Sobre el materialismo histórico

Merhing

 

Karl Marx ha realizado la síntesis del materialismo histórico en forma tan breve como convincente en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859. Allí dice:

El resultado general al cual llegué, y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: En la producción social de su vida los hombres contraen relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a un determinado estadio del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social, lo que determina su conciencia. En
una cierta etapa de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que tan sólo es una expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. Estas relaciones dejan de ser formas que favorecen el desarrollo de las fuerzas productivas y se transforman en trabas de las mismas. Entonces comienza una época de revolución social. Al cambiar la base económica se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura. Al considerar estas revoluciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales en las condiciones de producción económicas, que se pueden comprobar —con la exactitud de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas— o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no nos formamos un juicio acerca de lo que es un individuo por lo que él piensa de sí, tampoco podemos juzgar una de estas épocas de revolución a partir de su conciencia, sino que debemos explicarnos más bien esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una formación social no desaparece nunca antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen relaciones de producción nuevas y superiores antes de que se hayan incubado, en el seno de la propia sociedad antigua, las condiciones materiales de su existencia. Por eso la humanidad siempre se plantea exclusivamente tareas que puede realizar, pues si se observa con más cuidado se encontrará siempre que la tarea sólo surge cuando ya existen, o por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos se puede caracterizar a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y moderno burgués como etapas progresivas en la formación económica de la sociedad. Las relaciones de producción burguesas son la última forma antagónica del proceso de producción social, antagónica no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que surge de las condiciones sociales de vida de los individuos; pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para solucionar este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana”.

Con estas pocas palabras se explica la ley que mueve la historia humana con una profundidad transparente y una claridad acabada que no encuentran su igual en toda la literatura. Y hay que ser realmente docente de filosofía en la buena ciudad mercantil de Leipzig para encontrar aquí, como lo hace el señor Paul Barth, “palabras e imágenes poco precisas”, formulaciones muy vagas, remendadas con imágenes, sobre la estática y la dinámica sociales. Pero ya once años antes, en El Manifiesto Comunista de 1848, Marx y Engels habían descrito así en qué medida los hombres son los portadores de este desarrollo histórico:

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron siempre como opuestos, mantuvieron una lucha ininterrumpida, a veces velada, a veces abierta, que terminó siempre con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la desaparición conjunta de las clases en pugna“.

En las épocas históricas anteriores encontramos por casi todas partes una división total de la sociedad en diversos estamentos, un escalonamiento múltiple de condiciones sociales. En la antigua Roma tenemos patricios, caballeros, plebeyos, esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos maestros, oficiales, siervos, y además, dentro de casi todas estas clases, nuevas divisiones especiales“.

La moderna sociedad burguesa, surgida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha eliminado las contradicciones de clase. Sólo ha creado nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en sustitución de las viejas“.

Nuestra época, la época de la burguesía, se destaca sin embargo, porque ha simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad se divide, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos clases que se enfrentan directamente: burguesía y proletariado”.

Luego viene la famosa descripción de cómo la burguesía por un lado, el proletariado por otro, deben desarrollarse de acuerdo con sus condiciones de existencia históricas, una descripción que en el ínterin ha superado brillantemente la prueba de casi medio siglo pleno de las más inauditas transformaciones; y a continuación la demostración de por qué y cómo el proletariado triunfará sobre la burguesía. Al eliminar las antiguas condiciones de producción, el proletariado elimina las contradicciones de clase, las clases en general y con ello su propia dominación como clase.

En lugar de la antigua sociedad burguesa con sus clases y contradicciones de clase, aparece una asociación en la cual el desarrollo libre de cada uno es la condición para el desarrollo libre de todos”.

Y de las palabras que Engels pronunciara ante la tumba de su amigo, citemos aún las siguientes:

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, del mismo modo descubrió Marx la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho tan sencillo, pero encubierto hasta ahora bajo una proliferación de ideologías, de que los hombres deben ante todo comer, beber, tener un techo y vestirse antes de practicar la política, la ciencia, el arte, la religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios materiales inmediatos para la subsistencia, y con ello, el grado de desarrollo económico alcanzado en cada caso por un pueblo, o en un determinado período, constituye la base a partir de la cual se desarrollan las instituciones del estado, las concepciones jurídicas, el arte, e incluso las representaciones religiosas de los hombres, y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo”.

Ciertamente, un hecho sencillo en el sentido de Ludwig Feuerbach, quien afirmaba:

Constituye un carácter específico de un filósofo el hecho de no ser un profesor de filosofía. Las verdades más simples, son precisamente aquellas que el hombre descubre siempre en último lugar”.

Feuerbach fue el nexo entre Hegel y Marx, pero la miseria de las condiciones alemanas lo dejó a mitad de camino; consideraba aún que el “descubrimiento de verdades” es un proceso puramente ideológico. No fue así, empero, como Marx y Engels “descubrieron” el materialismo histórico, y afirmar de manera irresponsable que éste es un producto de sus mentes resultaría tan injusto como formular tal afirmación de manera injuriosa. Pues en todo caso se trataría de explicar bien intencionadamente a la concepción materialista de la historia como un mero producto de la mente. La verdadera gloria de Marx y Engels consiste, en cambio, en haber proporcionado, junto con el materialismo histórico mismo, la prueba más contundente de su exactitud.

[…]

Entre las objeciones corrientes que se hacen al materialismo histórico, responderemos por lo pronto a dos que se vinculan a su nombre. Idealismo y materialismo constituyen las respuestas opuestas a la gran pregunta fundamental de la filosofía acerca de la relación entre pensar y ser, acerca de la pregunta de qué es lo originario, el espíritu o la naturaleza. En sí nada tienen que ver, en lo más mínimo, con los ideales éticos. El filósofo materialista puede profesar tales ideales en su grado más elevado y más puro, mientras que el filósofo idealista no necesita poseerlo ni de lejos. Pero a través de largos años de difamación por parte del clero, a la palabra materialismo se le ha endosado un concepto colateral con un sentido de inmoralidad, que ha sabido introducirse furtivamente en muchos casos en las obras de ciencia burguesas.

Por materialismo, el filisteo entiende la gula, el abuso de las bebidas, la voluptuosidad, la lujuria, la mundanidad, la avaricia, la codicia, el afán de lucro, el oportunismo, el agiotaje, en síntesis, todos aquellos sucios pecados a los cuales él mismo se entrega en secreto; y por idealismo, entiende la creencia en la virtud, en el amor generalizado entre los hombres y, en general, en un “mundo mejor”, de lo que fanfarronea ante los demás y en lo que él mismo sólo cree, a lo sumo, mientras sufre los remordimientos o la bancarrota que le provocan necesariamente sus habituales excesos “materialistas”, acompañándose con su canción preferida: ¿Qué es el hombre? Mitad bestia, mitad ángel” (Engels). Si se quiere usar las palabras en este sentido metafórico, hay que decir que en la actualidad la adhesión al materialismo histórico exige un idealismo poético elevado, pues arrastra consigo infaliblemente la pobreza, la persecución, las calumnias, mientras que el idealismo histórico es asunto propio de cualquier trepador, pues brinda las más amplias expectativas de todos los bienes terrenales, de gruesas ventajas, de todas las condecoraciones, títulos y dignidades posibles. Con ello no afirmamos de modo alguno que todos los historiadores idealistas se vean movidos por motivaciones interesadas, pero ciertamente debemos rechazar toda mácula de inmoralidad que se pretenda adosar al materialismo histórico como una calumnia disparatada y procaz.

Algo más comprensible, aun cuando constituye igualmente un grueso error, es la confusión del materialismo histórico con el materialismo de las ciencias naturales. Este último pasa por alto que los hombres existen no sólo en la naturaleza, sino también en la sociedad; que no sólo existe una ciencia natural, sino también una ciencia social. Es cierto que el materialismo histórico comprende al científico natural, pero no el científico natural al histórico. El naturalismo científico-natural ve en el hombre una criatura de la naturaleza que actúa conscientemente, pero no examina qué es lo que determina la conciencia del hombre dentro de la sociedad humana. De ese modo, cuando pasa al ámbito histórico, cae rígidamente en su opuesto, en el más extremado idealismo. Cree en la magia espiritual de los grandes hombres, que son los que hacen la historia; recordemos la pasión de Büchner por Federico II y la adoración que Haeckel sentía por Bismarck, que aparecía vinculada al más ridículo de los odios por el socialismo. Y en general, sólo reconoce motivaciones ideales dentro de la sociedad humana. […]

El materialismo científico-natural, a través de la mayor consecuencia aparente, arriba en realidad a la mayor inconsecuencia. En la medida en que concibe al hombre absolutamente como un animal que actúa con conciencia, convierte a la historia de la humanidad en un juego confuso, carente de sentido, de impulsos y fines ideales; a través del falso supuesto del hombre dotado de conciencia como criatura aislada de la naturaleza, el materialismo científico-natural llega a una visión idealista de la historia de la humanidad, la que recorre la conexión material del todo eterno de la naturaleza con su loca danza fantasmal. El materialismo histórico, por el contrario, parte del hecho científico-natural del hombre no como un animal en general, sino del hombre como un animal social, que sólo logra su conciencia en la convivencia de las comunidades sociales (la horda, la gens, la clase), y que sólo en ellas puede vivir como una criatura dotada de conciencia; por consiguiente, que las bases materiales de estas comunidades determinan su conciencia ideal, y que su desarrollo progresivo representa la ley dinámica ascendente de la humanidad.

Aun cuando estamos muy lejos de poner en un pie de igualdad a todos los representantes de la ciencia burguesa con estos sofistas y sicofantes, no hemos podido descubrir en su crítica del materialismo histórico, pese a una observación de años, otra cosa que generalizaciones, que no constituyen tanto reparos objetivos como reproches de carácter ético. Por ejemplo, respecto del contenido, que el materialismo histórico constituye una construcción arbitraria de la historia, que encierra la multiplicidad de la vida del hombre en una fría fórmula. El materialismo histórico negaría todas las potencias ideales, convertiría a la humanidad en un juguete a merced de un desarrollo mecánico, condenaría todas las normas éticas.

Pero aquí la verdad es precisamente lo contrario. El materialismo histórico acaba con cualquier construcción arbitraria de la historia; desecha toda fórmula vacía que pretenda medir con el mismo rasero a la vida cambiante de la humanidad. “…el método materialista revierte en su opuesto cuando no es considerado como un hilo conductor para el estudio de la historia, sino como patrón de medida con el que se manipulan los hechos históricos“. Es ésta una afirmación de Engels; de modo semejante protesta Kautsky (En sus tiempos aun socialistas N.Edt) contra cualquier “nivelación” del materialismo histórico, en el sentido de creer que en la sociedad sólo se encuentran, en cada caso, dos campos, dos clases que luchan entre sí, dos firmes masas homogéneas, la masa revolucionaria y la reaccionaria. “De ser efectivamente así, sería un asunto relativamente fácil escribir la historia. Pero, en realidad, las circunstancias no son tan sencillas. La sociedad es, y lo será cada vez más, un organismo extremadamente complejo, con las más diversas clases y los más diversos intereses, que en cada caso, y según la configuración de los hechos, pueden agruparse en los más diversos partidos”. El materialismo histórico aborda cada capítulo de la historia sin presupuesto alguno; simplemente lo investiga desde sus bases hasta su cima, ascendiendo desde su estructura económica hasta sus representaciones espirituales.

Pero precisamente allí, se afirma, está la “construcción arbitraria de la historia”.

¿Cómo sabéis que la economía constituye la base del desarrollo histórico, y no más bien la filosofía?

Pues lo sabemos simplemente por esto, que los hombres tienen que comer, beber, construir sus viviendas y vestirse, antes de estar en condiciones de pensar y de hacer poesía, que el hombre sólo logra tener conciencia a través de la convivencia social con otros hombres, y que por consiguiente su conciencia se halla determinada por su existencia social, y, no a la inversa, su existencia social por su conciencia.

Precisamente la hipótesis de que los hombres sólo comen, beben, construyen sus viviendas porque piensan, esto es, que llegan a la economía a través de la filosofía, constituye el supuesto “arbitrario” más tangible y, por consiguiente, es precisamente el idealismo histórico el que conduce a las “construcciones históricas” más asombrosas. De manera sorprendente -o no tan sorprendente- los epígonos actuales del mayor de sus representantes, a saber, Hegel, admiten esto en cierto sentido, en la medida en que ponen en ridículo las “construcciones históricas” de aquél. Pero no son las “construcciones históricas” de Hegel, las que constituyen motivo de escándalo para ellos, pues en esto lo superan con creces, sino su concepción científica de la historia como un proceso de desarrollo del hombre, cuyas etapas progresivas pueden ser percibidas en todos los laberintos de ese proceso y cuya legalidad interna puede ser probada a través de todas las aparentes casualidades. Este gran pensamiento, el fruto más maduro de nuestra filosofía clásica, que constituye el renacimiento de la dialéctica de la antigua Grecia, ha sido retomado por Hegel, por Marx y Engels; “nosotros, los socialistas alemanes, nos sentimos orgullosos de provenir no solamente de Saint Simon, de Fourier y de Owen, sino también de Kant, de Fichte y de Hegel”. Sin embargo, reconocieron que Hegel, pese a su visión en muchos casos genial del proceso de desarrollo de la historia, sólo había alcanzado una “construcción arbitraria de la historia”, pues tomó el efecto por la causa, las cosas por imágenes de las ideas, y no, como ocurre en realidad, las ideas por representaciones de las cosas. Para Hegel, esta concepción aparecía como muy lógica, pues las clases burguesas en Alemania no habían logrado en absoluto una vida real; para poder salvar su existencia autónoma habían tenido que buscar refugio en las alturas etéreas de la idea, y aquí libraron sus revolucionarias batallas bajo formas que no resultaran escandalosas, o lo menos escandalosas posible, para la reacción feudal y absolutista dominante. El método dialéctico de Hegel, que concibe al mundo natural, histórico y espiritual en su totalidad como un proceso que está en perpetuo movimiento y desarrollo, y que trató de probar la conexión interna de este movimiento y de este desarrollo, concluyó empero en un sistema que supo descubrir la idea absoluta en la monarquía constitucional, el idealismo en el regimiento de húsares, un estamento necesario en los señores feudales, un sentido profundo en el pecado original, una categoría en el príncipe heredero, etcétera.

Pero tan pronto como, en el transcurso del desarrollo económico, surgió una nueva clase a partir de la burguesía alemana que se incorporó a la lucha de clases, a saber, el proletariado, resultó natural que esta nueva clase volviera a emprender nuevamente la lucha desde el llano, que por tanto no tomara posesión de su herencia materna sin reservas; y si bien es cierto que adoptó el contenido revolucionario de la filosofía burguesa, destruyó empero la forma reaccionaria de la misma. Habíamos visto ya que los campeones espirituales del proletariado asentaron nuevamente sobre sus pies a la dialéctica, que en Hegel se hallaba invertida. “Para Hegel el proceso del pensar, al que convierte incluso, bajo el nombre de idea, en un sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real; lo real no es más que su manifestación externa. Para mí, a la inversa, lo ideal no es sino lo Material traspuesto y traducido en la mente humana” (Marx). Pero de ese modo Hegel se pierde para el mundo burgués, el cual, por encima de las formas reaccionarias de su dialéctica, no había advertido felizmente su contenido revolucionario. “En su forma mistificada, la dialéctica estuvo en boga en Alemania, porque parecía glorificar lo existente. En su figura racional, es escándalo y abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios, porque en la intelección positiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la inteligencia de su negación, de su necesaria ruina; porque concibe toda forma desarrollada en el fluir de su movimiento, y por tanto sin perder de vista su lado perecedero; porque nada la hace retroceder y es, por esencia, crítica y revolucionaria”. Y, en efecto, Hegel se ha convertido en escándalo y abominación para la burguesía alemana, pero no por su debilidad, sino por su fuerza, no por su “construcción arbitraria de la historia”, sino por su método dialéctico. Pues es éste quien da fin a la ciencia burguesa y no aquélla.

Para ser consecuente, la ciencia burguesa debía desembarazarse de todo Hegel, y fue el primer filósofo de la pequeña burguesía alemana el que efectivamente extrajo esta conclusión. Schopenhauer condenó a Hegel por “charlatán”, y ante todo, condenó también a la filosofía de la historia de Hegel. En la historia de la humanidad no veía un proceso de desarrollo ascendente, sino apenas una historia de individuos; el pequeño burgués alemán, del cual era el profeta, es el hombre tal como ha sido desde un comienzo y tal como lo será en todo tiempo futuro. La filosofía de Schopenhauer culminaba en la idea de que en todos los tiempos “ha sido, es, y será lo mismo”. Así, escribe: “La historia muestra lo mismo en cada una de sus páginas, sólo que bajo formas distintas: los capítulos de la historia de los pueblos sólo se diferencian, en el fondo, en los nombres y las fechas; el contenido verdaderamente esencial es en todas partes lo mismo… La materia de la historia es lo singular en su singularidad y contingencia, aquello que es siempre y que luego ya no es nunca más, el entrelazamiento de un mundo humano que se mueve como una nube al viento, que a menudo se transforma por completo por la contingencia más insignificante”. En su concepción de la historia el idealismo filosófico de Schopenhauer está así muy próximo al materialismo científico-natural. En realidad, ambos son los polos opuestos de la misma limitación. Y cuando refiriéndose a los materialistas científico-naturales exclamaba, furioso: “A estos señores de las marmitas hay que enseñarles que la mera química capacita para ser farmacéutico, pero no filósofo”, habría que haberle mostrado a él que el mero filosofar capacita para la mojigatería, pero no para la investigación histórica. Schopenhauer, sin embargo, fue consecuente a su manera, pues una vez que hubo desechado la dialéctica de Hegel, debía también arrojar tras de ella las construcciones hegelianas de la historia.

Sin embargo, con la paulatina transformación de la pequeña burguesía alemana en burguesía de la gran industria, y a medida que en la lucha de clases esta burguesía abjuraba de sus propios ideales y volvía a sumergirse en la sombra del absolutismo feudal, nacía en ella la necesidad de probar la “razón” histórica de esta peculiar marcha de cangrejo. Y puesto que la dialéctica de Hegel debía constituir para ella motivo de escándalo y de horror, por las razones expuestas por Marx, sólo le quedaron las construcciones hegelianas de la historia. Sus historiadores descubrieron la Idea Absoluta en el reino alemán, un idealismo en el militarismo, un sentido profundo en la explotación del proletariado por la burguesía, una condición necesaria en el interés porcentual, una categoría en la dinastía de los Hohenzollern, etc. Y a la manera de los comerciantes, con astucia y neciamente, la burguesía afirma conservar de ese modo el idealismo burgués mientras que acusa a los verdaderos salvadores de lo que en el idealismo constituía lo significativo y lo grande, de “construir arbitrariamente la historia”.

Echemos otra ojeada a las demás objeciones o reproches que se le han hecho al materialismo histórico: que desconoce las fuerzas ideales, que convierte a la humanidad en un juguete a merced de un desarrollo mecánico, que condena todas las normas éticas.

El materialismo histórico no es un sistema cerrado, coronado por una verdad definitiva; es el método científico para la investigación del proceso de desarrollo de la humanidad. Parte del hecho incontrovertible de que los hombres no sólo viven en la naturaleza, sino también en sociedad. Los hombres aislados no han existido nunca; cualquier persona que por azar llega a vivir alejada de la sociedad humana, rápidamente se atrofia y muere. Pero de ese modo, el materialismo histórico reconoce ya en toda su amplitud todos los poderes ideales. “De todo lo que sucede (en la naturaleza), nada sucede como un fin conscientemente querido. Por el contrario, en la historia de la sociedad encontramos a los hombres dotados de conciencia, que actúan reflexivamente o movidos por la pasión, que aspiran a determinados fines; nada sucede sin un propósito consciente, sin un fin querido. La pasión o la reflexión determinan a la voluntad. Pero las palancas que a su vez determinan de modo inmediato la pasión o la reflexión, son de muy diversa especie. En parte, pueden ser objetos exteriores, en parte, móviles ideales, la ambición, “la pasión por la verdad y la justicia”, el odio personal, o meros caprichos individuales de todo tipo” (Engels). Este es el punto esencial de diferencia entre la historia de la evolución de la naturaleza, por una parte, y de la sociedad, por la otra. Pero, aparentemente, el sinnúmero de confluencias de acciones y de voluntades singulares en la historia, sólo conducen al mismo resultado que los agentes ciegos, desprovistos de conciencia, de la naturaleza: en la superficie de la historia reina aparentemente el azar, lo mismo que en la superficie de la naturaleza. “Sólo rara vez sucede lo querido, en la mayor parte de los casos se entrecruzan y se oponen los múltiples fines perseguidos, o bien estos fines mismos son irrealizables desde un principio, o insuficientes los medios”. Mas, si en el juego mutuo de las ciegas casualidades que parecen gobernar a la naturaleza desprovista de conciencia, se impone, con todo, una ley general que rige el movimiento, hay que preguntarse, con tanta mayor razón, si el pensamiento y la voluntad de los hombres, que actúan conscientemente, no están también gobernados por una ley de tal naturaleza.

Esta ley, que pone en movimiento los impulsos ideales de los hombres, puede ser encontrada en la investigación. El hombre sólo puede lograr la conciencia, pensar y actuar conscientemente, dentro de la comunidad social; el lazo social, del cual él es un eslabón, despierta y guía a sus fuerzas espirituales. Pero la base de toda comunidad social es el modo de producción de la vida material, y es éste quien determina así, en última instancia, el proceso espiritual de la vida en sus múltiples manifestaciones. El materialismo no niega las fuerzas espirituales, antes bien, las examina hasta llegar a sus fundamentos, para lograr la claridad necesaria sobre el origen del poder que tienen las ideas. Ciertamente, los hombres construyen su historia; pero cómo lo hacen depende en cada caso de la claridad o confusión que existe en sus mentes acerca de la conexión material de las cosas. Pues las ideas no surgen de la nada, sino que son producto del proceso social de producción, y cuanto mayor es la exactitud con la que una idea refleja este proceso, tanto mayor es el poder que adquiere. El espíritu humano no está por encima, sino en el desarrollo histórico de la sociedad humana; surgió de la producción material, en ella y con ella. Sólo después que esta producción, luego de haber sido un mecanismo extremadamente multiforme, comienza a exhibir contradicciones grandes y simples, es capaz el hombre de conocerla en todas sus conexiones; sólo podrá tomar en sus manos el dominio sobre la producción cuando desaparezcan o se eliminen estas últimas contradicciones; sólo entonces “terminará la prehistoria de la humanidad” (Marx ); sólo entonces podrán los hombres construir su historia con conciencia plena, sólo entonces se producirá el salto del hombre, “del reino de la necesidad, al reino de la libertad” (Engels).

 

 

Matx Engels

 
Pero el desarrollo de la sociedad no ha sido hasta ahora un mecanismo inerte al que el hombre haya servido como un juguete desprovisto de voluntad. La dependencia respecto de la naturaleza de una generación es tanto mayor, cuanto mayor el tiempo que debe emplear en la satisfacción de sus necesidades, y tanto menor es el margen que le queda para su desarrollo espiritual. Pero este margen fue creciendo a medida que la habilidad adquirida y la experiencia acumulada enseñó a los hombres a dominar la naturaleza. El espíritu humano dominó cada vez más sobre el mecanismo inerte de la naturaleza, y en la dominación espiritual del proceso de producción se operó y se opera el desarrollo progresivo del género humano. “Todo el problema del dominio de la humanidad sobre la tierra dependía de la destreza en la producción de los medios de subsistencia. El hombre es el único ser del que se puede afirmar que ha logrado el dominio absoluto sobre la producción de los alimentos, en lo que, en un principio, no tuvo en absoluto ventaja alguna frente a los demás animales […]. Resulta así probable que las grandes épocas del progreso humano coincidan más o menos directamente con la ampliación de las fuentes de subsistencia”. Si seguimos la división de Morgan de la prehistoria humana, vemos que la primera etapa del hombre primitivo se caracteriza por el desarrollo del lenguaje articulado, la segunda, por el uso del fuego, la tercera, por la invención del arco y de la flecha que constituyen ya una herramienta compuesta de trabajo, y que suponen una experiencia acumulada de larga data y fuerzas espirituales de gran perspicacia, y también, por consiguiente, el conocimiento simultáneo de una gran cantidad de otros inventos. En esta última etapa primitiva encontramos ya un cierto dominio de la producción por parte del espíritu humano; se conocen recipientes y utensilios de madera, canastos hechos de fibras y de juncos, herramientas de piedra pulida, etcétera.

La transición a la época bárbara se remonta, según Morgan, a la introducción de la alfarería, la que caracteriza a su etapa inferior. En su etapa media se introducen los animales domésticos, el cultivo de plantas alimenticias por el regadío, el uso de piedras y ladrillos para edificar. Finalmente, la etapa superior de la época bárbara se inicia con la fundición del mineral de hierro; en ella, la producción de la vida material adquiere ya un desarrollo extraordinariamente rico; a dicha etapa pertenecen los griegos de los tiempos heroicos, las tribus itálicas poco antes de la fundación de Roma, los germanos de Tácito. Esta época conoce el fuelle, el horno de tierra, la hornaza, el hacha de hierro, la pala y la espada de hierro, la lanza con punta de cobre y el escudo móvil, el molino de mano y el torno del alfarero, el carro y el carro de guerra, la construcción de embarcaciones con tirantes y planchas, las ciudades con murallas de piedra y con almenas, con portones y torres, con templos de mármol. Los versos homéricos nos proporcionan una imagen intuitiva de los progresos alcanzados en la producción en esta etapa superior del período bárbaro, y con ello se convierten a su vez en un testimonio clásico de la vida espiritual originada en esta producción. Vemos así como la humanidad no constituye un juguete sin voluntad de un mecanismo inerte; por el contrario, su desarrollo progresivo yace precisamente en el dominio creciente del espíritu humano sobre el mecanismo inerte de la naturaleza. Pero el espíritu humano sólo se desarrolla en, con y a partir del modo material de producción -y esto es lo único que afirma el materialismo histórico-; aquél no es el padre, sino la madre, y esta relación se pone ciertamente de manifiesto en la sociedad primitiva de la humanidad con la claridad más contundente.

La invención de la escritura alfabética y su utilización en los registros literarios señala el paso de la época bárbara a la civilización. Comienza la historia escrita de la humanidad, y en ella la vida espiritual parece desprenderse totalmente de sus bases económicas. Pero la apariencia engaña. Con la civilización, con la disolución de la organización tribal, con el surgimiento de la familia, de la propiedad privada, del Estado, con la división progresiva del trabajo, con la separación, dentro de la sociedad, de las clases dominantes y dominadas, las clases opresoras y oprimidas, se complica y se opaca infinitamente más la dependencia del desarrollo espiritual respecto del desarrollo económico, pero no cesa. La “razón última invocada para defender las diferencias de clase”, a saber, que “es preciso que exista una clase que no cargue con la producción de su sustento cotidiano para disponer del tiempo necesario para llevar a cabo el trabajo espiritual de la sociedad” tenía “hasta ahora su gran justificación histórica” (Engels)” -hasta ahora, es decir hasta la revolución industrial de los últimos cien años, la que convierte a toda clase gobernante en un obstáculo para el desarrollo de la fuerza productiva industrial-; pero la división de la sociedad en clases surgió únicamente del desarrollo económico, y de ese modo nunca pudo el trabajo intelectual desprenderse de la base económica a la que debía su origen. Así como fue profunda la caída desde las alturas de la antigua organización tribal, basada en simples relaciones éticas, a la nueva sociedad dominada por los intereses más bajos, la que nunca fue otra cosa que el desarrollo de una pequeña minoría a expensas de la gran mayoría explotada y sojuzgada, así fue también de inconmensurable el progreso espiritual que tuvo lugar desde la gens, ligada aún por el cordón umbilical a las sociedades naturales, hasta la sociedad moderna, con sus ingentes fuerzas productivas. Pero por grande que fuera este progreso, por más sutil, por más flexible, por más vigoroso que se mostrara este instrumento del espíritu humano en el sometimiento irresistible de la naturaleza, los resortes e impulsos de este progreso se encontraban siempre en las luchas económicas de clases, en “los conflictos existentes entre las fuerzas productivas de la sociedad y las relaciones de producción”, y la sociedad sólo se ha planteado siempre objetivos que podía alcanzar y, más exactamente, se encuentra siempre, como lo expone Marx, que el objetivo mismo sólo surge allí donde ya se hallan presentes, o por lo menos están en vías de realización, las condiciones materiales para su realización.

Esta conexión se percibe fácilmente cuando se examinan en su origen los grandes descubrimientos e invenciones, que según la concepción ideológica tanto del idealismo histórico como del materialismo científico-natural provienen del espíritu creador del hombre como Atenea de la cabeza de Zeus, y que habrían provocado de ese modo los mayores cambios económicos. Cada uno de estos descubrimientos e invenciones ostenta una larga prehistoria. Y si se sigue esta prehistoria en cada una de sus etapas, se podrá reconocer siempre la necesidad a que respondía su aparición. Debe haber razones fundadas para que las invenciones de la pólvora y de la imprenta, que “modificaron la faz de la tierra”; estén envueltas en una cortina de leyendas. Es que éstas no constituyen la obra de determinadas personas que se nutren de las ocultas profundidades de su genio, y aún cuando a determinadas personas les quepa un gran mérito, ello es sólo por haber reconocido con mayor perspicacia y más profundamente las necesidades económicas y los medios para su satisfacción. No es el descubrimiento o la invención la que provoca los cambios sociales, sino el cambio social el que provoca el descubrimiento o la invención y sólo debido a que un cambio social da lugar a un descubrimiento o invención, éste se convierte en un hecho que mueve el curso de la historia. América había sido descubierta muchos años antes de Colón; ya en el año 1000 los normandos habían llegado a la costa norte de América, e incluso al territorio de lo que hoy es Estados Unidos, pero las tierras descubiertas fueron pronto olvidadas e ignoradas. Sólo cuando el desarrollo incipiente del capitalismo suscitó la necesidad de metales nobles, de nuevas fuerzas de trabajo y de nuevos mercados, el descubrimiento de América pudo significar una revolución económica. Y resulta suficientemente conocido el hecho de que Colón no descubrió un nuevo mundo movido por oscuras fuerzas de su genio, sino que buscaba el camino más corto que le llevara hasta los legendarios tesoros de la antiquísima cultura de la India. El día que siguió a su descubrimiento de la primera isla, escribió en su diario: “Estas buenas gentes deben resultar bastante buenos como esclavos”, y su oración diaria decía así: “¡Quiera Dios, en su misericordia, permitir que encuentre las minas de oro!” El “Señor Misericordioso” expresaba la ideología de ese entonces como la ideología de nuestros días, aunque mucho más farisaica es la de llevar “la humanidad y la civilización al continente negro”.

El destino proverbialmente triste de los inventores más geniales no constituye una prueba de la ingratitud de los hombres, como se lo figura la concepción ideológica, de modo tan superficial, sino una consecuencia fácilmente explicable del hecho de que no es el invento quien provoca la revolución económica, sino la revolución económica, el invento. Los espíritus profundos y perspicaces reconocen ya la tarea y su solución ahí donde las condiciones materiales para esta solución están aún inmaduras, y donde la formación social existente no ha desarrollado aún las fuerzas productivas necesarias para la misma. Resulta un hecho notable que precisamente aquellos inventos que contribuyeron más que todos los otros inventos anteriores a extender inmensamente la fuerza productiva humana, resultaron un fracaso para sus primeros autores, desapareciendo de hecho más o menos sin dejar huella por muchos siglos. Alrededor de 1529, Antón Müller inventó en Danzig el denominado molino a correa, llamado también molino a cinta o Mühlenstuhl, que producía de cuatro a seis tejidos a la vez, pero, temiendo el ayuntamiento que este invento convirtiera a muchos trabajadores en mendigos, lo hizo suprimir y ordenó que el inventor fuera secretamente ahogado o estrangulado. En Leyden se utilizó la misma máquina en 1629, pero los pasamaneros exigieron su prohibición. En Alemania se prohibieron por medio de los edictos imperiales de 1685 y 1719, en Hamburgo se quemaron públicamente por orden del magistrado. “Esta máquina, que tanto alboroto provocó en el mundo, fue en realidad la precursora de las máquinas de hilar y de tejer, y por tanto de la revolución industrial del siglo XVIII”. Apenas menos trágica que la suerte de Antón Müller, fue la de Denis Papin, quien, como profesor de matemáticas en Marburgo, intentó construir una máquina a vapor utilizable para fines industriales; descorazonado por la oposición generalizada, abandonó su aparato y construyó un bote a vapor, en el cual partió en 1707 de Kassel con destino a Inglaterra, por el Fulda. Pero en Münden, la excelsa sabiduría de las autoridades le impidió proseguir su viaje, y los barqueros destruyeron su embarcación a vapor. Papin murió posteriormente en Inglaterra, pobre y abandonado. Ahora bien, resulta evidente que el invento del molino a correa en el año 1529, de Antón Müller, o el invento de la embarcación a vapor en el año 1707, de Denis Papin, constituyeron realizaciones inconmensurablemente mayores del espíritu humano que el invento de la Jenny por James Hargreaves en 1764, o el del barco a vapor por Fulton, en 1807. Y si pese a ello, aquéllos no tuvieron ningún éxito, y éstos un éxito sobremanera universal, ello prueba que no es el invento quien provoca el desarrollo económico, sino el desarrollo económico el que provoca el invento, que el espíritu humano no es el autor, sino el realizador de la revolución social.

[Encontramos ahora en el texto toda una exposición de la invención de la imprenta y de la pólvora como ejemplificación de lo expuesto y refutación de la historia idealista. Incluir ese trozo haría demasiado largo el texto y nosotros solo queremos mostrar los rasgos generales del materialismo histórico. N.Edit]

Por consiguiente, el materialismo histórico no afirma que la humanidad es un juguete carente de voluntad, a merced de un mecanismo inerte; tampoco niega los poderes ideales. Todo lo contrario, coincide absolutamente con Schiller, de quien el filisteo alemán de la cultura extrae su “idealismo”, en que cuanto mayor es el desarrollo alcanzado por el espíritu humano,

le schüner Riitsel treten aus der Nacht,
Je reicher wird die Welt, die er umschliesset,
Je breiter strómt das Meer, mit dem es fliesset,
Je schwiicher wird des Schicksals blinde Macht.

[ Tanto más bellos los enigmas que surgen de la noche,
Tanto más rico el mundo que abraza,
Tanto más anchi corre el mar donde fluye,
Tanto más débil el poder ciego de la suerte (traducción)]

Lo que hace el materialismo histórico es demostrar la ley de este desarrollo del espíritu, encontrando la raíz de dicha ley en aquello que convierte al hombre en hombre, en la producción y reproducción inmediata de la vida. Aquel orgullo de pordiosero que un día ridiculizara al darwinismo, calificándolo de “teoría de los monos”, puede oponer su resistencia y contentarse con la creencia de que el espíritu humano es un veleidoso duende errante que de la nada saca un nuevo mundo con su divino poder creador. Lessing había ya despachado a conciencia esta superstición, tanto cuando ridiculizó la “desnuda facultad de poder actuar bajo circunstancias idénticas, ora así, ora de otro modo”, como cuando dijo sabiamente:

Der Topf
V on Eisen will mit einer silbern Zange
Gern aus der Glut gehoben sein, um selbst
Ein Topf conSaber sich zu dlünken.

[La marmita de hierro bien querría que se le sacara de las brasas con tenazas de plata, para creerse ella misma una marmita de plata (traducción)]

Más brevemente podemos dar satisfacción Al cargo que se le hace al materialismo histórico, de que renegaría de todas las normas éticas.

Por de pronto, no es de ningún modo tarea del historiador establecer las normas éticas. Éste nos debe decir cómo fueron los hechos sobre la base de una investigación objetiva y científica. No pretendemos en absoluto conocer su concepción ético-subjetiva de aquellos hechos. Las “normas éticas” se hallan en un ininterrumpido proceso de transformación, y si la generación actual pretende criticar a las generaciones pasadas con sus cambiantes normas éticas, ello sería como querer medir las capas fosilizadas de la tierra con la arena movediza de las dunas. Schlosser, Gervinus, Ranke, Janssen: cada uno de ellos posee una norma ética distinta, cada uno tiene una moral de clase peculiar, y en sus obras se reflejan con mucho mayor fidelidad las clases de las que ellos son portavoces, que las épocas que describen. Y se comprende que no ocurriría otra cosa si un historiador proletario quisiera emitir su juicio sobre épocas pasadas desde el actual punto de vista ético de su clase.

En efecto, en ese sentido, el materialismo histórico niega toda norma ética, pero sólo en ese sentido. Él la proscribe absolutamente de la investigación histórica, porque hace imposible toda investigación científica de la historia. Pero si con aquel cargo se pretende afirmar que el materialismo histórico niega por principio la existencia de fuerzas éticas en la histo-*La marmita de hierro bien querría que se le sacara de las brasas con tenazas de plata, para creerse ella misma una marmita de plata. ria, en este caso, precisamente la afirmación opuesta es otra vez la verdadera. Y esto es tan cierto, que sólo el materialismo posibilita el reconocimiento de estas fuerzas. En el “cambio material de las condiciones económicas de producción, que puede ser fielmente comprobado por medios científico-naturales”, encuentra el único patrón seguro para investigar el cambio en las concepciones éticas, el que tan pronto se sucede más lentamente y tan pronto más aceleradamente. También ellos son, en última instancia, un producto del modo de producción, y así Marx opuso acertadamente al texto de los Nibelungos de Richard Wagner -quien, para modernizarlo, quiso darle un toque picante a la intriga de amor agregándole algunos ingredientes incestuosos- las siguientes palabras: “En los tiempos primitivos, la hermana era esposa, y esto era moral”.

De la misma manera que con los grandes hombres, el materialismo acaba sistemáticamente con las figuras de los grandes caracteres que oscilan a lo largo de la historia, oscurecidas por las simpatías y los odios de los partidos. Hace justicia así a cada personalidad histórica, en la medida en que sabe reconocer todos los impulsos que determinaron sus acciones, y le es posible por ello delinear la eticidad de este accionar con una precisión en los matices que a la historiografía ideológica, con sus toscos “patrones éticos”, le resultará imposible alcanzar jamás.

[…]

Pero siempre que la naturaleza admite la existencia de los hombres y el despliegue de un proceso social de producción, estos factores naturales del trabajo se incorporan a este proceso; éste se apodera de los mismos, los transforma, los somete, y a medida que crece el dominio del hombre sobre la naturaleza, disminuye la gravitación de éstos. Sólo juegan su papel en la historia de la sociedad humana por intermedio del proceso de producción y por ello resulta totalmente exhaustivo Marx cuando afirma que es el modo de producción de la vida material el que condiciona en general al proceso social, político y espiritual de la vida. En cada modo de producción se halla contenido, en cada caso, el condicionamiento natural del trabajo y la naturaleza, al margen de esto, no influye en la historia de la sociedad humana. Con otras palabras, esto significa que el mismo modo de producción determina de igual manera al proceso social de vida aun con climas, razas y demás factores naturales totalmente similares. Permítasenos confirmar una vez más estas dos proposiciones con ejemplos históricos, que no tomaremos de situaciones civilizadas, para dar mayor vigor a la demostración, pues en las mismas el dominio del hombre sobre la naturaleza está más o menos avanzado, sino de situaciones de la época bárbara, donde el hombre se encuentra aún casi totalmente dominado por la naturaleza que le es extraña y que se le enfrenta como incomprensible. “En todos los pueblos con propiedad colectiva se encuentran los mismos vicios, las mismas pasiones y virtudes, casi las mismas costumbres y modos de pensar, pese a las diferencias de raza y de clima. Los condicionamientos artificiales provocan en las razas configuradas de manera distinta por las condiciones naturales, fenómenos similares”. Estas son las palabras de Lafargue, quien, por condicionamientos artificiales entiende la serie de las condiciones sociales. Lo citamos precisamente porque se refiere en particular a la raza y al clima; con respecto al hecho mismo de que en “todos los pueblos con propiedad colectiva”, esto es, para los tiempos pretéritos de las sociedades gentilicias, el proceso total de la vida se desarrolla de manera similar, podrían aducirse una cantidad de testimonios de los escritos de Morgan, Engels, Kautsky y otros. Por otra parte, el mismo señor Barth, en otro pasaje de su obra, hace referencia a la “igualdad de todas las sociedades” en los comienzos de la cultura, y remite expresamente a la memorable obra de Morgan, en la que no parece haber presentido la presencia diabólica del materialismo histórico. Pero si, según el señor Barth, Morgan ha logrado probar la organización gentilicia para la mayor parte de la tierra, desde China hacia el occidente hasta América del Norte, dándola por supuesto, “con toda razón, para la pequeña parte restante, para las cuales carece de pruebas”, ¿qué tienen que ver en ese caso, el clima y la raza con la historia de la sociedad humana allí donde esta sociedad pende aún del cordón umbilical de la naturaleza?

Y a continuación, un ejemplo muy notable de cómo, con un clima y una raza totalmente similares, los distintos modos de producción determinan de manera diversa al proceso de la vida en su totalidad. Lo extraemos de una obra del célebre viajero norteamericano Kennan, que con sus claros ojos y su recto entendimiento había descubierto ya, a su manera, como muchacho de veinte años, al materialismo histórico, sin tener la menor idea ni de Marx, ni de Engels, ni tampoco de su compatriota Morgan. En la parte norte de la Península de Kamchatka, aproximadamente la zona más inhóspita de la tierra habitable, viven los koriacos, una estirpe compuesta por alrededor de cuarenta familias patriarcales, que vive de la domesticación y la cría del reno. Debido a este modo de producción se ven obligados a llevar una vida nómada. “Una manada de cuatro a cinco mil renos remueve en pocos días la nieve en un ámbito de una milla, consumiendo todo el musgo que allí se encuentra, y claro está que luego es preciso buscar un nuevo lugar. Los koriacos se ven obligados a ambular, si no quieren que la manada perezca, pues al aniquilamiento de ésta seguiría ineludiblemente el propio exterminio”. El grado de dependencia de los koriacos respecto de la naturaleza se refleja en sus simples representaciones religiosas. Su única religión consiste en la veneración de los espíritus malignos. Los sacerdotes de esta religión deben hacerse azotar para dar pruebas de la autenticidad de sus revelaciones; si resisten el castigo sin arranques de debilidad, se los reconoce como servidores de los espíritus malignos, y se cumplen sus mandatos a pesar de todos los trucos que ejecutan como farsantes engañados cuando tragan carbones prendidos o realizan otras extravagancias similares. “Esta es la única religión posible para estos hombres bajo las circunstancias dadas [ ]. Si un grupo de mahometanos, ignorantes y bárbaros fueran trasplantados a Siberia del Norte y obligados a habitar durante siglos en las salvajes y oscuras regiones de las montañas del Stanowoi, donde padecerían terribles tormentas cuyo origen no podrían explicar, donde perderían a sus renos por una peste que hace escarnio de todos los medios humanos, amedrentados por la aurora boreal que parece poner en llamas a toda la creación, diezmados por epidemias cuya causa no podrían comprender y a cuyas desastrosas consecuencias se enfrentan impotentes, sin ninguna duda que perderían paulatinamente su fe en Alá y en Mahoma, y se convertirían en shamanitas, lo mismo que los koriacos de Siberia”. La iglesia rusa se esfuerza por convertir a todas los paganos siberianos al cristianismo; sus misioneros, empero sólo tienen un éxito relativo entre las tribus sedentarias; cuando se trata de los errantes koriacos, todos sus esfuerzos rebotan sin dejar huella, y con razón, afirma Kennan, ya que a la conversión de estos nómadas debería preceder antes una transformación total del modo de vida, es decir del modo de producción.

Este modo de producción, sin embargo, no sólo ata a los koriacos a ideas religiosas simples, sino que los fuerza también a costumbres bárbaras, a negar lo que Kennan llama “las emociones más fuertes de la naturaleza humana”. Matan a todos los ancianos; empalan o lapidan a sus enfermos cuando ya no hay esperanzas de recuperación; “con una atroz exactitud” saben distinguir entre los diversos géneros de matanza. Pero todos los koriacos ven en la muerte violenta por la propia mano de sus más cercanos parientes el fin natural de su existencia; nadie pretende otra cosa. “La esterilidad del suelo en Siberia del Norte y el rigor del largo invierno motivaron que el hombre, como único medio de procurarse el sustento, domesticara el reno; la domesticación del reno hizo necesaria la vida nómada; la vida errante hizo que la enfermedad y la debilidad de los ancianos fuera particularmente penosa, y ello llevó finalmente a la matanza de los viejos y de los enfermos como una medida prescripta por la prudencia y la compasión”. Y Kennan destaca nuevamente, con razón, que esta terrible costumbre no suponía una crudeza innata, originaria, de los koriacos. Es una consecuencia del modo de producción mismo, que convierte a los errantes koriacos en una estirpe honrada, hospitalaria, generosa, valiente, independiente. Los koriacos tratan a sus mujeres y a sus hijos con gran bondad; a lo largo de la relación de más de dos años que mantuvo con ellos, Kennan no observó nunca que se castigara a una mujer o a un niño, y él mismo fue tratado “con tanta bondad y tan generosa hospitalidad”, como sólo había experimentado en un país civilizado de habitantes cristianos.

Ahora bien, sucedió que trescientos o cuatrocientos koriacos perdieron sus renos por una peste, y se vieron forzados así a una vida sedentaria. Habitan en las costas en casas que levantan con maderas flotantes y practican la pesca y la caza del lobo marino; capturan también los esqueletos de las ballenas que despojados de sus carnes por los balleneros norteamericanos y rusos, son llevados a la costa por el mar. Mantienen relaciones comerciales con campesinos y comerciantes rusos, con los balleneros norteamericanos. Escuchemos ahora a Kennan de qué manera la modificación del modo de producción ha modificado todo el proceso de la vida de los koriacos. Así, escribe: “Los koriacos que habitan en el Golfo de Penschina son indudablemente los nativos peores, más desagradables, más rudos y corrompidos de todo el noroeste de Siberia … Son crueles y rudos por naturaleza, desvergonzados frente a todos, vengativos, desleales y mentirosos. Desde todo punto de vista son lo contrario de los koriacos nómadas”. Luego atribuye estas modificaciones, en particular, al tráfico comercial de los koriacos que habían adoptado una vida sedentaria, y concluye: “Conservo para los numerosos koriacos errantes la más sincera y entrañable admiración, pero sus parientes sedentarios constituyen la peor clase de hombres que he conocido en el norte de Asia, desde el Estrecho de Behring hasta los montes del Ural”. Y sin embargo, en lo que se refiere al clima y a la raza, no podría descubrirse ni con la lupa más poderosa la menor huella de una diferenciación entre los koriacos nómadas y los sedentarios.

Pero dejemos estas observaciones aforísticas que, para decirlo una vez más, no proporcionan una exposición exhaustiva del materialismo histórico, sino que sólo pretenden rebatir las objeciones que se le han hecho. Quien quiera conocerlo detenidamente tiene que estudiar los escritos de Marx, Engels, Morgan, Kautsky, Dietzgen, Bürkli, Lafargue, Plejánov, los anuarios de Die Neue Zeit. Considerando estos trabajos, Engels bien pudo decir que se había probado la corrección de la investigación materialista de la historia, y si el señor Barth se lamenta de que Engels “desgraciadamente” no nombra los trabajos a que hace alusión, nuestro sabio amigo olvida que Engels no escribe para los docentes alemanes, sino para trabajadores pensantes. Si Engels escribiera para los docentes alemanes, quizá hubiera sido tan complaciente -¿quién sabe?- como para explayarse sobre el asunto mucho más de lo que era necesario en el caso de trabajadores pensantes.

Si después de esto se puede decir que el materialismo histórico posee ya una base sólida e inconmovible, no queda dicho con ello, ni mucho menos, que todos los resultados por él obtenidos son incontrovertibles, ni tampoco, que ya no le queda nada por hacer. Cuando el materialismo es utilizado impropiamente como un cartabón -y también esto ha ocurrido-, conduce a errores semejantes a cualquier cartabón utilizado en la consideración de la historia, y aun cuando se lo aplique correctamente como método, las diferencias en el talento y en la formación de aquellos que lo apliquen, o las diferencias en el género y en el volumen del material del que se dispone, llevarán a diferencias en la concepción. Lo cual resulta totalmente evidente, ya que en el ámbito de las ciencias históricas no es en absoluto posible llevar a cabo una prueba matemática exacta, y quien crea poder rebatir el método materialista de la investigación histórica por tales “contradicciones” no debe ser perturbado en su juego. Las “contradicciones” de esta especie sólo serán motivo, para las personas razonables para examinar quién, entre los investigadores que se contradicen, ha llevado a cabo una investigación más exacta y detenida, y de ese modo, precisamente a partir de tales “contradicciones”, el método obtendrá mayor claridad y seguridad, tanto en su manipulación como en sus resultados.

Pero la tarea que le queda al materialismo histórico es aún inmensa antes de que llegue a iluminar en sus innumerables ramificaciones a la historia de la humanidad; nunca podrá desplegar todas sus fuerzas en el terreno de la sociedad burguesa, en razón de que su fuerza creciente habrá de destruir esta sociedad. Se puede reconocer ciertamente que los historiadores más conscientes de la burguesía sucumben hasta cierto punto a la influencia del materialismo histórico, y lo hemos reconocido así repetidamente en este esbozo; sin embargo, a esta influencia se le impone un límite determinado. Mientras exista una clase burguesa no será posible abandonar la ideología burguesa, y el mismo Lamprecht, el más célebre representante de la así denominada corriente “histórico-económica”, comienza su Deutsche Geschichte [Historia de Alemania] con un esquema introductorio, no acerca de la economía alemana, sino acerca de la “conciencia nacional alemana”. El idealismo histórico, en sus ramificaciones más diversas, teológicas, racionalistas y también naturalistas, constituye la concepción histórica de la clase burguesa, de igual manera que el materialismo histórico constituye la concepción de la historia de la clase trabajadora. Sólo con la emancipación del proletariado el materialismo histórico alcanzará toda su plenitud, se convertirá la historia en una ciencia en el sentido estricto de la palabra, se convertirá en lo que debió ser siempre, pero que no ha sido nunca: en la rectora y maestra de la humanidad.

 

 

Extraído de “Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos” de Franz Mehring

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2 pensamientos en “Sobre el materialismo histórico

  1. Rafael Domínguez Losada

    ● Un trabajo sumamente interesante. De él deberían aprender aquellos que todavía en la actualidad echan en contra del desarrollo tecnológico porque por el sistema capitalista *imperante* se les quita puestos de trabajo al obrero. Desarrollo tecnológico que, si fuese gestionado por un sistema socialista auténtico −comunista más bien−, nos facilitaría la vida a todos por el hecho de descargarnos del trabajo y rendir para nosotros bienes de la más alta calidad (en el marco de una economía universal planificada que oponer a la destructiva economía de libre mercado), bienes imposibles de obtener por la obsolescencia programada del puto sistema capitalista: aparte el hecho de su maldita *necesidad de hacer lo que sea* a fin de obtener ingresos con los que sobrevivir o incluso satisfacer −subjetivamente entendido esto último− los más altos niveles de vida posible.

    ● *Nótese que* el concepto de *necesidad* lo utilizo en sentido genérico, a fin de englobar con él muchos de los males inherentes a este inicuo sistema, cuyos modernos esclavos como conjunto personalmente dudo que puedan llegar a estar algún día en disposición intelectual de poder superar: Ojalá me equivoque, aunque no lo creo si consideramos que el superar este sistema implicaría muchas cualidades de que el alienado hombre moderno carece. Los católicos de las diversas religiones: usando del as religiones y últimamente de el poder mediático, supieron hacer bien su trabajo a efectos de disminuir por el aborregamiento y la alienación a sus modernos esclavos y.. así, con la cabeza repleta de porquería religioso-mediática y amansados por el cristianismo de que se nos imbuyó por milenios, imposible plantarles cara a nuestros opresores de forma efectiva (las representaciones mentales que no dudo abunden, *no* bastan).

    ● Suficiente para aquí. Saludo y tal y eso.. esperando que les guste.

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