Principios ideológicos que perpetúan la opresión

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En la historia de la sociedad de clases, siempre se ha apartado a la mujer de la esfera de la producción social, se la ha confinado en el hogar con la tarea de reproducir la fuerza de trabajo y se la ha privado de todos sus derechos. Para justificar esta situación, en este largo proceso, se ha ido creando toda una serie de concepciones tendentes a justificar su opresión ya ocultar, por todos los medios, la realidad de que esta opresión no es sino el fruto de la división social del trabajo y de la aparición de la propiedad privada.

Desde la sociedad esclavista hasta nuestros días, los filósofos, pensadores y hombres de relevancia política, han elaborado toda una serie de teorías que tienen como fin, presentar la situación de la mujer como algo natural. Así, por ejemplo, el Aristóteles de la sociedad esclavista afirmaba:

“Es una ley natural que existen elementos naturalmente dominantes y elementos naturalmente dominados […] el gobierno del hombre libre sobre el esclavo es un tipo de dominio; el del hombre sobre la mujer, otro”.

Por su parte, el Rousseau de la Ilustración ilustraba a los ciudadanos y ciudadanas de su época con sentencias de este estilo:

“Toda la educación de la mujer debe referirse al hombre. Complacerlo, serle útil, hacerse amar y honrar por él, educarlo cuando joven, cuidarlo cuando adulto, aconsejarlo, consolarlo y hacerle la vida dulce y agradable. Estos son los deberes de las mujeres en todo momento y lo que debe caracterizarlas desde su más tierna infancia”.

Tomás de Aquino o San Agustín no merecen tampoco ser olvidados en este pequeño recorrido; para ellos, las mujeres eran seres imperfectos e inferiores por naturaleza, mientras que para el célebre Napoleón Bonaparte:

“La naturaleza quiso que las mujeres fuesen nuestras esclavas […] son nuestra propiedad […] nos pertenecen tal como un árbol que pare frutos pertenece al granjero […] la mujer no es más que una máquina para producir hijos”.(1)

Con el desarrollo del capitalismo, los ideólogos burgueses también han dado a luz todo tipo de teorías pseudocientíficas para demostrar, al igual que sus antecesores, la supuesta inferioridad biológica de las mujeres. Es cierto que entre el hombre y la mujer hay diferencias biológicas obvias; no obstante, sobre las mismas se ha erigido, en el curso de la historia, una vasta superestructura cultural por la cual se fomenta el desarrollo, en la mujer y en el hombre, no sólo de tipos físicos sino de rasgos de temperamento, carácter, inclinaciones, gustos y talentos que se suponen biológicamente inherentes a cada sexo. Se consideran como características sexuales secundarias, inamovibles, fatales y ahistóricas (2). Así, se hizo a la mujer responsable de la continuidad de la especie, pasando «por alto» la coparticipación del hombre. Y, paralelamente, surgió la creencia de la incapacidad de la mujer para realizar las tareas pesadas, peligrosas o de responsabilidad.

De esta forma, se han creado dos formas de caracteres y comportamientos sociales radicalmente opuestas dependiendo del sexo, consolidadas y apuntaladas por la moral, la legislación y la cultura y que, en realidad, son sólo fruto de la división del trabajo.

Mientras que, para la mujer, lo determinante es la maternidad y todas las actividades relacionadas con el hogar, para el hombre lo principal es el trabajo productivo y las actividades sociales. Estos cánones de conducta, conservados y profundamente arraigados a través de los siglos, determinan de antemano la distinta educación y destino del futuro ser, según nazca varón o hembra. A la niña, por ejemplo, se le impide realizar juegos violentos y, con ello, se perjudica su necesario desarrollo físico y la formación completa de su carácter. Se le reprime y, con mucha frecuencia, hasta se le prohíbe, toda curiosidad por los instrumentos de trabajo e, incluso, se llega a crear en ella el temor a la investigación y al mundo exterior a la familia; en los juegos, se la limita casi exclusivamente al ámbito del hogar: la muñeca, el juego de cocina con sus cacerolitas y platitos, los costureros con sus agujas y sus hilos… son, entre otros, los regalos más acostumbrados para una niña; en cambio, nunca se le regalan camiones, juegos de carpintería o pistolas. Unido a todo esto, se le va inculcando la idea de que es un objeto decorativo, bonito, femenino…; así se le crea la conciencia de que ha nacido para agradar por el sexo. Este hecho tiene una gran importancia ya que, a través de él, poco a poco, se va enfocando a la niña hacia su futuro papel en la sociedad, desviando sus fuerzas creativas hacia la reproducción de la especie y las labores domésticas.

Por su parte, la poesía, la novela, la música, los medios de comunicación de masas, las costumbres y hábitos…, es decir, la cultura, proseguirán esta obra y, así, al llegar a la edad adulta, la mujer se habrá convertido, objetivamente hablando, en un ser atrofiado. Eso es, justamente, lo que se requiere de ella: que sea mansa, pasiva, abnegada y con un miedo patológico a la independencia. Así se crean las cadenas que la definen como tradicionalmente conservadora e insegura. Y, por este mismo motivo, cuando la mujer se atreve a romper estas cadenas e inicia la lucha por su emancipación, inevitablemente tiene que superar muchos más obstáculos que el hombre y romper con muchas más lacras y prejuicios que éste para evitar su tendencia a buscar la protección y la aprobación de un hombre o para sacudirse la secular inseguridad que la acompaña, a causa de la carga reaccionaria que ha recibido en su formación como persona. En contraposición, al hombre se le educa para todo lo contrario; de hecho, va a tener que ser el futuro trabajador. En consonancia con este papel, en él se estimula al máximo el desarrollo de la fuerza física, de la inteligencia, de la audacia… características todas ellas, falsamente asociadas al concepto de «virilidad».

Por otra parte, a la mujer también se la bombardea con una amplia profusión de ideas cuyo objetivo no es otro que hacerla sentir como un objeto de apropiación masculina; en base a esto, su verdadero valor -socialmente reconocido- se encuentra en su sexo. Por ello, la mujer debe convertirse en un permanente foco de atracción social y utilizar «sus armas» -encanto, belleza, femineidad, etc.- para promocionarse socialmente.

Pero los cánones de belleza que rigen en el mercado sexual están muy lejos de ajustarse a las condiciones de las mujeres trabajadoras; estos son atributo, único y exclusivo, de las clases poseedoras y tienen como meta infiltrar en las conciencias de las clases explotadas los valores estéticos y morales de la clase dominante (3). ¿Cuál es si no el prototipo de mujer ideal propuesta por los medios de comunicación, por la literatura y por las canciones de la sociedad burguesa? ¿A qué intereses responde ese prototipo de mujer de piel suave, miembros esbeltos y gestos dulces, sin atisbo alguno de desarrollo muscular? Sin duda, es el prototipo de mujer de la clase dominante, un prototipo en el que se rechaza todo desarrollo físico alcanzado por la realización de tareas productivas o de deporte; un prototipo que no admite presencia muscular alguna, ni las manos anchas y fuertes de trabajadora, ni la frente contraída por el estudio. Tales atributos están ciertamente reñidos con la necesidad de esa mujer a quien, desde su más tierna infancia, hay que preparar para la competencia sexual. De esta forma, las mujeres se convierten en atractivas mercancías.

Por último, hay otro aspecto a señalar: la unión entre los dos ideales de mujer -la mujer bella, a la moda y la buena ama de casa, firmemente anclada en la cocina-. Para poder compaginar ambas facetas, la mujer se ve abocada, firmemente y de lleno, al consumismo: la moda, la cosmética, los electrodomésticos… Y aun en el caso de que no pueda adquirir estos objetos de consumo, no por ello está menos libre de la influencia de los medios de comunicación masivos; en este sentido, no podemos olvidar que se la conforma para comprar y no para producir. Este hecho crea una conciencia social femenina por la que se obliga a las mujeres a consumir objetos totalmente innecesarios, que abarcan una amplia y variopinta gama: las pestañas postizas, las pelucas, las joyas, las medias de seda, los electrodomésticos de todo tipo… y los bienes ideológico-culturales como revistas femeninas, películas, etc., que la encadenan a una psicología típicamente femenina, lo que constituye la mejor garantía para que ésta no escape al papel que tiene encomendado en la sociedad y en la familia.

La división de tipologías masculina y femenina, radicalmente opuestas, se manifiesta, asimismo, en la existencia de una doble moral -en la que el hombre tiene el papel represivo- que garantiza su opresión sobre la mujer en las relaciones cotidianas. Según esta doble moral, se incentiva en él todo lo que se reprime bestialmente en ella. Así, mientras a ésta se le exige fidelidad absoluta, en aquél se valora su grado de «virilidad» por el número de conquistas que haya realizado. La moral y la cultura patriarcales actúan como guardianes en una doble vertiente: para cuidar que la mujer no se desmande y abandone su papel y para evitar la toma de conciencia por parte del hombre. En definitiva. La ideología patriarcal que ha enfrentado radicalmente los sexos, creando cánones totalmente opuestos de conductas sociales para cada uno, tiene como fin el garantizar una mano de obra semiesclava para la reposición privada de la fuerza de trabajo y, por supuesto, no tiene base científica ni biológica alguna en que apoyarse. Es una ideología que sólo beneficia a las clases dominantes y que intenta confundir al pueblo para impedirle tomar plena conciencia de la capacidad creadora de la mujer; una capacidad creadora tal que, si fuera masivamente volcada en la producción social y en las demás esferas de la vida, provocaría un fabuloso salto adelante. Esta ideología justifica también la deformación y la sobreexplotación de la mujer en la sociedad de clases y actúa de freno en mujeres y hombres para intentar evitar la toma de conciencia y la unión de ambos sexos en la lucha conjunta contra la sociedad de clases.

Notas:

(1) Citado por I. Larguía y J. Dumoulin en su trabajo “Hacia una concepción científica de la emancipación de la mujer”.

(2) I. Larguía y J. Dumoulin, “Hacia una concepción científica de la emancipación de la mujer”.

(3) Isabel Larguía y John Dumoulin, “Hacia una concepción científica de la emancipación de la mujer”.

Extraído del libro “La mujer en el camino de su emancipación” de Carmen Jiménez Castro

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