El Mitin

Lenin El Mitin

 

Todos habían esperado a Lenin en Petrogrado durante largo tiempo, pero nadie sabía cuándo llegaría. Era Pascua florida. En las últimas horas de la urde del segundo día de Pascua, Katya Trofimova, una muchacha que trabajaba en una fábrica de agujas, se dirigía a su casa. Marchaba sin ninguna prisa por la calle. Charcos de agua matizaban la acera. Varios chiquillos jugaban en ellos, tratando de cazar palomas con unos largos palos. Katya continuó caminando lentamente. De pronto sintió que alguien la tomaba del brazo:

-¡Katya!

Dándose la vuelta, Katya vio a Natalya Yegorovna, que trabajaba en la misma fábrica.

¡Rápido! ¡Debemos correr al comité! -exclamó Natalya-. ¡Lenin llega hoy!

En esa época, el Comité Bolchevique del Distrito tenía su sede en una casita de madera. Sólo ocupaba dos cuartos. En la primera habitación, un hombre estaba sentado al escritorio. Nada más abrir la puerta, Natalya le gritó con agitación:

¿Y? ¿Hizo circular la noticia?

El hombre respondió ásperamente:

¡Como si ahora se pudiera avisar a alguien! Bien sabe que estamos en Pascua. Las fábricas están todas cerradas y ni las cartas se entregan en estos días. Entonces, dígame, si lo sabe, cómo es posible hacer circular la noticia entre el pueblo…

Natalya se sentó y comenzó a pensar. Luego se volvió hacia su compañera y le preguntó:

Katya, ¿puedes escribir claramente? -y sin esperar la respuesta fue al otro cuarto y volvió con una tira de indiana.

Entonces le dijo a Katya:

Escribe sobre este género. Escribe… -se detuvo para pensar un momento-: “Lenin llega hoy. ¡Todos a su encuentro!” Nada más.

En la solera de la ventana había un tarro de pintura blanca y un poco de tiza. Katya comenzó a trazar las letras sobre la tela con la tiza, teniendo especial cuidado de hacerlas más o menos iguales, de la mejor forma posible. Mientras tanto, Natalya mezclaba la pintura con aceite y estaba buscando un pincel. De repente recordó:

¿Y cómo lo llevaremos? Tenemos que conseguir varios palos.

Y acto seguido salió a la calle. Los chiquillos todavía estaban jugando en la acera, persiguiendo a las palomas con sus palos. Las aves volaban perezosamente. Ya estaba oscureciendo y querían volver al nido. Una delgada costra de hielo se había formado ya sobre los charcos, y crujía bajo los pies de los chiquillos. Natalya se acercó y dijo:

Esto… chicos, denme uno de esos palos.

Pero las criaturas no hicieron más que escapar, por miedo a perder sus estacas. Y, en verdad, eran unos palos espléndidos, iguales, largos y tan lisos que parecían cubiertos de barniz amarillo. Como era lógico, ninguno deseaba deshacerse de ellos.

Escuchen, chicos -insistió Natalya-, lo necesito para algo muy especial… ¿Cómo puedo convencerlos? -y elevó sus manos con desesperación.

¡Cómo si se pudiese obtener algo de esos chiquillos! Querían a esas estacas como nada en el mundo. ¡Ni siquiera hubieran aceptado venderlas! Sin embargo, Natalya dijo:

Ustedes verán… Se trata de que… el camarada Lenin viene hoy…

Katya ya había terminado su trabajo de pintar todas las letras. Sólo una o dos habían quedado un poco torcidas. La muchacha miró a su alrededor. ¿Dónde estaba Natalya? Entonces se asomó a la calle. Más allá del cerco, Natalya estaba sentada con varios chiquillos y les contaba algo.

Natalya -gritó Katya-, ¿en qué estás perdiendo el tiempo?

Les estoy hablando de Lenin -respondió su compañera.

Pero mira que tenemos que conseguir unos palos.

Sí, ya sé -suspiró Natalya-. Ya voy -y entonces se puso de pie y se alejó de los chicos. Pero uno de ellos la alcanzó y le entregó su estaca.

¡Tómela!

Y las criaturas la acompañaron con los palos hasta la sede del comité. Allí observaron en silencio cómo Natalya comenzaba a medirlo con su mano. Lo dividió en dos partes iguales y con un cortaplumas cortó un poco en el medio. Luego lo partió en dos con la ayuda de su rodilla. Uno de los chiquillos empezó a gemir. ¡Como para que no lo hiciese! ¡Perder así algo tan preciado! Pero otro de los chicos lo tocó y dijo:

¡Valor! ¡Mira que es por una buena causa!

Ahora tenían dos palos. Katya y Natalya clavaron los extremos de la indiana roja en ellos. El letrero ya estaba listo. Entonces lo llevaron a la calle. Katya esperaba que el mensaje fuera una sorpresa para los transeúntes, pero no fue así. La gente que pasaba hacia todas direcciones leía el letrero: “Lenin llega hoy”, y preguntaba:

¿Y a qué hora llegará el tren?

Y muchos otros, amontonándose, comenzaron a caminar detrás del letrero. Un anciano gritó severamente a Natalya:

¿Por qué no puso en qué estación?

Debería saberlo, hombre -respondió Natalya-. ¡En la estación de Finlandia, por supuesto!

El anciano exclamó:

Mis hijos viven cerca de aquí… ¿Cree que tendré tiempo de ir a buscarlos?

Tendrá tiempo -le aseguró Natalya.

Katya y Natalya atravesaron todo el barrio con su letrero. Después se dirigieron al centro de la ciudad. Más y más gente se reunía detrás. Cuando estuvieron casi en el río Neva, Katya miró a su alrededor. Una enorme multitud las seguía. Ni podía distinguir dónde terminaba. Katya observó al anciano que había ido a buscar a los hijos. Dos rollizos muchachos caminaban a su lado. No había duda de que ésos eran sus hijos. Y no muy lejos, marchaba también el chiquillo que le había dado la estaca. Más atrás vio a mujeres conocidas que trabajaban en la fábrica con ella, soldados, obreros y estudiantes. Alguien dijo:

¡Entonemos nuestra canción de guerra!

Y empezó:

Camaradas, ya suenan los clarines…

Los otros unieron también sus voces. Todos marchaban más rítmicamente ahora, y, sin darse cuenta, habían formado filas de cuatro. Ya no era una muchedumbre. Era una columna regular que marchaba para encontrarse con Lenin. Cuando llegaron al Neva vieron que aparecían columnas semejantes de otros barrios. Cada una llevaba sus banderas. Un destacamento de marineross de Kronstadt era seguido por un camión blindado, que avanzaba con estruendo sobre los guijarros de la calle. En el puente del Neva tuvieron que esperar. Primero dejaron pasar a los obreros de Putilov, luego la unidad de soldados, y por último los marineros. A medida que se acercaban a la Estación de Finlandia, no había ningún espacio entre las columnas. Todas las calles y toda la plaza situada frente a la estación estaban llenas de gente. Ahora se comprendía claramente que aunque el gobierno hubiera querido arrestar a Lenin, no habría sido capaz de hacerlo. La gente lo impediría a toda costa.

Ya era noche. Los obreros encendieron las antorchas que habían preparado de antemano. Llamas rojas se encontraron entonces con los rayos azules de los proyectores dirigidos desde la estación. Natalya y Katya estaban de pie con su letrero al borde de la plaza de la estación. Tenían miedo de que Lenin no las viese en el lugar donde estaban.

Cada vez se agrupaba más gente en la plaza. Nuevas columnas de obreros y soldados llegaban de todos lados. De repente se oyó un potente ruido, y en la plaza apareció una columna de vehículos blindados con banderas rojas flameando en sus torrecillas. La gente se amontonó a su alrededor. Natalya y Katya se pusieron de puntillas. Querían ver, por lo menos, algo de lo que ocurría. Pero, excepto espaldas y sombreros negros por la oscuridad, no pudieron ver casi nada.

Más allá, cerca de la propia estación, lograron ver un camión blindado verde. Estaba brillantemente iluminado por uno de los reflectores. Pasó un poco más de tiempo…Natalya se esforzó por escuchar si el tren se acercaba. Pero no podía oír ni el silbato de la locomotora ni el ruido de las ruedas.

De repente, un sordo rugido atravesó la plaza. E inmediatamente después hubo un silencio que permitía oír hasta la crepitación de las antorchas. Exactamente en el camión blindado, donde todos podían verlo, se hallaba Lenin.

Por algunos segundos permaneció en silencio, agachándose un poco. Parecía estar leyendo las inscripciones de las banderas y letreros. Pero no era fácil leer eso a la vacilante luz de las antorchas. Repentinamente, un rayo del reflector se detuvo en una tira de indiana roja, y todos pudieron leer fácilmente las grandes letras pintadas:

Lenin llega hoy. ¡Todos a su encuentro!

El letrero era sostenido por dos obreras de una fábrica de agujas. Y Lenin las vio. Vio a los marineros, a los obreros, a los soldados, a los estudiantes. Vio ese mar de cabezas… la gente que había ido a recibirlo.

Profundamente emocionado, levantó la gorra sobre su cabeza. Y luego, guardó rápidamente la gorra en su bolsillo, extendió su mano y comenzó el discurso que nadie redactó ni divulgó… y, sin embargo, ninguno de los que oyeron a Lenin esa noche se olvidó nunca de sus palabras.

 

 

Extraído del libro “Anécdotas de Lenin” de A. Kononov, Ed.Calomino, 1946.

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