Convivencia con Mao Tse-tung en el diálogo

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El revolucionario, el estadista, el doctrinario

A fines de agosto de 1960 tuvimos la oportunidad de conversar durante más de tres horas y media con Mao Tse-tung, en su residencia en Tien An Men en Pekín. Nos encontramos y convivimos en el diálogo no sólo con el poeta, sino también con la personalidad del revolucionario y del estadista.

Nos fue dado percibir de inmediato, ante su presencia y al cambiar las primeras palabras con él, la grandeza moral y lúcida serenidad del líder de la revolución mundial anticolonialista y anti-imperialista en el país monitor del socialismo y de la lucha por la liberación nacional de los pueblos de tres continentes.

En la convicción de que, por motivos obvios, nuestra entrevista sería breve, llevé anotadas unas pocas preguntas acerca de la construcción del socialismo en la República Popular China. Nos interesaba sobremanera conocer, acerca del problema que reputábamos fundamental, la opinión del jefe —ya había declinado la presidencia constitucional— de un pueblo de cultura milenaria, en el que se estaba cumpliendo el mayor avatar revolucionario de todos los tiempos. Pero la conversación se fue prolongando hasta que se tendió la mesa cordial de la cena, a que nos invitaba.

De entrada, nos dijo Mao Tse-tung, y estas palabras eran su carnet de identidad: “Yo fui maestro, enseñé a chicos de ocho a doce años, hasta que me excluyeron del cargo. No soy militar; pero he hecho veinte años de guerra“. (Al recordar ahora sus palabras, pensamos en el tipo de esa guerra, la que se extenderá cada vez más en todo el mundo sometido al coloniaje, y por contraste con ella asociamos la imagen de los ejércitos de parada y desfile, y mesa servida, que conocemos).

Luego tocamos diversos temas de carácter doctrinario; los primeros acerca de etapas decisivas en el movimiento filosófico europeo; el materialismo francés y el alemán del siglo XVII, el empirismo inglés, corrientes que el presidente Mao, hombre de amplia cultura filosófica, conocía perfectamente, y cómo se había operado el tránsito del materialismo mecanicista al materialismo dialéctico por obra del pensamiento de Marx. Es sabido que la metodología y la praxis transformadora del marxismo unidos a una gran tradición revolucionaria vernácula y de índole agraria —fueron los factores fundamentales de la profunda dinámica de la Revolución China y de su orientación hacia el socialismo. La adaptación del pensamiento marxista a las circunstancias propias fue la obra genial de Mao Tse-tung y sus camaradas de lucha y de edificación de la nueva China. Con gran visión de futuro, Mao había enunciado, señalando la trascendencia cultural y nacional de la transformación revolucionaria de la sociedad china contemporánea: “No se puede plagiar pura y simplemente. Es un punto de vista erróneo realizar una “occidentalización total” sin crítica alguna. En lo que se refiere a la aplicación del marxismo en China, es necesario unir de manera conveniente la verdad general del marxismo y la realización concreta de la Revolución China. Esto quiere decir que el marxismo no será útil si no adquiere una forma nacional…  La cultura china debe tener su propia forma, una forma nacional…, un contenido nuevo, democrático“.

Concepciones humanísticas y religiosas

Después de responder a unas breves preguntas del presidente Mao sobre las tendencias filosóficas que habían influido en nuestro país y en Latinoamérica, y ya en trance de diálogo doctrinario, lo interrogamos sobre las religiones en suelo chino, y la evolución que siguieron. Con claridad y en pocas palabras nos hizo una síntesis precisa al respecto:

A excepción del budismo, el taoismo, el confucionismo y la prédica de Mencio, fueron originariamente concepciones humanísticas y morales, y no religiones. Ellos, en polémica con el budismo, que penetró en China en el siglo II de la era cristiana, como religión con su dogma y culto ya formados, devinieron poco a poco religiones y erigieron sus templos,  creando su culto y sus ritos. Su influjo como tales religiones ha pasado, pero quedaron los magníficos templos taoistas y confucionistas, los que , juntamente con los que levantó el budismo, son, en su casi mayoría, espléndidas obras de arte, todas restauradas y bien conservadas por el gobierno de la República Popular China, que reconoce la más amplia libertad de cultos. En todos estos templos, los fieles brillan por su ausencia, pues representan una ultraminoría devota“.

Dentro ya de este tema, inquirimos por la suerte de la confesión católica, la que existe como minúsculo remanente de la penetración imperialista, al igual que algunas sectas protestantes. Nos explicó que los creyentes de ese culto eran una muy reducida minoría, pero que la iglesia católica china no tenía ningún vínculo de dependencia o subordinación con respecto al Vaticano. Textualmente nos dijo irónicamente, que esto respondía a que “así como los católicos italianos tenían su Dios en el cielo de Italia, para los católicos chinos él estaba en el cielo de China” (señalando con el dedo hacia arriba). Ha terminado definitivamente la penetración catequista —instrumento del colonialismo— de la cultura “occidental y cristiana” en todos los demás sectores étnicos y culturales.

Preguntamos a Mao Tse-tung sobre lo que los actuales teóricos y filosóficos chinos pensaban de la dialéctica de Lao Tsé, el gran maestro del Tao. Nos respondió que los actuales filósofos chinos no tenían opinión uniforme acerca de ella; mientras unos le asignaban un carácter materialista, la mayoría la consideraba idealista, pero que ella era aún asunto de estudio y que la investigación acerca de la misma no se había cerrado.

Las comunas populares. Proceso dialéctico

Enseguida, alentados por su disposición cordial, le formulamos la pregunta que más nos acuciaba por la importancia que tendría la respuesta sobre un tema arduo, que estaba en el tapete de la discusión: “Presidente Mao, ¿cuál es, entre otros, el aporte decisivo de la Revolución China para la construcción del socialismo en el país?

Nosotros nos encontrábamos de vuelta en Pekín después de una larga gira por China, por sus principales ciudades y centros industriales y agrarios, en la cual visitamos muchas comunidades urbanas y agrarias. La respuesta de Mao, que ya la sospechábamos, fue bien concreta y rotunda: “Nuestro más trascendental aporte para la construcción del socialismo en la República Popular China es la creación de las Comunas Populares“. Agregó: “Aquí y afuera muchos nos han criticado y atacado por ellas, pero nosotros les decimos, a todos, una sola cosa: -Déjennos probar-” Por lo de “afuera” se refería, sin duda, a la impertinente metida de narices —con la chabacanería e ignorancia que caracterizaron su gestión —de Khrushchev, en el Congreso Iº de los Partidos Comunistas de Bucarest, a principios de 1960, en el que se despachó contra las comunas populares. El Presidente Mao agregó que, como sucede con toda empresa innovadora y de envergadura, se han cometido algunos errores, “pero hemos puesto todo nuestro empeño y estudio en rectificarlos, y seguir adelante. La marcha revolucionaria de las cosas sigue un curso marcado, al principio, por un pequeño error, después por un pequeño acierto, luego, nuevo y quizá mayor error, para lograr, tras ensayos y ajustes, un gran acierto“. Aludía indirectamente Mao-Tse-tung al devenir de todo proceso social y económico con sus factores dinámicos, es decir dialécticos; se trata de etapas jalonadas por la negatividad que en virtud de su trámite procesal libera de sí lo positivo.

Nosotros, al visitar las comunas, tanto rurales como urbanas, informándonos acerca de su génesis, funcionamiento y ulterior desarrollo, adquirimos la convicción que ellas estaban destinadas a ser el nervio de la construcción socialista en China. In situ pudimos comprobar, por los hechos mismos, que la formación de las comunas populares obedecía a un proceso dialéctico, movilizado por una praxis e impulso organizatorio no exentos de tanteos, pero seguros de la meta  y de los objetivos intermedios a alcanzar: autonomía, reducción al mínimo de la intervención del Estado en el desarrollo de la actividad comunal en lo económico y social, incremento en la producción reglada y colectiva, convivencia integral en una comunidad de trabajadores libres. Muchos se han equivocado al querer ver a la Comuna como un edificio concluido y bien techado, sin percatarse que su formación es un proceso largo y complejo. Los estadios principales hasta llegar a la constitución funcional de la Comuna, tal como ellos se ofrecieron a nuestra comprobación, de acuerdo a lo visto y a los datos obtenidos, son los siguientes:

1º) Ayuda mutua (en lo rural y en lo urbano).

2º) Cooperativa de tipo inferior.

3º) Cooperativa de tipo superior.

4º) Comuna popular en su forma incipiente y proyectada a un desarrollo integral (con escuelas de primera y segunda enseñanza, institutos técnicos, universidades).

En lo que se refiere a las comunas urbanas, vimos en Shanghai, aparte de las de una sola clase en Pekín, tres tipos de ellas:

1º) Rudimentarias, en los viejos barrios (con pequeños talleres, manualidades, provistas de enfermería, sala de primeros auxilios).

2º) En los nuevos barrios, monobloques de departamentos, con confort moderno, jardines, plantaciones (almacenes, tiendas, hospitales).

3º) La ciudad satélite, terminada y habitada (a esta fecha se han agregado cuatro o cinco más, que estaban en construcción), distante varios kilómetros de la metrópolis más densamente poblada de China con 80.000 habitantes. Esta magnífica y pequeña ciudad satélite, está planeada y construida sobre la base de grandes monobloques de departamentos por manzana, para viviendas de los obreros, con grandes tiendas, almacenes y proveedurías, cine, teatro, biblioteca, Palacio de la Cultura. Los obreros que la habitan están a quince minutos (con transporte automotor) de las fábricas y talleres semiautomatizados en que trabajan.

Respecto al éxito de las comunas rurales, un índice del mismo es la victoriosa lucha de la República Popular China contra la infra-alimentación y el hambre, a pesar de dos malas cosechas seguidas (en estos años se ha alcanzado una cifra apreciable en el aumento alimentario per cápita); hay que  computar, además, los grandes recursos monetarios que le permiten a China importar cereales por cantidades enormes. Un testimonio insospechable sobre tal situación lo aporta Josué de Castro. En la quinta edición de su documentada obra, “Geopolítica del Hambre“, en las páginas que ha agregado a esta última edición bajo el título “El despertar de la nueva China“, escribe: “Los hechos de naturaleza económico-social que allí se van operando nos autorizan a afirmar que la lucha contra el hambre emprendida por la nueva China podrá conducirla a la victoria” (“Geopolítica del Hambre“, pág. 232, traducción al  castellano, Buenos Aires 1962). Y, refiriéndose a las medidas arbitradas para esta lucha, dice de Castro: “Todas esas medidas vienen, necesariamente, repercutiendo favorablemente sobre la producción alimentaria del país… El gran resorte psicológico de esta actividad febril, que se ve cada día crecer, y multiplicar las iniciativas y medidas por todas partes, fue la reforma agraria”  (Ob. cit., pág. 235). La Comuna se integra y embellece; el arte ya tiene en ella su lugar. Los poetas, la cantan y los compositores la celebran con vena popular.

Partido y Estado revolucionarios

Por último, estimulado por la generosa acogida del presidente Mao, cerramos nuestro cuestionario, interrogándolo sobre un tema acerca del cual nos interesaba conocer su opinión, abonada por una experiencia tan rica y dramáticamente adquirida. ¿Cuál es la relación del Partido Comunista con el Estado revolucionario, surgido de una  prolongada y tremenda lucha contra  un enemigo armado por el imperialismo yanqui, aliado con los señores feudales y barones de la guerra, y cuál el papel que el Partido ha jugado en la victoria de la Revolución China? La respuesta fue clara e ilustrativa sobre el carácter y estructura dinámica del Partido Comunista Chino. Nos dijo, más o menos lo siguiente: “Fuera del Partido puede haber hombres y luchadores mejores que en el Partido. Durante la dura y sacrificada lucha, muchos se fatigan y se excluyen a sí mismos de su seno; otros son excluidos de éste por el Partido, con razón o sin ella. Son actos propios y resultantes de la conducción de sus dirigentes y de la estructura misma del Partido. Esta estructura y la falibilidad de los hombres implican contradicciones y discusiones, crítica y autocrítica, y, en función de estas últimas, han implicado, por lo tanto, errores. Pero a través de la lucha, con sus pequeños y a veces grandes errores y aciertos decisivos, a la Revolución China, coronada por la victoria, la hizo nuestro Partido“. Con esta explicación nos dio Mao Tse-tung la idea cabal de la estructura dialéctica de lo que es un Partido auténticamente revolucionario (y debe ser un  Partido Comunista, fiel a su programa doctrinario y consciente de su tarea, la que ha de reflejar, con criterio creador, las condiciones históricas y la dinámica propia de la sociedad en que él está llamado a actuar).

Lucha por la liberación nacional y “coexistencia pacífica”

Al recordar ahora estas palabras del presidente Mao viene a nuestra mente, por contraste, lo que son otros Partidos Comunistas que conocemos, sobre todo el de cierto país latinoamericano, que, según referencias fidedignas acerca de su acción y magisterio, vegeta burocráticamente; muy rico en iniciativas, realiza grandes campañas y colectas “ideológicas”, en las que recoge muchos millones de pesos. Digita organizaciones colaterales, como un bien regimentado “Consejo de la Paz”; el que con copiosas delegaciones, mucho más numerosas que las de otros países del continente, concurre a los Congresos Internacionales por la Paz, a cumplir con la consigna de la “coexistencia pacífica”, silenciando la imperativa exigencia de apoyar la lucha por la liberación nacional de los pueblos sometidos al coloniaje, condición básica para la paz. Según referencias periodísticas ese “Consejo de la Paz” concurrió al reciente Congreso de Helsinki con gran procesión de delegados, aportando su obsecuencia “pacífica” y sus “luces”, potenciadas éstas por la brillante presencia en la delegación de un ex Rector plagiario (entiéndase bien, ex rector, pero no ex plagiario) de la Universidad de un país de Latinoamérica, Universidad que se hizo mundialmente famosa justo por la audaz originalidad de su ex rector. Esta delegación, como otras que van ya embaladas —bajo la voz de orden del amo— cometen el “inocente” error de ayudar a sustituir la lucha por la liberación de los pueblos coloniales, por la coexistencia pacífica con el imperialismo. Algunos de los miembros de tal delegación de tal país se corrieron, en esta oportunidad, hasta algunos países del Sudeste asiático —sojuzgados por el imperialismo yanki o en lucha contra éste— para lloriquear y gimotear con el ruego de que en el Congreso de Helsinki no se hablara de “agresión imperialista” y todo fuese “coexistencia pacífica” y miel sobre hojuelas. Servían, así, obsecuentes al segundo amo, cuidando, con celo que los honra, las traseras partes del tigre de papel.

Pero a pesar del empeño de las delegaciones serviles y de su complicidad con el comité internacional preparatorio del Congreso, que en su “llamado” ni siquiera menciona la situación en Vietnam, les fue mal en Helsinki; sufrieron una derrota. El jefe de la delegación china, Chao Yi-Min, las marcó a fuego en su discurso: “Mientras habla a voz en cuello sobre la defensa de la paz, cierta gente no se atreve a mencionar al imperialismo yanki por su nombre, como el enemigo principal de la paz mundial… Negando por completo el papel de la lucha de los pueblos de varios de los países, algunas personas están ansiosas de la cooperación soviético-norteamericana para la dominación del mundo e incluso transforman las organizaciones y reuniones del Congreso Mundial de la Paz en una bolsa mercantil para sus tratos con el imperialismo yanqui“. Y hasta Bertrand Rusell, el último liberal supérstite del siglo XIX, tan atenido hasta ahora a hablar de paz, pensando sólo en su ínsula y en Europa, se hizo presente en Helsinki por intermedio de la Fundación para la Paz, que lleva  su nombre, para condenar la amenaza contra la paz que significa la flagrante política de agresión del imperialismo yanqui. En su declaración, B. Rusell afirma: “…La mayoría de los pueblos del mundo deben aceptar esta circunstancia (el dominio y expoliación en su beneficio de las dos terceras partes del mundo por parte de los intereses imperialistas yanquis) o ir al levantamiento abierto contra la dominación y explotación norteamericanas. Estos son los hechos esenciales que yacen detrás de la bestial guerra de agresión que los Estados Unidos llevan a cabo actualmente en Vietnam”. En otra parte de su declaración, dice: “Los sucesos de los años recientes y la actual política de los Estados Unidos aclaran, más allá de toda duda, que la amenaza contra la paz mundial es el imperialismo norteamericano. Todo observador honesto de la escena mundial que conozca bien los hechos, debe llegar a esa conclusión“.

 

Extraído del libro de Carlos Astrada “Encuentro en la dialéctica: convivencia con Mao Tse-Tung en el diálogo” Buenos Aires: Tomás Catari, 1994

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