65 años de la proclamación de la República Popular China


El 1° de octubre de 1949 era proclamada la República Popular China, tras la prolongada lucha revolucionaria de su pueblo dirigida por el Partido Comunista de China encabezado por Mao Tsetung.

Finalizada la segunda guerra mundial (1945), Estados Unidos y su aliado menor, Gran Bretaña, habían desatado la así llamada “guerra fría”, una especie de gran cruzada anticomunista, que se combinaba con atroces matanzas contra los pueblos que luchaban por su independencia, con la restauración reaccionaria como el caso de Grecia, con la recuperación de los restos del fascismo en el camino de fortalecer un mundo que se proclamaba occidental y cristiano, con el permanente chantaje de una bomba atómica monopolizada por el imperialismo yanqui, con la expansión aparentemente sin límite de los monopolios de Estados Unidos. Era la preparación de una tercera guerra mundial. Por otra parte, tanto la Unión Soviética como las democracias populares de Europa oriental tenían gran parte de sus fuerzas destinadas a restaurar sus economías devastadas por la contienda.

Los comunistas chinos, a la cabeza de su pueblo, habían llevado el peso principal de la lucha antijaponesa y la derrota del imperialismo nipón. Luego, el gobierno nacionalista de Chiang Kaishek, con el apoyo del imperialismo yanqui, lanzó una feroz campaña anticomunista, destinada a la destrucción y exterminio de las fuerzas populares. Más de tres años duró esta guerra, en la que las tropas del Ejército Popular de Liberación tuvieron que ceder la iniciativa más de una vez, y en la que pareció a muchos observadores que la partida había sido ganada por los imperialistas, terratenientes y grandes burgueses intermediarios representados en el Kuomintang, partido de Chiang Kai-shek.

Como consta en una nota de la edición china de las Obras escogidas de Mao Tsetung: “para ayudar a Chiang Kai-shek a iniciar una guerra civil contra el pueblo, el imperialismo norteamericano proporcionó a su gobierno una inmensa ayuda. Hasta fines de junio de 1946, los Estados Unidos habían pertrechado 45 divisiones del Kuomintang. Habían adiestrado un personal militar de 150.000 hombres del Kuomintang, fuerzas terrestres, navales y aéreas; agentes secretos; policía de comunicaciones; oficiales de estado mayor; médicos militares; personal de intendencia; etc. Buques de guerra y aviones norteamericanos trasportaban al frente, para atacar a las regiones liberadas, 14 cuerpos de ejército del Kuomintang (41 divisiones) y 8 brigadas de la policía de comunicaciones, o sea más de 540.000 hombres en total. El gobierno de los Estados Unidos desembarcó en China 90.000 hombres de su infantería de marina. (…) En el Libro blanco de los Estados Unidos se admite que la ayuda norteamericana equivalente a ‘más del 50 por ciento de los gastos monetarios’ del gobierno de Chiang Kaishek (…)”. En esas condiciones, Mao Tsetung afirmó a la periodista norteamericana Louise Strong que “todos los reaccionarios son tigres de papel. Parecen temibles, pero en realidad no son tan poderosos. Visto en perspectiva, no son los reaccionarios sino el pueblo quien es realmente poderoso”.

El Partido Comunista de China no se sentía aislado: buscaba unirse cada vez más sólidamente a las amplias masas populares y se apoyaba en las luchas contra el imperialismo de todos los pueblos del mundo. Es así como al cabo de tres años se habían ocasionado 5.559.000 bajas a las tropas de Chiang Kaishek, y lo que parecía invencible se derrumbaba. Al fin, el 1° de octubre de 1949, se constituyó en Pekín el gobierno de la República Popular China, presidido por Mao Tsetung.

Triunfaba así la segunda gran revolución de las masas oprimidas dirigidas por el proletariado y su Partido Comunista. Luego de la Revolución Rusa de Octubre, con Lenin al frente, la humanidad explotada experimentaba un nuevo salto hacia adelante.

Se enriqueció enormemente el caudal de experiencias con que contaban las masas revolucionarias de todo el mundo. El marxismo-leninismo desarrollaba su potencialidad al fusionarse con las masas oprimidas de un país semicolonial dominado por el imperialismo, que además era el país más poblado de la tierra y poseía una civilización varias veces milenaria. La prueba de fuego de la práctica mostró –en medio de la “guerra fría” y de las cruzadas anticomunistas– el vigor del marxismo-leninismo y lo enriqueció con enseñanzas que llevaron la ideología del proletariado a dar un salto cualitativo en su avance. Al mismo tiempo las fuerzas intermedias entre la reacción proimperialista y el pueblo, oscilaban ante el arrollador avance popular.

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