Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (VI)

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El combate del Uvero

 

Decidido el punto de ataque, nos quedaba precisar exactamente la forma en que se haría; teníamos que solucionar problemas importantes como averiguar el número de soldados existentes, el número de postas, el tipo de comunicaciones que usaban, los caminos de acceso, la población civil y su distribución, etc. Para todo esto nos sirvió magníficamente el compañero Cardero, hoy comandante del Ejército Rebelde, quien era yerno del administrador del aserrío, según creo recordar.

Suponíamos que el ejército tenía datos más o menos exactos de nuestra presencia en la zona, pues fueron capturados un par de chivatos portando documentos de identificación, que confesaron ser enviados por Casillas para averiguar sobre el paradero del Ejército Rebelde y sus puntos habituales de reunión. El espectáculo de los dos hombres implorando clemencia era realmente repugnante y a la vez lastimero, pero las leyes de la guerra, en esos momentos difíciles, no se podían desconocer y ambos espías fueron ejecutados al día siguiente.

Ese mismo día, 27 de mayo, se reunió el Estado Mayor con todos los oficiales, anunciando Fidel que dentro de las cuarenta y ocho horas próximas tendríamos combate y que debíamos permanecer con tropas y enseres, listos para marchar. No se nos dio indicaciones en esos momentos.

Cardero sería el guía pues conocía perfectamente el puesto del Uvero, todas sus entradas y salidas y sus caminos de acceso. Por la noche nos pusimos en marcha; era una caminata larga, de unos 16 kilómetros, pero totalmente en bajada por los caminos que había construido especialmente para sus aserraderos la Compañía Babún. Empleamos, sin embargo, unas ocho horas de marcha pues se vio interrumpida por una serie de precauciones extras que había que tomar, sobre todo al ir acercándonos al lugar de peligro. Al final se dieron las órdenes de ataque que eran muy simples; había que tomar las postas y acribillar a balazos el cuartel de madera.

Se sabía que el cuartel no tenia mayores defensas salvo algunos bolos diseminados en las inmediaciones, los puntos fuertes eran las postas de 3 a 4 soldados cada una, emplazadas estratégicamente en las afueras del cuartel. Este estaba dominado por una loma colocada justo enfrente y que sería el emplazamiento del Estado Mayor para dirigir el combate. Era factible acercarse hasta pocos metros de la construcción a través de la maraña de los montes cercanos. Una instrucción precisa era el cuidado especial de no tirar contra el batey, pues había mujeres y niños, incluso la mujer del administrador que conocía del ataque pero no quiso salir de allí para evitar después cualquier suspicacia. La población civil era nuestra preocupación mayor mientras partíamos a ocupar los puestos de ataque.

El cuartel del Uvero estaba colocado a la orilla del mar, de tal manera que para rodearlo solamente necesitábamos atacarlo por tres puntos.

Sobre la posta que dominaba el camino que, desde Peladero; viene bordeando el mar, el que también nosotros utilizamos en parte, se mandaron los pelotones dirigidos por Jorge Sotús y Guillermo García; Almeida debía encargarse de liquidar una posta colocada frente a la montaña, más o menos al Norte; Fidel estada en la loma que domina el cuartel y, Raúl avanzando con su pelotón por el frente; a mí se me asignó un puesto intermedio con mi fusil ametralladora y los ayudantes; Camilo y Ameijeiras debían avanzar de frente, en realidad entre mi posición y la de Raúl, pero equivocaron el rumbo por la noche e iniciaron la pelea luchando a mi izquierda en lugar de hacerlo a mi derecha; el pelotón de Crescencio Pérez debía avanzar por el camino que, saliendo del Uvero, va a Chivirico e impedir la llegada de cualquier clase de refuerzos que vinieran por esa zona.

Se pensó que la acción iba a acabar en poco tiempo dada la sorpresa que teníamos preparada; sin embargo, fueron avanzando los minutos y no podíamos posesionar a la gente en la forma ideal prevista; llegaban las noticias a través de los guías, Cardero y un práctico de la zona llamado Eligio Mendoza, y veíamos que avanzaba ya el día y empezaba la penumbra precursora de la mañana sin que estuviéramos en posición para sorprender las guardias como habíamos pensado en el primer momento. Jorge Sotús avisó que no dominaba el punto asignado desde su posición pero era tarde para iniciar nuevos movimientos. Cuando Fidel abrió fuego con su mirilla telescópica, reconocimos el cuartel por el fuego de los disparos con que contestaron a los pocos segundos. Yo estaba colocado en una pequeña elevación de terreno y dominaba el cuartel perfectamente pero quedaba muy lejos, por lo que avanzamos para buscar mejores posiciones.

Todo el mundo avanzaba; Almeida lo hacía hacia la posta que defendía la entrada del cuartelito por su sector, y a mi izquierda, se veía la gorra de Camilo con un paño en la nuca, como casquete de la Legión Extranjera, pero con las insignias del Movimiento. Fuimos avanzando en medio del tiroteo generalizado y con todas las precauciones que este tipo de combate demanda.

A la pequeña escuadra se le fueron uniendo combatientes que quedaban desperdigados de sus unidades; un compañero de Pilón al que llamaban Bomba, y el compañero Mario Leal y Acuña se unieron a lo que ya constituía una pequeña unidad de combate. La resistencia se había hecho dura y habíamos llegado a la parte llana y despejada donde había que avanzar con infinitas precauciones, pues los disparos del enemigo eran continuos y precisos. Desde mi posición, apenas a unos 50 ó 60 metros de la avanzada enemiga, vi cómo de la trinchera que estaba delante salían dos soldados a toda carrera y a ambos les tiré, pero se refugiaron en las casas del batey que eran sagradas para nosotros. Seguimos avanzando aunque ya no quedaba nada más que un pequeño terreno, sin la más mínima hierba para ocultarse y las balas silbaban peligrosamente cerca de nosotros. En ese momento escuché cerca de mí un gemido y unos gritos en medio del combate, pensé que sería algún soldado enemigo herido y avancé arrastrándome, mientras le intimaba rendición; en realidad, era el compañero Leal, herido en la cabeza. Hice una corta inspección de la herida, con entrada y salida en la región parietal; Leal estaba desmayándose, mientras empezaba la parálisis de los miembros de un costado del cuerpo, no recuerdo exactamente cuál. El único vendaje que tenía a mano era un pedazo de papel que coloqué sobre las heridas. Joel Iglesias fue a acompañarlo, poco después, mientras continuábamos nuestro ataque. Acto seguido, Acuña caía también herido; nosotros ya sin avanzar disparábamos teniendo enfrente una bien acondicionada trinchera de donde se nos respondía el fuego. Estábamos recuperando valor y haciendo acopio de decisión, para tomar por asalto el refugio, pues era la única forma de acabar con la resistencia, cuando el cuartel se rindió.

Todo esto se ha contado en pocos minutos, pero duró aproximadamente dos horas y 45 minutos desde el primer disparo hasta que logramos tomar el cuartel. A mi izquierda, algunos compañeros de la vanguardia, me parece precisar que Víctor Mora y otros más, tomaban prisioneros a varios soldados que hacían la última resistencia y, de la trinchera de palos, enfrente nuestro, emergió un soldado haciendo ademán de entregar su arma; por todos lados empezaron a surgir gritos de rendición; avanzamos rápidamente sobre el cuartel y se escuchó una última ráfaga de ametralladora que, después, supe había segado la vida del teniente Nano Díaz.

Llegamos hasta el batey donde tomamos prisioneros a los dos soldados que habían escapado a mi ametralladora y también al médico y su asistente. Con el médico, un hombre canoso y reposado cuyo destino posterior no conozco -no sé si actualmente estará integrado a la Revolución- sucedió un caso curioso: mis conocimientos de medicina nunca fueron demasiado grandes; la cantidad de heridos que estaban llegando era enorme y mi vocación en ese momento no era la de dedicarme a la sanidad; sin embargo, cuando fui a entregarle los heridos al médico militar, me preguntó cuántos años tenía y acto seguido cuándo me había recibido. Le expliqué que hacía algunos años y entonces me dijo francamente: “Mira, chico, hazte cargo de todo esto, porque yo me acabo de recibir y tengo muy poca experiencia”. El hombre, entre su inexperiencia y el temor lógico de la situación, al verse prisionero se había olvidado hasta la última palabra de medicina. Desde aquel momento tuve que cambiar una vez más el fusil por mi uniforme de médico que en realidad, era un lavado de manos.

Después de este combate, uno de los más sangrientos que hayamos sostenido, fuimos atando cabos y se puede dar una imagen más general y no desde el enfoque que hice hasta aquí relatando mi participación personal. El combate se desarrolló más o menos así: Al dar Fidel orden de abrir fuego, con su disparo, todo el mundo comenzó a avanzar sobre los objetivos fijados y el ejército a responder con fuego nutrido, dirigido en muchos casos hacia la loma de donde nuestro jefe dirigía el combate. A los pocos minutos de iniciadas las acciones Julito Díaz murió al lado de Fidel al ser alcanzado por un balazo directamente en la cabeza. Fueron pasando los minutos y la resistencia seguía enconada sin que se pudiera amagar sobre los objetivos. La tarea más importante en el centro, era la de Almeida, encargado de liquidar de todas maneras la posta para permitir el paso de sus tropas y las de Raúl que venían marchando de frente contra el cuartel.

Los compañeros contaron después cómo Eligio Mendoza, el práctico, tomó su fusil y se lanzó al combate; hombre supersticioso, tenía un “santo” que lo protegía, y cuando le dijeron que se cuidara, él contestó despectivo que su “santo” lo defendía de todo; pocos minutos después caía atravesado por un balazo que literalmente le destrozó el tronco. Las tropas enemigas, bien atrincheradas, nos rechazaban con varias bajas y era muy difícil avanzar por la zona central; por el sector del camino de Peladero, Jorge Sotús trató de flanquear la posición con un ayudante llamado El Policía, pero este último fue muerto inmediatamente por el enemigo y Sotús debió tirarse al mar para evitar una muerte segura, quedando desde ese momento prácticamente anulada su participación en el combate. Otros miembros de su pelotón trataron de avanzar, pero igualmente fueron rechazados; un compañero campesino, de apellido Vega, me parece, fue muerto; Manals, herido en un pulmón; Quike Escalona resultó con tres heridas en un brazo, la nalga y la mano al tratar de avanzar. La posta, atrincherada tras una fuerte protección de bolos de madera, hacia fuego de fusil ametralladora y fusiles semiautomáticos, devastando nuestra pequeña tropa. Almeida ordenó un ataque final para tratar de reducir de todas maneras los enemigos que tenía enfrente; fueron heridos Cilleros, Maceo, Hermes Leyva, Pena y el propio Almeida en el hombro y la pierna izquierda, y el compañero Moll fue muerto. Sin embargo, este empujón dominó la posta y se abrió el camino del cuartel. Por el otro lado, el certero tiro de ametralladora de Guillermo García había liquidado a tres de los defensores, el cuarto salió corriendo, siendo muerto al huir. Raúl, con su pelotón dividido en dos partes, fue avanzando rápidamente sobre el cuartel. Fue la acción de los dos capitanes, Guillermo García y Almeida, la que decidió el combate; cada uno liquidó a la posta asignada y permitió el asalto final. Junto al primero debe destacarse la actuación de Luis Crespo, que bajó del Estado Mayor para participar en el asalto.

En el momento en que se desmoronaba la resistencia enemiga, al llegar a tomar el cuartel, donde se había sacado un pañuelo blanco, alguien, de nuestra tropa probablemente, disparó nuevamente y del cuartel respondieron con una ráfaga que dio en la cabeza de Nano Díaz, cuya ametralladora había hecho estragos hasta ese momento, entre el enemigo. El pelotón de Crescencio casi no intervino en el combate debido a que su ametralladora se atascó y su participación fue de custodio del camino de Chivirico. Allí se detuvieron algunos soldados al huir. La pelea había durado dos horas y cuarenta y cinco minutos y ningún civil había sido herido a pesar del número de disparos que se realizaron.

Cuando hicimos el recuento de la batalla, nos encontramos el siguiente cuadro: Por nuestra parte, habían muerto seis compañeros en ese momento: Moll, Nano Díaz, Vega, El Policía, Julito Díaz y Eligio Mendoza. Muy mal heridos estaban Leal y Cilleros. Heridos de mayor o menor consideración: Maceo, en un hombro; Hermes Leyva, un tiro a sedal en el tórax; Almeida, brazo y pierna izquierdos; Quike Escalona, brazo y mano derechos; Manals, un tiro en el pulmón, sin mayores síntomas; Pena, en una rodilla y Manuel Acuña en el brazo derecho. En total, quince compañeros fuera de combate. Ellos habían tenido 19 heridos, 14 muertos, otros 14 prisioneros y habían escapado 6, lo que hacía un total de 53 hombres, al mando de un segundo teniente que sacó la bandera blanca después de estar herido.

Si se considera que nuestros combatientes eran unos 80 hombres y los de ellos 53, se tiene un total de 133 hombres aproximadamente, de los cuales 38, es decir, más de la cuarta parte, quedaron fuera de combate en poco más de dos horas y media de combate. Fue un ataque por asalto de hombres que avanzaban a pecho descubierto contra otros que se defendían con pocas posibilidades de protección. Debe reconocerse que por ambos lados se hizo derroche de coraje. Para nosotros fue además, la victoria que marcó la mayoría de edad de nuestra guerrilla. A partir de este combate, nuestra moral se acrecentó enormemente, nuestra decisión y nuestras esperanzas de triunfo aumentaron también, simultáneamente con la victoria y, aunque los meses siguientes fueron de dura prueba, ya estábamos en posesión del secreto de la victoria sobre el enemigo.

Esta acción selló la suerte de los pequeños cuarteles situados lejos de las agrupaciones mayores del enemigo y fueron desmantelados al poco tiempo.

Una de las primeras balas del combate rompió el aparato de telefonía cortando la comunicación con Santiago y apenas si un avión evolucionó una o dos veces sobre el campo de batalla, sin que se hiciera presente la aviación enemiga; solamente llegaron los aviones de reconocimiento horas después, cuando yaestábamos encaramados en la montaña. De la concentración de fuego por parte nuestra había, además de los 14 muertos, el que 3 de 5 pericos que tenían los guardias en el cuartel, fueron muertos. Hay que pensar en el tamaño diminuto de este animalito para hacerse una idea de lo que le cayó al edificio de tablas.

El reencuentro con la profesión médica tuvo para mí algunos momentos muy emocionantes. El primer herido que atendí, dada su gravedad, fue el compañero Cilleros. Una bala había partido su brazo derecho y, tras de atravesar el pulmón, aparentemente se había incrustado en la columna, privándolo del movimiento en las dos piernas. Su estado era gravísimo y apenas si me fue posible darle algún calmante y ceñirle apretadamente el tórax para que respirara mejor. Tratamos de salvarlo en la única forma posible en esos momentos; llevándonos los catorce soldados prisioneros con nosotros y dejando a dos heridos: Leal y Cilleros, en poder del enemigo y con la garantía del honor del médico del puesto. Cuando se lo comuniqué a Cilleros, diciéndole las palabras reconfortantes de rigor, me saludó con una sonrisa triste que podía decir más que todas las palabras en ese momento y que expresaba su convicción de que todo había acabado. Lo sabíamos también y estuve tentado en aquel momento de depositar en su frente un beso de despedida pero, en mí más que en nadie, significaba la sentencia de muerte para el compañero y el deber me indicaba que no debía amargar más sus últimos momentos con la confirmación de algo de lo que él ya tenía casi absoluta certeza. Me despedí, lo más cariñosament que pude y con enorme dolor, de los dos combatientes que quedaban en manos del enemigo. Ellos clamaban que preferían morir en nuestras tropas, pero teníamos nosotros también el deber de luchar hasta el último momento por sus vidas. Allí quedaron, hermanados con los 19 heridos del ejército batistiano a quienes también se había atendido con todo el rigor científico de que éramos capaces. Nuestros dos compañeros fueron atendidos decentemente por el ejército enemigo, pero uno de ellos, Cilleros, no llegó siquiera a Santiago. El otro sobrevivió a la herida, pasó prisionero en Isla de Pinos todo el resto de la guerra y hoy todavía lleva huellas indelebles de aquel episodio importante de nuestra guerra revolucionaria.

Cargando en uno de los camiones de Babún la mayor cantidad posible de artículos de todo tipo, sobre todo medicinas, salimos los últimos, rumbo a nuestras guaridas de la montaña donde llegamos todavía a tiempo para atender a los heridos y despedir a los caídos, que fueron enterrados junto a un recodo del camino. Se preveía que la persecución iba a ser muy grande y se resolvió que la tropa capaz de caminar debía poner distancia entre este lugar y los guardias mientras que los heridos quedarían a mi cargo y Enrique López se encargaría de suministrarme el transporte, el escondrijo y algunos ayudantes para trasladar los heridos y todos los contactos para poder recibir medicinas y curarlos en la forma debida.

Todavía de madrugada continuaban narrándose las incidencias del combate; casi nadie dormía o dormía a ratos y cada cual se incorporaba a las tertulias contando sus hazañas y las que vio hacer. Por curiosidad estadística tomé nota de todos los enemigos muertos por los narradores durante el curso del combate y resultaban más que el grupo completo que se nos había opuesto; la fantasía de cada uno había adornado sus hazañas. Con ésta y otras  experiencias similares, aprendimos claramente que los datos deben ser avalados por varias personas; incluso, en nuestra exageración, exigíamos prendas de cada soldado caído para considerarlo realmente como una baja del enemigo, ya que la preocupación por la verdad fue siempre tema central de las informaciones del Ejército Rebelde y se trataba de infundir en los compañeros el respeto profundo por ella y el sentido de lo necesario que era anteponerla a cualquier ventaja transitoria.

En la mañana vimos partir la tropa vencedora que nos despedía con tristeza, Conmigo quedaron mis ayudantes Joel Iglesias y Oñate, un práctico llamado Sinecio Torres y Vilo Acuña, hoy comandante del Ejército Rebelde, que se quedó para acompañar a su tío herido.

 

Cuidando heridos

 

Al día siguiente del combate de Uvero, desde el amanecer los aviones patrullaban el aire. Agotados los saludos despidiendo a la columna que seguía su marcha, nos dedicábamos a borrar las huellas de nuestra entrada al monte. Estábamos sólo a unos cien metros de un camino de camiones y esperamos la llegada de Enrique López, que debía encargarse de ayudarnos a la búsqueda de nuestro escondite y el traslado hacia él.

Los heridos eran Almeida y Pena, que no podían caminar, Quike Escalona, en la misma situación, Manals, a quien recomendaba que no caminara por su herida en el pulmón, Manuel Acuña, Hermes Leyva y Maceo: estos tres, con posibilidades de marchar por sus propios medios. Para defenderlos, curarlos y trasladarlos, estábamos Vilo Acuña, Sinecio Torres, el práctico, Joel Iglesias, Alejandro Oñate y yo. Bien adentrada la mañana vino un informante a decirnos que Enrique López no podía auxiliamos porque tenía una niña enferma y había tenido que salir para Santiago; quedó en mandarnos algunos voluntarios para ayudar, pero hasta el día de hoy los estamos esperando.

La situación era difícil, pues, Quike Escalona tenía sus heridas infectadas y no podía precisar la gravedad de la de Manals. Exploramos los caminos vecinos sin encontrar soldados enemigos y resolvimos trasladarlos a un bohío que estaba a tres o cuatro kilómetros donde había una buena cantidad de pollos y que estaba abandonado por su dueño.

En este primer día dos obreros de los aserríos nos ayudaron en la fatigosa tarea de llevar los heridos en hamacas. Al amanecer del día siguiente, después de comer abundantemente y liquidar una buena ración de pollos, salimos rápidamente del lugar, pues habíamos permanecido un día completo después del ataque, prácticamente en el mismo sitio, cercano a carreteras por donde podían llegar los soldados enemigos; precisamente el lugar donde estábamos era el fin de uno de esos caminos hechos por la compañía de Babún con fines de exploración forestal. Con nuestra poca gente disponible iniciamos una jornada corta, pero muy difícil; consistía en bajar hasta el fondo del arroyo llamado Del Indio y subir por un estrecho sendero hasta un vara en tierra donde vivía un campesino llamado Israel con su señora y un cuñado. Fue realmente penoso el trasladar los compañeros por zonas tan abruptas, pero lo hicimos; aquella gente nos entregó hasta la cama de matrimonio para que durmieran allí los heridos.

Habíamos dejado escondidas en el lugar del primer campamento una porción de armas en mal estado que no podíamos trasladar y gran variedad de implementos, constituyendo un botín de guerra de menor categoría que íbamos dejando en nuestro camino a medida que aumentaba el peso de los heridos. Siempre quedaban en algún bohío rastros de nuestra permanencia en forma de algún objeto olvidado; por eso, como teníamos tiempo, resolvimos repasar bien el lugar anterior para borrar toda huella, ya que dependía precisamente de eso nuestra seguridad; simultáneamente Sinecio, el práctico, partió para buscar algunos conocidos que tenía en esa zona de Peladero.

Al poco tiempo Acuña y Joel Iglesias me avisaron que habían escuchado voces extrañas en la otra ladera. Realmente pensamos que había llegado la hora de combatir en circunstancias muy difíciles, pues nuestra obligación era defender hasta la muerte la carga preciosa de heridos que nos habían encomendado; avanzamos tratando de que el encuentro se produjera lo más lejos del bohío; unas huellas de pies descalzos en el sendero, lo que nos pareció muy extraño, indicaban que los intrusos habían pasado por el mismo camino. Acercándonos cautelosamente escuchamos una conversación en tono desaprensivo en la que intervenían varios sujetos; montando mi ametralladora Thompson y contando con la ayuda de Vilo y Joel avanzamos sorprendiendo a los conversadores; resultaron ser los prisioneros de Uvero que Fidel había liberado y que venían caminando, buscando simplemente la salida. Algunos de ellos venían descalzos, un cabo viejo, casi desmayado, con una voz asmática manifestó su admiración por nosotros y nuestros conocimientos del monte. Venían sin guía y con sólo un salvoconducto firmado por Fidel; aprovechando la impresión que les había hecho la forma en que los habíamos sorprendido una vez más, los conminamos a no entrar al monte por nada.

Hombres de ciudad, no estaban acostumbrados a verse frente a las penas del monte yo no sabían vencerlas. Salimos al claro de la casa donde habíamos comido los pollos y les mostramos el camino para alcanzar la costa, pero no sin antes precisarles una vez más que del monte hacia dentro éramos los dueños y que nuestra patrulla -porque nosotros aparecíamos como una simple patrulla- se encargaría inmediatamente de avisar a las fuerzas del sector de alguna presencia extraña. Pese a todo, lo prudente era movilizarse lo antes posible.

Esa noche la pasamos en el acogedor bohío, pero al amanecer nos trasladamos al monte y mandamos a los dueños de la casa a buscar gallinas para los heridos; todo el día nos pasamos esperando el regreso del matrimonio, pero éstos no volvieron. Tiempo después, nos enteramos que precisamente habían sido hechos prisioneros en la casita y, además, que al día siguiente a nuestra partida los soldados enemigos los utilizaron como guía y pasaron por donde había estado nuestro campamento el día anterior.

Nosotros conservábamos una buena vigilancia y no nos hubiera sorprendido nadie, pero el resultado de una batalla en esas condiciones era muy difícil de prever. Cerca del anochecer llegó Sinecio con tres voluntarios, uno viejo llamado Feliciano y dos que luego serían combatientes del Ejército Rebelde, Banderas, muerto con el grado de teniente en los combates del Jigüe, e Israel Pardo, el mayor de una larga familia de luchadores, que actualmente tiene el grado de capitán. Estos compañeros nos ayudaron a trasladar rápidamente los heridos a un bohío del otro lado de la zona de peligro, mientras Sinecio y yo, hasta prácticamente entrada la noche, esperábamos la llegada del matrimonio con los víveres; naturalmente que no podían llegar ya que estaban prisioneros y nosotros, recelosos de alguna traición, resolvimos que de la nueva casa debíamos salir también temprano. La comida fue muy frugal y consistió en algunas viandas extraídas de las cercanías del bohío.

El día siguiente, al sexto mes del desembarco del Granma, empezamos también temprano la jornada; las marchas eran fatigosas e increíblemente cortas para una persona avezada a las caminatas en las montañas; nuestra capacidad de transporte solamente alcanzaba para un herido puesto que, en las condiciones difíciles del monte, hay que llevar los heridos en hamacas colgadas de un tronco fuerte que literalmente destroza los hombros de los porteadores, que tienen que turnarse cada 10 ó 15 minutos, de tal manera que se necesita de 6 a 8 hombres para llevar un herido en estas condiciones. Acompañando a Almeida que iba medio arrastrándose, medio apoyándose, fuimos caminando muy lentamente, prácticamente de palo en palo hasta que Israel hizo un atajo en el monte y vinieron los porteadores para trasladarlo.

Después, un aguacero tremendo nos impidió llegar a la casa de los Pardo, pero al fin lo hicimos, cerca del anochecer. El pequeño espacio de una legua, 4 kilómetros de camino, había sido recorrido en 12 horas, es decir, a razón de 3 horas por kilómetro.

En aquellos momentos Sinecio Torres era el hombre providencial de la pequeña tropa, conocía los caminos y los hombres de la zona y nos ayudaba en todo. Fue él, el que dos días después sacó a Manals para que se dirigiera a Santiago a curarse; estábamos también preparando las condiciones para que se trasladara Quike Escalona que tenía sus heridas infectadas. Llegaban noticias contradictorias en estos días, a veces informaban que Celia Sánchez estaba presa, otras que había sido muerta. También circularon rumores de que una patrulla del ejército había tomado preso a Hermes Cardero, un compañero nuestro. Nosotros no sabíamos si creer o no noticias que a veces eran espeluznantes, pues Celia, por ejemplo, constituía nuestro único contacto conocido y seguro. Su detención significaba el aislamiento para nosotros; afortunadamente no resultó cierto lo de Celia aunque sí lo de Hermes Cardero que salvó milagrosamente la vida pasando por las mazmorras de la tiranía.

En la costa del río Peladero vivía el mayoral de un latifundista, David de nombre, el que cooperó mucho con nosotros; David nos mató una vaca y hubo que salir a buscarla. El animal fue muerto en la costa y partido en pedazos; había que trasladar la carne de noche, mandé el primer grupo con Israel Pardo delante, y luego un segundo dirigido por Banderas. Banderas era bastante indisciplinado y no cumplió su cometido pesando sobre la otra gente la carga total del animal sacrificado y tardando toda la noche en poder movilizarlo. Ya se estaba formando una pequeña tropa que quedaba a mi mando, ya que Almeida estaba herido; consciente de mi responsabilidad, le notifiqué a Banderas que él dejaba de ser combatiente y se convertía simplemente en un simpatizante, salvo que modificara su actitud. Realmente lo hizo; nunca fue un modelo de combatiente en cuanto, a disciplina, pero era uno de esos casos de hombre emprendedor y de mente abierta, simple e ingenuo, que abrió sus ojos a la realidad mediante el choque de la Revolución; estaba labrando su pequeña parcela quitada al monte y tenía una verdadera pasión por los árboles y la agricultura, vivía en un vara en tierra con dos puerquitas que tenían cada uno su nombre y un perrito. Me mostró un día el retrato de sus dos hijos que vivían con la mujer, de la que él se había separado, en Santiago, explicándome que algún día, cuando la Revolución triunfara, podría ir a algún lugar donde pudiera trabajar bien, no en ese pedazo inhóspito de tierra, colgado casi en la cumbre.

Le hablé de las cooperativas y él no entendía bien. Quería trabajar la tierra por su cuenta, con su propio esfuerzo, sin embargo, poco a poco lo iba convenciendo de que era mejor trabajarla entre todos, de que las máquinas podían aumentar su propio trabajo. Banderas hubiera sido hoy, indiscutiblemente, un luchador de vanguardia en el campo de la producción agrícola; allí en la Sierra mejoró sus conocimientos de lectura y escritura y se preparaba para el porvenir. Era un campesino despierto que sabia del valor de contribuir con su propio esfuerzo a escribir un pedazo de historia.

Tuve en esos días una larga conversación con el mayoral David que me pidió una lista de todas las cosas importantes necesarias para nosotros, pues se iba a dirigir a Santiago y las buscaría allí; era un típico mayoral, fiel al amo, despreciativo con los campesinos, racista. Sin embargo, el ejército lo tomó preso al enterarse de nuestros contactos y lo torturó bárbaramente; su primera preocupación después de aparecer, pues nosotros lo creíamos muerto, fue el explicar que no había hablado. No sé si David está hoy en Cuba o si siguió a sus viejos patronos ya confiscados por la Revolución, pero fue un hombre que sintió en aquellos momentos la necesidad de un cambio, aunque no imaginaba que debía alcanzarlo también a él y a su mundo y entendió que ese cambio era perentorio hacerlo. De muchos esfuerzos sinceros de hombres simples está hecho el edificio revolucionario, nuestra misión es desarrollar lo bueno, lo noble de cada uno y convertir a todo hombre en un revolucionario, de David es, que no entienden bien y Banderas que murieron sin ver la aurora; de sacrificios ciegos y de sacrificios no retribuidos, también se hizo la Revolución. Los que hoy vemos sus realizaciones tenemos la obligación de pensar en los que quedaron en el camino y trabajar para que en el futuro sean menos los rezagados.

 

 

De regreso

 

Todo el mes de junio de 1957 transcurrió en la curación de los compañeros heridos durante el ataque a Uvero y organizando la pequeña tropa con que habríamos de incorporarnos a la columna de Fidel.

Los contactos con el exterior se hacían a través del mayoral David, cuyos consejos y oportunas indicaciones, además del alimento conseguido, alivió mucho nuestra situación. En aquellos primeros días no pudimos contar con la inapreciable ayuda de Pancho Tamayo, el mismo que muriera después asesinado a manos de los Beatón en años de postguerra. Pancho Tamayo, viejo campesino de la zona, entró después en contacto con nosotros y también sirvió de punto de contacto.

Empezaron a mostrarse algunas manifestaciones de falta de moral revolucionaria en Sinecio, quien se emborrachó con el dinero del Movimiento y cometió infidencias en estado de embriaguez, al mismo tiempo, no cumplía las órdenes impartidas y, en una de sus andadas, nos trajo once compañeros, totalmente desarmados. Se trataba de impedir el alistamiento de compañeros sin armas, pero la incorporación de gentes a la joven guerrilla se hacía por todos los medios y en todas las condiciones y los campesinos, conocedores de nuestra ubicación, nos llevaban nuevos compañeros que anhelaban ser alistados. Por la pequeña columna formada pasaron no menos de cuarenta personas, pero también las deserciones eran continuas, a veces con nuestra anuencia, otras contra nuestra voluntad, y nunca pasó la tropilla de veinticinco a treinta hombres efectivos.

En aquellos días se había agravado algo mi asma y la falta de medicina me obligó a una inmovilidad similar a la de los heridos; pude mitigar la enfermedad fumando la hoja seca, de clarín, que es el remedio de la Sierra, hasta que llegaron los medicamentos de la civilización y pude estar también en condiciones óptimas para la partida, pero ésta se demoraba uno y otro día; al fin, organizamos una patrulla para ir a buscar todas las armas que habían quedado botadas por inservibles, luego del ataque de Uvero, con el fin de incorporarlas a la guerrilla.

En las nuevas condiciones, todos aquellos fusiles viejos, con defectos más o menos graves, incluida una ametralladora calibre 30, sin aguja, eran tesoros potenciales e invertimos una noche completa en buscarlos. Finalmente fijamos nuestra partida para el día 24 de junio; en esa época constituíamos un ejército de estas características: cinco heridos reponiéndose, cinco acompañantes, diez incorporados de Bayamo, dos incorporados recientes, “por la libre”, y cuatro de la zona; en total veintiséis.

La marcha se organizó con Vilo Acuña a la vanguardia, luego, lo que podía ser la comandancia, dirigida por mí, ya que Almeida tenía demasiado trabajo con caminar, pues se estaba reponiendo de la herida en el muslo, y después otras dos pequeñas escuadras dirigidas por Maceo y Peña.

Peña tenía el grado de teniente en aquella época. Maceo y Vilo eran soldados y la mayor graduación la tenía Almeida, que era capitán. No salimos el día 24 porque se fueron juntando pequeños inconvenientes; a veces se anunciaba que llegaba alguno de los guías con un nuevo incorporado y había que esperarlo, otra, un nuevo cargamento de medicamentos y alimentos; Tamayo, el viejo, constantemente iba y venía trayendo noticias y carga, alimentos enlatados, vestuario. En un momento dado tuvimos que buscar una cueva para dejar algunos alimentos, debido a que por fin habían cristalizado los contactos con Santiago y David nos había traído un cargamento, bastante serio que era imposible transportar, dadas las condiciones de marcha de nuestra tropa de convalecientes y bisoños reclutas.

El día 26 de junio debuté como odontólogo, aunque en la Sierra me daban el más modesto título de “sacamuelas”; mi primera víctima fue Israel Pardo, el hoy capitán del ejército, que salió bastante bien parado. La segunda, Joel Iglesias, a quien faltó solamente ponerle un cartucho de dinamita en el colmillo para sacárselo, pero que llegó al final de la guerra con él puesto, pues mis esfuerzos fueron infructuosos. Se sumaba a mi poca pericia la falta de “carpules”, de tal manera que había que ahorrar mucho la anestesia y usaba bastante la “anestesia psicológica”, llamando a la gente con epítetos duros cuando se quejaban demasiado por los trabajos en su boca.

Con sólo el amago de marcha, algunos daban muestras de su poca decisión y se iban, pero otros nuevos los reemplazaban. Tamayo nos trajo un nuevo grupo de cuatro hombres; estaba entre ellos Félix Mendoza, que venía con un fusil y nos explicó cómo una tropa del ejército había sorprendido a él y a su compañero; mientras el otro había sido detenido, él se tiró por unos farallones y salió corriendo sin que el ejército le hiciera nada. Después nos enteramos que “el ejército” era una patrulla dirigida por Lalo Sardiñas, que se había encontrado con el compañero, y que éste estaba ya en la tropa de Fidel. También se incorporó Evelio Saborit, hoy comandante del Ejército Rebelde.

Con la incorporación de Félix Mendoza y su grupo alcanzamos a treinta y seis hombres, pero al día siguiente se iban tres, luego se incorporaban otros al grupo y teníamos 35. Sin embargo, al empezar la marcha volvía a bajar. Estábamos subiendo las cuestas de Peladero, en jornadas de muy corto alcance.

La radio nos informaba de un panorama de violencia en toda la Isla. El primero de julio escuchábamos la noticia de la muerte de Josué País, hermano de Frank, con otros compañeros más en medio de la batalla continua que se libraba en Santiago. A pesar de las cortas jornadas nuestras tropas se sentías abatidas y algunos de los nuevos incorporados pedían retirarse para “cumplir misiones más útiles en la ciudad”. Pasamos en el descenso de la loma de la Botella, por la casa de Benito Mora, quien nos agasajó en su humilde vivienda, que está como colgada en los riscos de esta parte de la Sierra; un poco antes de llegar, convoqué a la pequeña tropa, diciéndole que se avecinaban momentos de mucho peligro, que había un ejército cerca, que probablemente debiéramos pasar días y días sin comer casi, caminando jornadas enteras y el que no se sintiera capaz, lo avisara; algunos tuvieron el pudor de manifestar sus temores e irse, pero hubo uno de nombre Chicho, que aseguro a nombre de un grupo que ellos seguirían hasta la muerte, con un acento de convicción y decisión extraordinarias. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, después de pasar la casa de Benito Mora y al acampar en un pequeño arroyo para pasar la noche, ese mismo grupo nos comunicaba su deseo de abandonar la guerrilla. Accedimos a ello y bautizamos jocosamente ese lugar como el “arroyo de la muerte”, pues hasta allí había durado la tremenda determinación de Chicho y sus compañeros. Ese nombre le quedó al hilo de agua hasta nuestra salida de la Sierra.

Quedábamos veintiocho hombres, pero al salir al día siguiente, se incorporaban dos nuevos reclutas, ex militares, que venían a luchar por la libertad a la Sierra. Eran Gilberto Capote y Nicolás. Los traía Arístides Guerra, otro de los contactos de la región que luego fue un inestimable valor de nuestra columna y a quien llamábamos el “Rey del Condumio”. El “Rey del Condumio” prestó en todo momento de la guerra, servicios enormes y muchas veces más peligrosos que el de luchar contra el enemigo, trasladando tropas de mulos desde la zona de Bayamo hasta nuestra zona de operaciones.

Mientras íbamos caminando las cortas jornadas tratábamos de que los reclutas se fueran familiarizando con el tiro. Pusimos a los dos ex militares para que enseñaran algunas nociones de fusil, de arme y desarme y del tiro en seco, con tan mala suerte, que apenas empezadas las lecciones se le escapó un tiro a uno de los instructores; tuvimos que quitarlo de ese cargo y lo mirábamos con sospecha, aunque su cara de consternación era tal que hubiera sido necesaria una gran dosis de poder de simulación para no sentirla realmente. Los dos ex militares no pudieron aguantar la marcha y salieron de nuevo con Arístides, pero Gilberto Capote volvió con nosotros, muriendo heroicamente en Pino del Agua con el grado de teniente.

Dejamos el lugar donde estábamos acampados, la casa de Polo Torres, en la Mesa, que fuera después uno de nuestros centros de operaciones, y caminando, dirigidos ahora por un campesino llamado Tuto Almeida. Nuestra misión era alcanzar la Nevada y después llegar a donde estaba Fidel, cruzando por la vertiente norte del Turquino. Íbamos caminando en esa dirección, cuando vimos a lo lejos dos campesinos que, al acercamos, trataron de huir y hubo que correr para detenerlos: resultaron ser dos muchachas negras de apellido Moya, adventistas de religión que, aun cuando estaban contra toda clase de violencia en razón de sus creencias, nos dieron su apoyo franco en aquel momento y durante todo el transcurso de la guerra.

Reparamos nuestras fuerzas y comimos allí magníficamente, pero al ir a pasar por Mar Verde (había que tomar Mar Verde para pasar a la Nevada), nos enteramos que había tropas del ejército en toda esa zona. Tras una corta deliberación de nuestro estadillo mayor y los guías, decidimos retroceder y cruzar directamente por el Turquino, camino más escabroso pero también menos peligroso en estas circunstancias.

En nuestro pequeño radio de transistores, captábamos noticias inquietantes; se decía que había grandes combates en la zona de Estrada Palma y que estaba Raúl muy mal herido. (Ahora, con el tiempo, no sé precisar si fue la radio nuestra o “radio bemba” la que dio tal noticia.) Nosotros no sabíamos si dar crédito o no, a informaciones de cuya falsedad sabíamos por experiencias anteriores, pero tratábamos de apurar la marcha en la medida de nuestras posibilidades para llegar a donde estaba Fidel. Emprendimos camino de noche y pernoctamos en la casa de un solitario campesino llamado el Vizcaíno, por su origen, ya en las faldas del Turquino. El Vizcaíno vivía totalmente solo en un pequeño bohío y sus únicos amigos eran unos libros marxistas, cuidadosamente guardados en una cueva (en un pequeño agujero debajo de una piedra) lejos de su bohío. Manifestó con orgullo su militancia marxista, que muy poca gente en la zona conocía. El Vizcaíno nos mostró el camino para seguir y continuamos nuestra lenta marcha. Sinecio se iba separando de su centro de operaciones y para su alma simple de campesino un poco al margen de la ley, aquella situación se volvía angustiosa. Un buen día, en un alto en el camino, mientras estaba de guardia un recluta llamado Cuervo, al que se le había dado un fusil Remington por su buena disposición, Sinecio Torres se le unió a la posta con otro fusil; cuando me enteré de eso, aproximadamente después de media hora, fui a buscarlos, pues no tenía mucha confianza en Sinecio y los fusiles eran algo preciso en ese momento; pero ya ambos habían desertado. Banderas e Israel Pardo fueron tras sus huellas conscientes de que los prófugos estaban armados con armas largas y ellos apenas con revólveres; no se dio con los desertores en aquella oportunidad.

Era muy difícil mantener la moral de la tropa, sin armas, sin el contacto directo con el Jefe de la Revolución, caminando prácticamente a tientas, sin ninguna experiencia, rodeados de enemigos que se agigantaban en la mente y en los cuentos de los guajiros; la poca disposición de los nuevos incorporados que provenían de las zonas del llano y no estaban habituados a las mil dificultades de los caminos serranos, iba provocando crisis continuasen el espíritu de la guerrilla. Hubo un intento de fuga Mexicano, que llegó a tener el grado de capitán y hoy está en Miami, como traidor a la Revolución.

Me enteré por la denuncia del compañero Hermes Leyva, primo de Joel Iglesias, y llamé a un careo para resolver este problema. El Mexicano juró por todos sus antepasados que aun cuando él había pensado en separarse, no lo hacía con el intento de desertar de la lucha sino para tener una guerrillita que asaltara y matara a los chivatos, pues había muy poca acción en nuestras fuerzas; en realidad, lo que pensaba hacer era dedicarse a matar chivatos pero para quitarles el dinero; una típica acción bandidesca. En un combate posterior, en El Hombrito, Hermes fue la única baja que tuvimos y quedó la sospecha de que El Mexicano hubiera podido ser el autor material de ese hecho, ya que había sido denunciado por Hermes Leyva. Sin embargo, nunca pude llegar a una convicción total de este asunto. El Mexicano continuó en la columna, dando su palabra de hombre y de revolucionario, etc., etc., de que no se iría ni intentaría la fuga, ni incitaría a nadie a ello. Después de pesadas y cortas jornadas, llegamos a la zona de Palma Mocha, ya sobre la vertiente oeste del Turquino, en la zona de las Cuevas, donde nos recibieron muy bien los guajiros y establecimos un contacto directo desde mi nueva profesión de “sacamuelas”, que ejercía con todo entusiasmo.

Comimos y reparamos fuerzas para seguir rápidamente hasta la zona de viejos conocidos de Palma Mocha y el Infierno, a donde llegamos el día quince de junio. Allí nos informó Emilio Cabrera, un campesino del lugar, que Lalo Sardiñas estaba acampado en una emboscada cercana con su tropa y me dio las quejas porque ponía en peligro a su casa desde el lugar donde estaba, en caso de atacar una patrulla enemiga.

El día 16 de junio se efectuó el encuentro entre la pequeña columna nueva y un pelotón de la columna de Fidel dirigido por Lalo Sardiñas; nos contó éste cómo se había visto obligado a ingresar a la Revolución, ya que era un comerciante que se ocupaba de traemos víveres de las zonas llanas, pero fue sorprendido y debió matar a un individuo, por lo que tomó el camino de la guerrilla. Lalo había recibido instrucciones de esperar allí el avance de las columnas de Sánchez Mosquera. Nos enteramos que una vez más, el obstinado Sánchez Mosquera había penetrado por las regiones del río Palma Mocha y que casi fue cercado por la columna de Fidel, pero logró eludir el cerco pasando el Turquino a marchas forzadas y cayendo del otro lado de este macizo.

Nosotros habíamos tenido algunas noticias de las cercanías de tropas pues, unos días antes, al llegar a un bohío, vimos las trincheras que hasta el día anterior habían tenido los soldados, pero no sospechábamos que, lo que aparentemente era la prueba de una sostenida ofensiva contra nosotros en realidad eran las señales de una huida de la columna represora, lo que marcaba un cambio total de calidad en las operaciones en la Sierra. Ya teníamos la suficiente fuerza para cercar y obligar a huir, bajo amenaza de aniquilamiento, a las columnas del ejército enemigo.

Entendieron muy bien esta lección y no hacían sino incursiones esporádicas por la Sierra, pero uno de los más tenaces, agresivos y sanguinarios jefes del ejército enemigo fue Sánchez Mosqueta, que ascendió desde simple teniente en el año 57 hasta coronel, grado con el que se le premió después de la derrota final en las batallas de la ofensiva general del ejército, en junio del año siguiente. Su carrera fue meteórica en cuanto a grados y fructífera en cuanto a recopilación de toda clase de enseres de los campesinos a los que robaba inmisericordemente cada vez que penetraba con sus tropas por los laberintos de la Sierra Maestra.

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