Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (VII)

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Se gesta una traición

 

Daba gusto ver de nuevo a nuestra tropa con más disciplina, con mucha más moral, con cerca de doscientos hombres, algunas armas nuevas entre ellas. Realmente se notaba que el cambio cualitativo de que ya hemos hablado, estaba manifestándose en la Sierra Maestra. Existía un verdadero territorio libre, las medidas de precaución no eran tan necesarias y había cierta libertad para conversar de noche, para remolonear más sobre la hamaca y daban autorización para moverse en los caseríos de los vecinos de la Sierra entablando una relación más estrecha con ellos. Dio verdadera alegría también el recibimiento que nos hicieron los viejos compañeros.

Pero las vedettes de esos días fueron Felipe Pazos y Raúl Chibás. Eran dos personalidades totalmente distintas. Raúl Chibás vivía sólo del prestigio de su hermano, verdadero símbolo de una época de Cuba, pero no tenía ninguna de sus virtudes; ni expresivo, ni sagaz, ni inteligente tampoco. Lo que le permitía ser figura señera y simbólica del Partido Ortodoxo, era precisamente su absoluta mediocridad. Hablaba muy poco y quería irse rápidamente de la Sierra.

Felipe Pazos tenía una personalidad propia, prestigio de gran economista y, además, una fama de persona honesta ganada por el sistema de no asaltar el erario público en un gobierno de dolo y latrocinio extremos como lo fue el de Prío Socarrás, donde ejerció la presidencia del Banco Nacional. Magnífico mérito, podrán pensar, mantenerse impoluto en aquella época. Mérito quizás, como funcionario que sigue su carrera administrativa insensible a los graves problemas del país; pero ¿cómo puede pensarse en un revolucionario que no denuncie día a día los atropellos inconcebibles de aquella época? Felipe Pazos se las ingenió para no hacerlo y para salir de la presidencia del Banco Nacional de Cuba, después del cuartelazo de Batista, adornado de los más grandes prestigios; su honradez, su inteligencia y sus grandes dotes de economista. Petulante, pensaba llegar a la Sierra a dominar la situación, era el hombre elegido, en su cerebro de pequeño Maquiavelo, para dirigir los destinos del país. Quizás ya hubiera incubado la idea de su traición al movimiento o esto fuera posterior, pero su conducta nunca fue enteramente franca.

Amparado en la declaración conjunta que analizaremos, se autotituló luego delegado del 26 de Julio en Miami e iba a ser nombrado Presidente Provisional de la República. De esta manera, se aseguraba Prío un hombre de confianza en la dirección del gobierno provisional.

Tuvimos poco tiempo para conversar en aquellos días, pero Fidel me contó de sus esfuerzos para hacer que el documento fuera realmente combativo y que sentara las bases de una declaración de principios. Un intento difícil contra aquellas dos mentalidades cavernícolas e insensibles al llamamiento de la lucha popular.

Insistía fundamentalmente el manifiesto en “la consigna de un gran frente cívico revolucionario que comprendía a todos los partidos políticos de la oposición, todas las instituciones cívicas y todas las fuerzas revolucionarias”.

Se hacía una serie de proposiciones: la “formación de un frente cívico revolucionario en un frente común de lucha”; la designación de “una figura llamada a presidir el gobierno provisional”; la declaración expresa de que el frente no invocaba ni aceptaba la mediación de otra nación en los asuntos internos de Cuba; “no aceptaría que gobernara provisionalmente la República ningún tipo de junta militar”; la decisión de apartar al ejército totalmente de la política y garantizar a los institutos armados su intangibilidad; declarar que celebrarían elecciones en el término de un año.

El programa bajo el cual debía regirse el gobierno provisional anunciaba libertad para todos los presos políticos, civiles y militares; garantía absoluta de libertad de información a la prensa radial y escrita y todos los derechos individuales y políticos garantizados por la Constitución; designación de alcaldes provisionales en todos los municipios, previa consulta con las instituciones cívicas de la localidad; supresión del peculado en todas sus formas y adopción de medidas que tendieran a incrementar la eficiencia en todos los organismos del Estado; establecimiento de la carrera administrativa; democratización de la política sindical promoviendo elecciones libres en todos los sindicatos y federaciones de industrias; inicio inmediato de una intensa campaña contra el analfabetismo y educación cívica exaltando los deberes y derechos que tiene el ciudadano con la saciedad y con la Patria; “sentar las bases para una Reforma Agraria que tienda a la distribución de las tierras baldías y a convertir en propietarios a todos los colonos aparceros, arrendatarios y precaristas que posean pequeñas parcelas de tierra, bien sean propiedad del Estado o particulares, previa indemnización a los anteriores propietarios”; adopción de una política financiera sana que resguarde la estabilidad de nuestra moneda y tienda a utilizar el crédito de la nación en obras reproductivas; aceleración del proceso de industrialización y creación de nuevos empleos.

A esto se agregaban dos puntos sobre los que se hacía especial hincapié: “Primero: la necesidad de que se designe desde ahora a la persona llamada a presidir el Gobierno Provisional de la República, para demostrar ante el mundo que el pueblo cubano es capaz de unirse tras una consigna de libertad y apoyar a la persona que reuniendo condiciones de imparcialidad, integridad, capacidad y decencia puede encarnar esa consigna. Sobran hombres capaces en Cuba para presidir la República”. (Naturalmente, por lo menos Felipe Pazos, uno de los firmantes, sabía bien en su fuero interno que no sobraban hombres, que había uno sólo y ese era él.)

“Segundo: que esa persona sea designada por el conjunto de instituciones cívicas por ser apolíticas estas organizaciones, cuyo respaldo libraría al Presidente Provisional de todo compromiso partidista dando lugar a unas elecciones absolutamente limpias e imparciales”.

Se declaraba, además: “no es necesario venir a la Sierra a discutir, nosotros podemos estar representados en La Habana, en México, o donde sea necesario”.

Fidel había tratado de influir para hacer más explicitas algunas declaraciones sobre Reforma Agraria. Sin embargo, fue difícil romper el monolítico frente de los dos cavernícolas; “sentar las bases para una Reforma Agraria que tienda a la distribución de las tierras baldías”, eso, precisamente, era la política que podía admitir el Diario de la Marina. Se establecía para colmo, “previa indemnización a los anteriores propietarios”.

Algunos de los compromisos aquí establecidos no fueron cumplidos por la Revolución en la forma originalmente redactada. Hay que puntualizar que el enemigo rompió el pacto tácito expresado en el manifiesto al desconocer la autoridad de la Sierra y tratar de crear ataduras previas al futuro gobierno revolucionario.

No estábamos satisfechos con el compromiso pero era necesario; era progresista en aquel momento. No podía durar más allá del momento en que significara una detención en el desarrollo revolucionario, pero estábamos dispuestos a cumplirlo. El enemigo nos ayudó con su traición a romper lazos incómodos y demostrar al pueblo sus verdaderas intenciones.

Nosotros sabíamos que era un programa mínimo, un programa que limitaba nuestro esfuerzo, pero también sabíamos que no era posible establecer nuestra voluntad desde la Sierra Maestra y que debíamos contar durante un largo periodo con toda una serie de “amigos” que trataban de utilizar nuestra fuerza militar y la gran confianza que el pueblo ya sentía por Fidel Castro, para sus manejos macabros y, por sobre todas las cosas, para mantener el dominio del imperialismo en Cuba a través de su burguesía importadora, ligada estrechamente a los amos norteños.

Tenía partes positivas el manifiesto; se hablaba de Sierra Maestra y se decía explícitamente: “nadie se llame a engaño sobre la propaganda gubernamental acerca de la situación de la Sierra. La Sierra Maestra es ya un baluarte indestructible de la libertad que ha prendido en el corazón de nuestros compatriotas y aquí sabremos hacer honor a la fe y a la confianza de nuestro pueblo”. “Aquí sabremos” quiere decir, en realidad, que Fidel Castro lo sabía, los otros dos fueron incapaces de seguir, siquiera como espectadores, el desarrollo de la contienda de la Sierra Maestra; bajaron inmediatamente. Uno de ellos, Chibás, fue sorprendido por la policía batistiana y maltratado; ambos llegaron después a los Estados Unidos.

El golpe estaba bien dado; un grupo de personeros de lo más distinguido de la oligarquía cubana llegaba a la Sierra Maestra “en defensa de la libertad”, firmaba una declaración conjunta con el jefe guerrillero, prisionero en los montes de la Sierra y salía con libertad de acción para jugar con esa carta en Miami. Lo que no calcularon es que los golpes políticos tienen el alcance que permita el contrario, en este caso, las armas del pueblo. La rápida acción de nuestro jefe, con la confianza puesta en el Ejército Guerrillero, impidió que la traición prosperará y su encendida réplica de meses después, cuando se conoció el resultado del pacto de Miami, paralizó al enemigo. Se nos acusó de divisionistas y de pretender imponer nuestra voluntad desde la Sierra, pero tuvieron que variar la táctica y preparar una nueva encerrona, el pacto de Caracas.

El manifiesto llevaba por fecha julio 12 de 1957 y fue publicado en los periódicos de aquella época. Esta declaración para nosotros no era más que un pequeño alto en el camino, había que seguir la tarea fundamental que era derrotar al ejército opresor en los campos de batalla. En esos días se formaba una nueva columna de la cual me encargaban su dirección con el grado de capitán y se hacían algunos ascensos más; Ramiro Valdés pasaba a ser capitán y con su pelotón entraba en mi columna, también Ciro Redondo era ascendido a capitán, mandando otro pelotón. La columna se componía de tres pelotones, mandado el primero por Lalo Sardiñas, que llevaba la vanguardia y que a la vez era segundo jefe del destacamento; Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Esta columna, a la cual llamaban “el desalojo campesino”, estaba constituida por unos 75 hombres, heterogéneamente vestidos y heterogéneamente armados, sin embargo, me sentía muy orgulloso de ellos. Mucho más orgulloso, más ligado a la Revolución, si fuera posible, más deseoso de demostrar que los galones otorgados eran merecidos, me sentiría unas noches más tarde…

Enviábamos una carta de felicitación y reconocimiento a “Carlos”, nombre clandestino de Frank País, quien estaba viviendo sus últimos días. La firmaron todos los oficiales del Ejército Guerrillero que sabían hacerlo (los campesinos de la Sierra no eran muy duchos en este arte y ya eran parte importante de la guerrilla). Se firmó la carta en dos columnas y al poner los cargos de los componentes de la segunda de ellas, Fidel ordenó simplemente: “ponle comandante”, cuando se iba a poner mi grado. De ese modo informal y casi de soslayo, quedé nombrado comandante de la segunda columna del Ejército Guerrillero la que se llamaría número 4 posteriormente.

Fue en una casa campesina, no recuerdo ahora cuál, que se redactó este mensaje cálido de los guerrilleros al hermano de la ciudad que tan heroicamente venía luchando por abastecemos y aliviar la presión desde el mismo Santiago.

La dosis de vanidad que todos tenemos dentro, hizo que me sintiera el hombre más orgulloso de la tierra ese día. El símbolo de mi nombramiento, una pequeña estrella, me fue dado por Celia junto con uno de los relojes de pulsera que habían encargado a Manzanillo. Con mi columna de reciente formación tuve como primera tarea la de tender un cerco a Sánchez Mosquera, pero éste, el más “bicho” de todos los esbirros, ya se había alejado de la zona.

Teníamos que hacer algo para justificar esa vida semiindependiente que llevaríamos en la nueva zona hacia la que debíamos marcharnos en la región de El Hombrito y empezamos a elucubrar hazañas.

Había que prepararse para festejar dignamente la fecha gloriosa, 26 de Julio, que se aproximaba y Fidel me dio mano libre para hacer lo que pudiera, pero con prudencia. En la última reunión estaba presente un nuevo médico incorporado a la guerrilla, Sergio del Valle, hoy jefe del estado mayor de nuestro Ejército Revolucionario y que en aquel entonces ejercía su profesión como las condiciones de la Sierra lo permitieran.

Era necesario demostrar que vivíamos, pues nos habían dado algunos golpes en el llano; las armas destinadas a abrir otro frente desde el Central Miranda cayeron en poder de la policía que tenía presos a muchos valiosos dirigentes, entre ellos a Faustino Pérez. Fidel se había opuesto a separar las fuerzas pero cedió frente a la insistencia del Llano. Desde ese momento quedó demostrada la justeza de su tesis y nos dedicamos a fortalecer la Sierra Maestra como primer paso hacia la expansión del Ejército Guerrillero.

 

 

El ataque a Bueycito

 

Junto con las primeras manifestaciones de vida independiente, comenzaron los problemas en la guerrilla. Había ahora que establecer una disciplina rígida, formar los mandos y establecer en alguna forma un Estado Mayor para asegurar el éxito en nuevos combates, tarea nada fácil dada la poca disciplina de los combatientes.

Apenas formado el destacamento, se separó de nosotros un compañero querido, el teniente Maceo, que fue a Santiago en una misión y al que ya no vertamos más, pues sucumbió allí en la lucha.

Hacíamos también algunos ascensos, el compañero William Rodríguez era ascendido a teniente y también Raúl Castro Mercader. Con esto tratábamos de ir formando nuestra pequeña fuerza guerrillera. Una mañana nos encontramos con la desagradable nueva de que había desertado un hombre con su fusil, un arma de calibre 22 que era preciosa en las condiciones deplorables de aquella época; al desertor le decían el Chino Wong, era de la vanguardia y se había encaminado seguramente a su barrio en las estribaciones de la Sierra Maestra. Se mandaron dos hombres en su seguimiento, pero como para quitarnos esperanzas de éxito en la misión, se produjo la reincorporación de los compañeros Israel Pardo y Banderas que después de buscar infructuosamente a desertores anteriores volvían a la guerrilla. Israel, por sus conocimientos del terreno y su gran resistencia física pasaría a hacer funciones especiales a mi lado.

Empezamos a elaborar un plan muy ambicioso, que consistía en atacar primero a Estrada Palma al filo de la noche, enseguida dirigirse a los pueblos cercanos de Yara y Veguitas, tomar las pequeñas guarniciones y volver por el mismo camino nuevamente a la montaña. De esta manera podíamos tomar tres cuarteles en un solo asalto, contando con la sorpresa. Hicimos algunas prácticas de tiro, ahorrando balas y encontramos que todas las armas estaban buenas, menos el fusil ametralladora Madzen, muy viejo y muy sucio. Trasladamos a Fidel, en una pequeña nota, la idea nuestra y pedimos que nos comunicara por escrito la aceptación o no del plan. No recibimos contestación de Fidel, pero por la radio, el día 27 de julio, nos enteramos del ataque a Estrada Palma, según la información oficial, por 200 hombres al mando de Raúl Castro.

La revista Bohemia publica, en el único número sin censura de aquellos días, un reportaje mostrando los daños causados por nuestras tropas en Estrada Palma, donde se quemó el antiguo cuartel y se hablaba de Fidel Castro, de Celia Sánchez y toda una pléyade de revolucionarios que habían bajado. En todo se mezclaba la verdad con el mito como sucede en estos casos y los periodistas no pudieron desentrañarlas; en realidad el ataque no estaba llevado por 200 hombres sino muchos menos y estaba dirigido por el comandante Guillermo García (capitán por aquel entonces). Sucedió simplemente que no se pudo establecer combate porque Barreras se había retirado en esos mismos instantes, pensando lógicamente que el 26 de julio podía haber algunos ataques fuertes y desconfiando quizás, de la posición. Prácticamente fue una expedición lo que se llevó a cabo en Estrada Palma. De todas maneras las tropas del ejército, al día siguiente persiguieron a nuestras guerrillas y, como todavía no teníamos el grado de organización suficiente, fue apresado un hombre que se había quedado dormido en una región cercana a
San Lorenzo, según creo recordar.

Nosotros, después de tener esta noticia, decidimos trasladarnos rápidamente para tratar de atacar algún otro cuartel en los días inmediatos al 26 de julio y seguir manteniendo el ambiente propicio a la insurrección.

Cuando íbamos caminando para alcanzar la Maestra, cerca de un lugar denominado La Jeringa, nos alcanzó uno de los dos hombres que habían ido a buscar al desertor; nos comunicó que su compañero de misión le había dicho primero que era amigo intimo del chino Wong y que no lo podía traicionar, después, lo invitó a desertar y manifestó luego que no volvía a la guerrilla. Este compañero le dio el alto, pero el desertor siguió caminando, por lo que disparó, matándolo. Reuní toda la tropa en la loma anterior al teatro del suceso macabro, explicándole a nuestra guerrilla lo que iba a ver y lo que significaba aquello; el por qué se castigaría con la muerte la deserción y el por qué de la condena que había que hacer contra todo aquel que traicionara la Revolución. Pasamos en fila india en riguroso silencio, muchos de los compañeros todavía consternados ante el primer ejemplo de la muerte, junto al cadáver de aquel hombre que trató de abandonar su puesto, quizás movidos más por algunas consideraciones de afecto personal hacia el desertor primero y por una debilidad política natural de aquella época, que por deslealtad a la Revolución. Naturalmente, los tiempos eran duros y se dictaminó como ejemplar la sanción. No vale la pena dar aquí los nombres de los actores, diremos solamente que el desertor caído era un muchacho joven, campesino humilde de aquella misma zona.

Volvimos a pasar por algunas zonas ya conocidas anteriormente. El 30 del mes de julio, Lalo Sardiñas hizo contacto con un viejo amigo, un comerciante de la zona de las minas llamado Armando Oliver, establecimos una cita en una casa vecina a la zona de California y allí nos vimos con éste y Jorge Abich, a quien le manifestamos nuestra intención de atacar las Minas y Bueycito. Era un paso arriesgado poner en manos de otra gente el secreto, pero Lalo Sardiñas los conocía y tenía confianza en estos compañeros.

Armando nos informó que Casillas iba los domingos por las zonas, pues siguiendo las costumbres inveteradas de los militares, tenía una querida allí. Nosotros, sin embargo, estábamos más dispuestos a hacer un ataque rápido antes de que se conociera nuestra presencia, que tratar de dar un golpe de suerte y capturar a este militar conocido por sus felonías. Acordamos que en la noche del día siguiente, el 31 de julio, iniciaríamos el ataque. Armando Oliver se encargaría de conseguimos camiones, guías para los lugares y un minero que se encargara de volar los puentes que comunican la carretera de Bueycito con la de Manzanillo-Bayamo. A las dos de la tarde del día siguiente emprendimos la marcha, tardamos un par de horas en llegar a la cresta de la Maestra donde dejamos todas las mochilas escondidas y seguimos con nuestro equipo de campaña. Teníamos que hacer un camino largo y cruzamos por una serie de casas, en una de las cuales había una fiesta; hubimos de llamar la atención a todos los restantes y “leerles la cartilla”, de modo que quedaba bien claro su responsabilidad si se sabía algo de nuestro paso en ese momento y seguimos caminando a toda prisa. Naturalmente, el peligro en estos encuentros no era muy grande, pues no había teléfono, ni ningún tipo de comunicación en la Sierra Maestra por ese entonces y el informante debla correr a pie para llegar antes que nosotros.

Llegamos a la casa del compañero Santiesteban, que tenía una camioneta a nuestra disposición y también dos camiones más que Armando Oliver nos había mandado. En esta forma con toda la tropa montada, Lalo Sardiñas en el primer camión, Ramirito conmigo en el segundo y Ciro con su pelotón en el tercero, hicimos la marcha hasta el poblado de Minas, la que duró cerca de tres horas. En las Minas se había levantado toda vigilancia del ejército, de manera que toda la tarea fue tomar precauciones para que nadie se moviera hacia Bueycito; aquí se quedó la escuadra de retaguardia al mando del teniente Vilo Acuña, hoy comandante de nuestro Ejército Rebelde, y seguimos con el resto hasta la cercanía de Bueycito.

En la entrada del poblado paramos un camión de carbón y lo mandamos adelante con un hombre para ver si había vigilancia, pues a veces en la entrada de Bueycito una posta del ejército revisaba todo lo que salía de la Sierra; en ese momento no había nadie, todos los guardias dormían felices.

Hicimos nuestro plan simple, aunque algo pretencioso: Lalo Sardiñas debía caer sobre el lado oeste del cuartel, Ramiro con su pelotón rodearlo totalmente, Ciro, con la ametralladora de la escuadra de la comandancia, estaría listo a atacar por el frente y Armando Oliver llegaría despreocupadamente con un automóvil, alumbrando de pronto a los guardias; en ese momento la gente de Ramirito debía irrumpir en el cuartel tomando a todos presos; al mismo tiempo había que tomar precauciones para apresar a todos los guardias que dormían en sus propias casas. La escuadra del teniente Noda, muerto luego en ataque a Pino del Agua, era la encargada de detener cualquier tránsito por la carretera hasta que se iniciara el fuego y William fue enviado a volar el puente que conecta a Bueycito con el entronque de la carretera central, para detener algo a las fuerzas represivas.

El plan no pudo llevarse a cabo, pues era demasiado difícil para hombres que no conocían el terreno y sin gran experiencia. Ramiro perdió parte de su gente en la noche y llegó algo tarde y el carro no llegó a salir; en un momento dado los perros ladraron profundamente mientras colocábamos la gente en sus posiciones.

En una casa, mientras transitaba por la calle principal del pueblo, me salió un hombre; le di el “alto quién vive” el hombre creyendo que era un compañero se identificó “La Guardia Rural”; cuando lo fui a encañonar saltó a la casa, cerró rápidamente la puerta y se oyó dentro un ruido de mesas, sillas y cristales rotos, mientras alguien saltaba por atrás en silencio; fue casi un contrato tácito entre el guardia y yo, pues no me convenía disparar, ya que lo importante era tomar el cuartel, y él no dio ningún grito de aviso a sus compañeros.

Seguimos avanzando buscando las posiciones para los últimos hombres cuando el centinela del cuartel avanzó extrañado por la cantidad de perros que ladraban y probablemente al escuchar los ruidos del encuentro con el soldado. Nos topamos cara a cara, apenas a unos metros de distancia; tenia la Thompson montada y él un Garand: mi acompañante era Israel Pardo; le di el alto y el hombre que llevaba el Garand listo, hizo un movimiento, para mí fue suficiente: apreté el disparador con la intención de descargarle el cargador en el cuerpo; sin embargo, falló la primera bala y quedé indefenso. Israel Pardo tiró, pero su pequeño fusil 22, defectuoso, tampoco disparó. No sé bien cómo Israel salió con vida, mis recuerdos alcanzan sólo para mí que, en medio del aguacero de tiros del Garand del soldado, corrí con velocidad que nunca he vuelto a alcanzar y pasé, ya en el aire, doblando la esquina para caer en la calle transversal y arreglar ahí la ametralladora; sin embargo, el soldado impensadamente había dado la señal de ataque, pues éste era el primer disparo que se oyera. Al oír tiros por todos lados, el soldado, acoquinado, quedó escondido en una columna y allí lo encontramos al finalizar el combate que apenas duró unos minutos.

Mientras Israel iba a hacer contacto, cesaba el tiroteo y llegaba ya la noticia de la rendición. La gente de Ramirito, al oír los primeros disparos cruzó la cerca y atacó por detrás del cuartel disparando rasante por una puerta de madera.

En el cuartel había doce guardias de los cuales seis estaban heridos, nosotros habíamos sufrido una baja definitiva, la del compañero Pedro. Rivero, recientemente incorporado, atravesado por un balazo en el tórax y, además, teníamos tres heridos leves. Quemamos el cuartel, luego de llevar todas las cosas que pudieran sernos útiles, y nos fuimos en los camiones llevando prisioneros al sargento del puesto y a un chivato llamado Oran.

El pueblo nos brindaba cervezas frías y refrescos en el camino, pues ya era de día, había sido volado el pequeño puente de madera cerca de la carretera central; al pasar nosotros en el último carro, volamos otro pequeño puente de madera sobre un arroyo. El minero que lo hizo nos fue entregado por Oliver ya como miembro de la tropa, y fue una valiosa adquisición para nosotros; su nombre, Cristino Naranjo, comandante asesinado en épocas posteriores al triunfo de la Revolución.

Seguimos avanzando y llegamos a las Minas. Hicimos un alto para dar un pequeño mitin; como parte de la comedia uno de los Abich, comerciante de la zona, nos pidió en nombre del pueblo que dejáramos en libertad al sargento y al chivato, nosotros le explicamos que solamente los manteníamos prisioneros para garantizar, con la vida de ellos, el que no hubiera represalias en la población, pero ya que lo pedían tan insistentemente nosotros accedíamos.

De esta manera quedaron los dos prisioneros de vueltos y el pueblo asegurado. Al salir hacia la Sierra, enterramos al compañero en el cementerio del poblado; apenas alguno que otro avión de reconocimiento volaba sobre nosotros a mucha altura, por lo cual nos paramos en una bodega, todavía en el camino para atender a los tres heridos: uno presentaba un tiro a sedal pero desgarrante en el hombro y fue la curación algo más difícil; el otro tenía pequeña herida de arma de poco calibre en la mano y el tercero un chichón en la cabeza producido por las patadas de las mulas del cuartel que al ser heridas o asustadas por el fuego daban coces en distintas direcciones y en una de esas, según aquel compañero, le tiraron un pedazo de mampostería en la cabeza. En lo Alto de California, después de dejar los camiones, se repartieron las armas, aunque mi participación en el combate fue escasa y nada heroica pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo, me adjudiqué un fusil ametralladora Browning, que era la joya del cuartel y dejé la vieja Thompson y sus peligrosísimas balas que nunca disparaban en el momento oportuno. Se hizo el reparto y la adjudicación de las mejores armas para los mejores combatientes y se licenció a los que habían tenido peor actuación incluyendo a los “mojados”, un grupo de hombres que se había caído al río huyendo al escuchar los primeros disparos. Entre la gente que había tenido mejor actuación en aquel momento podemos citar al capitán Ramiro Valdés, que dirigió el ataque, y al teniente Raúl Castro Mercader que junto con algunos de sus hombres participó decisivamente en el pequeño combate.

Al llegar a las lomas nuevamente, nos enterábamos de que estaba establecido el estado de sitio, la censura y, además, nos enterábamos en ese momento de la gran pérdida que había sufrido la Revolución, al ser asesinado Frank País en las calles de Santiago. De tal manera, acababa una de las vidas más puras y gloriosas de la Revolución cubana y el pueblo de Santiago, de La Habana y de toda Cuba se lanzaba a la calle en la huelga espontánea de agosto, caía en una censura total la semicensura del gobierno, e iniciábamos una nueva época expresada por el silencio de los cotorros seudoposicionistas y los salvajes asesinatos cometidos por los batistianos en toda Cuba que se ponía en pie de guerra.

Con Frank País perdimos uno de los más valiosos luchadores pero la reacción ante su asesinato demostró que nuevas fuerzas se incorporaban a la lucha y que crecía el espíritu combativo del pueblo.

 

El combate de El Hombrito

 

La columna formada tenía sólo un mes de vida y ya empezábamos los amagos de nuestra vida sedentaria en la Sierra Maestra. Estábamos en el valle llamado El Hombrito, porque vista la Maestra desde el llano un par de lajas gigantescas, superpuestas en la cima, semejan la figura de un pequeño hombrecito.

Todavía era muy novata la fuerza, había que preparar a los hombres antes de someterlos a trajines más duros, pero las exigencias de nuestra guerra revolucionaria obligaban a presentar combate en cualquier momento. Teníamos la obligación de salirle al paso a las columnas que invadieran lo que ya empezaba a ser territorio libre de Cuba, una cierta parte de la Sierra Maestra.

El 29 de agosto, mejor dicho, la noche del 29 de agosto un campesino nos informaba que había una tropa grande que estaba por subir la Maestra, precisamente por el camino de El Hombrito, que cae al valle o sigue al Altos de Conrado para cruzar la Maestra. Estábamos curados de espanto por las noticias falsas que traían, por lo cual tomé al hombre como rehén para que dijera la verdad amenazándolo con terribles castigos si mentía, pero el juraba y rejuraba que estaba en lo cierto y que los guardias estaban en la finca de Julio Zapatero, un par de kilómetros antes de la Maestra.

Nos trasladamos por la noche situando nuestras fuerzas. El pelotón de Lalo Sardiñas debía ocupar el lado este de la posición en el “sao” de helechos secos de poca altura y castigar con su fuego a la columna cuando ésta fuera detenida. Ramiro Valdés con la gente de menos poder de fuego por el lado oeste debía hacer una “hostilización acústica” para sembrar la alarma. Aunque poco armado, su posición era menos peligrosa porque los guardias debían atravesar un profundo barranco para llegar a ellos.

El trillo por donde debían subir bordeaba la loma por el lado donde estaba emboscado Lalo Ciro los atacaría en una forma oblicua y yo, con una pequeña columna de los tiradores mejor armados, debía dar la orden de fuego con el primer disparo. La mejor escuadra estaba al mando del teniente Raúl Mercader, del pelotón de Ramiro, por lo que fue colocada como fuerza de choque para recoger los frutos de la victoria. El plan era muy sencillo: al llegar a una pequeña curva del camino donde éste hacía un ángulo casi de 90 grados para bordear una piedra, yo debía dejar pasar diez o doce hombres aproximadamente y disparar sobre el último en cruzar el peñón donde torcía el camino, de manera que quedaran separados del resto; entonces los otros debían ser rápidamente liquidados por los tiradores, la escuadra de Raúl Mercader avanzaría, se tomarían las armas de los muertos y nos retiraríamos inmediatamente protegidos por el fuego de la escuadra de retaguardia mandada por el teniente Vilo Acuña.

Por la madrugada, desde un cafetal, en la posición adjudicada a Ramiro Valdés estábamos mirando la casa de Julio Zapatero, situada allá abajo, en la ladera del monte. Al despuntar el sol se empezó a ver un movimiento de hombres que salían, entraban, se movían en el trajín del despertar. A poco algunos se ponían sus cascos y quedaba demostrada la aseveración del campesino de que allí estaba la columna. Toda nuestra gente estaba ya situada en posición de combate.

Fui a colocarme en mi puesto mientras veíamos ascender la cabeza de la columna, trabajosamente. La espera se hacía interminable en aquellos momentos y el dedo jugaba sobre el gatillo de mi nueva arma, el fusil ametralladora Browning, listo para entrar en acción por primera vez contra el enemigo. Al fin corrió la voz de que se acercaban, además se oían sus voces despreocupadas y sus gritos estentóreos; pasó el primero, el segundo, el tercero, por el peñón, pero desgraciadamente iban muy separados uno de otro y estaba calculando que no daría tiempo a que pasara la docena escogida; cuando contaba el sexto oí un grito delante y uno de los soldados levantó la cabeza como sorprendido; abrí fuego inmediatamente y el sexto hombre cayó; enseguida se generalizó el fuego y, a la segunda descarga de fusil automático, desaparecieron los seis hombres del camino.

Di la orden de ataque a la escuadra de Raúl Mercader mientras algunos voluntarios caían también sobre el lugar y a ambos lados se hacía fuego sobre el enemigo. El teniente Orestes, de la vanguardia, el propio Raúl Mercader, entre otros, avanzaban y desde el peñón hacían fuego a la columna enemiga, fuerte de una compañía, al mando del comandante Merob Sosa. Rodolfo Vázquez le quitaba el arma al soldado herido por mí, el que, para mal de nuestros pesares de aquel momento, resultó ser un sanitario que sólo  levaba un revólver 45 de la Guardia Rural con diez o doce balas, los otros cinco habían escapado despeñándose del camino hacia su derecha y huyendo por el cauce de un arroyo que allí existe. Al poco tiempo empezaron a sonar los primeros bazookazos disparados por las tropas que se habían repuesto algo de la mayúscula sorpresa, ya que no esperaban encontrar ninguna resistencia en su marcha.

La ametralladora Maxim era la única arma de algún peso que teníamos fuera de mi fusil ametralladora, pero no había funcionado y su encargado Julio Pérez fracasaba en el manejo de esta arma.

Por el lado de Ramiro Valdés, Israel Pardo y Joel Iglesias habían avanzado sobre el enemigo con sus casi infantiles armas mientras las escopetas hacían un ruido infernal disparando a cualquier lado, aumentando el desconcierto de los guardias. Di la orden de retirada a los dos pelotones laterales y cuando éstos empezaron a cumplirla, iniciamos nosotros también la retirada dejando la escuadra de retaguardia encargada de mantener el fuego hasta que pasara todo el pelotón de Lalo Sardiñas, ya que estaba prevista una segunda línea de resistencia.

Cuando nos retirábamos nos alcanzó Vilo Acuña que había cumplido su misión, anunciándonos la muerte de Hermes Leyva, primo de Joel Iglesias. Al ir retirándonos se presentaba ante nosotros un pelotón que enviara Fidel a quien yo le había avisado de la inminencia del choque con fuerzas superiores. Lo mandaba el capitán Ignacio Pérez. Nos retiramos a unos mil metros del lugar del combate y allí establecimos nuestra nueva emboscada en espera de los guardias. Estos llegaron a la pequeña altiplanicie donde se había desarrollado el combate y, ante nuestros ojos, el cadáver de Hermes Leyva era quemado por los guardias que así ejercitaban su venganza. Nuestra ira impotente se limitaba a disparar desde lejos con fusiles y algunas ráfagas que ellos contestaban con bazookas.

Me enteré en ese momento que la exclamación del guardia que había provocado mi disparo apresurado había sido “esto es un jamón” y debía referirse probablemente a que ya estaba llegando a la cúspide de la loma. Este combate nos probaba la poca preparación combativa de nuestra tropa que era incapaz de hacer fuego con certeza sobre enemigos que se movían a una tan corta distancia como la que existió en este combate, donde no debe haber habido más de diez o 20 metros entre la cabeza de la columna enemiga y nuestras posiciones. Con todo, para nosotros era un triunfo muy grande; habíamos detenido totalmente la columna de Merob Sosa que, al anochecer, se retiraba y habíamos obtenido una pequeña victoria sobre ellos con la minúscula recompensa de un arma corta que nos costaba, sin embargo, la vida de un combatiente valioso. Todo esto lo habíamos conseguido con un puñado de armas medianamente eficaces contra una compañía completa, de ciento cuarenta hombres por lo menos, con todos los efectivos para una guerra moderna y qué había lanzado una profusión de bazookazos y, quizás, de morterazos sobre nuestras posiciones, tan a tontas y a locas como los disparos de nuestras gentes a la punta de vanguardia enemiga.

Después de este combate se producían algunos ascensos; Alfonso Zayas era nombrado teniente por su valiente comportamiento en este combate y sucedieron algunos más que en este momento no recuerdo. Esa noche, o al día siguiente, después de alejados los guardias, teníamos una conversación con Fidel en la cual nos narraba, eufórico, cómo había hecho un ataque a las fuerzas batistianas en la zona, de Las Cuevas y me enteraba también de la muerte de algunos valiosos compañeros en esta lucha; Juventino Alarcón, de Manzanillo, de los primeros en incorporarse a la guerrilla, Pastor, Yayo Castillo, Oliva, hijo de un teniente del ejército batistiano, gran combatiente y gran muchacho como todos ellos.

La lucha reñida por Fidel había sido mucho más importante, ya que no se trataba de una emboscada sino del ataque sobre un campamento con cierta preparación defensiva; aunque no se logró el aniquilamiento de las fuerzas enemigas se les hizo bastantes bajas; se retiraron al día siguiente de la posición. Uno de los héroes de la jornada fue el negro Pilón, bravo combatiente de nuestras tropas de quien se cuenta que llegó a un bohío donde había “un montón de tubos raros con unas cajitas al lado”, lo que parece eran bazookas que el enemigo ya había abandonado, pero como nosotros no conocíamos esa arma sino de nombre y menos Félix (el negro Pilón) éste las dejó y luego tuvo que retirarse herido en una pierna. Perdimos así una oportunidad de adquirir armas tan eficaces para el ataque a pequeñas fortificaciones del enemigo.

El combate nuestro tenía una repercusión nueva; uno o dos días después se conocía un parte del ejército donde se hablaba de cinco o seis muertos, después nos enterábamos que, además de nuestro compañero cuyo cadáver habían ultrajado, había que lamentar los asesinatos de cuatro o cinco campesinos que, supuso el siniestro Merob Sosa, eran responsables de la emboscada por no haber comunicado la presencia de nuestras tropas por aquellos parajes. Recuerdo los nombres de Abigail, Calixto, Pablito Lebón (un pichón de haitiano) y Gonzalo González, todos totalmente ajenos a nuestra lucha o, por lo menos, parcialmente ajenos a ella, pues conocían de nuestra presencia relativamente cerca de allí y simpatizaban, como todo el campesinado con nuestra causa, pero inocentes totalmente de la maniobra que se tenía preparada, ya que nosotros, conocedores de los sistemas que empleaban los jefes del ejército batistiano, ocultábamos nuestras intenciones a los campesinos y si alguno pasaba por el lugar de una emboscada lo eeteníamos hasta que ésta se produjera. Los desgraciados campesinos fueron ultimados en sus bohíos, a los que luego prendieron fuego.

Este combate nos señalaba lo fácil que era, en determinadas circunstancias, atacar columnas enemigas en marcha y, además, nacía en nosotros la certidumbre de la bondad táctica de tirar siempre sobre la cabeza de la tropa en marcha para tratar de matar el primero, o a los primeros, logrando así que todos buscaran no ir adelante y se llegara a inmovilizar la fuerza enemiga. Esta táctica poco a poco fue cristalizando y al final era tan sistemática que realmente el ejército enemigo dejó de penetrar en la Sierra Maestra y se producían escándalos, pues los soldados rehuían la vanguardia, pero todavía faltaban bastantes combates para que esto se hiciera una realidad.

Por ahora, con Fidel, podíamos hablar de esas nuestras pequeñas hazañas que eran grandes sin embargo, por la gran desproporción de fuerzas que existía entre nuestros soldados, pobremente armados y las perfectamente armadas fuerzas de represión.

Desde entonces se marca más o menos el momento en que las tropas batistianas dejan definitivamente la Sierra y solamente penetra en ella, con rasgos de audacia y muy de vez en cuando, Sánchez Mosquera, el más bravo, el más asesino y uno de los más ladrones de todos los jefes militares que tenia Batista.

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