Dirigentes salidos de las filas de trabajadores

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El Soviet de Vladivostok  fue construido por trabajadores (mecánicos, portuarios, ferroviarios, etc,). La pesada mano del zar había caído sobre ellos. Algunos habían sido detenidos, otros obligados a vagar por el mundo.

A la llamada de la Revolución, regresaron del exilio. Utkine y Jordan regresaron de Australia hablando Inglés; Antonov de Nápoles, hablando italiano. Melnikov, Nikiforov y Prominski salieron de la cárcel hablando francés. Este trío había transformado su prisión en una universidad. Se habían especializado en matemáticas y ahora eran expertos en cálculos, planeaban gráficos tan bien como habían planeado revoluciones.

Habían estado juntos durante siete años en prisión. Ahora que eran libres, cada uno podía seguir su camino. Pero los largos y duros años los habían unido por unos lazos de amistad más fuertes que las cadenas que los ataban. Habían estado unidos en la muerte y ahora, en la vida, no se podían separar. Sin embargo, sus opiniones divergían bastante y cada uno defendía la suya con una energía feroz. A pesar de esto, por muy profundas que fuesen sus diferencias ideológicas, en la práctica actuaban como un todo. El partido de Melnikov no apoyaba, en su momento, al Soviet, pero sus dos camaradas si lo hacían. Por lo tanto, este les siguió y entró al servicio del Soviet, como comisionado de Correos y Telégrafos.

En el espíritu de Melnikov se había librado una gran batalla, que le dejó su rostro surcado de profundas arrugas y los ojos duramente marcados por el sufrimiento. Pero la victoria y una gran serenidad estaban escritas en su rostro. Sus ojos brillaban y colgaban de ellos siempre una gran sonrisa. Cuando las cosas se volvían más oscuras, sonreía más.

El Soviet recibió poca ayuda de los intelectuales. Estos proclamaron un boicot contra el Soviet hasta que los trabajadores cambiasen su programa por completo. En un mitin proclamaron abiertamente una política de sabotaje.

La respuesta dada por un minero era amarga y sarcástica: “Ustedes se enorgullecen de su conocimiento y de sus habilidades. ¿Quién les dio eso? Nosotros, con nuestro sudor y nuestra sangre. Mientras ustedes se sentaban en sus pupitres en las escuelas y en las universidades, nosotros trabajamos como esclavos en la oscuridad de las minas y en el humo de las fábricas. Ahora les pedimos ayuda y nos dicen: “Renuncien a su programa y acepten el nuestro. Así les ayudaremos”. Y nosotros decimos: “No vamos a renunciar a nuestro programa. Ya nos arreglaremos sin ustedes”.

Qué audacia suprema la de estos trabajadores, sin experiencia en el gobierno, asumiendo la administración de un territorio tan grande como Francia y tan rico como la India, asediado por hordas de imperialistas y abrumado por trombas de problemas.

El Soviet de Vladivostok había tomado el poder sin haber derramado una gota de sangre. Había sido fácil. Pero la tarea que le esperaba era difícil, terriblemente difícil y compleja.

El primer problema a resolver era el económico. La desorganización de la industria a lo largo de la guerra y de la revolución, el regreso de los soldados, y los “lock-outs” de los patrones llenaron las calles de desempleados. Al darse cuenta del peligro que esto constituía, el Soviet trató de reabrir las fábricas. La administración fue entregada a los trabajadores y el crédito previsto por el Soviet.

Los dirigentes redujeron voluntariamente sus salarios. Por decreto del Comité Ejecutivo Central de los Soviets el salario máximo de un funcionario se fijó en 500 rublos por mes. Los comisionados de Vladivostok, teniendo en cuenta el bajo nivel del costo de vida en el Extremo Oriente (redujeran el suyo a 300). Después de eso, cuando alguien mostraba el deseo de recibir una paga más grande, estaba sujeto a que le preguntasen: “¿Quiere ganar más que Lenin y Sukhnov?”. No había ninguna respuesta para eso.

Extraído de la obra de Albert Rhys Williams “Lenin y la Revolución de Octubre”

Traducido por “Cultura Proletaria” de “averdade.org.br/”

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