El gran vencedor

Bandera Reichstag

 

El 8 de mayo de 1945, hace 70 años, numerosos contingentes del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tomaron la capital del Tercer Reich, Berlín, terminando prácticamente el gran conflicto mundial, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad que dejó un rastro de destrucción y muerte sin precedentes. Derrotando definitivamente al nazismo, hasta entonces la cara más reaccionaria del poder imperialista, las fuerzas populares y antifascistas de todo el mundo, lideradas por la URSS, habían alcanzado una extraordinaria victoria. Se dieron pasos firmes y enérgicos hacia la construcción de un mundo nuevo.

Sin embargo, el verdadero gestor de los terribles conflictos que debastaron el planeta, el vientre que había producido el monstruo nazi, no fue definitivamente extirpado. El imperialismo se mantuvo vivo y con prontitud, el horror de las guerras mundiales por repartirse el mundo y la rapiña continuó desarrollándose, volviéndose más agresivo y sanguinario.

La Segunda Guerra Mundial fue, hasta hoy, el más brutal conflicto armado de la historia. En ella perdieron la vida cerca de 47 millones de personas, además de haber sido arrasadas ciudades enteras, principalmente en Europa y Asia. Iniciada oficialmente el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, este nuevo enfrentamiento había sido preparado por las potencias imperialistas desde el fin de la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918.

En su análisis sobre el imperialismo, Lenin, el gran jefe de la Revolución Soviética, se expresó así en relación a las guerras en la etapa imperialista: “Los acuerdos firmados al final de una guerra son el punto de partida de un próximo conflicto“. La historia confirmó la veracidad de estas palabras más rapidamente de lo que muchos imaginaban. Europa, 21 años después devastada, volvió a ser escena de otra sangrienta disputa interimperialista que, sin embargo, no se limitaba a un solo continente.

A diferencia de la Primera Guerra Mundial, donde la disputa por el intercambio de las colonias era el único centro de las preocupaciones imperialistas, en los conflictos de 1939-1945, eran perseguidos dos objetivos principales: por un lado, los dueños del capital financiero luchaban desesperada e inmediatamente por el nuevo reparto de las riquezas mundiales. Por otra parte, los grandes monopolios internacionales, insatisfechos con el antiguo reparto, estaban interesados en destruir a hierro y fuego el primer Estado socialista de la historia, la Unión Soviética.

Tratando de contener la enorme crisis económica y social en la que se hundían, los mismos contendientes de la Primera Guerra Mundial se preparaban para una nueva disputa. Las señales de un nuevo y más terrible conflicto aparecieron en los primeros años de la década de los 20′: el ascenso del fascismo, la forma más cruel de la dominación del capital financiero sobre los pueblos. Y este fenómeno social propio de la época del imperialismo tendría un papel decisivo en los acontecimientos futuros.

 

 

Surge el nazi-fascismo

 

La situación de las potencias imperialistas después de la Primera Guerra Mundial no era nada alentadora. Devastadas por la destrucción de los bombardeos, económicamente arruinadas y enfrentando la furia revolucionaria de los pueblos en sus territorios, esas áreas donde históricamente se concentraba el poder del gran capital, estaban gravemente amenazadas en varios países, sobre todo en Italia, Alemania y Hungría. La revolución socialista de octubre, llevada a cabo a finales de 1917 por los obreros y campesinos rusos, bajo la dirección del Partido Bolchevique, se había convertido en el camino de las masas que luchaban contra la explotación. La nueva revolución retiró de las garras imperialistas 1/6 del territorio mundial y una población de unos 70 millones de personas.

Había también los vergonzosos tratados impuestos a las naciones derrotadas en la guerra (como el Tratado de Versalles), que traían consigo la obligación de pagar a los ganadores fuertes indemnizaciones, lo que traía más miseria, hambre y desempleo en los países vencidos.

Se dibujaban dos tendencias: la revolución -que avanzaba en medio del caos en el que se encontraban tales naciones- y las corrientes más reaccionarias de la burguesía, que se fortalecerían oponiéndose a la causa popular. Esta última se impuso en la disposición de fuerzas hasta 1942, cuando la defensa de Stalingrado se convirtió en contraofensiva del Ejército Rojo, creando una “apisonadora” ininterrumpida hasta Berlín, en 1945. En medio de la crisis sin precedentes en la que se enredaba, la gran burguesía monopolista de varios países europeos consiguió organizar una nueva orden para combatir la revolución y formar coaliciones convertidas en otras, sucesivamente. buscando la división del mundo que más les convenía, más allá de la disputa por la hegemonía. Fue Italia, en 1919, quien primero constituyó el sistema ultraderechista en las nuevas formas de imperialismo. Después de eso, el modelo fue adoptado por varios Estados “nacionales” como Alemania, España y Portugal, después Hungría, Bulgaria y Rumanía, y a continuación, Japón.

El revolucionario búlgaro Georgi Dimitrov, un digerente del proletariado internacional, en su intervención en el VII Congreso de la Internacional Comunista en 1935, dijo que el fascismo “es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y el sector revolucionario de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo, en política exterior, es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos“. Toda la política de los gobiernos fascistas, de este modo, se vuelve contra su propio pueblo y contra los demás países, intensificando los conflictos entre las potencias imperialistas y su resolución por medio de las armas.

El imperialismo lleva a las últimas circunstancias el nacionalismo burgués y el anticomunismo. Resucita el más desmoralizado misticismo, se sirve del misticismo y de la demagogia. Busca ayuda en las doctrinas, teorías e instituciones correspondientes despreciadas por la humanidad.

En medio de la enorme crisis económica/financiera que estalló en el mundo a partir de 1929, conocida como la “gran depresión”, el fascismo ganó más terreno y se consolidó como la política preferida del imperialismo para cargar los costos de su crisis sobre las espaldas de las masas trabajadoras. En esa época aparece en escena Hitler y su partido nazi (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes – NSDAP) que, apoyado por los principales conglomerados industriales y financieros alemanes (Krupp, Siemens, Bayer y muchos otros), asciende al poder en 1933 y pasa a desencadenar violentos ataques contra los comunistas y los demócratas de ese país para, luego, pasar a amenazar y agredir a los demás pueblos de Europa. En este clima de tensión mundial y de agudizamiento de las contradicciones interimperialistas se desarrolla toda la década de los 30′.

 

 

Se prepara la guerra

 

Incumplimiento de tratados, provocaciones, sabotajes y la firma de muchos pactos político-militares era la tónica de la década anterior a la Segunda Guerra Mundial. Algunas de las principales operaciones bélicas que hicieron acelerar su estallido datan de esta época. Se pueden destacar dos actos brutales como los más importantes de la época, anunciando al mundo las intenciones de los colonialistas nazi-nipo-fascistas:

En 1931 Japón, después de la violenta ola de asesinatos y purgas de comunistas y demócratas en su país, invade por el norte el territorio de China, región de Manchuria, estableciendo allí un gobierno títere. Esto avivó la disputa imperialista por uno de los países más ricos y poblados de la tierra.

El 27 de enero de 1933, en Berlín, es incendiado el Reichstag (parlamento alemán) por elementos vinculados al partido nazi, que inmediatamente utilizó tal acto para iniciar una sangrienta persecución a las fuerzas populares alemanas y consolidar el régimen de terror que había tomado el poder en aquel país.

Debido a esto, se intensificó el rearme de los ejércitos de todo el mundo. Llendo más lejos con su política belicosa, las principales potencias imperialistas llevaron a cabo pequeños ataques destinados a construir un escenario internacional favorable a sus planes: además de la invasión de Manchuria y de la masacre contra la población china perpetrada por los japoneses, los fascistas alemanes e italianos financiaron y apoyaron a los ejércitos reaccionarios del español Francisco Franco, que aplastó -a pesar de la heroica resistencia del pueblo de España- la reciente República instaurada en este país en el año 1936. Italia, en ese mismo año, también invade Etiopía y, finalmente, la Alemania de Hitler se apodera de la región de los Sudetes, presionando después a los gobiernos de Inglaterra y de Francia para, en 1938, invadir Checoslovaquia, en una acción ratificada en el vergonzoso episodio conocido como “Acuerdo de Munich“, celebrado entre Chamberlain, Daladier y Hitler, los jefes de Estado de los tres principales países europeos.

Sin tomar ninguna acción concreta contra la desenfrenada expansión nazi, las demás potencias imperialistas tomaron claramente posición a favor de una nueva guerra. Apaciguando a Hitler, facilitaban el rearme de la Wehrmacht y la finalización de los preparativos político-militares de Alemania que, creían, en el caso de una guerra próxima llevaría sus cañones principalmente contra la Unión Soviética, aniquilándola. La destrucción de este país, en la época de la patria internacional de los trabajadores, era de interés de todo el mundo capitalista. Sin embargo, las previsiones imperialistas estaban parcialmente erradas.

 

 

Se enfrentan las coaliciones

 

El 1 de septiembre de 1939, continuando su expansión, los nazis invaden Polonia. Inmediatamente, Inglaterra y Francia le declaran la guerra, iniciando un conflicto que durará seis años e implicará de modo directo a 72 países, divididos entre las dos principales coaliciones militares: de un lado el Eje, con los fascistas de Alemania, Italia y Japón al frente; y del otro, los Aliados, integrados por Inglaterra y Francia, en un principio, y después también por la Unión Soviética y EE.UU..

Infinitamente mejor equipadas y entrenadas para la guerra que sus primeros rivales, las fuerzas del imperialismo alemán comienzan el avance sobre Europa a una velocidad y violencia hasta entonces desconocidas. Adoptando como estilo militar la blitzkrieg (guerra relámpago), los nazis invaden y saquean -en pocos meses- los territorios de Hungría, Bulgaria, Rumania, Francia, Holanda y Bélgica, estableciendo allí gobiernos colaboracionistas. Sólo Inglaterra no había sido sitiada, pero sufría con el bombardeo de sus ciudades.

El trabajo de la quinta columna, una asociación entre los agentes nazis y traidores de varios países, fortaleció el avance del imperialismo alemán. La Gestapo había comprado un sin número de traidores distribuidos en puestos clave de los gobiernos en los países que pretendía ganar militarmente, minando la capacidad de resistencia adversaria. Con estos artifícios fue conquistada la parte occidental de Europa, la cual el Alto Mando alemán denominó “Fortaleza Europa“.

Solamente después de haber destruido las potencias europeas en su retaguardia, fue cuando los imperialistas alemanes decidieron cambiar el centro de gravedad de la guerra hacia el frente oriental, en dirección a la URSS, y ocupar allí un inmenso territorio sin tener que compartirlo con competidores. Los nazis esperaban encontrar un país debilitado e inmerso en luchas internas, presa fácil para sus divisiones sangrientas.

 

 

Ataques a la URSS

 

En la primera fase de la guerra (septiembre de 1939 a junio de 1941) los nazis no encontraron adversarios a la altura en Europa. Sorprendieron también a Dinamarca, Noruega, Yugoslavia y Grecia, además de instalarse durante algún tiempo en el norte de África. Sus tropas de ocupación controlaban una inmensa franja de tierra, nuevas colonias, cuyos pueblos el Reich esclavizaba para su industria de guerra. Faltaba la conquista de la Unión Soviética, enemiga acérrima del fascismo y poseedora de una infinidad de riquezas humanas y materiales que interesaban a las corporaciones alemanas.

Los nazis pensaban que las potencias mundiales ya habían infligido a la URSS suficientes glopes diplomáticos y económicos llevándola al debilitamiento y al aislamiento. Aún así, el 14 de diciembre de 1939, los soviéticos son expulsados de la Liga de las Naciones y casi todos sus diplomáticos regresaron a su país de origen. También en 1940, Finlandia, estimulada por la reacción internacional, viola la frontera rusa y pasa a realizar provocaciones, creando en la escena internacional un clima propicio para constantes agresiones contra la patria socialista.

Hitler esperaba sorprender a los soviéticos y conquistar Moscú en pocos meses. Sin embargo, cuando el gobierno soviético aceptó firmar el pacto germano-soviético de no agresión, neutralizaron momentáneamente las intenciones del Reich, tiempo suficiente para llevar a una gran cantidad de trabajadores y fábricas al interior de las líneas defensivas más alejadas, garantizando el desarrollo de las bases materiales de la resistencia. Frustrando los planes de los agresores, los pueblos de la Unión Soviética y el Ejército Rojo se convirtieron en poderosos enemigos del bloque nazi-fascista y de los posibles ataques combinados de otras potencias. Para la desesperación de los imperialistas en general, los intentos de infiltración, espionaje y terrorismo dirigidos contra el pueblo soviético, sus fuerzas armadas y la industria socialista soviética fracasaron. La quinta columna contrarrevolucionaria en Rusia fue detectada por el pueblo y destruída a tiempo, al contrario de lo que ocurrió en Francia y en otros países europeos.

 

 

Defensa y contraataque soviético

 

La invasión de la URSS se lleva a cabo el 22 de junio de 1941, cuando Alemania rompe el acuerdo de no agresión, sin declaración de guerra, y abre, al este, su más amplio frente. A pesar de algunos éxitos iniciales conseguidos en territorio soviético, las tropas de Hitler son obligadas a disminuir la marcha ante la resistencia soviética. Para detener el avance del enemigo, que había concentrado en el frente oriental más de la mitad de sus efectivos -cerca de 4 millones de soldados entre alemanes y aliados del Eje, equipados con el grueso de los tanques y aviones de la Wehrmacht- los soviéticos combinaron diversas formas de lucha dentro de la estrategia general.

Las líneas de defensa del territorio en la URSS fueron colocadas una detrás de la otra, de manera concéntrica, a diferencia de lo que ocurrió en Europa, deteniendo el rápido avance deseado por el enemigo. El Ejército Rojo y el pueblo organizaron la retirada al oeste del país, tomando todo lo que pudiese ser utilizado en la guerra e incendiando los equipos restantes, entregando a los nazis el control de las zonas casi inútiles. La retirada combinaba la acción de la guerrilla (los vengadores del pueblo) en las regiones controladas por los alemanes. Fustigamentos y sabotajes constantes y eficientes, inmovilizaban a innumerables soldados nazis en su propia retaguardia.

Los fascistas alemanes, en cuatro meses, alcanzaron grandes regiones soviéticas. Ciudades importantes como Sebastopol, Odessa, Kiev, Minsk y Novgorod cayeron en poder de los nazis, además de Leningrado, completamente cercada. A costa de inmensas pérdidas, los nazis llegaron hasta las afueras de la capital de Moscú en noviembre de 1941. Allí, avistando la ciudad, las tropas invasoras fueran bloqueadas por una resistencia que jamás se habían encontrado. Incluso bajo los bombardeos intermitentes, las fuerzas del Ejército Rojo y los civiles moscovitas defendieron Moscú con tal audacia que transformaron la ofensiva nazi en una retirada desesperada, casi estampida general. Así fue la primera derrota de la blitzkrieg.

 

 

Viraje histórico

 

La defensa de Moscú marcó definitivamente el curso de la lucha contra el nazi-fascismo. Millones de personas en el mundo entero esperaban expectantes el resultado de esta batalla, especialmente en los países que vivían bajo el dominio nazi. A partir de la victoria soviética en este frente, los combates cobraron un nuevo impulso. Las futuras victorias de los pueblos contra las fuerzas de agresión alemanas, japonesas e italianas ya se podrían contemplar, aunque todavía distantes. Incluso contando con una espectacular máquina de exterminio, y disfrutando de una posición extremadamente privilegiada en el escenario de guerra, el Alto Mando de las fuerzas alemanas comenzó a sentir los primeros y destructivos golpes. Hitler no lograba alcanzar sus dos objetivos principales en suelo soviético -conquistar Moscú y Leningrado, los centros del país- y permanecía en sus primeras posiciones, fustigado constantemente. Al norte de África, las tropas británicas vencían al África Korps, comando especial de las SS (tropas de élite alemanas) que había conquistado parte de Egipto y  países vecinos. La inesperada entrada de los EE.UU. en la guerra contra el Eje se constituía en otra victoria de la diplomacia y ejército soviéticos.

A los nazis sólo les quedaba la posibilidad de romper la defensa soviética con un mayor y más devastador ataque, esta vez en el frente sur, hacia el río Volga, en cuyas orillas se encontraban importantes centros petrolíferos como Baku, Grósni y Stalingrado que, además de ricas en combustibles, ofrecían movimientos estratégicos para el frente de Moscú.

 

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Así, la conquista de Stalingrado se convirtió en una cuestión decisiva para los dos contendientes. Cerca de dos millones de soldados de ambos bandos se concentraron en la ciudad, que, en aquella época, tenía una población de 600.000 personas.

A pesar de la superioridad técnica nazi, Stalingrado no cayó y se convirtió en la mayor hazaña militar de toda la historia de las guerras. Negándose a ceder un palmo de tierra de la ciudad, los soviéticos desarrollaron una resistencia hasta tal punto activa que, al final, avanzaron en dirección al 6º ejército nazi, imponiendo una derrota sin precedentes a las fuerzas nazis. El 31 de enero de 1943, después de firmar la capitulación alemana en este frente por el mariscal de campo Von Paulus, nadie más tenía dudas de que un sensacional viraje histórico se estaba llevando a cabo durante la guerra.

 

 

La “Apisonadora”

 

La defensa activa se convirtió en una contraofensiva general en todos los frentes. Un avance de tropas que el mundo maravillado llamaba Apisonadora. Los poderosas conquistas soviéticas en su Guerra Patriótica, desde el frente oriental, empujó a las fuerzas nazis cada vez más adentro de su propio territorio. Repelido el ataque a la ciudad de Kursk, en la llamada Operación Ciudadela, el Ejército Rojo pasó a tomar la iniciativa en los combates y a concentrar un aparato militar siempre mayor, liberando al final de cada batalla, pueblos y aldeas anteriormente ocupadas por los fascistas. En un espacio de seis meses, fueron reconquistadas las ciudades de Oriol, Belgorod, Kiev -la capital ucraniana-, entre otras. El 14 de enero 1944 fue liberada Leningrado después de 900 días bajo asedio alemán. En julio, los libertadores soviéticos llegan a Polonia, y con los patriotas polacos liberan Varsovia.

El avance del ejército dirigido por el proletariado revolucionario alcanza las tierras del este europeo y, en cada ciudad y país que se liberaba, surgían levantamientos populares que desembocaban en el establecimiento de regímenes democráticos. Polonia, Rumania, Yugoslavia, Albania, Bulgaria y Hungría fueron, después de su liberación, transformándose en Democracias Populares. Los gobiernos colaboracionistas de estos países caían de uno en uno frente al proletariado armado, convirtiéndose en ciudadelas antifascistas.

 

 

El otro lado de Europa

 

A medida que la guerra tomaba otro rumbo en el frente germano-soviético, en la parte occidental de Europa el dominio nazi-fascista perdía sus fuerzas. En Italia, Francia y Grecia, principalmente, las masas populares desarrollaron poderosos movimientos guerrilleros, los cuales minaron el dominio alemán a través del aniquilamiento de oficiales de la Wehrmacht, del sabotaje de la producción bélica, en el corte de las líneas de suministro, etc.

Los partisanos, nombre dado a los guerrilleros antifascistas en estos países, protagonizaron escenas de heroísmo y decisiva importancia en la liberación de sus patrias. En los levantamientos de masas que tuvieron lugar en París y Roma en 1945, por ejemplo, el comando de operaciones de aniquilación del fascismo ayudó a estos grupos revolucionarios, combinando sus acciones con el movimiento de las divisiones aliadas a las puertas de las ciudades. Los ejércitos aliados al Ejército Rojo de la Unión Soviética llegaron al continente europeo el 6 de junio de 1944, fecha conocida como el Día D, en el desembarco de 100.000 hombres en el norte de Francia, región de Normandía, para participar en los últimos enfrentamientos.

En los meses finales de 1944, el avance de los Aliados en suelo francés, permitió acorralar a los ejércitos fascistas en sus últimos reductos. En Italia, las fuerzas angloestadounidenses y los guerrilleros consiguieron derrotar el fascismo, incluso estos últimos capturaron “Il Duce” Benito Mussolini, fusilándolo. En sus antiguas posiciones en Occidente, antes tan favorables, los alemanes apenas resistieron los primeros ataques de las fuerzas de la coalición antifascista -incluyendo aquí al contingente brasileño de la FEB (Fuerza Expedicionaria Brasileña)- y poco a poco fueron vencidos, encarcelados y perseguidos dentro de sus fronteras. El año 1945 marcaba el final del anunciado Reich de mil años que, por todos los lados, se veía rodeado.

 

 

La victoria final

 

Una a una las ciudadelas alemanes y japonesas (las únicas que quedaban del imperio fascista) fueron golpeadas en el centro de Europa y Asia. En China, el Frente Único Antijaponés, dirigido por el Partido Comunista de Mao Tse-tung, conseguía espectaculares victorias. Casi todo el país fue liberado de la tiranía colonial nipona, incluso antes de los combates finales en Europa. En el frente alemán, las tropas del Ejército Rojo sitiaban ciudades y regiones enteras desde el este, y entreban en Berlín a principios de mayo. Después de encarnizados combates con las últimas divisiones nazis, la toma de posesión completa de la capital alemana se produjo casi simultáneamente con la entrada en los suburbios, al oeste de la ciudad, de las fuerzas anglo-estadounidenses. El 8 de mayo, los nazis, completamente batidos, firmaban su capitulación incondicional, cesando inmediatamente las hostilidades. Estaba consagrada la lucha del pueblo de la URSS y de las demás masas populares oprimidas por el fascismo, en otras partes del mundo. En las diversas batallas, se perdió mucho. Millones de muertos y una legión de mutilados permanecerían como el saldo de la guerra, pero el imperialismo sería golpeado para siempre: aunque su fin no hubiese llegado en las luchas de la Segunda Guerra Mundial. Los pueblos de todo el mundo habían aprendido -por el ejemplo imperecedero de la Unión Soviética- que no importa la ferocidad y el aparente poderío del enemigo. Las masas obreras todo los pueden vencer.

 

 

Acta de capitulación militar

 

1.- Los abajo firmantes, en nombre del Alto Mando Alemán, aceptamos la capitulación sin condiciones de todas nuestras fuerzas armadas de tierra, mar y aire y de todas las fuerzas que están, en este momento, bajo el mando alemán, ante el Alto Mando del Ejército Rojo y el Alto Mando de las fuerzas expedicionarias aliadas.

2.- El Alto Mando alemán dará inmediatamente órdenes a todos los comandantes alemanes de las fuerzas de tierra, mar y aire, así como a todas las fuerzas subordinadas al mando alemán, de cesar las operaciones a las 23:01 del 8 de mayo de 1945, hora de la Europa central y de permanecer en los lugares donde se encuentren en ese momento, deponer las armas, entregar el armamento y el equipo militar a los comandantes de las tropas aliadas del lugar, o a los oficiales designados por los representantes del Alto Mando aliado; no destruir y no dañar barcos, buques y aviones, sus motores, cascos y equipos, así como máquinas, armas, dispositivos y medios técnico-militares de conducción de la guerra en general.

3.- El Alto Mando alemán designará inmediatamente los correspondientes jefes y garantizará el cumplimiento de todas las órdenes posteriores dictadas por el Alto Mando del Ejército Rojo y el Alto Mando de las fuerzas expedicionarias aliadas.

4.- Esta acta no será utilizada como impedimento para ser sustituida por otro documento general sobre la capitulación acordada por las naciones aliadas o en su nombre y aplicable a Alemania y a las fuerzas armadas alemanas en general.

5.- Si el Alto Mando alemán o cualquiera de las fuerzas armadas subordinadas a él no actuaran de acuerdo a la presente acta de capitulación, el Alto Mando del Ejército Rojo, así como el Alto Mando de las fuerzas expedicionarias aliadas emprenderan medidas punitivas u otras acciones que consideren apropiadas.

6.- La presente acta está en ruso, inglés y alemán. Sólo son auténticos los textos en ruso e inglés.

Firmando la capitulación

 

Firmada el 8 de mayo de 1945, en Berlín.

En nombre del Alto Mando alemán:
Keitel, Friedeburg, Stumpff

Presentes:
A cargo del Alto Mando del Ejército Rojo,
Mariscal de la Unión Soviética,
G. Zhukov

A cargo del Alto Mando de las fuerzas expedicionarias aliadas,
Mariscal de Aviación,
W. Tedder

Presenciaron la ceremonia de firmas, como testigos:
El comandante de las fuerzas aéreas estratégicas norteamericanas,
C. Spaatz

El comandante en jefe del ejército francés,
J. Latre de Tassigny

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de anovademocracia.com.br

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