Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (II)

tumblr_mbn9uu4Bzc1rhokh7o1_1280

 

A la deriva

 

Al día siguiente de la sorpresa de Alegría de Pío, caminábamos en medio de montes en que se alternaba la tierra roja con el “diente de perro”, oyendo descargas aisladas en todas direcciones y sin atinar ningún rumbo específico. Chao, que era veterano de la guerra española, opinó que esa forma de caminar nos conduciría inevitablemente a caer en alguna emboscada enemiga y propuse buscar algún lugar adecuado para esperar la noche y caminar entonces.

Estábamos prácticamente sin agua, con la única lata de leche que teníamos había ocurrido el percance de que Benítez, encargado de su custodia, la había cargado en el bolsillo de su uniforme al revés, vale decir, con los huequitos hechos para absorberla hacia abajo, de tal manera que, al ir a tomar nuestra ración —consistente en un tubo vacío de vitaminas que llenábamos con leche condensada y un trago de agua— vimos con dolor que toda estaba en el bolsillo y en el uniforme de Benítez.

Logramos establecernos en una especie de cueva que ofrecía visión amplia a un lado, pero, tenía el defecto que no se podía prever el avance enemigo por el otro. Sin embargo, nosotros pensábamos más en que no nos vieran que en defendernos y resolvimos mantenernos allí durante el día, aunque con el compromiso expresamente tomado por los cinco de luchar hasta la muerte. Quienes hiciéramos ese pacto nos llamamos: Ramiro Valdés, Juan Almeida, Chao, Benítez y el que esto relata. Todos sobrevivimos la terrible experiencia de la derrota y la lucha posterior.

Por la noche salimos a caminar. Establecí cuál era la Estrella Polar, según mis conocimientos en la materia, y durante un par de días fuimos caminando guiándonos por ella hacia el Este y llegar a la Sierra Maestra. (Mucho tiempo después me enteraría que la estrella que nos permitió guiarnos hacia el Este no era la Polar y que simplemente por casualidad, habíamos ido llevando aproximadamente este rumbo hasta amanecer en unos acantilados ya muy cerca de la costa.)

El mar se veía abajo; nos separaba de él un farallón cortado a pico de unos cincuenta metros de altura y la tentadora imagen de una fosa de agua, al parecer dulce, sobresalía abajo. Nuestro tormento mayor era la sed; esa noche había aparecido una multitud de cangrejos e impulsados por el hambre matamos algunos, pero como no podíamos hacer fuego, sorbimos crudas sus partes gelatinosas, lo que nos provocó una sed angustiosa.

Después de mucho buscar encontramos un paso practicable donde bajar en busca del agua pero, en los trajines de ida y venida, la fosa observada desde lo alto se nos perdió y solamente pudimos mitigar la sed gracias a las pequeñas cantidades de agua restantes de lluvias anteriores que quedaban en los huecos del “diente de perro”, allí la buscábamos y la extraíamos mediante la bombita de un nebulizador antiasmático; tomamos sólo algunas gotas de líquido cada uno.

Ibamos caminando con desgano, sin rumbo fijo; de vez en cuando un avión pasaba por el mar. Caminar entre los arrecifes era muy fatigoso y algunos proponían ir pegados a los acantilados de la costa, pero había allí un inconveniente grave: nos podían ver. En definitiva nos quedamos tirados a la sombra de algunos arbustos esperando que bajara el sol. Al anochecer encontramos una playita y nos bañamos.

Hice un intento de repetir algo que había leído en algunas publicaciones semicientíficas o en alguna novela en que se explicaba que el agua dulce mezclada con un tercio de agua de mar da un agua potable muy buena y aumenta la cantidad de líquido; hicimos así con lo que quedaba de una cantimplora y el resultado fue lamentable; un brebaje salobre que me valió la crítica de todos los compañeros. Algo refrescados por el baño seguimos caminando. Era de noche y creo recordar que había una luna bastante buena. Almeida y yo, que íbamos a la cabeza, observamos de pronto, en una de esas pequeñas chozas que los pescadores hacen a la orilla del mar para resguardarse de la intemperie, una sombra de gente durmiendo. Creímos que eran soldados, pero estábamos demasiado cerca ya para retroceder y avanzamos rápidamente; Almeida fue a intimar la rendición a los dormidos, cuando nos encontramos con una sorpresa agradable: eran tres expedicionarios del Granma, Camilo Cienfuegos, Pancho González y Pablo Hurtado. En seguida iniciamos un intercambio de opiniones, de experiencias, de noticias de lo poco que sabía cada uno de los otros o cada uno del combate. Mientras que el grupo de Camilo nos obsequiaba con un pedazo de caña que había arrancado antes de huir y que sirvió para engañar al estómago con algo dulce y jugoso, ellos masticaban desaprensivamente los cangrejos. Habían encontrado la forma de mitigar la sed sorbiendo directamente el agua de los hoyitos con algún tubito o palo hueco.

Seguimos nuestro camino todos juntos. Ocho era ahora el número de combatientes del ejército remanente del Granma y no teníamos noticias de que hubiera más supervivientes. Pensábamos, con lógica, que debía haber más grupos como el nuestro, pero no teníamos siquiera idea de dónde estábamos, todo lo que sabíamos era que caminando con el mar a nuestra derecha íbamos hacia el Este, es decir a la Sierra Maestra, el lugar donde teníamos que refugiarnos. No se nos escapaba el hecho de que los acantilados a pico y el mar cerraban completamente nuestras posibilidades de fuga, en caso de toparnos con una tropa enemiga. No recuerdo ahora si fue uno o dos días que caminamos por la costa, sólo sé que comimos algunos pequeños frutos de tuna que crecían en las orillas, uno o dos por cabeza, lo que no engañaba al hambre, y que la sed era atenazante, pues las contadas gotas de agua debían racionarse al máximo.

Una madrugada, ya sumamente cansados, llegamos a la orilla del mar y quedamos dormitando hasta que se viera por dónde pasar porque parecía que de pronto los acantilados hubieran caído a pico.

Apenas amaneció iniciamos una exploración y apareció ante nuestros ojos una casa grande de guano con la apariencia de pertenecer a algún campesino de una posición acomodada. Mi opinión inmediata fue no acercarnos a una casa de ese tipo, pues presumiblemente serían nuestros enemigos o tal vez el ejército la ocupara. Benítez opinó todo lo contrario y al final avanzamos los dos hacia la casa.

Yo me quedaba afuera mientras él cruzaba una cerca de alambre de púas (nos acompañaba alguien más que no recuerdo), de pronto percibí claramente en la penumbra la imagen de un hombre uniformado con una carabina M-1 en la mano, pensé que habían llegado nuestros últimos minutos, al menos los de Benítez, a quien ya no podía avisar porque estaba más cerca del hombre que de mi posición; Benítez llegó casi al lado del soldado y se volvió por donde había venido, diciéndome con toda ingenuidad que él volvía porque había visto “un señor con una escopeta” y no le pareció prudente preguntarle nada.

Realmente, Benítez y todos nosotros nacimos de nuevo, pero allí no paró nuestra odisea; después de dar un rodeo prudencial, tratamos de ir trepando por el acantilado mucho más bajo aquí, pues llegábamos a la zona denominada Ojo de Buey, donde un pequeño río cae al mar y por lo tanto lo perfora en ese lugar.

El día nos sorprendió antes de lograr traspasar la loma y solamente atinamos a llegar a una cueva desde la cual se observaba perfectamente todo el panorama: éste era de absoluta tranquilidad; una embarcación de la marina desembarcaba hombres, mientras otros embarcaban, al parecer, en una operación de relevo. Pudimos contar cerca de treinta y después supimos que eran los hombres de Laurent, el temido asesino de la Marina de Guerra que, después de haber cumplido su macabra misión de asesinar a un grupo de compañeros, estaba relevando a sus hombres.

Ante los ojos asombrados de Benítez aparecieron los “señores de la escopeta” con toda su trágica realidad. La situación era bastante mala; en el caso de ser descubiertos, no había la menor posibilidad de salvación y sólo restaba luchar allí hasta el final.

Pasamos el día sin probar bocado, racionando rigurosamente el agua que distribuíamos en el ocular de una mirilla telescópica para que fuera exacta la medida para cada uno de nosotros y por la noche emprendimos nuevamente el camino para alejarnos de esta zona donde vivimos uno de los días más angustiosos de la guerra, entre la sed y el hambre, el sentimiento de nuestra derrota y la inminencia de un peligro palpable e ineludible que nos hacía sentir como ratas acorraladas.

Después de algunas peripecias fuimos a caer al arroyo que desembocaba en el mar, o a algún afluente de este; tirados en el suelo bebimos ávidamente, como caballos, durante un largo rato, hasta que nuestro estómago vacío de alimentos, se resistió a recibir más agua. Llenamos las cantimploras y seguimos nuestro viaje. Por la madrugada llegamos a la punta de un pequeño cerrito en el cual había unos cuantos árboles. Nos distribuimos allí como para hacer resistencia y para poder ocultarnos lo mejor posible y pasamos todo el día viendo pasar avionetas a muy baja altura sobre nuestras cabezas, con altoparlantes que emitían sonidos incomprensibles pero que Almeida y Benítez, veteranos del Moncada, entendían que era una intimación de rendición. Por el bosque de vez en cuando se oían algunos gritos inidentificables.

Esa noche seguimos nuestro peregrinaje hasta llegar a las cercanías de una casa donde se oía el ruido de una orquesta. Una vez más se suscitó la discusión; Ramiro, Almeida y yo opinábamos que no se debía ir de ninguna manera a un baile o algo así, puesto que los campesinos inmediatamente, aunque no fuera más que por indiscreción natural, harían conocer nuestra presencia en la zona; Benítez y Camilo Cienfuegos opinaban que había que ir de todas maneras y comer. Al final Ramiro y yo fuimos comisionados para la tarea de llegar hasta la casa, obtener noticias y lograr comida. Cuando llegábamos cerca cesó la música y se oyó distante la voz de un hombre que decía algo así como: «vamos a brindar ahora por todos nuestros compañeros de armas que tan brillante actuación» &c., &c. Nos bastó para volver lo más rápido y sigilosamente posible a informar a nuestros compañeros de quiénes eran los que se estaban divirtiendo en aquella fiesta.

Seguimos nuestro camino, pero con la gente cada vez más negada a caminar; esa noche, o tal vez la siguiente, casi todas los compañeros se resistieron a seguir y tuvimos que llamar entonces a las puertas de un campesino, en las orillas de un camino real, en el lugar llamado Puercas Gordas, nueve días después de la sorpresa.

Nos recibieron en forma amable y seguidamente un festival ininterrumpido de comida se realizó en aquella choza campesina. Horas y horas pasamos comiendo hasta que nos sorprendió el día y ya no podíamos salir de allí. Por la mañana llegaban campesinos avisados de nuestra presencia que, curiosos y solícitos, venían a conocernos y a darnos algo de comer o traernos algún presente.

La pequeña casa en que estábamos pronto se convertía en un infierno: Almeida iniciaba el fuego de la diarrea y luego ocho intestinos desagradecidos demostraban su ingratitud, envenenando aquel pequeño recinto; algunos llegaban a vomitar. Pablo Hurtado agotado par los días de marcha, de cansancio, de mareo, de hambre y sed acumulados, no podía levantarse.

Resolvimos seguir par la noche. Los campesinos dijeron que tenían noticias de que Fidel estaba vivo y que podían llevarnos a algunas zonas en las cuales presumiblemente estaría con Crescencio Pérez, pero teníamos que dejar los uniformes y las armas. Almeida y yo conservamos unas pistolas ametralladoras Star; los ocho fusiles y todas las balas quedaron en resguardo en casa del campesino, mientras nosotros nos dividíamos en dos grupos, de tres y cuatro hombres, para alojarnos en casa de los campesinos y de allí ir ganando, en sucesivas etapas, la Maestra.

El grupo nuestro estaba integrado si mal no recuerdo, por Pancho González, Ramiro Valdés, Almeida y yo; el otro por Camilo, Benítez y Chao; Pablo Hurtado quedaba enfermo en la casa.

Apenas nos fuimos, el dueño de la casa no pudo resistir la tentación de comunicar la noticia a un amigo para discutir donde escondía las armas; éste le convenció de que podían venderse, entrando en tratos con un tercero, el que hizo la denuncia al ejército y, pocas horas después de haber dejado la primera hospitalaria mansión de Cuba, el enemigo irrumpió, tomaba preso a Pablo Hurtado y capturaba todas las armas.

Nosotros estábamos en casa de un adventista llamado Argelio Rosabal a quien todos conocían como El Pastor. Este compañero, al enterarse de la infausta noticia hizo contacto rápidamente con otro campesino de la zona, muy conocedor de ella y que decía simpatizaba con los rebeldes. Esa noche nos sacaban de allí y nos llevaban a otro refugio más seguro. El campesino que conociéramos aquel día se llamaba Guillermo García, hoy jefe del Ejército de Occidente y miembro de la Dirección Nacional de nuestro Partido.

Después estuvimos en algunas otras casas campesinas; Carlos Mas, incorporado al ejército más tarde, Perucho, otros compañeros cuyos nombres no recuerdo. Una madrugada, después de cruzar la carretera de Pilón, y caminar sin guía alguno, llegábamos hasta la finca de Mongo Pérez, hermano de Crescencio, donde estaban todos los expedicionarios sobrevivientes y en libertad -hasta el momento- de nuestras tropas desembarcadas; a saber, Fidel Castro, Universo Sánchez, Faustino Pérez, Raúl Castro, Ciro Redondo, Efigenio Ameijeiras, René Rodríguez y Armando Rodríguez. Pocos días después se nos incorporarían Morán, Crespo, Julito Díaz, Calixto García, Calixto Morales y Bermúdez.

Nuestra pequeña tropa se presentaba sin uniformes y sin armamentos, pues las dos pistolas era todo lo que habíamos logrado salvar del desastre y la reconvención de Fidel fue muy violenta.

Durante toda la campaña, y aún hoy, recordamos su admonición: “No han pagado la falta que cometieron, porque el dejar los fusiles en estas circunstancias se paga con la vida; la única esperanza de sobrevivir que tenían en caso de que el ejército topara con ustedes eran sus armas. Dejarlas fue un crimen y una estupidez”.

 

Combate de La Plata

 

El ataque a un pequeño cuartel que existía en la desembocadura del río de La Plata, en la Sierra Maestra, constituyó nuestra primera victoria y tuvo cierta resonancia, más lejana que la abrupta región donde se realizó. Fue un llamado de atención a todos, la demostración de que el Ejército Rebelde existía y estaba dispuesto a luchar y, para nosotros, la reafi rmación de nuestras posibilidades de triunfo fi nal.

El día 14 de enero de 1957, poco más de un mes después de la sorpresa de Alegría de Pío, paramos en el río Magdalena que está separado de La Plata por un fi rme que sale de la Maestra y muere en el mar dividiendo las dos pequeñas cuencas. Allí hicimos algunos ejercicios de tiro, ordenados por Fidel para entrenar algo a la gente; algunos tiraban por primera vez en su vida. Allí nos bañamos también, después de muchos días de ignorar la higiene y, los que pudieron, cambiaron sus ropas. En aquel momento había veintitrés armas efectivas; nueve fusiles con mirilla telescópica, cinco semiautomáticos, cuatro de cerrojo, dos ametralladoras Thompson, dos pistolas ametralladoras y una escopeta calibre 16. Por la tarde de ese día subimos la última loma antes de llegar a las inmediaciones de La Plata. Seguíamos un angosto trillo del bosque transitado por muy pocas personas y marcado especialmente para nosotros a punta de machete por un campesino de la región, llamado Melquiades Elías. Este nombre nos fue dado por nuestro guía Eutimio, personal imprescindible para nosotros y la imagen del campesinado rebelde; pero algún tiempo después fue apresado por Casillas, quien en vez de matarlo lo compró con la oferta de $10,000 y un grado en el ejército si mataba a Fidel. Estuvo muy cerca de su intento, pero le faltó valor para hacerlo; sin embargo, muy importante fue su acción, delatando nuestros campamentos.

En aquella época, Eutimio nos servía lealmente; era uno de los tantos campesinos que luchaban por sus tierras contra los terratenientes de la región, y quien luchara contra los terratenientes, luchaba al mismo tiempo contra la guardia que era la servidora de aquella clase.

Durante el camino de ese día, hicimos prisioneros a dos campesinos que resultaron ser parientes del guía: uno de ellos fue puesto en libertad pero el otro fue retenido, como medida de precaución. Al día siguiente, 15 de enero, avistamos el cuartel de La Plata, a medio construir, con sus láminas de zinc y vimos un grupo de hombres semidesnudos en los que se adivinaba, sin embargo, el uniforme enemigo. Pudimos observar cómo, a las seis de la tarde, antes de caer el sol, llegaba una lancha cargada de guardias, bajando unos y subiendo otros. Como no comprendimos bien las evoluciones decidimos dejar el ataque para el día siguiente.

Desde el amanecer del 16 se puso observación sobre el cuartel. Se había retirado el guardacostas por la noche; se iniciaron labores de exploración pero no se veían soldados por ninguna parte. A las tres de la tarde, decidimos ir acercándonos al camino que sube del cuartel bordeando el río para tratar de observar algo; al anochecer, cruzamos el río de La Plata que no tiene profundidad alguna y nos apostamos en el camino; a los cinco minutos, tomamos prisioneros a dos campesinos. Uno de los hombres tenía algunos antecedentes de chivato; al saber quiénes éramos y expresarles que no teníamos buenas intenciones si no hablaban claro, dieron informaciones valiosas. Había unos soldados en el cuartel, aproximadamente una quincena, y, además, al rato debía pasar uno de los tres famosos mayorales de la región: Chicho Osorio. Estos mayorales pertenecían al latifundio de la familia Laviti que había creado un enorme feudo y lo mantenía mediante el terror con la ayuda de individuos como Chicho Osorio. Al poco rato, apareció el nombrado Chicho, borracho, montado en un mulo y con un negrito a horcajadas. Universo Sánchez, le dio el alto en nombre de la guardia rural, y éste rápidamente contestó: “mosquito”. Era la contraseña.

A pesar de nuestro aspecto patibulario, quizás por el grado de embriaguez de ese sujeto, pudimos engañar a Chicho Osorio. Fidel, con aire indignado, le dijo que era un coronel del ejército, que venía a investigar por qué razón no se había liquidado ya a los rebeldes, que él sí se metía en el monte, por eso estaba barbudo, que era una “basura” lo que estaba haciendo el ejército; en fi n, habló bastante mal de la ejecutividad de las fuerzas enemigas. Con gran sumisión, Chicho Osorio contó que, efectivamente, los guardias se la pasaban en el cuartel, que solamente comían, sin actuar; que hacían recorridos sin importancia; manifestó enfáticamente que había que liquidar a todos los rebeldes. Se empezó a hacer discretamente una relación de la gente amiga y enemiga en la zona, preguntándole por ella a Chicho Osorio y, naturalmente poniéndolo al revés, cuando Chicho decía que alguno era malo, ya teníamos una base para decir que era bueno. Así se juntaron veintitantos nombres, y el chivato seguía hablando; nos contó habían muerto dos hombres en esos lugares; “pero mi general Batista me dejó libre enseguida”. Nos dijo cómo acababa de darles unas bofetadas a unos campesinos que se habían puesto “un poco malcriados” y que, además, según sus propias palabras, los guardias eran incapaces de hacer eso; los dejaban hablar sin castigarlos. Le preguntó Fidel qué cosa haría él con Fidel Castro en caso de agarrarlo, y entonces contestó con un gesto explicativo que había que partirle los… igualmente opinó de Crescencio. Mire, dijo, mostrando los zapatos de nuestra tropa, de factura mexicana, “de uno de esos hijos de … que matamos”. Allí, sin saberlo, Chicho Osorio había fi rmado su propia sentencia de muerte. Al fi nal, ante la insinuación de Fidel, accedió a guiarnos para sorprender a todos los soldados y demostrarles que estaban muy mal preparados y que no cumplían con su deber.

Nos acercamos hacia el cuartel, teniendo como guía a Chicho Osorio, aunque personalmente no estaba muy seguro de que aquel hombre no se hubiera percatado ya de la estratagema. Sin embargo, siguió con toda ingenuidad, pues estaba tan borracho que no podía discernir; al cruzar nuevamente el río para acercarnos al cuartel, Fidel le dijo que las ordenanzas militares establecían que el prisionero debía estar amarrado; el hombre no opuso resistencia, siguió como prisionero, aunque sin saberlo. Explicó que la única guardia establecida era una entrada en el cuartel en construcción y la casa de otro de los mayorales llamado Honorio, y nos guió hasta un lugar cercano al cuartel por donde pasaba el camino al Macío. El compañero Luis Crespo, hoy comandante, fue enviado a explorar y volvió con la noticia de que eran exactos los informes del mayoral, pues se veían las dos construcciones y el punto rojo de los cigarros de la guardia en el medio.

Cuando estábamos listos para acercarnos tuvimos que escondernos y dejar pasar a tres guardias a caballo que pasaban, arriando como una mula a un prisionero de a pie. Al lado mío pasó, y recuerdo las palabras del pobre campesino que decía: “Yo soy como ustedes” y la contestación de un hombre, que después identifi camos como el cabo Basol, “cállate y sigue antes de que te haga caminar a latigazos”. Nosotros creíamos que ese campesino quedaba fuera de peligro al no estar en el cuartel, expuesto a nuestras balas en el momento del ataque; sin embargo, al día siguiente, cuando se enteraron del combate y sus resultados fue asesinado vilmente en el Macío. Teníamos preparado el ataque con veintidós armas disponibles. Era un momento importante, pues teníamos muy pocas balas; había que tomar el cuartel de todas maneras, el no tomarlo signifi caba gastar todo el parque, quedar prácticamente indefensos. El compañero teniente Julito Díaz, caído gloriosamente en El Uvero, con Camilo Cienfuegos, Benítez y Calixto Morales, con fusiles semiautomáticos, cercarían la casa de guano por la extrema derecha. Fidel, Universo Sánchez, Luis Crespo, Calixto García, Fajardo -hoy comandante del mismo apellido que nuestro médico, Piti Fajardo, caído en Escambray- y yo, atacaríamos por el centro. Raúl con su escuadra y Almeida con la suya, el cuartel, por la izquierda.

Así fuimos acercándonos a las posiciones enemigas hasta llegar a unos cuarenta metros. Había buena luna. Fidel inició el tiroteo con dos ráfagas de ametralladora y fue seguido por todos los fusiles disponibles. Inmediatamente, se invitó a rendirse a los soldados, pero sin resultado alguno. En el momento de iniciarse el tiroteo fue ajusticiado el chivato y asesino Chicho Osorio.

El ataque se había iniciado a las dos y cuarenta de la madrugada y los guardias hicieron más resistencia de la esperada, había un sargento que tenía un M-1, y respondía con una descarga cada vez que le intimábamos la rendición; se dieron órdenes de disparar nuestras viejas granadas de tipo brasileño; Luis Crespo tiró la suya, yo la que me pertenecía. Sin embargo, no estallaron. Raúl Castro tiró dinamita sin niple y ésta no hizo ningún efecto. Había entonces que acercarse y quemar las casas aun a riesgo de la propia vida; en aquellos momentos Universo Sánchez trató de hacerlo primero y fracasó, después lo intentó Camilo Cienfuegos pero tampoco pudo hacerlo, y al fi nal, Luis Crespo y yo nos acercamos a un rancho que este compañero incendió. A la luz del incendio pudimos ver que era simplemente un lugar donde guardaban los frutos del cocotal cercano, pero intimidamos a los soldados que abandonaron la lucha. Uno huyendo fue casi a chocar contra el fusil de Luis Crespo que lo hirió en el pecho, le quitó el arma y seguimos disparando contra la casa. Camilo Cienfuegos, parapetado detrás de un árbol, disparó contra el sargento que huía y agotó los pocos cartuchos de que disponía.

Los soldados, casi sin defensa, eran inmisericordemente heridos por nuestras balas. Camilo Cienfuegos entró primero, por nuestro lado, a la casa de donde llegaban gritos de rendición. Hicimos rápidamente el balance que había dejado el combate en armas: ocho Springfi eld, una ametralladora Thompson y unos mil tiros; nosotros habíamos gastado unos quinientos tiros aproximadamente. Además, teníamos cananas, combustible, cuchillos, ropas, alguna comida. El recuento de bajas: ellos tenían dos muertos y cinco heridos, además tres prisioneros. Algunos junto con el chivato Honorio, habían huido. Por nuestra parte, ni un rasguño. Se les dio fuego a las casas de los soldados y nos retiramos, luego de atender lo mejor posible a los heridos, tres de ellos de mucha gravedad, que luego murieron, según nos enteramos después de la victoria fi nal, los dejamos al cuidado de los soldados prisioneros. Uno de estos soldados, se incorporó después a los tropas del comandante Raúl Castro y alcanzó el grado de teniente, muriendo en un accidente aéreo ya después de ganada la guerra.

Siempre contrastaba nuestra actitud con los heridos y la del ejército, que no sólo asesinaba a nuestros heridos sino que abandonaba a los suyos. Esta diferencia fue haciendo su efecto con el tiempo y constituyó uno de los factores de triunfo. Allí, con mucho dolor para mí, que sentía como médico la necesidad de mantener reservas para nuestras tropas, ordenó Fidel que se entregaran a los prisioneros todas las medicinas disponibles para el cuidado de los soldados heridos, y así lo hicimos. Dejamos también en libertad a los civiles y, a las cuatro y treinta de la mañana del día 17, salíamos rumbo a Palma Mocha, a donde llegamos al amanecer internándonos rápidamente, buscando las zonas más abruptas de la Maestra.

Un espectáculo lastimoso se ofrecía a nuestros ojos; un cabo y un mayoral habían afi rmado la víspera, a todas las familias del lugar, que la aviación bombardearía aquello provocando un éxodo hacia la costa de casi la totalidad de los campesinos. Como nadie conocía nuestra estancia en esos lares, era claramente una maniobra entre los mayorales y la guardia rural para despojar a los guajiros de sus tierras y pertenencias, pero la mentira de ellos había coincidido con nuestro ataque y ahora se hacía verdad, de modo que el terror se sembró en ese momento y fue imposible detener el éxodo.

Este fue el primer combate victorioso de los ejércitos rebeldes; en éste y el combate siguiente, fue el único momento de la vida de nuestra tropa donde nosotros hayamos tenido más armas que hombres… El campesino no estaba preparado para incorporarse a la lucha y la comunicación con las bases de la ciudad prácticamente no existía.

 

 

Combate de Arroyo del Infierno

 

El Arroyo del Infi erno es un pequeño riachuelo de escaso recorrido que desemboca en el río Palma Mocha. A sus márgenes, alejándonos del río Palma Mocha y subiendo por las laderas de las lomas que lo bordean, llegamos a una pequeña abra circular en el monte donde se levantaban dos pequeños bohíos e hicimos nuestro campamento en esta zona, naturalmente, dejando vacías las casas campesinas.

Fidel calculaba que el ejército vendría en nuestra búsqueda y que más o menos nos localizaría; decidió preparar en esta región la emboscada que sirviera para atrapar algunos soldados enemigos. Consecuentemente con ello distribuyó la gente. Fidel constantemente vigilaba las líneas y daba recorridos para cerciorarse de la efi cacia de la defensa. El día 19 de enero por la mañana, ocurrió un accidente que pudo tener graves consecuencias. Yo había llevado como trofeo de la lucha en La Plata, un casco completo de cabo del ejército batistiano y lo portaba con todo orgullo, pero al ir a inspeccionar las tropas, lo hicimos por pleno monte; y la vanguardia nos oyó venir desde lejos y vio el grupo encabezado por uno que llevaba casco.

Afortunadamente en ese momento se estaban limpiando las armas y solamente funcionaba el fusil de Camilo Cienfuegos que disparó sobre nosotros, aunque inmediatamente comprendió su error; el primer disparo no dio en el blanco y el fusil automático se trabó impidiéndole seguir disparando. Este hecho demuestra el estado de tensión que teníamos todos, esperando, como una liberación, el combate. Son instantes en que hasta los más fi rmes de nervios sienten cierto leve temblor en las rodillas y todo el mundo ansía de una vez la llegada de ese momento estelar de la guerra, que es el combate. Sin embargo no era, ni con mucho, nuestro deseo de combatir; lo hicimos porque era necesario. En la madrugada del día 22, se oyeron algunos disparos aislados por la zona del río Palma Mocha y esto nos incitó a mantener en mejores condiciones nuestra línea; a cuidarnos más y a esperar la inminente presencia de la tropa enemiga.

Debido a que se suponía que estaban los soldados cerca, no hubo ni desayuno ni almuerzo. Con el guajiro Crespo habíamos descubierto un nido de gallinas y racionábamos el uso que hacíamos de los huevos dejando uno, como es usual, para que siguieran poniendo. Ese día, en vista de los tiros escuchados por la noche, Crespo decidió que debíamos comernos el último huevo, y así lo hicimos. Era mediodía cuando observamos una fi gura humana en uno de los bohíos; pensamos en el primer momento que alguno de los compañeros había desobedecido la orden de no acercarse a las casas. Sin embargo, no era así; uno de los soldados de la dictadura era el explorador del bohío.

Aparecieron después hasta seis, y luego se fueron, quedando tres a la vista; pudimos observar cómo el soldado de guardia, tras mirar a todos lados, quitó unas hierbas, se las puso en las orejas en un intento de camufl aje y se sentó a la sombra, tranquilamente, sin aprensiones en su rostro claramente visible en la mirilla telescópica. El disparo de Fidel, que abrió el fuego, lo fulminó, pues solamente alcanzó a dar un grito, algo así como “¡ay mi madre!” y cayó para no levantarse. Se generalizó el tiroteo y cayeron los dos compañeros del infortunado soldado. De pronto descubrí que en otro bohío más cercano a mis posiciones había otro soldado que trataba de esconderse del fuego nuestro. Se le veían solamente las piernas, pues mi posición elevada hacía que el techo del bohío lo tapara. Tiré a rumbo la primera vez y fallé; el segundo disparo dio de lleno en el pecho del hombre que cayó dejando su fusil clavado en la tierra por la bayoneta. Cubierto por el guajiro Crespo, llegué a la casa donde pude observar el cadáver quitándole sus balas, su fusil y algunas otras pertenencias. El hombre había recibido un balazo en medio del pecho que debió haberle partido el corazón y su muerte fue instantánea; ya presentaba los primeros síntomas de la rigidez cadavérica debido quizás al cansancio de la última jornada que había rendido.

El combate fue de una velocidad extraordinaria y pronto estábamos huyendo cada uno por su lado, luego de logrados, por nuestra parte los objetivos propuestos.

Al hacer el recuento constatamos que habíamos gastado 900 balas aproximadamente y que se recuperaron 70 de una canana llena y un fusil; ése fue el Garand que le correspondió a Efi genio

Ameijeiras, el que lo llevó durante buena parte de la guerra. Se contaron cuatro muertos del enemigo, pero meses después nos enteramos, al detener un chivato, que habían sido cinco las bajas. No era una victoria completa, pero tampoco una victoria pírrica. Habíamos medido nuestras fuerzas con el ejército en nuevas situaciones y habíamos superado la prueba.

Esto nos mejoró mucho el ánimo y nos permitió seguir durante todo el día trepando hacia los montes más inaccesibles para escapar a la persecución de grupos mayores del ejército enemigo. Así fuimos a caer del otro lado de la montaña y caminábamos paralelamente a la tropa de Batista, que también había huido, y había cruzado las mismas cúspides para seguir hacia el otro lado; durante dos días nuestras tropas y las del enemigo marcharon casi juntas, sin percatarse de ello; una vez dormimos en dos bohíos, separados apenas por un pequeño río como es el de La Plata, a algún par de recodos unos de otros. El teniente que comandaba la patrulla se llamaba Sánchez Mosquera y su nombre se hizo famoso en la Sierra Maestra debido a sus depredaciones. Es bueno explicar que los balazos oídos por nosotros horas antes de la acción fueron disparados para asesinar a un “pichón de haitiano” que se negara a conducir las tropas hasta nuestro escondite. Si no hubieran cometido ese asesinato no nos hubieran encontrado tan alertas.

Estábamos de nuevo sobrecargados de peso, llevando muchos de nosotros dos fusiles; en esta situación no era muy fácil el camino, pero evidentemente era otra moral la que imperaba, diferente a la que imperaba después del desastre de Alegría de Pío. Pocos días antes habíamos derrotado a un grupo menor en número, atrincherado en un cuartel; ahora derrotábamos una columna en marcha superior en número a nuestras fuerzas y se pudo experimentar la importancia que tiene en este tipo de guerra liquidar las vanguardias, pues sin vanguardia no puede moverse un ejército.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s