La rebelión del cacique luminoso

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La historia “oficial” de la conquista del Paraná y Paraguay por los españoles en el año 1500, escrito por las clases dominantes, siempre trató de ocultar o minimizar las valientes luchas de resistencia libradas por los indios, especialmente los guaraníes. Uno de ellos, prácticamente desconocido por los propios paranenses, fue una singular revuelta encabezada por el cacique Oberá (Vera en guaraní, que significa Luminoso, Resplandeciente).
Consciente de la dificultad de vencer a los europeos por las armas, Oberá desató una de las primeras “huelgas” de las que se tiene noticia en América. Una huelga general, total, en la que los indios se negaron a continuar trabajando para los españoles, dedicándose exclusivamente a danzar y cantar durante días, semanas, meses…

La poca información existente acerca de la llamada Rebelión de Oberá proviene principalmente de los poemas de Martin del Barco Centenera, publicados en 1602, calificados por muchos estudiosos como artísticamente malos e históricamente tendenciosos, pro-hispanos.

Según Bartomeu Meliá, en su libro “El guaraní conquistado y reducido” (1993), el movimiento indígena comenzó en 1578-1579, en la región de Guarambaré, en las proximidades de Asunción, capital de Paraguay. Pero pronto se expandió al actual territorio de Paraná, a orillas del río Paraná, probablemente la mayor área de la provincia de Guaira, que abarca el oeste y también partes del centro, norte y todo el noroeste del actual estado de Paraná.

Intérprete de la opresión en que vivían los Guaraní, Oberá, con su rara elocuencia, verdadero señor de la palabra, ofrecía a su gente que los libertaría de la sujeción de los españoles“, dice Melia.

Liderados por este cacique, cuyo nombre en guaraní era Vera, Luminoso, Resplandeciente (los españoles pronunciaban Berá), los indígenas protagonizaron una revuelta extremadamente singular. Una especie de “huelga” general, a través de la cual se negaron a seguir trabajando para los gobernantes, comenzando a cantar y bailar continuamente. Meliá dice que practicaban la conocida “danza ritual guaraní“.

Barco Centenera, dice en su poema: “…(Los indios) ya no iban al servicio como antes, pues (Oberá) a todos la libertad prometía… Él mandó que cantasen y bailasen, de suerte otra cosa no hacían

Otra señal del movimiento guaraní contra los españoles fue el rechazo a la religión de los invasores, el catolicismo. Los rebeldes de Vera hicieron innumerables ceremonias de “despostismo”, renegando de los nombres cristiano-europeos que habían recibido de los opresores y volviendo a usar sus nombres indígenas.

Hoy, todavía son muy importantes los rituales de nominación dentro de la cultura guaraní. Bartomeu Meliá explica que, a diferencia de los occidentales, un indígena de esta étnia no es “llamado” por este o aquel nombre, sino que él “es” su propio nombre.

Mientras las autoridades españolas, con sede en Asunción, mostraban su desconcierto frente a la tan inusual rebelión, esta se expandía rápidamente no sólo rumbo a Paraná, sino también al sur y al norte de la capital paraguaya, llegando a la cuenca del río Ypané.

Según Barco Centenera: “…estaba la tierra agitada en todo el (río) Paraná y alrededor…

Fue sólo con la llegada del capitán Juan de Garay que los españoles reaccionaron. Las tropas fueron a las aldeas para llevar a los indios de vuelta al trabajo. Pero, al contrario de lo que planeaban los atacantes, el líder de los rebeldes, el cacique Luminoso, nunca fue encontrado.

Cuenta Barco Centenera, con su óptica pro-hispana: “…Así se fue tras él de mano armada, pero como este tenía (indios) corredores y gente siempre alerta, viendo la fortaleza conocida del enemigo, se dio a la fuga…“.

Vera simplemente desapareció, sin dejar rastro” dice Melia. Pero es posible que haya seguido actuando de algún modo, pues el propio Meliá registra, como hecho interesante, que los cuatro mestizos -entre ellos un hijo de portugués- trataron de mantener la Rebelión Oberá durante algún tiempo, después del ataque de Garay.

El ejemplo de Vera realmente parece haber permanecido, pues en 1589, en Paraguay, los indios de Acahay, Tebicuary y Yvyturusú se rebelaron de la misma manera. Todo “debido a ciertos cantantes que, con sus canciones, los llevan a cometer algunas ceremonias y ritos mediante los cuales se apartan del servicio de Dios y no vienen más que para servir a sus encomenderos (patrones españoles)“, relata el viejo diario de un capitán, reproducido por Juan Francisco Aguirre, en 1949, en la Revista de la Biblioteca Nacional de Argentina.

 

 

En los Andes

 

Es curioso constatar que más o menos en la mismo época de la rebelión de los guaraníes de Paraguay y Paraná -con pocos años de diferencia- había un movimiento similar entre los indios de los Andes.

El peruano Manuel Burga en su libro “Nacimiento de una utopía – Muerte y resurrección de los incas” (1988) registra la aparición de una rebelión llamada Taki Onqoy,  la expresión es quechua, lengua hablada por los incas y buena parte de los grupos étnicos andinos, que significa ” Enfermedad del baile” o “Baile enfermo”.

Durante un largo tiempo (entre 1564 y 1572), el Taki Onqoy también albergó una especie de “huelga”, con la práctica ininterrumpida de cantos y bailes. Según Burga, los líderes de la revuelta, llamados taquiongos, predicaban el fin de la cooperación indígena con los invasores españoles y su iglesia, la destrucción del mundo creado por los europeos, el final de las injusticias y el regreso a la reciprocidad y a otros valores culturales y religiosos los pueblos nativos de los Andes.

 

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El movimiento, inciado probablemente en Huamanga, en Perú, se extendió a otras localidades peruanas como Arequipa y Lima, llegando también a La Paz y Chuquisaca, en la actual Bolivia. De este movimiento participaron “mujeres, hombres, jóvenes, viejos, curacas (especie de caciques), campesinos, indígenas de los ayllus (comunidades originarias del sistema Inca) y yanaconas (sirvientes indios)“, relata Burga. Según él, “lo peculiar es que más de la mitad de los taquiongos eran mujeres“.

Los gobernantes españoles, dirigidos por Cristóbal de Albornoz, sólo lograron sofocar la rebelión siete años después del inicio.

 

 

Estas tierras tenían dueños*

 

Al principio todo representaba un paisaje salvaje. El corazón de la tierra virgen, recubierto de bosques seculares, albergaba tesoros inestimables de fertilización y fertilidad listos para proporcionar cosechas dadivosas (….) En primer lugar, estaba la tierra protegida por el inmenso bosque. Y poco a poco el bosque, tan exuberante e impenetrable, dio paso a aquellos hombres intrépidos y valientes“.

Frases como estas, de diferentes autores, son comunes en los escritos, oficiales o no, sobre el norte y otras regiones del Paraná reocupadas por la sociedad nacional y paranaense en los siglos XIX y XX.

Se construyó la idea de que estos territorios indígenas estaban vacíos, deshabitados y listos para ser ocupados. Esta construcción se llevó a cabo dentro de los marcos de expansión capitalista que incorporaron estas nuevas áreas a su sistema de producción.

Los agentes de esta construcción son muchos: desde la historia oficial de las empresas colonizadoras; los discursos del gobierno; los escritos que hacen apología a la colonización; los geógrafos que escribieron sobre la ocupación en las décadas de los 30 a los 50 del siglo XX; la historiografía paranense producida en las universidades y, por último, los libros de texto que, utilizando estas fuentes, repiten para miles de estudiantes del Estado la idea de que las tierras indígenas de la tercera meseta del Paraná constituyen un enorme “vacío demográfico” listo para se ocupado por los pioneros.

Con esto se retira, se elimina a propósito de la historia a los pueblos indígenas que vivieron aquí y resistieron la conquista de sus tierras y la destrucción de su forma de vida.

Eliminando a los pueblos indígenas como sujetos activos de la historia, nos damos cuenta de que los territorios situados entre los ríos Paranapanema, Tibagi e Ivaí, hoy denominados desde el norte al noroeste de Paraná, fueron ocupados desde tiempos inmemoriales.

Desde la llegada de los europeos al nuevo continente, se inició la guerra de conquista contra los pueblos indígenas que vivían aquí. “Guerra” entendida en el sentido dado por Antonio Carlos de Souza Lima: un proceso que requiere una organización militar conquistadora que actúe en nombre de un dios, una nación, un rey, un imperio, etc. Un pueblo donde se origina el conquistador y que le da una identidad social y una dirección común. Y el botín, compuesto por el pueblo conquistado con sus tierras y riquezas que son comercializadas.

Y “conquista”, cuando parte del pueblo conquistador se fija en los territorios conquistados; hacen la exploración sistemática del botín y empiezan a servir los elementos básicos de la cultura invasora a través de instituciones diseñadas para ello.

A menudo, los conquistadores fueron derrotados, como en 1601, cuando Hernán Arias de Saavedra luchó contra los indios de una parte del Guaira y fue derrotado por los guerreros de Guairacá. (NR: Se dice que el lema de este cacique era Co Yvy Oguereco Yara, “Esta tierra tiene dueño“).

La explotación de los pueblos indígenas por parte de los conquistadores no estuvo exento de obstáculos como afirman muchos autores, y la conquista de sus territorios tampoco se produjo de forma pacífica. En todo momento, y por diversos grupos étnicos, la resistencia fue feroz y sangrienta. El territorio del Guaira fue sitio de tránsito de portugueses y españoles, que iban y venían de Asunción hacia los pueblos de la costa brasileña, y lugar de variadas y constantes guerras. La conquista de estos territorios indígenas fue hecha palmo a palmo con el uso de la espada, del mosquete, de la bestia, de la cruz, de las enfermedades y de los acuerdos. Estos últimos, casi todos rotos.

La guerra de conquista comenzó en las primeras décadas del siglo XVI con las expediciones portuguesas y españolas que cruzaron la región en busca de metales, esclavos y de una ruta a Paraguay y Perú. Se acentuó en los años 1600 con la implantación de las Misiones Jesuíticas en el Guaira y con las banderas paulistas que invadieron la región capturando indios. Prosiguió en el siglo XVIII con el descubrimiento de oro y diamantes en el río Tibagi y con las expediciones militares que construían fortificaciones y transitaban por el territorio hacia el Mato Grosso.

Se recrudeció con la ocupación de las tierras de la cuenca norte del río Tibagi, con la invasión de los campos del cacique Kaingang Inhoó por los grandes agricultores de los campos generales de Paraná en la expansión de sus dominios.

En el siglo XX, la guerra de conquista continuó bajo el manto de la “colonización pacífica y armoniosa”, llevada a cabo por compañías de tierras que habían ocupado, saqueado y vendido los antiguos territorios indígenas con el apoyo institucional del Estado de Paraná.

* Síntesis y adaptación periodística del artículo “Indios, Jesuitas, Bandeirantes y Españoles en los siglos XVI y XVII“, de Francisco Silva Noelli y Lucio Tadeu Mota. Revista “Geo Notas“, de la Universidad Estatal de Maringá (PR), vol.3, no. 3, 1999.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” anovademocracia.com.br/

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