, el nombre dado al avión era “Troyano”. En pocas palabras, se asumía que el ataque era por sorpresa, a traición.

El bombardeo de la URSS en 1950 no entró en vigor debido a que la Fuerza Aérea llegó a la conclusión de que -en palabras de uno de sus comandantes, el general Anderson- no podría “a) completar totalmente la ofensiva aérea” planeada y “b) asegurar la defensa aérea de los EE.UU. y Alaska”.

De ahí el aplazamiento de la guerra nuclear hasta 1957, cuando, según presuponía el plan Dropshot, ya tendrían resueltos estos detalles, como si, en ese momento, la URSS no aumentase, como hizo, su capacidad para defenderse.

Con este aplazamiento no estuvo de acuerdo el general Curtis Le May, entonces comandante de la Fuerza Aérea de los EE.UU. en Europa, y luego comandante de la fuerza aérea y miembro de la Junta de Jefes de Estado Mayor hasta el gobierno Kennedy. Según Le May, era preciso inmediatamente “despoblar vastas dimensiones de la superficie terrestre, dejando sólo vestigios de la actividad material del hombre” (Brown, p. 5). Veinte años después, en sus memorias (“América in Danger”), Le May se quejaría: “Teníamos el poder de destruir por completo a Rusia sin ni siquiera herirnos las manos.”

Desde 1945, después de matar a 250.000 civiles en Hiroshima y 150.000 en Nagasaki, el establishment yanqui planeaba otro ataque nuclear. Esta vez a un país que era, en ese entonces, oficialmente aliado y amigo. En ese año, la Junta de Estado Mayor hizo una lista de 20 ciudades soviéticas para llevar a cabo el bombardeo atómico. Las 20 ciudades soviéticas eran Moscú, Leningrado, Gorki, Kuibishev, Bakú, Tashkent, Cheliabinski, Nizhni Taguil, Magnitogorsk, Sverdlovsk, Novosibirisk, Omsk, Saratov, Kazan, Perm, Tbilisi, Novokuznetsk, Grozny, Irkutsk, Yaroslavl. Los EE.UU. ya había preparado 196 bombas atómicas. La URSS no poseía ninguna. La resolución 432 / D del Comité Conjunto de Planificación Militar (12/14/1945) decía: “según nuestros cálculos, utilizando 196 bombas atómicas que componen el 100% de las reservas, los EE.UU. estarían en condiciones de causar tal destrucción que el golpe podría ser decisivo “. Y el documento 329 del Comité Conjunto de Información de la Junta aclara que tipo de destrucción: “la capacidad de destruir las concentraciones humanas es una de las propiedades relevantes de la bomba atómica.”

No se trataba de planear una “represalia” en caso de supuesta agresión. No había ninguna amenaza de agresión. Tanto la Junta como el Departamento de Estado reconocían que la URSS “no era un peligro inmediato”. La Junta quería llevar a cabo el ataque por el riesgo de que los avances tecnológicos de la URSS le permitirán “un ataque contra los EE.UU. o defenderse de nuestro ataque”. En resumen, querían impedir cualquier posibilidad de resistencia al someter al mundo. Y, agregaban, que las bombas atómicas debían ser usadas “para la destrucción masiva de las ciudades” (Michael Sherry, “Preparing for the Next War. American Plans for Postwar Defense”, 1941-1945, Yale University Press, 1977, pág. 57).

Después de producir más bombas, el plan fue ampliado: en 1948, el plan “Charioteer” preveía en el primer momento, 133 bombas atómicas sobre 70 ciudades soviéticas (ocho para Moscú y siete para Leningrado), y 200 bombas atómicas más en los dos años siguientes, más allá de las 250 toneladas de bombas “convencionales”. Un plan secundario “Fleetwood”, preveía la fecha del 1 de febrero de 1949 para el lanzamiento de las 133 bombas atómicas (“Containment: Documents on American Policy and Strategy, 1945-1950”, NY, 1978).

Algunos meses después, una comisión encabezada por el general Harmom, de la Fuerza Aérea, estimó que “La fase inicial de la ofensiva atómica provocará, por lo menos, 2 millones 700 mil muertos y 4 millones de víctimas adicionales.” El informe Harmon concluía de este modo: “… las ventajas del uso inmediato de la bomba atómica deben estar por encima de todo. Deben ser llevados a cabo todos los esfuerzos razonables con el fin de preparar los medios para llevar rápida y eficazmente el máximo número de bombas atómicas a los objetivos previstos”.

Pero entonces, la Unión Soviética produjo su primera bomba atómica. Se hizo imposible llevar a cabo el bombardeo nuclear de la URSS sin contar con alguna respuesta en el mismo nivel. Sin embargo, no desistieron. Sólo pospusieron la fecha del 1 de enero de 1957. Entonces, ya con Eisenhower (quien, al contrario de Truman, estaba extremadamente interesado en el asunto, hasta el punto de no faltar a una reunión del Consejo de Seguridad Nacional durante ocho años. Truman fue a 11 de ellas entre más de 50; Kennedy ni aparecía), se hicieron algunas correcciones: documentos de los años 1954 y 1955 muestran que el ataque previsto para dos años más tarde, era ahora en 118 ciudades soviéticas, que recibirían 750 bombas atómicas en apenas dos horas. En uno de estos documentos, había una graciosa observación: “Dos horas, y no será más que un montón de ruinas radiactivas.” (David A. Rosenberg, “A Smoking Radiation Ruin at the End of Two Hours”, International Security, 1982, p. 34).

La fecha del 1 de enero 1957 tuvo también que ser abandonada. Los soviéticos, como era de esperar, habían aumentado su capacidad de defensa, volviendo inviable destruir la URSS, como diría el general Le May, “sin ni siquiera herir las manos”. Es verdad que ni esto los hizo desistir del todo: en 1962, en medio del bloqueo a Cuba, Le May y sus colegas de la Junta del Estado Mayor, y Robert Mcnamara, un criado para los recados de Nelson Rockefeller, propusieron a Kennedy el bombardeo nuclear de la URSS, con la “garantía” de que podían destruir los estimados 50 misiles intercontinentales que los soviéticos tenían, antes de que fuesen disparados. Kennedy, que no estaba loco, “No se entusiasmo y prefirió no poner a prueba la garantía” (John J. Reilly, “World War in 1957”).

 Traducido por “Cultura Proletaria” de “Jornal Hora Do Povo”

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