El joven poeta Iosif Stalin y el enfermo Sebag Montefiore

Stalin Young

 

Hace algún tiempo, periódicos y revistas norteamericanos -especialmente el “The New York Times“, el “Washington Post” y el “Time“- llenaron de elogios el libro “Stalin Young” de Simon Sebag Montefiore (“El joven Stalin“publicado por varias editoriales en los países de habla Inglés a finales de 2007). Inmediatamente, los medios de comunicación se apresuraron a hacer una reverencia ante el libro de Sebag.

Anticomunistas y reaccionarios alabaron un libro deshonesto hasta el estelionato, asquerosamente anticomunista y pro-fascista es algo que forma parte de la actual orden de cosas. ¿Cómo no iban ellos a promover un libro que llama “asesino” y “paranoico” a Stalin; que dice que la madre de Stalin, una viuda que sustentaba la casa lavando ropa y haciendo la limpieza en casas de familias más acomodadas, se prostituía con hombres que podrían ayudar a criar al niño (un hecho sin precedentes: una prostituta que trabajaba de sol a sol , lavando la ropa de otros y limpiando casas ajenas, y aún por encima era una ferviente religiosa que, incluso cuando su hijo ya era el principal líder de la URSS, lamentó que no hubiera sido sacerdote)?

Por supuesto, esta escoria sólo podía alabar tal libro y al canalla literario que lo produjo. Montefiore es el autor de “The Court Of The Red Tsar” (“La Corte del Zar Rojo“), una colección de difamaciones, calumnias, tergiversaciones y falsificaciones dirigidas contra el líder comunista que lideró la construcción del socialismo en la URSS y la victoria de la humanidad contra el nazismo. Cualquiera que haya leído ese libro, ciertamente no podría esperar algo muy diferente de este nuevo libro.

Sin embargo, uno ha de preguntarse por qué, después de tantos libros, artículos y panfletos, consumiendo toneladas de papel y miles de litros de tinta, con el objetivo de calumniar a Stalin, la reacción necesita de otro y de hacer este alboroto barato alrededor de él.

La respuesta es simple y evidente: estos intentos, por más que hayan engañado a los incautos, fueron, al fin y al cabo, un rotundo fracaso. En especial la apertura de los archivos de la URSS, en 1990, fue fatal para estos libros y escritos anteriores. Nada de lo que ellos decían resultó ser cierto. En su lugar, rápidamente se mostraron exactamente como lo que eran: un fraude. De ahí, la necesidad de nuevos libros, nuevos escritos, para difundir viejas difamaciones con, supuestamente, más credibilidad, basados en “archivos abiertos recientemente” a pesar de que todos los archivos están abiertos desde hace casi 20 años. Es verdad que las difamaciones son las mismas. Por lo tanto, presentarlas como nuevas es una tarea cada vez más difícil. Pero como se trata de una función muy rentable, con un apoyo muy grande, todavía elevado, para darle cobertura, la picardía literaria sobre Stalin es de vez en cuando recurrente.

 

 

La novedad

Por esta razón, la primera disposición de Simon Sebag Montefiore para presentar lo viejo como nuevo, fue reconocer que sus predecesores eran, como dijo Claudio Campos en un ensayo memorable, una constelación de falsificadores de la historia.

Ciertamente, Montefiore no lo hace con estas palabras ni con esta sinceridad y claridad. Pero es lo que hace, para presentarse como una excepción, cuando se refiere a la profunda enseñanza de Stalin, a su amor desde la infancia por la lectura, a su dedicación al estudio, a su conocimiento extenso y profundo de las principales obras literarias y filosóficas que componen el tesoro cultural de la especie humana, a su extraordinario talento como cantante, a su precoz vocación literaria -hizo que su poesía, escrita cuando era joven, fuese admirada incluso por el famoso poeta georgiano de la época, Ilia Chavchavadze, a pesar de ser un príncipe (y, más tarde, por un santo de la Iglesia Ortodoxa de Georgia)- etc, etc, etc.

Todo esto nos recuerda a un joven, hijo de una criada y un zapatero, que nació y vivió en los confines del Imperio zarista, en un pequeño, pobre y expoliado país, como era Georgia en la segunda mitad del siglo XIX.

Sin embargo, a su manera sesgada, ya que nunca trata las cosas por su debido nombre, Montefiore reconoce que Trotsky mintió cuando tachó a Stalin de “burócrata”, “mediocre”, y que falsificó los acontecimientos de la insurrección de octubre de 1917, en un intento de eliminar al “magnífico georgiano” de la historia. En la primera parte del libro de Montefiore, Stalin es un hombre brillante, que detestaba la burocracia, que se enfrentó con coraje al encarcelamiento y al exilio en condiciones infrahumanas, un organizador y un líder carismático vital para el Partido Bolchevique (sic), con una participación decisiva en los 10 días que conmovieron al mundo. Todo lo contrario de lo que fue dicho antes por todos los anticomunistas.

Incluso Montefiore atribuye encanto a Stalin, en un altísimo grado. Según él, desde muy temprano las mujeres encontraron extremadamente atractivo a Stalin. Por poco no dice que el muchacho era irresistible. El autor no explica cómo se las arregló para conocer lo que pasaba en el corazón de las mujeres (no una u otra señorita, sino las mujeres en general) cuando veían y oían al joven Stalin. Pero no discutiremos ahora las proyecciones, fijaciones y otros mecanismos psicológicos…

Estas cualidades de Stalin -excepto la última- los lectores más veteranos ya las conocen (y los que leyeron “La historia continúa” de Claudio Campos o cualquiera de las varias obras autorizadas sobre el tema).

 

 

La motivación

Pero, volvamos a la pregunta original: ¿por qué este reconocimiento de algunas de las grandes cualidades de Stalin? Sin duda, no es para contar la verdad.

Como hemos dicho, la falsificación antigua, en la que la reacción ha invertido tanto para mostrar al público, es ahora insostenible. Los acontecimientos en Europa del Este a comienzos de los años 90, por muy trágicos que hayan sido, tuvieron el efecto de despertar a mucha gente antes inmersa en el letargo burocrático que venía desde que Jruschov se unió al punto de vista del enemigo en el XX Congreso del PCUS, en 1956. Han surgido muchos libros y muchos artículos de investigación. Los archivos de la URSS, incluso cuando son usados por reaccionarios empedernidos -es el caso, por ejemplo, de la derechista y feroz colección de Herbert Hoover, institución de la Universidad de Stanford- desmoralizan los panfletos anticomunistas de los “sovietólogos”, que entonces eran publicados como libros de historia.

 

The Court Of The Red Tsar
En rigor, todo esta bazofia, que alcanzó su punto álgido en los libros de Robert Conquest, un agente de propaganda del MI6, elevado a intelectual por los medios macartistas, se basaba en una sola fuente: los escritos de Trotsky. Antes de la Segunda Guerra Mundial, incluso el “New York Times” y el “Time” se vieron obligados a rechazar artículos de Trotsky sobre Stalin, por inverosímiles. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, fueron desenterrados, usados y debidamente reescritos por gente como Conquest. Ese fue el origen y el contenido de la propaganda anticomunista entre 1945 y 1990.

En la actualidad, esta propaganda -en especial la falsificación sobre la figura histórica de Stalin- ya no tiene credibilidad alguna. Excepto algunos idiotas, nadie lo cree ya.

De ahí la necesidad de Montefiore de admitir algunas cosas, de incluso negar a sus protectores (su libro anterior fue “paraninfado” en diversas ferias de libros por Conquest), para adquirir alguna credibilidad. ¿Quién, hoy en día, le prestaría un poco de atención a una “biografía” de Stalin, que repite una vez más los viejos fraudes de Trotsky? Prácticamente nadie, excepto aquellos individuos que siempre están dispuestos a creer cualquier tontería, con tal de que sea anticomunista. Pero este público no tiene interés para los medios monopolistas, no solamente porque ya ha sido ganado por un largo tiempo, sino, sobretodo, por su falta de influencia social o política.

 

 

La repetición

Después de este “reconocimiento” de las cualidades de Stalin, Sebag Montefiore ya cree que es libre para difamarlo a gusto. Y cree que, con ese método, descubrió la pólvora, que va a escapar del destino de Conquest y de otros de los que nadie recuerda ni siquiera el nombre.

Así, dice que Stalin era “esa rara combinación: al mismo tiempo intelectual y asesino“. ¿Cómo? Así es, lector. Y hay más, mucho más de lo mismo. Al admitir que Stalin era un “intelectual”, que es un hecho probado, Montefiore cree que la gente le va a creer cuando dice que era un “asesino”. Y luego, procede a repetir exactamente lo mismo que sus predecesores, con algunas contribuciones originales en el terreno de la falsificación, además de un racismo evidente, cada vez que se refiere a los georgianos.

Sin embargo, Montefiore parece mucho más enfermo que sus predecesores. Ya relatamos su exquisita percepción de lo que sentían las mujeres por Stalin. A Montefiore, además, no le gustan las mujeres y no manifesta el menor respeto por ellas. Este es el caso de la madre de Stalin, Keke Djugaschivili.

En su libro anterior, después del inicio, aparecía la siguiente frase: “ella [la madre de Stalin] debe llevar a cabo una especie de compromisos que eran tentadores para una madre sin un centavo, convertiéndose en amante de sus jefes” (“The Court Of The Red Tsar“, Knopf, NY, 2004, 1 ª ed., p. 26).

No había ningún fundamento, ninguna fuente. Sólo que, por ser pobre, la madre de Stalin “debería” sentir “la tentación” de la prostitución y que ella “debe” de haber cedido a la tentación. En resumen, no tener dinero es una condición suficiente -e inevitable- para que las personas se corrompan; los ricos, como sabemos, son incorruptibles…

Evidentemente, no es de Katerina (Keke) Djugaschivili de quien Montefiore está hablando. ¿Cómo va a ser si no hay nada que respalde su conclusión? La mayoría de la gente -por lo menos la gente más o menos normal, incluso la mayor parte de los más pobres- no encuentra “tentadora” la prostitución. Por el contrario, la encuentra repulsiva, humillante, degradante. Sería fácil demostrar que Montefiore sólo proyecta sobre la madre de otros, la paranoia que siente hacia su propia madre y esto sería cierto. Pero sobre todo, es él quien tacha la prostitución de “tentadora”, no a su madre (que, si sintió tal “tentación”, sólo reforzaría lo que hemos dicho). Sería imposible que, sin nada real en que apoyarse, atribuyese a los otros una “tentación” que no se siente. Y, la verdad, no pudo resistir la tentación: para ganar dinero, se dedicó a escribir este tipo de libro… Por lo tanto, admite que todos son iguales a él. Sin embargo, no sólo son muchas las personas que hacen cualquier cosa por dinero. En relación al conjunto de seres humanos, son pocos los que no resisten el tintineo del vil metal.

De la misma manera que consiguió saber lo que había en los corazones de todas las mujeres que habían conocido a Stalin, Montefiore también sabe los diálogos que acontecieron, según él, cuando la madre y el hijo estaban a solas. También le sumó a Stalin un grupo de niños nacidos de relaciones con mujeres de todos los estratos sociales y de todas las edades (!!!).

Se sabe que Stalin se volvió marxista cuando estudiaba en el seminario de Tiflis, donde, a la luz de las velas y eludiendo la vigilancia de los sacerdotes, leía las principales obras de Marx y Engels. En la misma época, todavía seminarista, comenzó a organizar al pueblo y a establecer redes clandestinas de revolucionarios. Tal actividad es descrita por Montefiore como la del jefe de una banda de delincuentes juveniles, dedicada a pequeños crímenes. Claro, sólo podían ser bandidos, aquellos sujetos que no se conformaban con vivir en la miseria y ser oprimidos por la autocracia zarista. ¡Pobre es fuego! No resiste la tentación y se revela contra la explotación (que las dos actitudes sean incompatibles no es un problema para Montefiore). Según él, Stalin ganaba dinero extorsionando a los magnates del petróleo que trabajaban en la región, en especial al banquero Rothschild, que tenía una refinería en la ciudad de Batumi. Imagine el lector: Rotschild siendo extorsionado por un adolescente que lo único que tenía suyo, tal vez, era la ropa que llevaba…

 

 

Problemas

Detengámonos aquí en el relato de la infamia. Veamos como Montefiore trata de conciliar dos retratos de Stalin que son completamente incompatibles. También es sencillo, a través de una frase, ya citada: Stalin era “esa rara combinación: al mismo tiempo intelectual y asesino“.

Obviamente, él sabe que eso no da cuenta del problema -¡y qué problema!- que él mismo provocó, al admitir que Conquest, Trotsky y cía. falsificaran el retrato de Stalin. La cuestión es qué hizo esto para poder repetir lo mismo que ellos con cierta credibilidad. Pero, con este retroceso en aquello que era insostenible, no fue más fácil persistir en la misma difamación. Por el contrario, se hizo más difícil, más incoherente, más sin pies ni cabeza, desfilar por la pasarela de la infamia después de rasgar la fantasía.

 

stalin con keke394e18391
Sin embargo, Montefiore no es capaz de escapar de la tentación. Así, dice, nadie más que Stalin personificó al revolucionario leninista. Lo que es del todo cierto. Pero, según Montefiore, el revolucionario leninista es un marginal fuera de la sociedad, que se excluye de la ley moral. Una vez más pretende que, por admitir una verdad, la gente se crea una mentira.

En resumen, el leninismo, es decir, el comunismo, hizo de un hombre con tantas cualidades, como era el joven Stalin, un marginal y un paranoico, porque el partido concebido por Lenin es un mundo de conspiraciones, espionaje y traición (naturalmente, en el mundo de los jefes de Montefiore, nadie sabe lo que es la conspiración, espionaje y traición. La CIA, por supuesto, es una agencia filantrópica).

Esta es, brevemente, su tesis. La “prueba” a esa manía de los comunistas de querer mejorar, transformar la sociedad, hacerla más justa, más solidaria, más democrática y, al fin y al cabo, más igualitaria. Esta es la suprema violencia del comunismo: pretender que el mundo se puede gobernar sin parásitos, ladrones y vagabundos en el cargo. Por lo tanto, las buenas intenciones de los comunistas son algo antinatural (sic). En lugar de preocuparse de ganar dinero o de servir a los que tienen dinero, quieren que todos mejoren sus vidas e, incluso, mejoren espiritualmente, empezando por los propios comunistas. De ahí que un joven prometedor como Stalin se haya transformado en un monstruo que quería cambiar la sociedad, e, incluso, a los hombres.

De ello se desprende que el estado natural, normal, pacífica y moral es la actual sociedad, donde, como se sabe, todos viven en paz, debidamente sometidos a la ley moral y a las exigencias éticas, incluyendo aquellos que no tienen que comer, que viven en la calle o en una chabola, que no puede quejarse de las injusticias, que no tienen acceso a la educación ni a la atención médica, que son asesinados a diario, y cuyo único derecho es tener la piel arrancada por un puñado de sanguijuelas monopolistas.

Lo que explica, en parte, su odio a Keke Djugaschivili. ¿Quién le metió en la cabeza que su hijo tenía que recibir una educación? Si toda pobre madre tuviera esta misma idea descabellada, ¿cuántos Stalin no van a surgir por ahí? Y si eso sucede, ¿cómo va a ganar dinero Montefiore, si los que le pagan tuvieran que devolver a los pobres todo lo que les robaron?

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de horadopovo.com.br

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