Como era la vida en China antes de la revolución

ImagenRelatos que declaran con dolorosa claridad lo que tenían que soportar las familias de campesinos sin tierra.

La esposa de Wang Ch´ung-Lai

Wang Ch´ung-Lai era el hermano adoptivo de Wang Lai-Shun, el segundo terrateniente en importancia en Long Bow. Lai-Shun heredó la tierra y la fortuna de la familia Wang, pero jamás prosperó debido a que era un adicto perdido a la droga. En realidad, ni él ni su hermano Ch´ung-Lai eran hijos propios del viejo Wang. Ambos habían sido comprados de pequeños por el terrateniente y criados en su casa como hijos, pues Wang no tenía descendientes propios. Cuando el viejo murió, a su astuta esposa no le gustaba la idea de tener que dividir la propiedad entre sus dos herederos, ninguno de los cuales podía reclamarla legalmente. Con un hijo bastaba para continuar el servicio del culto a los antepasados y asegurar una nueva generación. Así pues, a Lai-Shun lo trataba como a un hijo, y a Ch´ung-Lai como a un criado y trabajador asalariado.

Para asegurarse ayuda en las tareas de la casa la vieja le compró a Ch´ung-Lai una esposa. Por aquel entonces la muchacha no tenía más que nueve años, le costó nueve sartas de cash (una sarta de cash estaba hecha de monedas de cobre, cada una con un agujero en el centro para la cuerda. En una sarta había cien monedas. Con nueve sartas se podía comprar un dólar de plata) y vivió en la casa en calidad de sirvienta durante seis años hasta el día en que fue dada a Ch´ung-Lai por esposa.

Mientras fui una esposa-niña todos me pegaban y me maldecían -nos dijo al relatar la historia de su vida años más tarde.

Al principio, como sólo tenía nueve años, estuve al cuidado de las ovejas y los cerdos. Iba cada día al monte a vigilar a las ovejas y, al regresar, daba de comer a los cerdos. Por aquel entonces vivía la primera esposa de Lai-Shun que hacía la comida para todos. La primera esposa no era tan mala y además yo pasaba el día fuera de casa. Con todo, la vieja me pegaba, no por nada, sólo porque creía que no trabajaba suficiente.

Me casaron a los quince años. Y todo fue peor, mucho peor. La causa fue que Lai-Shun se casó de nuevo y la segunda esposa era terrible. Ella no me pegaba nunca, pero se quejaba a la vieja y dejaba que ésta me pegara. Fuí pegada demasiado para acordarme de los detalles. Como me pegaban todos los días, me cuesta recordar las circunstancias especiales.

Ellos comían mien (fideos). Yo hacía la comida, pero no me estaba permitido probarla, ni siquiera los trozos que sobraban. Ch´ung-Lai y yo comíamos mijo, clado hecho con desperdicios y maíz triturado.

En aquella época me decía a mí misma “Como no tengo familia y esta gente es tan terrible, no tengo otra alternativa”, y solía andar junto al pozo; finalmente decidí que era mejor vivir una vida miserable que matarse por propia voluntad, así pues mi única esperanza era escapar y trabajar para otros.

Un día la suegra me rompió un brazo. El agua hervía en el puchero y le pregunté que debía preparar y cuánto mijo había. No me contestó. Se lo volví a preguntar. Entonces se enfandó y me pegó. Dijo que la molestaba y que era estúpida. Así es como iban las cosas. En aquella ocasión cogió un atizador de hierro y me rompió un brazo de un golpe. Me dolía mucho y tuve yacer en el k´ang durante quince días sin poder trabajar ni moverme.

Entonces Lai-Shun cogió un cuchillo y nos amenazó. Dijo que si no nos íbamos nos mataría a los dos. Yo quería huír y encontrar trabajo en otra parte pero Ch´ung-Lai tenía miedo. Temía morir de hambre, pues una vez abandonada la familia jamás podríamos obtener nada de ella. Pero al final nos echaron, nos echaron a la calle con las manos vacías.

Ch´ung-Lai se fue a Taiyuan a tirar de un palanquín. Cuando podía mandaba dinero. Y yo cocinaba para un terrateniente en Pu-t´sun. Allí estaba mejor que en casa. Por lo menos tenñia comida suficiente y cuando preguntaba que debía preparar me contestaban. A veces incluso me daban ropa vieja o andrajos y ganaba alrededor de un dólar al mes.

Al cabo de seis años, habíamos ahorrado lo suficiente para comprar un parcela de tierra. Entonces vino el año del hambre. Ch´ung-Lai tuvo que regresar de Taiyuan, pero estaba enfermo. De la tierrra sacamos sólo dos costales de grano. Después de pagar los impuestos no nos quedó nada. El hambre agravaba la enfermedad de Ch´ung-Lai. Por aquel entonces teníamos dos pequeños, un hijo y una hija. Los tres salíamos a mendigar. Pero a veces teníamos que ir tan lejos que por la noche no podíamos regresar. Dormíamos en templos y, cuando no encontrábamos ninguno, al aire libre. En una ocasión pregunté a los pequeños “¿Tenéis miedo?” Ellos contestaron, “Mientras podamos encontrar algo que comer no tendremos miedo”.

Pero como era un año de carestía era muy difícil encontrar alimento. Tuvimos que vender la tierra. Nos dieron por ella seis fanegas de mijo y con ello tuvimos que pasar un año entero. Lo acompañábamos con lo que podíamos encontrar, pero costaba encontrar algo. No había ni hojas en los árboles.

Regresamos a Long Bow a pedir ayuda a Wang Lai-Shun. Toda su familia seguía comiendo con abundancia. Nos arrodillamos ante ellos y mendigamos algo que comer. Les pedimos que tuvieran compasión de los pequeños. “No os pedimos nada. Sabemos que para nosotros no hay esperanza posible, pero desearíamos que os apiadarais de los pequeños por ser vuestro nieto y nieta”.

Pero ellos cogieron estacas y pegaron a los niños. Esperamos hasta el pasado mediodía pero no nos dieron ni una taza de agua. De modo que nos fuimos con los pequeños a otras aldeas donde conseguimos algo. Los extraños nos trataban mejor que nuestra propia familia.

Al año de carestía siguió una buena cosecha estival, pero entonces no teníamos tierra. Ch´ung-Lai trabajaba a sueldo y yo cocinaba para los demás como antes. Teníamos que dejar a nuestros hijos solos. Yo iba cada dos o tres días a casa y les daba un poco de mijo o maíz. Ellos por su parte mendigaban. A fines de año vi que todas las familias preparaban fideos y otras cosas buenas de comer. Yo le pedí a mi señora que me diera un poco de maíz para que mis hijos pudieran celebrar también el Año Nuevo. Pero sólo recibí maldiciones y me despidió.

Regresé a casa con un poco de maíz que compré con mi paga y sin trabajo. Cuando los pequeños me vieron se pusieron a llorar. Lloramos los tres todo el día. Mis hijos me dijeron: “Pediremos limosna juntos y moriremos juntos, pero no nos volvamos a separar”. Así pues, salimos a mendigar otra vez.

Tras la cosecha del verano los tres fuimos a los campos a espigar trigo. Un día vi a un lobo que me miraba fijamente. Estaba aterrada. No osaba moverme. Me puse a mirarle fijamente yo también. Mi hija al ver el lobo echó a correr, pero el lobo la alcanzó. No podía dar un paso. Me quedé petrificada viendo como el lobo abría sus enormes fauces y mordía a mi hija. Mi hijo exclamaba: “Mira que boca tan grande y que lengua roja tan terrible”.

En aquel momento por la carretera pasaba un carro. Los hombres al verlo saltaron del carro y empezaron a golpear al lobo. Yo seguía helada sin poder moverme. Los hombres ahuyentaron al lobo. Me llamaron. Mi hija aún estaba viva. Cuando me acerqué a ella, vi que le había arrancado un buen trozo de carne de una pierna y había mordido sus mejillas, pero sus ojos estaban serenos y me miraban. La abracé fuertemente contra mi pecho y quise llevarla a casa, pero al cabo de poco rato murió. Su cuerpecito inánime seguía contra mi pecho. Después me desvanecí y los carreteros me colocaron sobre el carro junto con el muchacho. Dejaron su cuerpecito en el campo y me llevaron a casa. Al recobrar el conocimiento estaba atontada. Cada día me sentaba con las puertas cerradas y gritaba: “¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!”. Los vecinos tenían pena de nosotros y nos mandaban un poco de comida.

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Sheng Fa-Liang

He aquí la historia que me contó Sheng Fa-Liang, el muchacho ligado por contrato a Sheng Ching-Ho durante siete años para poder saldar la deuda de cuatro dólares contraída por su padre:

Cuando empecé a trabajar para Sheng Ching-Ho tenía sólo catorce años. A pesar de ello tenía que hacer trabajos duros y desagradables. Era demasiado joven para poder transportar cubos llenos hasta el borde; sin embargo, me hacían traer agua del pozo. Tenía que llenarlos sólo hasta la mitad para poder transportarlos. Mientras trabajé para Ching-Ho jamás tuve el estómago lleno. Siempre estaba hambriento. Él comía todos los días alimento sólido, pero a mí me daba solamente un poco de sopa con algo de mijo dentro. Podía contar los granos flotando en el agua. Enfermé dos veces debido al exceso de trabajo. Y siempre tenía frío. Jamás tuve suficiente comida o ropa que me proporcionara calor. Cuando enfermaba no podía trabajar y entonces el amo se ponía furioso. Mandó a dos hombres que me llevaran a casa para no tener que mantenerme mientras durara mi enfermedad. Y fue mi padre quien tuvo que pagar a los trabajadores que me sustituyeron. Mi enfermedad no le costó nada al dueño; en cambio, mi familia tuvo que soportar toda la carga.

Por mucho que trabajara no podía ni siquiera empezar a saldar la deuda. Al cabo de unos años de estancia en su casa le debíamos quince dólares en lugar de cuatro. Yo le dije: “No me sirve de nada trabajar para usted. Haga lo que haga la deuda sigue creciendo. Yo quiero irme”. Pero no me dejó. El contrato estipulaba siete años, y tuvimos que aguantar. En aquel tiempo ya había crecido y podía hacer el trabajo de un hombre. Finalmente prometió pagarme diez dólares al año en lugar de ocho. Por mi parte acepté no pedir más dinero a cambio de que él no subiera el interés de la deuda. pero aún así no hubo manera. Cuando rompía algo me lo hacía pagar a un precio excesivo. En una ocasión hubo una fuerte sequía. La tierra estaba muy dura. Nos obligó a terminar pronto la sachadura. Con la prisa se me rompió el asidero del azadón. Al verlo se puso furioso. Me rebajó varios dólares mi sueldo anual, tanto como para comprar dos nuevos mangos, a pesar de que el yo había roto aún se podía usar. Y de hecho lo utilicé durante mucho tiempo. A fin de año la paga no me alcanzó ni para unos pantalones.

Al mínimo error se ponía hecho un basilísco. Tenía que traer el agua por la entrada, donde había un umbral y un recodo muy pronunciado. Si derramaba un poco de agua me maldecía por ensuciar el patio. Una vez rompí la collera del caballo. Me maldijo a mí y a mis antepasados… No me atreví a contestar. Para mí esto de no poder replicar era peor que la comida y los cuartos inmundos. En aquellos días las palabras de los terratenientes eran ley. Tenían su manera de ver las cosas. Cuando hacía verdadero calor y ellos decían que no, nadie se atrevía a comentar que hacía calor; aunque hiciera verdadero frío, si ellos decían que no, nadie habría la boca para decir que hacia frío. Pasara lo que pasara teníamos que escucharles a ellos. Nunca terminaríamos de contar los abusos que sufrimos por parte de los terratenientes.

Al final de cada año, Ching-Ho me deducía todo lo que según él había roto, el tiempo que había estado enfermo, etc. Lo que quedaba nunca bastaba para pagar el interés del préstamo, de modo que se lo quedaba todo, y no percibía salario alguno. Transcurridos los siete años, tuve que derribar dos secciones de mi casa, vender madera y ladrillos para poder pagar definitivamente a Ching-Ho.

Después fui a trabajar para Wang Lai-Shun. Daba por sentado que quizás no todas las familias trataban igual a la gente, pero pronto experimenté que todos los cuervos son negros. La casa de Lai-Shun no era mejor. El año del hambre tuve que vender el resto de mi casa para poder vivir. La vendí a Sheng Ching-Ho, pero el dinero llegó demasiado tarde y no pude salvar a mi esposa. Estaba tan enferma de inanición que murió pocos días después. El dinero no mejoró nada. Una parte la necesité poder enterrarla. Con el resto compramos mijo. pero como el mijo no bastaba para subsistir tuvimos que ir a las montañas a por hierbas silvestres. Antes de terminar el año todo lo que nos quedaba eran hierbas, hierbajos y las hojas de los árboles. A pesar de todo, los peores días de mi vida fueron los de mi infancia. Muy a menudo no tenía absolutamente nada que comer. En invierno no tenía ropas acolchadas que llevar. Un traje de ropa acolchada me tenía que durar varios años. Había que remendarlo una y otra vez. Al final era tan fino como una chaqueta de verano. ¿Cómo pude sobrevivir? No sé cómo lo conseguí. No puedo ni pensarlo. Cuando no teníamos mijo, bebíamos agua caliente. Si teníamos algún dinero comprábamos carbón, pero casi nunca teníamos.

¿Cuál ha sido el día más feliz de mi vida? No he tenido ningún día feliz. Pero si los comparamos, los días transcurridos desde la liberación han sido buenos.

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Extraído del libro “Fanshen: Un documental de la revolución en una aldea china” de William Hinton

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