Tania

Zoya

 

A primeros de diciembre de 1941, en Petríschevo, cerca de la ciudad de Vereyá, los alemanes ahorcaron a una komsomola moscovita de dieciocho años, que dijo llamarse Tania.

Sucedió esto en los días en que Moscú corría mayor peligro. La zona de veraneo que se extendía más allá de Golítsino y de Sjodnia se convirtió en campo de batalla. Moscú escogía a voluntarios intrépidos y los mandaba a través de la línea del frente para ayudar a los destacamentos guerrilleros en su lucha contra el enemigo en la retaguardia de éste.

Fue entonces cuando en Petríschevo alguien cortó todos los cables de los teléfonos de campaña alemanes y al poco tiempo fue destruida la cuadra de una unidad alemana, con los diecisiete caballos que en ella habían. Al día siguiente, el guerrillero fue capturado.

Por lo que los soldados relataban, los koljosianos de Petríschevo supieron pormenores de la captura del guerrillero. Este se había abierto paso hasta un importante objetivo militar. Llevaba gorro, cazadora de piel, pantalón guateado, botas de fieltro y bolsa de costado. Acercándose al objetivo, se metió en el seno el revólver que llevaba en la mano, sacó de la bolsa una botella de bencina, vertió su contenido en el objetivo y luego se agachó a fin de prenderle fuego con una cerilla.

En este momento el centinela se acercó cautelosamente y le agarró por detrás. El guerrillero logró apartar al alemán de un empujón y empuñar el revólver, pero no tuvo tiempo de disparar. El soldado hizo saltar el arma de sus manos y dio la voz de alarma.

El guerrillero fue llevado a la isba en que vivían los oficiales y sólo entonces vieron que se trataba de una muchacha muy joven, alta, esbelta, de grandes ojos oscuros y pelo corto y oscuro, peinado hacia atrás.

A los dueños de la casa les dieron orden de retirarse a la cocina; pero, de todos modos, oyeron cómo un oficial hacía preguntas a Tania y cómo ésta rápidamente, sin titubear, contestaba: «no», «no sé», «no lo diré», «no», y cómo luego silbaban en el aire las correas, cómo la azotaban por todo el cuerpo. A los pocos minutos, un oficialillo jovencito salió corriendo de allí a la cocina, se agarró la cabeza con las manos y se estuvo allí hasta el final del interrogatorio, cerrando los ojos y tapándose los oídos.

Los dueños de la casa contaron doscientos latigazos, pero Tania no dijo ni una palabra. Y luego contestó de nuevo: «no», «no lo diré», sólo que su voz sonaba más sorda que antes.

Después del interrogatorio llevaron a Tania a la isba de Vasili Kulik. Ya no llevaba ni gorro, ni botas de fieltro, ni ropa de abrigo, iba custodiada, sin más ropa que ¡a camisa y las bragas, pisando la nieve con sus pies descalzos.

Cuando la hicieron entrar en la casa, los dueños vieron a la luz de la lámpara que tenía una mancha negrísima en la frente y los pies y las manos llenos de arañazos. Las manos de la chica estaban atadas a la espalda con una cuerda. Tenía los labios mordidos, hinchados y sangrantes. Seguramente se los mordía cuando querían hacerla confesar a fuerza de golpes.

Se sentó en un banco. Un centinela alemán estaba junto a la puerta. Con él había, además, otro soldado. Vasili y Praskovia Kulik, acostados en el horno, observaban a la detenida. Estuvo un rato sentada, inmóvil, y luego pidió de beber. Vasili Kulik bajó del horno y se acercó a la tina del agua, pero el centinela le apartó de un empujón.

— ¿Quieres también palos? —le preguntó con rabia.

Los soldados que vivían en la isba rodearon a la chica y empezaron a burlarse de ella ruidosamente. Unos le daban achuchones con los puños, otros le acercaban a la barbilla cerillas encendidas y uno le pasó una sierra por la espalda.

Cuando se cansaron, los soldados se fueron a dormir. El centinela empuñó el fusil y ordenó a Tania que se levantara y saliese de la casa. Iba tras ella a lo largo de la calle, apoyando casi la bayoneta contra su espalda. Luego le gritó: Zurük! y llevó a la joven en dirección opuesta. Descalza, casi desnuda, estuvo andando por la nieve hasta que su torturador se quedó él mismo helado y decidió que ya era hora de volver a un hogar caliente.

Ese centinela estuvo guardando a Tañía desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada, y cada media hora la sacaba quince o veinte minutos a la calle. Al fin relevaron a aquel monstruo. Su puesto fue ocupado por otro centinela. A la desdichada le fue permitido tenderse en el banco.

Aprovechando un momento propicio, Praskovia Kulik se puso a hablar con Tania.

— ¿Quiénes son tus padres? —le preguntó.

— ¿Qué falta le hace saberlo?

— ¿De dónde has venido?

— De Moscú.

— ¿Tienes padres?

La joven no contestó. Estuvo tendida hasta la mañana sin moverse, sin decir nada más y sin lanzar siquiera un gemido, aunque tenía los pies congelados y era imposible que no le dolieran.

Nadie sabe si durmió aquella noche o no ni en qué pensaba, rodeada de enemigos. Por la mañana, los soldados empezaron a levantar una horca en medio de la aldea.

Praskovia comenzó otra vez a hablar con la joven:

— ¿Fuiste tú anteayer?

— Yo… ¿Se quemaron los alemanes?

— No.

— Lástima. ¿Y qué se quemó?

— Sus caballos. Dicen que el armamento se quemó…

A las diez de la mañana llegaron unos oficiales. El de mayor graduación pregunto en ruso a Tania:

— Díganos, ¿quién es usted?

Tania no contestó…

Los dueños de la casa no oyeron ya el resto del interrogatorio: les ordenaron salir de la habitación y les permitieron entrar de nuevo cuando el interrogatorio ya había terminado.

De la comandancia trajeron parte de las prendas de vestir de Tania: la chaqueta, el pantalón y las medias. El gorro, la cazadora de piel y las botas de fieltro habían desaparecido: se las habían repartido ya los suboficiales. Allí estaba también su bolsa de costado y en ella unas botellas de bencina, cerillas, cartuchos de revólver, azúcar y sal.

Vistieron a Tania, y los dueños de la casa la ayudaron a ponerse las medias en sus piernas, que se habían quedado negras. Sobre el pecho de Tania colgaron las botellas de bencina y una tablita con el letrero: Guerrillero. Así la sacaron a la plaza donde se alzaba la horca.

El lugar de la ejecución estaba rodeado por una decena de soldados de caballería con los sables desenvainados. En torno había más de un centenar de soldados alemanes y varios oficiales. A los habitantes de la aldea se les ordenó reunirse y presenciar la ejecución, pero acudieron pocos, y algunos, después de estarse allí un rato, se marcharon disimuladamente a sus casas para no ser testigos del horrendo espectáculo.

Bajo la soga que colgaba del larguero pusieron, uno sobre otro, dos cajones de macarrones, vacíos. Levantaron a Tania, la pusieron encima del cajón y le echaron la soga al cuello. Uno de los oficiales enfocó la horca en el objetivo de su Kodak: a los hitlerianos les gustaba fotografiar los castigos y ejecuciones. El comandante hizo seña de esperar a los soldados que cumplían los deberes de verdugos.

Tania se aprovechó de ello y, dirigiéndose a los koljosianos y koljosianas, gritó con voz potente y clara:

— ¡Eh, camaradas! ¿Por qué miráis con caras tristes? ¡Sed más osados luchad, golpead a los alemanes, incendiad, exterminadlos!

El alemán que estaba a su lado alzó el brazo y quiso pegarle o taparle a boca, pero ella rechazó su mano y prosiguió:

— No temo a la muerte, camaradas. Es para mí una dicha morir por mi pueblo…

El oficial fotografió la horca de lejos y de cerca y se estaba colocando para fotografiarla de lado. Los verdugos miraban intranquilos al comandante, y éste gritó al que fotografiaba:

— ¡Venga, aprisa!

Entonces, Tania se volvió hacia el comandante y, dirigiéndose a él y a los soldados alemanes, siguió diciendo:

— Vosotros ahora me ahorcaréis, pero no soy yo sola. Somos doscientos millones, a todos no nos colgaréis. Seré vengada. ¡Soldados! ¡Entregaos prisioneros antes de que sea tarde, de todos modos la victoria será nuestra! Me vengarán…

Los rusos que había en la plaza lloraban. Algunos se habían vuelto de espaldas para no ver lo que iba a suceder.

El verdugo atirantó la soga y el nudo corredizo oprimió la garganta de Tania. Pero ésta lo ensanchó con ambas manos, se puso de puntillas y gritó con todas sus fuerzas:

— ¡Adiós, camaradas! ¡Luchad, no tengáis miedo!…

El verdugo apoyó con fuerza su bota ferrada en el cajón, éste crujió al deslizarse por la nieve pisoteada y resbaladiza. El cajón de encima cayó y dio un sonoro golpe en el suelo. La gente dio un paso atrás. Sonó un fuerte grito, bruscamente cortado, y el eco lo repitió en un calvero del bosque…

Murió en el cautiverio enemigo, en el cadalso fascista, sin que un solo sonido revelase sus sufrimientos, sin traicionar a sus camaradas. ¡Tuvo una muerte de mártir, como una heroína, como hija de un gran pueblo al que nadie podrá jamás doblegar! ¡Su memoria vivirá eternamente!

…La Nochevieja de aquel año unos fascistas borrachos rodearon la horca, arrancaron la ropa que cubría a la ahorcada y ultrajaron vilmente su cuerpo. Estuvo aún otro día colgado en medio de la aldea, desfigurado por los golpes y las cuchilladas, y la noche del 1 de enero los hitlerianos dieron orden de aserrar la horca. El stárosta llamó a la gente, y ésta cavó una fosa en la tierra helada, a la salida de la aldea.

Tania fue enterrada sin honores en las afueras de la aldea, bajo un lloroso abedul, y la ventisca cubrió de un blanco manto su túmulo funerario.

Y al poco tiempo llegaron aquellos a quienes Tania, en las oscuras noches de noviembre, había abierto con su pecho el camino hacia Occidente.

Al hacer un alto en su camino, los combatientes irán allí para inclinarse hasta el suelo en una reverencia a sus restos y, profundamente emocionados, dar las gracias a ella, heroína, a los maestros que la educaron y a los camaradas que templaron su espíritu.

Y su gloria imperecedera se extenderá por toda la tierra soviética, y millones de personas pensarán amorosas en su lejana tumbita cubierta de nieve…

Un decreto del Presidium del Soviet Supremo de la URSS galardonaba a la komsomola guerrillera Zoya Kosmodemiánskaya, a título póstumo, con la Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética.

Se hablaba de su hazaña en el esbozo Tania, publicado en Pravda del 27 de enero de 1942. Entonces no se sabía aún quién era. Ni en el interrogatorio ni en su conversación con Praskovia Kulik, campesina de Petríschevo, la joven no había dicho su nombre, y solamente al encontrarse en el bosque con uno de los guerrilleros de Vereyá le había dicho que se llamaba Tania. Mas, por precaución, tampoco allí había dicho su verdadero nombre.

El comité del Komsomol de Moscú estableció quién era aquella joven.

 

 

Se trataba de Zoya Kosmodemiánskaya, alumna del décimo grado de la escuela N- 201 del distrito Oktiabrski de la ciudad de Moscú.

Tenía dieciocho años. Se había quedado muy pronto sin padre y vivía con su madre, Lubov y su hermano Shúrik.

Alta, esbelta, de anchos hombros, con vivos ojos oscuros y pelo corto y oscuro: así pintaban sus amigos su aspecto exterior. Zoya era pensativa, impresionable, y, a menudo, un intenso rubor coloreaba de pronto su rostro moreno.

Escucha uno los relatos de sus compañeros de escuela y de sus maestros, lee sus diarios, composiciones y notas, y hay un algo que asombra en ella invariablemente y por doquier: la extraordinaria laboriosidad, el tesón y tenacidad para alcanzar el objetivo que se había propuesto. Antes de las lecciones de literatura leía gran cantidad de libros y anotaba los pasajes que le gustaban. Las matemáticas se le daban peor, y después de las clases se pasaba largo rato estudiando el álgebra, analizando pacientemente cada fórmula hasta que la aprendía definitivamente.

A Zoya la eligieron responsable de grupo del Komsomol en su clase. Propuso a los komsomoles dedicarse a enseñar a las amas de casa poco instruidas y se esforzaba con asombrosa tenacidad para que su iniciativa se convirtiera en realidad. Al principio, los jóvenes acometieron con mucho gusto esta tarea, pero había que ir lejos, y el ardor de muchos se enfrió pronto. Zoya sufrió dolorosamente a consecuencia de este fracaso. No podía comprender cómo es posible retroceder ante los obstáculos, dejar de cumplir su palabra, su deber…

Zoya amaba ardiente y fervorosamente la literatura rusa y la historia de Rusia. Era una escolar soviética sencilla y bondadosa, una buena camarada y activa komsomola; pero, además del mundo de sus coetáneos, tenía aún otro: el de sus héroes amados de la literatura y la historia patrias.

Los amigos reprochaban a veces a Zoya cierto ensimismamiento; sucedía eso cuando se hallaba completamente abstraída en algún libro acabado de leer. Entonces, Zoya se volvía distraída e insociable, como si se sumergiera en el círculo de los personajes que la habían cautivado por su belleza interna.

El pasado grande y heroico del pueblo, grabado en las obras de Pushkin, Gógol, Tolstoi, Belinski, Turguénev, Chernishevski, Hertzen y Nekrásov estaba constantemente en la mente de Zoya. Este pasado la nutría, formaba su carácter. El determinaba sus anhelos, sus impulsos, él la arrastraba con fuerza irresistible a realizar hazañas por la felicidad de su pueblo.

Zoya copiaba en su cuaderno páginas enteras de La guerra y la paz. Sus composiciones escolares sobre llyá Múromets y sobre Kutúzov están escritas con mucho sentimiento y gran profundidad y recibieron la nota más alta. Cautivaban su imaginación las vidas trágicas y de sacrificio de Chernishevski y Shevchenko; ella soñaba servir, como ellos, a la sagrada causa del pueblo.

Junio de 1941. Los últimos exámenes. Zoya pasa al décimo grado y a los pocos días empieza la guerra. Zoya quiere ser una combatiente y se va voluntaria a un destacamento punitivo.

Se despide de su madre y le dice:

— No llores, querida. Volveré como un héroe o moriré como un héroe.

Y he aquí a Zoya en el cuartel, en una vasta habitación, que le parece severa, ante una gran mesa, a la que está sentado el jefe del destacamento. Este contempla largo rato e inquisitivamente su rostro.

— ¿No tiene miedo?

— No, no tengo.

— En el bosque, de noche, sola, ¿no se asustará?

— No, no importa.

— ¿Y si cae en manos de los alemanes, y si la torturan?

— Aguantaré…

Su seguridad cautivó al jefe y éste admitió a Zoya en el destacamento. ¡He aquí la armadura y el casco de guerrero con que soñaba Zoya!

El 17 de noviembre envió a su madre la última carta: «Querida mamá: ¿Cómo vives, cómo te encuentras, no estás enferma? Mamá, si tienes posibilidad de ello, escríbeme siquiera unas líneas. Cuando regrese de mi tarea iré a pasar unos días a casa. Tuya. Zoya». Y en su libreta de apuntes escribió unas líneas de Hamlet: «¡Adiós, adiós! Y acuérdate de mí».

Al día siguiente, junto a la aldea de Obújovo, cerca de Naro-Fominsk, Zoya pasó, a través de la línea del frente, al territorio ocupado por el enemigo, con un grupo de komsomoles guerrilleros.

Estuvieron dos semanas viviendo en los bosques, por la noche cumplían sus tareas y de día se calentaban en el bosque junto a la hoguera y dormían sentados en la nieve, apoyados a algún tronco de pino. A algunos las dificultades de la campaña les fatigaban, pero Zoya no se quejó ni una sola vez de las privaciones. Las sufría con firmeza y orgullosamente.

Llevaban reservas de víveres para cinco días. Las estiraron para quince, y las últimas galletas se terminaban ya. Era hora de volver, pero a Zoya le parecía que había hecho poco. Decidió quedarse, penetrar en Petríschevo. Les dijo a los camaradas:

— Quizá muera, pero aniquilaré a una decena de alemanes.

Con Zoya fueron otros dos, pero salieron las cosas de tal modo que al poco tiempo se quedó sola. Eso no la detuvo. Sola pasó dos noches en elbosque, sola se abrió camino hasta la aldea, hacia un objetivo enemigo importante, y sola luchó valerosamente contra toda una jauría de fascistas que la torturaban con loca crueldad. ¡Y, seguramente, en estas últimas horas no la abandonaron y le dieron alas sus amados héroes y mártires del pueblo ruso!

En cierta ocasión, hablando de llyá Múromets, había escrito en su cuaderno escolar: «Cuando le vence el genio maligno, la propia tierra rusa le infunde fuerzas». En aquellos momentos fatales parecía que la propia tierra natal soviética, daba a Zoya una fuerza prepotente, impropia de una joven. Hasta el mismo enemigo se vio obligado a reconocer con asombro esta fuerza maravillosa.

Cayó en nuestras manos el suboficial Karl Beyerlein, que había presenciado las torturas a que sometió a Zoya Kosmodemiánskaya el jefe del 332 regimiento de infantería de la 197 división alemana, teniente coronel Rüderer. En sus declaraciones, el suboficial hitleriano escribió, apretando los dientes:

«La pequeña heroína de su pueblo se mantuvo firme. Ella no sabía lo que es la traición… Estaba amoratada de frío, sus heridas sangraban, pero no dijo una palabra».

Zoya murió en la horca pensando en su Patria. A la hora de la muerte glorificó la futura victoria.

Inmediatamente después de la ejecución la plaza quedó vacía, y aquel día ninguno de los moradores de la aldea salía a la calle si no era por extrema necesidad. El cuerpo de Zoya estuvo colgado un mes entero, balanceado por el viento y cubierto de nieve. Su bello rostro había conservado después de la muerte su frescor y pureza, y tenía impreso el sello de un profundo sosiego. Quienes tenían que pasar junto a ella, bajaban profundamente la cabeza y aceleraban el paso. Mas, cuando las unidades alemanas atravesaban la aldea, los obtusos hitlerianos rodeaban la horca y se divertían largo rato, dándole achuchones con palos y riéndose a carcajadas. Luego seguían su camino, y a unos cuantos kilómetros de allí les esperaba una nueva distracción: junto al hospital del distrito colgaban los cadáveres de dos chiquillos, ahorcados por los alemanes.

Así marchaban por la tierra ocupada, cubierta de horcas, empapada en sangre y clamando venganza.

Los alemanes tuvieron que retirarse a toda prisa y, debido a la premura, no pudieron incendiar Petríschevo. De todos los pueblos de los alrededores fue el único que quedó incólume. Cual testigos vivos de este alucinante crimen de los hitlerianos se han conservado los lugares vinculados con la hazaña de Zoya y la tumba en que reposan sus restos.

Y un túmulo de gloria crece ya sobre esta pequeña tumba que apenas se distingue. En las aldeas liberadas de los fascistas corre de boca en boca la gesta heroica de la valerosa joven combatiente. Los soldados, en el frente, le dedican sus poesías y sus salvas contra el enemigo. Su memoria da nuevas fuerzas a la gente. «Nosotros, los soviéticos —ha escrito a la redacción de Pravda un estudiante de historia—, todavía tenemos que sufrir mucho. Y, si me encuentro en alguna situación difícil, volveré a leer este triste relato y contemplaré el bello y valeroso rostro de la guerrillera».

La imagen radiante de Zoya Kosmodemiánskaya difunde en torno su resplandor hasta los más lejanos confines. Con su hazaña, se mostró digna de aquellos cuyas gestas leía, de aquellos que le enseñaron a vivir.

 

 

Por P. LIDOV

Dibujo de N. Polianski

 

Tomado de la revista LA MUJER SOVIETICA, Número 03. Marzo de 1986, Págs: 22-23.

 

 

Extraído del blog sputnik87.wordpress.com

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