La teoría materialista del conocimiento

human

La variedad infinita y la unidad infinita de la materia y sus funciones

En lo concerniente a la materia se puede decir que es tan infinitamente variada como infinitamente única. En lo referente a la unidad de la misma, los químicos y físicos se aproximan cada vez más en la actualidad a conocerla, gracias a la descomposición de diferentes partículas iguales. Vemos, por otra parte, cómo esa materia única se combina de infinitos modos, en diferentes cuerpos. No sólo la naturaleza contiene una cantidad ilimitada de cuerpos diferentes, sino que el hombre añade otros aún fabricándolos con la ayuda de la química. Lo dicho para la materia podemos aplicarlo igualmente para el movimiento; el cual está indisolublemente unido a la primera. También el movimiento es único e infinitamente variable y múltiple. Desde el más sencillo movimiento local hasta el pensamiento hay una gama infinitamente variada de formas de actividad de la materia.

Relaciones del pensamiento con la realidad

Se nos presenta ahora la siguiente cuestión fundamental: la de las relaciones del pensamiento con la realidad. Se puede plantear la cuestión del modo siguiente: ¿Percibimos las cosas como son en sí? ¿Podemos captar la “esencia” de las cosas, o solamente los “fenómenos”? O de otro modo: ¿La realidad puede tomarse? Y en este caso: ¿Por completo o solo parcialmente? ¿El pensamiento es susceptible de conocer las cosas de un modo ilimitado o existen límites al conocimiento de las cosas, límites en la naturaleza misma del pensamiento? Y finalmente, hay todavía una cuestión derivada de la primera, que es la siguiente: ¿Existen características de la realidad de las cosas? ¿Cuáles son estas?

El punto de vista idealista

Comencemos por exponer las objeciones que opone la concepción idealista a la afirmación según la cual podemos conocer las cosas tales como son en realidad. Según la concepción idealista, no es posible conocer la esencia de las cosas ya que todo conocimiento sólo puede verificarse mediante el pensamiento y se obtiene por él. Ahora bien; el pensamiento no toma las cosas como son en sí, sino solamente transformándolas por él. El pensamiento es un instrumento, y como todo instrumento, modifica la materia sobre la que opera. Al igual que el alfarero transforma el barro que trabaja, dándole determinada forma, también el pensamiento transforma las cosas que quiere conocer. A esto se podría objetar: nosotros conocemos las cosas tal como son en sí, si hacemos caso omiso de la forma que les da el pensamiento. Pero si suprimimos esta forma, quedan las cosas fuera de éste. Por consiguiente, el dilema, la contradicción es la siguiente en apariencia: o bien quedan las cosas fuera del pensamiento, en cuyo caso no pueden ser conocidas, o bien suceden en el pensamiento, y entonces son transformadas por él, de tal modo, que en ningún caso podemos conocerlas como en realidad son. Tal es el punto de vista de la concepción idealista.

El pensamiento, estudiado como caso particular del sistema general de acción y reacción recíproca de las cosas

A esto responderemos que lo que pretenden los idealistas es algo absurdo, en contradicción con la naturaleza de las cosas. Cuando el pensamiento entra en contacto con las cosas, en general ocurre lo mismo que al ponerse en contacto dos cosas. Cuando dos cosas entran en contacto, actúan recíprocamente una sobre la otra. La cosa A actúa sobre la cosa B, y recíprocamente. El Sol ejerce una atracción sobre la Tierra que, a su vez, ejerce una atracción sobre el Sol. El Sol actúa sobre la Tierra y la Tierra actúa sobre el Sol. No hay acción sin reacción. La naturaleza propia de las cosas se manifiesta en su acción y reacción recíprocas. Pretender suprimir la acción de una cosa sobre otra, equivale a pretender suprimir la cosa en sí. Las cosas actúan sobre el pensamiento y éste sobre aquellas. La relación del pensamiento con las cosas corresponde a la acción general que ejercen entre sí dos cosas. Si se pide que el pensamiento reconozca las cosas sin transformarlas, esto equivale a pedir algo absurdo, al suprimir la reacción se suprime también la acción y, por tanto, la cosa misma y la “esencia” esta cosa. Es ésta una contradicción no dialéctica, sino metafísica. Es como si se pretendiera que el estómago digiera determinadas materias sin que éstas lleguen a él o sin que actúe sobre ellas.

Particularidades de los órganos de los sentidos del hombre

Añade el idealismo: el hombre no puede conocer la esencia de las cosas tales como son en sí porque sus órganos son de una naturaleza peculiar y captan las cosas de un modo especial que corresponde a su naturaleza. Sabemos que determinados matices son captados por el ojo humano en el color azul; pero una abeja o una hormiga no ven este mismo color igual que nosotros lo vemos. Los órganos sensoriales del hombre perciben las cosas de un modo particular, distinto del modo que tienen otros seres vivos de ver esas mismas cosas.

Veamos otro ejemplo referente al olfato. Sabemos que existen ciertas plantas con determinado olor, mediante el cual atraen a ciertos insectos. Existen, por ejemplo, plantas con olor parecido al de la carne descompuesta o al de la carroña. Este olor aleja a los hombres, pero atrae a determinados animales. Es preciso admitir, por lo tanto, que este olor actúa sobre los animales en cuestión de distinto modo que en el hombre. Podríamos citar muchos ejemplos. Tomemos la sensibilidad. Se puede admitir de un modo absoluto que a una determinada temperatura en que el hombre experimenta frío, un animal de sangre fría, por ejemplo, un pez, la siente de distinto modo. Lo mismo ocurre en el campo de los sonidos; está comprobado que la sensibilidad de los insectos y de los peces respecto a los sonidos, es distinta a la de los hombres.

Estos ejemplos tienen por objeto demostrar que los órganos de los sentidos del hombre, ojo, oído, etcétera, son de un género particular y se diferencian de los de los demás seres vivos en el modo de percibir las cosas. El idealismo deduce de esta afirmación que el conocimiento humano no percibe las cosas tales como son, sino transformadas de un modo particular y correspondiendo a la naturaleza especial, no sólo del pensamiento humano, sino también de los órganos de los sentidos del hombre.

Limitación de los órganos sensoriales del hombre

Pero no solamente los órganos de los sentidos del hombre son de un género particular y se diferencian de los otros seres vivos, sino que precisa decir aún que estos órganos sensoriales tienen restringidas las facultades de percepción. Se plantea en entonces el problema de saber si existen cosas, fenómenos que no son accesibles totalmente a los sentidos del hombre. Sabemos que existen colores que no puede percibir el ojo humano, pero cuya existencia puede comprobarse por otros medios. Estos colores son los situados en el límite del espectro solar: el infrarrojo y el ultravioleta. Esto no es cierto solamente para la percepción de los colores, sino también para los matices de claridad. Los animales nocturnos, como el búho o el gato, ven los matices en la oscuridad, matices que el ojo humano no puede captar. Podemos decir lo mismo de los restantes campos de percepción sensorial. Cada órgano de los sentidos tiene su campo, límites de percepción superiores e inferiores, límites cualitativos y cuantitativos, del mismo modo que tienen, dentro de su campo de percepción, límites cualitativos y cuantitativos de diferenciación (y también de semejanza).

Supresión por medio del pensamiento de las particularidades y limitaciones de los órganos sensoriales del hombre

El hombre tiene un medio bien sencillo de rebasar la estrechez y el carácter particular de sus órganos sensoriales; este medio es el pensamiento. Es posible que el perro posea mejor olfato que el hombre; que el águila tenga una mirada más aguda y que otros animales puedan percibir mejor ciertas cosas; pero no es menos cierto que la facultad de conocimiento del hombre es mucho mayor que la de cualquier otro ser vivo, porque tiene la posibilidad de elevarse por medio del pensamiento sobre las particularidades y limitaciones de sus órganos sensoriales, y no solamente gracias al pensamiento, sino también con la ayuda de su mano, dirigida por éste, y con ayuda de instrumentos especiales por él creados No es necesario enumerar los telescopios, microscopios y demás instrumentos y aparatos mediante los cuales extiende y hace más precisos y agudos sus órganos sensoriales. Y lo esencial es que el espíritu humano no sobrepasa las particularidades de los órganos sensoriales del hombre. Por ejemplo: los colores tales como los ve el físico, se deben a las vibraciones de cierto órgano material, que no tienen relación directa con el ojo humano. También el físico atribuye los sonidos y los olores a vibraciones del aire. Esto tampoco tiene nada que ver con la percepción directa por el oído. Por consiguiente, la ciencia, el pensamiento, puede excluir las particularidades de las percepciones sensoriales del hombre.

Podemos plantear entonces la siguiente cuestión: ¿Qué queda de la limitación de los sentidos del hombre? ¿No es posible que existan ciertas propiedades de las cosas no perceptibles por los sonidos? Ya se ha indicado anteriormente que existen determinados colores que no puede percibir el hombre a simple vista: el ultra violeta y el infrarrojo ¿Pero cómo conoce entonces estos colores? ¿Cómo puede percibirlos? Con ayuda de ciertos instrumentos especiales. Al fin y al cabo, todas las propiedades de las cosas son accesibles al hombre, directa o indirectamente, con ayuda de sus órganos o mediante órganos artificiales. Así vemos que no existe ninguna propiedad en las cosas que no ejerza una acción cualquiera y que las acciones ejercidas por ellas constituyen una cadena que se puede seguir eslabón por eslabón. Pondremos otro ejemplo: no se puede sentir el calor con la mano más allá de determinada temperatura; pero el físico o el técnico pueden medirla con ayuda de un termómetro especial. ¿Y cómo se puede percibir con el termómetro? Sencillo: leyendo los grados de calor que indique. Así resulta que, a fin de cuentas, se percibe el calor, no con la mano, sino con la vista. Añadamos a esto que la perceptibilidad ilimitada de las cosas se realiza en un proceso ilimitado, dentro de limites constantes que se sobrepasan también constantemente. Este alejamiento incesante de los límites de la perceptibilidad de las cosas se prosigue de un modo continuo, pero mediante avances más o menos considerables.

Criterio de la verdad

La cuestión que ahora se plantea es la de saber cuáles son las características del conocimiento mediante las cuales pueda comprobarse que una vez establecida la afirmación corresponde a la realidad. A esta cuestión se contesta de ordinario del siguiente modo: se reconoce la verdad en que no es contradictoria. La contradicción es la característica del error. ¿Hay algo más claro ni más seguro? Pero esta pretendida característica de la verdad se derrumba si la estudiamos con detenimiento. Por ejemplo, sabemos que se atribuyen al espacio tres dimensiones: largo, ancho y alto. Pero si se dice que el mundo tiene diez dimensiones, esta afirmación no lleva en sí ninguna contradicción, y no obstante, no corresponde a la realidad.

Es sabido que existen leyendas en las que se habla de la serpiente marina. Según estas leyendas, éste es un animal en forma de serpiente que nada en el mar y tiene una longitud de 100 o 1.000 metros. Ahora bien; la idea de la serpiente marina no contiene en sí ninguna contradicción y, sin embargo, este animal no existe.

En ciertas supersticiones populares intervienen dragones, espectros, etcétera. Estas representaciones no son en sí contradictorias; se puede pensar en ellas de un modo lógico. La característica de su irrealidad no reside, pues, en una contradicción interna, sino en algo diferente.

Por otra parte, hemos visto que en las matemáticas hay contradicciones que no permiten distinguir lo verdadero de lo falso y que puede haber contradicciones sin que impliquen por ello un error.

La observación y la experimentación como criterio de la verdad

El criterio de la verdad no consiste, pues, en comparar entre sí las diferentes nociones, sino en compararlas con la realidad. Esto se hace primeramente por medio de la observación. Es posible que la idea de los espectros no lleve en sí ninguna contradicción; pero está, sin embargo, en contradicción con la experiencia general por la que sabemos que las funciones espirituales se hallan siempre ligadas a los órganos corporales. Respecto a la idea del dragón, es posible imaginarse un animal semejante, pero no existe ni se le encuentra en la realidad.

Tomemos otro ejemplo referente a las creaciones del pensamiento humano. Se sabe que las leyes del movimiento de los planetas fueron establecidas por primera vez por el astrónomo Johannes Keppler. Se puede comprobar su exactitud y grado de precisión observando la marcha de los planetas.

Uno de los medios principales de comprobar si se han reconocido las cosas tal y como son en la realidad, es la experimentación. Si queremos darnos cuenta de la exactitud de que el agua está compuesta de dos cuerpos, el oxígeno y el hidrógeno, combinados mediante ciertas relaciones de peso, ¿cómo se puede comprobar si es justa esta afirmación? Por medio de la experimentación y gracias a dos formas diferentes de ésta. Primero, combinando oxígeno e hidrógeno en ciertas condiciones de temperatura y presión y obteniendo el agua mediante estos dos cuerpos; segundo, descomponiendo el agua mediante una determinada reacción química en hidrógeno y oxígeno. Gracias a estos dos métodos de experimentación se comprueba que esta idea del agua no es una apariencia falsa, sino que corresponde, en efecto, a la naturaleza de las cosas.

Tales experimentos se realizan no sólo en la naturaleza, sino también en la sociedad. La política no es otra cosa, en definitiva, que una serie de experimentos efectuados en el terreno social.

Si se establece, por ejemplo, la necesidad de ganar para la revolución a los pequeños campesinos, repartiendo entre ellos las tierras de los grandes terratenientes, esto puede ser verdadero o falso. Solamente aplicando esta ley de reparto nos daremos cuenta de si es verdadera o falsa.

¿Es posible un conocimiento completo o absoluto de las cosas?

Llegamos, por consiguiente, a la siguiente conclusión: la experiencia, la actividad de los hombres, es la piedra de toque mediante la cual se dan cuenta de si tienen un conocimiento verdadero de las cosas y en qué medida las conocen. Si se puede fabricar el agua con ayuda de oxígeno e hidrógeno, es que no se conoce de un modo exacto la naturaleza del agua. Se plantea ahora la cuestión de saber si es posible un conocimiento exacto o absoluto de las cosas. Debemos responder a esto: ninguna cosa se puede conocer definitivamente a primera vista. El proceso, tanto para el conocimiento de una cosa aislada como para el conocimiento del universo, es un proceso infinito. Dicho de otro modo: el conocimiento completo de las cosas no llega a realizarse sino por medio de una serie de conocimientos relativos incompletos. Pero esta serie continua representa el conocimiento absoluto o completo. Ella nos da, al mismo tiempo, la medida de la relación entre la noción de lo verdadero y lo falso. En la vida ordinaria se oponen estas contradicciones de un modo claro y absoluto. Tal cosa, se dice, es verdadera o falsa; no hay término medio. En realidad, el conocimiento inmediato de las cosas contiene en cada momento una parte de verdad; pero también una parte de error. Así vemos que la ley general que rige el movimiento de los planetas alrededor del sol, la ley de la gravedad, fue reconocida primeramente por el gran naturalista inglés Isaac Newton, en el siglo XVII, y ha sido estimada como justa hasta el siglo XX, en que Einstein estableció una teoría precisa. Pero sería una puerilidad decir que la ley de Newton es falsa y la de Einstein verdadera. Realmente la ley de Newton contiene una extraordinaria aproximación a la verdad y, por otra parte, un elemento de imprecisión. La ley de Einstein contiene un elemento mayo de verdad y otro menor de error e imprecisión. Una y otra contienen al tiempo una parte de verdad y otra de error; pero la de Einstein se aproxima más a la verdad que la de Newton.

¿Es posible conocer el mundo en su totalidad?

En estrecha relación con lo precedente, se plantea la cuestión de saber si es posible conocer el mundo en su totalidad o sólo una parte de este todo. Es posible conocerlo en su totalidad; pero no de una vez, porque es demasiado vasto. Sólo poco a poco es posible conocerlo en sus diferentes partes. Para ello es preciso penetrar en las diferentes ciencias. Finalmente, y a medida de los progresos de la ciencia, el conjunto se hace cada vez más rico y variado.

Recíprocamente se puede decir que la representación general del universo es la condición de todas las diferentes ciencias. Sin esta condición primordial, a saber, que todas las ciencias constituyen un conjunto, no se encontrará un punto de partida para estas diferentes ciencias, las cuales suponen la ciencia del mundo en general; y recíprocamente esta ciencia del mundo en general no se realiza sino por medio de las diferentes ciencias particulares. Pero la concepción general del mundo es asunto de la dialéctica. Por ello podemos decir: las diferentes ciencias particulares suponen la dialéctica, así como la dialéctica supone las diferentes ciencias particulares. Una y otras se condicionan recíprocamente.

¿Existen ideas innatas?

Durante mucho tiempo se han preguntado los filósofos si existen ideas innatas en el espíritu humano. El hombre, al venir al mundo, ¿posee ideas que no tienen necesidad de aprender por experiencia Podemos responder a esto: no tiene idea innata del gato o del perro, del burro, del árbol o del camello. El hombre lo aprende todo mediante la experiencia. No existe siquiera una idea general innata, sino una cualidad innata fundamental del pensamiento, una propiedad fundamental natural del pensamiento, del mismo modo que la sal, el agua y el hierro tienen sus propias cualidades especiales. Más adelante veremos en qué consiste esta propiedad innata del pensamiento. A continuación podemos decir que esta propiedad no se confirma sino en relación con la experiencia concreta. Esto es lo mismo para el pensamiento como para los distintos órganos; por ejemplo, el estómago, que no digiere más que cuando tiene algo que digerir; la función fundamental del pensamiento no se confirma tampoco sino cuando existe objeto sobre el cual pueda ejercerse.

Extraído del libro “Introducción al materialismo dialéctico” de August Thalheimer

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