Saludos al Ejército Chino

лªÉçÕÕƬ,±±¾©,2007Äê6Ô£²£µÈÕ    ¡°»­¡±Ëµºì¾ü(8) Èý´óÖ÷Á¦»áʦ      1936Äê10Ô£¬ºì¾üÈý´óÖ÷Á¦ÔÚ»áÄþʤÀû»áʦ£¬±êÖ¾×ÅÀúʱÁ½ÄêµÄºì¾ü³¤Õ÷È«²¿½áÊø¡£»áÄþ»áʦÊÇÖйú¸ïÃü×ßÏòʤÀûµÄתÕ۵㣬ÊǸïÃüÁ¦Á¿µÄ´ó»ãºÏ£¬ÊǸïÃüÍŽáµÄÏóÕ÷£¬ÊÇ¿¹ÈÕÃñ×åͳһսÏßÐγɵĻù´¡£¬Êdz¤Õ÷Ê·ÉϵIJ»Ðà·á±®¡£      Öйú¹¤Å©ºì¾üµÄΰ´ó³¤Õ÷£¬×ªÕ½14¸öÊ¡£¬³åÆƹúÃñµ³¾üÊýÊ®Íò±øÁ¦µÄΧ׷¶Â½Ø£¬¿Ë·þѩɽ²ÝµØµÄÏÕ×裬ÈÌÊܼ¢º®É˲¡µÄÕÛÄ¥£¬Õ½Ê¤µ³ÄÚ·ÖÁѵÄΣ»ú£¬ÖÕÓÚÍê³ÉÁËÕ½ÂÔתÒƵļè¾ÞÈÎÎñ¡£ºì¾ü³¤Õ÷µÄʤÀû£¬³ÉΪÖйú¸ïÃüתΣΪ°²µÄ¹Ø¼ü¡£Èý´óÖ÷Á¦ºì¾üÔÚÎ÷±±»áʦ£¬Îª¿ªÕ¹¿¹ÈÕÕ½ÕùµÄоÖÃæ´´ÔìÁËÖØÒªÌõ¼þ¡£     ÕâÊÇ·´Ó³Èý´óÖ÷Á¦»áʦµÄÓÍ»­¡£              лªÉç·¢

 

El siguiente poema de Antonio Aparicio Herrero (Sevilla, 1916), fue escrito en mayo de 1938. Al no poder encontrar el poema en su formato original, se ha traducido de la revista “Fundamentos” de febrero de 1952, nº25.

 

En el país del mundo donde los ríos amarillos
como interminables serpientes silenciosas
arrastran hacia el mar siglos de lentas sombras
y venenosos pájaros de canto letárgico,
donde contra el remoto espejo de los siglos
se levantan los templos de fervor milenario
como un chorro espeso de oscuro fanatismo,
allí donde murallas obstinadas y sumisas
su misión durante siglos
oprimen y defienden a un pueblo compuesto por millones,
la guerra lanzó sus caballos de fuego
sobre los lagos de enfermedades, sobre los pestilentes pantanos
multiplicados ferozmente por el invasor
y donde un niño chino agonizaba ininterrumpidamente año tras año.

En aquel triste y viejo país abandonado en el mundo,
abandonado por la fe, donde las propias flores
no son más que corazones enfermos que extienden sus penas
al joven caminante que cruza cargando con las suyas,
de repente una tormenta, de repente, después, ahora
un nuevo viento hace perder el vuelo a las águilas imperiales,
un río gigantesco se desborda por la furiosa corriente
e incendia con sus llamas las vastas regiones del hambre,
los pantanosos campos donde crecieron la superstición y el miedo
derrumbando abismos, poblando con sinos
el silencio.

A su paso, los niños de China
levantaban sus curvos brazos como fusiles,
y el Ejército Rojo de China sobre la áspera montaña
llenando con sus pasos el camino de los dioses,
el Ejército Rojo salido de las pobres aldeas de paja, hambre y hierro,
que se iluminan con antorchas y sueños sacudidos para siempre.
Y el Ejército Chino salido de las casas lacustres,
salido del cinturón de murallas que al final de mil siglos
se mueven, se levantan, extienden sus poderosos músculos.
Nuevas vidas, nuevas luchas, ahora nuevos caminos
hasta la libertad cuya voz se escuchó una noche
entre la marea celeste y la mar del océano,
en medio del incendio angustioso de las capillas para los sacrificios.
De un extremo a otro, a lo largo de las líneas de ferrocarril
vertiginosos trenes de incontenida ira
llevan una bandera roja que corta como un caballo ante la resistencia de los vientos.

Es inútil que el odio levante sus barreras de fango,
que haga saltar a los caminos sus manadas de bandidos
que oponga a la frontera del pueblo una frontera de gases;
en la noche de las estaciones, en las calles de las viejas ciudades,
crece el fuego, un himno caluroso
atraviesa las provincias invadidas por las hordas,
emerge de entre los mares,
crece y se multiplica en los bosques
cruzando el aire con sus rojas llamas inhabitables.
El Ejército Rojo de la lejana China es hermano,
en pie, firme, arma del pueblo,
entrega a la noche un pasado de lenta agonía
y marcha hacia nuevas colinas, para el día
que dejará caer su luz sobre las multitudes y cantos.

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