Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (VIII)

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Pino del Agua

 

Después del encuentro con Fidel, el 29 de agosto, marchamos algunos días, juntos a veces y otras separándonos alguna distancia, pero con el objeto de pasar unidos por el aserrío de Pino del Agua. En ese momento teníamos noticias de que en Pino del Agua no había tropa enemiga o, en todo caso, una guarnición pequeña.

El plan de Fidel era el siguiente: si había alguna guarnición pequeña, tomarla; en caso contrario, hacer acto de presencia y seguir él con su tropa para la zona de Chivirico. Nosotros debíamos quedar emboscados esperando el ejército batistiano que, en estos casos, inmediatamente venía para hacer una demostración de fuerza y disipar en el campesinado el efecto revolucionario de nuestra presencia.

En el curso de los días que precedieron a Pino del Agua, en la caminata que transcurrió desde Dos Brazos del Guayabo, donde nos encontramos, hasta el lugar del combate, sucedieron algunos hechos cuyos actores principales han tenido que ver con la historia posterior de la Revolución.

Uno de ellos fue la deserción de Manolo y Popo Beatón, campesinos de la zona, que se habían incorporado a la guerrilla poco antes de Uvero, combatiendo allí y que ahora abandonaban nuestro campo. Estos dos individuos fueron readmitidos posteriormente en la guerrilla ya que Fidel les perdonara su traición, pero nunca superaron su condición seminómada y bandidesca y, por algún motivo personal, uno de ellos, Manolo, asesinó al comandante Cristino Naranjo, después del triunfo de la Revolución. Logró, posteriormente, fugarse de La Cabaña donde estaba recluido y formó una pequeña guerrilla en la propia zona donde había combatido en la Sierra Maestra, cometiendo, entre otras fechorías, el asesinato de Pancho Tamayo, valioso compañero incorporado desde los primeros días de la Revolución. Finalmente, una fuerza campesina tomó prisioneros a él y a su hermano Popo, siendo ambos fusilados en Santiago.

También nos ocurrió un accidente desagradable: un compañero, llamado Roberto Rodríguez, fue desarmado por insubordinación. Era muy indisciplinado y el teniente de la escuadra a que pertenecía lo desarmó ejerciendo un derecho disciplinario. Roberto Rodríguez arrebató el revólver a un compañero y se suicidó. Tuvimos un pequeño incidente debido a mi oposición a que se le rindieran honores militares, ya que los combatientes entendían que era uno más caído y nosotros argumentábamos que suicidarse en unas condiciones como las nuestras era un acto repudiable, independientemente de las buenas cualidades del compañero. Tras un conato de insubordinación, solamente se veló el cuerpo del compañero, sin rendirle honores.

Uno o dos días antes me había contado parte de su historia y se notaba en él un muchacho de exagerada sensibilidad que estaba haciendo enormes esfuerzos por acoplarse a la vida dura de la guerrilla y, además, a la disciplina del ejército, cosas que chocaban con su naturaleza física débil y su instinto de rebeldía.

Dos días después enviamos un pequeño grupo a las Minas de Bueycito para hacer una demostración de fuerza, ya que era el 4 de septiembre; la pequeña tropa estaba mandada por el capitán Ciro Redondo y trajo prisionero a un soldado enemigo de nombre Leonardo Baró. Este Baró jugó un papel importante en las fuerzas de la contrarrevolución; fue prisionero nuestro durante un buen tiempo hasta que un día me hizo un patético relato sobre la enfermedad de su madre y creí en sus palabras, tratando de convencerlo, de paso, que diera un golpe de efecto político. Le propuse que tomara una guagua, viera a su madre en La Habana y después pidiera asilo en una embajada, diciendo que no quería luchar más contra nosotros y denunciando al régimen de Batista. El objetó aquello diciendo que no podía denunciar al régimen por el cual sus hermanos peleaban y quedamos en que simplemente iba a declarar que no deseaba pelear más, cuando se asilara.

Lo mandamos con cuatro compañeros, con órdenes rigurosísimas de que no fuera a ver a nadie en el camino, a pesar de que conocía ya a muchos campesinos que venían a visitarnos al campamento; además, los cuatro compañeros que se encargaron de llevarlo debían hacer todo el tramo a pie hasta las cercanías de Bayamo, donde podían dejarlo y volver por otro camino.

Aquella gente no siguió las indicaciones, se dejaron ver por mucha gente, celebraron incluso alguna reunión en su presencia, ya en calidad de liberado y presunto simpatizante, y tomaron un jeep trasladándose a Bayamo. En el camino fueron interceptados por las tropas batistianas y los cuatro compañeros fueron asesinados. Nunca supimos bien si Baró participó en este crimen o no, lo cierto es que inmediatamente se instaló en las Minas de Bueycito, se puso a las órdenes del asesino Sánchez Mosquera y empezó a identificar campesinos, de los que llegaban a comprar sus mandados allí y que habían estado en contacto con nuestra guerrilla. Innúmeras son las víctimas que costó mi error al pueblo de Cuba.

A los pocos días del triunfo de la Revolución, Baró fue apresado y ajusticiado.

Poco después bajamos a San Pablo de Yao, donde entramos en medio del alborozo general del pueblo, nos apoderamos pacíficamente de él algunas horas (no había tropa enemiga) y empezamos a hacer contactos. Trabamos conocimiento con alguna gente de la localidad y cargamos toda la mercancía posible en camiones que conseguimos con los mismos comerciantes a quienes se la compramos a crédito, pues en aquella época pagábamos con vales. Conocimos entonces a Lidia Doce, quien fuera después nuestra gran compañera y la encargada de todas las tareas de contactos de la columna hasta su muerte, ocurrida en La Habana.

La tarea de traer la mercancía desde Yao fue muy dura, el camino que sube de San Pablo de Yao a Pico Verde, por la mina La Cristina, es muy empinado y solamente los camiones con doble diferencial y no muy cargados, pueden hacerlo; los nuestros se rompieron en el camino, y hubo que cargar todo el abastecimiento entre mulos y hombres.

En estos días se produjeron también una serie de separaciones provocadas por distintos motivos. Un compañero, buen combatiente, fue expulsado de la guerrilla por emborracharse durante la expedición a Yao, mientras estaba en una posta y poner así en peligro a toda la columna. Otro, Jorge Sotús, dejaba su cargo de jefe de un pelotón y marchaba con una encomienda de Fidel a Miami. La realidad es que Sotús nunca pudo amoldarse a la Sierra y la gente no lo quería, dado su carácter despótico. Su carrera también estuvo llena de altibajos. Tuvo una actitud
vacilante, cuando no traidora en Miami; volvió a nuestro ejército y fue amnistiado, perdonándosele sus pasados errores; traicionó en la época de Hubert Matas y fue condenado a veinte años de cárcel; se fugó con la complicidad de un carcelero y llegó a Miami. Cuando preparaba una lancha para una incursión pirata contra el territorio cubano, murió al parecer electrocutado en un accidente.

Otro de los compañeros que se separaban en aquellos días, era Marcelo Fernández, coordinador del Movimiento en las ciudades, que volvía a trabajar en sus bases, después de haber permanecido un tiempo, bastante largo, en la Sierra Maestra.

Después de estos incidentes reanudamos nuestra marcha acercándonos a Pino del Agua, a donde llegamos el 10 de septiembre. Pino del Agua es un caserío pequeño, edificado alrededor de un aserrío, en el mismo firme de la Maestra. En aquella época estaba administrado por un español y había unos cuantos obreros, nadie del ejército enemigo. Toda la tropa ocupó el caserío aquella noche y Fidel dejó conocer su itinerario a la gente del lugar, calculando que algo se filtraría al ejército.

Hicimos una pequeña maniobra de diversión y, mientras la columna de Fidel seguía su marcha hacia Santiago, a la vista de todo el mundo, nosotros dábamos un rodeo en la noche y nos emboscábamos para la espera del ejército enemigo. De nuestro avituallamiento de las cosas esenciales, si no tardaba mucho en presentarse el enemigo, estaría encargado, como siempre, el viejo Tamayo, que vivía en esa zona, en la región llamada Cuevas de Peladero.

Distribuimos nuestra tropa de tal manera que estuvieran todos los caminos vigilados. Nuestra vigilancia llegaba, por un lado, al mismo camino que desemboca de Yao a Pico Verde, varias leguas antes de Pino del Agua, y otro camino más directo, que sube a la Maestra y que no es transitable por camiones. El grupo de Pico Verde era pequeño, más bien de escopeteros, con el encargo de dar la alarma en caso necesario, pues era un buen camino de retirada y el que pensábamos utilizar después de la acción. Efigenio Ameijeiras quedaba encargado de vigilar uno de los caminos de acceso por retaguardia, también viniendo de la zona de Pico Verde. Lalo Sardiñas, con un pelotón, quedaba en la zona de El Zapato, custodiando una serie de caminos de extracción de madera, que mueren en las márgenes del río Peladero. Era una precaución excesiva, pues el enemigo debía hacer una marcha muy larga a través de la Sierra para llegar hasta ese camino y no eran sus métodos los de caminar en columna por la montaña. Ciro Redondo era el encargado, con todo su pelotón, de defender el acceso por la Siberia. Esta es la zona en que se unen Uvero y Pino del Agua, dos aserríos que empatan entre sí a través de un camino que pasa por el punto elegido para Ciro, en el filo de la Maestra.

Nosotros teníamos nuestras fuerzas distribuidas en la parte lateral del camino que sube de Guisa, en
un monte sobre el farallón, de manera de sorprender a los camiones y concentrar el poder de fuego en el lugar donde era más probable que vinieran. El lugar elegido permitía avistar los camiones desde muy lejos. El plan era simple; se les dispararía de ambos lados y pararíamos el primer camión en una curva, iniciando el fuego contra todos los otros que siguieran; para detenerlos, pensando que podíamos tomar tres o cuatro vehículos si la sorpresa resultaba. El pelotón que actuaría era de las mejores armas y estaba reforzado por gente del capitán Raúl Castro Mercader.

Estuvimos aproximadamente, siete días emboscadas pacientemente sin ver llegar a las tropas. Al séptimo, cuando estaba en el pequeño estado mayor donde se hacía la comida para toda la tropa emboscada, me avisaron que el enemigo se acercaba. Como en este punto hay subidas muy pronunciadas, aún antes de verse nada se oye el zumbido de los camiones trepando la áspera pendiente. Nuestras fuerzas se prepararon para el combate; en el lugar principal se colocaron los hombres que estaban al mando del capitán Ignacio Pérez y debían parar el primer camión y, lateralmente, los demás que dispararían sobre los distintos vehículos. Veinte minutos antes del combate se desató una lluvia torrencial, cosa habitual en la Sierra, que nos empapó hasta los huesos, pero los soldados enemigos iban todavía más preocupados por el agua que por las posibilidades de un ataque y esto nos sirvió para la sorpresa. El encargado de abrir el fuego tenía una ametralladora Thompson; efectivamente, abrió fuego con ella, pero en tales condiciones que no le dio a nadie; se generalizó el tiroteo y los soldados del primer camión, más asustados y sorprendidos que heridos por la acción, saltaron al camino y se perdieron tras el farallón después de matar a un gran combatiente, poeta de nuestra columna, a quien le decíamos Crucito, llamado José de la Cruz.

El combate presentó características extrañas; un soldado enemigo se refugió debajo del camión, en la curva del camino y no dejaba asomar la cabeza a nadie.

Habían pasado uno o dos minutos cuando llegué al lugar de los hechos -encontrando que mucha gente iba en retirada debido a una falsa orden, accidente muy frecuente en medio de los combates-. Arquímedes Fonseca llevaba una mano herida al salvar el fusil ametralladora abandonado por su sirviente. Hubo que dar instrucciones a todos que volvieran al combate y pedir que cooperaran las fuerzas de Lalo Sardiñas y Efigenio Ameijeiras para concentrar el golpe.

Estaba en la carretera un combatiente llamado Tatin que en el momento que bajé a la carretera me dijo con voz desafiante: “Ahí está, debajo del camión, vamos, vamos, aquí se ven los machos”. Me llené de coraje, ofendido en lo más íntimo por esta manifestación que presumía una duda, pero cuando tratamos de acercarnos al anónimo combatiente enemigo que disparaba con su fusil automático desde bajo el camión, tuvimos que reconocer que el precio de demostrar nuestra guapería iba a ser demasiado caro; ni mi impugnador ni yo pasamos el examen. El soldado se retiró con su fusil ametralladora arrastrándose y se salvó de caer prisionero o muerto.

Los camiones del ejército eran cinco y transportaban una compañía. La escuadra dirigida por el teniente Antonio López, cumplió a cabalidad las instrucciones de no permitir el paso de nadie más después de iniciado el combate y allí había quedado detenido el tercer camión. Sin embargo, algunos soldados, haciendo una resistencia enérgica no nos permitían avanzar. Llegaron los refuerzos de Lalo Sardiñas y Efigenio Ameijeiras, quienes avanzaron sobre los camiones liquidando la resistencia.

Los soldados huían camino abajo, a la desbandada algunos y otros en dos camiones que habían salvado, abandonando todos los otros pertrechos.

Nos enteramos de sus fuerzas y de algunas de sus intenciones por la presencia de Gilberto Cardero. Este compañero había sido tomado prisionero durante una incursión de nuestras fuerzas por otras zonas, estuvo preso cierto tiempo y le habían traído con la intención de que envenenara a Fidel mediante el contenido de un pomo que debía volcar en su comida. Al oír los disparos, Cardero se tiró del camión como todos los soldados pero, en vez de huir de los tiros, se presentó ante nosotros inmediatamente y se reincorporó a las tropas narrando su odisea. Al tomar el primer camión encontramos dos muertos, un herido que todavía hacía gestos de pelea en su agonía, fue rematado sin darle oportunidad de rendirse, lo que no podía hacer pues estaba seminconsciente. Este acto vandálico lo realizó un combatiente cuya familia había sido aniquilada por el ejército batistiano. Le recriminé violentamente esa acción sin darme cuenta que me estaba oyendo otro soldado herido que se había tapado con unas mantas y había quedado, quieto, en la cama del camión. Al oír eso y las disculpas que daba el compañero nuestro, el soldado enemigo avisó de su presencia pidiendo que no lo mataran; tenía un tiro en la pierna, con fractura, y quedó a un costado del camino mientras proseguía el combate en los otros camiones. El hombre, cada vez que pasaba un combatiente por el lado, gritaba, “no me mate, no me mate, el Che dice que no se matan los prisioneros”. Cuando finalizó el combate, lo llevamos al aserrío, le hicimos las primeras curas y quedó allí para ser devuelto.

En los otros camiones se habían infligido pocas bajas al enemigo, pero quedó en nuestro poder una buena cantidad de armas.

El resultado final del combate fue: un fusil automático Browning, 5 Garands, una trípode con su parque y otro fusil Garand más que fue escamoteado por la tropa de Efigenio Ameijeiras. Efigenio pertenecía a la columna de Fidel y alegaba que la participación de su pelotón en el combate había sido decisiva de modo que tenía que obtener armas de las conquistadas, pero Fidel había dejado esa tropa a mi mando, precisamente para que nos ayudaran en la lucha por la cosecha de armas, de modo que desatendí las protestas y repartí los trofeos entre la gente de mi columna, salvo el fusil que no pasó por la contabilidad.

Se le entregó la Browning a Antonio López, teniente de una de las escuadras que había tenido mejor actuación y los Garands al teniente Joel Iglesias, a Virelles, expedicionario del Corinthia que se había incorporado a nuestras tropas, al soldado Oñate y a otros dos que no recuerdo. Se procedió a quemar los tres camiones capturados para hacer mayor daño al enemigo ya que nos era imposible
transportarlos.

Mientras nos concentrábamos en el batey pasaron algunas avionetas que habían recibido aviso de nuestro ataque pero nosotros disparamos sobre ellas, alejándolas.

Uno de los hermanos Pardo, Mingolo, había ido a dar un parte a Fidel de que se acercaban los guardias, si mal no recuerdo, pero decidimos mandar otro con los resultados del combate (y a Cardero para que relatara su aventura).

Le mandamos avisar a Ciro que se retirara de su posición pues ya había acabado el combate y nos retiraríamos. Salió el mensajero, Mango Martínez, con ese encargo.

Al rato escuchamos unos disparos; un grupo de nuestros escopeteros había descubierto a un soldado que marchaba como escondiéndosele, le dieron el alto, y, al tratar éste de resistirse, le había disparado. El hombre huyó dejando el fusil; entregaban un Springfield como señal del triunfo. Nos preocupó el hecho de que todavía hubiera soldados dispersos por esa zona pero incorporamos el fusil a la contabilidad.

A los dos o tres días se incorporó a la columna Mango Martínez y anunció que algunos soldados enemigos le habían salido al paso disparándole con escopetas y había tenido que huir porque estaba herido. Traía la señal de los perdigones en la cara que estaba literalmente espolvoreada de ellos; ese era el Springfield que los compañeros escopeteros habían conquistado al enemigo. El resultado fue que el compañero herido tomó por un atajo creyendo que los guardias estaban cerca y se perdió en el monte sin avisarle a Ciro Redondo de nuestro combate y de la orden de retirada. Al día siguiente Ciro, que había escuchado los ecos del combate, mandó un mensajero y le reiteramos entonces la orden.

Mientras los B-26 pasaban bajo sobre el aserrío buscando víctimas, nosotros desayunábamos tranquilamente en las distintas construcciones, tomando chocolate brindado por la dueña de casa, aunque ésta no miraba pasar con mucho agrado los B-26, casi rozando los techos. Se fueron los aparatos y, cuando nos aprestábamos a la retirada con toda calma vimos aparecer por el camino de Siberia, que había custodiado Ciro hasta pocas horas antes, cuatro camiones cargados de soldados. Era otro grupo que venía en dirección contraria a unirse al primero y al cual hubiéramos podido hacerle una encerrona parecida, pero ya era tarde, una buena cantidad de nuestra tropa se había replegado a lugares más seguros. Hicimos dos disparos al aire que era la señal de retirada y nos fuimos tranquilamente.

En este combate, importante por su trascendencia, ya que fue conocido en toda Cuba, hicimos al ejército tres muertos y un herido (el prisionero que se devolvió) y además, un prisionero capturado por el
pelotón de Efigenio al día siguiente, en el último peinado de la zona; era el cabo Alejandro, a quien llevamos con nosotros y que estuvo hasta el fin de la guerra en nuestra columna trabajando como cocinero. Allí mismo recibió sepultura Crucito en medio de la consternación de la tropa que perdió un gran compañero y a su bardo campesino. Crucito solía sostener enconados duelos poéticos con Calixto Morales a quien llamaba “guacaico de la Sierra” en contraposición a él, “el ruiseñor de la Maestra”.

Se distinguieron en este combate el teniente Efigenio Ameijeiras, el capitán Lalo Sardiñas, el capitán Víctor Mora, el teniente Antonio López y su escuadra, el entonces soldado Dermidio Escalona y el también soldado Arquímedes Fonseca, a quien se le entregó la ametralladora de trípode para que la usara luego de curarse la mano traspasada por un balazo. Por nuestra parte un herido leve, un muerto y algunos contusos o tocados por rozones de balas, incluyendo los perdigonazos de Monguito.

Nos retiramos de Pino del Agua por distintos caminos, volviendo a la zona de Pico Verde para reorganizarnos y esperar la llegada del compañero Fidel, quien ya tenía conocimiento del encuentro.

El análisis del combate mostraba que, si bien había sido un éxito político y militar, nuestras deficiencias eran enormes. El factor sorpresa debía haber sido aprovechado a fondo para casi aniquilar a los ocupantes de los tres primeros vehículos; además, después de iniciado el combate se había dado una falsa orden de retirada que hizo perder el control de la gente y su ardor combativo y hubo poca decisión para tomar los vehículos, defendidos por pocos soldados, luego nos expusimos innecesariamente quedándonos una noche en el aserrío y la retirada definitiva se produjo con bastante desorden. Todo esto indicaba la necesidad imperiosa de mejorar la preparación combativa y la disciplina de nuestra tropa, tarea a la que nos dimos en los días siguientes.

 

 

Un episodio desagradable

 

Luego del combate de Pino del Agua, nos dimos a la tarea de mejorar todo el aparato organizativo de la guerrilla, en ese momento fortalecida por algunas unidades de Fidel, para hacerla más útil en su función de cuerpo combativo.

La escuadra del teniente López, que se habla distinguido en Pino del Agua y cuyos integrantes eran todos muchachos muy serios, fueron elegidos como miembros de una Comisión de Disciplina, que se encargaría de vigilar y hacer cumplir las normas establecidas en cuanto a vigilancia, disciplina en general, limpieza del campamento y moral revolucionaria. Pero la Comisión tuvo una vida efímera y se disolvió en circunstancias trágicas a los pocos días de creada.

Por aquella época, en la zona de la loma llamada La Botella, en un pequeño campamento que habitualmente usábamos como estación de tránsito, ajusticiamos a un antiguo desertor de la columna, de apellido Cuervo, el que meses atrás se había fugado con un fusil; no conocimos el paradero posterior del arma pero si de las actividades de este sujeto, pues, bajo el pretexto de luchar por la causa revolucionaria y ajusticiar chivatos, estaba simplemente esquilmando a todo un sector de la población de la Sierra, quizás en connivencia con el ejército.

Los trámites fueron muy expeditivos, dada su condición de desertor, procediéndose a su eliminación física. El procedimiento de ajusticiar individuos antisociales que al amparo de la situación de fuerza existente en la comarca cometían fechorías, desgraciadamente tuvo que ser empleado con alguna frecuencia en la Sierra Maestra.

Nos enteramos de que Fidel habla acabado su recorrido por la zona del Sonador, después de llegar a Chivirico, y estaba de vuelta en nuestros predios, por lo cual fuimos caminando hacia Peladero tratando de conectarnos lo más rápidamente posible con él.

En esa época había un comerciante de la zona costeña, llamado Juan Balansa, cuyas conexiones con la dictadura y con los latifundistas eran marcadas, aunque no se podía decir de él que fuera un elemento activamente hostil contra nuestras guerrillas; pero, además, Juan Balansa tenía un mulo de mucha fama en la zona como animal resistente y útil y, como impuesto de guerra, se lo quitamos.

El mulo nos llegó en la zona llamada de Pinalito, cerca del río Peladero, a cuyas márgenes debíamos bajar por farallones cortados casi a pico. Se presentaba la disyuntiva de sacrificarlo y llevar la carne en pedazos, dejarlo en territorio hostil o tratar de que el animal caminara hasta donde pudiera.

Decidimos probar, ya que matarlo y transportar la carne era muy difícil; el animal bajó en forma decidida y segura por lugares en los que había que deslizarse sujeto a bejucos o agarrándose como se pudiera a la saliente del terreno, cuando incluso la pequeña mascota que llevábamos -un perrito- tenía que ser transportarlo en brazos de los combatientes.

Dio una demostración de dotes gimnásticas extraordinarias.

Repitió la hazaña al cruzar el río Peladero, en esta zona llena de grandes piedras, mediante una serie de saltos espeluznantes sobre las rocas y esto le salvó la vida; posteriormente fue montado por mí, constituyendo mi primera cabalgadura estable hasta que cayó en manos de Sánchez Mosquera en uno de los tantos encuentros que tuvimos en la Sierra.

En las márgenes del río Peladero se suscitó el episodio desagradable que motivara la extinción de la Comisión de Disciplina. Esta venía trabajando frente a la resistencia de una serie de compañeros inconformes con el establecimiento de normas disciplinarias, lo que obligaba a tomar medidas drásticas.

Uno de los grupos del pelotón de retaguardia, jugó una broma de mal gusto a todos los miembros de la Comisión, haciéndolos acudir rápidamente para el análisis de un problema muy grande, según ellos, el que era una suciedad que habían dejado para mofa de los compañeros. A resulta de esto, fueron presos varios de los componentes del grupo. Entre ellos estaba Humberto Rodríguez, tristemente célebre por su afición a hacer de verdugo en los casos en que debíamos realizar la penosa tarea de ajusticiar a un delincuente y que, posteriormente al triunfo de la Revolución asesinara a un preso en colaboración con otro soldado rebelde, fugándose ambos de la cárcel de La Cabaña.

Dos o tres compañeros se encarcelaron junto con Humberto; en las condiciones de la guerrilla, la cárcel no significaba gran cosa, pero cuando la falta era grave se recurría al expediente de dejar sin comer, durante uno o varios días, al que infringiera la disciplina y éste sí era un castigo sentido. Dos días después del incidente, cuando todavía estaban presos los actores principales, se anunció que Fidel estaba cerca, en la zona llamada de El Zapato, y allí fui a recibirle y entrevistarme con él. Habían pasado pocos minutos de la entrevista, cuando llegó Ramiro Valdés con la noticia de que Lalo Sardiñas, al castigar impulsivamente a un compañero indisciplinado y pretender darle con la pistola en la cabeza se le había escapado un tiro, matándolo en el acto. Había un principio de motín en la tropa. Inmediatamente me personé en el lugar, poniendo bajo custodia a Lalo; el ambiente contra él era muy hostil y los combatientes exigían un juicio sumarísimo y el ajusticiamiento.

Empezamos a tomar declaraciones y a buscar pruebas. Las opiniones se dividían y había quienes manifestaban directamente que había sido un asesinato premeditado y otros que fue un accidente. Independientemente de esto, el hecho de castigar físicamente a un compañero era un acto no permitido en la guerrilla y del cual Lalo Sardiñas era reincidente. Era difícil la situación; el compañero Sardiñas había sido un combatiente de mucho valor, un defensor exigente de la disciplina y un hombre de gran espíritu de sacrificio. Quienes pedían más encarnizadamente la pena de muerte no eran, ni mucho menos, lo mejor del grupo. Una serie de factores, entre los cuales estaba muy presente la lucha por implantar la disciplina, jugaban un papel determinante.

Las declaraciones de los testigos continuaron hasta la noche. Fidel vino a nuestro campamento; era partidario de no aplicar la pena de muerte, pero no juzgó prudente tomar una decisión de esa naturaleza sin consultar con todos los combatientes. Siguió entonces una etapa del juicio en la cual nos tocó a Fidel y a mí la tarea de ser defensores de un reo que, impasible, escuchaba cómo se deliberaba acerca de su suerte, sin dar la más mínima señal de temor. Después de muchos discursos impulsivos en que solicitaban su muerte, me tocó hablar para pedir se reflexionara bien sobre el problema; trataba de explicar que la muerte del compañero debía ser achacada a las condiciones de la lucha, a la misma situación de guerra, y que, en definitiva, el dictador Batista era el culpable. Pero mis palabras sonaban muy poco convincentes ante ese auditorio hostil.

Ya estaba entrada la noche; se habían encendido algunas antorchas de pino y algunas velas para proseguir la discusión. Fidel entonces habló durante una larga hora explicando el por qué, en su opinión, no debía ser ajusticiado el compañero Sardiñas. Y explicaba todos los defectos que teníamos; la falta de disciplina, otras faltas que cometíamos a diario, las debilidades que ocasionaban y cómo, en definitiva, el acto repudiable fue cometido en defensa del concepto de la disciplina y que había que considerar siempre esto. Su voz y su presencia en el monte, alumbrado por las antorchas, adquirían tonos patéticos y se notaba cómo muchas gentes cambiaban de idea por la opinión de nuestro líder.

Su enorme poder de persuasión fue puesto a prueba aquella noche.

A pesar de su elocuencia, no todo estaba claro; en definitiva se pensaba que debíamos poner a votación las alternativas: pena de muerte inmediata por fusilamiento o degradación y el subsiguiente castigo.

Muchas fuerzas, producto de los ánimos encendidos, se movían en esta pequeña elección serrana en la cual estaba en juego la vida de un hombre. Hubo que suspender la votación porque algunos lo hacían dos veces y porque se hacía propaganda tergiversando las condiciones planteadas.

Se volvió a explicar cuáles eran las alternativas a votar, pidiendo a todo el mundo que expresara claramente su voluntad.

En una pequeña libreta de notas me tocaba a mi ir haciendo el cómputo de votos emitidos. Lalo era querido por muchos de nosotros; reconocíamos su culpa pero deseábamos que se salvara, como un elemento valioso para la Revolución. Recuerdo que Oniria, una muchachita que se había unido a nuestra columna, casi una niña en aquella época, preguntaba con voz angustiada si ella también podía votar como combatiente de la columna. Se le permitió y, después que todos lo hicieron, empezó el cómputo.

En pequeños cuadritos, similares a los que se usan en medicina para el conteo de laboratorio, iba llevando los resultados de esta extraña votación. Sumamente pareja fue y después de algunas alternativas, la opinión de los ciento cuarenta y seis integrantes de la guerrilla que votaron, se dividió entre setenta y seis que se inclinaron por otro tipo de pena y setenta que pidieron la pena de muerte. Lalo se había salvado.

Esto no acabó aquí. Al día siguiente un grupo de inconformes con la decisión que había adoptado la mayoría, decidió retirarse de la guerrilla. Había una serie de elementos de muy poca categoría humana pero también muchachos valiosos. Paradójicamente, el teniente jefe de la unidad de disciplina y varios de los componentes de la escuadra, descontentos se retiraban del Ejército Rebelde. Recuerdo algunos nombres; un compañero llamado Curro, otro Parejo Jiménez que, a pesar de ser sobrino de un ministro de Batista, participaba en la lucha. También Antonio López se retiraba. No conozco el destino de estos compañeros, pero con ellos, se fueron también tres hermanos Cañizares, cuyos destinos no fueron heroicos. Uno murió en Playa Girón y otro fue prisionero allí, en el intento de invasión de los mercenarios. Aquellos hombres que no respetaron la mayoría y que demostraron su inconformidad abandonando la lucha, después se pusieron al servicio del enemigo y vinieron como traidores a luchar en nuestro suelo.

Se habían formado ya fuerzas que daban características nuevas al desarrollo de nuestra guerra revolucionaria; se estaba profundizando la conciencia de los dirigentes y de los combatientes; hacía carne en nosotros la necesidad de una Reforma Agraria y de cambios profundos e integrales en el andamiaje socia! que era necesario llevar a cabo para sanear el país. Pero esta profundización de la conciencia de los más y los mejores, provocaba choques con una serie de elementos que habían ido a la lucha sólo por un afán de aventuras o, quizás para recoger no sólo laureles sino también bienestar económico de esa participación.

Se retiraron algunos otros descontentos cuyos nombres en este momento no recuerdo, pero si me viene a la memoria el de uno llamado Roberto que después contó toda una historia muy larga y mentirosa al ridículo de Conte Agüero, el que la publicó en Bohemia. Lalo Sardiñas fue destituido y condenado a ganar su rehabilitación peleando sólo con una pequeña patrulla contra el enemigo. Decidía irse con él uno de nuestros tenientes, Joaquín de la Rosa, que era tío de Lalo. En reemplazo del capitán Sardiñas, Fidel me dio uno de sus mejores combatientes: Camilo Cienfuegos, que pasaba a ser capitán de la vanguardia de nuestra columna.

Inmediatamente teníamos que ponemos en camino para liquidar el intento de unos bandoleros, que, amparados en el nombre de nuestra Revolución, estaban cometiendo sus fechorías en los escenarios primeros de nuestra lucha y en la zona cercana a Caracas y el Lomón. La primera tarea de Camilo en nuestra columna fue marchar a paso rápido para tomar prisioneros a todos estos elementos y poder juzgarlos posteriormente.

 

 

Lucha contra el bandidaje

 

Las condiciones de la Sierra permitían ya una vida libre en un territorio más o menos amplio. Este territorio no era ocupado habitualmente por el ejército y, muchas veces, no era siquiera hollado por su planta, pero no teníamos organizado un sistema de gobierno lo suficientemente amplio y estricto como para impedir la libre acción de grupos de hombres que, bajo el pretexto de la acción revolucionaria, se dedicaban a! pillaje, al bandidaje y a toda una serie de acciones delictivas.

Además, las condiciones políticas de la Sierra eran todavía bastante precarias; el desarrollo político de sus habitantes era muy superficial y la presencia de un ejército enemigo, amenazador, a poca distancia no permitía superar estas deficiencias.

El cerco enemigo se iba estrechando nuevamente y había señales de un nuevo avance sobre la Sierra; esto ponía nerviosos a los moradores de la comarca y los más débiles buscaban ya la posibilidad de salvarse de la temida invasión de los asesinos de Batista. Sánchez Mosquera estaba acampado en el poblado de las Minas de Bueycito y se hacía evidente la nueva incursión.

Nosotros en el valle de El Hombrito, octubre del año 1957, estábamos sin embargo, sentando las bases de un territorio libre y sentando el primer rudimento de actividad industrial que hubo en la Sierra; un horno de pan que en esa época se iniciara. En esa misma zona de El Hombrito existía un campamento que era como una antesala para las fuerzas guerrilleras donde grupos de jóvenes que llegaban a incorporarse quedaban bajo la autoridad de algunos
campesinos de confianza de la guerrilla. El jefe del grupo se llamaba Arístidio, había pertenecido a nuestra columna hasta días anteriores al combate de Uvero en el cual no participó por haberse fracturado una costilla al caerse, demostrando luego poca inclinación a seguir en la guerrilla.

Este Arístidio fue uno de los casos típicos de campesinos que se unieron a la Revolución sin una clara conciencia de lo que significaba y al hacer su propio análisis de la situación, encontró más conveniente situarse en la “cerca”, vendió su revólver por algunos pesos y empezó a hacer manifestaciones en la comarca de que él no era bobo para que lo tomaran en su casa, mansito, cuando las guerrillas se fueran y que haría contacto con el ejército. Varias versiones de estas declaraciones de Arístidio llegaron hasta mí. Aquéllos eran momentos difíciles para la Revolución y en uso de las atribuciones que como jefe de una zona tenia, tras de una investigación sumarísima, ajusticiamos al campesino Arístidio.

Hoy nos preguntamos si era realmente tan culpable como para merecer la muerte y si no se podía haber salvado una vida para la etapa de la construcción revolucionaria. La guerra es difícil y dura y durante los momentos en que el enemigo arrecia su acometividad no se puede permitir ni el asomo de una traición. Meses antes, por una debilidad mucho más grande de la guerrilla, o meses después, por una fortaleza relativamente mucho mayor, quizás hubiera salvado su vida; pero Arístidio tuvo la mala suerte de que coincidieran sus debilidades como combatiente revolucionario con el momento preciso en que éramos lo suficientemente fuertes como para sancionar drásticamente una acción como la que hizo y no tan fuertes como para castigarla de otra manera, ya que no teníamos cárcel ni posibilidades de resguardo de otro tipo.

Dejamos transitoriamente la zona dirigiéndonos con nuestras fuerzas en la dirección de Los Cocos sobre el río Magdalena donde debíamos juntarnos con Fidel y capturar toda una banda, que bajo las órdenes del chino Chang, estaba asolando la región de Caracas. Camilo, que había partido con la vanguardia, ya tenía varios prisioneros cuando llegamos a esta zona donde permanecimos en total cerca de diez días. Allí, en una casa campesina, fue juzgado y condenado a muerte el chino Chang, jefe de una banda que había asesinado campesinos, que había torturado a otros y que se había apropiado del nombre y de los bienes de la Revolución sembrando el terror en la comarca. Junto con el chino Chang fue condenado a muerte un campesino que había violado a una muchacha adolescente, también valiéndose de su autoridad como mensajero del Ejército Rebelde y junto con ellos fueron juzgados una buena parte de los integrantes de la banda, constituida por algunos muchachos provenientes de las ciudades y otros campesinos que se habían dejado tentar por la vida libre, sin sujeción a ninguna regla y, a la vez, regalada que les ofrecía el chino Chang.

La mayoría fueron absueltos y con tres de ellos se resolvió dar un escarmiento simbólico; primero fueron ajusticiados el campesino violador y el chino Chang, ambos serenos, fueron atados en los palos del monte y el primero, el violador, murió sin que lo vendaran, de cara a los fusiles, dando vivas a la Revolución. El chino afrontó con toda serenidad la muerte pero pidió auxilios religiosos del padre Sardiñas que en ese momento estaba lejos del campamento, no se le pudo complacer y pidió entonces Chang que se dejara constancia de que había solicitado un sacerdote, como si ese testimonio público le sirviera como atenuante en otra vida.

Luego se realizó el fusilamiento simbólico de tres de los muchachos que estaban más unidos a las tropelías del chino Chang, pero a los que Fidel consideró que debía dárseles una oportunidad; los tres fueron vendados y sujetos al rigor de un simulacro de fusilamiento; cuando después de los disparos al aire se encontraron los tres con que
estaban vivos; uno de ellos me dio la más extraña espontánea demostración de júbilo y reconocimiento en forma de un sonoro beso, como si estuviera frente a su padre. Testigo presencial y gráfico de estos hechos, fue el agente de la CIA Andrew’s Saint George cuyo reportaje publicado en la revista Look le valió un premio en los Estados Unidos como el más sensacional del año.

Podrá parecer ahora un sistema bárbaro este empleado por primera vez en la Sierra, sólo que no había ninguna sanción posible para aquellos hombres a los que se les podía salvar la vida, pero que tenían una serie de faltas bastante graves en su haber. Los tres ingresaron en el Ejército Rebelde y de dos de ellos tuve noticias de su comportamiento brillante durante toda la etapa insurreccional. Uno perteneció
durante mucho tiempo a mi columna y en las discusiones entre los soldados, cuando se juzgaban hechos de guerra y alguien ponía en duda algunos de los que narrara, decía siempre con marcado énfasis: “Yo sí que no le tengo miedo a la muerte y el Che es testigo”, recordando el episodio de su fusilamiento.

A los dos o tres días caía preso también otro grupo cuyo fusilamiento fue para nosotros doloroso; un campesino llamado Dionisio y su cuñado Juan Lebrigio, dos de los hombres que primero ayudaron a la guerrilla. Dionisio, que había ayudado a desenmascarar al traidor Eutimio Guerra y que nos había ayudado en uno de los momentos más difíciles de la Revolución, había abusado totalmente de nuestra confianza al igual que su cuñado, se habían apropiado de todos los víveres que las organizaciones de las ciudades nos mandaban y habían establecido diversos campamentos donde se practicaba la matanza indiscriminada de las reses y, por ese camino, había descendido, incluso al asesinato.

En esta época en la Sierra, las condiciones económicas de un hombre se medían fundamentalmente por el número de mujeres que tuviera y Dionisio, siguiendo la costumbre y considerándose potentado gracias a los poderes que la Revolución le había conferido, había puesto tres casas, en cada una de las cuales tenía una mujer y un abundante abastecimiento de productos. En el juicio, frente a las indignadas acusaciones de Fidel por la traición que había cometido a la Revolución y su inmoralidad al sostener tres mujeres con el dinero del pueblo, sostenía con ingenuidad campesina que no eran tres, sino dos, porque una era propia (lo que era verdad). Junto con ellos fueron fusilados dos espías enviados por Masferrer, convictos y confesos, y un muchacho de apellido Echevarría que cumplían instrucciones especiales en el movimiento. Echevarría, miembro de una familia de combatientes del Ejército Rebelde, uno de cuyos hermanos había llegado en el Gramna, formó una pequeña tropa esperando nuestra llegada y cediendo a no se sabe qué tentaciones, empezó a practicar el asalto a mano armada en el territorio guerrillero.

El caso de Echevarría fue patético porque, reconociendo sus faltas, no quería, sin embargo, morir fusilado; clamaba porque le permitieran morir en el primer combate, juraba que buscaría la muerte en esa forma pero no quería deshonrar a su familia. Condenado a muerte por el tribunal, Echevarría a quien denominábamos El bizco, escribió una larga y emocionante carta a su madre explicándole la justicia de la sanción que en él se ejecutaba y recomendándole ser fiel a la Revolución. El último de los fusilados fue un personaje pintoresco llamado El maestro que fuera mi compañero en algunos momentos difíciles en que me tocó vagar enfermo y con su única compañía por esas lomas, pero luego se había separado de la guerrilla con el pretexto de una enfermedad y se había dedicado también a una vida inmoral, culminando sus hazañas haciéndose pasar por mí, en función de médico tratando de abusar de una muchachita campesina que estaba requiriendo los servicios facultativos para algún mal que la aquejaba. Todos ellos murieron haciendo profesión de revolución salvo los dos espías de Masferrer y aunque no fui testigo presencial de los hechos cuentan que cuando el padre Sardiñas, esta vez presente, fue a dar sus auxilios espirituales a alguno de los reos, éste contestó: “mire padre vea a ver si otro lo necesita, porque la verdad es que yo no creo mucho en eso”.

Estas eran las gentes con que se hacia la Revolución. Rebeldes, al principio, contra toda injusticia, rebeldes solitarios que se iban acostumbrando a satisfacer sus propias necesidades y no concebían una lucha de características sociales; cuando la Revolución descuidaba un minuto su acción fiscalizadora incurrían en errores que los
llevaban al crimen con asombrosa naturalidad. Dionisio o Juaníto Lebrigio, no eran peores que otros delincuentes ocasionales que fueron perdonados por la Revolución y hoy incluso están en nuestro ejército; pero el momento exigía poner mano dura y dar un castigo ejemplar para frenar todo intento de indisciplina y liquidar los elementos de anarquía que se introducían en estas zonas no sujetas a un gobierno estable. Echevarría, aún más, pudo haber
sido un héroe de la Revolución, pudo haber sido un luchador distinguido como dos de sus hermanos, oficiales del Ejército Rebelde, pero le tocó la mala suerte de delinquir en esta época y debió pagar en esa forma su delito. Nosotros dudábamos si poner su nombre o no en estos recuerdos, pero fue tan digna su actitud, tan revolucionaria, estuvo tan entero frente a la muerte y fue tan claro el reconocimiento de la justicia del castigo que nosotros pensamos que su fin no fue denigrante; sirvió de ejemplo, trágico es verdad, pero valioso para que se comprendiera la necesidad de hacer de nuestra Revolución un hecho puro y no contaminarlo con los bandidajes a que nos tenían acostumbrados los hombres de Batista.

En estos juicios intervino por primera vez como abogado un hombre que venía a refugiarse a la Sierra por algunos altercados que había tenido con los dirigentes del 26 de Julio en el llano, era abogado y fue ministro de Agricultura de la Revolución hasta el minuto en que se firmó la Ley de Reforma Agraria (que la firmaron los demás, porque él no quiso comprometerse en ella): Sori Marín.

Acabado el penoso deber de pacificar y moralizar toda la zona que debía quedar bajo la administración rebelde, emprendimos el camino de vuelta hacia nuestra zona de El Hombrito con la columna dividida en tres pelotones. El de vanguardia estaba mandado por Camilo Cienfuegos y tenía por tenientes a Orestes, hoy comandante, que era la punta de vanguardia, a Boldo Leyva y Noda. El pelotón siguiente estaba comandado por el capitán Raúl Castro Mercader y sus tenientes eran Alfonso Zayas, Orlando Pupo y Paco Cabrera. Nuestra comandancia estaba formada por un pequeño Estado Mayor que dirigía Ramiro Valdés y Joel Iglesias era el teniente, Joel Iglesias todavía no habla cumplido dieciséis años, tenía bajo sus órdenes a hombres mayores de treinta a los cuales se dirigía respetuosamente de usted para darles órdenes, mientras éstos le contestaban tuteándolo pero obedecían disciplinadamente las órdenes de Joel. El pelotón de retaguardia estaba mandado por Ciro Redondo y tenía de tenientes a Vilo Acuña, Félix Reyes, William Rodríguez y Carlos Mas.

A fines de octubre de 1957 nos volvimos a establecer en El Hombrito para iniciar los trabajos que debían dar lugar a una zona fuertemente defendida por nuestro ejército. Habían llegado dos estudiantes de La Habana, uno de ingeniería y otro de veterinaria y con ellos empezamos a establecer los planes de una pequeña hidroeléctrica que trataríamos de construir en el río de El Hombrito y a sentar las bases del periódico mambí. Para ello había un viejo mimeógrafo traído del llano en el cual se tiraron los primeros números de El Cubano Libre, cuyos redactores y tipógrafos principales eran los estudiantes Geonel Rodríguez y Ricardito Medina.

Allí, amparados por la abierta generosidad de los vecinos de El Hombrito y, sobre todo, de nuestra buena amiga la “vieja” Chana, como le decíamos todos, empezamos a desarrollar nuestra vida sedentaria y construimos por fin, el horno de pan, dentro de un bohío abandonado para que la aviación no detectara ninguna construcción nueva. Además, mandamos a preparar una inmensa bandera del 26 de Julio que tenía un lema: Feliz Año 1958, la que fue
puesta en una de las lajas cimeras de El Hombrito, con la intención de que fuera vista incluso por los pobladores de las Minas de Bueycito, mientras recorríamos la zona para ir sentando una autoridad real sobre ella y nos preparábamos a afrontar la ya inminente invasión de Sánchez Mosquera, fortificando las entradas de El Hombrito por las zonas de más probable acceso.

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