Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (IX)

9d7bf805-5185-448c-b5c7-d0f51f8f892c

 

El cachorro asesinado

 

Para las difíciles condiciones de la Sierra Maestra, era un día de gloria. Por Agua Revés, uno de los
valles más empinados e intrincados en la cuenca del Turquino, seguíamos pacientemente la tropa de Sánchez Mosquera; el empecinado asesino dejaba un rastro de ranchos quemados, de tristeza hosca por toda la región pero su camino lo llevaba necesariamente a subir por uno de los dos o tres puntos de la Sierra donde debía estar Camilo. Podía ser en el firme de la Nevada o en lo que nosotros llamábamos el firme “del cojo”, ahora llamado “del muerto”.

Camilo había salido apresuradamente con unos doce hombres, parte de su vanguardia, y ese escaso número debía repartirse en tres lugares diferentes para detener una columna de ciento y pico de soldados. La misión mía era caer las espaldas de Sánchez Masquera y cercarlo. Nuestro afán fundamental era el cerco, por eso seguíamos con mucha paciencia y distancia las tribulaciones de los bohíos que ardían entre las llamas de la retaguardia enemiga; estábamos lejos, pero se oían los gritos de los guardias. No sabíamos cuántos de ellos habría en total. Nuestra columna iba caminando dificultosamente por las laderas, mientras en lo hondo del estrecho valle avanzaba el enemigo.

Todo hubiera estado perfecto si no hubiera sido por la nueva mascota: era un pequeño perrito de caza, de pocas semanas de nacido. A pesar de las reiteradas veces en que Félix lo conminó a volver a nuestro centro de operaciones -una casa donde quedaban los cocineros-, el cachorro siguió detrás de la columna. En esa zona de la Sierra Maestra, cruzar por las laderas resulta sumamente dificultoso por la falta de senderos. Pasamos una difícil “pelúa”, un lugar donde los viejos árboles de la “tumba” -árboles muertos- estaban tapados por la nueva vegetación que había crecido y el paso se hacía sumamente trabajoso; saltábamos entre troncos y matorrales tratando de no perder el contacto con nuestros huéspedes. La pequeña columna marchaba con el silencio de estos casos, sin que apenas una rama rota quebrara el murmullo habitual del monte; éste se turbó de pronto por los ladridos desconsolados y nerviosos del perrito. Se había quedado atrás y ladraba desesperadamente llamando a sus amos para que lo ayudaran en el difícil trance. Alguien pasó al animalito y otra vez seguimos; pero cuando estábamos descansando en lo hondo de un arroyo con un vigía atisbando los movimientos de la hueste enemiga, volvió el perro a lanzar sus histéricos aullidos; ya no se conformaba con llamar, tenía miedo de que lo dejaran y ladraba desesperadamente.

Recuerdo mi orden tajante: “Félix, ese perro no da un aullido más, tú te encargarás de hacerlo. Ahórcalo. No puede volver a ladrar.” Félix me miró con unos ojos que no decían nada. Entre toda la tropa extenuada, como haciendo el centro del circulo, estaban él y el perrito. Con toda lentitud sacó una soga, la ciñó al cuello del animalito y empezó a apretarlo. Los cariñosos movimientos de su cola se volvieron convulsos de pronto, para ir poco a poco extinguiéndose al compás de un quejido muy fijo que podía burlar el circulo atenazante de la garganta. No sé cuánto tiempo fue, pero a todos nos pareció muy largo el lapso pasado hasta el fin. El cachorro, tras un último movimiento nervioso, dejó de debatirse. Quedó allí, esmirriado, doblada su cabecita sobre las ramas del monte.

Seguimos la marcha sin comentar siquiera el incidente. La tropa de Sánchez Mosquera nos había
tomado alguna delantera y poco después se oían unos tiros; rápidamente bajamos la ladera, buscando entre las dificultades del terreno el mejor camino para llegar a la retaguardia; sabíamos que Camilo había
actuado. Nos demoró bastante llegar a la última casa antes de la subida; íbamos con muchas precauciones, imaginando a cada momento encontrar al enemigo. El tiroteo había sido nutrido pero no había durado mucho, todos estábamos en tensa expectativa. La última casa estaba abandonada también. Ni rastro de la soldadesca. Dos exploradores subieron el firme “del cojo”, y al rato volvían con la noticia: “Arriba había una tumba. La abrimos y encontramos un casquito enterrado”. Traían también los papeles de la víctima hallados en los bolsillos de su camisa. Había habido lucha y una muerte. El muerto era de ellos, pero no sabíamos nada más.

Volvimos desalentados, lentamente. Dos exploraciones mostraban un gran rastro de pasos, para ambos lados del firme de la Maestra, pero nada más. Se hizo lento el regreso, ya por el camino del
valle.

Llegamos por la noche a una casa, también vacía; era en el caserío de Mar Verde, y allí pudimos descansar. Pronto cocinaron un puerco y algunas yucas y al rato estaba la comida. Alguien cantaba una tonada con una guitarra, pues las casas campesinas se abandonaban de pronto con todos sus enseres dentro.

No sé si seria sentimental la tonada, o si fue la noche, o el cansancio… Lo cierto es que Félix, que comía sentado en el suelo, dejó un hueso. Un perro de la casa vino mansamente y lo cogió. Félix le puso la mano en la cabeza, el perro lo miró; Félix lo miró a su vez y nos cruzamos algo así como una mirada culpable. Quedamos repentinamente en silencio. Entre nosotros hubo una conmoción imperceptible. Junto a todos, con su mirada mansa, picaresca con algo de reproche, aunque observándonos a través de otro perro, estaba el cachorro asesinado.

 

 

El combate de Mar Verde

 

Poco antes de la madrugada, cinco o cinco y media de la mañana, me levanté después de dormir sin angustias, con el sexto sentido, desarrollado en la vida militar, embotado ese día por el cansancio y la comodidad de una cama campesina del poblado de Mar Verde. Hicimos el desayuno tranquilamente mientras se esperaban noticias de los múltiples mensajeros que habían sido enviados para hacer contacto con los grupos guerrilleros.

Apenas el sol había comenzado a aclarar, uno de los pocos campesinos que quedaban en la zona vino con una noticia extraña y alarmante. Había visto algunos soldados buscando gallinas y huevos en una casa a no más de medio kilómetro de distancia. Inmediatamente lo mandé a que inquiriera todo lo posible sobré los guardias; que trabara contacto con ellos y averiguara cuál era su fuerza. El campesino no se animó a cumplir su cometido totalmente, pero trajo la noticia de que en la casa de Reyes, uno o dos kilómetros arriba, ya subiendo la Sierra de la Nevada, había un grupo grande de soldados acampados. No podía ser otro que Sánchez Mosquera.

Hubo entonces que organizar a toda carrera la forma de entablar combate para cercarlo en algún lugar propicio y aniquilarlo luego.

Primeramente había que pensar cuál sería su actitud futura. Tenía dos caminos posibles; tomar el de la Nevada para, tras un fatigoso viaje, pasando por Santa Ana salir a California, y de allí, a las Minas de Bueycito o, lo que parecía más lógico por lo corto del viaje y por las posibilidades que para él conllevaba, que Sánchez Mosquera siguiera la ruta inversa y llegara, por el río Turquino, al pequeño pueblo que está al pie mismo del monte Turquino, Ocujal. Por las dudas, teníamos que reforzar rápidamente los dos puntos, para impedir que rompiera el cerco en ellos. Si decidía irse por la parte superior del camino de la Nevada, no había para nosotros posibilidad de presentarle fuerzas, salvo que Camilo les hubiera seguido.

Camilo había luchado con ellos el día anterior por la zona de Altos de Conrado y ahora no se sabía su paradero.

Sin embargo, fueron llegando rápidamente los mensajeros. Las fuerzas de reserva que teníamos en El Hombrito se movilizaban por la zona de la Nevada y el cementerio, para colocarse por encima de Sánchez Mosquera y cerrarle el camino. Camilo había llegado y estaba en esa zona. Se les envió orden de que no se dejaran ver ni entablaran combate hasta que no se oyeran los primeros disparos, salvo que trataran de salir por la zona por ellos defendida. Por la parte oeste se envió a las escuadras de los tenientes Noda y Vilo Acuña; al este, el capitán Raúl Castro Mercader cerraba el cerco. Mi pequeña escuadra con algunos refuerzos, era la encargada de hacer la emboscada en el caso de que, como suponíamos, trataran de bajar hacia el mar.

En las primeras horas de la mañana, ya completo el cerco, se dio la voz de alarma. Se veía la punta de la vanguardia enemiga avanzar por el camino real que, siguiendo el pequeño arroyo existente en esa zona, va a dar al río Turquino. El lugar elegido para empezar la lucha, en el caso que llegaran por mi lado, estaba flanqueado por una cuchilla de potrero que permitía mantenerse ocultas en uno de sus lados a nuestras tropas, pero no actuar ni hacer observaciones sino después de iniciado el combate. Esto ocurría a un lado del camino, del otro hay un pequeño montecito, cuyo último árbol es un mango; en él estaba apostado yo, que debía disparar a quemarropa sobre los soldados y uno o dos metros más adelante estaban Joel Iglesias y otros compañeros. La posición era ideal para matar a los primeros pero no permitía seguir la lucha; pensamos que inmediatamente se retirarían las tropas enemigas para buscar mejores posiciones y nosotros a nuestra vez podríamos entonces abandonar la emboscada.

Se oyeron los pasos de los soldados casi encima nuestro; en el potrero habían visto que solamente eran tres hombres pero no nos pudieron avisar a tiempo. En esa época mi única arma era una pistola Luger y me sentía nervioso por la suerte de los dos o tres compañeros que estaban más cerca que yo del enemigo, de modo que apuré demasiado el primer disparo y erré el tiro. Inmediatamente, como sucede en estos casos, se generalizó el tiroteo y fue atacada la casa donde estaba el grueso de las fuerzas de Sánchez Mosquera. Aquí, en la emboscada, sucedió un minuto de extraño silencio; cuando fuimos a recoger los muertos, luego del primer tiroteo, en el camino real no había nadie; junto a dicho camino había una manigua y, en ella un hueco tallado en el Tibisí por donde se habían deslizado los soldados enemigos. Iniciamos inmediatamente la búsqueda para cercarlos, ya que no aparecían más soldados.

Mientras dábamos la vuelta, Joel Iglesias, seguido de Rodolfo Vázquez y de Geonel Rodríguez, se
metía por el mismo camino de los soldados, siguiendo el túnel vegetal. Oía su voz intimándoles la rendición y asegurando la vida a los prisioneros. De pronto, se oyó una sucesión rápida de disparos y los compañeros me avisaron que Joel estaba gravemente herido. La suerte de Joel, dentro de todo, fue extraordinaria, tres fusiles Garands le dispararon a quemarropa: su propio fusil Garand fue atravesado por dos balas y su culata rota, otra le quemó una mano, la siguiente una mejilla, dos le perforaron el brazo, dos una pierna, y algunas otras más le dieron rozones también. Estaba cubierto de sangre pero, sin embargo, sus heridas eran relativamente leves. Lo sacamos inmediatamente y lo enviamos en una hamaca a curarse al hospital.

Antes de ocuparnos del combate en general, debíamos seguir buscando a los tres soldados. Pronto se oyó una voz, la de Silva, que gritaba: “¡allí están!” señalando el lugar con un escopetazo de su calibre doce y al poco rato la voz de los soldados rindiéndose. Obtuvimos allí tres Garands con sus correspondientes prisioneros; uno de nuestros buenos combatientes estaba herido. Ese era el saldo, por el momento.

Enviamos a los prisioneros por el mismo camino del herido y ya podíamos ocuparnos de ir organizando el combate. Según el interrogatorio hecho a los soldados, Sánchez Mosquera tenía entre ochenta y cien hombres. No se podía saber si la cifra era cierta o no, pero esas eran las aseveraciones de los prisioneros; estaba en una posición bien defendida y tenían ametralladoras, armas livianas y parque en cantidad.

Entendimos que lo mejor era no empeñar un combate directo, de resultados dudosos, ya que nuestras fuerzas tenían aproximadamente el mismo número de combatientes, pero con armamento inferior y Sánchez Mosquera estaba a la defensiva, bien parapetado. Decidimos acosarlo para imposibilitar sus movimientos hasta que llegara la noche, momento propicio para nuestro ataque.

A las pocas horas, sin embargo, llegó la noticia de que una tropa de refuerzo comandada por el capitán Sierra, estaba subiendo desde el mar. Organizamos inmediatamente dos patrullas que debían detenerlos: una de ellas, dirigida por William Rodríguez, debía atacarlo en la zona de Dos Brazos del Turquino. La otra, comandada por el teniente Leyva, debía esperar los refuerzos para atacarlos en momentos que coronaran la ascensión de una serranía, a sólo dos kilómetros del lugar del combate, en una posición muy favorable para nosotros, y allí aniquilarles la vanguardia. De la preparación de esta última posición me ocupé personalmente, dejando a cargo de la iniciativa de los otros compañeros la preparación de las emboscadas primeras.

Todo el frente estaba tranquilo y, sólo de cuando en cuando, disparábamos algún tiro sobre el techo de zinc de la casa donde estaban los soldados, para mantenerlos en jaque. Sin embargo, a media tarde, se oyó un prolongado tiroteo sobre la parte superior de la posición y, más tarde, me llegaba la noticia triste: Ciro Redondo, tratando de forzar las líneas enemigas, había sido muerto y se había perdido su cuerpo, no así sus armas, rescatadas por Camilo. Por nuestro lado se empezaban a escuchar también los tiros con que anunciaban los soldados enemigos su llegada. Al poco tiempo se originaba un fuerte tiroteo y nuestras defensas en la parte sur eran arrolladas por el refuerzo que le llegaba a Sánchez Mosquera.

Debimos retirarnos. Una vez más se salvaba este esbirro. Dimos las órdenes pertinentes para efectuar una retirada tranquila y lo fuimos haciendo a paso lento nosotros también, para llegar al arroyo del Guayabo y, después, al valle de El Hombrito, nuestra guarida más segura.

Al llegar allí y establecer el recuento de todas las acciones habidas, podíamos decir lo siguiente: Según las narraciones de los combatientes, había varios muertos, noticia cuya veracidad no se podía asegurar, de la parte del ejército; asimismo, lo manifestaron los defensores de la posición del extremo sur al mando del teniente Leyva. Sin embargo, se había perdido un grupo de mochilas que dejaron en custodia en la Zona sur nuestros combatientes. Uno de ellos, de nombre Alberto, que había sido enviado a llevar los prisioneros hechos por la mañana, al regresar decidió quedarse a dormir en ese lugar en vez de seguir el combate y las tropas enemigas lo sorprendieron durmiendo junto con todas las mochilas y le hicieron prisionero. Después nos enteraríamos que fuera asesinado en la zona de El Hombrito.

Estaban heridos Roberto Fajardo, Joel Pardo, del día anterior en otro combate con Sánchez Mosquera, un combatiente de apellido Reyes, que luego muriera con el grado de capitán, Javier Pazos y Joel Iglesias y había muerto Ciro Redondo. La pesadumbre era grande, se aunaba el sentimiento por no haber podido aprovechar la victoria contra Sánchez Mosquera y la pérdida de nuestro gran compañero Ciro Redondo.

Envié entonces una carta a Fidel proponiendo su ascenso póstumo y poco después se le confería ese grado, lo que aparecía publicado en nuestro periódico El Cubano Libre.

El combate y la muerte de Ciro Redondo, ocurrió el 29 de noviembre de 1957.

Poco antes de retirarnos una bala dio en el tronco de un árbol a pocos centímetros de mi cabeza y Geonel Rodríguez me increpó por no agacharme. Después razonaba este compañero, quizás con la tendencia a las especulaciones matemáticas impuestas por su carrera de ingeniero, que él tenía más chance de llegar con vida al fin de la Revolución que yo, pues nunca la arriesgaba si no era para cosas necesarias. Y era verdad, aunque Geonel Rodríguez, que en ese combate tuvo su bautismo de fuego, nunca arriesgaba la vida innecesariamente, siempre fue un combatiente ejemplar, por su valor, su decisión y su inteligencia; pero fue él el que no llegó a ver el final de la guerra revolucionaria: unos meses después caía durante la gran ofensiva del ejército contra nuestras posiciones.

Por la noche dormíamos en el Guayabo. Había que preparar todas las condiciones para que no fueran a ocurrir algunas sorpresas y no se nos fueran a meter en El Hombrito sin combatir fuertemente para logrado. Esa era nuestra tarea fundamental por el momento.

 

 

Altos de Conrado

 

Los días siguientes al combate de Mar Verde fueron de febril actividad, el convencimiento de que todavía nuestras fuerzas no tenían la capacidad combativa suficiente para organizar luchas continuadas o cercos eficaces, ni para resistir ataques frontales, hacía que se extremaran las precauciones en el Valle de El Hombrito. Este valle queda a pocos kilómetros de Mar Verde y para ir a él, hay que subir por el camino real que va a Santa Ana, cruzando por el río Guayabo, pequeño arroyo serrano, de Santa Ana se llega al Valle de El Hombrito. Pero también tiene entradas posibles por el mismo río Guayabo por el sur, por la Loma de la Botella y, además, por el camino real que viene de la Mina del Frío.

Todos estos puntos había que defenderlos y establecer vigilancia constante para evitar que nos sorprendieran haciendo avanzar la tropa directamente por los montes.

La impedimenta mayor había sido trasladada a la zona de La Mesa, en la casa de Polo Torres, y los heridos también habían sido trasladados hacia este lugar, de ellos, el único que no podía caminar, en razón de sus heridas en la pierna, era Joel Iglesias.

Las tropas de Sánchez Mosquera estaban acampadas precisamente en Santa Ana, aunque había otras que se habían movido por el camino de California, cuyo paradero no se conocía.

Cuatro o cinco días después del encuentro de Mar Verde, se dio la orden de alarma de combate, avanzaban las tropas de Sánchez Mosquera por el camino más lógico, el que va directamente de Santa Ana a El Hombrito. Se avisó inmediatamente a las emboscadas y se chequearon las minas. Estas primeras minas fabricadas por nosotros tenían una rudimentaria espoleta hecha con un resorte y un clavo que, al liberarse, impulsado por el resorte golpeaba el detonante, sin embargo, no habían funcionado en la emboscada de Mar Verde, esta vez, tampoco funcionaron.

Al poco tiempo se escuchaban los disparos del combate desde el puesto de mando y llegaba la noticia al no funcionar las minas y dada la cantidad de tropas enemigas que venían, que se habían retirado los combatientes, pero no sin hacerles varias bajas al enemigo. El primero de ellos era descrito como un sargento grande, gordo, con un revólver 45 y sus arreos, que venía encabezando la columna montado a caballo.

El teniente Enrique Noda y un combatiente llamado El Mexicano, le habían tirado con sus Garands a pocos pasos y los dos coincidían en la descripción del individuo; además, se decía que había otras bajas, pero lo cierto es que, las tropas de Sánchez Mosquera habían desbaratado la defensa.

(Semanas después un campesino de apellido Brito, vino a agradecerme la generosidad nuestra, ya que fue obligado a encabezar la columna y vio cuando los muchachos le tiraron “para hacer el paripé”. Ese mismo campesino me informó que no hubo bajas allí, pero si en Altos de Conrado.)

El lugar que ocupábamos, era tan difícil de defender con nuestras pocas fuerzas que no habíamos hecho propiamente atrincheramiento, salvo las defensas viejas, construidas para obstaculizar el acceso desde las Minas de Bueycito y, al avanzar por el camino real, el enemigo ponía en peligro todas nuestras emboscadas, de manera que se dio orden de repliegue a todas ellas y fuimos retirándonos, quedando sólo algunas pocas familias que se animaban a resistir la maldad de los guardias, ya sea por su valor personal o porque tenían algún secreto contacto con ellos.

Nos retiramos lentamente por el camino que va hacia Altos de Camada. Los Altos de Conrado no es más que un pequeño montículo que sobresale en la línea de la Maestra y en cuya parte superior vivía un campesino llamado Conrado. Este compañero era miembro del Partido Socialista Popular y desde el primer momento se había conectado con nuestras tropas, prestándonos valiosos servicios, había evacuado la familia y la casa estaba sola. El lugar era magnífico para hacer una emboscada, allí solamente se podía llegar por tres estrechos senderos que
serpentean por los firmes de las lomas, muy arbolados y, por tanto, muy fáciles de defender, todo el resto está defendido por peñones abruptos y por laderas igualmente abruptas, sumamente difíciles de escalar.

En un lugar donde hay una pequeña furnia, el camino se abre. Allí preparaban las condiciones para resistir el ataque de las fuerzas de Sánchez Mosquera. Y también desde el primer día, en el fogón de la casa, colocamos dos bombas con sus mechas, la trampa era muy simple, si nos retirábamos probablemente ellos quedarían en la casa y usarían el fogón. En medio de las cenizas, cubiertas totalmente por ellas, estaban las dos bombas, calculábamos que el calor del fuego o alguna brasa que se pusiera en contacto con las mechas, las haría estallar haciendo una buena cantidad de bajas, pero, naturalmente, ese era un recurso posterior, primero habría que luchar en los Altos de Conrado.

Allí estuvimos pacientemente esperando, durante tres días, haciendo guardias constantes las 24 horas. Las noches eran muy frías y húmedas a aquellas alturas y en aquella época del año, realmente; ni teníamos la preparación necesaria ni el hábito de pasarnos toda la noche en posición de combate a la intemperie.

Habíamos hecho preparar en el mimeógrafo de nuestro periódico El Cubano Libre, cuyo primer número había salido en esos días, una proclama a los militares para dejarla pegada en los árboles del camino que debían seguir. El día 8 de diciembre por la mañana, oímos desde las alturas del peñón los aprontes de la tropa para subir, caracoleando por el camino, hasta la zona donde estábamos unos doscientos metros más arriba. Mandamos a colocar las proclamas, y lo hizo el compañero Luis Olazábal. Oíamos los gritos de la tropa en una discusión muy violenta en la cual se alcanzó a escuchar con toda nitidez, por mí personalmente, pues estaba atisbando desde la orilla del paredón, el grito de alguien que mandaba, al parecer un oficial y que decía: “Usted va delante por mis cojones”, mientras el soldado, o quien fuera, respondía airadamente que no. La discusión cesó y la tropa se puso en movimiento.

Podíamos ver la columna en marcha, a retazos, oculta entre los árboles. Cuando llevaban algún tiempo de escalar por el camino, me llené de dudas sobre si era bueno o no prevenirlos acerca de la emboscada con las proclamas. En definitiva, mandé nuevamente a Luis a que retirara los papeles, por solamente fracciones de segundos pudo hacerlo, ya que los primeros soldados venían subiendo rápidamente.

Las disposiciones del combate eran muy sencillas, suponíamos que, al llegar al claro, vendría uno solo delante a alguna distancia de sus compañeros, ése por lo menos tenía que caer. Detrás de un gran almácigo estaba Camilo esperándolo, de manera que, al cruzar por delante de él, atento a lo que pasaba, seguramente mirando al frente, le descargaría su ametralladora a menos de un metro, entonces se generalizaría el fuego de las dos alas donde estaban diversos tiradores apostados, perfectamente escondidos en el monte. El teniente Ibrahím y algún otro más, justo frente al camino, a unos diez metros de Camilo, debían cubrirlo con su fuego frontal de manera que nadie pudiera acercarse a su refugio, luego que éste matara al de la vanguardia.

Mi puesto estaba a unos veinte metros en una posición oblicua, detrás de un tronco que me protegía la mitad del cuerpo y apuntando directamente a la entrada del camino donde venían los soldados. Algunos compañeros y yo no podíamos mirar en el primer momento, pues estábamos en un lugar pelado y seriamos visibles; debíamos esperar a que Camilo abriera el fuego. Atisbando, contra la orden que yo mismo había dado, pude apreciar ese momento tenso antes del combate en que el primer soldado apareció mirando desconfiado a uno y otro lado y fue avanzando lentamente. De verdad, todo allí olía a emboscada, era un espectáculo extraño al paisaje el peladero con un pequeño manantial que corría constantemente, en medio de la exuberancia del bosque que nos rodeaba. Los árboles, algunos tumbados y otros en pie, muertos por la candela, daban una impresión tétrica. Escondí la cabeza esperando el comienzo del combate; sonó un disparo y enseguida se generalizó el fuego. Después me enteré que no había sido Camilo el que tiró; Ibrahím, nervioso por la espera, disparó antes de tiempo y en pocos instantes se había generalizado el tiroteo, aunque, en realidad, de cada puesto de observación se podía ver muy poco. Nuestros tiros aislados con pretensiones de llevar la muerte en cada uno y los disparos de la soldadesca, dilapidados en largas ráfagas, se “juntaban, pero no se mezclaban”, reconociéndose en uno y otro ruido la identidad de quien los hacía. A los pocos minutos -cinco o seis- se sintieron sobre nuestras cabezas los primeros silbidos de morteros o bazookas que disparaban los soldados, pero que pasaban de largo estallando a nuestras espaldas.

De pronto sentí la desagradable sensación, un poco como de quemadura o de la carne dormida, señal de un balazo en el pie izquierdo que no estaba protegido por el tronco. Acababa de disparar con mi fusil (lo había tomado de mirilla telescópica para ser más preciso en el tiro), simultáneamente con la herida oí el estrépito de gente que avanzaba rápidamente sobre mí, partiendo ramas, como a paso de carga. El fusil no me servía, pues acababa de disparar; la pistola, al estar tirado en el suelo se me había corrido, quedando debajo del cuerpo y no podía levantarme porque estaba directamente expuesto al fuego del enemigo. Revolviéndome como pude, con desesperada celeridad, llegué a empuñar la pistola en el mismo momento en que aparecía uno de los combatientes nuestros de nombre Cantinflas. Sobre la angustia pasada y el dolor de la herida, se interponía de pronto el pobre Cantinflas, diciéndome que se retiraba porque su fusil estaba encasquillado. Lo tomé violentamente de las manos mientras se agachaba a mi lado y examiné su Garand, solamente tenía el clip levemente ladeado y eso lo había trabado. Se lo arreglé con un diagnóstico que cortaba como una navaja: “Usted lo que es un pendejo”. Cantinflas, Oñate de apellido, tomó el fusil
y se incorporo, dejando el refugio del tronco, para vaciar su peine de Garand en demostración de valentía. Sin embargo, no pudo hacerlo completo porque una bala le penetró por el brazo izquierdo saliéndole por el omóplato, después de cubrir una curiosa trayectoria. Ya éramos dos los heridos en el mismo lugar y era difícil retirarse bajo el fuego, había que dejarse deslizar sobre los troncos de la tumba y después caminar bajo ellos, heridos como estábamos y sin saber del resto de la gente. Poco a poco lo hicimos, pero Cantinflas se fue desmayando y yo, que a pesar del dolor, podía moverme mejor, llegué hasta donde estaban los demás para pedir ayuda.

Se sabía que había algunos muertos entre los soldados, aunque no el número exacto. Después de rescatados los heridos (nosotros dos) nos fuimos alejando hasta la casa de Polo Torres, dos o tres kilómetros Maestra abajo. Después de pasado el primer momento de euforia y la emoción en el combate, el dolor cada vez era más intenso impidiéndome caminar. Al fin, a mitad de camino, monté un caballo que me llevó hasta el improvisado hospital, mientras Cantinflas era traído en nuestra camilla de campaña, una hamaca.

El tiroteo había ya cesado y nosotros supusimos que ya habían tomado los Altos de Conrado. Establecimos las postas para detenerlos en la orilla de un pequeño arroyo en un lugar bautizado por nosotros con el nombre de Pata de la Mesa, mientras organizábamos la retirada de los campesinos con sus familias y le enviaba a Fidel una larga carta explicatoria de los hechos.

Envié la columna comandada por Ramiro Valdés, a que se uniera a Fidel, pues había cierta sensación de derrota y de miedo en nuestra tropa y quería permanecer solamente con la gente indispensable para realizar una defensa ágil. Camilo quedaba al frente del pequeño grupo de defensa.

Debido a la tranquilidad aparente que había, mandamos al día siguiente al del combate a uno de
nuestros mejores exploradores, Lien de apellido, a que viera qué estaba haciendo el ejército enemigo. Nos enteramos entonces de que la tropa se había retirado totalmente de la zona, el explorador llegó hasta la casa de Conrado y no había rastro de soldados, como prueba de su inspección traía una de las bombas que habían quedado ocultas en el bohío.

Al pasar revista a las armas, faltaba un fusil, el del compañero Guile Pardo que había cambiado su arma por otra y, al retirarse, había llevado solamente la última dejando la anterior en su puesto de combate. Ese era uno de los delitos más graves que se podía cometer y la orden fue terminante: Tenía que ir con un arma corta y rescatar el fusil de manos del enemigo o traer otro. Cabizbajo, partió Guile a cumplir su misión, pero a las pocas horas volvía sonriente con su propia arma en la mano, el enigma despejado era que el ejército nunca avanzó más allá del lugar donde se atrincheró al resistir nuestro ataque, que cada uno se había retirado por su lado de modo que ningún ser viviente había llegado hasta el puesto de combate, lo único que había sufrido el fusil era un aguacero.

Este puesto de avance del ejército significó en mucho tiempo su mayor penetración en la Sierra, y en esta zona concretamente, esa fue su mayor penetración. Un reguero de casas quemadas, como siempre sucedía al paso de Sánchez Mosquera, era lo que quedaba en El Hombrito y en otras zonas. Nuestro horno de pan había sido concienzudamente destruido y entre las ruinas humeantes solamente se encontraron algunos gatos y algún puerco que escapó a la vesania del ejército invasor para caer en nuestras fauces. Uno o dos días después del combate, Machadito, hoy Ministro de Salud Pública, con una cuchilla de afeitar me operó la herida, extrayéndome una bala de carabina M-1, con lo que rápidamente inicié, el proceso de curación.

Sánchez Mosquera había cargado con todo lo que podía, desde sacos de café hasta muebles que habían llevado sus soldados. Daba la impresión que no repetiría pronto una incursión por la Sierra y había que preparar las condiciones políticas de toda la zona y volver a la tarea de organizar nuestro centro fundamental industrial que ahora ya no estaría en El Hombrito, sino un punto más atrás, en la misma zona de la Mesa.

[Verde Olivo, 6 de octubre, 1963.]

Anuncios

Un pensamiento en “Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (IX)

  1. Pingback: Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (IX) – Diario Octubre

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s