Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (III)

ernesto chee guevara fotografia tomada por el guerrillero lider revolucion cuba  guerrillero lider revolucion cuba guerrillero lider revolucion cuba ernesto chee guevara sacando fotos lider revolucion cubana presentacion trabajos fotograficos del guerrillero organizada por su hijo camilo guevara cuba che guevara cub havana guevara i  20010820 a self-portrait of ernesto "che" guevara taken in 1959 is displayed at the photo gallery "morro cabana" on friday, aug. 17, 2001 in havana. over two hundred photos taken by guevara are being shown in an exhibition organized by ches son camilo guevara. [ap photo-ernesto "che" guevara, courtesy of camilo guevara]

Ataque Aéreo

 

Después del combate victorioso contra las fuerzas de Sánchez Mosquera, habíamos caminado por las riberas del río de La Plata y, después, cruzando el Magdalena, vuelto a la zona ya conocida por nosotros en Caracas. Pero el ambiente que existía allí era diferente al que habíamos vivido la primera vez, cuando estuvimos escondidos en esa misma loma y todo el pueblo nos apoyaba; ahora las tropas de Casillas habían pasado sembrando el terror por la zona. Los campesinos se habían ido y solamente quedaban sus bohíos vacíos y algún animal que nosotros sacrifi cábamos para comer. La experiencia nos enseñaba que no era correcto el vivir en las casas, de modo que, después de pasar la noche en una de ellas, solitaria, subimos al monte y establecimos nuestro campamento al pie de una aguada, casi en la punta de la loma en Caracas.

Allí recibí una consulta de Manuel Fajardo, preguntándome si era posible que perdiéramos la guerra. Nuestra contestación, independientemente de la euforia de alguna victoria, era siempre la misma: que la guerra se ganaba indiscutiblemente. Me explicó que él me preguntaba eso porque el gallego Morán, le había dicho que no era posible ganar la guerra, que estábamos perdidos y lo había invitado a abandonar la campaña. Puse en conocimiento de Fidel estos datos pero me encontré con que, previsoramente el gallego Morán le había informado ya a Fidel Castro que estaba haciendo algunos tanteos para probar la moral de la tropa. Convinimos en que no era el sistema más adecuado éste y Fidel dio una pequeña arenga instando a una mayor disciplina y explicando los peligros que podía haber si faltaban a ella. Anunció además que tres delitos se castigarían con la pena de muerte: la insubordinación, la deserción y el derrotismo.

La situación no estaba muy alegre en esos días; la columna, sin su espíritu forjado en la lucha, todavía, y sin una clara conciencia ideológica, no acababa de consolidarse. Un día uno, un día otro se ausentaban compañeros; pedían funciones que a veces eran de mucho mayor riesgo en la ciudad, pero que signifi caban siempre la huida ante las duras condiciones del campo. Sin embargo, continuaba la vida de campaña su curso; el gallego Morán mostró una infatigable actividad buscando comida y haciendo contacto con los campesinos de lugares cercanos.

En esas condiciones estábamos el día 30 de enero por la mañana. Eutimio Guerra, el traidor, había pedido permiso para ir a ver a su madre enferma y Fidel se lo había concedido, dándole además algo de dinero para el viaje. Según él, el viaje duraría algunas semanas; todavía nosotros no habíamos comprendido una serie de hechos que después fueron claramente explicados por la actuación posterior de este sujeto. Al juntarse nuevamente con la tropa, Eutimio dijo que él había llegado cerca de Palma Mocha cuando se enteró que estaban las fuerzas del gobierno tras nuestra pista y que había tratado de irnos a avisar, pero ya encontró sólo algunos cadáveres de soldados en el bohío de Delfín, uno de los guajiros en cuyas tierras se escenifi có el combate de Arroyo del Infi erno, y que había seguido nuestra pista por la Sierra hasta encontrarnos allí. En realidad lo que había ocurrido es que él había sido hecho prisionero y estaba ya trabajando como agente del enemigo pues había convenido en recibir dinero y un grado militar para asesinar a Fidel.

Como parte del plan, Eutimio había salido del campamento el día anterior, y por la mañana, después de una noche fría, cuando empezábamos a levantarnos, escuchamos el zumbido de aviones que no se podían localizar pues estábamos en el monte. La cocina encendida estaba a unos doscientos metros más abajo, en una pequeña aguada, allí donde acampaba la punta de vanguardia. De pronto se oyó la picada de un avión de combate, el tableteo de unas ametralladoras y, a poco, las bombas. Nuestra experiencia era muy escasa en aquellos momentos y oíamos tiros por todos lados. Las balas de calibre 50 estallan al dar en tierra y golpeando cerca nuestro daban la impresión de salir del mismo monte al tiempo que se oían también los disparos de las ametralladoras desde el aire, al salir las balas. Eso nos hizo pensar que estábamos atacados por fuerzas de tierra.

Se me encomendó la misión de esperar a los miembros de la punta de vanguardia y también de recoger unos enseres que habíamos abandonado debido al ataque aéreo. El punto de reunión era la Cueva del Humo. Mi compañero fue en aquel momento Chao, veterano de la guerra española. Estuvimos esperando durante algún tiempo la llegada de algunos compañeros desaparecidos, pero no encontramos a nadie. Seguimos las huellas de la columna caminando tras un rastro impreciso, con una gran carga, hasta que resolvimos sentarnos a descansar en un claro del bosque. Después de algún tiempo, al sentir ruido y observar movimientos, vimos que avanzaban también siguiendo las mismas huellas el hoy comandante Guillermo García y Sergio Acuña; eran miembros del destacamento de vanguardia y venían a unirse con el grupo. Tras alguna deliberación, Guillermo García y yo fuimos nuevamente al campamento para tratar de ver qué es lo que pasaba ya que no se escuchaba ningún ruido; los aviones habían desaparecido.

Vimos un espectáculo desolador: con una extraña puntería que no se repitió, afortunadamente, durante la guerra, había sido atacada la cocina. El fogón había sido partido en pedazos por la metralla y una bomba había estallado exactamente en el medio de nuestro campamento de vanguardia pero, momentos después de retirada la gente. El gallego Morán y un compañero habían salido a explorar y volvía Morán solo, anunciando que había visto los aviones desde lejos, que eran cinco y, además, que no había tropas en la cercanía. Seguíamos caminando los cinco compañeros, con una gran carga, en medio del espectáculo desolador de las casas de nuestros antiguos amigos quemadas totalmente. Todo lo que encontramos en una de ellas, fue un gato que nos aulló lastimosamente y un puerco que salió gruñendo al sentir nuestra presencia. De la Cueva del Humo conocíamos el nombre pero no sabíamos exactamente cuál era el lugar. Así pasamos la noche en medio de la incertidumbre, esperando ver a nuestros compañeros, pero temiendo encontrar al enemigo.

El día 31 tomamos posición en lo alto de una loma dominando unos sembradíos, en lo que suponíamos que debía ser la Cueva del Humo; se hicieron varias exploraciones sin encontrar nada. Sergio, uno de los cinco, creyó ver dos personas con gorritos de peloteros, pero se demoró en avisar y no pudimos alcanzar a nadie. Salimos con Guillermo a explorar hasta el fondo del valle cerca de las riberas del Ají donde un amigo de Guillermo nos dio algo de comer, pero toda la gente estaba muy asustada. Nos avisó este amigo que toda la mercancía de Ciro Frías fue tomada por los guardias y quemada; las mulas fueron requisadas y el arriero muerto. La tienda de Ciro Frías quemada y su mujer presa. Los hombres que habían pasado por la mañana estaban bajo las órdenes del comandante Casillas que había dormido en las cercanías de la casa.

El 1° de febrero nos quedamos en nuestro pequeño campamento, prácticamente a la intemperie, reponiéndonos del cansancio de las caminatas del día anterior. A las once de la mañana se oyó un tiroteo al otro lado de la loma y después, más cerca, unos gritos lastimeros como de alguien pidiendo auxilio. Todo esto parece que acabó con los nervios de Sergio Acuña, quien dejó silenciosamente su canana y el fusil y desertó de la guardia a él encomendada. Anotamos en nuestro diario de campaña que se había llevado un sombrero guajiro, una lata de leche condensada y tres chorizos; en aquel momento lo sentimos mucho por la leche condensada y los chorizos. Unas horas después oímos ruidos y nos aprestamos a la defensa, no sabiendo si el desertor nos había traicionado, pero apareció Crescencio con una larga columna integrada por casi todos los nuestros y una nueva gente incorporada de Manzanillo que estaba dirigida por Roberto Pesant. De los nuestros faltaban Sergio Acuña, el desertor, y los compañeros Calixto Morales, Calixto García y Manuel Acuña; además un nuevo recluta incorporado recientemente que se había perdido en el tiroteo en este primer día.

Bajamos nuevamente al valle del Ají, y en el camino se repartieron algunas cosas que habían traído los de Manzanillo, incluido equipo de cirugía y mudas de ropa para todos. Nos emocionó mucho recibir en aquel momento una muda de ropa con iniciales bordadas por las muchachas de Manzanillo. Al día siguiente, dos de febrero, al cumplirse dos meses del desembarco del Granma, estaba un grupo homogéneo reunido; se habían incorporado a él unos diez hombres más provenientes de Manzanillo y nos sentíamos más fuertes y con mejor ánimo que nunca. Muchas discusiones tuvimos de cómo se había producido la sorpresa y el ataque de los aviones y todos coincidimos en que la cocina de día y el humo que desprendiera la fogata había guiado los aviones hasta allí. Durante muchos meses y quizás durante toda la guerra, los recuerdos de aquella sorpresa pesaron en el ánimo de la tropa y hasta el fi nal no se hicieron fogones al aire libre durante el día, temiendo alguna desagradable consecuencia.

Nos parecía imposible, y creo que no pasó por la mente de nadie, el que estuviera en el avión de observación, que nosotros llamábamos el chivato, el traidor Eutimio Guerra, explicándole a Casillas el lugar donde estábamos: pero así era. La enfermedad de su madre era un pretexto utilizado por él para salir y buscar al asesino Casillas.

Todavía durante algún tiempo más Eutimio Guerra jugó un importante papel negativo en el desarrollo de nuestra guerra de liberación.

 

 

Sorpresa en Altos de Espinosa

 

Después de la sorpresa aérea narrada anteriormente, abandonamos la loma de Caracas tratando de volver sobre nuestros pasos a zonas conocidas, de donde pudiéramos establecer contacto directo con Manzanillo, recibir más ayuda del exterior y comprender un poco mejor la situación existente en el resto del país.

Por ello volvimos, cruzando el Ají, por territorios ya conocidos de todos, hasta llegar a la casa del viejo Mendoza. Los senderos había que abrirlos a machete en el fi lo de las lomas, desde hacía mucho tiempo no caminadas por el hombre, y era muy lento el avance. La noche la pasamos en una de esas alturas, prácticamente sin comer. Recuerdo todavía, como uno de los grandes banquetes de mi vida, el momento en que el guajiro Crespo se presentó con una lata conteniendo cuatro butifarras, producto de sus ahorros anteriores, diciendo que era para los amigos; el guajiro, Fidel, yo y algún otro, disfrutamos de esa magra ración como de un banquete opíparo. La marcha siguió hasta llegar a la casa, situada a la derecha de Caracas, donde el viejo Mendoza nos prepararía algo de comer; con todo su miedo, pero con lealtad campesina, nos acogía cada vez que pasábamos por allí, respondiendo a las exigencias de amistad de Crescencio Pérez o de algunos otros campesinos amigos que estaban en la tropa.

Para mí fue muy penosa la marcha, pues tuve un ataque de paludismo y fueron el guajiro Crespo y el inolvidable compañero Julio Zenón Acosta los que me ayudaron a recorrer una jornada angustiosa. Al llegar a esos lugares nunca se dormía en las casas; pero mi estado y el del famoso gallego Morán, que siempre encontraba oportunidad de enfermarse, hicieron que nos enviaran a dormir bajo techo mientras la tropa vigilaba en las cercanías, llegando a la casa sólo para comer.

Era necesario depurar la guerrilla, pues había un grupo de personas con la moral muy baja y alguno que otro seriamente lesionado; en este último caso estaban el hoy Ministro del Interior Ramiro Valdés, e Ignacio Pérez, un hijo de Crescencio muerto luego gloriosamente con el grado de capitán. Ramirito había sufrido un fuerte golpe en la rodilla, rodilla que a su vez tenía resentida a consecuencia de las heridas recibidas en el Cuartel Moncada, de tal forma que tuvimos que dejarlo. Se fueron algunos otros muchachos cuya retirada fue más bien una ganancia para la tropa. Recuerdo uno al que le dio un ataque de nervios y empezó a gritar, en medio de aquella soledad de monte y guerrilla, que le habían hablado de un campamento con abundante comida y defensa antiaérea y que en vez de eso, los aviones lo acosaban y no tenían lugar fi jo, ni comida, ni siquiera agua para tomar. Más o menos, era la impresión de los combatientes los primeros días de vida en campaña. Después, los que quedaran y resistieran las primeras pruebas se acostumbrarían a la suciedad, a la falta de agua, de comida, de techo, de seguridad y a vivir continuamente confi ando sólo en el fusil y amparados en la cohesión y resistencia del pequeño núcleo guerrillero.

Ciro Frías llegó con algunos compañeros recién incorporados a la guerrilla, trayendo una serie de noticias que hoy nos hacen sonreír, pero que en aquella época nos llenaban de confusas impresiones. Que Díaz Tamayo estaba a punto de dar la voltereta y “tallando” con las fuerzas revolucionarias; que Faustino había podido colectar miles y miles de pesos; en fi n, el sabotaje ardía en todo el país y se acercaba el caos para el gobierno. Además, una noticia triste pero aleccionadora: Sergio Acuña, el desertor de días atrás, fue a la casa de unos parientes, allí se puso a relatar a sus primas sus hazañas como guerrillero, lo escuchó un tal Pedro Herrera, lo delató a la guardia, vino el cabo Roselló,[1] lo torturó, le dio cuatro tiros y, al parecer, lo colgó. Esto enseñaba a la tropa el valor de la cohesión y la inutilidad de intentar huir individualmente del destino colectivo; pero, además, nos colocaba ante la necesidad de cambiar de lugar pues, presumiblemente, el muchacho hablaría antes de ser asesinado y él conocía la casa de Florentino, donde estábamos. Hubo un hecho curioso en aquel momento, que sólo después atando cabos, hizo la luz en nuestro entendimiento: Eutimio Guerra había manifestado que en un sueño se había enterado de la muerte de Sergio Acuña, y, todavía más, dijo que el cabo Roselló lo había muerto. Esto suscitó una larga discussion filosófica de si era posible la predicción de los acontecimientos por medio de los sueños o no. Era parte de mi tarea diaria hacer explicaciones de tipo cultural o político a la tropa por lo que traté de explicar que eso no era posible, que podía deberse a alguna casualidad muy grande, que todos pensábamos que era posible ese desenlace para Sergio Acuña, que Roselló era el hombre que estaba asolando la zona, etc. Universo Sánchez dio la clave diciendo que Eutimio era un “paquetero”, que alguien se lo había dicho, pues éste había salido el día antes y había traído cincuenta latas de leche y una linterna militar. Uno de los que más insistían en la teoría de la iluminación era un guajiro analfabeto de 45 años a quien ya me he referido: Julio Zenón Acosta. Fue mi primer alumno en la Sierra; hacía esfuerzos por alfabetizarse y, en los lugares donde nos deteníamos, le iba enseñando las primeras letras; estábamos en la etapa de identifi car la A y la O, la E y la I. Con mucho empeño, sin considerar los años pasados sino lo que quedaba por hacer, Julio Zenón se había dado a la tarea. Quizás su ejemplo en este año pudiera servir a muchos campesinos, compañeros de él de aquella zona en la época de la guerra o a aquéllos que conozcan su historia. Porque Julio Zenón Acosta fue uno de los grandes compañeros de aquel momento. Era el hombre incansable, conocedor de la zona, el que siempre ayudaba al combatiente en desgracia, al de la ciudad, que todavía no tenía la sufi ciente fuerza para salir de un atolladero; era el que traía el agua de la lejana aguada, el que hacía el fuego rápidamente, el que encontraba la cuaba necesaria para encenderlo, un día de lluvia; era, en fin, el hombre orquesta de aquellos tiempos.

Una noche Eutimio manifestó que él no tenía manta, que si Fidel le podía prestar una. En la punta de las lomas, en aquel mes de febrero, hacía frío. Fidel le contestó que en esa forma iban a pasar frío los dos, que durmiera él tapándose con las mismas mantas y así los dos abrigos servirían mejor para tapar a ambos. Así fue: Eutimio Guerra pasó toda la noche con Fidel, con una pistola 45, con la cual Casillas le había encomendado matarlo, y un par de granadas con las que tenía que proteger su retirada de lo alto de la loma. Allí nos preguntó a Universo Sánchez y a mí, que en aquella época estábamos siempre cerca de Fidel, por las postas. Nos dijo: “me interesa mucho eso de las guardias; hay que tomar precauciones siempre.” Le explicamos que allí cerca había tres hombres de posta; nosotros mismos, los veteranos del Granma y hombres de confi anza de Fidel, nos turnábamos toda la noche para protegerlo personalmente. Eutimio pasó esa noche al lado del Jefe de la Revolución, teniendo su vida en la punta de una pistola, esperando la ocasión para asesinarlo, y no se animó a ello; toda la noche, una buena parte de la Revolución de Cuba estuvo pendiente de los vericuetos mentales, de las sumas y restas de valor y miedo, de terror y, tal vez, de escrúpulos de conciencia, de ambiciones de poder y de dinero, de un traidor; pero por suerte para nosotros, la suma de factores de inhibición fue mayor y llegó el día siguiente sin que ocurriera nada.

Ya habíamos salido de casa de Florentino y estábamos en el cañón seco de un arroyo, acampados. Había ido Ciro Frías a su casa, que estaba relativamente cerca, de recorrido, y había traído unas gallinas y alguna comida. Una larga noche de lluvia, soportada casi sin impermeables, se veía compensada a la mañana por un caldo caliente y algunos otros comestibles. Trajeron la noticia de que Eutimio había andado por allí también. Eutimio salía y entraba, era el hombre de confi anza, él nos había encontrado en la casa de Florentino y había explicado que, después de su salida para ver a la madre enferma, había visto todo lo que sucedió en Caracas y que había seguido nuestras huellas para ver lo que pasaba, explicó que su mamá estaba bien. Tenía rasgos de audacia extraordinarios; nosotros estábamos en un lugar llamado Altos de Espinosa, muy cerca de una serie de lomas, El Lomón, Loma del Burro, Caracas, que los aviones ametrallaban constantemente. Decía Eutimio con cara de quien predice el futuro: “hoy les dije que ametrallarán la Loma del Burro.” Los aviones ametrallaban la Loma del Burro y él saltaba de alegría, festejando su acierto.

El día 9 de febrero de 1957, Ciro Frías y Luis Crespo salieron a las habituales exploraciones en busca de alimentos y todo estaba tranquilo, cuando, a las diez de la mañana, un muchacho campesino llamado Labrada, recientemente incorporado, capturó a una persona que estaba cerca del lugar; resultó ser pariente de Crescencio y dependiente de la tienda de Celestino donde estaba la tropa de Casillas. Nos informó que había ciento cuarenta soldados en esa casa, y efectivamente, desde Nuestra posición se les podía ver en un alto pelado, a lo lejos. Además, el prisionero indicó que había hablado con Eutimio y que éste le había dicho que al día siguiente sería bombardeada la zona. Las tropas de Casillas se movían sin que pudiera precisarse el rumbo en que lo hacían. Fidel entró en sospechas; ya la rara conducta de Eutimio había, por fi n, llegado a nuestra conciencia y empezaron las especulaciones; a la 1:30 p.m. Fidel decidió dejar ese lugar y subimos a la punta de la loma, donde esperamos a los compañeros que habían ido de exploración. Al poco rato llegaron Ciro Frías y Luis Crespo; no habían visto nada extraño, todo era normal. Estábamos en esa conversación cuando Ciro Redondo creyó ver alguna sombra moviéndose, pidió silencio y montó su fusil. En ese momento sonó un disparo y luego una descarga. Inmediatamente se llenó el aire de descargas y explosiones provocadas por el ataque concentrado sobre el lugar donde habíamos acampado anteriormente. El campo quedó rápidamente vacío; después me enteré que Julio Zenón Acosta había quedado para siempre en lo alto de la loma. El guajiro inculto, el guajiro analfabeto que había sabido comprender las tareas enormes que tendría la Revolución después del triunfo y que se estaba preparando desde las primeras letras para ello, no podría acabar su labor. Los demás salimos corriendo dispersos; la mochila que era mi orgullo llena de medicamentos, de alguna comida de reserva, de libros y mantas, quedó en el lugar. Alcancé a sacar una manta del Ejército batistiano, trofeo de La Plata, y salí corriendo con ella.

Me reuní al poco rato con un grupo; allí estaban Almeida, Julito Díaz, Universo Sánchez, Camilo Cienfuegos, Guillermo García, Ciro Frías, Motolá, Pesant, Emilio Labrada, Yayo y yo.[2] Tomamos un camino oblicuo tratando de escapar a los disparos y desconociendo la suerte de los otros compañeros. Detonaciones aisladas se escuchaban tras nuestras huellas, fáciles de seguir, pues la velocidad de la carrera impedía borrarlas. A las 5:15 p.m. en mi reloj llegamos a un lugar abrupto en que acababa el monte; tras algunas vacilaciones resolvimos que era mejor esperar la noche allí, pues si cruzábamos de día nos verían; si llegaban tras nuestras huellas la posición permitía la defensa. Sin embargo, no aparecieron y pudimos seguir nuestra ruta con la imprecisa guía de Ciro Frías que conocía algo la región. Se había propuesto la división en dos patrullas para aligerar la marcha y dejar menos rastro, pero Almeida y yo nos opusimos para conservar la integridad de aquel grupo. Reconocimos el lugar, llamado Limones y, después de algunos titubeos, pues algunos compañeros querían alejarse, Almeida, jefe del grupo en razón de su grado de capitán, ordenó seguir hasta El Lomón, que era el lugar de reunión dado por Fidel. Algunos compañeros argumentaban que El Lomón era un lugar conocido por Eutimio y, por tanto, que allí estaría el ejército. Ya no nos cabía, la menor duda de que Eutimio era el traidor, pero la decisión de Almeida fue cumplir la orden de Fidel.

Tras tres días de separación, el 12 de febrero, nos reunimos con Fidel cerca de El Lomón, en un lugar denominado Derecha de la Caridad. Allí ya se tuvo la confi rmación de que el traidor era Eutimio Guerra y se nos hizo toda la historia; ella empezaba cuando después de La Plata fuera apresado por Casillas y, este en vez de matarlo, le ofreciera una cantidad de dinero por la vida de Fidel; nos enteramos de que había sido él el que delatara nuestra posición en Caracas, y que, precisamente, él había dado la orden de atacar con la aviación la Loma del Burro porque ese era nuestro itinerario (lo habíamos cambiado a última hora), y también él había organizado el ataque concentrado sobre el pequeño hueco que teníamos de refugio en el cañón del arroyo, del que nos salvamos con una sola baja por la oportuna retirada que ordenara Fidel. Además, se tenía confi rmación de la muerte de Julio Acosta y de que un guardia, por lo menos, había muerto y se decía de algunos heridos. Tengo que confesar que ni el muerto ni los heridos pueden cargarse a mi fusil, porque no hice nada más que una “retirada estratégica” a toda velocidad en aquel encuentro. Ahora estábamos de nuevo reunidos, nosotros doce menos Labrada, extraviado un día antes, con el resto del grupo: Raúl, Ameijeiras, Ciro Redondo, Manuel Fajardo, Echevarría, el gallego Morán y Fidel, en total 18 personas; era el “Ejército Revolucionario Reunifi cado” del día 12 de febrero de 1957.

Algunos compañeros se habían desperdigado, algunos bisoños abandonaron en ese momento la guerrilla y tuvimos la baja de un veterano del Granma; se llamaba Armando Rodríguez y llevaba una ametralladora Thompson; en los últimos días presentaba tal cara de espanto cada vez que oía tiros, en lugares distantes, pero en círculo alrededor de nuestra posición, que luego nosotros bautizamos esa expresión como cara de cerco. Cada vez que en un hombre aparecía la cara de animal poseído por el terror que presentó aquel ex compañero en los días anteriores a Altos de Espinosa, pronosticábamos algún desenlace desagradable; la cara de cerco era incompatible con la vida guerrillera. Cara de cerco puso la tercera, como decíamos en nuestro nuevo lenguaje guerrillero, y apareció su ametralladora en una casa campesina, mucho tiempo después y a mucha distancia de allí; sus piernas eran privilegiadas.

 

 

Fin de un traidor

 

Después de reunido este pequeño ejército, resolvimos dejar la región de El Lomón dirigiéndonos a otras nuevas; mientras tanto, íbamos haciendo contacto con campesinos de la zona y estableciendo las bases necesarias para nuestra subsistencia. Al mismo tiempo, nos separábamos de la Sierra Maestra y caminando hacia el llano, donde teníamos que ver a la gente de la organización de las ciudades.

Pasamos por un poblado llamado La Montería y después acampamos en un pequeño cayo de monte en las cercanías de un arroyo, en la finca perteneciente a un señor llamado Epifanio Díaz, cuyos hijos militaban en la Revolución. Nos acercábamos para poder establecer contacto más estrecho con el Movimiento, pues nuestra vida nómada y clandestina hacía imposible un intercambio entre las dos partes del 26 de Julio.

Prácticamente, eran dos grupos separados, con tácticas y estrategia diferentes. Todavía no se habían producido las hondas divisiones que meses más tarde pondrían en peligro la unidad del Movimiento, pero ya se veía que los conceptos eran diferentes.

En esa misma finca vimos a las figuras más importantes del Movimiento en la ciudad; entre ellas, tres mujeres conocidas hoy por todo el pueblo de Cuba: Vilma Espín, hoy Presidenta de la Federación de Mujeres y compañera de Raúl; Haydée Santamaría, Presidenta de la Casa de las Américas y compañera de Armando Hart y Celia Sánchez, nuestra querida compañera de todos los momentos de la lucha que, un tiempo después, se incorporara defi nitivamente a las guerrillas para no dejarnos más. Otro visitante era Faustino Pérez, un viejo conocido nuestro, compañero del Granma, que había ido a cumplir algunas misiones en la ciudad y retornaba a informar, para seguir en su trabajo urbano. (Poco después caería preso.) Además conocimos a Armando Hart y para mí fue la única oportunidad de tener contacto con el gran dirigente de Santiago, Frank País.

Frank País era uno de esos hombres que se imponen en la primera entrevista; su semblante era más o menos parecido al que muestran las fotos actuales, pero tenía unos ojos de una profundidad extraordinaria.

Difícil es hoy referirse a un compañero muerto, que se conoció una sola vez y cuya historia está en manos del pueblo. Yo sólo podría precisar en estos momentos que sus ojos mostraban enseguida al hombre poseído por una causa, con fe en la misma y además, que ese hombre era un ser superior. Hoy se le llama “el inolvidable Frank País”; para mí que lo vi una vez, es así. Frank es otro de los tantos compañeros cuya vida tronchada en fl or hoy hubiera estado dedicada a la tarea común de la Revolución socialista; es parte del duro precio que pagó el pueblo para lograr su libertad.

Nos dio una callada lección de orden y disciplina, limpiando nuestros fusiles sucios, contando las balas y ordenándolas para que no se perdieran. Desde ese día, me hice el propósito de cuidar más mi arma (y lo cumplí, aunque no puedo decir que fuera un modelo de meticulosidad tampoco).

Pero también fue escenario de otros acontecimientos ese pequeño cayo de monte. Por primera vez nos iba a visitar un periodista y ese periodista era extranjero; se trataba del famoso Matthews, que solamente llevó a la conversación una pequeña camarita de cajón, con la que sacó las fotos tan difundidas luego debido a la controversia establecida por las manifestaciones estúpidas de un ministro de Batista. El traductor fue en aquella época Javier Pazos, que luego se incorporaría también a las guerrillas, donde permaneció algún tiempo.

Matthews, según me contara Fidel, porque yo no fui testigo presencial de esa entrevista, hizo preguntas concretas y ninguna capciosa, se mostró como un simpatizante de la Revolución. Recuerdo los comentarios de Fidel, cómo él le había contestado afi rmativamente la pregunta de si era antimperialista y cómo había objetado la entrega de armas a Batista demostrándole que esas armas no serían para la defensa intercontinental, sino solamente para oprimir al pueblo.

La visita de Matthews, naturalmente, fue muy fugaz. Inmediatamente quedamos solos; estábamos listos para marcharnos. Sin embargo nos avisaron que redobláramos la vigilancia, pues Eutimio estaba en los alrededores; rápidamente se le ordenó a Almeida que fuera a tomarlo preso. La patrulla estaba integrada, además, por Julito Díaz, Ciro Frías, Camilo Cienfuegos y Efi genio Ameijeiras. Ciro Frías fue el encargado de dominarlo, tarea muy sencilla, y fue traído a presencia nuestra donde se le encontró una pistola 45, tres granadas y un salvoconducto de Casillas. Naturalmente, después de verse preso y de habérsele encontrado esas pertenencias, ya no le cupo duda de su suerte. Cayó de rodillas ante Fidel, y simplemente pidió que lo mataran. Dijo que sabía que merecía la muerte. En aquel momento parecía haber envejecido, en sus sienes se veía un buen número de canas, cosa que nunca había notado antes. Este momento era de una tensión extraordinaria. Fidel le increpó duramente su traición y Eutimio quería solamente que lo mataran, reconociendo su falta. Para todos los que lo vivimos es inolvidable aquel momento en que Ciro Frías, compadre suyo, empezó a hablarle; cuando le recordó todo lo que había hecho por él, pequeños favores que él y su hermano hicieron por la familia de Eutimio, y cómo éste había traicionado, primero haciendo matar al hermano de Frías -denunciado por éste y asesinado por los guardias unos días antes- y luego tratando de exterminar a todo el grupo. Fue una larga y patética declamación que Eutimio escuchó en silencio con la cabeza gacha: Se le preguntó si quería algo, y él contestó que sí, que quería que la Revolución, o, mejor dicho, que nosotros nos ocupáramos de sus hijos.

La Revolución cumplió. El de Eutimio Guerra es un nombre que ahora resurge al recuerdo de estas notas, pero que ya ha sido olvidado quizás hasta por sus hijos; éstos van con otro nombre a una de las tantas escuelas y reciben el tratamiento de todos los hijos del pueblo, preparándose para una vida mejor, pero algún día tendrán que saber que su padre fue ajusticiado por el poder revolucionario debido a su traición. También es de justicia que sepan que aquel campesino que se dejó tentar por la corrupción e intentó cometer una felonía impulsado por el afán de gloria y dinero, además de reconocer su falta, de no pedir ni por asomo una clemencia que sabía no merecía, se acordó en el último minuto de sus hijos y para ellos pidió un trato benevolente y la preocupación de nuestro jefe.

En esos minutos se desató una tormenta muy fuerte y oscureció totalmente: en medio de un aguacero descomunal, cruzado el cielo por relámpagos y por el ruido de los truenos, al estallar uno de estos rayos, con su trueno consiguiente, en la cercanía, acabó la vida de Eutimio Guerra sin que ni los compañeros cercanos pudieran oír el ruido del disparo. Al día siguiente, lo enterramos allí mismo y hubo un pequeño incidente que recuerdo. Manuel Fajardo quiso ponerle una cruz y yo me negué porque era muy peligroso para los dueños de la hacienda que quedara ese testimonio del ajusticiamiento. Entonces grabó sobre uno de los árboles cercanos una pequeña cruz. Y esa es la señal que indica dónde están enterrados los restos del traidor.

El gallego A. Morán se separó de nosotros en esos momentos, él sabía lo poco que lo apreciábamos ya, y todos lo considerábamos un desertor en potencia (había desaparecido dos o tres días con el pretexto que había corrido tras las huellas de Eutimio y se perdiera en el monte).

En el momento que nos aprestábamos a partir sonó un disparo y encontramos a Morán con la pierna atravesada por una bala. Los compañeros que estaban cerca del lugar del hecho sostuvieron, en esos días, enconadas discusiones, pues unos decían que el tiro fue casual y otros que se lo dio para no seguir con nosotros.

La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio el tiro intencionalmente. Al salir, quedó Frank País en mandar un grupo de hombres para los primeros días del mes de marzo siguiente; el punto de reunión sería la casa de Epifanio Díaz, en las cercanías del Jíbaro.

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