No puedo renunciar a mis principios

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Este artículo apareció originalmente en el periódico soviético “Sovietskaia Rosia” el 13 de marzo de 1988.

Se trata de una carta escrita por una profesora universitaria de Leningrado llamada Nina Andreieva. Una carta que desencadenó la polémica en la Unión Soviética y que recibió numerosos apoyos. Fue publicada cuando Mijaíl Gorbachov se encontraba en Yugoslavia de visita oficial. A su vuelta, el presidente de la URSS dio órdenes estrictas de atacar en público a la profesora a través de la prensa y acabar con la discusión. La carta de Nina Andreieva, a pesar de las deficiencias que tiene en algunos de sus pasajes, simboliza la existencia de la fuerte oposición a la perestroika en la URSS y la intención de ciertos sectores de la sociedad soviética de rescatar el marxismo-leninismo convertido en letra muerta desde el XX Congreso del PCUS.

 

 

Decidí escribir esta carta después de largas reflexiones. Soy química, profesora del Instituto tecnológico “Lensoviet” de Leningrado. Al igual que muchas otras personas, me encargo de un grupo de estudiantes. En nuestros días, después de un período de apatía social y dependencia intelectual, los estudiantes poco a poco empiezan a contagiarse del ímpetu de los cambios revolucionarios.

Naturalmente, surgen discusiones sobre el camino de la perestroika y sus aspectos económicos e ideológicos. Glasnost, apertura, desaparición de zonas exentas de críticas, emocionado fervor en las conciencias de las masas, en particular, de la juventud, frecuentemente se revelan en los planteamientos de problemas que, de una manera u otra, son aventados por las de estaciones radiales de occidente o por aquella gente de nuestro país que no tienen una firme creencia de la esencia del socialismo. ¡En las conversaciones se tocan de hecho todos los temas! Sobre el sistema pluripartidista, la libertad de proselitismo religioso, la salida del país para vivir en el extranjero, el derecho a discutir ampliamente los problemas sexuales en la prensa, la necesidad de una dirección descentralizada sobre la cultura, la abolición del servicio militar… Especialmente entre los estudiantes provoca mucha discusión el problema relacionado con el pasado del país.

Naturalmente, nosotros, los profesores, tenemos que responder a las más agudas preguntas lo que, además de honestidad, requiere profundos conocimientos, convicción, alto nivel cultural, serias reflexiones y evaluaciones sopesadas. Claro, esas cualidades son necesarias para todos los educadores de la juventud, y no sólo para los docentes de las cátedras de Ciencias Sociales.

El lugar más amado para nuestro paseo junto con los estudiantes es el parque Petergofe. Andamos por las avenidas nevadas, disfrutamos de los famosos palacios y las estatuas y discutimos. ¡Discutimos! Las mentes jóvenes arden de un gran deseo de llegar a comprender todas las complejidades y determinar su camino hacia el futuro. Miro a mis jóvenes interlocutores y pienso: cuan importante es ayudarlos a discernir la verdad, formar una concepción exacta de los problemas de la sociedad en que viven y a la cual tienen la tarea de reestructurar, y cómo hacerles entender correctamente nuestra historia pasada lejana y no lejana.

¿Pero dónde reside la preocupación? He aquí un ejemplo simple: Nos parece que sobre la Gran Guerra Patria y el heroísmo de sus participantes se ha hablado y escrito mucho. Sin embargo, hace poco, en uno de los albergues de los estudiantes de nuestro Instituto se realizó un encuentro con el Héroe de la Unión Soviética, coronel retirado V.F. Molozev. Entre otras cosas le preguntaron sobre la represión política en el ejército. El veterano respondió que no había chocado con la represión política, que muchos de los que comenzaron junto a él en la guerra, al final, eran altos comandantes de tropas… A algunos la respuesta los desencantó. El tema de la represión que siempre se discute ahora llenó de sobra la percepción de una parte de los jóvenes y obstaculiza la comprensión objetiva del pasado. No son pocos los ejemplos de ello.

Claro, nos alegra el hecho de que hasta los estudiantes de tecnología se interesan vivamente por los problemas teóricos sociales. Pero, han surgido demasiado tales cosas que no puedo aceptar ni consentir. Abuso de las palabras “terrorismo”, “esclavización política del pueblo”, “una vida social vegetativa sin alas”, “nuestra esclavitud espiritual”, “terror general” e “influencia de brutos en el poder”… Frecuentemente sólo con estos calificativos se describe la historia de nuestro país en el período de transición al socialismo. Por eso no hay que sorprenderse, por ejemplo, ante el hecho de que entre una parte de los estudiantes crezca la mentalidad nihilista, confusión en las orientaciones políticas y omnivorosidad ideológica. A veces oímos alegar que es hora de llevar a juicio a los comunistas que, según dicen, “han deshumanizado” la vida del país después de 1917.

En el Pleno del Comité Central en febrero, una vez más se subrayó la urgente necesidad de “hacer que los jóvenes posean una concepción clasista del mundo y comprensión de la relación entre los intereses universales y de clases. Entre ellos, la comprensión de la esencia clasista de los cambios que tienen lugar en nuestro país“. Esta concepción del mundo y de la actualidad es incompatible con las calumnias políticas, chismorrería barata y fantasías encantadoras, con las cuales nos encontramos frecuentemente.

Leo y releo los artículos que causan mucho ruido. ¿Qué más podrían dar, fuera de desorientación, el descubrimiento de que hubo “contrarrevolución en la URSS a comienzos de la década de 1930” y de la “culpa” de Stalin por la llegada al poder del fascismo y Hitler en Alemania? O, ¿la “cuenta” pública del número de “stalinistas” en las diferentes generaciones y grupos sociales?

Por eso, nosotros, la gente de Leningrado, hemos visto con gran interés el buen filme documental sobre Kirov que se puso hace poco. Pero, el texto que lo acompaña, en algunas partes no sólo divergía de las escenas sino les daba un doble sentido. Por ejemplo, mientras muestran la erupción del entusiasmo, optimismo y el auge espiritual de la gente que construye el socialismo, en palabra técnica el narrador se refiere a represiones, carencia de información…

Al parecer, no soy la única en notar que los llamamientos de los dirigentes del Partido a que la atención de los “descubridores” se vire hacia los éxitos reales en las diferentes etapas de la construcción socialista parecen sólo despertar, como si fuera por una orden, nuevas y nuevas llamaradas de “descubrimientos”. Un fenómeno relevante en este fondo estéril lo constituyen las piezas de M. Shatrov. El día de la apertura del XXVI Congreso del Partido pude ver la pieza teatral “Raíces azules en las hierbas rojas“. Recuerdo la reacción de los jóvenes en el episodio cuando el secretario de Lenin intenta echarle el agua de la tetera en la cabeza, confundiéndola con el modelo de la escultura de arcilla no terminada. Además, cierta cantidad de jóvenes vino con pancartas preparadas de antemano, cuyo propósito era enfangar el pasado y presente de nuestro país… En “la paz de Bretsk“, Lenin, según la voluntad del dramaturgo y el director, se pone de rodillas ante Trotski, que es la interpretación simbólica de la concepción del autor. Ella tiene mayor desarrollo en la pieza “¡Más… más… más!…“. Claro, una pieza no es un tratado de historia. Sin embargo, ¿no es que en las obras de arte la verdad es asegurada nada más que por la posición del autor? En particular, es así en el teatro político.

La posición del dramaturgo Shatrov ha sido analizada detalladamente y con argumentos en las críticas de científico-historiadores publicadas en los periódicos “Pravda” y “Sovietskaya Rossiya“. Quisiera exponer mi opinión. En particular, no puedo menos que estar de acuerdo con las aseveraciones de que Shatrov se ha apartado sustancialmente de los principios del realismo socialista. Tratando el período más responsable de la historia de nuestro país, él absolutiza el factor sujetivo del desarrollo social, y claramente ignora las leyes objetivas de la historia, que se reflejan en las actividades de las clases y masas. El papel de la masa proletaria y el partido de los bolcheviques es arrojado al “suelo” donde se despliegan acciones de los politicones irresponsables.

Los críticos, apoyándose en la metodología marxista-leninista para estudiar los concretos procesos históricos, demostraron convincentemente que Shatrov tergiversa la historia del socialismo en nuestro país. Cosa que no le gusta a Shatrov es el Estado de la dictadura del proletariado, sin la contribución histórica de la cual hoy no tendríamos ni qué reestructurar. Más adelante, el autor acusa a Stalin de asesinar a Trotski y a Kirov y del “bloqueo” a Lenin enfermo. Pero, ¿acaso, se pueden hacer acusaciones tendenciosas, imaginarias contra personalidades históricas sin tener las pruebas?

Desgraciadamente, los críticos no lograron demostrar que, pese a todas las pretensiones del autor, el dramaturgo no logró ser original.

Me pareció que en la lógica de valoración y argumentos, son muy parecidos a los del libro de B. Suvarin, publicado en París en 1935. En su pieza, Shatrov pone en boca de los protagonistas de su obra lo que los enemigos han venido sosteniendo sobre cómo se desenvolvió la revolución, el papel de Lenin en ella, las relaciones entre los miembros del Comité Central en las distintas etapas de la lucha interna del Partido… Tal es la esencia del “nuevo modo de leer” a Lenin de Shatrov. Agrego, que el autor de “Niños de Arbat“, A. Rybakov también reconoció francamente que algunos temas fueron tomados por él de las publicaciones de la emigración.

Sin haber leído todavía la obra “¡Más… más… más!…” (no ha sido editada), ya leí la repercusión alabadora sobre ella en diferentes publicaciones. Y ¿a qué se debe tal prisa? Después, supe que se prepara con rapidez la puesta en escena de la pieza.

Pronto, después del Pleno de febrero, en “Pravda” apareció la carta “¿Por un nuevo círculo?” firmada por ocho figuras del teatro de nuestro país. Ellos advierten contra las posibles, según su opinión, demoras de la puesta en escena de la última pieza de Shatrov. Esta conclusión se basa en las valoraciones críticas hechas respecto a la pieza, que aparecieron en los periódicos. No sé por qué, pero los autores de la carta ponen a los autores de las valoraciones críticas fuera del paréntesis de los “que aman a la Patria”. ¿Concuerda eso con el deseo de ellos de discutir aguda y apasionadamente los problemas de nuestra historia del pasado lejano y cercano? ¿Sólo a ellos se les permite tener opinión propia?

En las numerosas discusiones que hoy día se realizan virtualmente de todos los problemas de la sociología, a mí, como profesora universitaria, me interesan ante todo aquellos que directamente influyen en la formación ideológico-política de la juventud, su salud moral y su optimismo social. Conversando con los estudiantes y reflexionando junto a ellos sobre agudos temas, llego inconscientemente a la conclusión de que en nosotros se han acumulado no pocas torceduras y unilateralidades que evidentemente hace falta que se rectifiquen. Sobre algunas de ellas voy a hablar.

Tomaré el asunto del lugar que Stalin ocupa en la historia de nuestro país. Precisamente con su nombre está vinculada la obsesión de todos los ataques críticos, la cual, en mi opinión, está vinculada más con la complejidad del período de transición que con la misma personalidad histórica. Un período vinculado con la inmortal hazaña de toda una generación entera de soviéticos, quienes hoy poco a poco se alejan de las actividades laborales, políticas y sociales activas. En la fórmula del “culto a la personalidad” se mezclan forzosamente la industrialización, la colectivización, la revolución cultural, que pusieron a nuestro país en la fila de las grandes potencias mundiales. Todo esto se pone en duda. Las cosas llegaron a tal extremo que los “stálinistas” (en cuyo número se puede incluir a cualquiera) empezaron a exigir insistentemente “penitencia”… Con muchas ganas ensalzan las novelas y películas que atacan duramente a la época de tormentas e impulso que se describe como la “tragedia de los pueblos”. Es verdad que a veces tales intentos de elogiar el nihilismo histórico no dan buenos resultados. Por lo cual, en ocasiones, la película alabada por los críticos es recibida muy fríamente por la mayoría de la población pese a los anuncios sin precedentes de la prensa.

Aquí, quisiera indicar de antemano que ni yo, ni los miembros de mi familia tienen relación alguna con Stalin, ni con las personas cercanas a él o sus alabadores. Mi padre fue un obrero del puerto de Leningrado, mi mamá, montadora en la fábrica Kirov. Allí trabajó también mi hermano mayor. Él, mi papá y una hermana murieron en la batalla contra los hitlerianos. Uno de mis parientes fue reprimido y después del XX congreso del Partido fue rehabilitado. Junto a todos los soviéticos, comparto la indignación y rencor respecto a las represiones masivas que tuvieron lugar en los años 30 y 40, por la culpa de la dirección del Partido y Estado de aquel entonces. Sin embargo, el sentido sano se opone resueltamente a pintar con un mismo color a todos los acontecimientos contradictorios que es un fenómeno que comienza a prevalecer hoy en algunos órganos de prensa.

Apoyo el llamamiento del Partido a defender el honor y dignidad de los predecesores del camino del socialismo. Pienso que, partiendo precisamente de esta posición clasista y partidista debemos valorar el papel histórico de todos los dirigentes del partido y país, inclusive a Stalin. Al hacerlo, no debemos concentrarnos sólo con los aspectos “palaciegos” y las moralejas abstractas de la gente distante tanto de ese período terrible como de los que vivieron y trabajaron en aquel tiempo. Aún hoy, cómo ellos trabajaron constituye un ejemplo inspirador para nosotros.

Para mí, al igual que para mucha gente, el papel decisivo en la valoración de Stalin juegan los testimonios personales de sus contemporáneos que tuvieron contactos con él, tanto los de nuestro lado de la barricada como los del otro. Son interesantes precisamente los testimonios de los últimos. Tomemos por ejemplo a Churchill quien en el año 1919 se enorgulleció de su contribución personal a la organización de la intervención militar de los 14 Estados extranjeros en la joven República Soviética y, sin embargo, exactamente 40 años después, se vio obligado a caracterizar con las siguientes palabras a Stalin, uno de sus rivales políticos temibles: “Fue una destacada personalidad que se imponía a nuestro tiempo cruel en que transcurrió su vida. Stalin fue una persona de energía extraordinaria, erudición y fuerza de voluntad indoblegable, aguda, despiadada y cruel tanto en las acciones como en las palabras a lo cual yo, educado en el parlamento inglés, no podía contraponer nada… En sus obras sonaba una fuerza titánica. Esa fuerza era tan grande en Stalin que parecía el único entre todos los dirigentes de todos los tiempos y pueblos… Su influencia sobre la gente era irresistible. Cuando entraba en la sala de conferencia de Yalta, todos nosotros, como por orden, nos levantábamos. Y ¡qué cosa más extraña!, manteníamos las manos pegadas a las costuras del pantalón. Stalin poseía una inteligencia profunda, lógica y razonada, libre de toda clase de miedo. El era un maestro sin par en lograr las salidas de las situaciones complicadas… Fue un hombre que aniquilaba a sus enemigos con las manos de sus enemigos. El nos obligó, a quienes llamaba abiertamente imperialistas, a luchar contra los imperialistas… El heredó una Rusia con sólo arados y dejó una Rusia llena de armas nucleares“. De hipocresía o coyuntura política no podéis interpretar tal valoración y reconocimiento de parte de un leal defensor del Imperio británico.

Aspectos fundamentales de esta caracterización se pueden encontrar también en las memorias de De Gaulle, en las memorias y correspondencia de otros políticos de Europa y América que tuvieron relaciones con Stalin como aliado militar o enemigo de clase.

Materiales significativos y serios para reflexiones sobre este problema, dan los documentos que están incluso al alcance de todos los que deseen. Por ejemplo, los dos tomos de “Correspondencia del Presidente del Consejo de Ministros de la URSS con el presidente de EE.UU. y el primer ministro de Gran Bretaña durante el período de la Gran Guerra Patria de 1941-1945“, publicados por el Politizdat (Editorial político) en 1957. Estos documentos nos hacen enorgullecemos de nuestra superpotencia, su lugar y papel en el mundo tempestuoso y cambiante. Viene a mi memoria la colección de informes, discursos y órdenes de Stalin en los años de la pasada guerra en los que se educó la generación heroica de los victoriosos sobre el fascismo. Aquella colección sería bueno que se reeditase, incluyendo los documentos que en aquel tiempo eran secretos como fue el caso de la dramática orden No. 227. Esto es planteado con insistencia por algunos historiadores. Esos documentos son desconocidos para los jóvenes. Especialmente importantes para la formación de conciencia histórica, son las memorias de los generales Zhukov, Vasilevski, Golovanov, Shtemenko y el constructor de aviones Yakovlev, que conocieron a Stalin no de oídas.

 

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Claro, ese fue un tiempo muy arduo. Pero, al mismo tiempo, es cierto que la modestia personal, que llegaba hasta el ascetismo, todavía no se avergonzaba de sí misma y todavía no salían a la luz los potenciales millonarios soviéticos en el silencio de las oficinas supernumerarias y las bases comerciales. Además, no fuimos tan hábiles y pragmáticos que preparamos a la juventud no para la delicadeza del consumo de los bienes ganados por los padres, sino para el trabajo y la defensa, sin remover el mundo espiritual de los jóvenes amenazado por las obras maestras llegadas desde otro lado de la frontera y las producciones domésticas de la cultura masiva.

De las largas conversaciones francas con los jóvenes interlocutores podemos sacar la conclusión de que los ataques al Estado de la dictadura del proletariado y los líderes de nuestro país de aquel tiempo tienen, además de las causas políticas, ideológicas y morales, su terreno social. No son pocos los interesados en ampliar el campo de estos ataques. Y no sólo por aquel lado de nuestra frontera. Junto a los anticomunistas profesionales de Occidente que hace mucho tiempo escogieron la consigna democrática (según ellos dicen) del “antistalinismo”, viven y prosperan los descendientes de las clases derrocadas por la Revolución de Octubre, muchos de los cuales están lejos de olvidar las pérdidas materiales y sociales de sus antepasados. A ellos se suman los herederos espirituales de Dan y Martov, otros del campo de la socialdemocracia rusa, los seguidores espirituales de Trotski y Yagod y los descendientes de nepmanes, basmaches y kulaks, resentidos por el socialismo.

Cualquier personaje histórico, como saben, se forma por las condiciones socioeconómicas e ideo-políticas concretas, las cuales ejercen una influencia determinante en la selección objetiva y subjetiva de las personalidades llamadas a resolver estos u otros problemas sociales. Llevada a la escena de la historia, tal personalidad, para “mantenerse flotando”, ha de satisfacer las demandas de la época y de las principales estructuras sociales y políticas y encarnar en sus actividades las leyes objetivas dejando inevitablemente la “huella” de su personalidad en los acontecimientos históricos. En resumidas cuentas, por ejemplo, hoy son pocos los que se agitan por la cualidad personal de Pedro el Grande, pero, todos recuerdan que fue en su gobierno que nuestro país alcanzó la altura de gran potencia europea. El tiempo ha condensado el resultado que en el presente yace en la valoración histórica de la personalidad del emperador Pedro. Las flores invariables en su sarcófago en la Catedral de la fortaleza Petropavlovsk reencarnan el respeto y reconocimiento de nuestros coetáneos que están lejos del absolutismo.

Pienso que, por muy contradictoria y compleja que fuere una u otra figura de la historia soviética, su papel verdadero en la construcción y defensa del socialismo, tarde o temprano, recibirá su valoración objetiva y definitiva. Naturalmente, ser definitiva no significa unilateralidad que justifica o reúna eclécticamente los fenómenos contradictorios que hace crear con las falsas acusaciones cualquier tipo de subjetivismo, “perdonar o no perdonar”, “dejar o botar” de la historia. Definitivo, significa ante todo la valoración concreto-histórica fuera de las coyunturas, en la cual se manifestará, según los resultados históricos, la dialéctica de concordancia de la actividad de la personalidad con las leyes fundamentales del desarrollo de la sociedad. En nuestros países esas leyes han estado ligadas con la solución del problema “¿quién es quién?”, tanto en los aspectos externos como internos. Si seguimos la metodología marxista-leninista para el estudio de la historia, ante todo, según las palabras de M.S. Gorbachov, hay que indicar claramente cómo vivieron, trabajaron y en qué creyeron millones de personas, y cómo se juntaron la victoria y el fracaso, descubrimientos y errores, lo luminoso y lo trágico, el entusiasmo revolucionario de las masas y la violación de la legalidad socialista, y a veces, delitos.

Hace poco una alumna mía me dejó perpleja al plantear que la lucha de clases es un concepto obsoleto, como lo es el papel dirigente del proletariado. Sería bueno si ella fuera la única que alegara esto. Pero, por ejemplo, una agria discusión fue provocada por las aseveraciones recientes de un respetado académico de que las actuales relaciones entre los Estados de los dos diferentes sistemas socioeconómicos no tienen un contenido de clase. Supongo que el académico no consideró necesario explicar por qué él, durante varias décadas, escribió sobre algo completamente opuesto, o sea, que la coexistencia pacífica no es otra cosa que una forma de lucha de clases en la arena internacional. Así que, resulta que el filósofo ahora se limitó a esto. Claro, puntos de vista se pueden cambiar. Sin embargo, según mi opinión, el deber principal del filósofo le ordena que, por lo menos, explique a los que estudiaron y estudian con sus libros: ¿es cierto que hoy día la clase obrera internacional ya no se contrapone al capital mundial a través de sus órganos estatales y políticos?

En el centro de las discusiones de nuestros días, según pienso, está el mismo problema: ¿qué clase o capa de la sociedad constituye la fuerza rectora y movilizadora de la perestroika? Sobre esto, en particular, se habló en la entrevista del escritor Projanov publicada en el periódico de nuestra ciudad, “Leningradski rabochi“. Projanov parte del hecho de que la particularidad del actual estado de la conciencia social se caracteriza por la existencia de dos corrientes ideológicas, o como él dice, “columnas” alternativas, las cuales desde diferentes direcciones tratan de superar en nuestro país al “socialismo construido en batallas”. Exagerando la importancia y la agudeza de la oposición mutua de estas “columnas”, el escritor, pese a todo, correctamente subraya que “ellos coinciden sólo en la azotaina de los valores socialistas“. Sin embargo, las dos, como aseguran sus ideólogos, apoyan la “perestroika”.

La primera, la más activa corriente ideológica que se declaró en el curso de la perestroika, aspira al modelo de un tal socialismo intelectual izquierdo-liberal, según dicen, de humanismo más genuino y “limpio” de estratificación de clases. Sus seguidores contraponen al colectivismo proletario “el valor superior del individuo”- con las búsquedas modernistas en el campo de la cultura, las tendencias supersticiosas, los ídolos tecnocráticos, el sermón sobre los encantos “democráticos” del capitalismo contemporáneo y el servilismo ante sus éxitos reales y falsos. Sus representantes mantienen que nosotros, según dicen, no hemos construido aquel socialismo que teníamos que construir y que, sólo hoy, “por primera vez en la historia, se formó la alianza de la dirección política y la intelectualidad progresista“. En un tiempo en el que millones de personas de nuestro planeta mueren de hambre y de epidemias por las aventuras militares del imperialismo, ellos demandan la elaboración de los “códigos jurídicos de defensa de los derechos de los animales”, dotan a la naturaleza de razón extraordinaria y sobrenatural y sostienen que el intelecto no es una cualidad social, sino biológica heredada genéticamente de padres a hijos. Explíquenme, ¿qué significa todo esto?

Precisamente los partidarios del “socialismo izquierdo-liberal” son los que tratan de falsear la historia del socialismo. Ellos nos inculcan que el pasado real del país sólo son errores y delitos, al mismo tiempo que callan los grandes éxitos de antes y ahora. Arrogándose toda la verdad histórica, sustituyen el concepto socio-político del desarrollo de la sociedad con categorías éticas. Tengo mucho deseo de saber ¿a quién, y por qué, hace falta denigrar y desacreditar a todos los altos dirigentes del CC del Partido y Gobierno soviético después que dejan el puesto, relacionándolos con reales o falsos errores y cálculos fallidos al solucionar los más complejos problemas en condiciones históricas tan difíciles? ¿De dónde sacan tanta pasión en nuestro país para destruir el prestigio y dignidad de los dirigentes del primer país socialista del mundo?

Otra particularidad de la concepción de los “izquierdo-liberales” es la tendencia cosmopolita, abierta o encubierta, un cierto “internacionalismo” anacional. No me acuerdo dónde, pero leí en alguna parte, que después de la revolución, a Trotski “como judío”, en Petrosoviet, le vino a ver una delegación de comerciantes y fabricantes demandando a los soldados rojos por los vejámenes. Entonces éste les señaló que él “no era un judío, sino, un internacionalista“, dejando así perplejos a los visitantes.

Para Trotski la concepción de lo “nacional” era algo incompleto y limitado comparado con lo “internacional”. Por eso subrayaba la “tradición nacional” de Octubre, escribía sobre lo “nacional” de Lenin y sostenía que el pueblo ruso “no recibió ninguna herencia cultural“, etc. No se sabe por qué, pero nos cohibimos de decir que precisamente el proletariado ruso, al cual los trotskistas tildaban de “atrasado e inculto”, cumplió, según las palabras de Lenin, “tres revoluciones rusas” y que en la vanguardia de la lucha de la humanidad contra el fascismo estaban los pueblos eslavos.

Claro está que lo dicho no significa empequeñecer de alguna manera la contribución histórica de otras naciones y pueblos. Esto, como hoy suelen decir, sólo posibilita la plenitud de la verdad histórica… Cuando los estudiantes me preguntan cómo pudo ocurrir que se arrasaran miles de aldeas de Nechernozemia y Siberia, yo respondo que esto también es parte del alto precio de la Victoria y la rehabilitación postbélica de la economía nacional, como la pérdida irrecuperable de una gran cantidad de monumentos de la cultura nacional rusa. Y aún sigo convencida: el empequeñecer la importancia de la conciencia histórica engendra la erosión en paz de la conciencia patriótica y defensiva, asimismo la tendencia de inscribir las más pequeñas expresiones de orgullo nacional de los rusos en la columna del chovinismo de gran potencia.

He aquí otra cosa que me inquieta: con el belicoso cosmopolitismo está vinculada la práctica de renunciar al socialismo. Desgraciadamente, nosotros nos acordamos repentinamente de esto sólo ahora cuando sus neófitos, con sus escándalos fastidian ante el Smolny y las paredes del Kremlin. Además, de una manera u otra, ellos poco a poco nos acostumbran a ver en los mencionados fenómenos sólo un tipo de cambio de “lugar de residencia” casi inofensivo, y no una traición a clases y a la nación de la gente, la mayoría de las cuales terminaron en las universidades y cursos de preparación de profesores y científicos a expensas de los fondos de todo el pueblo. En general, algunos tienden a ver en el “abandono” cierto tipo de expresión de “democracia” y “derecho del hombre”, cuyo talento el “socialismo estancado” ha impedido florecer. Pero, si allá, en el “mundo libre”, no apreciaran el fervoroso espíritu de iniciativa y la “genialdad”, y los servicios especiales del occidente no estuvieran interesados en el comercio con la conciencia, podrián volver atrás…

Como es sabido, en dependencia del papel histórico concreto, Marx y Engels llamaron a unos Estados, en una etapa determinada de su historia, como “contrarrevolucionarios”—subrayo—, no las clases ni capas sino precisamente los Estados. En base a un enfoque de clases, ellos no se inhibieron para caracterizar agudamente a una serie de pueblos, entre ellos el ruso, polaco, y también las naciones a que ellos pertenecían. Es como si los fundadores de la concepción científica del mundo nos recordaran que, en la comunidad fraternal de los pueblos soviéticos, cada nación y pueblo debe saber “apreciar su dignidad desde joven” y no permitir ser arrastrados por las provocaciones hacia ideas nacionalistas y chovinistas. La dignidad y orgullo nacionales de cada pueblo deben fundirse orgánicamente con el internacionalismo de la sociedad socialista.

Mientras que los “neoliberales” se orientan hacia el Occidente, la “columna alternativa”, según la expresión de Projanov, de “conservadores y tradicionalistas” aspira a “superar el socialismo retrocediendo“. En otras palabras, retornar a la formación social de la Rusia prerrevolucionaria. Los representantes de este original “socialismo de campesinos” están obsesionados por tal imagen. Según su opinión, hace cien años, se perdieron los valores morales acumulados en las tinieblas de siglos de la comunidad de campesinos. Los tradicionalistas tienen un mérito insospechable en el desenmascaramiento de la corrupción, la solución justa de los problemas ecológicos, la lucha contra el alcoholismo, la defensa de los monumentos históricos y la contraposición a las influencias de la cultura masiva a la cual definen correctamente como psicosis de consumismo…

Al mismo tiempo, en los puntos de vista de los ideólogos del “socialismo de campesinos” se encuentran la incomprensión del significado de Octubre para el destino del país, una valoración unilateral de la colectivización como “horrible arbitrariedad respecto al campesinado“, una opinión carente de espíritu crítico sobre la filosofía místico-religiosa rusa, las viejas concepciones zaristas en las ciencias históricas del país. Y falta de deseo de ver la estratificación del campesinado después de la revolución y el papel de la clase obrera. Con relación a la lucha en el campo, por ejemplo, aquí frecuentemente se mencionan los “comisarios” rurales que les “disparaban por la espalda a los campesinos de nivel medio“. En un grandioso país agitado por la revolución, naturalmente hubo todo tipo de comisarios. Sin embargo, la dirección principal de nuestra vida, pese a todo, era determinada por aquellos comisarios a quienes les disparaban. Precisamente de las espaldas de ellos se les recortaban estrellas, y eran quemados vivos. La “clase atacante” tuvo que pagar por las vidas de comisarios, chekistas, campesinos bolcheviques, miembros de comités de campesinos pobres, los “veintemilenarios”, primeros tractoristas, mensajeros rurales, muchachas maestras, komsomoles rurales y de otras decenas de miles de combatientes desconocidos que lucharon por el socialismo.

La complejidad de la educación de la juventud se profundiza todavía más debido a que en el cauce de la idea de los “neoliberales” y “neoeslavófilos” se crean organizaciones y coaliciones no formales. Ocurre que en las direcciones de estas organizaciones están ganando terreno los elementos extremistas, motivados por la provocación. En los últimos tiempos se perfila la politización de estas organizaciones de aficionados sobre la base del pluralismo, que está lejos de ser socialista. Frecuentemente, los líderes de estas organizaciones hablan de “división del poder”, sobre la base del “sistema parlamentario”, “sindicatos libres”, y “autonomía de las casas editoriales”, etc. En mi opinión, todo esto permite sacar la conclusión de que el problema principal y cardinal de las discusiones que se realizan en el país es: reconocer o no el papel rector del Partido y la clase obrera en la construcción socialista, quiere decir, en la perestroika. Naturalmente, junto a las conclusiones teóricas y prácticas para la política, la economía y la ideología que de ello emanan.

Lo que se deriva de esta clave concepción socio-histórica del mundo, es el problema sobre el papel de la ideología socialista en el desarrollo espiritual de la sociedad soviética. A propósito, este asunto era ya agudo a finales de 1917. Kautski señala en uno de sus folletos dedicados a la Revolución de Octubre que el socialismo se caracteriza por la planificación férrea y la disciplina en la economía y la anarquía en la ideología y la vida espiritual. Esto causó júbilo entre los mencheviques, los eseristas y otros ideólogos pequeñoburgueses, pero encontró la resuelta resistencia de Lenin y sus camaradas de lucha quienes, como decían en aquel tiempo, defendieron la “estatura dirigente” de la ideología científica del proletariado. Recordemos que cuando V.I. Lenin chocó con las manipulaciones del entonces famoso sociólogo, Pitirim Sorokin, con las estadísticas de los divorcios entre la población de Petrogrado y los escritos religioso-conservadores de Vipper (los cuales comparados con los que se publican en nuestros días parecen completamente inocentes), explicó la aparición de tales cosas en las publicaciones como resultado de falta de experiencia de los trabajadores de los medios de información masiva, hizo constar que “la clase obrera de Rusia supo ganar el poder, pero no ha aprendido a utilizarlo“. Si no fuera así, indicó Vladimir Ilich, a aquellos profesores y escritores que “son peores que los conocidos estupradores que sirven como vigilantes de las escuelas para los menores” ellos los hubieran “expulsado cortésmente” del país. A propósito, de los 164 deportados a fines de 1922 por la lista del Comité Central Ejecutivo de Rusia, muchos, después, volvieron y sirvieron honestamente a su pueblo. Entre ellos estuvo también el profesor Vipper.

Como se entiende, hoy la cuestión sobre el papel y lugar de la ideología socialista ha tomado una forma muy aguda. Autores de los artículos especuladores, bajo la égida de “limpieza” moral y espiritual borran los límites y criterios de la ideología científica y manipulando la glasnost, siembran el pluralismo no socialista, lo que objetivamente frena la perestroika en la conciencia social. Especialmente doloroso se refleja esto en la juventud, lo que, repito, sentimos claramente nosotros, los profesores de la universidad, maestros de las escuelas y todos aquellos que se dedican a los problemas de la juventud. Como dijera Mijail Gorbachov en el pleno de febrero del CC del PCUS, “nosotros debemos, en la esfera espiritual también, o puede ser, aquí ante todo, actuar guiándonos por nuestros principios marxistas-leninistas. Principios, camaradas, que no podemos ceder bajo ningún concepto“.

Insistimos e insistiremos en esto. Los principios no son cosas que nos regalaron, sino son valores obtenidos con muchos sufrimientos en los virajes de la historia de nuestra Patria.

 

 

Extraído de “Principios no regalados” (Breve historia de la Perestroika (Artículos y discursos)) de Nina Andreieva

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2 pensamientos en “No puedo renunciar a mis principios

  1. Henry Mas y Rubi

    En estos tiempos está muy vigente “…los jóvenes amenazado por las obras maestras llegadas desde otro lado de la frontera y las producciones domésticas de la cultura masiva”

    Responder
  2. Jesusa Laguna Escudero

    MIs felicitaciones a la maestra un buen artículo asì debemos deslindar con toda la derecha

    Responder

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