¿Cuál fue, realmente, la ayuda material angloamericana prestada a la URSS en la II Guerra Mundial?

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El escritor y militar soviético, Sergei Kurnakoff, publicó en la prensa soviética un interesante trabajo sobre el coste de la guerra a la URSS, del que transcribimos algunos datos.

 

 

Gastos, préstamos y arrendamientos

 

La cantidad total de materiales enviados a la URSS, bajo préstamos y arrendamientos, por los EE.UU. hasta 1945, es la siguiente:

-Artillería y municiones (poca artillería), 793.343.000$;

-Aviones y repuestos, 1.495.986.000$;

-Tanques y respuestos, 460,059,000$;

-Vehículos a motor y piezas de repuesto, 1.157.064.000$;

-Embarcaciones y material bélico, 240.591.000$.

También fueron enviados:

-Productos petrolíferos 84.878.000$;

-Productos y materiales industriales, 2.700.223.000$;

-Productos agrícolas, 1.473.000.000$.

En conjunto fueron, por lo tanto, 3.409.695.000$. Si a esto le sumamos el material recibido a través de Inglaterra, de ella misma o cedido por ella, tendremos un total general de unos 10 billones de dólares.

Es de estas cifras, verdaderamente astronómicas, de las que la prensa, al servicio del imperialismo, se sirve para demostrar que la URSS venció a Alemania gracias únicamente al material y a la ayuda en general recibida por los EE.UU., cuyos gastos en el gran conflicto (incluyendo la guerra contra Japón) ascendieron a la fantástica suma de 300 billones de dólares, incluidos en ellos también los materiales y préstamos concedidos a todas las Naciones Unidas, incluso a China y a muchos países de América del Sur que no lucharon (excepto, por supuesto, el caso honroso de Brasil).

 

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Pero es necesario que se sepa que no fue con estos 10 billones de dólares con lo que la Unión Soviética fue a la guerra, porque además de eso, gastó de los recursos que movilizó, según los cálculos del ex-ministro francés Pierre Cot, radical independiente, nada menos que 170 billones de dólares oro. La contribución de los EE.UU. e Inglaterra a la URSS en 1941 y 1945 no llega, por lo tanto, al 6% de este gigantesco total.

En los países de América del Sur, es común hacer comparaciones poniendo las estadísticas, relativas a ellos, delante de las norteamericanas. La desproporción es alarmante, de ahí, esa creencia, muy extendida entre ellos, de que el mundo se resume en los EE.UU..

Hasta Stalingrado, en 1942, el Ejército Rojo luchó casi exclusivamente con material de fabricación soviética. De hecho, hasta diciembre de 1942 o enero de 1943 aún no había llegado a la URSS material de guerra para poder influir en el transcurso de las operaciones. Sólo después de la batalla de Kursk, a mediados de 1943, el material norteamericano pasó a ser usado en una escala mayor. A estas alturas, los alemanes ya se retiraban derrotados de todos los rincones de la URSS. Ese material no decidió el destino de la guerra, a pesar de que contribuyó, de ahí en adelante, a acelerar su fin.

Los pueblos soviéticos nunca dejaron de reconocer esta ayuda y de agradecerla. Por eso, el pueblo norteamericano goza en la URSS de tanta simpatía, a pesar de la campaña de desprestigio que contra la patria socialista dirigen permanentemente los medios de comunicación yankis controlados por el imperialismo.

Pero también es necesario señalar que esa ayuda no fue dada de buena gana, porque de ella se beneficiaban tanto los norteamericanos como los soviéticos y las demás naciones del mundo comprometidas con la lucha contra el nazismo. A partir de 1943, los EE.UU. -libres de la invasión, con su poder intacto- disponían de material de guerra de sobra, pero no estaban aún en condiciones de aparecer en Europa con grandes ejércitos.

Proporcionando armas, municiones, vehículos y productos industriales a la Unión Soviética y a Inglaterra, la nación de Roosevelt no sólo aceleraba la victoria, sino que salvaba cientos de miles de vidas de la juventud norteamericana. Ya que, cuantos más alemanes fuesen liquidados en el frente oriental, mejor sería para los soldados del Tío Sam cuando desembarcasen en el viejo continente. Y la prueba de esto la tuvimos en el número relativamente pequeño de bajas norteamericanas en Italia y en el segundo frente. El enemigo ya había sido aniquilado en su mayor parte por el Ejército Rojo. Y eso es lo que la prensa imperialista de Nueva York aún no está dispuesta a reconocer…

En los primeros tres años de la guerra, el Ejército Rojo perdió, para contener y hacer retroceder después al nazismo, nada menos que 35.000 aviones, 49.000 tanques y 48.000 cañones. Sus pérdidas totales, hasta la batalla de Berlín, sumaban 85.000 aviones, 60.000 tanques y 60.000 cañones. Esto significa que la industria bélica soviética produjo, de 1941 a 1945, la asombrosa cifra de, al menos, 140.000 aviones, 240.000 tanques y 240.000 cañones. De los EE.UU. y de Inglaterra recibió, hasta mediados de 1945, un total de 13.300 aviones, 6.800 tanques y 312.000 toneladas de explosivos, además de 406.000 vehículos. Los cañones recibidos fueron pocos.

Sólo la fábrica “Stalin”, de artillería, produjo 95.000 armas de todos los calibres durante el transcurso de la guerra, y una de las fábricas de aviación, 15.000 aviones militares. Hubo una fábrica de tanques – de esas inmensas fábricas soviéticas- que produjo 35.000 tanques, incluyendo los enormes tanques Voroshilov y Stalin.

Pero hay cosas, en esta guerra, que sólo se podrían explicar en un régimen socialista como la URSS. Nos referimos, sobre todo, al traslado de las fábricas de la región ucraniana y de la central a la retaguardia profunda, bajo el fuego enemigo, y a la rapidez con la que pocos meses después su producción comenzaba a llegar a las líneas del frente para aplastar a los nazis. Véase este ejemplo, único en el mundo, pero no en la URSS, de una fábrica de tanques de Jarkov. En julio de 1941 fue desmantelada y enviada a Nizhni-Taguil, en los Urales, a una distancia de 1.200 millas. Estos enormes convoyes marchaban por los ferrocarriles, rumbo al Este, al mismo tiempo que al Oeste se trasladaban los elementos movilizados en el Este. Y todo salió perfectamente. Los edificios fueron levantados en pleno desierto. No había alojamiento para los trabajadores, que se las ingeniaban para encontrar un lugar para dormir. Sin embargo, dos meses más tarde, las máquinas ya funcionaban, y así, a principios de diciembre -estos hechos heroicos son de los que la clase obrera soviética se enorgullece- los tanques salidos de esta magnífica epopeya de trabajo y patriotismo llegaron a Moscú para la batalla histórica de final del año, ¡la batalla que acabó con la leyenda de la invencibilidad de la Wehrmacht nazi!

 

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Fue en este clima dramático que los ingenieros soviéticos diseñaron las nuevas armas de guerra que tantos éxitos dieron a los soldados de Stalin, y que los trabajadores construyeron: los célebres lanzacohetes “Katyusha”, el cañón “Iván el Terrible”, el avión antitanque “Stormovik”, el fusil antitanque de largo alcance, el prodigioso tanque Stalin, etc.

Pero nada de eso fue improvisado. Todo esto ya estaba previsto en el discurso de Stalin pronunciado 12 días después de que comenzara la invasión. Y como estaba previsto sucedió.

Tan grande fue la contribución hecha por el hombre soviético a la causa de la humanidad, que sólo con el paso del tiempo llegará todo el mundo a comprenderla para hacer justicia a su pueblo y a sus líderes, los líderes del glorioso Partido de Lenin.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Divulgação Marxista”, Nº5, Septiembre de 1946

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