El teatro soviético durante la invasión nazi

Nina ShershnevaNina Shershneva era enfermera en el frente de combate

Extracto de la obra de Joracy Camargo, “El teatro soviético”, publicado a principios de los años 50, y muy esclarecedor sobre el gran pueblo ruso.

Afinoguenov profetizó la invasión nazi, y él mismo, dos o tres meses antes de ser destrozado en plena calle por una bomba aérea de Hitler, escribió la obra que determinaba el momento de la cobarde agresión. En la víspera, es el expresivo título de la obra de Afinoguenovel el que registra la atmósfera sugerente de aproximación de la catástrofe.

Ningún arte con más propiedad que el teatro podría establecer, para los observadores políticos, el estado de ánimo de los rusos en el día anterior al golpe traicionero del más digno aliado de Japón.

La primera escena tiene lugar el 21 de junio de 1941, la víspera de la invasión. Es noche cerrada, en un hermoso jardín a la orilla de un río por donde navega un barco de vapor y desde donde se pueden ver a lo lejos, las luces de Moscú. Están allí reunidos un general del Ejército Rojo, su familia y amigos, discutiendo sobre la posibilidad de una invasión nazi. El general cree que la invasión es inminente, pero nadie lo toma en serio.

Se desencadena una discusión, que toma los caminos más inesperados y asume diferentes aspectos. Algunos citan a Lermontov o a Tennyson; otros hacen referencias a Charles Dickens; algunos aluden a pasajes de “Guerra y Paz“, de Tolstoi, y una actriz recita las palabras que Chéjov puso en la boca de Olga en la escena final de su obra “Las tres hermanas“: “La noche es corta como las noches de junio en aquella región“. Comienza a amanecer. Algunos dicen: “Mañana será un día hermoso” “¿Mañana?” -pregunta el general, agregando: “¿Quién sabe lo que sucederá mañana?” El sol esconde su cabeza en el horizonte. Alguien propone: “¡Saludemos el amanecer con una canción!” Y todos comienzan a cantar en voz baja, cuando aparece, desde el interior de la casa, el hermano menor del general y lo lleva a una esquina para decirle: “Desde el cuartel general están solicitando su presencia urgentemente“. El general se retira en silencio, mientras que los otros siguen cantando. El sol aparece en su totalidad. Dos días después ya se escucha el ruido de los tanques que pasan sin cesar. Familiares y amigos se unen por la defensa nacional, desestimando como por arte de magia, las opiniones personales. Otro hermano del general, Andrew, ingeniero agrónomo y descubridor de una nueva especie vegetal, un grano nutritivo, quema las semillas para evitar que caigan en manos de los nazis. Con la misma fortaleza recibe la noticia de la muerte de su esposa. El anciano padre del general se prepara para hacer volar la fábrica que está construyendo, y dice: “¡Esta guerra no fue iniciada por nosotros, pero nosotros la terminamos!

A partir de entonces, la obra describe los horrores de la guerra y alienta la unidad nacional para combatir a los invasores.

En la víspera fue la primera obra de propaganda de la defensa del país y ejerció en la mente pública la misma influencia de todas las obras que habían transformado el teatro soviético en un arma poderosa en la lucha contra la indiferencia o la incomprensión en masa. Iniciada la invasión, el 22 de junio de 1941, fue inmediatamente inmovilizado el Ejército teatral. En su documentado artículo sobre “El arte dramático en Rusia durante la guerra“, Henry Wodsworth Longfellow Dana narra los hechos más importantes. Sirviéndose de una descripción de Moskvin, el gran actor del pueblo, que actualmente dirige el Teatro de Arte de Moscú, Dana cuenta que cuando los ejércitos alemanes comenzaron la invasión de Rusia en las ciudades fronterizas como Minsk, capital de la República Soviética de Bielorrusia, sufrieron los más feroces bombardeos durante las primeras veinticuatro horas. Moskvin, que actuaba esa noche con la compañía de Teatro de Arte en el principal teatro de la ciudad, pinta el cuadro de horrores y atrocidades de las que había sido víctima la ciudad indefensa. Pero cuenta que mientras las campanillas de los teatros en Minsk anunciaban el llevarse el pañuelo a la boca, eran ahogadas por las sirenas de alarma y por los gemidos de los primeros heridos. La compañia del majestuoso y nuevo Teatro de la Ópera de Bielorrusia, incendiado por las bombas nazis, se refugiaba en la ciudad de Gorki, en las orillas del Volga. Los espectáculos no fueron interrumpidos, y del Teatro Gorki, la gran cantante Larissa Alexandrovskaia, artista del pueblo, cantaba por la radio a sus compatriotas una canción que prometía su liberación en el estribillo: “¡Bielorrusia, estamos cerca de ti!” Un grupo de jóvenes artistas abandonó el teatro de Minsk en llamas, y comenzó una gira por los bosques, aeródromos y hospitales de la república invadida. Este grupo, que pasó a denominarse “Actores del frente de combate” pasó a representar a las tropas y a los heridos del Ejército Rojo, avanzando o retrocediendo, según las circunstancias.

Una vez que los invasores llegaron a la ciudad de Kiev, capital de Ucrania, el artista del pueblo, Gnat Yura, asumió la dirección de este sector, y más tarde escribió: “Hoy nuestro escenario consta de dos auto-camiones, sin paredes laterales, que se colocan uno al lado del otro“. Durante un espectáculo comenzó a caer metralla de bombas en el escenario improvisado, y el ruido de los disparos interrumpió la función, pero el comandante de la guarnición local del Ejército Rojo ordenó a sus artilleros silenciar las baterías enemigas, diciéndoles, sonriendo: “¡No consientan que los nazis interrumpan el drama!“.

Fachada del Teatro Central deL Ejército RojoFachada del Teatro Central del Ejército Rojo

Los teatros de Kiev y de Kharkov, así como los de otras ciudades ucranianas invadidas, pasaron a constituir el llamado Teatro del Frente Sur-Occidental, que fue considerado como parte integrante del Ejército, ya que actuaba detrás de las líneas de batalla.

Esta incorporación de las compañías teatrales a las “compañías” del Ejército fue deliberada en las reuniones de la gente del teatro de toda Rusia promovidas por los teatros de Moscú y Leningrado, en el mismo día que fue iniciada la invasión, reuniones que tenían como finalidad principal la movilización del teatro para la defensa de la Unión Soviética. Poco a poco se iban uniendo a cada compañía militar una compañía de teatro, dirigidas todas por un comité conjunto que se denominó shefstvo o “patronato”. Longfellow Dana dijo entonces que “las brigadas de actores se fueron de los teatros del drama a los teatros de la guerra“.

Ahora se puede decir que era perfecta laorganización del teatro soviético como parte integrante de la vida social y política de la Unión, ya que todos los teatros estaban preparados para la eventualidad de una guerra. Basta decir que la invasión encontraba nada menos que cincuenta compañías equipadas y capacitadas para actuar en los frentes de batalla. Este hecho también indica que los artistas de teatro no tenían la menor ilusión sobre la “lealtad” de los antiguos y más feroces enemigos del régimen soviético.

Desde el día de la invasión hasta la fecha en que Longfellow Dana recogió los datos para su artículo, publicado en “Dialéctica“, Vol. IV, marzo/abril de este año, fueron realizados alrededor de 150.000 espectáculos para el Ejército Rojo, en los teatros de los hospitales militares, a bordo de buques de guerra y en las guarniciones de retaguardia, dejando a los teatros de Moscú 14.000 funciones y a los de Leningrado 20.000.

Pero la contribución del teatro al esfuerzo de guerra no se limitó a los espectáculos, ya que solamente el Bolshoi, de Moscú, desarrolló un plan para la “movilización total” y entregó al fondo de defensa más de 1,8 millones de rublos.

A pesar de todo el esfuerzo invertido fuera del teatro, los directores no habían descuidado la parte artística, procurando mantener o incluso aumentar el nivel de las representaciones. Para ello, el personal interno, naturalmente convocado, fue reemplazado por los propios artistas, y hasta por las celebridades, los artistas del pueblo, los Premios Stalin u Orden de Lenin, que construían escenarios y retiraban muebles. Olga Lepeshinskaia, una de las más grandes bailarinas y tal vez la más popular de la Unión Soviética, Premio Stalin, después de la función en el Teatro de la Ópera, se quedaba todas las noches para montar guardia contra ataques aéreos en la terraza de su casa en Moscú.

Suzana Zviagina, otra bailarina del Bolshoi en Moscú, bailó más de novecientas veces en los frentes de batalla, y en una de esas ocasiones conoció a su marido en plena lucha, sufriendo la desgracia de su muerte días después. Durante el asedio de Stalingrado, Suzana bailó en la terraza de una casa medio destruida, situada a poca distancia de los frentes de batalla, y bailó con tal precisión y coraje, que dio la impresión de estar al abrigo del escenário del Bolshoi. Fue condecorada con la Orden de la Estrella Roja.

Todos los artistas fueron mobilizados. Actores, actrices, cantantes, bailarines, compositores, pintores, diseñadores, escultores, e incluso los profesores eran constantemente enviados a los frentes de batalla. Moscú enviaba semanalmente 150 profesores y 1.500 actores. Debido a las dificultades que tuvieron que enfrentar los artistas de teatro, que a menudo se servían de túneles subterráneos de defensa como camerinos, y carecían de escenarios, bastidores, reflectores e incluso espejos para la caracterización, crearon una nueva modalidad de interpretación que demandaba más talento y menos artificios. Es cierto que nunca les faltaba un ambiente de buen humor, agradable, acogedor y buena voluntad por parte de los espectadores militares. Un soldado escribió lo siguiente, dirigiéndose a un grupo de actores: “Después de su función combatiremos al enemigo con energía renovada. Cuando venís de Moscú para actuar, tenemos entre nosotros las sensación de que todo nuestro pueblo está unido, militares y civiles, y que están unidos en el frente y en la retaguardia“.

A los que describían la utilidad de las representaciones teatrales en los frentes de batalla, un general del Ejército Rojo les dirigió estas palabras:  “En tiempos de paz estábamos acostumbrados a frecuentar los teatros. Los actores debe perseverar y mejorar su arte. Algún día la guerra terminará, y cuando vuelva la paz duradera, volveremos a nuestras casas e iremos entonces a comprobar si los actores progresaron en teatros nuevos, más amplios y extendidos por todo el país“.

Entre otros, este fue uno de los motivos que llevaron al gobierno soviético a eximir del servicio militar a los comediógrafos, actores, cantantes, bailarines, etc. Sólo así podrían los artistas dedicarse a los esfuerzos de guerra de forma más eficiente de lo que harían blandiendo armas. Esta política dio los mejores resultados, no sólo en relación a la necesidad de proporcionar a los soldados entretenimiento o reposos culturales, levantándoles el ánimo, como en otros aspectos. Un episodio interesante, por ejemplo, es el que fue narrado por el actor del Teatro del Ejército Rojo, Sergei Balashov. Este gran actor, que había actuado cerca de quinientas veces en el campo de batalla, cuenta que un joven soldado de una compañía de tanques produjo en su mente tal impresión, al decirle que su actuación le había elevado el ánimo de lucha y aumentado la energía de las guarniciones de aquella arma, que en el mismo momento prometió redoblar sus esfuerzos para reunir el dinero necesario para comprar una máquina de guerra de gran alcance. Y cumplió la promesa. Aunque necesitaba descanso, Balashov llegó a actuar durante tres meses y medio a cuatro veces por día con el fin de alcanzar el dinero necesario. Cuando se le hizo entrega del tanque, el Comandante de la División eligió para la nueva unidad una guarnición de valientes, y entre ellos, el joven que había inspirado la magnífica actitud del actor, quien, por cierto, dio un discurso de agitación durante la ceremonia de entrega. Y aún se escuchaban las últimas palmas del orador cuando el tanque partió hacia el frente con sus cuatro valientes tripulantes. Entusiasmado por este espléndido logro, Balashov olvidó que necesitaba descansar, y siguió actuando. Una vez recitó los famosos versos futuristas de Maiakovski, titulados “La voz del collar“, en un túnel subterráneo de defensa, en voz baja, para no ser oído por los alemanes. Otra vez actuó a bordo de uno de los acorazados de la Flota del Báltico, utilizando como escenarios las torres blindadas y los puentes. Llegó a dar un espectáculo en el fondo del mar, en el submarino que bombardó el acorazado alemán “Von Tirpitz“. Dijo que “para los actores, al menos” la representación fuera muy interesante. Y afirmó que todos trabajaron con la misma fuerza que si lo hicieran en un teatro de Moscú. La prueba de esto es que los marineros estaban tan emocionados que les preguntaron a los actores qué podían hacer para corresponderles.

Hundir un submarino nazi, en nuestro nombre” -respondieron ellos.

Más tarde, el grupo de Sergei Balashov recibió este telegrama de la Armada Roja:

Tal como se nos pidió, lanzamos un torpedo en su nombre, los actores, y acabamos de hundir un submarino fascista“.

De esta afectuosa camaradería que conecta a los artistas con los soldados, todos recibiendo la misma orientación y las mismas fuentes de inspiración del gobierno, es como surgió el espíritu de unidad nacional, y, más que eso, el sentido de continuidad de este espíritu. Si ninguna otra clase vive o trabaja ajena a los destinos de la Unión Soviética, la clase teatral es, entre todas, la que contribuye en mayor medida y la que de forma más eficiente conduce la opinión pública en este sentido, ya sea conectando el pasado con el presente, identificando a los héroes de ayer con los héroes de hoy, discutiendo y aclarando los más graves problemas políticos, o asumiendo actitudes que influyan en las decisiones de las autoridades políticas.

Ya me referí, en otro capítulo, a algunas obras destinadas al fortalecimiento y al esclarecimiento de la voluntad del pueblo para luchar contra los invasores. Pero ahora, gracias a las valiosas informaciones de Longfellow Dana, puedo mostrar cómo esta campaña fue sabia y meticulosamente organizada por los autores soviéticos. Los lectores ya conocen al gran dramaturgo Leonid Leonov, y algunas de sus obras, como “Invasión“, que obtuvo el Premio Stalin de Teatro, valorado en cien mil rublos, y ya conocen la obra del no menos célebre Afinogenov, asesinado por los nazis cuatro meses y medio después del comienzo del ataque. Este autor brillante, prosiguiendo el plan indicado en “La Víspera” escribió “Máshenka“, que aborda la creciente simpatía de un viejo hombre de letras, por la nueva generación soviética; “Punto distante“, en el cual muestra el importante papel que pueden desempeñar en la defensa nacional los pequeños colectivos de los pueblos más remotos, y muchos otros ya examinados. Vershinin y Ruderman llegaron a escribir una obra cuyo tema sólo sería lógico después del estallido de la guerra. Es el caso del drama “Victoria“, escrito en 1937, a la que me ya me he referido en la adaptación hecha por los autores estadounidenses Janet y Philip Stevenson, que fue representada en Nueva York con el título de “Contraataque“.

Kaverin produjo un notable trabajo, en la misma línea de “La Víspera“, de Afinogenov. Se trata de la casa de la colina, cuyas primeras escenas ocurren en una casa de campo, en la noche de la invasión. En esta tranquila casa, recientemente construída junto a un río y rodeada de pinos, vive un profesor de historia con su familia: la esposa descuidada e ineficaz, un hijo de dieciséis años, y una hija más joven, que aprovecha la ocasión para revelar un gran “secreto”, es decir, su próximo matrimonio con un joven estudiante que está presente. Para celebrar el evento, se bebe champán y se hacen brindis. Un viejo amigo de la familia, un doctor demasiado distraído, pronuncia un discurso alusivo a la alegría de la familia y al tiempo que les quedaba por vivir, que sería maravilloso… si fuese duradero. Pero el hermano de la novia enciende la radio para animar aún más celebraciones con un poco de música, y capta la voz de un locutor difundiendo la noticia que todos estaban esperando sin esperar: los ejércitos alemanes habían invadido Rusia. En el segundo acto, dos meses después, en agosto de 1941, la familia feliz de la casa de la colina se encuentra dispersa. El joven estudiante, novio de la chica, se alistó en el Ejército Rojo. El jefe de la familia es ahora jefe de guerrillas que operan detrás de las líneas alemanas. Madre e hija habían abandonado Leningrado. Sólo se había quedado el muchacho de dieciséis años, para defender su casa, siendo al final herido por los nazis en el momento en que gritaba:”¡Adelante!“. El siguiente acto tiene lugar en Leningrado, donde la chica se encuentra con el novio gravemente herido y la madre evidencia cualidades insospechadas de valentía y coraje entre los horrores producidos por los terribles atentados. Finalmente, el último acto lleva nuevamente a los espectadores a la pequeña casa en la colina, casi colapsada. La lucha se había calmado un poco y la familia volvió a reunirse, menos el jefe, del que todos sospechaban que había muerto, pero que aparece en las últimas escenas, sano y salvo, a tiempo para decirle al joven estudiante ya curado y listo para combatir con Ejército Rojo: “¡Vuelve con la victoria!” Esta obra logró un gran éxito en el Teatro Gorki (antiguo Aleksandrinski de Leningrado) ante los espectadores tanto civiles como militares.

Otro obra impresionante por su intenso drama es la de los hermanos Tur y Sheinin, “La tierra de la Patria“, o “El humus de la Patria“, en la que los autores, ya expertos en un gran número de obras de este género, intercalan escenas de gran comedia. Un ex terrateniente, reaccionario ruso que había sido propietario de una casa en Leningrado y otra en el campo, se unió a los invasores alemanes, con la esperanza de recuperar sus antiguas propiedades. Trae colgando del cuello una bolsa de tela llena de tierra rusa cogida de los terrenos que heredara de sus padres. Este hombre había jurado comer un puñado de aquella tierra cuando regresase a Rusia. Pero descubre que su antigua casa de campo había sido transformada en una escuela agrícola para los trabajadores, y que la tierra rusa tenía un sabor amargo. Decide ir a la ciudad y llamar a San Petersburgo, y habla con delirio del río Neva, de la Avenida Nevsky, del poema de Pushkin “El Jinete de bronce“, y cita la obra de Griboedov “Tristezas del espíritu“, repitiendo las palabras que dieron título a la obra: “Dulce y agradable es el humus de la patria“. Resulta que, en contra de su esperanza y la de los alemanes, Leningrado resiste ferozmente. Cuando los campesinos y guerrilleros rusos abren fuego en los bosques y en los campos, “El humus de la Patria” ya no parece tan dulce y agradable. En esta obra los oficiales alemanes no están retratados según la concepción de Hitler, pero si un poco diferentes entre sí. Un coronel todavía admira a Bismarck, siendo luego menospreciado por otro comandante nazi, que intenta herirlo, diciéndole: “¡Bismark no tiene una campaña rusa“. Pero el otro responde con valentía, o al menos, olvidándose de la Gestapo: “En esta campaña Bismark quizás fuese más listo que nuestro líder actual“. Los oficiales nazis llevan consigo un cineasta alemán que había antes filmado a Hitler en una posición determinada con el fin de organizar una película en la que aparecieron los campesinos rusos arrojándose a los brazos de sus “libertadores” con el pan y la sal en las manos. La película sería destinada a influenciar a la opinión pública mundial que, según la cínica afirmación del comandante nazi, había sido formada por “una docena, poco más o menos, de idiotas que viven en Estocolmo o Ginebra“. Cuando se disponian a rodar la escena que habían preparado, los guerrilleros que se habían introducido entre los campesinos maniatados abren fuego contra los nazis. Incluso los guerrilleros tomados como personajes en la obra son un tanto diferenciadas por los autores. Hay un jefe fuerte, Kazatkin, y su esposa Antonina -que habla alemán- y trabaja como criada de los nazis para comunicar a su marido los planes del enemigo. Hay también un viejo campesino, procedente de la “Granja Colectiva de Trabajo Pacífico”, consciente de que ya no hay “trabajo pacífico”, y se une a la guerrilla, vacíando las reservas de gas de siete tanques alemanes, “como si estuviese ordeñando siete vacas“. Por último hay un vagabundo audaz, Zabudko, que en cierta ocasión había sido detenido por haber roto dos sillas durante una borrachera. Cuando una granada alemana destrozó la puerta de la prisión, Zabudko se presentó para prestar servicio improvisando versos con una pierna rota y un acordeón que hanía arrebatado a los alemanes. Voló un puente, y se tiró al río, insultándo a los nazis hasta morir acribillado.

Constantino Finn, escritor fecundo de quien ya hablé, escribió dos obras durante la invasión, tituladas “El Bosque Ruza” y “Pedro Krymov“. “El Bosque Ruza“, que también fue representada en los Estados Unidos, adaptada por Janet y Philip Stevenson, con el título de “Arma Secreta“, trata de un destacamento de guerrilleros rusos ocultos en el bosque Ruza, entre Smolensk y Moscú, cercado por numerosas tropas alemanas. Los nazis, decepcionados porque los campesinos no se habían rebelado contra el gobierno soviético, depositaron toda su esperanza en los “intelectuales” rusos, a los que invitaron a una reunión. Consiguen, sin embargo, reunir a un pequeño grupo de hombres y mujeres de avanzada edad, casi todos no intelectuales, pero ninguno de ellos quiere cooperar con los alemanes. Al ser forzado a cantar, un viejo cantante ruso entona la Internacional y al momento es fusilado. Una rusa, en frente del hospital de la ciudad simula ayudar a los invasores. Pero cuando los nazis descubren que ella, por el contrario, está trabajando para sus compatriotas y afirma que el “arma secreta” de aquella gente es el deseo de vivir, es también fusilada. Los alemanes, entonces, centran sus esperanzas en la ayuda de un tal Petrenko, pero este lleva el destacamento, arriesgando su propia vida, a una emboscada en el bosque Ruza. El jefe de la guerrilla, que espera oculto en el bosque, se emociona de tal manera con el heroísmo de Petrenko, que lo salva sacrificando su propia vida. Gracias a este procedimiento heroico, el resto de los guerrilleros se puede unir al Ejército Rojo.

En “Pedro Krymov“, Constantino Finn trata el extraordinario esfuerzo de los trabajadores soviéticos en el campo de las industrias.

Ninguno de los sectores de actividad cayó en el olvido. Son innumerables las obras que tienen que ver con el Ejército Rojo, como “Mi amigo y el coronel” de Virta; “Un saludo a las armas” de Voltekhov; “Lev Dovator” de Bergelson, cuyo tema es la caballería; “La generación con alas“, de Pervenstev, que trata la Fuerza Aérea Roja, presentando no sólo a los que diseñan nuevos tipos de aeronaves, sino también a los que las llevan cargadas de bombas hacía las líneas enemigas, lo que demuestra que, como en otros sectores, en la aviación también están unidos el frente y la retaguardia; “El Regimiento DD“, escrito por un as de la aviación, Vodopianov, en colaboración con el escritor Laptev, también trata de los grandes logros de los aviadores soviéticos; “Comandantes al mando” y “Costas nativas“, de Mateveev, ambas rinden homenaje a los heroicos marineros de la Flota Roja, y otras de carácter marcadamente realista, como la audaz obra de Alexander Korneichuk, “El Frente“. Antes de tratar esta obra, que causó enormes discusiones y fue considerada la mejor en temas de guerra, conviene decir quién es Korneichuk. Este escritor ucraniano, uno de los más fuertes de la Rusia Soviética, dio tales demostraciones de su capacidad como orientador del pueblo que fue nombrado Subcomisario del Pueblo para Relaciones Exteriores, después de haber conquistado en tres ocasiones, la más alta condecoración Stalin de la literatura teatral, recibiendo, por lo tanto, 300 mil rublos. Estos tres premios fueron atribuidos a las siguientes obras: “Platon Krechet” en 1940, “En las estepas ucranianas“, en 1942, y “El Frente“, en 1943. Esta última, que provocó discusiones cuando se representó en los principales teatros y fue publicada en su totalidad en Pravda, sirve para mostrar las ventajas de la más amplia libertad de crítica, cuando la crítica se ejerce desde el sentido constructivo. “El Frente” muestra a un general de edad ya algo avanzada, que, después de haber escrito una excelente hoja de servicios durante la guerra civil, y habiendo sido galardonado cuatro veces por actos de valentía, decide “dormir en los laureles“. Por otra parte, se vuelve intolerante, conservador y rebelde a cualquier orientación de los oficiales más jóvenes sobre los métodos modernos de guerra. Orgulloso y eufórico con sus éxitos del pasado, les da órdenes absurdas. En vano procuran, su hermano y su hijo, convencerlo para que escuche los consejos de la experiencia. Intentan inútilmente mostrarle que su coraje y honor no son suficientes, ya que es incapaz de aprender nuevos métodos. Su terquedad lo lleva hasta el punto de declararse culpable de la pérdida irreparable de una columna de tanques y de la propia muerte de su hijo en combate. En contraste con la actitud obstinada de este viejo general, Korneichuk muestra la figura de un joven oficial soviético, formado por el nuevo régimen, que domina las tácticas modernas y mantiene un estrecho contacto con los soldados. Finalmente, de acuerdo con una orden de Moscú, el general es sustituído por el joven oficial, después de una serie de aventuras.

Además de estas obras de homenaje o de crítica a las clases militares, muchas de ellas también fueron producidas, igualmente, alabando o incentivando a los civiles. En “Hasta que el corazón deje de latir“, obra de Yastovski, con música de Svirodovoi, aparecen civiles luchando “hasta que sus corazones dejen de latir“. “Mujeres“, de Nikulin, muestra el esfuerzo y el papel de las mujeres en la guerra. En “Las esposas de los soldados“, de Virta; “Las chicas estaban solas“, de Kloss, y “El chal azul“, de Kataev, los autores tratan con simpatía y bondad la situación de las niñas que se encontraban en las ciudades lejos de los campos de batalla, “Smirnov en los niños“, ofrece una magnífica imagen de una madre rusa, en las granjas colectivas, y a sus hijos cubiertos de gloria.

El joven y gran autor Constantino Simonov, nacido durante la Primera Guerra Mundial, en la que perdió a su padre al luchar contra los alemanes, participa ahora en la Segunda Guerra Mundial, no sólo incendiando depósitos de municiones del enemigo en la retaguardia, sino también capturando aviadores alemanes, o tomando parte activa en la defensa de Leningrado, actos de valentía que le valieron el puesto de Primer Comisario de Batallón, pero también produciendo obras de más incisiva influencia en la mente del público. Una de sus primeras obras, “Un compañero de nuestro pueblo“, muestra cómo Lukonin, un joven y modesto maestro del pueblo, se convierte gradualmente en un heroico líder de una división de tanques, en cuyo honor se erige una estatua para que los niños pueden señalarla y decir: “Aquel es un compañero de nuestro pueblo“. Luego Simonov escribió “El pueblo ruso“, representada en el Teatro de Arte de Moscú y luego en trescientos teatros. Si en un primer momento, el personaje central era un individuo, al final, el héroe era todo el pueblo. Ambas recibieron el premio Stalin, siendo, la segunda contemplada como un segundo lugar, obteniendo 50 mil rublos.

Constantino Simonov y Eugeno Petrov - compañeros en el frenteConstantino Simonov  y Eugeno Petrov: compañeros en el frente.

En “El pueblo ruso“, Simonov muestra cómo el pueblo pueden desempeñar un papel importante en la defensa nacional. Safonov, ex chofer, y ahora capitán. Lokunin, ex maestro, y ahora general de división. El poeta Panin (que debe ser la figura del propio autor) es el jefe del Departamento de Inteligencia. Un vagabundo encantador, Globa, marcha a la muerte cantando una canción, porque “una canción es magnífica para infundir coraje“. Valya, chica de la cual el capitán se había enamorado, es enviada por él a una peligrosa misión detrás de las líneas enemigas. María Petrovna, vieja madre de capitán, es ahorcada por los nazis. Todo el mundo está dispuesto a sacrificar su vida, como afirma el capitán, al decir que cada uno esta dispuesto a “morir por un fin“. El coraje de un pueblo brota de su propio amor a la vida, la patria que todos creaban a traves del trabajo colectivo. Cada uno tiene una razón especial para acordarse de la patria en tiempo de crisis, pero todos la aman de la misma manera y están unidos en disposición de morir por ella. Por más trágica que la muerte pueda parecer para el pueblo ruso, es casi una alegría si se compara con la de los invasores nazis y la del miserable traidor ruso Kharitonov, que, al morir deja de ser un hombre. Al traicionar a la patria traicionó a su propia familia. Los nazis lo obligan a mostrarse feliz y alegre delante del fusilamiento de su propio hijo, comandante del Ejército Rojo. Tampoco se olvida el aspecto sentimental, como un estímulo saludable. Constantino Simonov descubrió, soprendiéndose a si mismo, que la guerra había convertido “los sentimientos de los hombres más agudos, más puros y más sensibles al arte y a la poesía“. Descubrió que los soldados querían poesía, la poesía del amor y del afecto, que los hombres de acción disfrutaban escuchando la poesía, sobre todo la poesía del amor. Entre los poemas favoritos de los soldados, uno de los suyos, “Espérame“, muestra a una mujer en su casa, esperando a su soldado, que la salvará de las garras de la muerte. Este poema fue luego transformado en una obra teatral. En esta obra, Simonov cuenta la historia de un aviador ruso cuya aviación había caído tras las líneas alemanas, y a quien todos suponen muerto, menos su mujer. Y ella tenía razón, porque el aviador había conseguido unirse a un destacamento de guerrilleros con el que consiguió llegar a la aldea y a su propia casa donde le esperaba su esposa.

Es curioso observar que las obras sobre los guerrilleros son las que más entusiasman al público soviético. Por eso mismo la bravura de estos héroes fue tratada en muchas obras.

Peretz Markish escribió una de estas obras para el teatro Habima de Moscú. Krapiva y Kpaler escribieron dos con el título de “El Guerrillero“, evidentemente tratando las guerrillas. Después aparecieron “En el viejo molino“, de Kryukov; “El huracán“, de Yakovlev; “La sangre del Pueblo“, sainete dramático-musical en un solo acto, de Dzerzhinski, y una ópera en un acto, de Mossolov, “La señal“. En esta última hay un guerrillero que, inmiscuyéndose en las filas alemanas, descubre un importante depósito de armas, y se pone en contacto con la artillería del Ejército Rojo, a la que le indica la señal, gritando: “¡Apúntenme a mi!“, y muere con los enemigos.

Estas obras han prestado grandes servicios, porque, escuchando al público, llevaron a muchos espectadores a la práctica de lo que veían en las escenas. Se dice que, en un pueblo cuyos habitantes habían asistido a algunas obras sobre los guerrilleros, y que después cayó en manos de los nazis, fueron practicados muchos de los ataques y de las trampas que más habían impresionado a los espectadores durante las representaciones.

El asedio de Moscú, como Leningrado, también ofrecieron grandes oportunidades y soberbios temas a los autores soviéticos.

Fue decisiva la influencia ejercida en el espíritu de los autores por la capital de la Unión Soviética. Casi todas las obras que estaban destinadas a mantener la moral de sus habitantes, tiene su nombre en el título: “Moscú“, de Pardov; “La niña de Moscú” y “Primavera en Moscú“, de Victor Luzev; “El alma de Moscú“, de Grigori Mdivani, y más, “Moscú no se rendirá“, “Moscú contraataca“, “Nuestro Moscú“, hasta “Noches de Moscú“, de Progodine.

Leningrado, que por su situación fue la más sacrificada, ha experimentado profundos cambios en su vida teatral, como, por ejemplo, el de hacer funcionar los teatros a las cinco de la tarde, con el fin de finalizar antes de las incursiones aéreas de los alemanes. Decían los directores que era necesario “adelantarse a Hitler”, aunque muchas veces Hitler hubiese llegado antes de tiempo. El director Sergei Radlov cuenta que durante una presentación de Otelo, de Shakespeare, fue obligado a interrumpir la representación precisamente en el pasaje en el que el musulmán debía estrangular a Desdémona, momento exacto en el que comenzaron a sonar las sirenas anunciando la aproximación de los aviones. Los espectadores comenzaron a vociferar. Pero no se trataba, como notó, del miedo a que una bomba cayese en el teatro, sino una protesta contra la ignorancia de los Nazis, interrumpiendo una representación Shakespeare, que son muy apreciadas por los rusos. Al día siguiente, saltando por encima de los escombros, en las calles, la multitud de espectadores abarrotó nuevamente el teatro para ver la repetición de la tragedia. Korcagina-Alexandrovskaia, vieja actriz del teatro Pushkin (antiguo Alexandrinski), al recibir el Premio Stalin, le dio el dinero para la compra de un avión.

He aquí algunas de las fuentes de inspiración de los autores de Leningrado, que pasaron a producir grandes obras. Schwartz escribió “Una noche“, sobre las tragedias del frente, y “Teatro de jóvenes espectadores“, sobre la vida de la nueva generación de Leningrado, evacuada la ciudad y dedicada con todas sus fuerzas al trabajo de prestar ayuda a sus defensores. Kavtrin escribió “Grandes esperanzas“, también dedicada a los jóvenes que habían organizado un batallón de estudiantes. Vishnevsky, el marinero dramaturgo, escribió “El largo mar“, en colaboración con Azarov y Kron, el último de los marineros en el Mar Báltico.

Observa Longfellow Dana que, así como se escribió una obra sobre el famoso compositor Chostakovitch, “El ciudadano de Leningrado“, que componía la Séptima sinfonía, durante el asedio de la ciudad, también se escribieron originales obras sobre los corresponsales de guerra. De hecho Levin y Metter escribieron “Nuestro corresponsal“, una obra que aborda la heroica vida de un periodista en el frente de Leningrado, y los autores Arbuzov y Gladkov, el drama “Inmortal“, que tiene como protagonista a un corresponsal norteamericano. Este periodista está siendo poco a poco conquistado por el heroísmo de sus jóvenes amigos rusos que luchan en las guerrillas. Inmortal era el apodo de un jefe guerrillero a quien parecía que la muerte se había olvidado de él, pero que al final murió heroicamente. El periodista norteamericano, entusiasmado por sus hazañas y considerando su figura como una de los más típicas, resuelve adoptar para el libro que estaba escribiendo sobre Rusia el título “Inmortal“. Al final de la obra, al estar los guerrilleros rodeados por los Nazis, el periodista se hace con una ametralladora y abre fuego contra las tropas atacantes, gritando: “¡Los Estados Unidos ya han entrado en la guerra!“. Este grito provoca siempre un estruendoso aplauso de los espectadores soviéticos, en todos los teatros.

Las compañías de Leningrado, cuando los bombardeos se intensificaron, resolvieron continuar sus representaciones en otras ciudades. El teatro Pushkin fue para Novosibirski y el dramático Gorki para Kirov. Las compañías de Moscú también tuvieron que refugiarse, yendo al Teatro Vakhtangov, el cual fue totalmente destruido; en Omsk, el Bolshoi, también dañado, fue para Kuibyshev, además del Volga; el Teatro Maly para Chlyabinski; el Teatro de Arte para Saratov; el Kamerny para Yrkutski; y el Teatro de los Soviet de Moscú para Alma Ata. Hasta el Teatro del Niño fue para Oriente, acompañando a sus pequeños espectadores, cuando en 1941 los niños de Moscú tuvieron que abandonar la ciudad, dejando sus hogares, pero llevando “su segundo hogar”.

Cuando leí el artículo que me sirvió para complementar la información de este libro, en lo que se refiere a las realizaciones del teatro soviético durante la guerra, recordé el slogan radiofónico que hasta hoy Alemania extiende por todo el mundo en ondas cortas: “Alemania, defensora de la cultura… “.

Me dijo el periodista que, incluso durante los horrores de la invasión, los teatros rusos no representaban sólo las obras de propaganda de la unión nacional y de la defensa de la Unión, sino que continuaban con su programa de difusión de la cultura a través del teatro, teniendo en cuenta las palabras de Voroshilov, inscritas en la puerta del Teatro del Ejército Rojo: “Todos los soldado del Ejército Rojo deben comprender la cultura por la cual están luchando“. Es por eso que continúan en escena las obras de Shakespeare, Sheridan, Bernard Shaw, Priestley, Dickens, Lilian Hellman, Eugene O’Neill, Cliford y muchos otros autores occidentales, sin la más menor preocupación nacionalista. Y es por eso también que los soldados soviéticos comprender la cultura “por la cual están luchando”, gracias a las constantes representaciones a las que asisten, y como prueba la pintoresca obra entre un soldado ruso y un corresponsal de guerra norteamericano. El soldado le preguntó al periodista si no consideraba que el personaje de Parolles de la obra “Todo está bien cuando acaba bien“, de Shakespeare, era el prototipo de oficial nazi, y el corresponsal le respondió, con sorpresa ingenuo al soldado, que nunca había oído hablar de ese tal Parolles.

Con episodios como este, no sorprende que, sólo en Moscú, en junio de 1941, en vísperas de la invasión, no menos de cinco teatros estuviesen representando las obras de Shakespeare, de Lope de Vega, Benavente, Moliere, Flaubert, Sheridan, extranjeras, y “Las tres hermanas” de Chejov; “Enmascarados“, de Lermontov y “Anna Karenina“, de Tolstoi. Mientras que los defensores de “la cultura” se preparaban, o sólo esperaban el momento para apuñalar a Rusia por la espalda, en aquella noche de verano del 21 de junio de 1941, los soldados del Ejército Rojo, por una curiosa coincidencia, asistieron al nuevo teatro del Ejército Rojo, en forma de estrella, la fantasía Shakespeariana, “Sueño de una noche de verano…“.

Traducido por “Cultura Proletaria” de anovademocracia.com.br

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