Terrorismo y sabotaje trotskista en la URSS: Encuentro en Berlín

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Desde el instante en que Trotsky abandonó la tierra soviética, los agentes de los Servicios de Inteligencia extranjeros estaban ansiosos de ponerse en contacto con él y hacer uso de su organización internacional antisoviética. La Defensiva polaca, la OVRA fascista en Italia, la Inteligencia Militar Finesa, los emigrados rusos blancos, que dirigían los Servicios Secretos antisoviéticos en Rumania, Yugoslavia y Hungría, así como los elementos reaccionarios con el Servicio de Inteligencia Británico y el Deuxieme Bureau francés, todos estaban
dispuestos a tratar para su propio provecho con el Enemigo Público Número Uno de Rusia.

Fondos monetarios, servicio de mensajeros y una red completa de espionaje, todo ello estuvo a disposición de Trotsky para el sostenimiento y desarrollo de sus actividades de propaganda internacional antisoviética y para apoyar y reorganizar la maquinaria de conspiración dentro de la Rusia stalinista.

El hecho más relevante fué la creciente intimidad del líder con el Servicio de Inteligencia Militar en Alemania (Sección 11 B), que ya desde entonces, bajo la dirección del Coronel Walter Nicolai, colaboraba con Heinrich Himmler en la flamante Gestapo. . .

Allá por 1930 Kretinsky, agente de Trotsky, había recibido aproximadamente 2.000,000 de marcos de oro del Reichswehr alemán para costear las actividades trotskistas en la Rusia soviética, a cambio de los datos obtenidos por el espionaje trotskista y trasladados a la Inteligencia Militar alemana. Krestinsky reveló más tarde lo siguiente:

De 1923 a 1930 nosotros recibíamos anualmente alrededor de 250,000 marcos alemanes en oro, es decir, unos 2.000,000 de marcos. Al final de 1927 la estipulación de este acuerdo se llevaba a cabo principalmente en Moscú. Después, desde fines de 1927 hasta fines de 1928, en el transcurso de diez meses, hubo una interrupción en el dinero debido a que el trotskismo había sido aplastado, dispersado; no se sabía nada de los planes de Trotsky ni llegaban hasta nosotros informes o indicaciones de su parte… Esto continuó hasta octubre de 1928 en que me llegó una carta suya -entonces se hallaba exilado en Alma Ata… – que contenía sus instrucciones, según las cuales yo tenía que recibir de los alemanes un dinero que él se proponía entregar a Maslow o a sus amigos franceses: Roemer, Madeline Paz y otros. Me puse en contacto con el General Seeckt, que por entonces había renunciado a su puesto y no ocupaba ningún otro, que se ofreció para hablarle a Hammerstein y conseguir ese dinero, como efectivamente lo hizo. Hammerstein a la sazón era jefe del Estado Mayor en el Reichswehr, siendo ascendido en 1930 a General en Jefe del mismo“.

En 1930 Krestinsky fué designado Comisario Auxiliar de Asuntos Exteriores y trasladado de Berlín a Moscú. Su ausencia de Alemania, unida a la crisis interna que se estaba produciendo dentro del Reichswehr como resultado del creciente poder del nazismo, de nuevo detuvo temporalmente la salida de dinero alemán destinado a Trotsky, si bien este último se hallaba muy cerca de llegar a un nuevo y más amplio acuerdo con el Servicio de Inteligencia Militar en Alemania.

En febrero de 1931, su hijo, León Sedov, alquiló un apartamento en Berlín. Según su pasaporte, Sedov estaba allí como “estudiante”; ostensiblemente había venido a Berlín para asistir a “un Instituto científico alemán”, aunque existían razones más perentorias para su presencia en esa capital por aquel año…

Pocos meses antes su padre había escrito un panfleto titulado “Alemania: clave de la situación internacional“. Habían sido elegidos 107 diputados nazis al Reichstag. El Partido Nazi había obtenido 6.400,000 votos. Cuando Sedóv llegó a Berlín, en la capital alemana predominaba una especie de tensión, de expectación febril. Por las calles desfilaban tropas escogidas con camisas pardas y cantando el Horst Wessel, que destrozaban las tiendas de los judíos e irrumpían en los hogares y asociaciones de los obreros liberales. Las nazis se sentían confiados. “Jamás en mi vida he estado tan bien dispuesto, tan íntimamente contento como en estos días”, anotaba Adolf Hitler en las páginas de “Volkischer Beobachter“.

Oficialmente Alemania todavía era una democracia. El comercio entre Alemania y la Rusia soviética estaba en su apogeo. El Gobierno del Soviet compraba maquinaria a las firmas alemanas, y los técnicos de este país conseguían puestos magníficos en las empresas de minas y de electricidad de la U.R.S.S. Los ingenieros soviéticos visitaban Alemania, y los representantes del comercio de aquella nación, compradores y agentes comerciales, estaban viajando constantemente entre Moscú y Berlín, con asignaciones relacionadas con el Plan Quinquenal. Algunos de estos ciudadanos del Soviet eran seguidores o antiguos partidarios de Trotsky.

Sedov se hallaba en Berlín como representante de su padre, para gestiones de conspiración.

León estaba siempre al acecho”, escribió Trotsky posteriormente en su panfleto “León Sedov: hijo-amigo-luchador“, “escudriñando ávidamente para apoderarse de los hilos que conectasen con Rusia, cazando a los turistas que regresaban, a los estudiantes soviéticos enviados al extranjero o a los funcionarios afines del Cuerpo Diplomático“. Su principal misión en Berlín consistía en relacionarse con los antiguos miembros de la Oposición, trasmitirles las instrucciones que Trotsky deseaba darles o recoger mensajes importantes de esos individuos para su padre. “Con el fin de no comprometer a su informante y de evadir a los espías de la GPU -continúa Trotsky sobre su hijo- los perseguía durante horas por las calles de Berlín“.

Un número de trotskistas de nota se las habían arreglado para conseguir puestos en la Comisión del Comercio Exterior del Soviet. Entre ellos figuraba Ivan N. Smirnov, ex-oficial del Ejército Rojo y antiguo miembro dirigente de la Guardia de Trotsky que tras de un corto período en el destierro, había seguido la estratagema de otros compañeros, es decir, había denunciado a su antiguo jefe y pedido que lo admitiesen de nuevo en el Partido Bolchevique. Como ingeniero de profesión, pronto obtuvo un puesto secundario en la industria del transporte, y a principios de 1931 fué designado ingeniero consultor en una misión comercial que se dirigía a Berlín.

A poco de su llegada se puso en comunicación con León Sedov. Durante reuniones clandestinas en el apartamento de este último y en cantinas y cafetuchos apartados de los suburbios, Smirnov se enteró de los planes de Trotsky para la reorganización de la Oposición Secreta en colaboración con los agentes de la Inteligencia Militar Alemana.

De ahora en adelante, le dijo Sédov, la lucha contra el régimen soviético debe asumir los caracteres de una ofensiva conjunta. Deben olvidarse las viejas rivalidades y diferencias políticas entre los trotskistas, los bukharinistas, los zinovievistas, los mensheviques, los socialrevolucionarios y demás grupos y facciones antisoviéticas, para formar una oposicion completamente unida. En segundo lugar, continuó, de ahora en adelante la lucha debe asumir también un carácter militante, debiendo iniciarse por toda la nación un vasta campaña de terrorismo y sabotaje contra el sistema odiado. Es preciso cuidar cada detalle, y mediante golpes de perfecto sincronismo y de extensa repercusión, la oposición debe prepararse para lanzar al gobierno de Stalin en una desmoralización y un desconcierto irremediables. Es entonces cuando podrá apoderarse del Poder.

La tarea inmediata encomendada a Smirnov era trasmitir las instrucciones de Trotsky con respecto a la reorganización del trabajo secreto y a la preparación del terrorismo y el sabotaje a los miembros de más confianza de la Oposición en Moscú. También tenía que tomar medidas para mandar a Berlín datos generales de información, los cuales serían entregados por los mensajeros trotskistas a Sedov, quien a su vez los pasaría a su padre. La contraseña que servía de identificación a los mensajeros era la frase “He traído saludos de Galia”.

A Smirnov le pidieron algo más: que mientras aun estuviese en esta ciudad tratara de ponerse en contacto con el jefe de una Misión Comercial Soviética que había llegado a Berlín, e informar a tal personaje que Sedov también se hallaba allí y deseaba verlo para un asunto de extrema importancia.

El jefe de esta misión comercial que habia venido de Rusia era T. Yuri Leonodovich Pyatakov, antiguo adepto y admirador de Trotsky.

Alto, delgado, bien vestido, con alta frente inclinada, tez pálida y perilla rojiza y bien recortada, este individuo parecía un profesor y no el conspirador veterano que realmente era. En 1927, después del proyectado putsch, Pyatakov habia sido el primer cabecilla trotskista que rompiera con su jefe y Solicitara la readmisión en el Partido Bolchevique. Hombre de reconocida habilidad para la organización y manejo de los negocios, logró conseguir varios empleos excelentes en Ias industrias soviéticas que se expandían rápidamente, inclusive cuando aun se hallaba exilado en Siberia. A fines de 1929 fué readmitido a prueba, luego ocupó sucesivas presidencias de juntas directivas en los proyectos formativos de industrias químicas y de transporte, y en 1931 ganó un escaño en el Supremo Consejo Económico, la principal institución soviética dedicada a formar planes, siendo ese mismo año envíado a Berlín como jefe de una misión comercial especial para la compra de equipos industriales alemanes destinados al gobierno de su país.

De acuerdo con las indicaciones de Sedov, Ivan Smirnov localizó a Pyatakov en su oficina de la capital alemana, comunicándole que el primero también estaba en Berlín y tenía para él un mensaje particular de su padre. Días más tarde se reunieron los dos individuos, y he aquí cómo Pyatakov relata el encuentro:

No lejos del Jardín Zoológico de la plaza, hay un café que le llaman “Am Zoo”. Me dirigí allí y vi a León Sedov sentado delante de una pequeña mesa; nos habíamos conocido muy bien en el pasado. Dijo que no me hablaba en nombre suyo sino en el de su padre, y que éste, sabiendo que yo me encontraba en Berlín, le había dado órdenes categóricas de buscarme, verme y hablar conmigo personalmente. Afirmó que Trotsky no había desechado por un momento la idea de reanudar la lucha contra el mando de Stalin, que si bien reinaba una calma temporal, era debido en parte a los repetidos viajes del líder de un país a otro, pero que ya las hostilidades habían comenzado, lo cual quería hacerme saber éste por mediación de Sedov… Después me preguntó lisa y llanamente: “Mi padre quiere saber si usted, Pyatakov, intenta tomar parte en esta lucha. ¿Qué decide?”. Di mi consentimiento“.

Sedov pasó entonces a instruirle sobre las líneas que Trotsky se proponía seguir para reorganizar la Oposición:

…Pasó a bosquejar la índole de los nuevos métodos de lucha; no podía pensarse ni por un instante en desarrollar una lucha de masas, cualquiera que ésta fuese, de organizar ningún movimiento de masas, pero si así lo hacíamos lo íbamos a lamentar inmediatamente. Trotsky se pronunciaba firmemente por el derrocamiento forzoso del régimen de Stalin a través de procedimientos de terrorismo y sabotaje. Más adelante añadió que el jefe llamaba la atención sobre el hecho de que una lucha confinada en una sola nación resultaría absurda, y que no había posibilidad de evadir la cuestión internacional. Que en esta lucha debiamos preparar también la solución necesaria al problema internacional, o mejor dicho, de los problemas entre los Estados.
Cualquiera que relegue a lugar secundario estas cuestiones, concluyó Sedov repitiendo las mismas palabras de su padre, firma su propio testimnnitim paperatia“.

Pronto tuvo lugar una segunda entrevista entre ambos, y esta vez declaró Sedov: “Tiene que comprender, Yuri Leodonovich, que a pesar de que la lucha ya haya sido reanudada, se necesita dinero, y usted es el que puede proporcionar los fondos necesarios”. Después aclaró cómo podía hacerse semejante cosa. En su condición oficial como representante comercial del Gobierno soviético en Alemania Pyatakov podía situar tantas órdenes como fuese posible con las dos firmas alemanas Borsig y Demag. No tenía que ser “particularmente exacto en cuanto a los precios” al tratar estos asuntos, y además Trotsky ya tenía hecho un trato con Borsig y Demag. “Usted les pagará a ellos los precios más elevados -explicó Sedov- pero ese dinero servirá para nuestra labor“.

En 1931 también había otros dos oposicionistas secretos en Berlín, a los que este último puso a laborar en el nuevo aparato trotskista. Eran Alexei Shestov, ingeniero de la misión comercial que encabezaba Pyatakov y Sergei Bessonov, miembro de la Representación Comercial de la U.R.S.S. en esa ciudad.

Bessonov, antiguo socialrevolucionario, era un individuo rechoncho, de apariencia suave y trigueña, en la plenitud de los cuarenta. La Representación Comercial en Berlín, de la cual formaba parte, era la agencia comercial soviética más centralizada en Europa, ya que mantenía negociaciones de esta clase con diez naciones diferentes. Bessonov mismo se hallaba establecido permanentemente en la capital alemana, por lo que resultaba la persona indicada para servir de punto de enlace entre los trotskistas rusos y su desterrado líder. Se dispuso que las comunicaciones secretas de aquéllos, desde Rusia serían enviadas a Bessonov a Berlín, y que éste a su vez las trasladaría a Sedov o a Trotsky.

Alexei Shestov tenía una personalidad diferente, y el trabajo que le fué encomendado se avenía idealmente a su temperamento. Estaba llamado a ser uno de los principales organizadores de las células de espionaje y sabotaje alemán trotskista en Siberia, donde él era miembro de la Junta Directiva del trust del Carbón Oriental y Siberiano. Apenas había cumplido los treinta años. En 1923, siendo alumno en el Instituto de Minas de Moscú, se había sumado a la oposición trotskista, y en 1927 había dirigido una de las imprentas secretas de esa misma ciudad. Era delgado, de ojos claros y de disposición intensa y violenta, no obstante en su juventud había seguido a Trotsky con verdadero fanatismo, y le agradaba jactarse de haberse encontrado con él personalmente en varias oportunidades. Lo consideraba “el líder”, y en esta forma era como invariablemente se refería a Trotsky.

 

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No vale la pena ponerse a esperar tiempos mejores“, le dijo Sedov al encontrarlo en Berlín. “Tenemos que actuar con todas nuestras fuerzas, emplear todos los procedimientos de que disponemos, en una política activa para desacreditar el gobierno y la política de Stalin“. Trotsky sostenía que la única vía correcta, difícil pero segura, era eliminar por la fuerza, o sea, por el terrorismo, a Stalin y a sus jefes del Gobierno. “Verdaderamente nos hemos metido en un callejón sin salida“, convino Shestov en seguida. “¡Hay que deponer las armas o planear un nuevo camino de lucha!

Sedov le preguntó si conocía a un industrial alemán llamado Herr Dehlmann, contestando Shestov que sí lo conocía de referencias. Se trataba de uno de los directores de la casa Frolich-Klüpfel-Dehlmann, y muchos de los ingenieros de la firma estaban empleados en las minas del Oeste de Siberia, donde el propio Shestov trabajaba.

Continuó informándole que debía “ponerse en contacto con Dehlmann” antes de regresar a la Rusia Soviética. La empresa Dehlmann, explicó Sedov, pudiera ser de gran utilidad a la organización trotskista para su propósito de minar la economía del Soviet en Siberia. Herr Dehlmann ya estaba ayudando a pasar la propaganda y los agentes trotskistas a la Unión. En cambio, Shestov podía proporcionarle determinados informes referentes a las nuevas minas e industrias siberianas en las cuales estaba especialmente interesado el director alemán…

¿Me está usted aconsejando tratar con la empresa?“, preguntó Shestov, “¿Y qué hay de terrible en ello?, repuso el otro, si ellos nos hacen un favor, ¿por qué no habríamos nosotros de hacérselo a ellos suministrándoles dichos informes?” “¡Usted me está proponiendo sencillamente que me convierta en espía!”, exclamó Shestov. Su interlocutor se encogió de hombros. “Es absurdo emplear esas palabras, replicó, en una lucha como ésta no es razonable tener tantos escrúpulos. Si acepta el terrorismo, si acepta la socavación destructiva de la industria, no puedo comprender en lo absoluto por qué usted no puede estar de acuerdo con esto que le propongo”.

Transcurridos pocos días Shestov habló con Emirnov y le contó la conversación que había tenido con el hijo de Trotsky:

Me ordenó entablar relaciones con la firma Frolich- Klüpfel-Dehlmann, le dijo, abiertamente me propuso entrar en relaciones con una empresa dedicada al espionaje y también al sabotaje en el Kuzbas, en cuyo caso yo tendria que convertirme en un espía y un saboteador”. “No siga lanzando palabras tan gruesas como esas de “espía” y “saboteador”, exclamó Smirnov, el tiempo vuela y es necesario actuar… ¿Qué es lo que le sorprende en esa posibilidad, tenida en cuenta por nosotros, de derribar el gobierno de Stalin movilizando todas las fuerzas contrarrevolucionarias en el Kuzbas? ¿Qué halla de terrible en reclutar agentes alemanes para este trabajo? No hay otro camino, y tenemos que aceptarlo”.

Shestov quedó en silencio hasta que su interlocutor le preguntó: “Bueno, ¿cuál es su parecer?”, “No tengo parecer personal”, contestó. “¡Hago lo que nuestro líder nos ha señalado, prestar atención y esperar órdenes!

Antes de abandonar Berlín, Shestov se entrevistó con Herr Dehlman, director de la casa alemana que financiaba a Trotsky, y fué enganchado en el Servicio de Inteligencia Militar en Alemania con el seudónimo de Aloysha. A propósito de esto escribió:

Me entrevisté con el director de esta firma, Dehlmann, y con su ayudante Koch, y cuanto conversamos allí se puede resumir como sigue: en primer lugar, había que continuar suministrándoles informes secretos por medio de los representantes de la firma Prolich- KIüupfel-Dehlmann que trabajaban en la Represa de Kuznetsk, los cuales colaborarían junto con los trotskistas en la organización de diversas labores de destrucción. También se habló de que la empresa a su vez nos ayudaría y nos enviaría más gente para las necesidades de nuestro movimiento… nos ayudarían en todos sentidos a llevar a los partidarios de Trotsky al poder“.

Al volver a la Rusia Soviética trajo una misiva que Sedov le había dado para Pyatakov, quien había ya regresado de Moscú. Shestov la había escondido en la suela de uno de sus zapatos, y la entregó al interesado en la Comisaría de Industrias Pesadas. Era del propio Trotsky, escrita desde Prinkipo, y delineaba las “tareas inmediatas” que confrontaba la Oposición en el Soviet.

La primera de esas tareas consistía en “utilizar todos los medios posibles para hacer caer a Stalin y sus asociados“. Quería decir terrorismo.

La segunda consistía en “unificar todas las fuerzas antistalinistas”. Quería decir colaboración con la Inteligencia Militar alemana y con cualquier otra fuerza antisoviética capaz de laborar con la Oposición.

La tercera tarea era “contrarrestar todas las medidas que tomaran el Gobierno y el Partido soviéticos, especialmente en el terreno económico”. Quería decir sabotaje.

Pyatakov sería el primer lugarteniente de Trotsky. encargado de toda la maquinaria conspirativa dentro de la Rusia Soviética.

 

Asesinato en México

Para Trotsky fué un golpe muy duro la catástrofe final de la Quinta Columna rusa con el juicio del Bloque de Derechistas y Trotskistas en Moscú. En sus escritos empezó a dominar un acento de desesperación y de histeria, y su propaganda contra la Unión Soviética se volvió cada vez más temeraria, contradictoria y estrafalaria, mencionando constantemente su “propio acierto histórico”. Sus ataques contra José Stalin perdieron toda apariencia de cordura: escribía artículos donde afirmaba que el famoso líder soviético encontraba un placer sádico en “echar el humo en la cara de los niños”. Por momentos este odio que le consumía se tornaba la fuerza dominante de su existencia; puso a sus secretarios a colaborar en una “Vida de Stalin“, maciza y vituperadora, de 1.000 páginas.

En 1939 Trotsky estaba en contacto con el Comité Congresional que dirigía Martin Dies, representante de Texas. Este Comité, cuyo propósito original era la investigación de actividades contrarias a las instituciones norteamericanas, se había convertido en una tribuna de propaganda antisoviética. A Trotsky se le acercaron agentes del mismo, quienes le invitaron a declarar como “testigo experto’ sobre la amenaza de Moscú. Fué citado en el New York Times del 8 de diciembre de 1939 con relación a su afirmación de que consideraba un deber político declarar en el Comité de Dies. Se llegaron a discutir planes para que Trotsky hiciera una visita a los Estados Unidos, si bien ellos no cristalizaron…

En septiembre de 1939 llegó a los Estados Unidos en el trasatlántico francés lile de Frunce un agente trotskista europeo que viajaba con el nombre de Frank Jackson. Lo había reclutado en el movimiento, cuando era estudiante de la Sorbona, una trotskista americana llamada Sylvia Ageloff. En ese año, 1939, se había conectado en París con un representante del Buró Secreto de la Cuarta Internacional, quien le informó que tenía que ir a México para trabajar como uno de los “secretarios” de Trotsky. Se le entregó un pasaporte que originalmente había pertenecido a un ciudadano canadiense, Tony Babich, miembro del Ejército de la República española, que había sido asesinado por los fascistas en España. Los trotskistas habían conseguido su pasaporte, le habían quitado la fotografía y en su lugar habían colocado la de Jackson.

Este se encontró a su llegada a New York con Sylvia Ageloff y con otros compañeros, siendo conducido a Coyoacán, donde debía laborar con Trotsky. Más tarde declaró Jackson a la policía de México:

Trotsky me pensaba mandar a Rusia con objeto de organizar un nuevo orcen de cosas en la U.R.S.S. Me dijo que tenía que ir a Shangai en un avión chino; allí me reuniría con otros agentes en distintos barcos y juntos cruzaríamos el Manchukuo hasta llegar a Rusia. Nuestra misión consistía en desmoralizar el Ejército Rojo, así como efectuar varios actos de sabotaje en las plantas de armamentos y en otras fábricas“.

Jackson no llegó a ir nunca en su encomienda terrorista a la Unión Soviética. En la tarde del 20 de agosto de 1940, en la bien fortificada villa de Coyoacán, asesinó a su jefe León Trotsky, aplastándole la cabeza con un pico de alpinismo.

Cuando lo detuvo la policía de México, dijo que él quería casarse con Sylvia Ageloff y que Trotsky había prohibido este matrimonio. Los dos hombres habían discutido violentamente a causa de la muchacha. “En bien de ella, manifestó Jackson, decidí sacrificarme enteramente“.

En posteriores declaraciones dijo:

…En lugar de enfrentarme con un jefe político que dirigía un movimiento por la liberación de las clases proletarias, me hallé con un hombre que sólo deseaba satisfacer sus necesidades, sus deseos de venganza y de odio, que no utilizaba la lucha de los obreros más que para encubrir su propia vileza y sus despreciables cálculos”.

…En relación con esa casa que, como él muy bien dijo, había sido convertido en una fortaleza, muchas veces me pregunté a mi mismo de dónde le había venido el dinero necesario para acometer una obra semejante y quizás pudiera darnos la respuesta el cónsul de una nación extranjera que a menudo le visitaba…“.

Fué Trotsky quien destruyó mi naturaleza, mi futuro y todos mis afectos. Me convirtió en un indivio que carecía de nombre y de patria, un instrumento. Me hallaba en un callejón sin salida… él me trituraría con sus manos como si hubiere sido de papel“.

La muerte de León Trotsky sólo dejó un candidato para el papel napoleónico en Rusia: Adolfo Hitler.

 

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Extraído del libro “La gran conspiración contra Rusia” de Michael Sayers y Albert E. Kahn.  Ed.Páginas, La Habana, Cuba, 1946.

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