Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (V)

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Una entrevista famosa

 

A mediados de abril de 1957, volvíamos con nuestro ejército en entrenamiento a las regiones de Palma Mocha, en la vecindad del Turquino. Por aquella época nuestros hombres más valiosos para la lucha en la montaña eran los de extracción campesina.

Guillermo García y Ciro Frías, con patrullas de campesinos, iban y venían de uno a otro lugar de la Sierra, trayendo noticias, haciendo exploraciones, consiguiendo alimentos; en fin, constituían las verdaderas vanguardias móviles de nuestra columna. Por aquellos días, estábamos nuevamente en la zona del Arroyo del Infierno, testigo de uno de nuestros combates y los campesinos que venían a saludarnos nos enteraban de toda la tragedia ocurrida anteriormente; de quien había sido el hombre que había llevado directamente los guardias a presencia nuestra, de los muertos que había; en fin, los campesinos duchos en el arte de traspasar la noticia oral, nos informaban ampliamente de toda la vida de la zona.

Fidel, que en esos momentos estaba sin radio, pidió uno a un campesino de la zona que se lo cedió, y así podíamos escuchar, en un radio grande transportado en la mochila de un combatiente, las noticias directas de La Habana. Se volvía a hablar más claramente por radio dado el restablecimiento de las llamadas garantías.

Guillermo García con un atuendo tremendo de cabo del ejército batistiano y dos compañeros disfrazados de soldados, fueron a buscar al chivato que guiara al ejército enemigo, “de orden del Coronel” y con él volvieron al día siguiente. El hombre había venido engañado, pero cuando vio el ejército andrajoso ya supo lo que le esperaba. Con gran cinismo nos contó todo lo relativo a sus relaciones con el ejército y cómo le había dicho al “cabrón de Casillas”, según sus palabras, que él podía agarrarnos perfectamente y que llevaba al ejército donde estábamos, pues ya nos había espiado; sin embargo, no le hicieron caso.

Un día de aquellos, en una de aquellas lomas, murió el chivato y en un firme de la Maestra quedó enterrado. En esos días, llegó un mensaje de Celia donde hacía el anuncio de que vendría con dos periodistas norteamericanos para hacer una entrevista a Fidel, con el pretexto de los gringuitos. Y además, enviaba algún dinero recogido entre los simpatizantes del Movimiento.

Se resolvió que Lalo Sardiñas trajera a los norteamericanos por la zona de Estrada Palma, que conocía bien como antiguo comerciante de la zona. En esos momentos nosotros dedicábamos nuestro tiempo a la tarea de hacer contacto con campesinos que sirvieran de enlace y que pudieran mantener campamentos permanentes, donde se pudieran crear centros de contacto con la zona que ya se estaba agrandando; así íbamos localizando las casas que servían de abastecimiento a nuestras tropas, y allí instalábamos los almacenes de donde se trasladaban los abastecimientos según nuestros requerimientos. Estos lugares servían también de postas para las rápidas diligencias humanas que se trasladaban por el filo de la Maestra de un lugar a otro de la Sierra.

Los caminadores de la Sierra demuestran una capacidad extraordinaria para cubrir distancias larguísimas en poco tiempo y de ahí que, constantemente, nos viéramos engañados por sus afirmaciones, allí a media hora de camino, “al cantío de un gallo”, como se ha caricaturizado en general este tipo de información que casi siempre para los guajiros resulta exacta, aunque sus nociones sobre el reloj y lo que es una hora no tiene mayor parecido con la del hombre de la ciudad.

Tres días después de la orden dada a Lalo Sardiñas, llegaron noticias de que venían subiendo seis personas por la zona de Santo Domingo; estas personas eran dos mujeres, dos gringos, los periodistas, y dos acompañantes que no se sabía quiénes eran; sin embargo, los datos que llegaban eran contradictorios, se decía que los guardias habían tenido noticias de su presencia por un chivato y que habían rodeado la casa donde estaban. Las noticias van y vienen con una extraordinaria rapidez en la Sierra, pero se deforman también. Camilo salió con un pelotón con orden de liberar de todas maneras a los norteamericanos y a Celia Sánchez, que sabíamos venía en el grupo. Llegaron, sin embargo, sanos y salvos; la falsa alarma se debió a un movimiento de guardias provocado por una denuncia que en aquella época era fácil que se produjera por parte de los campesinos atrasados.

El día 23 de abril, el periodista Bob Taber, y un camarógrafo llegaban a nuestra presencia; junto a ellos venían las compañeras Celia Sánchez y Haydée Santamaría y los enviados del Movimiento en el llano, Marcos o Nicaragua, el comandante Iglesias, hoy gobernador de Las Villas y en aquella época encargado de acción en Santiago y Marcelo Fernández, que fue coordinador del Movimiento y actualmente vicepresidente del Banco Nacional, como intérprete por sus conocimientos del inglés.

Aquellos días se pasaron protocolarmente tratando de demostrar a los norteamericanos nuestra fuerza y tratando de eludir cualquier pregunta demasiado indiscreta; no sabíamos quiénes eran los periodistas; sin embargo, se realizaron las entrevistas con los tres norteamericanos que respondieron muy bien a todas las preguntas según el nuevo espíritu que habían desarrollado en esa vida primitiva a nuestro lado, aún cuando no pudieran aclimatarse a ella y no tenían nada de común con nosotros.

En aquellos días se incorporó también uno de los más simpáticos y queridos personajes de nuestra guerra revolucionaria, El Vaquerito. El Vaquerito, junto con otro compañero, nos encontró un día y manifestó estar más de un mes buscándonos, dijo ser camagüeyano, de Morón, y nosotros, como siempre se hacía en estos casos, procedimos a su interrogatorio y a darle un rudimento de orientación política, tarea que frecuentemente me tocaba. El Vaquerito no tenía ninguna idea política ni parecía ser otra cosa que un muchacho alegre y sano, que veía todo esto como una maravillosa aventura. Venía descalzo y Celia Sánchez le prestó unos zapatos que le sobraban, de manufactura o de tipo mexicano, grabados. Estos eran los únicos zapatos que le servían a El Vaquerito dada su pequeña estatura. Con los nuevos zapatos y un gran sombrero de guajiro, parecía un vaquero mexicano y de allí nació el nombre de El Vaquerito.

Como es bien sabido El Vaquerito no pudo ver el final de la lucha revolucionaria, pues siendo jefe del pelotón suicida de la columna 8, murió un día antes de la toma de Santa Clara. De su vida entre nosotros recordamos todos su extraordinaria alegría, su jovialidad ininterrumpida y la forma extraña y novelesca que tenía de afrontar el peligro. El Vaquerito era extraordinariamente mentiroso, quizás nunca había sostenido una conversación donde no adornara tanto la verdad que era prácticamente irreconocible, pero en sus actividades, ya fuera como mensajero en los primeros tiempos, como soldado después, o jefe del pelotón suicida, El Vaquerito demostraba que la realidad y la fantasía para él no tenían fronteras determinadas y los mismos hechos que su mente ágil inventaba, los realizaba en el campo de combate; su arrojo extremo se había convertido en tema de leyenda cuando llegó el final de toda aquella epopeya que él no pudo ver.

Una vez se me ocurrió interrogar a El Vaquerito después de una de las sesiones nocturnas de lectura que teníamos en la columna, tiempo después de incorporado a ella; El Vaquerito empezó a contar su vida y como quien no quiere la cosa nosotros a hacer cuentas con un lápiz. Cuando acabó, después de muchas anécdotas chispeantes le preguntamos cuántos años tenía. El Vaquerito en aquella época tenía poco más de 20 años, pero del cálculo de todas sus hazañas y trabajos se desprendía que había comenzado a trabajar cinco años antes de nacer.

El compañero Nicaragua traía noticias de más armas existentes en Santiago, remanentes del asalto a Palacio. 10 ametralladoras, 11 fusiles Johnson y 6 mosquetones, según declaraba. Había algunas más pero se pensaba establecer otro frente en la zona del Central Miranda. Fidel se oponía a esta idea y sólo les permitió algunas armas para este segundo frente, dando órdenes que todas las posibles subieran a reforzar el nuestro. Seguimos la marcha, para alejarnos de la incómoda compañía de unos guardias que merodeaban cerca, pero antes decidimos subir al Turquino, era una operación casi mística ésta de subir nuestro pico máximo y por otra parte estábamos ya por toda la cresta de la Maestra muy cerca de su cumbre.

El Pico Turquino fue subido por toda la columna y allí arriba finalizó la entrevista que Bob Taber hiciera al Movimiento, preparando una película que fue televisada en los Estados Unidos cuando no éramos tan temidos. (Un hecho ilustrativo: un guajiro que se nos unió, manifestó que Casillas le había ofrecido $300 y una vaca parida si mataba a Fidel.) No eran los norteamericanos solos los equivocados sobre el precio de nuestro máximo dirigente.

Según un altímetro de campaña que llevábamos con nosotros, el Turquino tenía 1.850 metros sobre el nivel del mar; lo apunto como dato curioso, pues nunca comprobamos este aparato; pero, sin embargo, al nivel del mar trabajaba bien y esta cifra de la altura del Turquino difiere bastante de las dadas por los textos oficiales.

Como una compañía del ejército continuaba tras nuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros a tirotearla; dado mi estado asmático que me obligaba a caminar a la cola de la columna y no permitía esfuerzos extra se me quitó la ametralladora que portaba, la Thompson, ya que yo no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron en devolvérmela y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra, encontrándome desarmado cuando todos los días podíamos tener encuentros con los guardias.

Por aquellos días, mayo de 1957, dos de los norteamericanos abandonaron la columna con el periodista Bob Taber, que había acabado su reportaje, y llegaron sanos y salvos a Guantánamo. Nosotros seguimos nuestro lento camino por la cresta de la Maestra o sus laderas; haciendo contactos, explorando nuevas regiones y difundiendo la llama revolucionaria y la leyenda de nuestra tropa de barbudos por otras regiones de la Sierra. El nuevo espíritu se comunicaba a la Maestra. Los campesinos venían sin tanto temor a saludarnos y nosotros no temíamos la presencia campesina, puesto que nuestra fuerza relativa había aumentado considerablemente y nos sentíamos más seguros contra cualquier sorpresa del ejército batistiano y más amigos de nuestros guajiros.

 

 

Jornadas de marcha

 

Los primeros 15 días del mes de mayo fueron de marcha continua hacia nuestro objetivo. Al iniciarse el mes, estábamos en una loma perteneciente a la cresta de la Maestra, cercana al pico Turquino; fuimos cruzando zonas que después resultaron teatro de muchos sucesos de la Revolución. Pasamos por Santa Ana, por El Hombrito; después Pico Verde, encontramos la casa de Escudero en la Maestra, y seguimos hasta la loma del Burro. El viaje en esta dirección que sigue el rumbo Este, se producía para buscar unas armas que se dijo iban a llegar de Santiago y a depositarse en la zona de la loma del Burro relativamente cerca del Oro de Guisa. Durante este recorrido que duró un par de semanas, una noche, al ir a cumplir un cometido intrascendente, equivoqué los caminos y estuve perdido tres días hasta volver a encontrar a la gente en un paraje denominado El Hombrito. En aquel momento pude darme cuenta de que llevábamos en las espaldas todo lo necesario para bastarnos a nosotros mismos. La sal y el aceite, tan importantes; algunas comidas enlatadas, entre las que había leche; todo lo necesario para dormir, hacer fuego y la comida y un aditamento en que confiaba mucho hasta ese momento, la brújula.

Al encontrarme perdido, la mañana siguiente de la noche en que ocurriera, tomé la brújula y guiándome por ella seguí un día y medio hasta darme cuenta de que cada vez estaba más perdido, me acerqué a una casa campesina y allí me encaminaron hasta el campamento rebelde. Después nosotros nos percataríamos de que en lugares tan escabrosos como la Sierra Maestra, la brújula solamente puede servir de orientación general, nunca para marcar rumbos definidos; el rumbo hay que trazarlo con guías o conociendo por sí mismo el terreno, como lo conocimos después al tocarme a mí precisamente operar en la zona de El Hombrito.

Fue muy emocionante el reencuentro con la columna en aquella zona por el caluroso recibimiento que se me hizo. Cuando llegué se acababa de realizar un juicio popular en que tres chivatos fueron juzgados y uno de ellos, Nápoles de apellido, condenado a muerte. Camilo fue el presidente del tribunal.

En aquella época tenía que cumplir mis deberes de médico y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba mi consulta. Era monótona pues no tenía muchos medicamentos que ofrecer y no presentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra; mujeres prematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes, parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de la Sierra Maestra. Todavía hoy se mantienen, pero en mucho menores proporciones. Los hijos de estas madres de la Sierra han ido a estudiar a la ciudad escolar “Camilo Cienfuegos”; ya están crecidos, saludables, son otros muchachos diferentes a los primeros escuálidos pobladores de nuestra pionera Ciudad Escolar.

Recuerdo que una niña estaba presenciando las consultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban con mentalidad casi religiosa a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó su mamá, después de varios turnos anteriores a los que había asistido con toda atención en la única pieza del bohío que me servía de consultorio, le chismoseó: “Mamá, este doctor a todas les dice lo mismo”.

Y era una gran verdad; mis conocimientos no daban para mucho más, pero, además, todas tenían el mismo cuadro clínico y contaban la misma historia desgarradora sin saberlo. ¿Qué hubiera pasado si el médico en ese momento hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la joven madre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa, se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidad de comida? Ese agotamiento es algo inexplicable porque toda su vida la mujer ha llevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino y sólo ahora se siente cansada. Es que las gentes de la Sierra brotan silvestres y sin cuidado y se desgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajos empezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambio definitivo en la vida del pueblo, La idea de la reforma agraria se hizo nítida y la comunión con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitiva de nuestro ser.

La guerrilla y el campesinado se iban fundiendo en una sola masa, sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino se produjo, en qué momento se hizo íntimamente verídico lo proclamado y fuimos parte del campesinado. Sólo sé, en lo que a mí respecta, que aquellas consultas a los guajiros de la Sierra convirtieron la decisión espontánea y algo lírica en una fuerza de distinto valor y más serena. Nunca han sospechado aquellos sufridos y leales pobladores de la Sierra Maestra el papel que desempeñaron como forjadores de nuestra ideología revolucionaria.

En aquel mismo lugar Guillermo García fue ascendido a capitán y se hizo cargo de todos los campesinos que ingresaran nuevos a las columnas. Tal vez el compañero Guillermo no recuerde esa fecha; está anotada en mi diario de combatiente: 6 de mayo de 1957.

Al día siguiente, Haydée Santamaría se iba con precisas indicaciones de Fidel a hacer los contactos necesarios, pero, un día más tarde llegó la noticia de la detención de Nicaragua, el comandante Iglesias, que era el encargado de traernos las armas. Esto provocó un gran desconcierto entre nosotros, pues no nos podíamos imaginar cómo se haría ahora para traerlas; sin embargo, resolvimos seguir caminando con el mismo destino.

Llegamos a un lugar cercano a Pino del Agua, una pequeña hondonada con una “tumba” abandonada en el mismo filo de la Sierra Maestra; había allí dos bohíos deshabitados. Cerca de un camino real, una patrulla nuestra tomó prisionero a un cabo del ejército. Este cabo era un individuo conocido por sus crímenes desde la época de Machado, por lo que algunos de la tropa propusimos ejecutarlo, pero Fidel se negó a hacerle nada; simplemente lo dejamos prisionero custodiado por los nuevos reclutas, sin armas largas todavía y con la prevención de que cualquier intento de fuga le costarla la vida.

La mayoría de nosotros siguió el camino con el fin de ver si las armas habían llegado al lugar convenido y, si estaban, transportarlas. Fue una larga caminata, aunque sin peso, ya que nuestras mochilas completas quedaron en el campamento donde estaba el prisionero. La marcha, sin embargo, no nos dio ningún resultado; no habían llegado los equipos y lo atribuimos, naturalmente, a la detención de Nicaragua. Pudimos comprar bastante alimento en una tienda existente y volver, con distinta pero también bien recibida carga hacia el lugar de partida.

Volvíamos por el mismo camino, a paso lento, cansón, bordeando las crestas de la Sierra Maestra y cruzando con cuidado los lugares pelados. Oímos de pronto disparos en dirección de nuestra marcha, lo que nos preocupó porque uno de nuestros compañeros se había adelantado para llegar cuanto antes al campamento; era Guillermo Domínguez, teniente de nuestra tropa y uno de los que habían llegado con el refuerzo de Santiago. Nos preparamos para cualquier contingencia mientras mandábamos una exploración. Después de un tiempo prudencial aparecieron los exploradores y venia con ellos un compañero llamado Fiallo que pertenecía al grupo de Crescencio, incorporado nuevamente a la guerrilla en el intervalo de nuestra ausencia. Venia del campamento base nuestro y nos explicó que había un muerto en el camino y que habían tenido un encuentro con los guardias, los que se habían retirado en dirección a Pino del Agua, donde había un destacamento mayor y que quedaba bastante cerca. Avanzamos con muchas precauciones encontrándonos un cadáver al que me tocó reconocer.

Era Guillermo Domínguez, precisamente; estaba desnudo de la cintura para arriba y presentaba un orificio de bala en el codo izquierdo, un bayonetazo en la zona supramaximilar izquierda y la cabeza literalmente destrozada por el disparo, al parecer, de su propia escopeta. Algunas municiones eran el testimonio en las carnes laceradas de nuestro infortunado compañero.

Pudimos reconstruir los hechos analizando diferentes datos: los guardias, parece que en un recorrido buscando a su compañero prisionero, el cabo, oyeron llegar a Domínguez, que venía a la delantera, confiado, pues había pasado por allí mismo el día anterior, y lo hicieron prisionero, pero algunos de los hombres de Crescencio venían a hacer contacto con nosotros por la otra dirección del camino (todo esto se produce en las mismas alturas de la Maestra). Al sorprender por la espalda a los guardias, la gente de Crescencio hizo fuego y éstos se retiraron asesinando antes de huir a nuestro compañero Domínguez.

Pino del Agua es un aserrío en plena Sierra y el camino seguido por los guardias es una vieja trocha de acarrear madera que nosotros debíamos atravesar luego de caminar 100 metros por ella, para seguir nuestro estrecho sendero del firme de la divisoria de las aguas. Nuestro compañero no tomó las precauciones elementales en estos casos y tuvo la mala suerte de coincidir con los guardias. Su amargo destino nos sirvió de experiencia para el futuro.

 

 

Llegan las armas

 

En una región de la Maestra cercana al aserrío de Pino del Agua, sacrificamos el magnífico caballo que traía el cabo prisionero, pues el animal no nos servía para caminar en zonas tan intrincadas y estábamos carentes de alimentos. Dato anecdótico es el de que el hombre nos recomendaba insistentemente el caballo, prestado por un amigo, y daba la seña de quién era para que en todo caso se le devolviera, mientras comía el guiso y se tomaba la sopa del propio animal. La carne de caballo y otros animales de la Sierra, era para nosotros un complemento nada desdeñable de la dieta habitual.

Ese día pudimos escuchar por la radio la noticia de la condena de nuestros compañeros del Granma y, además, que un magistrado había expresado su voto particular en contra de la sanción. Este era el magistrado Urrutia, cuyo gesto honrado le sirviera para ser propuesto presidente provisional de la República. El hecho en sí, el voto particular de un magistrado no tenía otra importancia que la de ser un gesto digno -como evidentemente lo fue en ese momento- pero tuvo después las consecuencias de entronizar a un mal presidente, incapaz de comprender el proceso político siguiente, incapaz de asimilar la profundidad de una revolución que no estaba hecha para su mentalidad retrógrada. Su carácter y la renuencia a situarse en el verdadero lugar que le correspondía nos trajo muchos conflictos, hasta que cristalizó, en los días de la celebración del primer 26 de Julio, en su renuncia como presidente ante la repulsa unánime del pueblo. En uno de esos días llegó un contacto de Santiago, su nombre era Andrés, que tenía aviso ya exacto de que las armas estaban a salvo y que se iban a trasladar en los días siguientes. Se fijó como lugar de entrega alguna región de un aserrío de la costa operado por los hermanos Babún y se iban a traer esas armas mediante la complicidad de estos ciudadanos que pensaban hacer un jugoso negocio interviniendo en la Revolución. (El desarrollo posterior los fue separando, y tres de los hijos de uno de estos miembros de la firma Babún, tienen el poco digno privilegio de pertenecer a la gusanería presa en Girón.)

Es curioso ver cómo en aquella época toda una serie de sujetos pensaban aprovechar la Revolución para sus fines propios y hacían pequeños favores para después buscar cada uno lo que esperaba del nuevo poder; en este caso, la concesión de todos los montes para su tala despiadada y la expulsión de los campesinos, aumentando los latifundios de la familia Babún. Por estos días se nos había unido un periodista norteamericano de la misma estirpe de los Babún. Era húngaro de nacimiento, se llamaba Andrew’s Saint George.

Aquella vez solamente mostraba una de sus caras, la menos mala, que era la de periodista yanqui; además de eso, era agente del FBI. Por ser la única persona que hablaba francés en la columna (en ese entonces nadie hablaba inglés) me tocó atenderlo y, sinceramente, no me lució el peligroso sujeto que surgiera en una segunda entrevista posterior, donde ya se mostraba como agente desembozado. Fuimos bordeando Pino del Agua para caer a las nacientes del río Peladera; caminando entre zonas también muy escarpadas y con un peso considerable en las espaldas. Por este río del Peladero se sube a un afluente, el arroyo llamado Del Indio, zona donde permanecimos un par de días consiguiendo algún alimento y a donde trasladamos las armas recibidas. Pasábamos ya por algunos pequeños poblados campesinos de la zona, donde establecíamos una especie de poder revolucionario no legalizado y dejábamos simpatizantes encargados de informarnos de todo lo que pasaba y también del movimiento del ejército enemigo. Pero siempre vivíamos en los montes, solamente alguna noche ocasional caíamos imprevistamente en algún grupo de casas, y algunos dormíamos en ellas, la mayoría siempre bajo el resguardo de los montes y, durante el día, todos en guardia y protegidos por el techo de las arboledas.

Nuestro enemigo más malo en esta época del año era la “macagüera”, una especie de tábano llamado así porque parece que pone sus huevos y nace en el árbol llamado Macagua; en determinada época del año prolifera mucho en los montes. La “macagüera” daba unas picadas en lugares no defendidos que, al rascarnos, con toda la suciedad que teníamos encima, se infectaban fácilmente ocasionando abscesos de más o menos consideración. Siempre la parte no defendida de nuestras piernas, las muñecas y el cuello, tenían el testimonio del paso de la “macagüera”.

Por fin, el día 18 de mayo, se tienen noticias de las armas y también, más o menos, de la composición de las mismas. La noticia produjo un gran revuelo en todo el campamento, pues inmediatamente se supo, y todos los combatientes esperaban mejorar su armamento; tenían la secreta esperanza de adquirir algo, ya fuera directamente de las nuevas armas o porque el ascenso de los más viejos les permitiera obtener aunque fuera el arma defectuosa, abandonada al adquirir la nueva. También tuvimos noticias de que se había exhibido la película que el periodista Bob Taber había hecho sobre la Sierra Maestra y había tenido un gran éxito en Estados Unidos. Esta noticia alegró a todo el mundo menos a Andrew’s Saint George que también, a pesar de su oficio de agente del FBI, tenía su corazoncito periodístico y se sintió defraudado. Al día siguiente de oír la noticia salió en un yate de la zona de los Babún para Santiago de Cuba.

Ese mismo día, simultáneamente con la noticia del lugar donde estaban las armas, se notó que había escapado un hombre, hecho peligroso pues, como dije, todo el campamento conocía de la llegada de las mismas. Se mandaron patrullas a buscarlo que tardaron algunos días en regresar y retornaron con la noticia que había logrado tomar un barco a Santiago. Presumimos nosotros que era para informar a las autoridades, aunque luego se demostró que simplemente la deserción se produjo por incapacidad física y moral para afrontar las inclemencias de nuestra vida. De todas maneras, tuvimos que extremar las precauciones. Nuestra lucha contra la falta de preparación física, ideológica y moral de los combatientes era diaria; pero los resultados no siempre eran halagüeños. Muchas veces pedían permiso para retirarse por los motivos más mínimos y si se les negaba, sucedía lo que en este caso. Y hay que considerar que la deserción se castigaba con la pena de muerte aplicada en el lugar de la detención.

A la noche llegaron las armas, para nosotros aquello era el espectáculo más maravilloso del mundo; estaban como en exposición ante los ojos codiciosos de todos los combatientes, los instrumentos de muerte. Tres ametralladoras de trípode, tres fusiles ametralladoras Madzen, nueve carabinas M-1, diez fusiles automáticos Johnson y, en total, seis mil tiros. Aunque las carabinas M-1 sólo tenían cuarenta y cinco balas por unidad se hizo la distribución atendiendo a los méritos ya adquiridos de los combatientes y a su tiempo en la Sierra. Una de estas carabinas M-1, de las armas más buscadas, le fue dada al hoy comandante Ramiro Valdés y dos para la vanguardia que comandaba Camilo. Las otras cuatro fueron dedicadas a cuidar las ametralladoras de trípode. Uno de los fusiles ametralladoras fue al pelotón del capitán Jorge Sotús, otro al pelotón de Almeida y otro para el Estado Mayor, encargándoseme a mí de su manejo. Las trípodes fueron: una para Raúl, otra para Guillermo García y la tercera para Crescencio Pérez. De tal manera, me iniciaba como combatiente directo, pues lo era ocasional, pero tenía como fijo el cargo de médico; empezaba una nueva etapa para mí en la Sierra.

Siempre recuerdo el momento en que me fue entregado este fusil-ametralladora, de muy mala calidad y viejo, pero que en aquel momento significaba una verdadera adquisición. Cuatro hombres estaban destinados como ayudantes de esta pieza; muy distinta trayectoria han seguido los cuatro combatientes de aquel momento, pues dos de ellos eran los hermanos Pupa y Manolo Beatón, fusilados por la Revolución, ya que asesinaron al comandante Cristino Naranjo y luego se alzaron en las sierras de Oriente, hasta que un campesino lograra detenerlos. Otro de ellos era un niño de 15 años que debía llevar casi siempre el enorme peso de los cargadores del fusil ametralladora y se llamaba Joel Iglesias, hoy presidente de los Jóvenes Rebeldes y comandante del Ejército Rebelde. El cuarto, hoy es teniente de nuestro ejército, su apellido es Oñate, pero nosotros le apodamos cariñosamente Cantinflas. No acabó, sin embargo, con la llegada de estas armas, la odisea de la tropa para adquirir fuerza combativa y fuerza ideológica. Pocos días después, el 23 de mayo, Fidel ordenaba nuevos licenciamientos, entre ellos una escuadra completa, y quedaba nuestra fuerza reducida a ciento veintisiete hombres, la mayoría armados y unos ochenta de éstos con buenas armas.

De la escuadra que abandonó, con su jefe incluso, la lucha, quedó un solo hombre llamado Crucito que después, fue uno de los combatientes más queridos. Crucito era un poeta natural y tenia largos encuentros con el poeta de la ciudad, Calixto Morales, del Granma, quien se había apodado a sí mismo el ruiseñor de los campos, a lo que Crucito en sus décimas guajiras contestaba siempre con el estribillo, dirigido despectivamente a Calixto: “So guacaico de la Sierra”.

Este magnífico compañero tenía toda la historia de la Revolución, hasta el momento de la partida del Granma, en décimas que iba componiendo mientras fumaba su pipa, en cada instante de descanso. Como había muy poco papel en la Sierra, iba componiendo las décimas y aprendiéndolas de memoria, de modo que no nos quedaron recuerdos cuando una bala pusiera fin a su vida en el combate de Pino del Agua.

En la zona de los aserríos teníamos la inapreciable ayuda de Enrique López, viejo conocido de Fidel y de Raúl, desde niños, que era en ese momento empleado de los Babunes y nos servía de contacto para abastecernos y para poder movilizarnos por toda el área sin peligro. Estos lugares estaban llenos de caminos por los que transitaban los camiones del ejército; varias veces hicimos emboscadas para tratar de agarrar algunos, pero nunca lo logramos. Quizás esto fuera bueno para el éxito de la operación que se avecinaba, una de las de más impacto psicológico en toda la historia de la guerra, como fue el combate del Uvero.

El día 25 de mayo tuvimos noticias de que por Mayarí había desembarcado un grupo de expedicionarios dirigidos por Calixto Sánchez, de la lancha El Corinthia, pocos días después conoceríamos el desastroso resultado de esa expedición; Prío enviaba sus hombres a morir sin tomar nunca la decisión de acompañarlos. La noticia de este desembarco nos hizo ver la necesidad imperiosa de distraer fuerzas del enemigo para tratar de que aquella gente llegara a algún lugar donde pudiera reorganizarse y empezar sus acciones. Todo esto lo hacíamos por solidaridad con los elementos combatientes, aunque no conocíamos ni la composición social ni los reales propósitos de este desembarco.

Aquí tuvimos una interesante discusión que fue protagonizada particularmente por el que esto escribe y Fidel: opinaba yo que no se podía desperdiciar la oportunidad de tomar un camión y que debíamos dedicarnos específicamente a cazarlos en las carreteras donde pasaban despreocupadamente para arriba y para abajo, pero Fidel ya tenía en mente la acción del Uvero y pensaba que sería mucho más interesante y lograría un éxito mucho más rotundo el hacer esta acción capturando el puesto del Uvero, pues sería un impacto psicológico grande y se conocería en todo el país, cosa que no sucedería con el ataque a un camión, caso en que podían dar las noticias de unos muertos o heridos en un accidente en el camino y, aunque la gente sospechara la verdad, nunca se sabría de nuestra efectiva presencia combatiente en la Sierra. Eso no quería decir que se desechara totalmente la idea de capturar algún camión en condiciones óptimas, pero no debíamos convertirlo en el centro de nuestras actividades.

Ahora, después de varios años de aquella discusión en que Fidel tomó la decisión, pero no me convenció, debo reconocer que era justa la apreciación y que hubiera sido mucho menos productivo para nosotros el tener una acción aislada sobre alguna de las patrullas que viajaban en camiones. Es que, en aquel momento, las ansias de combatir de todos nosotros nos llevaban siempre a adoptar las actitudes más drásticas sin tener paciencia y, quizás, sin tener visión para ver objetivos más lejanos. De todas maneras, arribamos ya a los preparativos finales para la acción del Uvero.

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