8 de marzo, día internacional de la mujer proletaria

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Una fecha especial para celebrar la lucha de resistencia de la mujer proletaria, de la mujer de las clases oprimidas y explotadas en todo el mundo, fue propuesta por Clara Zetkin -la dirigente del Partido Comunista de Alemania y de la Internacional- en la Conferencia de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague (Dinamarca) en 1910.

La Conferencia trataba de la lucha ideológica y política del proletariado y de las demás clases oprimidas y explotadas en el camino de la revolución socialista y, de manera particular, de la importancia de la participación masiva de las mujeres proletarias en esta lucha. La propuesta de crear un día especial para ser celebrado a nivel internacional, por lo tanto, representaba el crecimiento de la lucha obrera y del pueblo en todo el mundo y la creciente presencia de las mujeres en esta lucha en aquel momento.

Así, el Día Internacional de la Mujer Proletaria fue creado y votado por las militantes del movimiento femenino popular y revolucionario a partir de la concepción revolucionaria de la lucha por la emancipación de la mujer. Es decir, que la liberación de las mujeres sólo es posible con la liberación de toda su clase, y que esta liberación es la obra de las propias mujeres de las clases oprimidas y no una concesión de las clases opresoras. Por eso las militantes del movimiento femenino popular y revolucionario no hablan de ninguna manera de un movimiento de todas las mujeres, no proponen la conciliación de clases.

Para estas militantes revolucionarias, al contrario de lo que afirma el feminismo burgués, el Día Internacional de la Mujer se refiere a las mujeres proletarias y a las de las demás clases oprimidas, como las campesinas y la intelectualidad progresista, las estudiantes y profesoras, que, lejos de restringir el universo femenino, representa la inmensa mayoría de las mujeres de todo el mundo: la mitad de la inmensa población mundial de obreros, campesinos y trabajadores explotados y oprimidos por el imperialismo.

El uso de esta fecha por el feminismo burgués es combatido por las proletarias, por las mujeres del pueblo, de la ciudad y del campo que trabajan bajo el látigo de los hombres y mujeres de la burguesía y de los terratenientes. Es combatida y denunciada como traición y usurpación la actitud desvergonzada de diputadas y “personalidades” de la izquierda oportunista y sus organizaciones feministas que se complacen en sentarse a la mesa con empresarias, terratenientes y policías en su falso día de todas las mujeres.

Cada vez más, las clases dominantes, a través de los monopolios de comunicación, se esfuerzan en transformar el 8 de marzo en otra fecha comercial. Con sus ridículas manipulaciones y demagogias por glorificar “la importancia de la participación de la mujer”, lo que hacen en realidad es extender aún más el manto de la opresión femenina en el intento de su perpetuación.

La celebración del 8 de marzo se ha convertido en una de las más fuertes tradiciones del movimiento popular, revolucionario y comunista en todo el mundo y uno de los símbolos más importantes de la lucha por la liberación de la clase obrera y de todos los oprimidos de la tierra.

 

 

Los orígenes y la tradición

 

Las dos versiones más conocidas del hecho histórico que habría llevado a las militantes comunistas en la Conferencia de Mujeres Socialistas a elegir el 8 de marzo como el Día Internacional de las Mujeres proletarias son:

1- “Una manifestación espontánea -llevada a cabo por los trabajadores del sector textil en la ciudad de Nueva York en protesta por los bajos salarios, en contra de la jornada laboral de 12 horas y el aumento de las tareas no remuneradas -fue reprimida por la policía de una manera brutal (8 de marzo de 1857). Muchas jóvenes trabajadoras fueron detenidas y algunas aplastadas por la multitud al intentar escapar. Cincuenta años más tarde, en el aniversario de esa manifestación, ese día es declarado, en su memoria, el Día Internacional de la Mujer“. (Temma Kaplan, “On the socialist origins of International Women’s Day“, Feminist studies 11, n.º 1, 1985, p. 163)

2- “El Día Internacional de la Mujer Trabajadora es considerado como una jornada de lucha feminista en todo el mundo en conmemoración del 8 de marzo de 1908, fecha en la que las trabajadoras de la fábrica textil ‘Cotton’, Nueva York, declararon huelga en protesta por las condiciones insoportables de trabajo. A raíz de esto, ocuparon la fábrica y el patrón las encerró en el interior, cerró todas las salidas, y quemó la fábrica. Murieron quemadas las 129 trabajadoras que se encontraban en el interior”. (Victoria Sal, “Diccionario ideológico feminista“, 1981).

Otras referencias históricas:

3- La primera celebración del Día Internacional de la Mujer tuvo lugar el 19 de marzo de 1911, en Austria, Alemania, Dinamarca y Suecia.

4- En 1914, el Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 8 de marzo en Alemania, Suecia y Rusia.

5- El 8 de marzo de 1917, las mujeres rusas se amotinaron por falta de alimentos, acontecimiento este fundamental para el inicio del movimiento revolucionario que se concretaría en la llamada Revolución de Octubre, y que marcaría definitivamente, hasta la actualidad, el día 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. (“On the Socialist Origins of International Women’s Day” de Ana Isabel Álvarez González (1999), “Los Orígenes y la celebración del Día Internacional de la Mujer“, 1910-1945, KRK -Ediciones Oviedo.)

Todas estas informaciones proporcionan algunos datos opuestos, pero lo que es común en ellas es el hecho de que se refiere a luchas obreras, marcando claramente el carácter de clase del movimiento 8 de marzo.

El artículo que publicamos a continuación nos da la dimensión de lo que ocurría con el movimiento obrero en los queridos EE.UU. a principios del siglo XX, destacándose la participación de las mujeres, aportando datos importantes a la historia del origen del 8 de marzo.

 

 

Las mujeres del incendio de la fábrica Triangle

 

25 de marzo de 1911: las costureras de la fábrica Triangle Shirtwaist trabajaban duro durante todo el largo día. Estaban apiñadas, 500 de ellas, en los tres pisos superiores del edificio Asch, con vistas al Washington Square Park, Manhattan.

Cientos de costureras, encogidas de frío sobre las máquinas de coser de pedal, confeccionaban blusas para mujer, una detrás de otra. La luz de unas pocas lámparas de gas proyectaba largas sombras por la galería y era necesario un gran esfuerzo para ver en la penumbra. Colinas de retazos de telas cubrían el suelo y en el aire muerto volaban nubes de hilos de algodón.

Las costureras cobraban por pieza; la más rápida y capacitada, a duras penas ganaba 4 dólares por una semana de seis o siete días. Apenas daba para el alquiler de habitaciones en los barrios más pobres y casi no quedaba para comida.

 

Edificio Triangle Shirtwaist

 
Muchos niños tenían que dejar la escuela y seguir a sus padres al taller. En la “esquina de los niños” de la fábrica trabajaban como “limpiadores”: cortaban los hilachos de las blusas apiladas por centenares a su alrededor.

Los capataces a escondidas, observaban cada movimiento de las trabajadoras y cronometraban sus viajes al baño. Una trabajadora contó que muchos capataces compraban los recién inventados zapatos de suela de goma para así poder aproximarse a escondidas y espiar las conversaciones de las costureras en italiano, yiddish y media docena de idiomas más.

Había despidos por infracciones leves y en particular por la desconfianza de unión con la fuerte organización socialista de los ghettos. Un cartel clavado en el cobertizo decía: “Si no vienes el domingo, ni te molestes en volver el lunes“.

 

 

Sin aviso, sin protección

 

Nadie sabe cómo se inició el incendio en la fábrica Triangle. Un año antes, durante la gran huelga llamada el Levantamiento de las veinte mil, se advirtió que existía serio peligro de incendio. A las 4:50 de la mañana del 25 de marzo, largas llamas amarillas se extendieron rápidamente a través de la octava planta, alimentadas por los retazos de tela.

Se escuchó el grito de “¡Fuego!” por los estrechos pasillos, entre las filas de las mesas, las trabajadoras corrían en busca de una salida por las escaleras o por pequeños ascensores. No había nada a mano para combatir el incendio. Lo único que se podía hacer era advertir a los demás y tratar de huír.

Jamás se había hecho un simulacro de rescate de un incendio. Muy pocas trabajadoras sabían que existía una escalera de incendios que descendía por un estrecho pozo vertical en el centro del edificio. Algunas consiguieron descender rápidamente por la escalera principal, antes de que la bloqueara las llamas. El ascensor dejó de funcionar.

Arriba, la octava planta se convirtió en una masa de llamas. Alguien consiguió avisar por teléfono a las trabajadoras de la décima planta. La mayoría tuvo tiempo de subir a la terraza. Los dos dueños de la fábrica, Harris y Blanck, escaparon con ellas.

En la novena planta no hubo aviso: las llamas irrumpieron por debajo de las mesas; el humo llenó la galería rápidamente. Más tarde fueron descubiertos esqueletos carbonizados encogidos entre las máquinas, cuando las llamas alcanzaron sus ropas, subieron a las mesas y ahí murieron.

Fueron encontrados montones de cadáveres aplastados cerca de las puertas de salida. En la novena planta, los capataces habían cerrado con llave la puerta que daba acceso a una escalera para que las trabajadoras no salieran a descansar. Otras salidas no estaban cerradas, sin embargo, abrían hacia adentro y no era posible desunir las partes móviles con el peso de tanta gente desesperada.

Algunas mujeres consiguieron descender por la escalera de incendios. Las primeras que descendieron por el hueco descubrieron que la escalera metálica no llegaba hasta el suelo. Era una trampa sin salida, pero imposible volver atrás. Por la implacable presión y peso de las mujeres detrás de ella, cayeron del escalón más alto. Después fueron encontrados muchos cadáveres, atravesador por las púas de hierro de una valla.

Bajo el peso de las trabajadoras, la escalera rota fue derrumbada.

 

 

En las repisas

 

Muchas trabajadoras no pudieron alcanzar ninguna salida y las llamas las obligaban a huir de las galerías. Saltaban y caían por el hueco del ascensor. Se encontraron al menos 20 cuerpos en el fondo. Muchas tuvieron que salir por las ventanas: formaron una fila india en las estrechas repisas, mirando a la multitud en la calle.

Los primeros bomberos con escaleras, la Compañía 20, llegaron corriendo por la calle Mercer. La multitud gritaba, como una sola voz: “¡Suban las escaleras!“, pero habían subido al máximo y sólo alcanzaban la sexta planta. Desde la repisa de la novena planta una chica agitaba un paño. Una llama comenzó a quemar la tela de su larga falda. Saltó tratando de aferrarse a la parte superior de las escaleras, que estaba a unos 10 metros, pero fue inútil y cayó como un cometa en llamas.

Los bomberos usan las mangueras para proteger a las personas agarradas a las repisas, pero también fue inútil. Ante la multitud horrorizada, las llamas apretaban más y más a las trabajadoras de las repisas. No cabían más y las llamas alcanzaban a las que estaban más cerca de las ventanas.

Una trabajadora escribió: “Iba por la Quinta Avenida el sábado por la tarde cuando un enorme rollo de humo salió de Washington Square y (…) dos niñas que ya había visto trabajando en la zona se acercaron a mí corriendo, llorando desesperadamente. Pálidas y temblando, me agarraron del brazo “¡Ay -gritó una  de ellas- están saltando!“. Muchas costureras, compañeras de vida y de trabajo, se abrazaron fuertemente y saltaron juntas. De nada sirvieron las redes de los bomberos, pues el peso de los cuerpos las rompió, lanzándolas a la carretera.

El  Nueva York World escribió: “Hombres y mujeres, niños y niñas, amontonados en las repisas, gritaban y saltaban al espacio, a la calle, con la ropa en llamas. Cuando unas niñas saltaron, su cabello volaba en llamas. El impacto en el suelo producía un ruido sordo“. El olor de la sangre y el terrible ruido sordo espantaban a los caballos de los bomberos. Saltaban con las patas traseras y con los ojos muy abiertos. Los bomberos apilaban los cadáveres en la calle Greene.

 

 

Sin atención a la vida y la seguridad

 

El horror pareció congelar la bulliciosa ciudad. Habían muerto 147 costureras. El nombre de la fábrica Triangle Shirtwaist recorrió rápidamente al planeta.

25 de marzo de 1911: fue uno de esos días de la historia en el que los ojos del mundo se centran en un sólo acontecimiento determinante, cuando las mentiras se deshacen bajo el peso de los hechos, cuando de repente es imposible ocultar las injusticias.

Hace un siglo, los Estados Unidos pregonaban ser la “tierra prometida”, un refugio para los pobres de Europa en busca de un futuro más tranquilo. Pero, en esa horrible tarde, todo el mundo fue testigo de la vil explotación de los trabajadores inmigrantes en Nueva York.

 

En marzo de 1911 murieron 147 trabajadoras

 
Las potencias coloniales de Europa y los Estados Unidos decían que su “civilización cristiana” tenía una superioridad moral que les daba el derecho de gobernar los “pueblos bárbaros”. Pero, cuando las chicas cayeron envueltas en llamas en las calles de la ciudad de Nueva York, pusieron nudos a estos presuntuosos autoelogios. De repente, se puso en tela de juicio la vida y el trato de 8 millones de “trabajadoras de la fábrica” del país.

La nueva maquinaría, los métodos y las eficiencias de la producción industrial moderna se pintaban como el futuro de la humanidad. Sin embargo, en ese horrible día, el 25 de marzo, salió a la luz la verdad: que esta tecnología capitalista era para obtener beneficios, sin tener en cuenta la seguridad ni la vida de las costureras. En esas galerías incendiadas no había un sistema de agua, mangueras, hachas o extintores. Ninguna medida contra incendios, en absoluto. La mitad de la clase obrera de Nueva York trabajaba en las plantas superiores a la séptima, sin embargo, ninguna compañía de bomberos estaba equipada para rescatarlas.

 

 

El dolor y la determinación

 

Vi ese montón de cadáveres y recordé que esas chicas confeccionaban blusas y que en su huelga del año pasado reclamaban condiciones de trabajo más higiénicas y mayores medidas de seguridad en las fábricas. Esos cadáveres dieron la respuesta“. (Bill Shepherd, corresponsal)

Si hablase en tono de paz, traicionaría a esos pobres cadáveres carbonizados. Hemos exhortado al público y no recibimos respuesta. La antigua Inquisición tuvo sus terribles instrumentos de tortura. Sabemos lo que son estos instrumentos actualmente: nuestras necesidades, la maquinaria veloz de alta potencia y las estructuras a prueba de incendios que nos destruirán cuando se incendien“. (Rose Schneiderman, líder obrera en la manifestación / entierro)

 

 

El levantamiento de las veinte mil

 

Aunque muchos sectores fueron sacudidos por el horror del incendio, el pueblo trabajador de Nueva York ya conocía los peligros y sufrimientos que vivía, y sabía que era posible evitar esas muertes.

Dos años antes, en noviembre de 1909, las mujeres de la fábrica Triangle Shirtwaist se unieron al levantamiento de las veinte mil, una huelga general de costureras de 500 talleres de Nueva York. Llevaron a cabo la huelga con heroísmo y determinación. Las trabajadoras, en particular muchas jóvenes, salieron de las sombras y tomaron las calles con exigencias dignas, mejores salarios, jornadas más cortas y el reconocimiento de su sindicato. En muchos talleres, incluyendo la fábrica Triangle, pidieron escaleras de incendios y puertas sin cerradura.

Después de muchas semanas de dura huelga, ganaron en algunas fábricas, pero perdieron en otras. Muchos capitalistas rechazaron negociaciones. Los dueños del Triangle, el mayor fabricante de blusas femeninas, contrataron funcionarios para romper la huelga. Volvieron a trabajar con un acuerdo parcial, sin ganar sus demandas de seguridad.

Cuando 147 mujeres murieron en el incendio, las masas respondieron con dolor y mayor conciencia de clase. El 2 de abril se celebró una enorme manifestación / entierro en el Teatro Metropolitano de la Ópera. Morris Rosenfeld, “el poeta laureado del taller y del barrio”, recitó el siguiente poema:

Ni batalla ni vil pogromo
llena de dolor esta gran ciudad;
ni sacude el suelo ni rasgan el cielo los truenos,
las nubes no se oscurecen y los cañones no rompen el silencio
solamente el fuego infernal engulle estas jaulas de esclavos
y Mammon devora nuestros hijos e hijas.
Envueltos en llamas rojas, caen de sus garras a la muerte
y la muerte los recibe a todos…
en este día de descanso
cuando una avalancha de sangre roja y fuego
brota del máximo dios del oro
así como mis lágrimas brotan torrenciales.
¡Al diablo los ricos!
¡Al diablo el sistema!
¡Al diablo el mundo!

La tormenta empapó a la multitud de cientos de miles en el día del funeral. Gente trabajadora vestida de negro marchó por las calles con sufragistas damas, con gran cantidad de transeúntes y personas solidarias en las aceras.

El diario “América” comentó: “Cuando la manifestación llegó a Washington Square, al ver el edificio Asch, las mujeres rompieron a llorar. Un largo y doloroso lloro, la unión de miles de voces, una especie de tormenta humana en una tormenta primordial, un lamento que era la expresión más impresionante de dolor humano que jamás se había escuchado en la ciudad“.

Los capitanes de la policía movilizaron sus fuerzas, temerosos de perder el control de Washington Square o de toda la ciudad.

 

 

El legado de la fábrica Triangle

 

Es un hecho inequívoco que millones de hombres y mujeres de los Estados Unidos trabajan hoy en lugares que cada año cobran vidas y salud, tan inevitable y tan despiadadamente como cambian las estaciones del año“. (Revista “Solidarity“, 1904)

Consideramos que la concentración de negocios, industrias y empresas en las manos de unas pocas personas es beneficiosa y esencial para el futuro de la raza, y que es necesario dar cabida a grandes desigualdades de riqueza y propiedad“. (Andrew Carnegie, dueño de la U.S. Steel)

 

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El incendio provocó gran debate y lucha en la clase dominante. Muchos dueños de fábricas afirmaban que la “regulación del gobierno” era antiestadounidense e inconstitucional. Poderosas fuerzas de la clase dominante se apresuraron a protegerse a sí mismos y al sistema del enorme peligro que se gestava en los guetos de Nueva York. Las costureras Inmigrantes de Nueva York forjaban una poderosa fuerza consciente de clase contra la brutalidad del sistema, con su experiencia en otros países y el vigoroso trabajo de organización de los revolucionarios y de los socialistas. Comenzaban a promover una nueva corriente revolucionaria dentro de la clase obrera estadounidense.

Fuertes presiones empujaban a los gobiernos municipales, estatales y federales a hacer reformas. Comisiones oficiales realizaron investigaciones (CPIs) sobre las minas y los talleres del país y la muerte de miles de trabajadores, cada año, en la producción capitalista. El consejo municipal (ayuntamiento) de Nueva York y las cámaras de algunos estados aprobaron leyes de protección y códigos de seguridad, contrataron inspectores e idearon nuevas técnicas para combatir los incendios.

Pero la verdad es que después del incendio de la fábrica Triangle, la maquinaria capitalista seguió moliendo y exprimiendo despiadadamente a los trabajadores, a pesar de las reformas y de las nuevas leyes. En tres días, Harris y Blanck, los propietarios de la Triangle, comenzaron de nuevo en un edificio de University Place. Bloquearon rápidamente la única escalera de incendios con dos filas de máquinas de coser. Ocho meses después, los tribunales los absolvieron de toda culpa en el incendio. Los medios de comunicación capitalistas echaron la culpa a una trabajadora que fumaba, sin presentar ninguna prueba.

Desde 1911, el capitalismo siguió expandiéndose como un cáncer fuera de control, penetrando y reestructurando la vida humana del planeta con una plaga de muertes industriales, envenenamientos, explosiones, dolencias pulmonares y condiciones dantescas para los trabajadores.

En los últimos diez años, el desenfrenado crecimiento de nuevos enclaves de fábricas generó nuevas “masacres industriales” semejantes a la de la fábrica Triangle. En 1991, 25 empacadores de pollo murieron quemados detrás de las puertas atrancadas en Hamlet, Carolina del Norte, en una fábrica “moderna”, sin equipamiento de prevención ni alarmas de incendio. En 1993, murieron 188 trabajadores carbonizados detrás de las puertas candadas en la fábrica de juguetes Kadar, en Tailandia. El 31 de enero de 2000 murió el modisto Bienvenido Hernández y quedaron heridos varios compañeros en un incendio de un edificio de ocho plantas en la calle 36 de Manhattan.

Hoy, el incendio de la fábrica Triangle sigue siendo un ejemplo contundente de la desalmada naturaleza del capitalismo, que no cambió ni un ápice en el último siglo.

Después de ver el documental de la PBS sobre el incendio de la Triangle, Sandra, una costurera de Los Angeles, dijo: “¡Lo que estamos viendo ocurrió en 1911, ahora estamos en 2000, y nada en absoluto ha cambiado!, ¡Estamos más apretados! Hoy hay maquinaria y tecnología avanzada y se supone que el trabajador debería tener mejores condiciones de trabajo. Después del incendio se luchó por mejores regulaciones y se supone que debería trabajar en mejores condiciones, ocho horas y recibir el salario mínimo. Si existen estas leyes, ¿dónde están?“.

Las costureras de la Triangle y sus compañeras de Nueva York dejaron un poderoso legado de lucha que se celebra cada año. En 1910, las delegadas de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague proclamaron el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer en honor al Levantamiento de las veinte mil y las trabajadoras de Nueva York.

En el año del incendio de la Triangle se celebró por primera vez el Día Internacional de la Mujer en las calles de Alemania, Austria, Dinamarca y otros países.

Al recordar a las mujeres que tomaron las calles en el levantamiento y aquellas murieron en la fábrica Triangle, Sandra dice: “Mira, es demasiado pesada la cadena que nos ata hoy. La mujer siempre piensa en sacar adelante la familia y sabe lo que es luchar por otros. Ella vive bajo la opresión de generaciones y sabe que su hija seguirá el mismo camino, ya está hecho. Cuando la mujer lucha por lo general, lucha con una visión más amplia, con más ímpetu, con una fuerte motivación de que si unimos nuestras luchas, nuestra situación puede cambiar. Eso es lo que vimos en el levantamiento de las veinte mil. Esa lucha desató otra lucha por mayores cambios. No luchaban por ellas mismas, sino por todos los pobres“.

En honor a las luchadoras de nuestra clase, en memoria de nuestros muertos en el incendio de la Triangle, decimos el Día Internacional de la Mujer: ¡Romper las cadenas! ¡Desencadenar la furia de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de anovademocracia.com.br

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