Derrumbar las murallas de desinformación

ChTZ_1930s

 

Este texto, traducido por “Cultura Proletaria”, es un extracto del libro “As Muralhas de Jericó” de Josué Guimarães.

 

El coche es un Zim de siete plazas. Voy en el asiento trasero con otro brasileño (el aeropuerto se queda atrás). (…) De repente, a la izquierda, veo un gran edificio, rodeado de luces. La impresión es de que se trata de la ciudad. Una estrella roja en lo alto hace que me pregunte si ese es el Kremlin. Nikolai informa que todavía estamos un poco lejos de la ciudad. Aquello que veía era la universidad en construcción. El edificio principal se deja adivinar en la oscuridad, imponente. Después soy informado de que la construcción arquitectónica fue supervisada personalmente por Stalin. Los estudiantes tienen allí una especie de casa. No habrá alojamientos colectivos, pero cada alumno tendrá su propio apartamento.

 

 

Un metro de lujo

 

El metro es de visita obligada en Moscú. No hay un extranjero o ruso de alguna replública soviética que no penetre en aquellos túneles, ansiosos por ver con sus propios ojos aquello que hoy es comentado casi todo el mundo. La preocupación de los dirigentes soviéticos no era sólo facilitar al pueblo un medio rápido y barato de transporte, aliviando y descongestionando de tráfico sus calles y avenidas, sino mucho más. Se nota, incluso antes de entrar en una de las estaciones, el deseo manifiesto de marcar una época, de marcar una etapa especial del pueblo.

(…) El pasamanos de goma negra (de la escalera mecánica, tal vez una de los más largas del mundo) nos acompaña gentil mientras descendemos tierra dentro, como si fuésemos mineros. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental: en lugar del negro carbón, el colorido de las vidrieras, la blancura del mármol, el rosáceo de las piedras, la porcelana de los arabescos. Mientras descendemos, otros suben, con la misma pasividad que nosotros. La escalera nos lleva suavemente.

Llegamos, por fin, a un porche decorado. En un minuto, estamos boquiabiertos ante un salón que recuerda a un auténtico palacio de los zares. Los grandes candelabros fluorescentes se repiten en decenas y, en las columnas que forman las paredes laterales, vemos el trabajo de los más grandes artistas soviéticos rindiendo homenaje a la labor de los campos, a las fábricas, a los militares, a la educación de la juventud, a la cultura, al saber, a la ciencia. El piso es luminoso como en cualquier film technicolor americano, reflejando la figura de los transeúntes y dando una impresión de limpieza que conforta. De cada lado de las columnas, están las líneas del tren eléctrico. De cada poco oímos el silbido de las válvulas de aire comprimido y una avalancha de personas apresuraradas en busca de las escaleras mecánicas.

Parte de la iluminación es indirecta y baña de una suave luz todos los maravillosos detalles de la obra. Entramos apresurados en un tren. Los pasajeros van cómodamente sentados. Muchos leen periódicos. (…) Nadie fuma en el metro, nadie tira un papel en el suelo. Noto el cuidado por la limpieza, por la conservación de la verdadera joya soviética.

Me acuerdo del metro en Buenos Aires. Triste y oscuro. Sus vagones de color marrón, las losas húmedas, los apretones y los registros. El subway de Londres, también oscuro y lúgubre. Las líneas llenas de humo y los trenes con los asientos en mal estado. Muchas paredes vertiendo agua, y por las esquinas grandes grietas fangosas. A su vez, el metro de París deja exhalar, a través de sus salidas externas, el miasma que hay en el fondo de la tierra. Papeles por las escaleras, pasamanos que dejan las manos manchadas. Y el pequeño espacio da a todos una presión y una falta de aire como si sufriésemos de claustrofobia. Los trenes son incómodos y oscuros, a menudo se atraviesa la ciudad entera sin conseguir un asiento.

En Moscú, me siento como si estuviera en un palacio cuyas ventanas fuesen bañadas por la luz del sol. El interior de los vagones es de color crema, casi blanco. Los asientos están forrados de terciopelo con colores alegres. Las mujeres que sirven al público son amables y gentiles. Nuestros intérpretes nos dicen que la preocupación de los hombres del gobierno era proporcionar a los trabajadores el máximo confort y alegría en sus idas y venidas al trabajo de los talleres, de las fábricas e incluso de las oficinas.

Alguien sostiene que el metro es demasiado lujoso para el espíritu de un pueblo en el que prima el desprecio por lo superfluo. Ellos señalan que el socialismo no desprecia el lujo, siempre que sea necesario para el pueblo. Jamás construirían un palacio para que lo usaran sólo media docena, pero aquella obra, según ellos, es para ser utilizada por todos, sin distinción.

 

 

Compras

 

Hay de todo en los estantes. Secciones para la venta de sombreros y chapkas de piel (gorro ruso), granjas, cuadros, discos, conservas, carne, bebidas, radios, eletrodomésticos, comestibles, productos secos, perfumes, juguetes y un sinfín de artículos de diversos orígenes. (…) En ningún otro país en Europa o en Estados Unidos encontré aquel movimiento continuo de clientes, aquellas ganas de comprar y escoger. Por fuera se conoce, así como en las librerías y en otras casas especializadas, el poder adquisitivo del pueblo soviético de hoy. (…) Y los precios son increíbles (de los pequeños que son). (…)

Todos compran, desde grandes panes dorados hasta botellas de vino de Georgia, blusas de colores de los cosacos, anillos con piedras de los Urales, chapkas de piel y botas de goma forradas de lana. En lugar de ver al pueblo simplemente paseando -como en todas partes del mundo, los domingos- vemos a hombres y mujeres llevando pesadas bolsas, entrando y saliendo de las tiendas, siempre comprando.

 

 

Religión

 

No todo el mundo en Moscú está preocupado sólo en comprar. Hay hombres, mujeres y niños sentados en los bancos de las plazas desnudas, aprovechando un sol tímido que ni siquiera derrite la nieve de las aceras. Y hay hombres, mujeres y niños que se inclinan respetuosos en los atrios de las iglesias escuchando la misa católica, el culto protestante, la ceremonia ortodoxa. ¿Dónde había leído ese reportaje que decía que las religiones eran prohibidas en la Unión Soviética? ¿En la prensa brasileña, en las revistas nacionales o en el Reader’s Digest? En Rusia -leí en cierta ocasión- nadie conoce la frase de cristo “no sólo de pan vive el hombre“. Y muchos periodistas firmaron artículos diciendo que los cristianos rusos rezaban sus misas en las catacumbas, como en los tiempos de Diocleciano, pero siempre expuestos al azote de los soldados comunistas.

Y es que, en la Rusia de hoy, hay una total libertad de culto, aunque el Estado no haga nada por la vida o por la muerte de las religiones. De hecho, los jóvenes prefieren los Palacios de Cultura, donde, el domingo por la mañana, juegan al baloncesto, construiyen modelos de planeadores, fabrican radios o aprenden a bailar y cantar.

 

La fábrica Stalin

 

Vamos a la fábrica Stalin. El Zim anda lentamente sobre el asfalto helado. (…) Viaja con nosotros la señora Alexandra, que ya estuvo en Río, en la embajada soviética. (…) Es una mujer inteligente y despreocupada. Alguien hace preguntas sobre los trabajadores y las condiciones de trabajo:

– “¿Un trabajador puede, libremente, renunciar y cambiar de fábrica?

Doña Alexandra mira sorprendida. Él repite la pregunta, pensando que no se había entendido. Luego dice:

– “El señor ha de disculparme, pero no lo entiendo. ¿El señor pregunta si un trabajador puede renunciar y elegir otro trabajo, en otra planta?

Él asiente. La pregunta era la misma. Ella nos mira a todos, como pidiendo ayuda. Y dice muy torpemente, pero ligeramente irritada:

– “Francamente, no me imaginaba que los señores ignorasen esto. Está claro que cualquiera puede renunciar e ir a trabajar donde quiera. No veo por qué se debería prohibir a alguien que haga lo que quiera. Creo que en Brasil es así también, por lo menos en la época en la que viví allí. (…)

Primero vamos a la fundición, en la que trabajan con arrabio. Los pabellones son colosales. (…) Por encima de nuestras cabezas pasan piezas de hierro fundido, todavía ardiendo, atrapadas en una gran corriente giratoria. Son cigüeñales gigantescos para camiones. Aquello es acero, y del bueno. (…)

Las mujeres reciben hasta mil quinientos rublos mensuales y tienen más horas de descanso. Un mes al año disfrutan de unas vacaciones en la montaña o en el mar. En horas determinadas leen buenos libros en la biblioteca del Palacio de Cultura de la fábrica, o ven películas, aprender a bailar y cantar, bordan, pintar, representan comedias y dramas. Sus hijos están en la guardería. Los más mayores asisten a la escuela primaria, en la misma fábrica. (…) Un par de trabajadores perciben un salario promedio de tres mil rublos, lo que, en la Unión Soviética, es algo considerable para vivir bien.

 

As muralhas de Jericó
Cuarenta y siete de los actuales ingenieros que emplean sus actividades en la fábrica Stalin ostentan el ambicioso “Premio Stalin”, que varía de los 100.000 hasta los 300.000 rublos. Una fortuna apreciable(1). Para merecer este premio, es necesario un gran esfuerzo y capacidad; por lo general se le concede a los inventores de máquinas o incluso de dispositivos especiales que multipliquen el índice de productividad. En la Unión Soviética no hay -como en los países capitalistas- el miedo a la máquina por la disminución de mano de obra. Los inventos destinados a eliminar la mano de obra son siempre plenamente utilizados, porque, desde hace mucho tiempo, los rusos aspiran a la disminuir de 8 a 6 horas su trabajo diario(2). (…)

Nos enteramos de que la fábrica Stalin tiene seis líneas de montaje y que de cada una de ellas nace, cada tres minutos, un poderoso camión de seis ruedas. También produce frigoríficos, además de espléndidos turismos.

El director nos acompaña sin descanso, asistido por dos ingenieros. En un momento dado nos dice:

-“Decenas de ingenieros de nuestro personal técnico estudian y preparan el curso universitario en el trabajo, pasando de simples trabajadores a técnicos responsables y de gran mérito“.

Los trabajadores disponen también de sanatorios y casas de reposo, una clínica propia, decenas de guarderías, jardines de infancia, restaurantes, escuelas primarias, y un Palacio de Cultura que comprende salones de baile, salas de conciertos, de conferencias, bibliotecas, cursos de ballet, de canto, de piano, de radio-aficionados, de pintura, de aeromodelismo, de botánica, de historia natural, de geografía, de escultura. También hay salas de descanso, lectura, cine y teatro. Para tener una idea del tamaño del Palacio de Cultura de la fábrica Stalin, basta decir que dispone de 4.416 perchas para abrigos.

El 40% de los trabajadores son mujeres. Trabajan tranquilas, sabiendo que sus hijos están en los viveros de la propia fábrica o en las escuelas primarias del tipo predeterminado para toda la Unión Soviética. Por la noche, van al teatro con sus maridos, sin que nadie puede decir, por la ropa o por las apariencias, que alguien sea trabajador o director de la fábrica. ¿Cómo no disfrutar de las horas libres si no llevan en la cabeza preocupaciones económicas ni temores sobre el mañana?

 

 

Emociones

 

Una noche, decido no ir al teatro. Quiero la noche libre para caminar solo, cómodo. Ya conozco Moscú suficiente como para no perderme. Voy sólo con un camarada a estirar las piernas por las grandes e iluminadas avenidas. Hay mucha gente por las calles, a pesar del frío. Entra un viento helado por los pantalones y por las grietas de la chaqueta. Vamos de escaparate en escaparate. La iluminación de las tiendas baña de una luz clara las largas aceras. Pasan grandes omnibúses eléctricos. Los coches van y vienen. En cierto momento paramos y entramos en un restaurante. Las mesas están todas ocupadas y los camareros corren de un lado para otro. En una pista central, las parejas bailan al son de una música alegre, interpretada por una orquesta vestida con coloridos trajes típicos de la república soviética. Continuamos. Nuevos restaurantes repletos. Nuevas canciones y nuevas orquestas.

En uno de ellos, las chicas y los chicos se dirigen al medio de la pista y llevan a cabo difíciles pasos de una danza regional. La orquesta es casi en su totalidad de gaitas, los músicos usan pantalones de seda verde y camisas rojas. Los gorros son negros, de piel. Hombres y mujeres forman en la sala una especie de pandilla, aplaudiendo y zapateando. Hay una alegría intensa en todos. De vez en cuando, uno de ellos entra dentro del círculo y baila solo. Salgo y sigo caminando.

Durante mucho tiempo, continúo escuchando palmas, que marcan los compases musicales. Pero otros restaurantes surgen con su música diferente, ahogando los sonidos rezagados. Entramos en uno de ellos y eligimos una mesa vacía. Se encuentra en una esquina, dentro de un reservado con cortinas. Abro las cortinas y como un filete de pescado en salsa blanca, mirando a la pareja de baile. Bebo un vino de Georgia, tinto.

De repente, siento ganas de bailar yo también. Mis dedos golpetean la mesa y mis pies marcan el compás en el suelo. Miro la botella de vino: está vacía. A estas horas, el vino, se debe estar subiendo a la cabeza, ya que no puedo explicar de otra forma este deseo irrefrenable de bailar en Moscú, sobre todo en un triste individuo que poco bailó en su vida.

 

Volviendo a la URSS

 

Fue una nueva experiencia, esa segunda visita (no oficial, regresando de China, en el mismo viaje). Nadie para recibirnos. Nadie para servir de intérprete. Éramos viajeros comunes, llegando a una tierra más o menos desconocida. Llamamos a un taxi y le pedimos que nos lleve al hotel Nacional. Fue casi una vuelta a la antigua casa.

Encontraremos muy gracioso, después, cuando alguien diga que vimos en la Unión Soviética sólo lo que ellos querían que nosotros viésemos. Pasamos una semana absolutamente encantados, caminando por la ciudad, paseando por todas partes. Nadie quería saber lo que estábamos haciendo. Nadie nos pidió identificación alguna. Nadie nos prohibió la entrada dondequiera que fuésemos. Pasábamos horas vagando por las amplias avenidas, comprando recuerdos e incluso semillas de flores exóticas.

 

 

Atrocidades de los medios

 

Semanas más tarde leo en París, en las oficinas de Panair, los periódicos brasileños. Uno de ellos, da a conocer en un único número cinco reportajes sobre Rusia, todos ellos firmados por nombres que nunca he visto y que tal vez no hayan ni cogido un barco de la Cantareira para visitar Niteroi. Pero los periodistas, honestamente, describen en detalles las monstruosidades practicadas en la Unión Soviética contra el pueblo y, en especial, contra las mujeres y los niños. Una pobre mujer, que se negó a dejar en una guardería a su hijo de tres años -cuenta el reportero- fue arrastrada por la policía por las calles y castigada allí mismo ante los ojos aterrados de la multitud oprimida. El reportero, entonces, comenta el episodio brutal con los ojos llenos de lágrimas sinceras, como si fuese también uno de los espectadores oprimidos. ¿A dónde había ido el reportero a buscar esta noticia? ¿Cuál era la agencia de noticias que habría telegrafiado a aquel despacho? De regreso a Brasil, y llamando la atención de mis amigos por la avalancha de noticias publicadas por nuestro periódicos acerca de las cosas acontecidas en Rusia, sobre las monstruosidades de su policía y la ferocidad de sus autoridades, uno de ellos me preguntó:

– “¿No habrá un mayor interés detrás de todo esto?

Puedo contar una historia conmovedora, atestiguada por todos los brasileños que caminaron conmigo en un remoto barrio de Moscú, visitando una escuela primaria. Tal vez el pequeño personaje de este caso todavía esté vivo, triste en su pequeña habitación, con sus grandes ojos asustados de aquellos que no conocen los misterios de la vida y de la muerte. Es un niño de nueve años de edad, atacado de una terrible enfermedad de la sangre -anemia perniciosa- y que ya no puede asistir a la escuela de su barrio, ni jugar al fútbol con sus amigos. Todos los días, sin embargo, recibe a los maestros de la escuela en la que siempre había estudiado y, colocando los libros y los cuadernos sobre la colcha de la cama, aprender sus lecciones, compone sus temas, se libera un poco más de la ignorancia. Un profesor explica que el Estado tiene la obligación de cuidar a todos sus hijos, sean cuales sean las condiciones, y que el pequeño alumno enfermo cuesta sólo seiscientos rublos al mes para la comunidad.

¿Cuál sería la opinión de la madre y del padre de este niño de Moscú, ante las historias contadas aquí fuera sobre las atrocidades soviéticas?

 

 

Notas:

(1) Expediente anterior a un desarrollo aún mayor de la economía socialista y de la conciencia socialista.

(2) En 1952 ya se había establecido en la gran industria el turno de 6 horas diarias de trabajo, proceso iniciado el 1 de octubre de 1929 con el turno de 7 horas.

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