La salud para el pueblo en la China de Mao Tse-Tung

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El médico inglés Joshua S. Horn tomó la decisión, en 1954, de trasladarse con toda la familia a China para ejercer la medicina al servicio de la construcción del socialismo. Casi 15 años más tarde, Joshua S. Horn registró en el libro “Medicina para millones, la experiencia china” la riquísima experiencia de la que participó activamente. En su libro relata varios episodios que retratan el vertiginoso desarrollo científico de la China Popular, particularmente en el campo de la medicina, que en varias áreas superó los avances de los países capitalistas en un cortísimo período de tiempo. A continuación transcribimos la primera parte del capítulo “Escalando las alturas” de su libro “Medicina para millones, la experiencia china“.

Descritos tres de los campos en los que los científicos chinos alcanzaron o incluso superaron los trabajos más avanzados de otros países (el tratamiento de quemados, la síntesis de la insulina y la reimplantación de miembros), creo que hay un factor común en este progreso, reflejado fielmente, y que está determinado por el sistema y por el pensamiento político de China. Sé que en Occidente es costumbre hacer una clara distinción entre la política y la ciencia, negar incluso que haya alguna conexión intrínseca; pero en China están clara y conscientemente vinculadas, con la política sirviendo de vanguardia. No empleo aquí la palabra “política” en su estricto significado de “política partidaria”, sino en el sentido más amplio que abarque todos los factores determinantes de la orientación para el desarrollo de una sociedad. Basados en lo que dijimos, que estos tres grandes desarrollos científicos reflejados fueron determinados por el sistema político y por el pensamiento político actual.

 

 

Quemaduras

 

Durante el agitado año de 1958, en el que el pueblo chino “sacudió el cielo”, se hizo evidente la importancia de la producción de acero en la economía nacional, y los productores de acero casero proliferaron como setas.

Mi hijo, por entonces un estudiante de catorce años, no volvió a casa durante cuarenta y ocho horas; después apareció sucio, despeinado y agotado, pero triunfante.

¡Lo conseguimos papá!” dijo emocionado. “Forjamos nuestra primera caldera de acero. La calidad todavía no es buena, ya que no alcanzó el patrón deseado. Pero la siguiente, o la próxima, serán mejores“.

Mucha gente se burló de la campaña de acero en China, calificándola de “desperdicio”, “un gran fracaso”, “fanatismo”, etc. En mi opinión, y en la opinión de otros muchos, la campaña de acero, a pesar de acarrear cierto desperdicio, tenía aspectos positivos que superaban con creces a los negativos. Difundió conocimientos sobre la fusión del acero por todo el país, y sentó las bases de la autosuficiencia.

En el último día de mayo de 1958, un operario siderúrgico de Shanghai llamado Chiu Tsai-Kang sufrió un accidente y fue golpeado por acero fundido. La ropa se incendió y sufrió quemaduras en el ochenta y nueve por ciento de su cuerpo.

Se lo llevaron de urgencia al hospital Kwangtzu en Shanghai, donde comenzó a desarrollarse un drama que resonaría hasta nuestros días y más allá de las fronteras de China.

Según las estadísticas científicamente establecidas en los centros de tratamiento más adelantados de Gran Bretaña y Estados Unidos, sus posibilidades de sobrevivir eran casi nulas. La pregunta era si, en aquella época en que China estaba traspasando siglos, el pueblo chino debería aceptar la experiencia de otros países como el límite de lo que podría o no podría lograr, o si la China Popular, con todo su atraso técnico, podría proporcionar a un trabajador quemado un mejor tratamiento del que los países occidentales podían ofrecer a monarcas y millonarios. Una quemadura de tal magnitud era un desafío; y los tiempos exigían que se enfrentase al reto.

En las primeras etapas, la herida del golpe, debido a la pérdida de líquido del área quemada, fue el mayor peligro. Después de saber que había necesidad de gran cantidad de sangre y plasma, un flujo constante de donantes voluntarios se presentaron al hospital. En los primeros veinte y tres días de tratamiento, recibió 30.700 cm3 de sangre y plasma, aproximadamente seis veces el volumen total de sangre de su cuerpo.

Si sobrevivía a esto, el principal riesgo sería la infección; debido a que la quemadura era en realidad una enorme herida abierta donde una infección severa podía conducir fácilmente a la septicemia y la muerte.

En veinte y cuatro horas, un conjunto especial de habitaciones con aire acondicionado fueron adaptadas y destinadas única y exclusivamente al tratamiento de este paciente. El aire filtrado y humidificado, con la temperatura controlada, penetraba bajo presión positiva y era eliminado a través de conductos especiales. Todo el personal que entraba en el bloque de tratamiento era obligado a bañarse y a usar ropa esterilizada. Las enfermeras cortaban voluntariamente sus trenzas, en interés de la higiene.

El comité del Partido en el hospital convocó varias conferencias con el fin de establecer planes a corto y largo plazo. En las reuniones comparecían médicos, enfermeras y representantes de las demás categorías de funcionarios; cocineros, limpiadores, encargados de la limpieza, mantenimiento y calefacción.

Cuatro médicos, ocho enfermeras, un equipo de laboratorio, asistentes y cocineros fueron asignados para cuidar del paciente durante los veinticuatro horas del día.

Expertos en campos afines, como la bacteriología, la farmacología bioquímica, la cirugía plástica, la hematología e inmunología volaron desde todos los rincones de China a Shanghai. Yo estaba entre ellos, y, como la mayoría, aprendí más de lo que enseñé, recibí más de lo que di. Justo cuando necesitaba alimentarse más, el paciente comenzó a perder el apetito. Líquido rico en proteína fluía continuamente de la inmensa herida, y se le veía visiblemente debilitado. El dietista del hospital lo intentaba con cualquier plato que se pudiese imaginar, pero día tras día comía menos. Cuando se divulgó esta noticia, los cocineros jefes de los restaurantes más famosos de Shanghai se reunieron para estudiar el caso: presentaron diversos menús, uno para cada comida, y enviaban al hospital un verdadero desfile de manjares y delicias. Los compañeros de trabajo del paciente le instaron a comer como un deber político, una contribución en la lucha por su vida, en la que muchos se dedicaban con firme determinación. Chiu respondia de la mejor manera posible, daba lo que podía de sí mismo.

La piel muerta cayó, dejando una enorme superficie en carne viva, con los huesos y las articulaciones expuestas donde la quemadura había sido más profunda. La única manera de hacer cicatrizar heridas de ese tipo era a través del injerto de piel, que consistía en cortar capas muy finas de piel en las áreas que no se habían quemado, trasplantándolas a las superficies erosionadas. La capa cortada es tan delgada que la zona donante se cura en dos o tres semanas. En una extensa quemadura de este tipo, sin embargo, las áreas no quemadas son demasiado pequeñas, y la método era aplicar injertos gradualmente, inicialmente en las zonas más afectadas, y esperar a que las áreas donantes cicatrizasen para que se pudieran cortar una segunda o tercera parte de la piel en el mismo lugar. Esto ralentiza el trasplante, y el tiempo es un factor muy importante en el tratamiento de quemaduras, porque cuanto más tiempo la herida permanece abierta, mayor será la pérdida de proteína, más prolongada será la fiebre, más débil la infección, y mayor el riesgo de complicaciones. El tratamiento de una quemadura realmente extensa es una carrera contra el tiempo. Todo lo que acelera la cicatrización, aumenta las posibilidades de supervivencia; todos los retrasos, aumentan el peligro.

Lo ideal sería que la piel de otro donante pudiera ser utilizada, pero, a pesar de los muchos estudios realizados, hasta la fecha, la única cura permanente sólo se lleva a cabo con la propia piel del paciente. La homoplastia, es decir, el trasplante de piel proveniente de otro donante, por lo general, “pega” de la misma manera que la piel del propio enfermo. Después de algunas semanas, sin embargo, se cae lentamente y desaparece. Esto es porque el organismo desarrolla una reacción inmunológica de rechazo de la “piel extraña”, de la misma manera que hace con los gérmenes.

Aunque no es permanente, el homoinjerto puede salvar la vida en casos de quemaduras muy extensas, ya que, hasta que desaparece, cicatriza con eficacia el área quemada y durante ese tiempo el estado general mejora considerablemente: a baja temperatura, el apetito y el estado nutricional mejoran, la anemia disminuye, el dolor tiene alivio, y las áreas donantes del propio paciente cicatrizan y pueden proporcionar nuevos injertos.

Por estas razones se utilizó mucho el trasplante de piel de personas sanas en el tratamiento de Chiu Tsai-Kang. Cientos de posibles donantes se ofrecieron como voluntarios en el hospital, llamaban por teléfono, escribian cartas, rogaban poder donar piel. El decano de los cirujanos del hospital fue uno de los primeros en presentarse como voluntario.

(…) Todo el país estaba interesado en su mejora. Boletines diarios fueron divulgados, y el hospital tuvo que abrir una sección destinada a satisfacer las solicitudes de información.

 

Cuadro

Al final, todas las heridas cicatrizaron y se salvó su vida. Fue una gran victoria que, aparte de alegrar a todo el mundo, dio un impulso real al tratamiento de quemaduras, lo que se refleja incluso en la actualidad.

Cientos de médicos se ocuparon directa o indirectamente del tratamiento de Chiu Tsai-Kang.  (…) Los hospitales de todos los paises rápidamente ganaron experiencia en el tratamiento de quemaduras extensas. Equipos de médicos y enfermeras experimentados viajaban cuando eran solicitados, se llevaron a cabo numerosos estudios, y se celebraron muchas conferencias nacionales y provinciales.

Aparecían en la prensa médica china comunicados de quemaduras cada vez más extensos que estaban siendo tratadas con éxito.  (…) A medida que se ganaba experiencia, caia la tasa de mortalidad y el tiempo de hospitalización.

En 1964, teníamos acumulado bastante material, lo que permitía comparar nuestros resultados con los publicados por los principales centros de quemaduras de otros países; y tuvimos el placer de constatar que en seis años conseguimos alcanzarlos, o incluso superarlos.

Por ejemplo, el Dr. TG Blocker (Journal of Traumatology, 1, 109, 1961), experto estadounidense, analizó la mortalidad en miles de casos de quemaduras. Sus conclusiones y datos comparativos con el hospital Kwangtzu de Shanghai son significativas (ver tabla). Aun habiendo alcanzado China un alto nivel en el tratamiento de quemaduras, no podemos estar satisfechos con estos resultados, y aún hay muchos problemas que resolver.

El problema más serio es, que para conseguir esos resultados, son necesarios enormes gastos de mano de obra y de recursos. Todavía no encontramos el medio de simplificar el tratamiento de manera que esté disponible en cualquier hospital o clínica.

Otro problema es que incluso salvando la vida de pacientes con enormes quemaduras, muchos quedan desfigurados y sujetos a serias limitaciones. Chiu Tsai-Kang, por ejemplo, ha vuelto al trabajo en la siderúrgica donde sufrió las quemaduras; pero las articulaciones quedaron tan rígidas después de la recuperación que fue preciso un año de fisioterapia para que consiguiese andar. La primera vez que se puso una camisa tardó casi una hora, pues no conseguía llevar el brazo hacia atrás.

Ahora orientamos nuestro esfuerzo en preservar su funcionamiento, más allá de salvar su vida. Estamos seguros de que con el tiempo resolveremos estos y otros problemas, pues el ambiente dominante en China es de determinación para servir al pueblo superando todas las dificultades; de confianza, de respeto por la ciencia y de cooperación en el ámbito nacional en la certeza de que cada paso del progreso será puesto a disposición de quien de él se pueda beneficiar.

Traducido por “Cultura Proletaria” de anovademocracia.com.br

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