Materialismo mecanicista y materialismo dialéctico

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A través de “crisis esenciales”, nuestra razón y la ciencia se enriquecen. El autor (Paul Lagenvin), analizando los avances de la física, hace de alguna manera el camino inverso al de la gente desconcertada que, hoy, pretende redescubrir la ideología burguesa. Muestra cómo el pensamiento evolucionó hasta el materialismo dialéctico, lo que él llama “filosofía de la transformación”.

El discurso, del que reproducimos algunos fragmentos, fue hecho por Paul Langevin en París, en 1945, en un acto diseñado para conmemorar el 200 aniversario de la edición de la Enciclopedia, obra que marcó el pensamiento francés (enciclopedismo) en el pre-Revolución Francesa de 1889.

Este discurso, más allá de su interés intrínseco, está de actualidad política en un momento en que dichos sectores llamados de “izquierda” buscan presentar como paradigma al pensamiento progresista de nuestro tiempo la yuxtaposición de los ideales políticos de la Revolución Francesa con la ideología de la Revolución Soviética. Langevin muestra, en el terreno filosófico y científico, que las concepciones de los pensadores progresistas en Francia a mediados de 1700, fueron superadas por un mayor desarrollo científico y sobre todo por el pensamiento filosófico de Karl Marx. Muestra que la síntesis hecha por Marx entre el materialismo francés y la dialéctica idealista alemana no es una mera yuxtaposición de estas dos corrientes, sino su síntesis dialéctica.

En este texto destaca, en particular, la visión dialéctica del nuevo determinismo introducido por la física moderna, el determinismo probabilista. Langevin no lo niega, le da la bienvenida como humanización de la ciencia. Con esta visión se distingue de físicos y filósofos soviéticos que, unidos a una visión mecanicista de la realidad, trataban de reducir el alcance de la innovación conceptual.

Paul Langevin fue un físico de renombre en la primera mitad de este siglo. Con importantes trabajos científicos sobre la relatividad y el magnetismo, presidió los Congresos Solvay, principal foro de la física de la época, a partir de 1927. También contribuyó de forma importante en la educación y la filosofía. Fue un destacado activista político progresista. Participó activamente en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, fue arrestado por los nazis y huyó de la cárcel. Después de la guerra ingresó en el Partido Comunista Francés, falleciendo en 1946. Sus restos mortales fueron trasladados al Panteón, tumba de los héroes de la nación francesa. Fragmentos de sus escritos políticos, científicos, filosóficos y educativos han sido publicados en el libro “La Pensée et L’Acción“. Los fragmentos aquí publicados han sido traducidos de la revista “La Pensée“, Nº 12, 1947, p. 8-12.

 

Hace exactamente dos siglos, en 1745, Denis Diderot, que entonces tenía 32 años, aceptó, bajo el pedido del Editor Le Breton, dirigir un proyecto inicialmente limitado a la traducción del diccionario inglés de Ephraim Chambers, aparecido en 1728, pero que, magnificado por el genio Diderot, daría lugar a la construcción del monumento más característico del espíritu francés del siglo XVIII, la publicación de la Enciclopedia o diccionario racional de las ciencias, de las artes y de la artesanía… El espíritu y el contenido de la Enciclopedia definidos perfectamentepor su título.

Está, antes de nada, bajo el reino de la razón, esta razón que, de acuerdo con el firme convencimiento de los líderes de la Enciclopedia, juzga en última instancia a la que, sin duda, debemos recurrir según el método cartesiano. Así como dijo Dalembert en su discurso preliminar: “Descartes se atrevió a hablar a los buenos espíritus para sacudir el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, en fin, de los prejuicios y de la barbarie y, a través de esta revuelta, de la que ahora cosechamos los frutos, prestó a la filosofía un servicio más esencial que el que todos aquellos de los que debe a sus ilustres predecesores“.

Los enciclopedistas usan la cuestión de la naturaleza en la ciencia

Por esta razón, puede ser suficiente dentro del campo de las matemáticas, cuando se trata de construir o demostrar las ciencias naturales, debe recurrir al método experimental, preconizado por Bacon, inaugurado por Galileo, y que, después de más de tres siglos, resultó ser de una fecundidad extraordinaria. Por lo tanto, los enciclopedistas invocan y utilizan la cuestión de la naturaleza en la ciencia, del mismo modo que buscan la expresión de la naturaleza dentro de las artes. Es uno de los aspectos más interesantes de la genialidad de Diderot que, en este sentido, creó la crítica del arte comentando las primeras exposiciones públicas llamada Salones.

El carácter más original de la Enciclopedia se encuentra en el importante papel que desempeñan los oficios. Por primera vez fue claramente puesto en evidencia el profundo lazo que unió la ciencia y la técnica, la teoría y la práctica, el pensamiento y la acción, y su fecundación recíproca dentro del desarrollo del progreso humano. Se comenzó a entender lo hoy que vemos claramente: el Homo faber y el Homo sapiens fueron lo mismo. La ciencia, resultado de las necesidades de acción y sólo capaz de fertilizarse a sí misma, no puede desarrollarse más que por la experiencia requerida por la acción y utilizando los medios cada vez más amplios de la acción puestos a su disposición por la técnica. Sabemos que la mano del hombre, por el manejo de la herramienta, educó al cerebro y que el pensamiento, nacido de la acción, debe, según el viejo mito de Anteo, para mantenerse fuerte y fructífero, regresar a la acción inspiradora de formas cada vez más ricas y cada vez más elevadas.

Otro aspecto de la estrecha articulación del pensamiento y de la acción, aspecto que no podría ser predicho por los autores de la Enciclopedia, corresponde con el papel desempeñado por esta en la vida política de Francia, en los orígenes de nuestra Revolución…

Nuestra historia nos muestra que esta transformación, iniciada de este modo, llevó rápidamente a un profundo desarrollo del que apenas empezamos a salir, y en el cual veo una de las razones, dentro de una contradicción interna a la concepción que tiene el siglo XVIII, del objetivo perseguido por la ciencia.

Esta estaría dominada por el prodigioso éxito de las ideas de Newton, quien acabaría de fundar la mecánica y más particularmente la mecánica celeste. Aquí estaba el prototipo que debería adaptarse a toda la ciencia de la naturaleza, en un espíritu de un determinismo mecanicista, o determinismo absoluto, cuya expresión más perfecta se encuentra en la conocido frase de Laplace: “Una inteligencia que por un instante dado, conociera todas de las fuerzas de que la naturaleza está animada y la estructura respectiva de los seres que la componen, si por otra parte fuese lo bastante amplia como para someter estos datos al análisis, abarcaría en la misma fórmula los movimientos de los mayores cuerpos del universo y los del más leve átomo; nada sería incierto para ella, y el porvenir, como el pasado, se presentaría a sus ojos. Todos los esfuerzos del espíritu humano tienden a acercarnos incesantemente a la inteligencia que acabamos de concebir y de la que él siempre permanecerá infinitamente alejado“.

Es necesario hacer hincapié en el carácter sobrehumano, y casi inhumano del ideal propuesto a la ciencia. Este ideal también condicionó las ciencias de la vida. Diderot, por ejemplo, en su “Interpretación de la naturaleza“, cita a Maupertius que define así el animal:

Un sistema de diferentes moléculas orgánicas que, por un impulso inicial dado por el que creó la materia en general, fueron combinadas hasta que cada una redescubrió el lugar más conveniente para su figura y su reposo“.

Y “La Mettrie” escribió su libro sobre “La máquina humana“.

Estando nuestro pasado y nuestro futuro contenidos en el impulso inicial dado al inmenso proyectil al que el determinismo mecanicista compara el universo, la actitud del hombre, y la de la ciencia, no pueden ser más que contemplativa, como lo es en la astronomía, lo que llevó a un fatalismo, con esta paradoja de que la ciencia, como resultado de las necesidad de la acción, llegue a negar la posibilidad misma de la acción. De ahí que un desarrollo domine todo el siglo XIX con las manifestaciones igualmente variadas como antes, desde la desesperación romántica hasta el divorcio entre la ciencia y la filosofía que limitó tanto tiempo a esta última dentro de nuestras facultades de letras, lo que dio lugar a declaraciones periódicas de bancarrota de la ciencia o el uso de la intuición de Bergson, a través de un idealismo metafísico sin contacto real, ya que la ciencia sería poco considerada a no ser por su aspecto utilitario, fuente de fuerza material y de beneficio egoísta. Divorcio de la ciencia y de la justicia, del que todavía sufrimos las consecuencias monstruosas. Crisis finales de las humanidades, en los últimos 150 años, la ciencia no ha encontrado su lugar, porque el determinismo absoluto la ha deshumanizado y su enseñanza estuvo muy orientada en el sentido de las aplicaciones en lugar de integrarse en una cultura digna de su nombre.

La contradicción fundamental a la que me refiero está hoy superada por la renovación que se llevó a cabo desde el siglo XVIII con la introducción francesa, primero con Buffon y Lamarck, de la noción de la evolución y el propio desarrollo de nuestra ciencia que hizo evolucionar nuestra concepción de la razón en si misma. Hace dos siglos, la razón era concebida como estática con las categorías kantianas del espacio y del tiempo absoluto y su lógica aristotélica. La renovación se inició en el campo de las matemáticas con la introducción de las geometrías no euclidianas y las contradicciones planteadas por la teoría de conjuntos. Entonces, el movimiento ganó a la física, que en los últimos 50 años, atravesó diversas crisis esenciales. La de la relatividad, fue resultado de una contradicción entre las concepciones clásicas del espacio y del tiempo y los resultados de la experiencia, que sólo puede ser removida en la relatividad especial, por la síntesis eisnteiniana del espacio-tiempo, y, en la relatividad generalizada, por una síntesis de la física y de la geometría donde esta tomó un aspecto totalmente nuevo.

Abierta por la misma época que la anterior, la crisis de los quanta, aún no finalizada, llevó a consecuencias aún más profundas con respecto a la propia noción del determinismo y devuelve de nuevo a la ciencia su carácter humano, restituyendo la acción a su lugar.

 

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La nueva física reemplaza el determinismo absoluto por el determinismo estadístico en virtud de que nuestro conocimiento actual de un sistema material no nos permite predecir más que cantidades probables de las distintas posibles etapas posteriores de este sistema, probablemente igual de tenues cuando la previsión es de tiempo más lejano. Para los sistemas a nuestra escala, y para la mayoría de aplicaciones, esta probabilidad puede aproximarse prácticamente a la certeza, lo que está permitido por la técnica, pero se expandiría si refractaria como lo hace un haz de luz a través de una pequeña abertura cuando el sistema material tiende a dimensiones atómicas.

A través de estas dos afirmaciones fundamentales, nuestras posibilidades de previsión dependen sobre todo de nuestra información y esto no se puede ampliar a no ser por la acción, la nueva concepción del determinismo recupera la experiencia de la vida cotidiana y hace de nuestra ciencia la forma precisa y cada vez más perfecta de esta. Ella humaniza así la ciencia y sustituye la actitud contemplativa, y hasta cierto punto desesperada, del determinismo absoluto por una actitud activa donde se realiza la síntesis del sujeto y del objeto, y donde aquel puede convertir a este sin que un implacable destino haya fijado de antemano los límites de esta acción .

La experiencia nos demuestra, sin embargo, que nuestra razón y la ciencia que ella crea ajustándose cada vez más a la realidad -como todos los seres vivos y el propio universo, sometidos a la ley de la evolución- se hacen a través de una serie de crisis donde cada contradicción u oposición superada se traduce en un nuevo enriquecimiento.

Para mantenerse sólo en las ciencias físico-químicas, recuerdo, en la relatividad, la contradicción entre la teoría del éter inamovible y las experiencias relativas a la propagación de la luz en los cuerpos en movimiento, superada por la síntesis del espacio-tiempo, la contradicción entre la mecánica celeste de Newton y la experiencia astronómica, superada por la síntesis físico-geométrica en un espacio-tiempo cuyas propiedades son determinadas por la materia y la radiación que contiene.

La vieja oposición entre las dos nociones de materia y de luz dio paso a la noción de una energía que se materializa por la transformación de la radiación en partículas materiales, y también se “desmaterializa” por la transformación inversa.

Desde finales del siglo XVII, dos teorías se oponían a explicar las propiedades de la luz: la de la emisión y la de las ondulaciones. En la mitad del siglo XIX se creyó, a través de la experiencia crucial de Fizeau y Foucault, haber resuelto el debate a favor de la teoría ondulatoria. La nueva mecánica, resultado de la teoría de la relatividad, invalidó esta conclusión y permitió a la teoría de los quanta realizar dialécticamente el problema. No se trata de eliminar una de las dos concepciones corpusculares o de onda, sino, por el contrario, realizar una síntesis entre ellas, ya que la experiencia demuestra que la luz tiene cualidades favorables tanto con una como con otra de las dos concepciones.

La mecánica de ondas inaugurada por Louis de Broglie demostró que una síntesis análoga es necesaria para explicar las propiedades de la materia. Esta doble síntesis, la de la onda y la del corpúsculo a la materia como a la luz, rodavía no está terminada; será obra de los próximos años y marcará en nuestro física un progreso esencial.

La historia de la química fue dominada durante todo el siglo XIX por la contradicción entre la teoría de la unidad de la materia, que ve dentro de cada átomo el resultado de la condensación de toda una serie de átomos de hidrógeno, y la experiencia que, en nombre del principio de conservación de la masa de Lavoisier, muestra que las masas atómicas de los diversos elementos no son múltiplos exactos de la del átomo de hidrógeno. La doctrina de la inercia de la energía, consecuencia de la teoría de la relatividad, vino a eliminar de un solo golpe la dificultad y llevar a cabo la síntesis entre los hechos, que parecían incluso contradictorios. Pero precisamente las desviaciones generalmente irregulares entre la masa atómica de un elemento y el múltiplo entero más cercano de la masa atómica del hidrógeno nos permite hoy en día evaluar la energía liberada bajo la forma de radiación cuando el átomo condensado se forma a partir de hidrógeno.

La historia de todas nuestras ciencias es impulsada por procesos dialécticos similares que marcan los momentos esenciales. Soy consciente de haber entendido bien sólo estos procesos de la física desde el momento en que tuve conocimiento de las ideas fundamentales del materialismo dialéctico. Esta doctrina, que extiende la gran línea de pensamiento filosófico humano, es en sí misma el resultado de una síntesis comenzada hace un siglo por Karl Marx y Friedrich Engels entre el materialismo mecanicista de nuestros filósofos franceses del siglo XVIII y la dialéctica de Hegel.

Bien parece ser una aplicación general, como filosofía de la transformación, de la evolución constante del mundo, tanto en el campo del pensamiento, por aclarar y orientar el progreso de nuestra ciencia y de nuestra acción, como en el ámbito de la propia naturaleza. Esta, a diferencia del antiguo adagio: Natura non facit Saltus (la naturaleza no da saltos), parece proceder bien dialécticamente, por saltos, sobre todo cuando se trata de la aparición de nuevas formas de vida como ocasión del paso de un átomo por uno de los estados cuánticos a otro.

La aplicación de esta doctrina a la evolución de las sociedades humanas por parte de sus propios fundadores, bajo el nombre de materialismo histórico, parece haber sido la primera en la época, y les ha permitido, así como a sus seguidores, comprender y hacer previsiones en una zona especialmente difícil y compleja. En términos de acción, donde la doctrina se debe traducir en método, el materialismo dialéctico parece mostrarse tan fructífero tanto en el plano de la explicación como en el de la comprensión. Parece permitir una extensión del propio método experimental.

Traté de mostrar cómo, después de dos siglos, nuestras ideas más básicas, desde la de la razón hasta la materia, han sufrido profundas transformaciones que sólo son comparables a las sufridas por nuestras técnicas, en profunda conexión y en constante interacción con el desarrollo de la ciencia.

Cuando después de una crisis sin precedentes, nuestro país debe renacer, el momento es particularmente favorable para proceder, a doscientos años de distancia, a un inventario comparable al que dirigió Diderot desde su juventud hasta su madurez. El hilo conductor capaz de guiarnos en esta difícil y larga empresa no parece ser otro, para la reanudación de la gran línea filosófica del progreso humano, que el del materialismo dialéctico.

Podríamos reunirnos esta mañana con la simple intención de celebrar, como se merece, el segundo centenario del memorable emprendimiento que fue la publicación de la Enciclopedia del siglo XVIII. Para unir de nuevo este punto, el pensamiento y la acción, los organizadores de este encuentro quieren que sea el punto de partida de un movimiento que renueve, con dos siglos de intervalo, lo que precedió nuestra Revolución. Todos están invitados a reflexionar y contribuir en la medida de sus fuerzas.

 

 

Por Paul Langevin

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Principios”, Nº 18, Junio, Julio y Agosto de 1990.

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