Un domingo de 1905

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Hace más de un siglo, la masacre perpetrada por la burguesía internacional contra el proletariado ruso se convirtió en una gran lección, la de que son las masas las que hacen la revolución, cuando estén decidas, y que la represión, tarde o temprano, sucumbe a la voluntad del pueblo.

El 9 de enero de 1905, por orden del gobierno autocrático, una manifestación pacífica de los trabajadores de San Petersburgo fue violentamente reprimida. Organizada por un sacerdote de nombre Gapón, la multitud se dirigió hacia el Palacio de Invierno para entregar una petición al zar. Víctimas de precarias condiciones de vida, sólo querían ser recibidas por el zar Nicolás II, contarle su infelicidad con la ilusión de persuadirlo para reducirla, simplemente responder a la petición de los proletarios. La Guardia Imperial respondió a la solicitud de audiencia, pero no escuchando a los trabajadores, sino a la burguesía más reaccionaria de Europa. Llevó a cabo un intenso tiroteo contra el pueblo, solamente interrumpido cuando miles de trabajadores, mujeres y niños cayeron inertes en el suelo. El episodio fue conocido como “Domingo Sangriento”.

Como respuesta a la matanza, al día siguiente, el proletariado petersburgués inició por todo el país una huelga general, además de protestas que provocaron enfrentamientos aún más encarnizados. Los obreros se armaron y promovieron enérgicas protestas que se transformaban en insurrecciones. Los soldados se negaban a apuntar con sus armas al pueblo, el gobierno se proponía atender las demandas… tarde, sin embargo. El pueblo había enterrado todas las ilusiones y formaba comités revolucionarios en cada fábrica, en cada barrio, en cada pueblo. Su vanguardia revolucionaria crecía y se templaba minuto a minuto, mientras que la alianza obrero-campesina se volvía sólida como una roca. Ahora, eran otras las autoridades. El derrocamiento del zarismo era inminente. En 1917 llegó el de la burguesía extranjera en Rusia, llevándose con ella a la burguesía rusa que -así como los terratenientes- representaba las más reaccionarias tradiciones.

 

El comienzo de la revolución

Lenin, el gran líder del proletariado, advirtió en el Domingo Sangriento una lección que el pueblo trabajador ruso jamás olvidaría, publicando tres días después de la masacre, el artículo “El comienzo de la revolución en Rusia“(1), proclamando: “La educación revolucionaria del proletariado avanzó en un día lo que no había hecho en meses y años de vida cotidiana, de opresión“. En otro pasaje, aún consternado por el genocidio, Lenin revela su inmensa confianza en las masas, y demuestra cómo las tropas zaristas habían enterrado las ilusiones que algunos trabajadores alimentaban, hasta entonces, respecto al reformismo y a los “líderes” pacificadores fieles al régimen:

La huelga general se extiende a las provincias. En Moscú, abandonaron el trabajo 10.000 personas y se anuncia para mañana (Jueves, 13 de enero de 1905) una huelga general. Estalló la rebelión en Riga. Salen a manifestarse los trabajadores de Lodz. Están preparando la insurreción en Varsovia. Hay manifestaciones del proletariado en Helsingfors. Aumenta la frustración entre los trabajadores y se expande la huelga en Bakú, Odessa, Kiev, Jarkov, Kovno y Vilna. (…) La revolución crece. El gobierno comienza a lanzar concesiones para aplacar las masas, como la promesa de implantar la jornada de 9 horas de trabajo. (…) Derrocar inmediatamente al gobierno: esta es la consigna que, en respuesta a la matanza del 9 de enero, se lanzó a los trabajadores de San Petersburgo, que creían en el zar, por boca de su líder, el sacerdote Georgi Gapón, quien dijo después de aquel sangriento día: “Ya no tenemos zar. Un río de sangre lo separa del pueblo. ¡Viva la lucha por la libertad!”. Nosotros decimos: “¡Viva el proletariado revolucionario!” La huelga general pone en pie y moviliza a las masas cada día más nutridas de la clase obrera y de los pobres de la ciudad. El armamento del pueblo pasa a ser una de las tareas inmediatas del momento revolucionario. (…) Solamente un pueblo armado puede ser el baluarte de su libertad”. Lenin concluye el artículo señalando que, cualquiera fuese el resultado de aquella insurrección, sería “inevitable e inexorable superar el primer paso para una insurrección más amplia, más consciente y mejor preparada“.

 

El turno del proletariado

La Rusia de finales del siglo XIX era un gigante territorial (el Estado más extenso de Europa), con aproximadamente 150 millones de habitantes. Bajo el dominio de los zares, la población vivía en una estado precario de desarrollo de las fuerzas productivas. El latifundio privaba al campesinado de acceso a la tierra, obligando a un gran número a emigrar a las ciudades. En consecuencia, el número de proletarios urbanos crecía, creando en su núcleo una fuerte oposición al régimen.

En el contexto de la implantación del modo de producción capitalista, el servilismo fue abolido en 1861, beneficiando sólo a una minoría de pequeños y medianos propietarios -los kulaks- mientras que la gran masa de campesinos permanecíoa en la más dura miseria.

La industrialización se desarrolla tarde en relación con los países occidentales avanzados. En el proceso, participan capitales extranjeros -principalmente británicos y franceses-, los principales beneficiarios de la explotación económica, mientras que en las relaciones capitalistas convivían las relaciones de tipo feudal.

El partido de los revolucionarios, la época del Partido Socialdemócrata, creado en 1898, era constituído por marxistas de cultura sólida, entre ellos Vladimir Ilich Ulianov, el valiente Lenin, que enriqueció la doctrina de Marx y Engels con la teoría de la revolución socialista.

El año de 1905 también estuvo marcado por la guerra entre Rusia y Japón, por la disputa de la región de Manchuria, en China. A partir de 1905 se vuelve irrefutable la transformación cualitativa de la revolución que estaba teniendo lugar en Rusia, es decir, se presenta la acción de la masas dirigida a un cambio profundo y necesario en la vida de la sociedad, el inminente derrocamiento del régimen decrépito y el establecimiento de un nuevo orden.

Llegará el momento en que los constantes enfrentamientos entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales retrégradas, hasta entonces dominantes, formen un marco en el que deben desaparecer las viejas relaciones de propiedad, las instituciones y la ideología que las amparaba para, en su lugar, levantar una nueva economía, una nueva política, una nueva ideología. Para el proletariado, principalmente, el objetivo era una revolución democrática sobre la cual surgiese inmediatamente la liquidación de todas las formas de opresión social y se rompiese, de una vez por todas, con la explotación del hombre por el hombre. Decisivo, como en todas las revoluciones, era para las masas levantar un Estado de nuevo tipo, porque todas las revoluciones sólo habían, hasta ese momento, reemplazado una forma de explotación del pueblo trabajador por otra. La tarea de las masas era apoderarse de todo aquello que hiciera posible el triunfo de la revolución, porque era imprescindible para el proletariado, líder de la revolución, apoderarse de los más importantes y principales medios de producción, lo que no tendría lugar sin el poderoso partido del proletariado, sin un ejército propio de obreros y campesinos y sin un justo frente político apoyado en la alianza obrero-campesina. En 1917, el proletariado llega al poder en Rusia para instaurar su primera experiencia socialista en el mundo.

 

De la tragedia al poder

Acerca del Domingo Sangriento, también Maksim Gorki(2) escribió el relato “Nueve de enero“(3). En vísperas de la masacre, Gorki y otros intelectuales trataron, infructuosamente, de detener la masacre, exigiendo la retirada de las tropas de las calles. Sacudido por el genocidio, Gorki escribe el “Llamado a todos los ciudadanos rusos y a la opinión pública de los Estados europeos“. El documento fue encontrado por la policía, siendo Gorky detenido el 11 de enero y encarcelado en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Fue puesto en libertad el 20 de febrero bajo fianza pagada por sus editores. Los siguientes pasajes del artículo de Gorki documentan uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna:

Cuando la multitud se desplazó de la calle a la orilla del río y vio ante sí una larga línea, rota, de soldados, que le interceptaban el camino hasta el puente […] Un oficial de capa amarilla desenvainó el sable y gritaba algo al encuentro de la multitud, ondeando en el aire el acero trenzado“. (P.176)

Cuando la voz del oficial llegó a la multitud, esta respondió con un sonoro eco de sorpresa. Algunos de la multitud ya habían dicho antes que no se les permitiría ir en presencia de él [zar], pero el hecho de disparar contra el pueblo, que iba a su encuentro, con orden, con fe en “su” fuerza y bondad, rompió la entereza de la imagen creada“. (P.177)

Intercambiando exclamaciones y obedeciendo al impulso que venía de atrás, los hombres continuaron avanzando. […] Y, de repente, algo se derrumbó, nerviosa y secamente en el aire, sacudió, golpeó a la multitud con decenas de látigos invisibles. En un instante, todas las voces parecían congeladas. (P.178) Estos [los manifestantes] caían en grupos de dos o de tres, se sentaban, poniendo sus manos en la barriga, corrían cojeando, se arrastraban por la nieve y, por todas partes, ésta se llenaba de manchas de color escarlata. […] En el pecho de los hombres penetraba, sobretodo, una fría sorpresa, que mortificaba el corazón“. (P.179)

Aquella sombra destruía la imagen de héroe, recientemente creada, del zar[…] Pero solamente unos pocos se atrevían a confesar que aquella imagen ya estaba destruida“. (P.182)

Alrededor de la residencia del zar, los soldados formaban una masa maciza y sólida; bajo las ventanas del palacio, la caballería se había organizado en la plaza, aparecían cañones […]” (p.184)

Frente a los soldados, miles de hombres desarmados, enfurecidos, marcaban el paso en la nieve […]” (p.185)

Resonó de pronto un siniestro canto de corneta. […] Los hombres ahogaban el grito metálico con sonoros silbidos, con aullidos, con sonidos estridentes, maldiciones, reproches […] Los soldados sacaron los rifles, se colocaron para apuntar, y todos se congelaron en una posición uniforme, atenta, viendo las bayonetas extendidas hacia la multitud. […] Las bayonetas se estremecieron fuerte e irregularmente, una ráfaga se apagó de modo asustado, los hombres se hecharon hacia atrás, ahuyentados por el sonido, por el choque de las balas, por la caída de muertos y heridos […]” ( pp. 190-191)

De nuevo, la multitud avanzó taciturna y lentamente, recogiendo a los muertos y heridos. […] En la voz de todos aún sonaba una fe ingenua en la victoria de la palabra verdadera, un deseo de demostrar la falta de sentido, la locura de aquella la crueldad […]” (p. 192)

[…] Aquel día, el cerebro quedó de repente desnudo, se estremeció, y el corazón se llenó de frío. Todo lo que era sagrado y habitual era había sido derrumbado, roto, había desaparecido“. (P.194)

 

 

Notas:

(1) El texto fue publicado originalmente el 18 de enero 1905 en el número 4 de “Vperiod” semanario clandestino bolchevique, editado en Ginebra entre diciembre de 1904 y mayo de1905. El inspirador ideológico, organizador y dirigente del periódico fue Lenin.

(2) Alieksiéi Maksímovitch Pieshkóv nació en Nizhny Novgorod (hoy Gorki) en el año 1868. En la literatura se consagra con el seudónimo Maxim Gorki, es decir, “Máximo, el amargo”. Hijo de un tapicero, tuvo que combinar los estudios con el trabajo. Pasó por varios trabajos: zapatero, criado, estibador, jardinero, corista y panadero. En 1884 se traslada a Kaza, tratando de entrar en la universidad local, aunque fracasaría. Es arrestado en 1890 por presunta participación en actividades revolucionarias. Liberado, comienza a interesarse por el movimiento marxista ruso. Viajando por el sur del imperio, acaba finalmente instalándose en Tiflis, Georgia. Un periódico local publica su primer relato en 1892 En marzo de 1898 publica su primer libro de cuentos. Participa en las manifestaciones del mes de octubre de 1905 en Moscú. Después del fracaso de la rebelión de diciembre, abandona el país. En el régimen bolchevique se preocupa por las actividades literarias, pasando a encabezar en 1919 una colección de obras internacionales. Murió con 68 años en 1936.

(3) Este relato fue publicado en el libro “Antología de Cuentos de Máximo Gorki” (Editorial Civilização Brasileira, 1961). Los extractos reproducidos, con sus respectivas páginas, pertenecen a esta edición.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de anovademocracia.com.br

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