Del materialismo formal al materialismo dialéctico

ImagenAugust Thalheimer

Fuentes del materialismo dialéctico

El progreso decisivo sobre el materialismo de Feuerbach fue realizado por Marx y Engels a partir del año 1840, es decir, algunos años antes de la revolución de 1848. El mismo Feuerbach había escrito en 1841, su libro “La esencia del cristianismo”, y en 1843 sus “Pensamientos sobre la filosofía del porvenir”. Pocos años faltaban para que Marx y Engels pudieran sobrepasar el punto que Feuerbach alcanzó. Feuerbach no era sino un filósofo revolucionario burgués, perteneciente a la tendencia más radical, más avanzada, de la revolución burguesa.

Marx y Engels comenzaron del mismo modo su carrera política, como revolucionarios burgueses radicales, para pasar en seguida al lado de la clase obrera y llegar a ser los fundadores del socialismo científico. Sólo convirtiéndose en revolucionarios socialistas y proletarios fue como pudieron sobrepasar la concepción burguesa radical.

Marx y Engels eran discípulos de Hegel y Feuerbach. Pero no sólo partiendo de la filosofía alemana fue como llegaron al materialismo histórico o dialéctico, sino que contribuyeron igualmente otros fenómenos de la época. Sobre todo la lucha de clases que por entonces se desarrollaba en Inglaterra. Era la época del movimiento cartista, el primer movimiento obrero moderno de gran importancia. En Inglaterra, que era en aquella época el país más desarrollado económicamente, podía advertirse fácilmente que la verdadera causa, la explicación de las luchas políticas, residía en la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado. Por otra parte, era evidente, para quién siguiese con atención la lucha de clases en Inglaterra, que ésta se explicaba por la situación económica de las dos clases en pugna, por el hecho de que la burguesía tenía en su mano el monopolio de los medios de producción y acumulaba riquezas sobre riquezas, mientras que la clase obrera, que no poseía dichos medios, estaba condenada a vender su fuerza de trabajo. Allí había que buscar, por consecuencia, la explicación materialista de los acontecimientos de la época. Friedrich Engels pasó muchos años de su juventud en Inglaterra, donde se interesó de cerca por el movimiento obrero y donde recibió los primeros estímulos que le condujeron poco a poco al materialismo histórico.

El segundo elemento que contribuyó a la formación del materialismo histórico fue el estudio de la Revolución Francesa, que influyó particularmente sobre Marx, residente entonces en París. Los escritores burgueses de la Revolución Francesa ya habían comprendido que los acontecimientos de esta revolución encontraban su significado en la lucha entre las diferentes clases de la sociedad. La concepción de la lucha de clases como fuerza motriz de la historia política se hizo particularmente clara para Marx gracias al estudio de la historia de la Revolución Francesa, mientras que Engels, por su parte, veía con precisión la base económica de la lucha entre el proletariado y la burguesía. La reunión de estos dos hombres, Max y Engels, la aplicación que hicieron a la historia del método dialéctico que aprendieron de Hegel y el paso que dieron con Feuerbach, del idealismo al materialismo, todo esto creó la base de la formación del materialismo histórico, así como la del socialismo científico.

Explicación materialista de la historia y refutación de la religión y la filosofía

¿En qué consiste, pues, el progreso realizado por Marx y Engels sobre Feuerbach? Feuerbach encontró la clave de la explicación materialista de la naturaleza. Marx y Engels encontraron la clave de la explicación materialista de la historia. Esta clave la encontraron observando la manera cómo se procuran los hombres sus medios de subsistencia. Emplearon para ello la expresión “modo de producción”. El modo de producción no significa otra cosa que la manera por la que se procuran los hombres sus medios de vida, lo que Engels ha resumido de un modo rudo: “El hombre tiene necesidad de comer y beber antes de poder filosofar”. Todo lo restante viene después; depende del modo por el cual los hombres se procuran la bebida y la comida. Esta sencilla verdad es la base de la explicación materialista de la historia. Esta explicación aniquila por completo el idealismo y arroja de su último refugio la concepción de la historia. Feuerbach eliminó a Dios de la naturaleza, Marx y Engels lo eliminaron, a su vez, de la historia. Según la concepción idealista, Dios no reinaba sobre el mundo del modo grosero que afirmaban las viejas religiones; esto es, influyendo personalmente en todos los acontecimientos de la historia, sino de un modo mucho más delicado. No es Dios en persona, sino las ideas, las que determinan, como otros tantos pequeños dioses, los acontecimientos históricos. Del mismo modo que, según la Biblia, Dios creó el mundo de la nada, según la concepción idealista, es el “Espíritu absoluto” quién lo creó.

Marx y Engels rompieron completa y radicalmente con esta concepción. Ellos no reconocieron en la historia Dios ninguno, ni grande ni pequeño, ni rudimentario ni delicado, sino que demostraron que tanto en la naturaleza como en la historia, es la base material la que determina la base intelectual, las ideas. Rechazaron así completamente la noción de seres o fuerzas supraterrestres y, por consiguiente, refutaron en absoluto la religión y la filosofía como explicaciones del mundo.

La dialéctica materialista, resultado final del desarrollo del pensamiento filosófico

Otro progreso fundamental llevado a cabo por Marx y Engels sobre Feuerbach consiste en que éstos aprovecharon el método dialéctico que Feuerbach abandonó, pero empleándolo de distinto modo a como lo había hecho Hegel. La dialéctica de éste es idealista. En Marx, por el contrario, es materialista. En efecto, Marx considera la dialéctica como la suma de las leyes generales del movimiento del mundo material y de las leyes del desarrollo del pensamiento humano que corresponden a las primeras. Dicho de otro modo: el mundo material es dialéctico. Su desarrollo obedece a las leyes de la dialéctica, la cual no es más que el reflejo del movimiento real de las cosas en el pensamiento. Estableciendo esta tesis, Marx y Engels llegan a la conclusión de que todo desarrollo del pensamiento filosófico, no es más, según el materialismo dialéctico que una simple acumulación de errores. Todo el esfuerzo de la filosofía por dar una explicación particular del mundo, opuesta a la explicación materialista, ha sido vana y no ha logado sino acumular errores sobre errores. Pero la filosofía ha obtenido, sin embargo, un resultado positivo, que es la comprensión de las facultades intelectuales del hombre. En el curso de veinte a treinta siglos, durante los cuales el hombre se ha ocupado de la filosofía, se ha realizado un progreso real que es la dialéctica, la teoría del conocimiento y la lógica. En Feuerbach desapareció la dialéctica. En Marx y Engels, por el contrario, reaparece y se desarrolla para convertirse en la dialéctica materialista.

Teoría del conocimiento: la existencia del mundo externo

Examinemos ahora la teoría del conocimiento desde el punto de vista del materialismo histórico. La primera cuestión, a la que es preciso responder, la cuestión fundamental que diferencia a la concepción idealista de la concepción materialista, es la de las relaciones del pensamiento con el mundo externo, la cuestión de saber si el mundo exterior existe independientemente de nuestra conciencia. Esto es lo que en filosofía se llama la cuestión de la existencia del mundo externo. A esta cuestión encuentra una rápida respuesta el sentido común. Este poste que veo ante mí, existe independiente de mi conciencia y la prueba es que me haré daño si me doy contra él. Igualmente si una piedra cae sobre mi cabeza, me veo obligado a comprobar que existe independientemente de mi conciencia. Pero el sentido común no es el juez supremo en las cuestiones de la ciencia. A esta enseñanza del sentido común le han hecho objeciones muy importantes los filósofos idealistas, diciendo que en último término la piedra no cae físicamente sobre mi cabeza, sino que cae como una representación. Dicho de otro modo: no hace sino entrar en mi conciencia. Y si examino atentamente lo que me sucede, encuentro, según la concepción idealista, que todo lo que sé no es más que una serie de representaciones que se suceden en mi conciencia. Así como el idealismo llega a la conclusión de que el mundo no existe independientemente de la conciencia humana y que solo existe en esta, no se puede saber nada que no sea un fenómeno de la conciencia. De esto resulta que la conciencia es todo; cuando creo que existen cosas fuera de mí es sencillamente un error que comete el sentido común. Esto no sólo es verdad para la piedra, le poste, etcétera, sino también para los hombres, y, al fin y al cabo, este punto de vista me lleva a la conclusión de que sólo existimos yo y mi conciencia y que todo lo demás no existe más que en mi conciencia. Tal es la última consecuencia a la que nos lleva esta concepción idealista del mundo.

Otras consecuencias de la concepción idealista

También se derivan otras consecuencias interesantes de la afirmación según la cual el mundo no existe más que en mi conciencia. Siendo así, en efecto, la tierra no puede haber existido cuando el hombre no existía aún. Del mismo modo, cuando se duerme (suponiendo que al dormir no se sueñe), el mundo deja de existir, puesto que durante ese tiempo no sucede nada en la conciencia. Estas son consecuencias necesarias de la concepción idealista. ¿Cómo refutar esta afirmación de que no existe nada fuera de la conciencia?

Relaciones del ser y del no ser con la conciencia

Podría quizá decirse: compruebo que el poste existe independientemente de mí cuando me lanzo contra él; pero a esto hemos visto que el idealista responde: cuando me golpeo contra un poste no lo compruebo sino por mediación de mi conciencia. El dolor que siento es una representación, una parte de mi conciencia. Pero preguntaremos: ¿Lo que existe en mi conciencia es toda la realidad? Basta plantear la cuestión para darse cuenta inmediatamente de que esta conciencia contiene en lo más profundo de sí misma la certidumbre de que no es ella todo, sino solamente una parte del mundo. Por otra parte, esta convicción es la que permite el pensamiento, sobre ella reposa. Así, la solución del problema es en la propia conciencia donde la encontraremos. Consiste en la convicción de que la conciencia no es todo, sino que existe un mundo diferente de ella o, dicho de otro modo: el pensamiento es una parte del ser y proviene del ser; pero la recíproca no es cierta. Y así es, finalmente, como queda resuelta la cuestión, según lo había hecho ya el sentido común, no con los medios ordinarios de dicho sentido común, sino gracias al resultado de un estudio milenario del pensamiento humano, que constituye en realidad todo el contenido de la filosofía.

Volvamos al ejemplo del poste. Como ya he dicho, existe en mi conciencia. Sólo así puedo saber algo de él; pero al mismo tiempo, me diferencio del mismo en mi conciencia; sé que soy una cosa distinta; gracias a esta distinción, únicamente, resulta posible el pensamiento. Con ésta se relaciona todavía otra pequeña cuestión. No existen sólo representaciones correspondientes a las cosas reales, sino también representaciones puramente subjetivas. Por ejemplo, miro el cielo durante la noche y advierto que en cierto lugar el centelleo de una estrella. Esta estrella puede existir en realidad, pero también es posible que sea sólo una ilusión, un error de mis sentidos. ¿Cómo saber entonces si está en realidad la estrella donde yo la veo o si soy víctima de una ilusión?

Representaciones subjetivas y representaciones objetivas

Pondré otro ejemplo para que la cuestión sea más clara. Es sabido que existen personas con trastornos psiquiátricos y psicológicos que experimentan ciertas representaciones erróneas. El enfermo cree, por ejemplo, escuchar ciertos ruidos que no existen más que en su imaginación. ¿En qué se distingue, pues, un ruido real de otro imaginario? ¿Y cómo darse cuenta de si la percepción del ruido corresponde a un ruido real?

La respuesta es bien sencilla: averiguando si todos los demás hombres perciben lo que percibo yo. Éste es el medio decisivo de distinguir los fenómenos subjetivos de los fenómenos objetivos. Las impresiones subjetivas se perciben únicamente por aquellos que las experimentan, mientras que las impresiones objetivas son percibidas por todo el mundo.

La materialidad del mundo externo

Llegamos ahora a la segunda cuestión, que es la de saber si este mundo externo que acabamos de probar existe objetivamente, independientemente de nuestra conciencia, es un mundo material. Esto es lo que afirma el materialismo. ¿O es espiritual? Esto es lo que afirma el idealismo, por ejemplo, el de Hegel, que declara que las cosas no existen independientemente de la conciencia humana. Igualmente afirma que las cosas no tienen una esencia material sino una esencia espiritual. Esto es lo que se llama idealismo subjetivo.
El materialismo pretende que el mundo externo es de una esencia material. Esto es lo que han probado desde hace mucho tiempo las ciencias naturales.

El pensamiento y el cerebro

Si el mundo no es sino materia en movimiento, ¿qué es entonces el pensamiento? A esto se responde: nosotros comprobamos que el pensamiento en sí está ligado a una substancia material, al cerebro humano. Es una función que existe, como la función muscular, o la función de las glándulas, que consisten en elaborar jugos, etcétera. Pero este pensamiento no funciona más que en relación con cuerpos materiales, con percepciones sensoriales. En este doble sentido, el pensamiento es igualmente material. En general, la sensación, la forma más sencilla de la conciencia, está ligada a la existencia del ser vivo. El grado más desarrollado de la conciencia, o sea la inteligencia y la razón, depende del organismo humano, de un órgano especial: el cerebro.

Extraído del libro “Introducción al materialismo dialéctico” de August Thalheimer

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