La historia del sindicalismo en la URSS

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No es necesario describir el lento despertar del sindicalismo ruso* en las últimas décadas del siglo XIX, bajo condiciones desfavorables ilegales y constantes persecuciones policiales (1). Será suficiente con decir que, en el movimiento revolucionario de 1905, surgieron espontáneamente organizaciones industriales de trabajadores asalariados en todas las areas industriales. Estas organizaciones, así como los Soviets de los “obreros campesinos”, fueron los órganos de aquel levantamiento popular. En 1905 y, después, en 1906, se llevó a cabo una Conferencia Sindical Pan-Rusa en Moscú, representando cerca de 600 sindicatos diferentes, con un número aproximado de 250.000 miembros. En 1907, una segunda Conferencia estableció relaciones con el movimiento sindical de la Europa occidental, enviando una delegación al Congreso Internacional de Trabajo, reunido en Stuttgart. Todas estas actividades fueron sumariamente reprimidas por la policía zarista, en 1908, cuando fueron disueltos 107 sindicatos por medio de un simple ukase. Y en los años siguientes el movimiento sindicalista fue prácticamente destruido(2). Varios centros industriales mantuvieron, sin embargo, grupos “underground” de propagandistas “ilegales”. La fase de la prosperidad industrial, se puede decir que comenzó en 1910, entusiasmando a los trabajadores, dando un nuevo impulso a sus energías. Las cifras (referentes a las huelgas) de 1912-1914, eran casi las mismas que las de 1905-1907, pero en la dirección opuesta: de abajo hacia arriba en lugar de arriba hacia abajo. Sobre una nueva base histórica y en un plano superior (hoy en día hay más trabajadores y tienen más experiencia), comenzó una nueva ofensiva revolucionaria. La primera mitad del año 1914 se aproxima claramente, en el número de huelgas políticas, al punto culminante del año de la primera revolución. Pero la guerra estalló, interrumpiendo este proceso. Los primeros meses de la guerra fueron caracterizados por cierta inercia política de las masas trabajadoras; pero ya en la primavera de 1915, este letargo comenzó a desvanecerse. Comenzó un nuevo ciclo de huelgas políticas, ciclo que culminaría en febrero de 1917, con la insurrección de trabajadores y soldados. (3).

Se ha estimado, sin embargo, que al estallar la revolución en febrero de 1917, el número total de trabajadores sindicalizados a través de todo el imperio ruso no excedía de unas pocas decenas de miles. Durante el intervalo entre las revoluciones de febrero y de octubre, el sindicalismo creció con gran rapidez, invadiendo todas las áreas industriales. De esta forma, antes de junio de 1917 ya había 967 organizaciones diferentes, con un total de miembros que se elevava a un millón y medio. En esa ocasión, se llevó a cabo la Tercera Conferencia Sindical Pan-Rusa, siendo designado un comité permanente con el fin de orientar la política del movimiento. Así, en octubre de 1917, el número total de sindicalizados superaba ya los dos millones.

En este intervalo, surgió una aguda rivalidad entre los sindicatos, basados en organizaciones profesionales, dirigidos, principalmente, por los mencheviques, y los Soviets de obreros y soldados, basados en organizaciones creadas en las fábricas y dominadas, entonces, por los bolcheviques. Tanto los sindicatos como los Soviets se unían íntimamente a los comités de fábricas, que se habían organizado espontáneamente en los principales establecimientos de Leningrado y de Moscú. En junio de 1917, un lider sindicalista resumía así la situación: “En la Tercera Conferencia Sindical Pan-Rusa (la primera después de la revolución de febrero de 1917), los sindicatos se han dividido en dos alas, debido a disensiones surgidas en torno a una de las cuestiones fundamentales del leninismo: la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista. Los mencheviques, los afiliados al Bund (organización independiente de trabajadores judíos) los socialrevolucionarios, que representaban, principalmente, a los sindicatos no industriales así como a los pequeños centros urbanos (de los sindicatos industriales, el único que constituía un fuerte núcleo menchevique, aunque temporalmente, era la Unión de los Gráficos), estas tres organizaciones basaban sus argumentos en la premisa de que la revolución, que estaba en camino, tanto en su sentido objetivo político como en su contenido, era una revolución burguesa, y que, por lo tanto, consideraba que la tarea de esta revolución consistía sólo en llevar a cabo reformas democrático-burguesas. La premisa de los bolcheviques era exactamente lo contrario a eso. Sostenían que la revolución en proceso era proletaria y socialista, aunque pudiese, accidentalmente, llevar a cabo las tareas de la revolución democrático-burguesa (4). En su admirable obra titulada “Civic Training in Soviet Russia“, el profesor S.N. Harper describe esta disputa domestica y estudia sus consecuencias en relación a la estructura del sindicalismo soviético: “Una Conferencia Pan-Rusa de Comités de Fábrica se celebró precisamente en vísperas de la Revolución de Octubre. Fue convocada por iniciativa de los bolcheviques, con el fin de competir con el consejo ejecutivo designado por la Conferencia Sindical de junio (1917), y en la que los mencheviques tenían mayoría. Esta lucha entre las dos facciones rivales, por el control de las organizaciones laborales, fue decidida por la revolución de octubre. Después de la victoria de los bolcheviques, los comités de fábrica y los sindicatos se fusionaron, transformándose los primeros en unidades primarias de los últimos“. En enero de 1919, el Primer Congreso Sindicalista Pan-Ruso se reunió en Petrogrado y reivindicó para sí una autoridad superior a la de las conferencias anteriores. Ese Congreso decidió apoyar la “dictadura del proletariado” establecida por Lenin y llevar adelante la construcción del Estado socialista a lo largo de todad la URSS: “Con este objetivo -dijo- los comités de fábrica deben convertirse en órganos locales del sindicato, no debiendo ejercer actividades políticas fuera del sindicato“. (5) El Comité Central de los comités de fábrica debía, entonces, ser extinguido. Algunos sindicatos, señala el prof. Harper, o incluso algunas de sus ramas, tales como los gráficos de Moscú, “no quisieron reconocer las decisiones del Congreso” continuando durante algún tiempo su existencia independiente como una protesta contra la toma del poder por la facción bolchevique.

Durante la década siguiente, la situación y las funciones de los sindicatos dentro del Estado soviético se convirtieron en objeto de agudas controversias. Si tenemos en cuenta el lugar ocupado por ellos, hoy, de cara a la Constitución, podemos resumir las fases sucesivas de esta larga disputa. Durante los primeros meses que siguieron a la revolución de octubre de 1917, como examinaremos más adelante, los trabajadores imaginaban que era su competencia, a través de sus comités en las varias fábricas, desempeñar las funciones de los propietarios y directores de las empresas en la que estaban empleados. En algunos casos, el comité de trabajadores nombró no sólo a los jefes de servicio, sino también al antiguo propietario, que fue hecho gerente. Esta concepción no predominaba, por cierto, sólo en Petrogrado. Hubo un breve periodo durante el cual el tráfico ferroviario entre Moscú y Leningrado era dirigido por los empleados de diferentes estaciones. Incluso en los barcos de la marina mercante soviética, los comandantes recibían órdenes del comité elegido por las tropas. En los seis meses siguientes, sin embargo, Lenin llegó a la conclusión de que semejante control ejercido por los trabajadores sólo podría conducir al desorden y que debía haber, en todos los casos, un director nombrado por los órganos gubernamentales y responsable ante estos. Pero durante mucho tiempo, los comités de trabajadores mantuvieron el control de las fábricas. Tenían que ser consultados por el director en todos los asuntos que tuviesen cualquier interés. En muchos casos, nombraban un asistente para trabajar con el director. Incluso los comandantes del barco tenían este ayudante, encargado de verificar todas sus decisiones. El control más efectivo de los trabajadores sobre las industrias se ejercía, sin embargo, a través de las juntas o comisiones gubernamentales, ya que en las mismas había un gran proporción de líderes de las organizaciones sindicales. Estas estaban fuertemente representadas en el Comité Ejecutivo Central y en el Consejo Económico Supremo. Los sindicatos también elegían el Comisario del Pueblo para el Trabajo. De ellos salía la mayor parte de los elementos que constituían la Inspección Obrera y Campesina.

En esa fase de lio de poderes y responsabilidades, sobrevivió a la guerra civil, poniendo fin a la controversia. Los sindicatos se lanzaron a la lucha con fuerza, dándole al gobierno la mayor parte de sus fuerzas combatientes. Las sedes de los sindicatos se convirtieron. principalmente, en centros de reclutamiento, mientras que los esfuerzos de casi todos los establecimientos industriales se centraban en la tarea de satisfacer las necesidades del Ejército Rojo. Los sindicatos se convirtieron en la sustancia, si no en la forma, de órganos de gobierno. Por simple decisión de la mayoría de los trabajadores de una fábrica, se convertía en obligatoria la afiliación del respectivo sindicato. Las mensualidad eran descontadas de las nóminas. Cualquier deficit en el presupuesto de las mismas era cubierto a través de un préstamo que les hacía el gobierno. (6)

Habiendo comprobado la expulsión completa del territorio soviético de los últimos ejércitos intervencionistas y, habiendo sobrevivido a la gran hambruna, fue instituida, en 1921, como único medio para satisfacer las necesidades del país mientras el gobierno comenzaba la construcción de la industria pesada, la Nueva Política Econôinica (NEP), que permitía temporalmente cierta actividad de las empresas capitalistas privadas, teniendo como objetivo el beneficio individual. ¿Cuál sería, entonces, la situación de las organizaciones sindicales? Trotsky argumentaba, de acuerdo a sus experiencias militares, que los trabajadores industriales podían organizarse como un ejército de trabajadores y los sindicatos debían ser, formalmente, incorporados a la máquina estatal como órganos gubernamentales. A través de los mismos quedaría, así, asegurada la acción común y podría ser mantenida la disciplina industrial. Lenin, sin embargo, se oponía a esto diciendo que semejante organización supondría una monstruosa extensión de la burocracia. También entendía que la NEP causaría, inevitablemente, viejos conflictos laborales, y que para hacerles frente, se hacía esencial un sindicalismo independiente. Por otra parte, en las grandes empresas, que debían permanecer en manos del gobierno, era esencial la presencia de administradores y técnicos cualificados, que debían ser inicados por órganos del gobierno tales como los trusts. Lenin pensaba que los sindicatos tenían mucho que hacer, al menos durante cierto tiempo, entregándose a la tarea de defender los intereses de los trabajadores contra la explotación de los capitalistas amparados por la NEP, en lugar de contra los males de la burocracia en los trusts gubernamentales. Según este punto de vista, fue oficialmente resuelto, en diciembre de 1921, que los sindicatos fueran independientes de la maquinaria y del control gubernamental y, aunque siguieron siendo, esencialmente, una escuela de comunismo, su función específica consistiría en mejorar las condiciones materiales de sus miembros, resistiendo a la explotación de los empresarios individuales, “corrigiendo las faltas y los excesos de los órganos económicos resultantes de una perversión burocrática de la maquinaria gubernamental“. “La principal tarea de los sindicatos -según se estableció- es, de ahora en adelante, proteger por todos los medios posibles los intereses de la clase obrera en su lucha contra el capitalismo. A esta tarea se le debe dar prioridad. Para este fin, la maquinaria sindicalista debe ser reconstruida, reformada y perfeccionada. Deberán ser organizadas comisiones de resistencia, fondos de huelga, fondos de ayuda mutua, etc.“. (7)

Veremos que los sindicatos, al atribuirles la tarea de defensores de los intereses materiales de sus miembros, principalmente frente a los empresarios particulares, estaban en una posición ambigua ante el gobierno considerado como empleador. Era perfectamente natural que todos los sindicatos hiciesen presión para obtener salarios más altos para sus miembros, sin que se tuviese en cuenta el efecto que de ahí resultaría sobre los trabajadores de otras industrias, así como los intereses de la comunidad en su conjunto. En cuanto a la NEP, se mantuvo vigente, dejando vivir en libertad al capitalismo privado, continuó indecisa la posición de los sindicatos en relación a las empresas del gobierno. Las organizaciones de trabajadores adoptaron el punto de vista según el cual el día de trabajo debía ser más pequeño, mientras que la producción total tenía que aumentar. Acordaron, de buena voluntad, la adopción a gran escala del trabajo por tarea, régimen bajo el cual tanto la producción como los salarios individuales serían elevados. Pero, cuando la NEP fue retirada, pasando al gobierno y a las cooperativas el control total de la producción, no fue fácil para los trabajadores entender que, como clase, no tenían más enemigos que combatir. A partir de entonces, cualquier aumento en sus salarios, sin el aumento correspondiente de la producción, no salía de los bolsillos de los capitalistas: representaba un desfalco en los fondos destinados a los servicios sociales y a la deseada multiplicación de las fábricas, al desarrollo de la maquinaria y de la electrificación, lo que, para toda la comunidad de trabajadores, era, después de todo, tan necesaria como sus salarios.

Cuando, al final, se adoptó la política de los Planes Quinquenales, se produjo una crisis. En el VII Congreso de los Sindicatos de la Unión (1928-1929), surgió un grave conflicto. Trotsky, que había sido presidente del Consejo Central de los Sindicatos (AUCCTU), órgano supremo de todo el movimiento sindical, sin la más mínima comprensión del problema, entendía que la posición de los sindicatos en la URSS debería ser la misma que la asumida en los países capitalistas. Luchaba por la completa libertad de los sindicatos con el fin de ejercer presión, hasta donde fuese posible, por la mejoría cada vez mayor de las condiciones materiales de sus asociados, basándose en la suposición de que tales aumentos de salario en determinadas industrias venían bien a la prosperidad del país. No era competencia de los sindicatos -decía Trotsky- luchar por la mejora de la técnica, aunque eso implicase un aumento de la productividad industrial. ¡Él (o uno de sus adeptos) llegó incluso a decir que el gobierno se iba a ver, en realidad, en un gran problema si quería aumentar la producción a través de la “competición socialista” entre los trabajadores! No veía como los sindicatos podían controlar las industrias sobre la base de una contabilidad comercial y, al mismo tiempo, desempeñar el papel de representantes y defensores de los intereses de sus propios miembros.

Contra esta visión de Trotsky, en relación a la función (8) de los sindicatos, fue movilizada toda la influencia del Partido Comunista.

Cuando Lenin restauró la independencia de los sindicatos, no esperaba con eso lanzarlos a esa lucha anarquica en favor de un aumento de los salarios, que no tiene en cuenta sus efectos sobre el aumento necesario de la productividad industrial. La propia existencia del Estado soviético dependía del aumento de la productividad industrial en su conjunto; e, incluso bajo este punto de vista, de garantizar una mejora permanente de los salarios de sus miembros, el derecho de los sindicatos era promover el necesario aumento de la producción global. En ese mismo congreso, en diciembre de 1928, después de que Trotsky hubiese expresado su erróneo punto de vista, la mayoría de los delegados eligió para el poderoso presidium de la AUCCTU al secretario asistente del Partido Comunista, L.M. Kaganovitch, que se dedicó, durante los dos años siguientes, a una contínua campaña educativa entre los miembros de los comités y otros “activistas” del movimiento sindical, con el objetivo de una amplia reorganización de los ejecutivos sindicais, tanto en su orientación política como en la personal. A estas medidas le siguió, a comienzos de 1930, una depuración general de todos los departamentos del Estado, como consecuencia de las sospechas, que surgieron, sobre la falta de una cooperación amistosa en la política soviética por parte de personas que no venían de la clase trabajadora manual. Se supo que “el 1 de enero de 1930 sólo el 9% de la plantilla de la AUCCTU estaba constituída por elementos de las clases trabajadoras. El porcentaje de antiguos miembros de otros partidos en relación al número de comunistas afiliados al Partido era el siguiente: en la AUCCTU, 41,9%; en el consejo general de los trabajadores del metal, 37%; en el Consejo Central de los gráficos, el 24%, etc. La “purga” dio como resultado la publicación de los nombres de 19 personas en el periódico “Trud”, personas procedentes de familias nobles, de comerciantes y de clérigos. Había 18 descendientes de nobles y de comerciantes en el comité central de la organización sindical de los Soviets de empleados. En 11 de los comités centrales fueron encontradas 53 personas que, en el pasado, habían sido activamente hostiles al proletariado“(9). Todos estos elementos indeseables fueron eliminados.

En eI IX Congreso de Sindicatos de la URSS, en 1931, era otra la corriente de opinión entre los trabajadores organizados. Mientras tanto, Trotsky, por otras razones, se peleó con el Comité Central del Partido Comunista y fue retirado de la dirección de los sindicatos por su mal estado de salud, otrogándole un cargo de menor influencia, aunque muy respetable (10).

Después del Congreso realizado a finales de 1928, el Comité Central de Sindicatos (AUCCTU), bajo la influencia de Kaganovich, exhortó a los trabajadores a “luchar por la producción” no solamente en su fábrica o en su industria, sino en todas las industrias consideradas como un todo. El XVI Congreso General del Partido Comunista, en 1930, resolvió que era deber de los sindicatos, en aquel momento, encabezar el movimiento destinado a incrementar la “competencia socialista”, organizando “brigadas de choque” (udarniki), con el fin de elevar al máximo la producción de toda la comunidad. Este objetivo no fue fácil de conseguir. Fueron necesarios diez años, aproximadamente, para persuadir a los más extremos sindicalistas de que su función como “instrumento revolucionario” contra la autocracia de los empresarios capitalistas y como organización destinada a conseguir, para los trabajadores, los salarios más elevados posibles, esta función había cesado desde el momento en que había desaparecido el empresario capitalista (11). Un esfuerzo educativo permanente fue necesario para convencer a todos los trabajadores de que su interés pecuniario dependía, no de los “beneficios” obtenidos por cada una de las empresas por separado, sino del producto líquido de todas las industrias de la nación, tomadas en su conjunto; y más aún: aquello que los sindicatos tenían que defender no era el aumento de los salarios en un determinado sector industrial, sino el aumento del nivel de vida, tanto en la fábrica como fuera de ella, a través de toda la URSS.

 

 

*La literatura sobre el sindicalismo soviético, en libros y panfletos, durante los últimos dieciséis años, ha sido enorme. Podemos mencionar, en primer lugar, las publicaciones del Departamento Internacional del Trabajo, de la Liga de Naciones, tales como “The Trade Union Mouvement in Soviet Russia” (1927), XII y 287 pp.); y “Weges and Regulations of Conditions of Labour in the URSS“, por S. Zagorski (1930, VIII y 212 pp.). A estas se les puede añadir “Selection of Documents Relative to Labour in Force in the URSS” (British Gouvernment Stationary Office, 1931, 200 pp.). El libro, tal vez, más informativo, publicado después de 1927, es la admirable monografía titulada “Soviet Trade Unions“, por Robert W. Dunn (1928, New York Vanguard Press, IX y 238 pp.); y después de 1931, “The Soviet Worker“, de Joseph Freeman (1932, VII y 408 pp.); “Die Russischen Geiverkshaften; ihre Entwicklung, ihre Zielsetzung und ihre Stellung zum Staat“, de Michael Jakobso (Berlín, 1932, 188 pp.). Ver también “Wages Policy in Soviet Russia“, de S. Childs Lawford y A. A. Crottet en “Economic History”, enero de 1932; “The transformation os Soviets Trade Unions”, por Anni Hews, en “American Economic Review“, diciembre, 1932; “The Trade Unions, The Party and The State“, por M. Tomsky (Moscú, 1927, 22 pp.); Y “The October Revolution and The Trade Unions“, por A. Abolin, 1933, 54 pp). Se puede aprender mucho también a través de “After Lenin“, de Michael Farbman, 1924; “Civic Training in Soviet Russia“, 1929, y “Making bolsheviks“, ambos por el profesor S.N. Harper; “Soviet Russia“, de William G. Chamberlin (1930, VIII y 453 pp.); y “The Economic Life of Soviet Russia“, de Calvin B. Hoover, 1931. También es de valor incalculable “The Report of the Nith All-Union Congress of Trade Unions” (en inglés, Moscú, 1933). Varias de las obras anteriores proporcionan extensas listas de documentos y publicaciones rusas.

 

 

Notas:
(1) Los intentos más sangrientos de sindicalismo en Rusia parece que datan de 1875, cuando Zaslavski, “un organizador y talentoso propagandista” estableció en Odessa el Sindicato de Trabajadores del Sur de Rusia, teniendo objetivos políticos e industriales y que fue rápidamente disuelto con severas medidas de castigo, sin dejar que apareciese ni una sola palabra en los periódicos acerca de éste. En 1879, una organización similar, el Sindicato de Trabajadores del Norte de Rusia, fue establecido en S. Petesburgo por un carpintero llamado Stevan Ralturin, cuyos esfuerzos fueron reprimidos en 1881 (Histoire du Parti Communiste de l’URSS (parti bolshevik), por E. Yaroslavsky, París, 1931, pp 24-25 ; ver también “From Peter the Great to Lenin“, por S.P. Turín, 1935, p 34) .

(2) “Los sindicatos tenían prohibido asistir a los huelguistas; fueron cerrados por tratar de intervenir en el gran movimiento huelguista; miembros de sus órganos ejecutivos fueron detenidos y exiliados a Siberia; sus fondos confiscados y sus libros requisados por la policía; la policía asistía a todas las reuniones, siendo disueltas bajo el menor pretexto, y, la mayoría de las veces, sin ninguna razón. El puño de hierro de la reacción victoriosa aplastaba cruelmente, en su cuna, a las organizaciones trabajadoras“. (“Trade Unions in Soviet Russia“, de A. Kosovski, p 15;. “Soviet Trade Unions“, de Robert W. Dunn, 1927, p. 16).

(3) “History of the Russian Revolution“, Trotsky, 1932, vol. 1.

(4) “The October Revolution and The Trade Unions” de A. Abolin, p. 7 (Sociedad Cooperativa Editora de los Trabajadores Extranjeros en la URSS, 1934, 54 págs.).

(5) Además de la obra del profesor S.N. Harper, “Civic Traning in Soviet Russia“, el lector podrá examinar, en relación a esta controversia, el valioso resumen de Michael Farbman, en “After Lenin“, 1924, p. 142; y el interesante panfleto de A. Abolin “The October Revolution and The Trade Union” (Sociedad Cooperativa Editoria de Trabajadores Extranjeros en la URSS, Moscú, 1933, 54 pp). Esta última obra ofrece los siguientes datos estadísticos, que muestran el triunfo gradual de los bolcheviques: “En la Tercera Conferencia Sindical, celebrada en junio de 1917, los bolcheviques y sus seguidores representaban el 36,4%, mientras que los mencheviques representaban el 55,5%. En el Primer Congreso de Sindicatos, realizado en enero de 1918, los bolcheviques y sus seguidores representaban el 65,6%, mientras que los mencheviques y sus seguidores tenían sólo el 21,4%. En el Quinto Congreso de Sindicatos, los mencheviques y sus partidarios eran representados sólo el 2,2%, mientras que los bolcheviques contaban con el 91,7%” (ibid., p. 13).

(6) “Durante el periodo del comunismo de guerra, atravesamos una fase de inflación y depresión que no nos permitía recoger nuestras recetas con regularidad… y, en esa época, el gobierno nos prestó dinero. El Estado nos subvencionaba. Hoy, sin embargo, nuestras finanzas están en buenas condiciones, no es necesaria la ayuda del gobierno, salvo en lo que está previsto en la Constitución y deriva, lógicamente, de la propia naturaleza del Estado proletario. El Código de leyes laborales, en su párrafo 155, establece:De acuerdo con el art. 10 de la Constitución de la URSS, todos los organismos gubernamentales deben prestar asistencia a las organizaciones y sindicatos industriales, poniendo a su disposición edificios adecuados para su funcionamiento, concediéndoles reducciones en las tasas de servicios públicos tales como correos, telégrafos, teléfonos, ferrocarriles y compañías navieras, etc. Estos son los privilegios y ayudas que no son concedidas“. (“The Trade Unions, The Party and The State” de M. Tomsky, Moscú, 1927, p. 20).

(7) Informe de la Comisión (de la que formaba parte Lenin) nombrado en diciembre de 1921 y que está resumido en “Soviet Trade Unions“, de Robert W. Dunn (Nueva York, 1927, pp. 26-27).

(8) La opinión de Tomsky sobre la misión de los sindicatos era perfectamente satisfactoria para un observador americano muy competente: “Mientras exista el trabajo asalariado en cualquier país -dice el presidente del AUCCTU, Tomsky- el trabajador se batirá, naturalmente, por salarios más altos de los que recibe. Es deber de los sindicatos conocer las posibilidades de las industrias y de cada planta con el fin de satisfacer las demandas de los trabajadores“. (“Soviet Trade Unions“, de Robert W. Dunn 1927, p. 82). Pero la teoría soviética sustenta que las demandas de los trabajadores no deben ser consideradas en relación a la productividad “de cada planta“, sino a las industrias en su conjunto; y no solamente en relación a cierto grupo de industrias, sino también a las industrias de toda la Unión Soviética, avanzando en toda la línea, tanto como sea posible, de manera uniforme.

(9) “Report of Nineth Congress of Trade Unions“, 1931, pp. 25-26.

(10) Fue nombrado en 1931 para el cargo de director del Gosidat (después denominado Ogiz) el gran editor de la RSFSR. Esta disputa está resumida en “Die Russischen Gewerkshaften” por Michael Jacobson, 1932, pp. 141-143.

(11) Este hecho debe quedar registrado tanto en la mente de los jóvenes como en la de los viejos miembros de los sindicatos extranjeros que trabajan en la URSS. “La tarea principal de las organizaciones sindicales de la URSS –dijo Chvernik, secretario del Comité Central de los Sindicatos, en un discurso hecho ante 130 delegados de trabajadores extranjeros, en el Palacio del Trabajo, en Moscú (Moscú Daily News, 12 de Noviembre de1932- es hacer comprender a los trabajadores que, como únicos propietarios de los medios de producción, necesitan estar convencidos de la necesidad de asumir la responsabilidad de mantener estos medios“. “Es por esto que -continúa- los sindicatos soviéticos no son organismos estancados, sino una parte integral del sistema soviético, que prestan ayuda a la realización de programas de producción, organizando la competención socialista y las brigadas de choque, asó como satisfacer las necesidades económicas y culturales de los trabajadores“.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de “Divulgação Marxista”, Nº7, Octubre de 1946

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Un pensamiento en “La historia del sindicalismo en la URSS

  1. Rafael Domínguez Losada

    «En algunos casos, el comité de trabajadores nombró no sólo a los jefes de servicio, sino también al antiguo propietario, que fue hecho gerente». Sucede que esa es una de mis tesis, en no recuerdo cuales o cual de estos trabajos: http://goo.gl/t7z3Ke y , en verdad que, no había leído nada al respecto hasta ahora. Deduzco que por pensamiento lógico y voluntad de equidad.

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