El último día de Matvey Kuzmin

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Boris Polevoi, autor de este cuento, es uno de los novelistas soviéticos más famosos. Con el libro “Nosotros, los soviéticos“, del que se ha extraído esta historia, Polevoi ganó en 1948 el Premio Stalin de literatura. Polevoi también es autor de la gran novela “Un hombre de verdad“, premio Stalin en 1947. Este libro es considerado una de las obras maestras de la moderna literatura soviética y uno de los más brillantes ejemplos de la aplicación del realismo socialista en el romance.

 

 

Matvey Kuzmin era conocido entre la gente de su aldea como una persona de temperamento arisco.

Vivía lejos de la aldea, en una pequeña y solitaria cabaña en ruinas al lado del bosque. Kuzmin raramente aparecía, era taciturno y poco comunicativo. Le gustaba pasear por bosques y páramos con su perro y su antigua escopeta a las espaldas. Y en la primavera, cuando los brotes asomaban en los árboles y en el bosque, por encima de la nieve azulada y derretida, cuando los gallos salvajes cantaban en las manchas de la tierra descongelada, cerraba la puerta de su cabaña y, acompañado por su nieto Vassia, un huérfano que estaba criando, se iba a las orillas del lejano lago del bosque y en él desaparecía durante semanas.

No se puede decir que los koljosianos no lo estimasen, pero la verdad es que su conducta les desconcertaba. ¿Qué le podría pasar por la cabeza a aquel hombre que huía del mundo, que estaba siempre callado y que vagaba por los bosques, no se sabe muy por dónde? Además, desde hace mucho tiempo, las cacerías no estaban bien vistas en la aldea. Pero Kuzmin ejercía escrupulosamente desde hacía mucho tiempo las caza en el koljós y, a pesar de tener ya más de ochenta años, no se podía encontrar en la región a un hombre que, de día o de noche, se atreviese a apropiarse de algún bien confiado al viejo Matvey y a su feroz perro, de erizada piel.

Cuando la guerra llegó a los lagos de la región de Velikie Luki y un batallón de esquiadores de una división alpina alemana estacionada en la región vino a instalarse en el koljós “Rassvet”, el comandante de este batallón, al que le habían contado que allí vivía un anciano oscuro y taciturno, decidió que no encontraría mejor persona para el cargo de “starosta”.

Kuzmin fue llamado a la “Kommandatur”, que estaba instalada en la pequeña y nueva casa de la dirección del koljós. Le ofrecieron una copa de aguardiente alemán y el cargo. El viejo dio las gracias, rehusó aceptar el aguardiente alegando una enfermedad; también rehusó las funciones de “starosta” debido a su edad, su sordera y sus achaques.

Lo dejaron tranquilo e incluso le dieron, como señal de buena disposición hacia él, su vieja escopeta que había entregado por orden del mando militar.

Los alemanes recordaron a Kuzmin al comienzo de la primavera, cuando se hizo una unión de fuerzas en esta región de los lagos, con el objetivo de una próxima ofensiva. La división de los tiradores alpinos había llegado de la primera línea. El batallón estacionado en el koljós “Rassvet” recibió la misión de infiltrarse en las líneas soviéticas sin entrar de combate, a través de la selva y de los pantanos, y de atacar por la retataguarda los puestos avanzados del General Gorbunov. Era necesario un guía que conociese a la perfección los senderos perdidos del bosque. ¿Y quién podía conocerlos mejor que el viejo Matvey, que tantas veces había recorrido toda la región y conocía cada palmera, cada pequeño pino, cada piedra en el bosque, cada escondite secreto de los cazadores?

El viejo fue llevado ante el comandante del batallón. Este le propuso que los condujese por la noche, en secreto, hasta la retaguardia de las posiciones soviéticas. En caso de que se negase, lo fusilaría, y en caso de aceptase la misión, recibiría dinero, harina, queroseno y, sobre todo, aquello con que sueñan todos los cazadores, una escopeta de dos cañones del famoso modelo alemán “Tres anillos”.

Matvey Kuzmin, de pie ante el oficial, sin decir nada, giraba con los dedos su gorro de piel de oveja roto y deshilachado.

 

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Con una mirada de complicidad, examinaba la escopeta que disparaba al sol toscos reflejos. El oficial, impaciente, tamborileaba en la mesa con sus huesudos dedos. De aquel hombre oscuro e incomprensible dependía su suerte, la suerte del batallón, y quizás, incluso, el resultado de la misión preparada con tanto cuidado.

Percibiendo las ávidas miradas que el cazador lanzaba a la escopeta, el oficial trataba de adivinar los pensamientos que se cruzaban por la cabeza de aquel hombre rudo.

¡Es una escopeta famosa!“, dijo al final Kuzmin, pasando sobre el cañón su rugosa mano. Y preguntó, guiñándole un ojo al oficial:

¿Y también dinero a parte de esto, su nobleza?

Oh! Oh! Oh! -dijo satisfecho el oficial- traduzcanle que es un hombre práctico. Tiene toda la razón. Diganle que el mando alemán aprecia a las personas prácticas. Diganle que el mando alemán no regatea dinero a los que lo sirven fielmente“.

El oficial triunfó. Había encontrado, después de todo, un guía seguro. No era, sin embargo, lo que más importaba. Durante los cinco meses que habían pasado en estos sombríos bosques, a donde había llegado con su batallón desde la resplandeciente Francia e incluso alegre en su infelicidad, había empezado a temer, casi por instinto, a estos incomprensibles soviéticos, esta desagradable y pérfida naturaleza, estos enormes y solitarios bosques donde de cada montículo, de cada arbusto o de cada tronco podía salir repentinamente una bala; donde incluso en la zona más profunda de la retaguardia, lejos del frente, la gente tenía que irse a dormir sin desnudarse y meter debajo de la almohada un revólver armado.

¡Pero el dinero, oh, el dinero! Parece que incluso aquí, estos singulares fanáticos, ante el enemigo que ataca, son capaces de quemar sus propias casas; el dinero desempeña un papel muy importante. ¡Cómo miraba el dinero el viejo! ¡Intentaba, sin duda, asegurarse de que no lo querían engañar o no pagarle!

Díganle que sus servicios serán muy bien remunerados, ofrézcanle mil rublos“, agregó el oficial a toda prisa.

El viejo escuchó la traducción y lanzó al oficial una larga mirada de enfado que venía de debajo de sus gris-amarillentas cejas y, después de reflexionar, dijo:

No es mucho. Ustedes me quieren comprar barato“.

Venga, mil quinientos. O mejor que sean dos mil“.

La mitad por adelantado, su nobleza“.

Después de haber consultado con el intérprete, el oficial contó cuidadosamente las notas. El viejo las alisó sobre la mesa con su gruesa y encorvada mano y las guardó en el pliegue de su gorro.

Bien. Voy a conducirlos por sendas secretas que sólo yo y los lobos conocemos. Diganme exactamente el lugar al que desean ir“.

Le dijeron el lugar y quisieron mostrárselo en el mapa.

No es necesario. Ya he estado allí cazando zorros. Llegaremos antes del amanecer. Sólo espero que su nobleza no me engañe en lo tocante a la escopeta“.

Los koljosianos lo vieron salir de la casa del oficial y tomar el camino su cabaña. Como siempre, estaba en silencio, cerrado, no veía a nadie, sonriendo entre dientes. A las injurias murmuradas a sus espaldas, respondía con una sombría risa de burla. Y cuando el antiguo contador del koljós lo alcanzó y lo amenazó con prender fuego a su casa por mantener relaciones con los alemanes, el viejo Kuzmin dijo sin volver la cabeza:

Ve y dile a tu madre que te limpie la nariz“.

Los koljosianos que vigilaban la cabaña de Matvey, vieron al cabo de media hora a Vassia, el nieto de Kuzmin, bajar corriendo por las escaleras con un saco de tela sobre sus hombros y desaparecer en el bosque, acompañado del perro Charik.

Entonces, el viejo sacó sus esquís de caza, cubiertos y forrados de piel y comenzó a untarlos con grasa de oso, al mismo tiempo que miraba las ventanas de la casa donde vivía el oficial alemán.

En ese momento, los alemanes se estaban preparando para la partida. El oficial, sentado en la mesa, acababa de escribir, a la pálida luz de una pequeña lámpara de carburo, una vieja carta a su hermano Wilhelm, ingeniero de una fábrica de instrumentos ópticos en Sajonia.

Querido Willi -escribió- hace un mes que comencé esta carta y nunca consigo terminarla. No es que falte tiempo. No. Tengo tiempo de sobra. En los últimos meses, para matar el tiempo, repetíamos, presos de estos malditos bosques, siempre las mismas teorías estúpidas que jamás servirán, pues estos rusos han puesto la guerra boca abajo y luchan sin ningún tipo de regla. Hoy llevamos a cabo la campaña y quiero terminar esta carta antes de volver a tentar a la suerte…

Me felicito, me parece que hoy he obtenido una gran victoria, una victoria inesperada.

Al fin he encontrado la clave de esta enigmática alma rusa que nos da tanta tela para la manga. Nada nuevo, mi querido hermano. Es la misma vieja y buena llave que nos abrió los corazones de toda Europa. El simple dinero, querido mío, sabiamente presentado y que por desgracia ofreceremos muy poco en este país, ya que creemos que estos soviéticos son un pueblo diferente y que aquí las ametralladoras del Sr. H. son más convincentes. ¿Te acuerdas que te escribí en enero sobre el cazador del lugar, más parecido al rey Lear y cuyo nombre no consigo recordar (que el diablo se lleve esos nombres rusos)?. Hoy traté de hacer algunos experimentos con él. Puedes creer, querido Willi, que fueron brillantemente exitosos. Después de haber vacilado en cuanto a la forma, acabó accediendo a servir como guía… Kurt acaba de anunciarme que el batallón está listo para ponerse en marcha. Adiós, mi querido hermano, recibe el abrazo de siempre; en cuanto a la carta, será terminada en otro momento…

Tan pronto como cayó la noche, el batallón de tiradores alpinos, con armas y equipajes y con ametralladoras en los trineos, salieron de la aldea y abandonando el camino, comenzaron a penetrar en el bosque.

 

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Delante, Matvey Kuzmin se deslizaba con grandes pasadas sobre los esquís fabricados por el mismo. La oscuridad se hacía cada vez más densa. El cielo se cernía sobre la nieve seca y susurrante. Rápidamente, la niebla se hizo tan espesa que los esquiadores apenas veían las espaldas del compañero que iba delante. El viejo Kuzmin guiaba a los alemanes a través de los campos.

Durante toda la noche, el destacamento continuó su marcha por caminos bloqueados por el hielo, por capas de nieve aún no trilladas. Caminó por barrancos, sobre el lecho helado de los ríos de la selva y por el interior de los bosques. El oficial, que seguía el camino con la brújula, detenía a menudo a Matvey para preguntarle por qué razón el camino era tan largo y si llegarían pronto. Matvey invariablemente respondía:

En el bosque no hay carreteras… Tenga paciencia, su nobleza; habremos llegado por la mañana“, y en seguida le recordaba la promesa de la escopeta.

Perdiendo poco a poco las fuerzas a causa del peso de las armas y de las municiones, los soldados alemanes se arrastraban por el inmenso bosque secular.

La oscuridad les hacía chocar contra los árboles, les obligaba a aferrarse a muchos y les hacía tropezar con los esquís vecinos. Caían, se levantaban y volvían a caer.

Tenían la impresión de que aquel bosque invisible que, calmoso y terrible, susurraba en la oscuridad de la noche, enterraba deliberadamente sus pies bajo montañas de nieve, rasgaba su ropa con las espinas y levantaba árboles en su camino. Los gritos de los cabos eran incapaces de reunir a la exhausta columna que se dispersaba y abandonaba la formación.

Cuando la aurora glacial y de color naranja comenzó a despuntar, la vanguardia del destacamento llegó a un descampado e hizo un alto delante de un profundo barranco lleno de espinas.

Finalmente hemos llegado. Matvey Kuzmin conoce bien su oficio“, dijo el viejo.

Se quitó la gorra y se limpió la calva cubierta de sudor.

Y, mientras los oficiales agotados, sentados en la nieve, fumaban nerviosamente, sujetando con dificultad sus cigarros con los endurecidos y temblorosos dedos; mientras los cabos intentaban reunir, en la claridad y con gritos guturales, a los soldados recién llegados con sus camisas de camuflaje sucias y desgarradas en el camino, Matvey Kuzmin, de pie sobre un montículo, sonriendo, contemplaba el sol rosado que se levantaba sobre los campos brillantes de nieve. Sin ocultar su gran sonrisa, miraba de reojo a los alemanes.

La mañana estaba tranquila y fría. La capa de nieve helada cedía bajo los esquís con crujidos secos. Grandes pájaros de cuello rojo cantaban en el aliso mientras buscaban bellotas cerca de los pinos.

Matvey Kuzmin conoce su oficio“, repitió el viejo.

En su cara se dibujó una sonrisa triunfante, entre los pelos de su barba hirsuta y sus arrugas, que iluminaron su oscuro rostro.

De repente, se rompió el silencio por el estruendo seco de ráfagas de ametralladora. Las balas pasaban silbando y levantando pequeños trozos de nieve de la llanura helada. El eco alargaba los estruendosos disparos en el bosque. Y el hielo comenzó a caer de las ramas sacudidas por los disparos.

Las ametralladoras disparaban desde muy cerca, casi a quemarropa. Los esquiadores, sin tener tiempo para reflexionar, se lanzaron sobre la nieve, atenazados por el miedo y el terror. Las ametralladoras barrían la llanura nevada presionando con sus disparos a la columna por los dos flancos. Al ser conscientes de la situación, los alemanes corrieron en dirección al bosque, pero allí, las ametralladoras también tronaban con violencia…

Los soldados, abandonando los esquís, corrían por la nieve aterrorizados y soltando gritos, hundiéndose en la nieve seca. La blanca nieve se cubría de chaquetas de camuflaje llenas de manchas. Recobrando la firmeza, el funcionario alemán se precipitó sobre el viejo.

Matvey Kuzmin permanecía en el montículo, con la cabeza descubierta. Se podía ver desde lejos su figura. El viento agitaba su barba y sacudía su pelo gris que, como si fuera una corona, envolvía su calva. Sus ojos entrecerrados, como si hubieran rejuvenecido, brillaban llenos de malicia por debajo de las cejas hirsutas. Con aire de burla contemplaba a los alemanes que, sin ni siquiera tratar de defenderse, se movían como un rebaño de ovejas.

El oficial sintió que su pelo se agitaba. Observó un instante, con una especie de terror místico, a aquel hombre del bosque que, triunfante y calmado, permanecía en medio de la llanura donde rondaba la muerte. Luego, con un movimiento nervioso, sacó su pistola y apuntó a la frente del viejo.

Matvey Kuzmin le sonrió, en aquella situación caótica y arriesgada:

¿Quería comprar al viejo Matvey?… ¡Usted juzga a las personas por sus necesidades, fascista!…

El viejo sacó del pliegue de su gorro las notas y, lanzándolas contra el oficial, se apartó con desprecio de la pistola que le apuntaba. Kuzmin había notado que los soldados de las ametralladoras temían matarlo y por eso no disparaban desde el lado del montículo donde él se encontraba.

Los alemanes también lo habían notado y trataron de escapar escondiéndose detrás del pequeño montículo. Algunos de ellos, atravesando con muchos esfuerzos los últimos montones de nieve, se acercaban al claro que los debía salvar.

Matvey Kuzmin sacudió su gorro y gritó:

¡Eh, camaradas! No se preocupen por Matvey. Les den lo que les den es merecido. No dejen escapar a ninguno de esos apestosos animales! Matvey...”

Sin poder acabar la frase, dejó escapar un gemido y, lentamente, cayó alcanzado por una bala del oficial alemán. Pero este no podía escapar. Antes de que hubiera dado dos pasos, cayó acribillado por una ráfaga de ametralladora.

A lo lejos, en el barranco, se escuchó un hurra que se hizo eco y se fue ampliando. Todos los hombres saltaban alrededor del barranco, alisado por los vientos.

Al mismo tiempo que disparaban, corrían por la llanura persiguiendo a los últimos alemanes, oyendo sonidos de disparos a sus espaldas; los alcanzaban y los lanzaban contra la nieve, los desarmaban y reanudaban su carrera hacia el bosque, siguiendo los rastros del enemigo. Junto a los hombres armados corría Vassia Kuzmin, el nieto del viejo cazador que este había enviado tras la primera línea del frente para advertir a los suyos de la incursión que los alemanes preparaban. Junto a las piernas de los soldados que atacaban, Tcharik, furioso y con el pelo erizado, ladrando ferozmente, seguía la carrera hundiéndose en la nieve. De repente, se detuvo sorprendido, con las orejas tiesas. Un largo y angustioso latido atravesó el estruendo de la batalla que retumbaba en el bosque.

 

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Así fue como Matvey Kuzmin vivió el último día de su larga vida. Matvey Kuzmin, miembro del koljós “Rassvet”, situado en los alrededores de Velikie Luki y hoy famoso por su lino.

Fue enterrado a la orilla del Lovat como un oficial, con todos los honores militares. Se pronunciaron tres salvas sobre su tumba fresca, cuya cantidad de tierra helada oscurecía la blancura de la llanura.

Esa misma noche, el jefe de servicio de informaciones de la división, examinando los papeles de los enemigos muertos, leyó la carta inacabada del oficial alemán que el ingeniero Wilhelm Stein, de Saxe, no debía recibir.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Fundamentos”, nº19, junio de 1951.

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