Olga Lepechinskaia, una científica soviética

Olga

 

Olga Borissovna Protopopova nació en 1871, en el seno de una familia rica, en Perm (ahora Molotov), al lado de los Urales. Buena alumna, estudiosa, deportista, podría haber llevado una vida burguesa sin preocupaciones ni cuidados. Pero tuvo la revelación de la miseria obrera al visitar, en las afueras de Perm, la minas propiedad de su propia familia; rompió entonces, brutalmente, con la existencia pasada. Decidió hacerse enfermera para servir al pueblo. Va a San Petersburgo (hoy Leningrado), donde sigue haciendo cursos de enfermería, convirtiéndose en asistenta médica. También estudia otras materias, lee a Darwin, a Marx…

La primera obra marxista que leí -dice Olga-, fue “El Capital” de Karl Marx. Tenía 24 años… Me inicié en el marxismo leyendo y también escuchando a V. Lenin, participando en los debates entre marxistas y populistas, entre los marxistas legales (que pretendían salvar a Rusia y a la humanidad dentro de la ley y el orden) y los marxistas leninistas“.

En la noche del 8 de diciembre de 1895 la policía de Nicolás II, el Zar sangriento, detiene un grupo de revolucionarios entre los cuales estaban Lenin y un tal Lepechinski. Los detenidos sólo podían ser visitados por sus familiares o por sus parejas. En este caso eran dos las parejas, Nadia Krupskaya y Olga Borissovna, que les acompañarían al exilio, a Siberia. Olga pasó de pareja a esposa, y en 1900 regresó del inhóspito Yenisei con su marido Lepechinski.

Olga Lepechinskaia tiene 29 años y es una “simple” enfermera o asistenta médica. Con la ayuda de los camaradas de lucha se va a Suiza, donde se encuentra con numerosos refugiados rusos, entre ellos Lenin y Plejanov. Su marido es arrestado de nuevo, desterrado, exiliado; se encuentran de nuevo, por fin, en Ginebra. Ella reanuda los estudios y el deporte; en un solo día recorre en bicicleta 180 kilómetros.

Vuelve a Rusia. Acorralados, ella y su marido, profesor, abren un restaurante de estudiantes, en el que viven. El trabajo material no impide que Olga estudie, principalmente, histología. Al final se forma en medicina, en 1915, a los 44 años.

La antigua novia revolucionaria, la enfermera, la médica, no podía parar. Pero sobreviven a la guerra, y la militante marxista se aparta de las posiciones científicas a las que tenía derecho; trabajaría de forma anónima en un hospital. Después, la Revolución. La doctora Lepechinskaia es elegida miembro de un comité revolucionario. El trabajo excesivo, día y noche, hace que se le vuelva a manifestar una antigua tuberculosis. Olga cuidará de su salud en el Cáucaso, trabajando como médica en un sanatorio.

De vuelta a Moscú, trabaja, siempre trabaja, trabaja en el Comisariado para la Instrucción Pública, después en una escuela cerca de Moguilev, junto con su hija, también profesora. Por muy poco escapa de los kulaks asesinos y vuelve a Moscú con su alumnos. Es enviada a Tashkent, donde organiza una universidad y un instituto médico.

Otra vez y definitivamente Moscú, en 1920. La universidad, es decir, el Instituto Histológico la recibe a regañadientes. Hay profesores presuntuosos que gruñen: “Autonomía… independencia… ciencia pura“. Olga Lepechinskaia dice solamente, con serena confianza: “Soy sólo una principiante…“. Lo que hace afirmar a un representante científico de las clases conservadoras de la época: “Ella misma me confesó que no entiende nada de cosa alguna“. Pero Lepechinskaia tiene el apoyo de profesores como Timirinzec y la simpatía de los estudiantes.

Comienza a trabajar con la sangre y las células, aplicando su método, el materialismo dialéctico. Le siguen trece años de trabajos, de experimentos, de aparatos inventados por ella misma. En las grandes generalizaciones, la revisión de las teorías de Haeckel y Wirchow. Y en 1933, Olga Lepechinskaia hace un descubrimiento crucial: hay una serie de etapas intermedias entre las células sanguíneas y los gránulos vitelinos(1). Esto era contrario a la teoría clásica de la célula, con sus divisiones clásicas y eternas de células preexistentes. De hecho, Wirchow y sus seguidores nunca fueron más allá de la barrera de la célula. Así pasó con el átomo antes de la física atómica.

 

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Olga Lepechinskaia tuvo que luchar, debatir, discutir. ¡Sí, amigos! La discusión democrática -es decir, libre y en beneficio de la mayoría- es una norma no escrita cada vez más generalizada en la Unión Soviética, Y todo recomenzó, o mejor dicho, continuó. La controversia entre Pasteur y Pouchet -que parecía definitivamente cerrada en favor del primero- floreció de nuevo. Lepechinskaia, que conocía a Engels, se aproximaba aún más a la verdad científica que Haeckel y Pouchet.

Dice Engels: “La vida es el modo de existencia de los cuerpos albuminoideos, y ese modo de existencia consiste esencialmente en la constante autorrenovación de los elementos químicos de esos cuerpos“. Y de nuevo: “La vida, por el contrario, el intercambio químico que tiene lugar por la alimentación y la eliminación, es un proceso que se autorrealiza y es inherente, innato, a su portador, la albúmina, hasta el punto de que ésta no puede existir sin él“.

Olga Lepechinskaia emprende, por lo tanto, un estudio sistemático en el que presupone la existencia de la “sustancia viva”, es decir, la sustancia no organizada en células, pero que contiene albuminoides y es susceptible al intercambio de sustancias y a la evolución. Tal estudio comprende necesariamente los huevos (en el sentido de las yemas de las que nace un organismo) que se desarrollan fuera del organismo animal. Observando, mediante una técnica cuidadosa, lo que pasa en un huevo de gallina verificó que la yema no es sólo el alimento de un germen microscópico, sino que participa directamente en la formación de otras células (así como la clara, a lo que parece).

Investigando el origen de la vida, Haeckel imaginó formas intermedias entre la materia inerte y la vida, a las que llamó moneras. Ahora Olga Lepechinskaia observó células que nacen, no de una división de células preexistentes, sino directamente de la sustancia viva. Los mismo hechos se verifican fuera del huevo, en el medio nutritivo. Está, pues, en jaque, la teoría clásica, la teoría tabú, según la cual las células se reproducen por división, mecánicamente, y todo lo que está vivo proviene de la célula. Hay un retorno temporal a la etapa precelular; el organismo no es una suma de células, sino un sistema complejo, compuesto de células y de materia viva no celular; es un todo único, cuyas partes son interdependientes, en perpetuo movimiento y transformación, y dependen todas en conjunto del medio exterior.

Olga Lepechinskaia debía, por lo tanto, proseguir con el estudio de la albúmina viva, esa materia viva que los hombres aún no habían creado. Buscará el protoplasma vivo en las células de un organismo primitivo, del tamaño de una cabeza de alfiler, la hidra marrón de agua dulce. Aplasta esas hidras en un mortero, las filtra a través de la seda, diluye en agua la “gacha” así obtenida y la centrifuga en una máquina que gira a 3.000 revoluciones por minuto. Recoger material de la capa líquida superior y hace un nuevo centrifugado. La gota líquida así obtenida es, en el microscopio, absolutamente transparente. Al cabo de una hora, aparecen puntos brillantes del tamaño de cabezas de alfiler que aumentan y se hacen pequeños gránulos esféricos sin estructura interna (“conservats”). Uniendo a estos extractos vivos de hidra una solución nutritiva que contienen extractos de cíclopes (2), se acelera la transformación y los gránulos se convierten en células normales, dotadas de núcleo y comienzan a dividirse. En ausencia del medio nutritivo, al contrario, desaparecen los gránulos.

Una experiencia de gran alcance práctico, esta reconstitución de las hidras aplastadas; para el caso, por ejemplo, de las lesiones en los hombres y animales. Al darse la lesión, algunas células son completamente destruidas; la sustancia del núcleo, mezclada con fragmentos de protoplasma, constituye una masa homogénea no celular. ¿Cómo se lleva a cabo la cicatrización? Una serie de microfotografías de heridas nos muestra los bordes de estas, una acumulación de gránulos, que poco a poco se convierten en esférulas, adquieren un núcleo y se transforman en células de tejido conectivo o de piel. Todo viene de los gránulos de sustancia viva que proviene de las células y de los tejidos desgarrados.

En cuanto al alimento de esa sustancia viva, es constituido por la sangre que impregnó la herida, allí permanece y participa directamente en la formación del tejido conectivo y de los glóbulos blancos.

Esto es lo que explica que las heridas más grandes se cierren con mayor rapidez que las pequeñas, en igualdad de condiciones. La propuesta de apósitos de sangre (o hemocultivos) realizada en 1940 por Olga Lepechinskaia, los que fueron aplicados en gran medida durante la última guerra, salvaron miles de vidas.

Como se ve, en un resumen más perfecto, la científica soviética contribuyó en gran medida a hacer frente a lo que algunos científicos occidentales y cristianos llaman seriamente “el misterio de la vida”. La vida de mujer y de ciudadana no es menos interesante, y viene de nuevo a demostrar que el amor al trabajo y al estudio, el talento y la obstinación -“no movidos por un vil premio”, sin el famoso estímulo del dinero- puede realizar grandes cosas.

Hemos visto, aunque muy a la ligera, lo que fue su juventud y su madurez. En 1936, con 65 años, gana las dieciséis pruebas del diploma deportivo “Lista para el trabajo y la defensa”, y recibe la insignia de “Tirador Voroshilov” (tirador profesional). Cuatro años más tarde, entra en un hospital con una fractura de fémur, del cual sale curada al cabo de tres meses, para sorpresa de los médicos.

Después de la guerra, la evacuación, el Ural Sur, donde ella, incapaz de continuar con sus trabajos habituales, pinta ventanas y puertas. En 1943, regresa a Moscú, reorganiza su laboratorio y reanuda el trabajo científico. Le llaman un día al teléfono: una voz tranquila, ponderada, le dirige breves palabras de aliento y agradecimiento. Alguien que tenía sobre los hombros las más grandes responsabilidades políticas y militares que la historia jamás conoció, José Stalin. Al cumplir 75 años, Olga Lepechinskaia recibe la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, la más hermosa, la más noble recompensa ya otorgada por los hombres.

Su monografía sobre el origen de las células y la materia viva, publicada en 1945, con un prólogo de Lissenko, abre una brecha en la “teoría cromosómica” de la herencia, la teoría del “fundamento hereditario” que se transmite de generación en generación, con las modificaciones debidas al acceso de mutaciones imprevisibles ajenas al medio. Para ella, como para Lissenko, el hombre puede modificar e incluso crear formas de vida. Sin embargo, tres años más tarde, este trabajo es condenado por trece “figuras científicas”, seguidoras y siervas de los principios eternos de Mendel y Morgan… Pero, después de sólo un mes y medio, esta ciencia eterna, clásica, inmutable, es refutada con enorme repercusión en la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas.

La contribución personal de Olga Lepechinskaia consiste en haber demostrado experimentalmente que las células no se constituyen solamente a partir de otras células, a través de la división, sino que todas las células se desarrollan a partir de la sustancia viva que no tiene estructura celular. El inmenso valor de sus trabajos científicos fue altamente reconocido. El 21 de septiembre de 1950 obtuvo el premio Stalin de 1ª clase y fue elegido recientemente como diputada al Soviet Supremo de la R.S.F.S. de Rusia.

En su vida privada, sufrió la angustia de perder a su esposo, amigo y correligionario, después de 49 años de vida en común y feliz. Perdió también a su hijo adoptivo, Rubens, hijo de Dolores Ibárruri “La Pasionaria”, que cayó luchando valientemente en Stalingrado. Vive con su hija Olga y otra hija adoptada, Bibissara, una tártara que adoptó en 1921. Esta extraordinaria mujer tiene hoy 79 años y todavía trabaja; dirige el laboratorio de citología del Instituto de Biología Experimental adjunto a la Academia de Ciencias Médicas de la Unión Soviética.

 

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Fundamentos”, nº22, Septiembre de 1951

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