Delante de Stalin…

Graciliano Ramos

 

Por Graciliano Ramos, en la escalera del Kremlin, a pocos metros de Stalin, el 14 de junio de 1952, relatado en su obra “Viagem” (Ed. Record, 1976)

 

La ciudad estaba llena de retratos de Stalin y esto provocó la observación indiscreta de uno de nuestros compañeros: la demostración de solidaridad sin restricciones no caía muy bien en el extranjero.

La sra. Nikolskaya escuchó pacientemente la agria crítica y luego la calificó, cortésmente, de frívola y absurda: ningún ruso admitía que las cosas fuesen de otra manera. Esta réplica exenta de motivos era, a mi juicio, superior a cualquier discurso basado en razones. Estábamos delante de un hecho, y condenarlo a toda prisa, después de algunos paseos por la calle, me parecía ingenuo. Seguramente era necesario, y debíamos, antes de aventurarnos a dar una opinión, investigar su causa. Realmente no comprendemos, los hombres de Occidente, el apoyo incondicional al líder político; sería ridículo tributar veneración a un presidente de una república de América del Sur. No tenemos en general ningún respeto por estos individuos. Por el contrario, la masa experimenta placer al atacarlos, los periódicos de la oposición se ensañan señalándoles los males, reales o imaginarios. El amor a un poder, en realidad bastante precario, hace que estas criaturas se resignen a tomar diariamente un baño de barro. Verdades y calumnias se confunden. Hoy arriba, mañana abajo, atado a intereses inconfesables, obligado a mendigar el voto, extiéndose en promesas olvidadas al instante, el hombre público es un ser mezquino.

Traemos en el espíritu el recuerdo de esta triste figura, no la podemos alejar de repente y, llegados a este punto, estamos obligados a compararla con el estadista que pasó su vida trabajando para el pueblo, al que nunca engañó. No podría engañarlo. Se esforzó por vencer al explotador, lo vio muerto y sería idiota suponer que, alcanzada la victoria, desease su resurrección. Fue, desde la juventud, un defensor de la clase obrera. Esta expresión, razonable hace treinta años, se ha convertido en poco razonable, porque aquí ya no existen clases. Se dedica al trabajador, y efectivamente no hay, en los tiempos que corren, un gran mérito en ello. Fue difícil tomar el partido de los pobres a principios de siglo, cuando la obstinada resistencia lo mandó a Siberia y a la tortura. Hoy sería difícil elegir a alguien al servicio de los trabajadores. Estas personas desaparecieron en la Unión Soviética, y la persona deseosa de servirles habría que buscarla en el extranjero. Si examinamos las cosas con los ojos del capitalismo, llegaremos a la conclusión de que el traidor es una especie de héroe. No necesitamos inteligencia para comprender esta cosa tan simple, fuera, donde la lucha de clases se intensifica cada vez más, el político, una marioneta en manos de su propietario, no tiene manera de rebelarse o permanecer neutral, ya que esto le causaría la derrota; en este país libre de la cuestión milenaria, el sujeto recibe un mandato y está obligado a ser honesto. Si admitimos ese infalible procedimiento en un diputado de Kirguistán o de Siberia, ¿como dudar del hombre que, durante más de cincuenta años de prodigioso trabajo, se convirtió en un símbolo nacional? Al principio fueron los peligros, la vida bajo tierra, la cárcel, el destierro, horribles sufrimientos y la certeza de conseguir vivir bien lejos de ellos; entonces la tarea gigantesca, y sin pausa, de la construcción de este nuevo mundo que visitamos con asombro.

No admitimos ningún culto a personas vivas, perfectamente: la carne es falible, corruptible, inadecuada para la fabricación de estatuas. Pero no se trata de ningún culto, supongo: este tremendo dirigente de los pueblos no está inmóvil, de ninguna manera se resigna a la condición de estatua… El placer consiste en realizar una obra sin igual en la mayor revolución de la historia; recibir agradecimientos y pequeñas alabanzas por esto es una reducción a la que el gran hombre se somete.

Agradecimientos y alabanzas palpitan en el alma de la multitud, y negarlos sería una ofensa, un error que ningún político experto cometería. En la opinión de la sra. Nikolskaya, las cosas no podrían ser de otra manera. Ella debe conocer a su pueblo… hasta donde yo puedo juzgar, la defensa de este hombre está confíada a la multitud. Su vida constituye un patrimonio muy valioso, y ni se pueden imaginar, creo, que alguien desee atentar contra ella. Los múltiples aplausos, los vivas extensos, los numerosos retratos, todas las infinitas demostraciones vistas y escuchadas, son una prueba del sentimiento unánime del pueblo. En fin, no existe señal alguna de la cautelosas a la par que excesivas campanadas en las hojas cristianas.

Circunstancias imprevisibles y locas me situaron a algunos pasos del notable personaje. Me dejaban pasar. Me dejaban subir las escaleras, saltar las insignificantes barreras de medio metro, acercarme al hombre al que odia la burguesía con razón. Stalin no vive en una madriguera, defendida por ametralladoras y cañones.

 

Traducido por “Cultura Proletraria” de reflexoesemversos.com.br/

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