La muerte de Dimitrov

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Para muchos hombres y mujeres de mi generación, esa pérdida de la clase obrera, esa pérdida de los movimientos revolucionarios de todo el mundo, es una pérdida personal. Dolorosa, violenta, como si el destino nos arrebatase un pedazo de nosotros mismos.

Sí, porque, para muchos de nosotros, el proceso del Reichstag fue la primera explicación, la primera mirada lúcida lanzada sobre un mundo difícil de comprender.

Recuerdo la Francia de 1933. Teníamos quince años. Empezábamos a interesarnos por la vida pública del presente y ya no por nuestros libros de historia. Comenzábamos a sentirnos descolocados entre los principios enseñados en las escuelas secundarias y que la realidad contradecía, bajo nuestros propios ojos: el “arte por el arte”, el intelectual flotando siempre por encima de las contingencias terrenales, la libertad parlamentaria, la libertad de producción y de intercambio, la libertad de expresión. Nuestros padres y nuestros maestros nos decían que la libertad existía en Europa, pero que la URSS, en cambio, era un “Estado dictatorial”. Y los periódicos (esos periódicos que comprábamos a escondidas: “L’Humanité“, los “Cahiers du Bólchevisme“, la “Correspondencia Internationale“) nos mostraban a Hitler llevado al poder por los bancos y trusts… Después, de repente, el proceso del Reichstag.

Un hombre, solo, extranjero, marginado y encarcelado (con el ejemplo de Dimitrov aprendimos que un hombre podía pensar y prepararse para la acción incluso dentro de un calabozo, encadenado) se enfrentaba a generales, presidentes del Consejo, ministros, jueces, todo el aparato del Estado. Y en lugar de intentar “salvar su pellejo” hacía profesión de fe comunista, que deberíamos repetir en las horas negras de la Resistencia, cuando cualquiera de nosotros podría, de un momento a otro, perder la libertad y la vida:

…es totalmente cierto que estoy a favor de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado. Y la lucha por la dictadura del proletariado, por la victoria del comunismo, constituye sin duda alguna el contenido de mi vida…

Entonces comprendemos que el coraje y el heroísmo estaban vinculados a la fuerza real y ascendente de una idea y que el “comunismo era la juventud del mundo“.

Así es como el comunista búlgaro Jorge Dimitrov provocó en numerosos jóvenes franceses burgueses, un entusiasmo y una reflexión que les llevarían a unirse a la Unión Federal de los Estudiantes, desde su creación en el Quartier Latin, en 1935 y 1936. Es por eso que Jorge Dimitrov seguirá siendo para nosotros una de las figuras más representativas del revolucionario y del militante proletario.

 

 

Un militante entre muchos millones

 

Un día, en el otoño de 1946, ví finalmente en Sofía, un pueblo sin lujo alguno, al fondo de un jardín, al héroe de mi adolescencia. El salón estaba amueblado con simpleza pero con cómodos sillones y un aire de intimidad y confort: frutas en un vaso, bombones en otro, cigarrillos en una caja de plata grabada. En las paredes, fotografías de la familia; la madre de Dimitrov, que ya había hablado en París durante el proceso del Reichstag; su hermana, sus hermanos muertos, el sobrino asesinado con muchos maquis en 1944. Y también los dos hombres, de los cuales el héroe del proceso de Leipzig se proclamaba ardiente discípulo, Lenin y Stalin, transformados también, con toda naturalidad, en dos figuras de la familia Jorge Dimitrov. Fuimos llevados al comedor, muy simple. El hombre que había reducido Goering al silencio se dirigií a nosotros completamente desaliñado. Ya muy envejecido, conservaba tal resplandor en los ojos (aunque menos brillante) y en la sonrisa, que me parecía no estar viéndolo por primera vez, sino volviendo a verlo.

No pude dejar de balbucear: “Señor Presidente, hace trece años que esperaba encontrarlo“.

Él sonrió familiarmente, de manera abierta y franca, interesado, como siempre:

– “¿Por qué? Yo sólo soy un militante entre muchos millones…

Rápidamente le dije lo que era para nosotros. Sonrió aún más.

– “En casos como este, camarada, la gente se abraza como viejos amigos“.

Y nos abrazamos.

Luego, habló sobre el futuro de la democracia popular. En las paredes del comedor había un recordatorio de los mineros de Pernik. “Participé en su lucha, murmuró Dimitrov. Su huelga de treinta y cinco días en 1906… Quisieron hacerme minero honorífico. Sin embargo, soy sólo un tipógrafo…

Volví a ojearlo por dos ocasiones.

Lo recuerdo en una recepción en 1947, en uno de los viejos salones de la Presidencia del Consejo (antiguo palacio real), sentado en un sofá recubierto de terciopelo rojo. Ante nosotros, los bailarines iban y venían con sus trajes regionales. Jorge Dimitrov miraba y sonreía, cansado, amable, feliz, con el rostro curvado hacia delante, las manos cruzadas sobre las rodillas, como un viejo artesano del pueblo que, terminado el trabajo, mirar a la juventud distraerse y lo aprueba. Me dijo, en ese misma recepción:

Distráete; un militante sincero debe amar la vida y todas las cosas buenas de la vida. Yo amé las ciudades y los campos, los poemas y también la belleza de las mujeres y la delicadeza de los niños. Se debe amar la vida, su vida, para saber luchar por la vida de los otros y morir con dignidad. En el proceso de Leipzig, decía: “Me gustaría vivir todavía al menos veinte años para el comunismo, y después morir en paz”… Como ves, siempre tuve el deseo de vivir: y esto no sucedió hace más de veinte años…

En esa misma recepción, un corresponsal extranjero señaló:

-“Usted es demasiado grande para un pueblo de 7 millones de habitantes, señor Presidente“.

Sin embargo, el antiguo secretario de la Internacional Comunista respondió sonriendo:

-“Me faltan muchos años de trabajo para sentirme a la altura de ese pueblo…

 

 

Infancia

 

El 18 de junio de 1882, en el pueblo de Kovatchevtzi, el artesano Dimitrov vio nacer a su quinto hijo, el cuarto hombre: Jorge. La vida se hacía cada vez más difícil. Pimientos, cebollas, maíz y repollo. Los niños llegaban a la madurez sin conocer el sabor de la carne o la mantequilla. Las ropas parecían bolsas remendadas. Incluso los “tzarvouli” (sandalias permeables al frío y a la nieve) eran raros.

Mientras que los trabajadores de la ciudad y los campos no estén unidos, no mataremos el hambre“, decía el viejo Dimitrov cuando su esposa se lamentaba.

Jorge escuchaba y ayudaba a su madre y a su hermana con las tareas domésticas, e iba con su padre y sus hermanos mayores a las reuniones clandestinas en las que algunos trabajadores cultos comentaban los acontecimientos y leían los periódicos delante de los trabajadores de los campos y de las plantaciones de tabaco, muchos de los cuales no sabían leer. Jorge trabajaba duro en la escuela. Era alegre, desbordaba vitalidad, fuerte y elocuente.

Aprendía de carrerilla todas las poesías y canciones revolucionarias que le caían en las manos.

El salario del padre disminuía: una nueva hija, Helena, reclama leche y el pan. Constantino, el mayor, llevaba a Jorge, que aún no tenía doce años, al taller. El pequeño aprendió enseguida el manejo de los caracteres, los nombres técnicos y el funcionamiento de las máquinas. Leía con avidez todo lo que le caía en las manos. “Nuestro oficio es el más bello de todos, fabricamos libros“, dijo una vez. Este niño tenía un buen sentido, una comprensión de lo real, de los objetivos inmediatos de la lucha, que sorprendían a los más viejos y conquistaban la confianza de su hermano Constantino, secretario del sindicato. A los 15 años, Jorge publicó su primer artículo, “Lia Blagoiev y los revolucionarios rusos“, en el periódico de la empresa, el “Obrero Gráfico“. Encontró en sus libros su tipo de héroe: incorruptible e inquebrantable.

El entusiasmo que dominaba a Rusia despertó a los trabajadores búlgaros. Nicolau Dimitrov se fue a Odessa a “hacer la revolución“. En 1908, fue arrestado en una tipografía clandestina y condenado al exilio perpetuo; murió en los glaciares siberianos en la primavera de 1917.

 

 

El niño prodigio de los “estrictos”

 

En el taller, los compañeros observaban el impulso de este delicado y ardiente joven, Jorge Dimitrov. Cada una de sus frases les golpeaba; en la acción, seguía siendo el más osado. Tenía 16 años cuando el ministro Radoslavov atacó, en un discurso, una manifestación obrera el 1 de mayo.

No haré la composición de esas palabras provocativas“, dijo tranquilamente Jorge. Radoslavov, al día siguiente, releyó con estupefacción el discurso mutilado de sus más acentuadas inventivas. Le molestó. No olvidaría nunca más el nombre de Jorge Dimitrov. En 1900, los tipógrafos hicieron del adolescente Dimitrov el Secretario de su sindicato. Dos años más tarde, se unió al Partido Socialdemócrata.

1902 no está nada claro todavía. Las empresas extranjeras compran fábricas de tabaco; los perfumes de rosas, los minerales, los cueros y las pieles búlgaras son exportados sin enriquecer el país, la miseria del pueblo aumenta, los dirigentes favorecen la penetración alemana. Y el Partido Socialdemócrata ve desarrollarse en su seno una tendencia reformista, apaciguadora, dirigida a acomodarse al gobierno, a aceptar el “mal menor”, esperando al destino. Estos son los “grandes”. La izquierda, los “estrictos”, revolucionarios y realistas, hacen una oposición cada vez más influyente.

La acción de un joven de 20 años acentúa la tendencia “estricta”, dirigida por Blagoiev. La división se produce. Desde 1903, los “estrictos” forman el núcleo del Partido Comunista Búlgaro. A partir de 1909, Dimitrov participa en el Comité Central. Allí debería, a través de todas las vicisitudes, demostrar a sus compañeros la necesidad de conectar con el Partido Bolchevique, cuya estructura era edificada por Lenin.

Hermoso como un retrato español, los ojos brillantes, la risa cálida, el pelo negro, rebelde, ondulado, Jorge Dimitrov continuaba “quemando la vida por todos los poros“. A los 22 años, dedicaba sus días a la Unión General de Sindicatos, encabezado por Kirkov. Por la noche leía a Marx y a Engels y también a los nuevos autores: Lenin y  Plejanov.

Se daba cuenta, cada vez más, de la necesidad de impregnar a la acción cotidiana de la doctrina marxista, de no actuar, no escribir ni hablar de que lo que no estuviese dentro de la perspectiva marxista-leninista. Y, recíprocamente, la dialéctica le hacía comprender los acontecimientos de cada día. Con su sentido de la precisión, ya veía las envidias de los chovinistas burgueses amenazando con una guerra absurda a los pueblos de los Balcanes. Y también sabía que la lucha por la paz y la lucha por la liberación obrera estaban unidas.

Allá donde los salarios miserables y las condiciones inhumanas de trabajo acababan con la revuelta, Jorge Dimitrov acudia para pesar la correlación de fuerzas. El obrero búlgaro es combativo, paciente, resuelto; a menudo es preciso frenarlo. En 1906, los mineros de Pernik pasaron 35 días en huelga. En 1908, las fábricas textiles de Slivene, en las que se contaban muchas mujeres, dejaron de funcionar. Dimitrov había guardado de su vida familiar un profundo respeto por las mujeres: conocía la lealtad, la fidelidad sin límites de su madre y sus hermanas. Sabía utilizar el lenguaje concreto y amable que hacía que las hiladoras de Slivene entendiesen la necesidad de luchar al lado de los hombres para poder educar a sus hijos.

En 1909, Dimitrov dirige el movimiento sindical búlgaro y también la huelga de la fábrica de cerillas de Kostenetz. Una huelga de tres meses, ferozmente reprimida. Con los trabajadores, el sindicalista de 27 años se enfrenta al hambre y a los ataques de la policía. Conoce íntimamente las reivindicaciones; además, recita versos de Botev y cita frases de Marx para demostrar que la acción es parte de un movimiento mundial, justificado y necesario.

 

 

El benjamín de los diputados

 

En las elecciones de 1913, un nuevo hecho se produjo en la historia del sudeste europeo: los trabajadores búlgaros envían un diputado al Parlamento, el benjamin de los diputados. En el anfiteatro del “Sbranie“, un joven moreno se instala en la extrema izquierda y, sin demora, la asamblea siente que un nuevo fermento estimula los debates. En las primeras sesiones, el ministro Radoslavov grita con el brazo extendido al  joven tipógrafo: “¡Hace mucho tiempo que te conozco! ¡Hace quince años, componías mis artículos a tu manera!” Ese mismo año, Constantino Dimitrov fue asesinado en el frente de los Balcanes.

Sin descanso, día tras día, Jorge Dimitrov plantea las cuestiones más humildes y que eran hasta entonces consideradas tabú; los salarios, el costo de vida, la seguridad social, las leyes contra el trabajo de las mujeres y de los niños, los desempleados, las venalidades, los escándalos, el favoritismo…

En 1915, Bulgaria, vendida desde hacía mucho por su gobierno, entra en la guerra al lado de Alemania. Dimitrov protesta. No osan detenerlo. Pero cuando regresaba un día de la provincia, ve como un general niega su departamento a un soldado herido. El parlamentario lleva al general a una esquina y le insiste en mantener al soldado exponiéndole el asunto a los viajeros que se acercaban. “Incitación de militares a la insubordinación“. Jorge Dimitrov cumple sus primeros 18 meses de prisión. La Revolución de Octubre despertó tal entusiasmo en la clase obrera; tan numerosas fueron las manifestaciones en favor de los presos políticos que el gobierno se vio obligado a pasar la esponja sobre el tema.

Pocos días después de su liberación, el diputado de la clase obrera hablaba con sus viejos amigos, los mineros de Pernik. La policía lo detuvo nuevamente: “acción sediciosa“. Pero cuando bajaba del tren en Sofía, entre dos policías, la masa de los barrios pobres, con mujeres y niños, envolvió a los policías con gritos de protesta, logrando rescatar a Dimitrov.

En 1919, un grupo de “estrictos” formó el Partido Comunista Búlgaro y envió a Dimitrov, Kolarov y Kabaktchiev al Segundo Congreso de la Internacional Comunista…

Por la noche, sin ningún tipo de documentos, los tres delegados ocuparon dos barcos; el mar estaba agitado. La tormenta se desencadenó, el barco donde estaban Dimitrov y Kolarov encalló en las orillas rumanas. La policía les pidieron los papeles y enviaron a los dos “irregulares” a la cárcel.

De Bucarest a Sofía, de Constanza a Plovdiv, la fuerza obrera se desplegó, los mítines se sucedieron, asumiendo carácter de motines, a pesar de las palizas y golpes de fusil. El ministro de Interior de Rumania pensaba también en la Revolución de Octubre; hizo también “parte del fuego”… quitándole importancia a la detención de Dimitrov y Kolarov. “No veremos más el Segundo Congreso Internacional, murmuró Dimitrov, pero ahora sabemos lo que el proletariado puede obtener de nosotros“.

 

 

Vladimir Ilyich

 

En 1920, atravesando Europa entera, Dimitrov entró finalmente en la URSS. Al día siguiente se presentaba en la oficina de Lenin.

El responsable del proletariado búlgaro sentía su corazón latir más rápidamente. Durante noches enteras examinó frase por frase los escritos de este hombre cuyos ojos estrechos y cuya frente inmensa parecía diseccionarlo, penetrar en él. No hubo grandes frases:

-“Hábleme de Bulgaria” le pidió Vladimir Ilich.

Dimitrov hizo una exposición vehemente y completa: la miseria, las luchas, la unión, la fuerza del proletariado búlgaro; le parecía que nada podría vencer el entusiasmo de los trabajadores, sin la revolución…

-“Le aconsejo que no se deje arrastrar“, dijo Lenin lentamente, sin énfasis.

Y comenzó a hablar de Bulgaria. Dimitrov veía deshacerse sus ilusiones, veía surgir las lagunas que había ocultado; había sobreestimado las victorias de su pueblo, subestimado las fuerzas de la reacción. La unión con el campesinado no estaba hecha, los campos no seguían las reivindicaciones de las ciudades y los trabajadores en Bulgaria aún constituían una parte muy pequeña de la población.

La situación aún se puede agravar“, concluyó Vladimir Ilich.

Luego condujo a su invitado, esperado desde hacía mucho tiempo, al Congreso de Sindicatos Soviéticos. Una ovación los recibió.

Este Congreso -dijo más tarde Dimitrov- me enseñó tanto como 15 años de lucha“.

De ese Congreso data su conocimiento de la URSS, que debería ayudarlo en su ardua tarea de militante emigrado. De ese primer contacto data también su amistad con Lenin y Stalin. En 1923, el Ministerio de Agricultura de Alexander Stambolínski fue reemplazado por la facción monárquica pro-alemana, cuyo programa llevaría a Bulgaria a la Edad Media. En septiembre, Dimitrov y Kolarov trataron de derrocar la dictadura. Pero, aprovechándose de la profunda división y de la falta de coordinación entre agricultores y comunistas, los monárquicos consiguieron separar a los campesinos de los trabajadores. La insurreción fue aplastada. El jefe de luchadores por la libertad, Dimitrov, se retira con sus tropas. De batalla en batalla, atraviesa la frontera yugoslava, donde debe luchar para proteger a los revolucionarios contra la policía, y luego unirse en la inmigración.

Comienza la vida errante. Berlín, Viena, Belgrado, París. Va de Congreso a Congreso, organiza, dirige, instruye. Sabe que Bulgaria está condenada a muerte dos veces. Sus compañeros vegetan en la cárcel o en la ilegalidad.

Conozco a una alemana que fue en Berlín el vínculo de Dimitrov. Fue ella quien contó:

Lo esperaba a veces durante horas en la pequeña sala amueblada, casi en su totalidad, con los libros en los que trabajaban. Un día me quejé de estas esperas. Me mostró las estanterías:

Grete, tienes todo el pensamiento revolucionario del mundo a tu disposición, tal vez no encuentres jamás la OPORTUNIDAD de isntruirte en paz, y ¿sin embargo te quejas?

Le leyó los informes que son hoy de una increíble actualidad:

La lucha contra el fascismo debe estar estrechamente vinculada a la lucha contra la amenaza de guerra. La condición del éxito es la formación del frente revolucionario, común de los obreros, de los campesinos, de los pueblos oprimidos y de las minorías nacionales“.

El nazismo se agranda; sentía las imperfecciones, las debilidades del movimiento obrero alemán, la verdadera traición de los socialdemócratas. Menos de un mes después de la toma del poder de Hitler, los nazis lanzaban la pueril provocación del incendio del Reichstag. El camino subterráneo que conducía desde la casa de Goering al Parlamento que él presidía era el único paso posible para provocar el incendio sin ser visto. En medio de las llamas del incendio, la policía arresta a un holandés fanático y semi-demente, Van der Lubbe. Lo bautizan como “comunista”. Hitler declara que ese incendio es el “dedo de Dios“. El 9 de marzo, manda arrestar en Berlín a tres búlgaros sospechosos desde hacía mucho tiempo de antifascismo, entre los cuales estaba Dimitrov. Después, el ex-presidente de la bancada comunista en el Reichstag, Torgler, que más tarde se dejaría defender por un miembro expulsado del Partido Comunista de Alemania, lo que llevó a Dimitrov decir:

Prefiero ser condenado injustamente a muerte por el tribunal alemán a ser absuelto gracias a una defensa como la que el doctor Sacht hace para salvar a Torgler“.

 

 

La consciencia del mundo

 

Durante 5 meses, Jorge Dimitrov, encarcelado y aislado de todo, estudió y preparó su defensa. Durante ese tiempo, comunistas, cristianos y demócratas de todo el mundo se movilizaban. El proceso del Reichstag, proceso Dreifus a escala internacional, despertó las conciencias avergonzadas de haber tolerado el ascenso de Hitler. Se percibía la verdad sobre el incendio, las intrigas de los clanes nazis aún más estibadas; se editó en Londres el “Libro Negro”. Famosos abogados demócratas se propusieron defender a los acusados, pero se lo impidió el tribunal alemán. Dimitrov se negó a ser defendido por abogados de oficio.

El 23 de septiembre, para celebrar el décimo aniversario de la insurrección búlgara, Dimitrov tomó la palabra por primera vez ante el tribunal de Hitler y de la prensa internacional.

Pálido, agotado por la prisión, demacrado, pero con la misma fuerza en la mirada, hizo la declaración ya muchas veces citada:

Es verdad que soy bolchevique y revolucionario proletario; y también es verdad que en mi calidad de miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, soy un hombre responsable, un dirigente. Es por esa razón precisamente que no soy ni un aventurero terrorista, ni un conspirador AMANTE DE LOS GOLPES DE ESTADO, ni un pirómano. En realidad soy un partidario entusiasta y ferviente admirador del Partido Comunista de la URSS, porque ese partido gobierna una sexta parte del globo y, conducido por su gran líder Stalin, construye el socialismo victoriosamente“.

El proceso presentado por los nazis para la derrota del comunismo mostraría al mundo la flagrante cobardía de los hombres de Hitler, el heroísmo sereno de los revolucionarios.

Jorge Dimitrov, ese hombre que arriesga su cabeza, el hombre que ama apasionadamente la vida en todas sus manifestaciones, es el único protagonista del drama en el que convergen las opiniones del mundo. Goering, en papel de testigo, rabea, injuria, pierde el control, ordena a los guardias (él como testigo) que agarren el acusado, el búlgaro le desafía, antes de dejarse agarrar:

-“¿Tienen miedo de mis preguntas, señor Presidente?“.

Goebbels, otro testigo, dice:

-“No será a mi a quien haga perder la paciencia“.

Pero otra vez, Dimitrov tiene razón. Se habla de como él mismo preparó este proceso, donde arriesga su vida para decirle al mundo estas palabras esenciales:

Defiendo mis ideas, mis convicciones comunistas. Defiendo la razón de ser de mi vida. Es por eso que cada frase que pronuncio, por así decirlo, es carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cada una de mis palabras exprime mi indignación contra el hecho de que un crimen tan anticomunista sea atribuído a los comunistas…

Y recuerda otros ataques atribuidos a los comunistas: el del aventurero Matusechka, el del loco Gorgulov, que asesinó al presidente Doumer, bajo la guía de los inmigrantes blancos, para provocar la ruptura entre Francia y la URSS. Recuerda las falsedades utilizadas por los fascistas contra la clase obrera. Examina la situación alemana, muestra las causas del triunfo de los nazis en Alemania, citando extractos del Manifiesto del Comité Ejecutivo de la Internacional que se encuentra en su poder.

Ante el avance del fascismo, el Comité Ejecutivo pide a todos los Partidos Comunistas intentar establecer una vez más un frente unido con las masas obreras socialistas…

Dimitrov desmantela también el propio proceso, señalando la incoherencia de la acusación y la maniobra maliciosa de la que es víctima el loco Van der Lubbe.

No, ese Fausto lamentable no provocó solo ese incendio, causado por un Mefistófeles infame, que se refugia“…

Obligados a liberar a los acusados, con excepción de Van der Lubbe, los nazis deciden liberar también, bajo la presión de la URSS, a Dimitrov, quien se dirigió a Moscú. En 1935, fue elegido Secretario General de la Internacional Comunista, en cuya posición se mantuvo hasta su disolución en 1943. Los informes de Dimitrov continuaron siendo modelos de clara análisis leninista. Los objetivos que proponía al Partido Comunista y a la clase obrera de Francia, en el Congreso de 1935, el 2 de agosto, siguen siendo más o menos iguales a los actuales objetivos, 14 años más tarde:

Obtener la realización del frente único no solamente en el ámbito político, sino también en el ámbito económico para organizar la lucha contra la ofensiva del capital, romper, con su entusiasmo, la resistencia opuesta al frente unido por los líderes reformistas“.

Obtener la realización de la unidad sindical en Francia. “Conectar en el movimiento antifascista a las grandes masas campesinas, a las masas de la pequeña burguesía, reservando sus demandas diarias en un LUGAR ESPECIAL EN EL PROGRAMA DEL FRENTE POPULAR ANTIFASCISTA“.

Consolidar, desde el punto de vista de la organización, y extender aún más el movimiento antifascista creando largas escalas de órganos electivos, sin partido, en el frente popular antifascista, extendiendo su influencia a las masas más amplias que los partidos y organizaciones de los trabajadores actualmente existentes en Francia“.

Ejercer presión para obtener la disolución y el desarme de las organizaciones fascistas“.

No permitir a las fuerzas reaccionarias de Francia que hagan fracasar el acuerdo franco-soviético que defiende la causa de la paz“.

 

 

Bulgaria

 

El 6 de noviembre de 1945, Jorge Dimitrov volvió a tierra búlgara. Tuvo un amor tan ardiente por su país que habló de él durante el proceso de Leipzig. Luchó por él en el extranjero durante 22 años. Su prestigio y la emoción que inspiró a los militantes de todos los países volvió a Bulgaria haciéndose celebre en todas partes del planeta. (Los hindúes me dijeron una vez: “¿Es verdad que conoces el país de Dimitrov?“). Ahora va a luchar por su país, para construirlo, para llevarlo por el camino del socialismo, durante tres años, hasta el agotamiento de sus fuerzas, hasta el último aliento.

Su salud es muy débil. Pero este hombre físicamente derrotado conserva una lucidez sin evidencia de debilidad. Organiza, predica con el ejemplo y si es necesario, castiga.

Dirige la lucha por la República Popular con toda su experiencia, y haciendo suyas las palabras de Lenin:

No te dejes arrastrar…

Preside el Consejo de Ministros. Ve finalmente como se celebra la unión entre los trabajadores y los campesinos, piedra angular de la República, y no deja de hacer hincapié en su necesidad.

 

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Ahora es el final. El viejo luchador de la clase obrera, el tipógrafo de Sofía, el más joven diputado del Sbranie, el amigo de Lenin y Stalin, el insurrecto de 1923, el hombre que desenmascaró ante el mundo el nazismo, que estaba en plena ascensión, el Secretario de la Internacional, el dirigente de la primera República Popular de Bulgaria, ha desaparecido.

En el momento en que escribo estas líneas, líderes comunistas venidos de todo el mundo y el pueblo entero de Bulgaria lo acompañan a su última morada. Stalin lo veló, Maurice Thorez sigue el funeral. La masa acompaña y cada uno se siente golpeado en el corazón. Viejas canciones y viejas palabras nos vienen a la mente, ya sea en París o en Sofía, a todos los que admiramos y amamos a Dimitrov, porque él representaba la conciencia del mundo.

La ingenua canción que todavía nos conmueve:

Murió, el amigo Lenin. Se fue para siempre…

Las últimas palabras pronunciadas por Dimitrov sobre sí mismo en Leipzig:

Nosotros, camaradas, podemos decirnos a nosotros mismos, ahora, con la misma RESOLUCIÓN del viejo Galileo:” Y, sin embargo, se mueve”. La rueda de la historia no se detiene… Esta rueda, puesta en marcha por el proletariado, no podrá ser PARALIZADA POR LOS exterminios, por los asesinatos o por las penas capitales. Se mueve y se moverá hasta la victoria final del comunismo“.

 

 

Por Dominique Desanti

 

 

Traducido por “CulturaProletaria” de la revista “Problemas”, Nº20, Agosto-Septiembre de 1949.

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