Nadia Popova, el último vuelo de la Bruja de la Noche

'Las Brujas de la Noche' (de izquierda a derecha) Ekaterina Riabova, Raisa Yushina, Mira Parómova, Nadia Popova y Marina Chechneva durante un descanso entre los combates

‘Las Brujas de la Noche’ (de izquierda a derecha) Ekaterina Riabova, Raisa Yushina, Mira Parómova, Nadia Popova y Marina Chechneva durante un descanso entre los combates

 

Formó parte del grupo de aviadoras rusas del 588º regimiento de bombardeo nocturno. A bordo de desfasados biplazas Po-2 conseguían inocular el miedo entre las filas alemanas, que las apodaron “Brujas de la noche” [‘nachthexen’]. Protagonizaron uno de los episodios más heroicos de la Segunda Guerra Mundial. Popova, en cuyo uniforme se prendieron las más altas distinciones del ejército soviético, murió en el 2013, a los 91 años.

Sólo cuando la hazaña queda atrás uno puede interrogarse sobre cómo se materializó, de dónde salieron las agallas para emprender la proeza. Nadiezhda Vasílievna Popova no sabía responder a esta simple pregunta después de haber realizado 850 misiones aéreas durante la etapa más dura que le tocó soportar al desprevenido Ejército Rojo.

Tal vez su increíble resistencia fuera fruto de la rabia por el hermano muerto en el frente, por la casa familiar profanada a manos de los nazis, que la convirtieron en su cuartel general, o por la brutalidad infligida a sus vecinos.

La niña que con quince años vio aterrizar una aeronave en su pueblo de la cuenca del Donetsk, Shabanovka (actual Dolgoye), y que constató que los dioses y los pájaros no eran las únicas criaturas capaces de surcar los cielos, no dudó en alistarse en el ejército con sólo diecinueve años, cuando los soldados del Tercer Reich atenazaban a los soviéticos.

Como muchas otras jóvenes heroínas, soñaba con pilotar un bombardero, involucrarse en la escritura de la Historia, colmar el ansia de libertad propia de su espíritu rebelde. Se había formado como instructora de vuelo durante la década dorada de la aviación soviética, cuando Marina Roskova, pionera de la aviación femenina, había pulverizado ya varios récords de vuelo sin escalas.

Un millón de mujeres se batió el cobre en el bando soviético. Pero hasta entonces ningún ejército del mundo había dejado en manos femeninas el mando de sus cazas.

La desesperada situación que atenazaba a las fuerzas armadas soviéticas hizo que éstas fueran las primeras en recurrir a un nutrido grupo de féminas preparadas para el combate aéreo. Ellas, por su parte, recogieron el guante y demostraron su valía convirtiéndose en el regimiento más condecorado de las fuerzas aéreas soviéticas.

 

 

Pilotos de guerra en seis meses

 

La situación en el territorio soviético era descorazonadora. La hegemonía aérea de los alemanes se había revelado incontestable. Las cuestiones de género tuvieron que aparcarse ante el avance imparable de la primera fase de la Operación Barbarroja, acometida en junio de 1941.

Stalin, y por ende la Stavka, accedió a la iniciativa de Marina Roskova de llamar a las mujeres a filas y formar tres regimientos del aire exclusivamente femeninos, tanto para pilotar las aeronaves como para gestionar el mantenimiento técnico.

Era tan inusual la presencia de aquel grupo de chicas de 17 a 26 años entre aviones de combate que ni siquiera contaban con un uniforme concebido para ellas: tuvieron que hacer arreglos en la indumentaria masculina, varias tallas más grande, y rellenar con papel de periódico las botas militares.

Por suerte, casi la totalidad de ellas sumaba ya horas de vuelo a las espaldas en las academias de la OSOAVIAJIM  [Unión de Sociedades de Asistencia para la Defensa y Aviación-Construcción química de la URSS], creadas en 1927 con el objetivo de mejorar la preparación física de la población civil y entre cuyas actividades figuraban, entre otras, el tiro, el salto en paracaídas y el pilotaje de aviones. Más de un cuarto de los asistentes a estos cursos eran mujeres. A los 16 años, Popova ya había realizado el primer salto en paracaídas y el primer vuelo en solitario.

En octubre de 1941 continuaron, para las seleccionadas, los exigentes y duros entrenamientos en Engels, al norte de Sarátov, donde fueron evacuadas desde Moscú. Las jornadas maratonianas estaban supervisadas por la propia Roskova.

En seis meses recibieron una formación intensiva –que, en tiempos no excepcionales, se hubiera prolongado año y medio–, a bordo de los obsoletos y frágiles Polikárpov Po-2, aeronaves de adiestramiento consistentes en una estructura de madera y lona tensada pobremente adaptada para el combate: en cada misión sólo podían transportar dos cargas explosivas.

Además, los únicos instrumentos de navegación de los que se servían eran un mapa, un compás y un cronómetro. Había nacido el 588.º Regimiento aéreo de bombardeo nocturno, que, junto al 587.º, surcó todo el Frente del Este hasta la caída de Berlín, en misiones tanto de bombardeo como de suministro de las tropas. El 586.º, por su parte, concentró sus energías en la Batalla de Stalingrado.

 

 

Tácticas suicidas

 

El gran mérito de las aviadoras como Popova fue lanzarse al combate a bordo de unas aeronaves infinitamente inferiores a las alemanas. Con una tecnología propia de la Primera Guerra Mundial, las pilotos supieron sacar todo el jugo a los Po-2.

Eran vulnerables tanto al fuego de las baterías antiaéreas como al de ametralladora por su vuelo a baja altura, pero, en contrapartida, eran invisibles a los radares. Las velocidades alcanzadas apenas rebasaban los 150 km/h. Aun así, eran extremadamente maniobrables, superando así a los aparatos más grandes y rápidos.

Pero el mayor reto de todos era el mínimo margen de error: los biplazas estaban construidos a base de materiales sumamente inflamables, que convertían la aeronave en una antorcha ante el más mínimo impacto del fuego enemigo. Cada misión podía ser la última y, con todo, ejecutaban más de diez en una sola noche.

Además, las cabinas eran descubiertas y, por lo tanto, las inclemencias meteorológicas hacían mella en las aviadoras. En total, los tres regimientos femeninos lanzaron unas 3.000 toneladas de bombas en sus más de 20.000 asaltos.

Los alemanes llegaron a poner precio a sus cabezas: una Cruz de Hierro por cada “bruja” abatida. Popova no sufrió ningún percance excesivamente grave y constató su buena estrella cuando un día contó hasta 42 dianas en el fuselaje de su aeronave. “Casi siempre –recordaba Popova- teníamos que cruzar un muro de fuego enemigo”.

Las tácticas aéreas de Popova y sus compañeras, con las que forjaron su legendaria fama en ambos bandos, eran del todo suicidas. A veces salían en parejas y, cuando se aproximaban al objetivo, ascendían para luego emprender el descenso planeando con los motores apagados y arrojar su carga de 300 kilos de bombas que se apresuraban a reponer al instante.

No había tiempo para tener miedo”, recordaba la aviadora.

En otras ocasiones, cuando los alemanes defendían sus posiciones formando anillos de defensa antiaérea, una pareja de Po-2 se acercaba al blanco hasta que era detectada por los focos reflectores. En ese instante se separaban en sentidos opuestos atrayendo el fuego enemigo, mientras un tercer Po-2, con el motor apagado, aprovechaba la ocasión para tirar la carga explosiva sobre el objetivo. Luego se reunía con los otros dos aparatos y repetían la operación intercambiándose los papeles. Y así, noche tras noche.

Al final de la guerra habían sufrido casi un 30% de bajas. En recompensa, el regimiento fue rebautizado como el 46.º Regimiento de Bombardeo Aéreo de la Guardia Tamana. Habían ingresado en la élite del ejército.

 

 

El último vuelo

 

El regimiento de Nadia Popova, también conocido como “los halcones de Stalin”, siguió estando formado exclusivamente por mujeres hasta el final de la guerra. Los otros dos, dado el gran número de bajas, pasaron a ser mixtos.

En agosto de 1942, el avión de Popova se estrelló en el Cáucaso. Fue encontrada con vida junto a una compañera unos días más tarde. Consiguió volver a su unidad con las columnas de soldados y refugiados que escapaban de los efectivos alemanes.

Entre la multitud vio a un piloto herido, Semión Jarlámov, que leía “El Don apacible” a la sombra de un árbol. Ella le leyó una poesía. Tenía la cara vendada y sólo asomaban sus ojos. Pero eso no fue impedimento para que entre los dos surgiera el flechazo.

Concluido su periplo en Berlín, el 588º Regimiento estampó su mensaje de júbilo con unas palabras grabadas en las columnas del Reichstag. Popova y Jarlámov, que volvieron a encontrarse en la capital arrasada después de cruzarse varias veces en el camino de la guerra, también dejaron constancia en la sede del parlamento alemán de su condición de supervivientes de la peor guerra del siglo XX: “Nadia Popova del Donbás. S. Jarlámov. Sarátov”. Se casaron al poco de su paso por Berlín.

La vida de ambos siguió siempre vinculada al mundo de la aviación. Sólo la muerte de Jarlámov en 1990 obligó a Nadia a seguir el viaje en solitario.

Además de la insignia de Heroína de la Unión Soviética, Popova pudo prender, junto a su broche de la suerte con forma de escarabajo, la Orden de Lenin, la Orden de la Amistad de los Pueblos y tres más de la Guerra Patria.

 

 

Extraído de es.rbth.com

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