El feminismo también es cosa de hombres

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Sí, el feminismo también es cosa de hombres. No todo, pero una parte importante de la lucha de liberación de la mujer tiene una actitud masculina. Pero ¿por qué a los hombres les debería preocupar la lucha de género, ya que históricamente son los beneficiados por la estructura social patriarcal? Sencillo: el feminismo libera al hombre.

No, no estoy diciendo ninguna estupidez. La liberación de la mujer trae como consecuencia (¿secundaria?) la liberación del hombre en ciertas direcciones. Radicalmente, la más importante es: el feminismo rompe los estereotipos de género.

Un estereotipo de género es aquel conjunto de “etiquetas” de comportamiento que son colectivamente vinculadas a un género. Es la típica “eso es cosa de mujeres” y “eso es cosa de gays” (ya hablaremos de la homofobia). A través de los estereotipos de género, la opresión sexista comienza en la cuna: antes de que el bebé recién llegado desarrolle sus habilidades cognitivas para entender el mundo de la familia, ya lo convierten en un objeto de fetiche. Alrededor del bebé, existe toda una cultura con valores arbitrarios y más o menos adheridos que le es inculcada. Antes de saber diferenciar los colores, la ropa que usa ya tiene presente una característica sensorial al juicio de valor de aquellos que ya lo juzgan -o a su(s) padre(s) y madre(s)- basados en los bebés dresscode.

Entre el final de la lactancia y el inicio de la infancia propiamente dicha, el niño ya está completando la formación de las funciones cognitivas, sin embargo, el aparato crítico mental aún comenzará a desarrollarse. Esta etapa, de la primera infancia, es donde -en mi opinión- los pre-conceptos están más profundamente arraigados, basados en experiencias traumáticas o en la observación “educadora” de los adultos y la reproducción de su universo (charla-acción) de una manera lúdica en los juegos. Antes de que el niño pueda discernir entre lo correcto e incorrecto, en base a sus propios principios empíricos de acción-reacción, alguien no solamente le ha vendido estos patrones, también las formas más escolásticas posibles basadas ahora y siempre en un proceso de adoctrinamiento basado en la formación del niño con recompensas (materiales o psicológicas) y castigos (estos generalmente físicos).

Es precisamente en esta etapa que los estereotipos de género se solidifican y se afianzan, en los casos más absurdos de opresión del adulto sobre el niño (llamado por los anarquistas, en inglés, ageism) el componente “moral”, a través de la catequesis religiosa, potencian y coronan el proceso de colonización de la infancia.

El establishment del comportamiento masculino es exigido al niño, así como el femenino a la niña. Las diferencias estéticas entre uno y el otro, a pesar de ser factores complicados -como veremos- se convierten en secundarias delante de las similitudes ontológicas entre los establishments. Ambos son heterosexuales, capitalistas e individualistas.

Al niño -cuya colonización doctrinaria para el estereotipo de su género comenzó con muñecos de acción, armas de juguete y juegos de contacto (lucha libre, por ejemplo)- se le exige que tenga una postura corporal más rígida; actitudes de venganza violenta son incentivadas; el fetichismo de objetos tales como automóviles, motocicletas, o cualquier cosa que implique explosiones, choques, contactos, o algún tipo de violencia son incentivados -y en algunos casos- requeridos. La insubordinación masculina es vista con más complacencia que la femenina. Para el niño, en algunos casos la rebeldía (no confundir con desobediencia) es vista como coraje. La expresión del dolor o de la debilidad inherente a cualquier ser humano, gana aire despectivo y humillante. El llanto casi nunca es incentivado como herramienta de alivio, y casi siempre condenado como demostración de cobardía. Los patrones referidos (y otros más que el/la lector/a puede imaginar) son necesarios en todas las interacciones sociales del niño: casa, escuela, club. En esta etapa, el sexismo inculcado se expresa por el castigo del niño por parte de sus compañeros o por los adultos que interfieren en su educación en dos momentos simultáneos: moralmente cambiando el sujeto para el sexo opuesto, en la medida en que este es ridiculizado. El ejemplo es claro: “¡Usted lucha como una mujercita!“; o “¿Vas a estar ahí llorando como una niña?“.

Sin tomar consciencia, en unos más que en otros, la relación forzada entre momentos de dolor, vergüenza, humillación, debilidad, etc. vinculadas moralmente a “rebajar” al “otro” sexo fortalece el elemento psicológico radical de un sexismo que acompañará al sujeto durante la vida, y, solamente con un trabajo -de otros y de sí mismo- de deconstrucción de tales relaciones será posible revertir. Y aún tengo mis dudas sobre si la reversión completa de la raíz psicológica sexista en el sujeto es total.

A la niña -cuya colonización doctrinaria para el estereotipo de su género comenzó con todo tipo de muñecas “maternales”; juguetes que simulan la vida doméstica, o un universo fútil de “bolsas, compras y zapatos”- se le exige casi siempre una postura angelical, dulce y suave, o mínimamente “discreta” (¿sumisa?). Opuestamente al niño, la niña nunca debe enfadarse o parecer insatisfecha, tampoco participar en juegos de contacto. También se le exige desde muy temprano a la mujer que se preocupe por la apariencia y por la vanidad, en su aspecto más fútil. Es incentivada en la niña la falsa necesidad de comprar. Por regla general, se confía más en la niña para cuidar de sus hermanos menores que en el niño, por el simple hecho de ser mujer; también en algunas familias la hija mayor debe asumir el lugar de la madre cuando se ausenta en el cuidado de la casa y con la casa en general. Muchas veces la propia niña se aferra a este tipo de opresión familiar como una virtud. En la adolescencia este recurso puede parecer conveniente para ambas partes: el del adolescente que se siente autoafirmado por tener un “trabajo” bajo su total responsabilidad, y de los adultos por la exploración de esta necesidad de autoafirmación (nuevamente ageism). A la niña también le es exigida una mayor obediencia, de una forma general, que al niño. La reprobación por un acto de insubordinación femenino tiene un peso mayor que el del niño. La sociedad acostumbra atribuir tales requisitos -claramente más opresivos que los de los niños- a la defensa falaz de la madurez precoz (en ralación con el niño) de la mujer; y que esto sería suficiente para atribuirle a ello lo más pronto posible las tareas del stablishment. Es redundante decir que la “madurez”, así como cualquier aspecto psicológico del desarrollo humano, está mucho más sujeta al desarrollo individual de las variables insondables que a un postulado del sentido común basado en una media verdad científica.

En los dos párrafos anteriores tenemos reseñados -más o menos- que son los estereotipos sociales de género. Arriba me referí al caso de la homofobia. A mi entender, la homofobia y el sexismo van de la mano, en el sentido de que son frutos directos del machismo y del patriarcado. En el molde de nuestra discusión la cosa es evidente cuando, incluso en el niño y la niña el/la sujeto resuelve transgredir las fronteras de los estereotipos. Algunos traspasan unos y otros aspectos y su castigo viene en todo tipo de bullyng social, familiar, etc. Un “sujeto deslocado”, dirían. Otros simplemente transgreden todos los aspectos del estereotipo de su género, y son clasificados como “maricones” y “marimachos” (los términos son para destacar el aspecto peyorativo de la calificación). Estos dos estereotipos “adicionales” son considerados el “subproducto” de los estereotipos primarios. Aquel que no encaja en el stablishment es repelido automáticamente al grupo odiado.

En este sentido, la homosexualidad no es percibida como una orientación sexual en un discurso meramente etiquetador, supuestamente igualitario e inclusivo; pero convenientemente como la propia perversión sexual en todos sus aspectos: estéticos y “éticos”. La homosexualidad es tan incómoda porque viola justamente el tabú sexual, en la medida en que cuestiona la institucionalización del estereotipo social vinculado al género. La lucha de las/los feministas debe ser apoyada y se debe ser solidario con la lucha de los/las LGBTQ, y viceversa. Ambos son el contrapunto, en diversas formas, del sentido común machista que es doblemente misógino y homofóbico.

Todo lo que se ha dicho aquí evidenció las similitudes de las víctimas directas del machismo: las mujeres primero, y el colectivo LGBTQ segundo. Sin embargo, el motivo de este texto es el siguiente: las víctimas indirectas del machismo. Antes de entrar en el asunto, vale la pena señalar que este texto no se trata de una defensa falaz del “prejuicio contra los heterosexuales”. Más bien, el texto es una afirmación de que la heterosexualidad precisa ser repensada constantemente, y en lo que respecta a nosotros -hombres- la masculinidad debe ser deconstruida.

Aunque he escrito este texto para el público en general, está pensado intencionadamente para un tipo de persona que, como yo, es hombre y es heterosexual, pero no se reconoce en el estereotipo troglodítico de su género, habiendo así, por lo tanto, transgedido algunos preceptos de tal estereotipo, pero también -aunque por varias y repetidas ocasiones calificado por el discurso opresor como “maricón”- no es representado por el conjunto de los homosexuales. La pregunta que se ha de hacer cualquier persona que comparta este estado conmigo es: ¿Cómo nos libera el feminismo?

En primer lugar, no seamos ingenuos: por más desplazados que estemos, no somos -y nunca seremos- las principales víctimas del machismo. Esto nos alcanza solamente como escombro de sus explosiones de odio sobre las mujeres y los homosexuales. Los hombres que no comparten el estereotipo, el machismo apenas les afecta como el botín de guerra que es engorroso e incómodo, es insuficiente para causarnos cualquier tipo de daño profundo, pero suficiente para despertarnos y sensibilizarnos respecto a la lucha de nuestras compañeras.

Tal vez sea esta nuestra cuota de participación en la lucha de las mujeres: en la condición de hombres que cuestionan su propia masculinidad. En mi caso particular, en condición de hombre heterosexual y de posicionamiento político anarquista, pienso hacer del movimiento feminista parte de mi papel en la lucha por el fin de todas las formas de opresión sobre humanos/as y no humanos/as: hombres, mujeres, homosexuales, animales no humanos, etc. A usted, lector, aunque tenga posicionamientos diferentes de los mios, acepte el reto y la invitación: Sea hombre para cuestionar su virilidad. “Tenga pelotas” para ser feminista. Esto no le haría menos hombre, pero sin duda le haría más humano.

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de fagocitandosp.blogspot.com.es

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