Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (XI)

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Interludio

 

En los meses de abril de 1958 y junio del mismo año se observaron dos polos de la ola insurreccional.

A partir de febrero, después del combate de Pino del Agua, ésta fue aumentando gradualmente hasta amenazar convertirse en avalancha incontenible. El pueblo se insurreccionaba contra la dictadura en todo el país y particularmente en Oriente. Luego del fracaso de la huelga general decretada por el Movimiento, la ola decreció hasta alcanzar su punto más bajo en junio, cuando las tropas de la dictadura estrechaban más y más el cerco sobre la columna 1.

En los primeros días de abril salía Camilo del abrigo de la Sierra hacia la zona del Cauto, donde recibiría su nombramiento de comandante de la columna 2, “Antonio Mareo”, y realizaba una serie de hazañas impresionantes en los llanos de Oriente. Camilo fue el primer comandante del ejército que salió al llano a combatir con la moral y la eficacia del ejército de la Sierra, poniendo en duros aprietos a la dictadura hasta días después del fracaso del 9 de abril, momentos en que retornara a la Sierra Maestra.

Al amparo de la situación, en los días de auge de la ola revolucionaria, se fueron creando toda una serie de campamentos, formados por alguna gente que ansiaba luchar y por otra que pensaba solamente en conservar el uniforme limpio para poder entrar en triunfo en La Habana. Después del 9 de abril, cuando la contraofensiva de la dictadura empezó a acentuarse, estos grupos fueron desapareciendo o se incorporaron a la Sierra.

La moral cayó tanto que el ejército considero oportuno ejercer la gracia y preparo unos volantes que distribuía desde el aire en las zonas de alzados. El volante decía así:

Compatriotas: Si con motivo de habérsete complicado en complots insurrecciónales te encuentras todavía en el campo o en el monte, tienes oportunidad de rectificar y volver al seno de tu familia.

El Gobierno ha ordenado ofrecer respeto para tu vida y enviarte a tu hogar si depones las armas y te acoges a la Ley.

Preséntate al Gobernador de la Provincia, al Alcalde de tu Municipio, al Congresista amigo, al Puesto Militar, Naval o Policiaco más cercano o a cualquier autoridad eclesiástica.

Si estuvieras en despoblado, trae contigo tu arma colocada sobre uno de tus hombros y con las manos en alto.

Si hicieras tu presentación en zona urbana, deja escondido en lugar seguro tu armamento para que lo comuniques y sea recogido inmediatamente. Hazlo sin pérdida de tiempo, porque las operaciones para la pacificación total continuarán con mayor intensidad en la zona donde te encuentras.

Después publicaban fotos de presentados, algunos reales y otros no. Lo evidente es que la ola contrarrevolucionaria aumentaba. Al final se estrellaría contra los picos de la Sierra, pero a fines de abril y principios de mayo estaba en pleno ascenso.

Nuestra misión, en la primera fase del período examinado, era mantener el frente que ocupaba la cuarta columna y que llegaba a las cercanías del poblado de Minas de Bueycito. Allí estaba Sánchez Mosquera acantonado y nuestra lucha fue de fugaces encuentros sin arriesgar por una y otra parte un combate decisivo. Nosotros, por las noches, les tirábamos nuestros M-26, pero ellos ya conocían el escaso poder mortífero de esta arma y simplemente habían puesto una gran red de alambre tejido donde las cargas de TNT estallaban en sus fundas de lata de leche condensada, produciendo solamente mucho ruido.

Nuestro campamento llegó a estar situado a unos 2 kilómetros de las Minas, en un paraje denominado La Otilia, en la casa de un latifundista de la zona. Desde allí vigilábamos los movimientos de Sánchez Mosquera y día a día se entablaban curiosas escaramuzas. Los esbirros sallan por la madrugada quemando chozas de campesinos a los que despojaban de todos sus bienes y retirándose, antes de que nosotros interviniéramos, en otras oportunidades atacaban algunas de nuestras fuerzas de escopeteros diseminadas por la zona, poniéndolas en fuga. Campesino sobre el que recayera la sospecha de un entendimiento con nosotros, era asesinado.

Nunca he podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos cómodamente instalados en una casa, en una zona relativamente llana y despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las tropas, ya que tendría que explicar por qué no atacaba. No obstante, repetidas escaramuzas, como he dicho, se realizaban entre nuestras fuerzas.

Uno de esos días salí con un ayudante para ver a Fidel, situado a la sazón en el Jíbaro, la caminata era larga, toda la jornada prácticamente. Después de permanecer un día con Fidel, salimos al siguiente para volver a nuestro cuartel de La Otilia. Por alguna razón que no recuerdo, mi ayudante debió quedarse y me vi obligado a aceptar un nuevo guía. Una parte de la ruta transcurría por un camino de automóviles, después se penetraba en fincas onduladas cubiertas de pastizales. En esta última etapa, cerca ya de la casa, se presentó un raro espectáculo, a la luz de una luna llena que iluminaba claramente los contornos, en uno de esos potreros ondulados, con palmas diseminadas, apareció una hilera de mulos muertos, algunos con sus arreos puestos.

Cuando nos bajamos de los caballos a examinar el primer mulo y vimos los orificios de las balas, la cara con que me miró el guía era una imagen de película de cowboys. El héroe de la película que llega con su compañero y ve, por lo general, un caballo muerto por una flecha, pronuncia algo así como, “Los Sioux”, y pone una cara especial de circunstancias, así era la del hombre y, quizás, también la mía propia, pero yo no me preocupaba mucho de examinarme. Unos metros más lejos estaba el segundo, luego el tercero y el cuarto o quinto mulo muertos. Había sido un convoy de abastecimientos para nosotros capturado por una excursión de Sánchez Mosquera, creo recordar que también hubo algún civil asesinado. El guía se negó a seguirme, alegó desconocer el terreno y simplemente subió en su cabalgadura y nos separamos amigablemente.

Yo tenía una Beretta y, con ella montada, llevando el caballo de las riendas me interné en los primeros cafetales. Al llegar a una casa abandonada, un tremendo ruido me sobresaltó hasta el punto que por poco disparo, pero era sólo un puerco, asustado también por mi presencia. Lentamente y con muchas precauciones fui recorriendo los escasos centenares de metros que me separaban de nuestra posición, la que encontré totalmente abandonada. Tras mucho rebuscar, encontré un compañero que había quedado durmiendo en la casa.

Universo, que había quedado al mando de la tropa, había ordenado la evacuación de la casa previendo algún ataque nocturno o de madrugada.

Como las tropas estaban bien diseminadas defendiendo el lugar, me acosté a dormir con el único acompañante. Toda aquella escena no tiene para mi otro significado que el de la satisfacción que experimenté al haber vencido el miedo durante un trayecto que se me antojó eterno hasta llegar, por fin, solitario, al puesto de mando. Esa noche me sentí valiente.

Pero la confrontación más dura con Sánchez Mosquera se produjo en un pequeño pobladito o caserío llamado Santa Rosa. Como siempre, de madrugada avisaron que Sánchez Mosquera estaba allí y nos dirigimos rápidamente al lugar, yo estaba con algo de asma y por lo tanto iba montando en un caballo bayo con el que hablamos hecho buenas migas. La lucha se extendía en determinados parajes en forma fraccionada. Hubo que abandonar la cabalgadura. Con el grupo de hombres que estaba conmigo, tomamos posición de un pequeño cerro, distribuyéndonos en dos o tres alturas diferentes. El enemigo tiraba algunos morterazos previos, sin mayor puntería. Por un instante arreció el tiroteo a mi derecha y me encaminé a visitar las posiciones, pero a medio camino también empezaron por la izquierda, mandé a mi ayudante a no sé qué lugar y quedé solo entre los dos extremos de los disparos. A mi izquierda, las fuerzas de Sánchez Mosquera, después de disparar algunos obuses de mortero, subieron la loma en medio de un griterío descomunal. Nuestra gente con poca experiencia, no atinó a disparar salvo alguno que otro tiro aislado y salió corriendo loma abajo. Solo, en un potrero pelado, vi cómo aparecían varios cascos de soldados. Un esbirro echó a correr ladera abajo en persecución de nuestros combatientes que se internaban en los cafetales, le disparé con la Beretta sin darle e, inmediatamente, varios fusiles me localizaron, tirándome. Emprendí una zigzagueante carrera llevando sobre los hombros mil balas que portaba en una tremenda cartuchera de cuero, y saludado por los gritos de desprecio de algunos soldados enemigos. Al llegar cerca del refugio de los árboles mi pistola se cayó. Mi único gesto altivo de esa mañana triste fue frenar, volver sobre mis pasos, recoger la pistola y salir corriendo, saludado, esta vez, por la pequeña polvareda que levantaban como puntillas a mi alrededor las balas de los fusiles. Cuando me considere a salvo, sin saber de mis compañeros ni del resultado de la ofensiva quedé descansando, parapetado en una gran piedra, en medio del monte. El asma, piadosamente, me había dejado correr unos cuantos metros, pero se vengaba de mí y el corazón saltaba dentro del pecho. Sentí la ruptura de ramas por gente que se acercaba, ya no era posible seguir huyendo (que realmente era lo que tenía ganas de hacer), esta vez era otro compañero nuestro, extraviado recluta recién incorporado a la tropa. Su frase de consuelo fue más o menos: “no se preocupe, comandante, yo muero con usted”. Yo no tenía ganas de morir y si tentaciones de recordarle algo de su madre, me parece que no lo hice. Ese día me sentí cobarde.

A la noche hacíamos el recuento de todos los hechos, un magnífico compañero, Mariño de apellido, había sido muerto en una de las escaramuzas, lo demás era bien pobre en cuanto a resultado para ellos. El cadáver de un campesino con un balazo en la boca, asesinado quien sabe por qué, era lo que había quedado en las posiciones del ejército, abandonado por éste. Allí, con una pequeña cámara de cajón sacó la fotografía del campesino asesinado, el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti que por primera vez nos visitara en la Sierra y con el cual sostendríamos luego una profunda y duradera amistad.

Después de estos combates nos retiramos de La Otilia un poco hacia atrás, pero ya me reemplazaba como comandante en la columna 4, Ramiro Valdés, ascendido en esos días. Salí de la zona, acompañado de un pequeño grupo de combatientes, a hacerme cargo de la Escuela de Reclutas, en la cual debían entrenarse los hombres que tendrían que hacer la travesía desde Oriente a Las Villas. Además, había que prepararse para lo que ya era inminente: la ofensiva del ejército. Todos los días siguientes, finales de abril y primero de mayo, fueron dedicados a la preparación de los puntos defensivos y a tratar de llevar hacia las lomas la mayor cantidad posible de alimentos y medicamentos para poder soportar lo que ya se veía venir, una ofensiva en gran escala.

Como tarea paralela, estábamos tratando de lograr un impuesto a los azucareros y ganaderos, En esos días subió Remigio Fernández, latifundista ganadero que ofreció el oro y el moro, pero se olvidó las promesas al llegar al llano.

Tampoco los azucareros dieron nada. Pero después, cuando nuestra fuerza era sólida, nos tomamos la revancha, aunque pasáramos esos días de ofensiva sin elementos indispensables para nuestra defensa.

Poco tiempo después, Camilo era llamado para cubrir mejor nuestro pequeño territorio que encerraba incalculables riquezas: una emisora, hospitales, depósitos de municiones y, además, un aeropuerto situado entre las lomas de La Plata, donde podía aterrizar una avioneta ligera.

Fidel mantuvo el principio de que no importaban los soldados enemigos, sino la cantidad de gente que nosotros necesitáramos para hacer invulnerable una posición y que a eso debíamos atenemos. Esa fue nuestra táctica y por ello todas nuestras fuerzas se fueron juntando alrededor de la comandancia para ofrecer un frente compacto. No había mucho más de 200 fusiles útiles cuando el 25 de mayo empezara la esperada ofensiva en medio de un mitin que Fidel estaba dando a unos campesinos, discutiendo las condiciones en que podría realizarse la cosecha del café, ya que el ejército no permitía el ascenso de jornaleros para la zafra de ese producto.

Le había dado cita a unos trescientos cincuenta campesinos muy interesados en resolver sus problemas de cosecha. Fidel había propuesto crear un dinero de la Sierra para pagar a los trabajadores, traer el yarey y los sacos para los envases, crear cooperativas de trabajo y consumo y una comisión de fiscalización. Además, se ofrecía el concurso del Ejército Guerrillero para la cosecha. Todo fue aprobado pero, cuando iba a cerrar el acto el propio Fidel, comenzó el ametrallamiento, el ejército enemigo había chocado con los hombres del capitán Ángel Verdecia y su aviación castigaba los contornos.

[Verde Olivo, 23 de agosto, 1964]

Una reunión decisiva

Durante todo el día: 3 de mayo de 1958, se realizó en la Sierra Maestra, en Los Altos de Mompié, una reunión casi desconocida hasta ahora, pero que tuvo importancia extraordinaria en la conducción de la estrategia revolucionaria. Desde las primeras horas del día, hasta las 2 de la mañana, se estuvieron analizando las consecuencias del fracaso del “9 de Abril” y el porqué de esa derrota y tomando las medidas necesarias para la reorganización del Movimiento y la superación de las debilidades consecuentes a la victoria de la dictadura.

Aunque yo no pertenecía a la Dirección Nacional, fui invitado a participar en ella a instancias de los compañeros Faustino Pérez y René Ramos Latour (Daniel) a quienes había hecho fuertes críticas anteriormente. Estábamos presentes, además de los nombrados, Fidel, Vilma Espín (Débora en la clandestinidad), Ñico Torres, Luis Busch, Celia Sánchez, Marcelo Fernández (Zoilo en aquella época), Haydée Santamaría, David Salvador y a mediodía se nos unió Enso Infante (Bruno).

La reunión fue tensa, dado que había que juzgar la actuación de los compañeros del Llano, que hasta ese momento, en la práctica, había conducido los asuntos del 26 de Julio. En esa reunión se tomaron decisiones en las que primó la autoridad moral de Fidel, su indiscutible prestigio y el convencimiento de la mayoría de los revolucionarios allí presentes de los errores de apreciación cometidos. La Dirección del Llano habla despreciado la fuerza del enemigo y aumentado subjetivamente las propias, esto sin contar los métodos usados  para desencadenarla. Pero lo más importante, es que se analizaban y juzgaban dos concepciones que estuvieron en pugna durante toda la etapa anterior de conducción de la guerra. La concepción guerrillera saldría de allí triunfante, consolidado el prestigio y la autoridad de Fidel y nombrado Comandante en Jefe de todas las fuerzas incluidas las de la milicia -que hasta esos momentos estaban supeditados a la Dirección del Llano- y Secretario General del Movimiento.

Hubo muchas discusiones enconadas al analizar la participación de cada quien en los hechos analizados pero la más violenta quizás, fue la sostenida con los representantes obreros que se oponían a toda participación del Partido Socialista Popular en la organización de la lucha. El análisis de la huelga demostraba que sus preparativos y su desencadenamiento estaban saturados de subjetivismo y de concepciones puchistas, el formidable aparato que parecía tener el 26 de Julio en sus manos, en forma de organización obrera celular, se había desbaratado en el momento de la acción. La política aventurera de los dirigentes obreros había fracasado contra una realidad inexorable. Pero no eran los únicos responsables de la derrota, nosotros opinábamos que las culpas máximas caían sobre el delegado obrero David Salvador, el responsable de La Habana, Faustino Pérez y el jefe de las milicias del Llano, René Ramos Latour.

El primero, por sostener y llevar a cabo su concepción de una huelga sectaria que obligara a los demás movimientos revolucionarios a seguir a la zaga del nuestro. A Faustino, por la falta de perspectiva que tuvo al creer en la posibilidad de la toma de la capital por sus milicias, sin aquilatar las fuerzas de la reacción en su bastión principal. A Daniel, se le impugnaba la misma falta de visión pero referida a las milicias del Llano que fueron organizadas como tropas paralelas a las nuestras, sin entrenamiento ni moral del combate y sin pasar por el riguroso proceso de selección de la guerra.

La división entre la Sierra y el Llano era real. Había ciertas bases objetivas para ello, dadas por el mayor grado de madurez alcanzado en la lucha guerrillera por los representantes de la Sierra y el menor de los combatientes del Llano, pero también había un elemento de extraordinaria importancia, algo que pudiéramos llamarle la deformación profesional. Los compañeros del Llano temían que trabajar en su ambiente y, poco a poco, se iban acostumbrando a ver los métodos de trabajo necesarios para esas condiciones, como ideales y los únicos posibles para el Movimiento y, además -humanamente lógico- a considerar el Llano con mayor importancia relativa que la Sierra.

Después de los fracasos frente a las fuerzas de la dictadura, surgía ya una sola capacidad dirigente, la de la Sierra, y, concretamente, un dirigente único, un Comandante en Jefe, Fidel Castro. Al final de una exhaustiva y muchas veces violenta discusión, se resolvió separar de sus cargos a Faustino Pérez, que sería reemplazado por Ochoa, y a David Salvador, que sería reemplazado por Ñico Torres. Con este último cambio no se hacía ningún adelanto sustantivo en cuanto a concepción de la lucha ya que frente al planteamiento de la unidad de todas las fuerzas obreras para preparar la próxima huelga general  revolucionaria, que debía estar ordenada desde la Sierra, Ñico manifestaba su disposición a trabajar disciplinadamente con los “stalinistas” pero que eso  no conduciría a nada. Se refería en esos términos a los compañeros del Partido Socialista Popular.

El tercer cambio, el de Daniel, no producía sustituto ya que pasaba a ser Fidel, directamente Comandante en Jefe de las milicias del Llano. Además, se tomó la determinación de enviar a Haydée Santamaría como agente especial del Movimiento a Miami, haciéndose cargo de las finanzas en el exilio. En la parte política, la Dirección Nacional pasaba a la Sierra Maestra, donde Fidel ocuparía el cargo de Secretario General y se constituía un secretariado de cinco miembros donde había uno de finanzas, de asuntos políticos y de asuntos obreros. No recuerdo ahora quiénes fueron los compañeros designados para estos puestos, pero todo lo referente a envíos de armas o a la decisión sobre las armas, y las relaciones exteriores, correrla de allí en adelante por cuenta del Secretario General. Los tres compañeros separados debían ir a la Sierra donde ocuparían un cargo de delegado obrero David Salvador y serian comandantes Faustino y Daniel. Este último, fue puesto al mando de una columna que tuvo activa participación en la lucha de la última ofensiva del ejército ofensiva del ejército que estaba al desencadenarse, muriendo al frente de las tropas mientras atacaba a una de las columnas en retirada. Su carrera revolucionaria le valió un puesto en la lista selecta de nuestros mártires.

Faustino solicitó y obtuvo autorización para volver a La Habana y arreglar toda una serie de asuntos del Movimiento, entregar la jefatura y reintegrarse luego a la lucha en la Sierra, así lo hizo, y en la columna 1, José Martí, comandada por Fidel Castro acabó la guerra. Aunque la historia debe consignar los sucesos tal como ocurrieron, debe aclararse el alto concepto que siempre nos mereció quien en un momento dado fuera nuestro adversario dentro del Movimiento. Faustino siempre fue considerado un compañero honesto a carta cabal y arriesgado hasta el extremo. De su arrojo tengo pruebas presenciales, cuando quemó un avión que nos había traído armas desde Miami, descubierto por la aviación enemiga y dañado. Bajo la metralla, Faustino realizó la operación necesaria para evitar que cayera en manos del ejército, dándole candela mediante la gasolina que se vertía por las perforaciones de los impactos. De su calidad revolucionaria da cuenta toda su trayectoria.

En aquella reunión se tomaron también acuerdos de menor importancia y se aclararon toda una serie de aspectos oscuros de nuestras relaciones recíprocas. Se escuchó un informe de Marcelo Fernández en relación a la organización del Movimiento en el Llano y se le encargó otro, para los núcleos del Movimiento, detallando los resultados y acuerdos de la reunión de la Dirección Nacional. También se escuchó un informe sobre organización de la resistencia cívica, su constitución, forma de trabajo, componentes, ampliación y fortalecimiento de las mismas. El compañero Busch informó sobre el comité del exilio, la posición débil de Mario Llerena y sus incompatibilidades con Urrutia. Se decidió ratificar a Urrutia como candidato de nuestro Movimiento y pasarle una pensión, que hasta ese momento recibía Llerena, único cuadro profesional que mantenía el Movimiento en el exilio. Además, se decidió que si Llerena continuaba con sus interferencias debía cesar en el cargo de presidente del comité del exilio. En el exterior había muchos problemas, en Nueva York, por ejemplo, los grupos de Barrón, Pérez Vidal y Pablo Díaz, trabajaban separados entre sí y, a veces, tenían choques o interferencias. Se resolvió que Fidel enviara una cartaa los emigrados y exilados reconociendo como único organismo oficial al comité del exilio del Movimiento 26 de Julio, se analizaron todas las posibilidades que brindaba el gobierno de Venezuela, presidido por Wolfgan Larrazábal en aquel momento, que había prometido apoyar al Movimiento y que de hecho lo hizo. La única queja que pudiéramos tener con Larrazábal, estriba en que nos envió, junto con un avión de armas, al “benemérito” Manuel Urrutia Lleó pero, en realidad, nosotros mismos habíamos hecho tan deplorable elección.

Se tomaron otros acuerdos en la reunión, además de Haydée Santamaría, que debía ir a Miami, Luis Busch debía trasladarse a Caracas con instrucciones precisas acerca de Urrutia. A Carlos Franqui se le ordenaba llegar a la Sierra para hacerse cargo de l a Dirección de Radio Rebelde. Los contactos se harían por radio a través de Venezuela mediante unas claves confeccionadas por Luis Busch que funcionaron hasta el final de la guerra.

Como puede apreciarse de los acuerdos emanados de esta reunión, ella tuvo una importancia capital, por fin quedaban dilucidados varios problemas concretos del Movimiento. En primer lugar, la guerra sería conducida militar y políticamente por Fidel en su doble cargo de Comandante en Jefe de todas las fuerzas y Secretario General de la Organización. Se seguiría la línea de la Sierra, de la lucha armada directa, extendiéndola hacia otras regiones y dominando el país por esa vía y se acababa con algunas ilusiones ingenuas de pretendidas huelgas generales revolucionarias cuando la situación no había madurado lo suficiente para que se produjera una explosión de ese tipo y sin que el trabajo previo tuviera características de una preparación conveniente para un hecho de tal magnitud. Además, la Dirección radicaba en la Sierra con lo que objetivamente se eliminaban algunos problemas prácticos de decisión que impedían que Fidel ejerciera realmente la autoridad que se había ganado.

De hecho no hacía nada más que marcar una realidad, el predominio político de la gente de la Sierra, consecuencia de su justa posición y de su correcta interpretación de los hechos. Se corroboro la justeza de nuestras dudas cuando pensábamos en la posibilidad del fracaso de las fuerzas del Movimiento en el intento de la huelga general revolucionaria, si ésta se llevaba en la forma en que se había esbozado en una reunión anterior al 9 de abril.

Quedaban todavía por realizar algunas tareas muy importantes: ante todo, resistir la ofensiva que se avecinaba, ya que las fuerzas del ejército se iban colocando en anillo alrededor del bastión principal de la revolución que era la comandancia de la columna 1, dirigida por Fidel, después la invasión de los llanos, la toma de las provincias centrales  y, por último, la destrucción de todo el aparato político- militar del régimen. Nos llevaría siete meses consumarlas totalmente.

En esos días lo más apremiante era fortalecer el frente de la Sierra y asegurar un pequeño bastión que pudiera seguir hablando a Cuba y sembrando la semilla revolucionaria en nuestro pueblo. También teníamos comunicaciones con el exterior que era importante mantener. Pocos días antes había sido testigo de una conversación por radio entre Fidel y Justo Carrillo que representaba al grupo de Montecristi, o sea, aspirantes a gorilas, donde militaban representantes del imperialismo como el mismo Carrillo y Barquin. Justico ofrecía el oro y el moro, pero pedía que Fidel hiciera una declaración apoyando a los militares “puros”. Este le contestóque no era imposible esto, pero que sería difícil para nuestro Movimiento entender un llamamiento de este tipo cuando nuestro pueblo caía víctima de los soldados y que era difícil precisar entre los buenos y los malos cuando todos estaban reunidos en montón, en resumen, que no se hizo. También se habló con Llerena, me parece recordar, y con Urrutia, para hacer un llamado a la Unidad y no dejar romper el endeble agrupamiento de personalidades dispares que, desde Caracas, estaban tratando de capitalizar el movimiento armado en su propio provecho pero representaban nuestras aspiraciones de reconocimiento externo y por lo tanto debíamos cuidar.

Inmediatamente después de la reunión, sus participantes se disgregaron y a mí me tocó inspeccionar toda una serie de zonas, tratando de crear líneas defensivas con nuestras pequeñas huestes para ir resistiendo el empuje del ejército, hasta empezar la resistencia realmente fuerte en las zonas más montañosas, desde la Sierra de Caracas, donde estarían los grupos pequeños y mal armados de Crescencio Pérez, hasta la zona de La Botella o La Mesa, donde estaban distribuidas las fuerzas de Ramiro Valdés.

Este pequeño territorio debería defenderse con no mucho más de doscientos fusiles útiles, cuando pocos días después comenzara la ofensiva de “cerco y aniquilamiento” del ejército de Batista.

[Verde Olivo, 22 de noviembre. 1964]

 

La ofensiva final: La batalla de Santa Clara

 

El 9 de abril fue un sonado fracaso que en ningún momento puso en peligro la estabilidad del régimen. No tan sólo eso: después de esta fecha trágica, el gobierno pudo sacar tropas e ir poniéndolas gradualmente en Oriente y llevando a la Sierra Maestra la destrucción. Nuestra defensa tuvo que hacerse cada vez más dentro de la Sierra Maestra, y el gobierno seguía aumentando el número de regimientos que colocaba frente a posiciones nuestras, hasta llegar al número de diez mil hombres, con los que inicio la ofensiva el 25 de mayo, en el pueblo de Las Mercedes, que era nuestra posición avanzada.

Allí se demostró la poca efectividad combatiente del ejército batistiano y también nuestra escasez de recursos; 200 fusiles hábiles, para luchar contra 10.000 armas de todo tipo; era una enorme desventaja. Nuestros muchachos se batieron valientemente durante dos días, en una proporción de 1 contra 10 o 15; luchando, además, contra morteros, tanques y aviación, hasta que el pequeño grupo debió abandonar el poblado. Era comandado por el capitán Angel Verdecia, que un mes más tarde moriría valerosamente en combate.

Ya por esa época, Fidel Castro había recibido una carta del traidor Eulogio Cantillo, quien, fiel a su actitud politiquera de saltimbanqui, como jefe de operaciones del enemigo, le escribía al jefe rebelde diciéndole que la ofensiva se realizaría de todas maneras, pero que cuidara «El Hombre» (Fidel) para esperar el resultado final. La ofensiva, efectivamente, siguió su curso y en los dos meses y medio de duro batallar, el enemigo perdió más de mil hombres entre muertos, heridos, prisioneros y desertores. Dejó en nuestras manos seiscientas armas, entre las que contaban un tanque, doce morteros, doce ametralladoras de trípode, veintitantos fusiles ametralladoras y un sinnúmero de armas automáticas; además, enorme cantidad de parque y equipo de toda clase, y cuatrocientos cincuenta prisioneros, que fueron entregados a la Cruz Roja al finalizar la campaña.

El ejército batistiano salió con su espina dorsal rota, de esta postrera ofensiva sobre la Sierra Maestra, pero aún no estaba vencido. La lucha debía continuar. Se estableció entonces la estrategia final, atacando por tres puntos: Santiago de Cuba, sometido a un cerco elástico; Las Villas, a donde debía marchar yo; y Pinar del Río, en el otro extremo de la Isla, a donde debía marchar Camilo Cienfuegos, ahora comandante de la columna 2, llamada Antonio Maceo, para rememorar la histórica invasión del gran caudillo del 95, que cruzara en épicas jornadas todo el territorio de Cuba, hasta culminar en Mantua. Camilo Cienfuegos no pudo cumplir la segunda parte de su programa, pues los imperativos de la guerra le obligaron a permanecer en Las Villas.

Liquidados los regimientos que asaltaron la Sierra Maestra; vuelto el frente a su nivel natural y aumentadas nuestras tropas en efectivo y en moral, se decidió iniciar la marcha sobre Las Villas, provincia céntrica. En la orden militar dictada se me indicaba como principal labor estratégica, la de cortar sistemáticamente las comunicaciones entre ambos extremos de la Isla; se me ordenaba, además, establecer relaciones con todos los grupos políticos que hubiera en los macizos montañosos de esa región, y amplias facultades para gobernar militarmente la zona a mi cargo. Con esas instrucciones y pensando llegar en cuatro días, íbamos a iniciar la marcha, en camiones, el 30 de agosto de 1958, cuando un accidente fortuito interrumpió nuestros planes: esa noche llegaba una camioneta portando uniformes y la gasolina necesaria para los vehículos que ya estaban preparados cuando también llego por vía aérea un cargamento de armas a un aeropuerto cercano al camino. El avión fue localizado en el momento de aterrizar, a pesar de ser de noche, y el aeropuerto fue sistemáticamente bombardeado desde las veinte hasta las cinco de la mañana, hora en que quemamos el avión para evitar que cayera en poder del enemigo o siguiera el bombardeo diurno, con peores resultados. Las tropas enemigas avanzaron sobre el aeropuerto; interceptaron la camioneta con la gasolina, dejándonos a pie. Así fue como iniciamos la marcha el 31 de agosto, sin camiones ni caballos, esperando encontrarlos luego de cruzar la carretera de Manzanillo a Bayamo. Efectivamente, cruzándola encontramos los camiones, pero también -el día primero de septiembre- un feroz ciclón que inutilizó todas las vías de comunicación, salvo la carretera central, única pavimentada en esta región de Cuba, obligándonos a desechar el transporte en vehículos. Había que utilizar, desde ese momento, el caballo, o ir a pie. Andábamos cargados con bastante parque, una bazooka con cuarenta proyectiles y todo lo necesario para una larga jornada y el establecimiento rápido de un campamento.

Se fueron sucediendo días que ya se tornaban difíciles a pesar de estar en el territorio amigo de Oriente: cruzando ríos desbordados, canales y arroyuelos convertidos en ríos, luchando fatigosamente para impedir que se nos mojara el parque, las armas, los obuses; buscando caballos y dejando los caballos cansados detrás; huyendo a las zonas pobladas a medida que nos alejábamos de la provincia oriental.

Caminábamos por difíciles terrenos anegados, sufriendo el ataque de plagas de mosquitos que hacían insoportables las horas de descanso; comiendo poco y mal, bebiendo agua de ríos pantanosos o simplemente de pantanos. Nuestras jornadas empezaron a dilatarse y a hacerse verdaderamente horribles. Ya a la semana de haber salido del campamento, cruzando el río Jobabo, que limita las provincias de Camagüey y Oriente, las fuerzas estaban bastante debilitadas. Este río, como todos los anteriores y como los que pasaríamos después, estaba crecido. También se hacía sentir la falta de calzado en nuestra tropa, muchos de cuyos hombres iban descalzos y a pie por los fangales del sur de Camagüey.

La noche del 9 de septiembre, entrando en el lugar conocido por La Federal, nuestra vanguardia cayo en una emboscada enemiga, muriendo dos valiosos compañeros; pero el resultado más lamentable fue el ser localizados por las fuerzas enemigas, que de allí en adelante no nos dieron tregua. Tras un corto combate se redujo a la pequeña guarnición que allí había, llevándonos cuatro prisioneros. Ahora debíamos marchar con mucho cuidado, debido a que la aviación conocía nuestra ruta aproximada. Así llegamos, uno o dos días después, a un lugar conocido por Laguna Grande, junto a la fuerza de Camilo, mucho mejor montada que la nuestra. Esta zona es digna de recuerdo por la cantidad extraordinaria de mosquitos que había, imposibilitándonos en absoluto descansar sin mosquitero, y no todos lo teníamos.

Son días de fatigantes marchas por extensiones desoladas, en las que sólo hay agua y fango, tenemos hambre, tenemos sed y apenas si se puede avanzar porque las piernas pesan como plomo y las armas pesan descomunalmente. Seguimos avanzando con mejores caballos que Camilo nos deja al tomar camiones, pero tenemos que abandonarlos en las inmediaciones del central Macareño. Los prácticos que debían enviarnos no llegaron y nos lanzamos sin más, a la aventura. Nuestra vanguardia choca con una posta enemiga en el lugar llamado Cuatro Compañeros, y empieza la agotadora batalla. Era al amanecer, y logramos reunir, con mucho trabajo, una gran parte de la tropa, en el mayor cayo de monte que había en la zona, pero el ejército avanzaba por los lados y tuvimos que pelear duramente para hacer factible el paso de algunos rezagados nuestros por una línea férrea, rumbo al monte. La aviación nos localizo entonces, iniciando un bombardeo los B-26, los C-47, los grandes C-3 de observación y las avionetas, sobre un área no mayor de doscientos metros de flanco. Después de todo, nos retiramos dejando un muerto por una bomba y llevando varios heridos, entre ellos al capitán Silva, que hizo todo el resto de la invasión con un hombro fracturado.

El panorama, al día siguiente, era menos desolador, pues aparecieron varios de los rezagados y logramos reunir a toda la tropa, menos 10 hombres que seguirían a incorporarse con la columna de Camilo y con éste llegarían hasta el frente norte de la provincia de Las Villas, en Yaguajay.

Nunca nos faltó, a pesar de las dificultades, el aliento campesino. Siempre encontrábamos alguno que nos sirviera de guía, de práctico, o que nos diera el alimento imprescindible para seguir. No era, naturalmente, el apoyo unánime de todo el pueblo que teníamos en Oriente; pero, siempre hubo quien nos ayudara. En oportunidades se nos delató, apenas cruzábamos una finca, pero eso no se debía a una acción directa del campesinado contra nosotros, sino a que las condiciones de vida de esta gente las convierte en esclavos del dueño de la finca y, temerosos de perder su sustento diario, comunicaban al amo nuestro paso por esa región y éste se encargaba de avisarle graciosamente a las autoridades militares.

Una tarde escuchábamos por nuestra radio de campaña un parte dado por el general Francisco Tabernilla Dolz, por esa época, con toda su prepotencia de matón, anunciando la destrucción de las hordas dirigidas por Che Guevara y dando una serie de datos de muertos, de heridos, de nombres de todas clases, que eran el producto del botín recogido en nuestras mochilas al sostener ese encuentro desastroso con el enemigo unos días antes, todo eso mezclado con datos falsos de la cosecha del Estado Mayor del ejército. La noticia de nuestra falsa muerte provocó en la tropa una reacción de alegría; sin embargo, el pesimismo iba ganándola poco a poco; el hambre y la sed, el cansancio, y la sensación de impotencia frente a las fuerzas enemigas que cada vez nos cercaban más y, sobre todo, la terrible enfermedad de los pies conocida por los campesinos con el nombre de mazamorra -que convertía en un martirio intolerable cada paso dado por nuestros soldados-, habían hecho de éste un ejército de sombras. Era difícil adelantar; muy difícil. Día a día empeoraban las condiciones físicas de nuestra tropa y las comidas, un día sí, otro no, otro tal vez, en nada contribuían a mejorar ese nivel de miseria, que estábamos soportando. Pasamos los días más duros cercados en las inmediaciones del central Baraguá, en pantanos pestilentes, sin una gota de agua potable, atacados continuamente por la aviación, sin un solo caballo que pudiera llevar por ciénagas inhóspitas a los mas débiles, con los zapatos totalmente destrozados por el agua fangosa de mar, con plantas que lastimaban los pies descalzos, nuestra situación era realmente desastrosa al salir trabajosamente del cerco de Baraguá y llegar a la famosa trocha de Júcaro a Morón, lugar de evocación histórica por haber sido escenario de cruentas luchas entre patriotas y españoles en la guerra de independencia. No teníamos tiempo de recuperarnos ni siquiera un poco cuando un nuevo aguacero, inclemencias del clima, además de los ataques del enemigo o las noticias de su presencia, volvían a imponernos la marcha. La tropa estaba cada vez más cansada y descorazonada. Sin embargo, cuando la situación era más tensa, cuando ya solamente al imperio del insulto, de ruegos, de exabruptos de todo tipo, podía hacer caminar a la gente exhausta, una sola visión en lontananza animó sus rostros e infundió nuevo espíritu a la guerrilla. Esa visión fue una mancha azul hacia el Occidente, la mancha azul del macizo montañoso de Las Villas, visto por vez primera por nuestros hombres.

Desde ese momento las mismas privaciones, o parecidas, fueron encontradas mucho más clementes, y todo se antojaba más fácil. Eludimos el último cerco, cruzando a nado el río Júcaro, que divide las provincias de Camagüey y Las Villas, y ya pareció que algo nuevo nos alumbraba.

Dos días después estábamos en el corazón de la cordillera Trinidad-Sancti Spíritus, a salvo, listos para iniciar la otra etapa de la guerra. El descanso fue de otros dos días, porque inmediatamente debimos proseguir nuestro camino y ponernos en disposición de impedir las elecciones que iban a efectuarse el 3 de noviembre. Habíamos llegado a la región de montañas de Las Villas el 16 de octubre. El tiempo era corto y la tarea enorme. Camilo cumplía su parte en el norte, sembrando el temor entre los hombres de la dictadura.

Nuestra tarea, al llegar por primera vez a la Sierra del Escambray, estaba precisamente definida: había que hostilizar al aparato militar de la dictadura, sobre todo en cuanto a sus comunicaciones. Y como objetivo inmediato, impedir la realización de las elecciones. Pero el trabajo se dificultaba por el escaso tiempo restante y por las desuniones entre los factores revolucionarios, que se habían traducido en reyertas intestinas que muy caro costaron, inclusive en vidas humanas.

Debíamos atacar a las poblaciones vecinas, para impedir la realización de los comicios, y se establecieron los planes para hacerlo simultáneamente en las ciudades de Cabaiguán, Fomento y Sancti Spíritus, en los ricos llanos del centro de la isla, mientras se sometía el pequeño cuartel de Güinia de Miranda -en las montañas- y, posteriormente, se atacaba el de Banao, con escasos resultados. Los días anteriores al 3 de noviembre, fecha de las elecciones, fueron de extraordinaria actividad: nuestras columnas se movilizaron en todas direcciones, impidiendo casi totalmente la afluencia a las urnas de los votantes de esas zonas. Las tropas de Camilo Cienfuegos, en la parte norte de la provincia, paralizaron la farsa electoral. En general, desde el transporte de los soldados de Batista hasta el tráfico de mercancía, quedaron detenidos.

En Oriente, prácticamente no hubo votación; en Camagüey, el porcentaje fue un poquito más elevado, y en la zona occidental, a pesar de todo, se notaba un retraimiento popular evidente. Este retraimiento se logró en Las Villas en forma espontánea, ya que no hubo tiempo de organizar sincronizadamente la resistencia pasiva de las masas y la actividad de las guerrillas.

Se sucedían en Oriente sucesivas batallas en los frentes primeros y segundo, aunque también en el tercero -con la columna Antonio Guiteras-, que presionaba insistente sobre Santiago de Cuba, la capital provincial. Salvo las cabeceras de los municipios, nada conservaba el gobierno en Oriente.

Muy grave se estaba haciendo, además, la situación en Las Villas, por la acentuación de los ataques a las vías de comunicación. Al llegar, cambiamos en total el sistema de lucha en las ciudades, puesto que a toda marcha trasladamos los mejores milicianos de las ciudades al campo de entrenamiento, para recibir instrucción de sabotaje que resultó efectivo en las áreas suburbanas.

Durante los meses de noviembre y diciembre de 1958 fuimos cerrando gradualmente las carreteras. El capitán Silva bloqueó totalmente la carretera de Trinidad a Sancti Spíritus y la carretera central de la Isla fue seriamente dañada cuando se interrumpió el puente sobre el río Tuinicú, sin llegarse a derrumbar; el ferrocarril central fue cortado en varios puntos, agregando que el circuito sur estaba interrumpido por el segundo frente y el circuito norte cerrado por las tropas de Camilo Cienfuegos, por lo que la Isla quedó dividida en dos partes. La zona mas convulsionada, Oriente, solamente recibía ayuda del gobierno por aire y mar, en una forma cada vez más precaria. Los síntomas de descomposición del enemigo aumentaban.

Hubo que hacer en el Escambray una intensísima labor en favor de la unidad revolucionaria, ya que existía un grupo dirigido por el comandante Gutiérrez Menoyo (Segundo Frente Nacional del Escambray), otro del directorio Revolucionario (capitaneado por los comandantes Faure Chomón y Rolando Cubela), otro pequeño de la Organización Autentica (OA), otro del Partido Socialista Popular (comandado por Torres), y nosotros; es decir, cinco organizaciones diferentes actuando con mandos también diferentes y en una misma provincia. Tras laboriosas conversaciones que hube de tener con sus respectivos jefes, se llegó a una serie de acuerdos entre las partes y se pudo ir a la integración de un frente aproximadamente común.

A partir del 16 de diciembre las roturas sistemáticas de los puentes y todo tipo de comunicación habían colocado a la dictadura en situación difícil para defender sus puestos avanzados y aun los mismos de la carretera central. En la madrugada de ese día fue roto el puente sobre el río Falcón, en la carretera central, y prácticamente interrumpidas las comunicaciones entre La Habana y las ciudades al este de Santa Clara, capital de Las Villas, así como una serie de poblados -el mas meridional, Fomento- eran sitiados y atacados por nuestras fuerzas. El jefe de la plaza se defendió mas o menos eficazmente durante algunos días, pero a pesar del castigo de la aviación a nuestro Ejército Rebelde, las desmoralizadas tropas de la dictadura no avanzaban por tierra en apoyo de sus compañeros. Comprobando la inutilidad de toda resistencia, se rindieron, y más de cien fusiles fueron incorporados a las fuerzas de la libertad.

Sin darle tregua al enemigo, decidimos paralizar de inmediato la carretera central, y el día 21 de diciembre se atacó simultáneamente a Cabaiguán y Guayos, sobre la misma. En pocas horas se rendía este último poblado y dos días después, Cabaiguán con sus noventa soldados. (La rendición de los cuarteles se pactaba sobre la base política de dejar en libertad a la guarnición, condicionado a que saliera del territorio libre. De esa manera se daba la oportunidad de entregar las armas y salvarse.) En Cabaiguán se demostró de nuevo la ineficacia de la dictadura que en ningún momento reforzó con infantería a los sitiados.

Camilo Cienfuegos atacaba en la zona norte de Las Villas a una serie de poblados, a los que iba reduciendo, a la vez que establecía el cerco a Yaguajay, último reducto donde quedaban tropas de la tiranía, al mando de un capitán de ascendencia china, que resistió once días, impidiendo la movilización de las tropas revolucionarias de la región, mientras las nuestras seguían ya por la carretera central avanzando hacia Santa Clara, la capital.

Caído Cabaiguán, nos dedicamos a atacar a Placetas, rendido en un solo día de lucha, en colaboración activa con la gente del Directorio Revolucionario. Después de tomar Placetas, liberamos en rápida sucesión a Remedios y a Caibarién, en la costa norte, y puerto importante el segundo. El panorama se iba ensombreciendo para la dictadura, porque a las continuas victorias obtenidas en Oriente, el Segundo Frente del Escambray derrotaba pequeñas guarniciones y Camilo Cienfuegos controlaba el norte.

Al retirarse el enemigo de Camajuaní sin ofrecer resistencia, quedamos listos para el asalto definitivo a la capital de la provincia de Las Villas. (Santa Clara es el eje del llano central de la isla, con 150.000 habitantes, centro ferroviario y de todas las comunicaciones del país.) Está rodeada por pequeños cerros pelados, los que estaban tomados previamente por las tropas de la dictadura.

En el momento del ataque, nuestras fuerzas habían aumentado considerablemente su fusilería, en la toma de distintos puntos y en algunas armas pesadas que carecían de municiones. Teníamos una bazooka sin proyectiles y debíamos luchar contra una decena de tanques, pero también sabíamos que, para hacerlo con efectividad, necesitábamos llegar a los barrios poblados de la ciudad, donde el tanque disminuye en mucho su eficacia.

Mientras las tropas del Directorio Revolucionario se encargaban de tomar el cuartel numero 31 de la Guardia Rural, nosotros nos dedicábamos a sitiar casi todos los puestos fuertes de Santa Clara; aunque, fundamentalmente, establecíamos nuestra lucha contra los defensores del tren blindado situado a la entrada del camino de Camajuaní, posiciones defendidas con tenacidad por el ejército, con un equipo excelente para nuestras posibilidades.

El 29 de diciembre iniciamos la lucha. La Universidad había servido, en un primer momento, de base de operaciones. Después establecimos comandancia más cerca del centro de la ciudad. Nuestros hombres se batían contra tropas apoyadas por unidades blindadas y las ponían en fuga, pero muchos de ellos pagaron con la vida su arrojo y los muertos y heridos empezaron a llenar los improvisados cementerios y hospitales.

Recuerdo un episodio que era demostrativo del espíritu de nuestra fuerza en esos días finales. Yo había amonestado a un soldado, por estar durmiendo en pleno combate y me contestó que lo habían desarmado por habérsele escapado un tiro. Le respondí con mi sequedad habitual: «Gánate otro fusil yendo desarmado a la primera línea… si eres capaz de hacerlo.» En Santa Clara, alentando a los heridos en el Hospital de Sangre, un moribundo me tocó la mano y dijo: «¿Recuerda, comandante? Me mandó a buscar el arma en Remedios… y me la gané aquí.» Era el combatiente del tiro escapado, quien minutos después moría, y me lució contento de haber demostrado su valor. Así es nuestro Ejército Rebelde.

Las lomas del Cápiro seguían firmes y allí estuvimos luchando durante todo el día 30, tomando gradualmente al mismo tiempo distintos puntos de la ciudad. Ya en ese momento se habían cortado las comunicaciones entre el centro de Santa Clara y el tren blindado. Sus ocupantes, viéndose rodeados en las lomas del Cápiro trataron de fugarse por la vía férrea y con todo su magnífico cargamento cayeron en el ramal destruido previamente por nosotros, descarrilándose la locomotora y algunos vagones. Se estableció entonces una lucha muy interesante en donde los hombres eran sacados con cócteles Molotov del tren blindado, magníficamente protegidos aunque dispuestos sólo a luchar a distancia, desde cómodas posiciones y contra un enemigo prácticamente inerme, al estilo de los colonizadores con los indios del Oeste norteamericano. Acosados por hombres que, desde puntos cercanos y vagones inmediatos lanzaban botellas de gasolina encendida, el tren se convertía -gracias a las chapas del blindaje- en un verdadero horno para los soldados. En pocas horas se rendía la dotación completa, con sus 22 vagones, sus cañones antiaéreos, sus ametralladoras del mismo tipo, sus fabulosas cantidades de municiones (fabulosas para lo exiguo de nuestras dotaciones, claro está).

Se había logrado tomar la central eléctrica y toda la parte noroeste de la ciudad, dando al aire el anuncio de que Santa Clara estaba casi en poder de la Revolución. En aquel anuncio que di como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Las Villas, recuerdo que tenía el dolor de comunicar al pueblo de Cuba la muerte del capitán Roberto Rodríguez El Vaquerito, pequeño de estatura y de edad, jefe del «Pelotón Suicida», quien jugó con la muerte una y mil veces en lucha por la libertad. El «Pelotón Suicida» era un ejemplo de moral revolucionaria, y a ese solamente iban voluntarios escogidos. Sin embargo, cada vez que un hombre moría -y eso ocurría en cada combate- al hacerse la designación del nuevo aspirante, los desechados realizaban escenas de dolor que llegaban hasta el llanto. Era curioso ver a los curtidos y nobles guerreros, mostrando su juventud en el despecho de unas lágrimas, por no tener el honor de estar en el primer lugar de combate y de muerte.

Después caía la estación de Policía, entregando los tanques que la defendían y, en rápida sucesión se rendían al comandante Cubela el cuartel numero 31, a nuestras fuerzas, la cárcel, la audiencia, el palacio del Gobierno Provincial, el Gran Hotel, donde los francotiradores se mantuvieron disparando desde el décimo piso casi hasta el final de la lucha.

En ese momento sólo quedaba por rendirse el cuartel Leoncio Vidal, la mayor fortaleza del centro de la Isla. Pero ya el día primero de enero de 1959 había síntomas de debilidad creciente entre las fuerzas defensoras. En la mañana de ese día mandamos a los capitanes Nuñez Jiménez y Rodríguez de la Vega a pactar la rendición del cuartel. Las noticias eran contradictorias: Batista había huido ese día, desmoronándose la Jefatura de las Fuerzas Armadas. Nuestros dos delegados establecían contacto por radio con Cantillo, haciéndole conocer la oferta de rendición, pero éste estimaba que no era posible aceptarla porque constituía un ultimátum y que él había ocupado la Jefatura del Ejército siguiendo instrucciones precisas del líder Fidel Castro. Hicimos inmediato contacto con Fidel, anunciándole las nuevas, pero dándole la opinión nuestra sobre la actitud traidora de Cantillo, opinión que coincidía absolutamente con la suya. (Cantillo permitió en esos momentos decisivos que se fugaran todos los grandes responsables del gobierno de Batista, y su actitud era más triste si se considera que fue un oficial que hizo contacto con nosotros y en quien confiamos como un militar con pundonor.)

Los resultados siguientes son por todos conocidos: la negativa de Castro a reconocerle; su orden de marchar sobre la ciudad de La Habana; la posesión por el coronel Barquín de la Jefatura del Ejército, luego de salir de la prisión de Isla de Pinos; la toma de la Ciudad Militar de Columbia por Camilo Cienfuegos y de la Fortaleza de la Cabaña por nuestra columna 8, y la instauración final, en cortos días, de Fidel Castro como Primer Ministro del Gobierno Provisional. Todo esto pertenece a la historia política actual del país.

Ahora estamos colocados en una posición en la que somos mucho más de simples factores de una nación; constituimos en este momento la esperanza de la América irredenta. Todos los ojos -los de los grandes opresores y los de los esperanzados- están fijos en nosotros. De nuestra actitud futura que presentemos, de nuestra capacidad para resolver los múltiples problemas, depende en gran medida el desarrollo de los movimientos populares en América, y cada paso que damos está vigilado por los ojos omnipresentes del gran acreedor y por los ojos optimistas de nuestros hermanos de América.

Con los pies firmemente asentados en la tierra, empezamos a trabajar y a producir nuestras primeras obras revolucionarias, enfrentándonos con las primeras dificultades. Pero ¿cuál es el problema fundamental de Cuba, sino el mismo de toda América, el mismo incluso del enorme Brasil, con sus millones de kilómetros cuadrados, con su país de maravilla que es todo un Continente? La monoproducción. En Cuba somos esclavos de la caña de azúcar, cordón umbilical que nos ata al gran mercado norteño. Tenemos que diversificar nuestra producción agrícola, estimular la industria y garantizar que nuestros productos agrícolas y mineros y -en un futuro inmediato- nuestra producción industrial, vaya a los mercados que nos convengan por intermedio de nuestra propia línea de transporte.

La primera gran batalla del gobierno se dará con la Reforma Agraria, que será audaz, integral, pero flexible: destruirá el latifundio en Cuba, aunque no los medios de producción cubanos. Será una batalla que absorba en buena parte la fuerza del pueblo y del gobierno durante los años venideros. La tierra se dará al campesino gratuitamente. Y se pagará a quien demuestre haberla poseído honradamente, con bonos de rescate a largo plazo; pero también se dará ayuda técnica al campesino, se garantizarán los mercados para los productos del suelo y se canalizará la producción con un amplio sentido nacional de aprovechamiento en conjunción con la gran batalla de la Reforma Agraria, que permita a las incipientes industrias cubanas, en breve tiempo, competir con las monstruosas de los países en donde el capitalismo ha alcanzado su más alto grado de desarrollo. Simultáneamente con la creación del nuevo mercado interno que logrará la Reforma Agraria, y la distribución de productos nuevos que satisfagan a un mercado naciente, surgirá la necesidad de exportar algunos productos y hará falta el instrumento adecuado para llevarlos a uno y a otro punto del mundo. Dicho instrumento será una flota mercante, que la Ley de Fomento Marítimo ya aprobada, prevé. Con esas armas elementales, los cubanos iniciaremos la lucha por la liberación total del territorio. Todos sabemos que no será fácil, pero todos estamos conscientes de la enorme responsabilidad histórica del Movimiento 26 de Julio, de la Revolución cubana, de la Nación en general, para constituir un ejemplo para todos los pueblos de América, a los que no debemos defraudar.

Pueden tener seguridad nuestros amigos del Continente insumiso que, si es necesario, lucharemos hasta la última consecuencia económica de nuestros actos y si se lleva más lejos aún la pelea, lucharemos hasta la última gota de nuestra sangre rebelde, para hacer de esta tierra una república soberana, con los verdaderos atributos de una nación feliz, democrática y fraternal de sus hermanos de América.

[Fragmento final de “Una revolución que comienza”, publicado en O Cruzeiro, 16 de junio, 1º de julio y 16 de Julio; 1959]

 

Apéndices

 

A Fidel Castro (sobre la invasión).

Te escribo desde pleno llano, sin aviones, con relativamente pocos mosquitos y sin comer por la libre solo debido al rápido tren de marcha que llevo. Te haré un corto relato: salimos la noche del 31 con 4 caballos, pues era imposible salir en camiones debido a que a Magadán  le cogieron toda la gasolina y se temía una emboscada en Jibacoa. Pasamos sin novedad por ese punto que estaba abandonado por los guardias, pero no pudimos seguir más de un par de leguas, durmiendo en un cayito de monte de aquel lado de la carretera. Recomiendo establecer un pelotón permanente en Jibacoa que permitiría el abastecimiento desde esta zona, hasta ahora bastante controlada. El primero de septiembre pasamos la carretera y tomamos tres carros que se descomponían con una frecuencia aterradora, llegando hasta una estancia llamada Cayo Redondo donde pasamos el día con el huracán acercándose. Los guardias llegaron cerca, en número de 40 pero se retiraron sin combatir. Seguimos con los camiones, ayudados por 4 tractores, pero fue imposible y debimos renunciar a ellos para el día siguiente, 2 de septiembre, día en que seguimos a pie con unos cuantos caballos llegando a las orillas del Cauto   que no se pudo pasar por la noche debido a una extraordinaria crecida. Pasamos de día empleando 8 horas en hacerlo y esta noche salimos de casa del coronel para seguir la ruta estudiada. Estamos sin caballos pero podemos conseguir más en el camino y pienso llegar con todo el mundo montado a la zona de operaciones asignada. No se puede hacer cálculos exactos sobre el tiempo que tardaré debido a múltiples inconvenientes que van surgiendo por los caminos endemoniados. Trataré de seguir informándote en el camino para ir creando correos eficientes y dándote informes de la gente que hay. De esta zona recomiendo solamente a dos hasta ahora, Pepín Magadán, que tiene sus defectos pero es de una efectividad asombrosa, al que se puede encargar de conseguir mercancías y dinero, y Concepción Rivero, que es un hombre serio, por lo que se ve.

Por ahora nada más, un gran abrazo al lejano mundo que apenas se dibuja en el horizonte, desde aquí.

Septiembre 8/58, 1.50 a.m.

Después de agotadoras jornadas nocturnas, te escribo al fin desde Camagüey y sin perspectivas inmediatas de acelerar la marcha que lleva un promedio de 3-4 leguas diarias, con la tropa montada a medias y sin monturas. Camilo está en las inmediaciones y lo esperaba aquí, en la arrocera Bartles, pero no llegó. El Llano es formidable; no hay tantos mosquitos, no se ha visto ni un casquito y los aviones parecen inofensivas palomas. Radio Rebelde es escuchada con muchas dificultades a través de Venezuela.

Todo indica que los guardias no quieren guerra y nosotros tampoco; te confieso que le tengo miedo a una retirada con 150 inexpertos reclutas en estas zonas desconocidas, pero una guerrilla armada de 30 hombres puede hacer maravillas en la zona y revolucionarla. Yo de paso dejé las bases de un sindicato arrocero en Leonero y hablé del impuesto pero se me tiraron al suelo. No es que haya claudicado frente a la patronal pero me parece que la cuota es excesiva, les dije que eso se podría conversar y lo dejé para el próximo que caiga. Un tipo con conciencia social puede hacer maravillas en esta zona y hay bastante monte para esconderse. De mis planes futuros no te puedo decir nada, en cuanto a camino se refiere, porque yo mismo no lo sé; depende más bien de circunstancias especiales y aleatorias como ahora que estamos esperando unos camiones para ver si nos libramos de los caballos, perfectos para los tiempos anaviónicos de Maceo, pero muy visibles desde el aire. Si no fuera por la caballería podríamos caminar de día tranquilamente. El fango y el agua están por la libre y los fidelazos que he tenido que tirar para llegar con los obuses en buen estado son de película; hemos tenido que atravesar varios arroyos a nado con un trabajo bárbaro, pero la tropa se porta bien aunque ya la escuadra de castigo está funcionando a todo tren y promete ser la mas nutrida de la columna. El próximo informe irá por vías mecanizadas, si es posible de la ciudad de Camagüey. Nada más que la reiteración del fraterno abrazo a los de la ‘Sierra’, que ya no se ve.

Septiembre 13/58, 9.50 p.m.

Después de algunas accidentadas jornadas te escribo todavía en pleno Camagüey, a punto hoy de cruzar la parte más peligrosa o una de las dos más peligrosas del recorrido. Camilo ya cruzó antenoche con bastantes dificultades técnicas pero sin problemas militares. Desde el último informe que te rendí pasaron algunas cosas desagradables pues, debido al falló de los prácticos caímos en una emboscada en la finca de Remigio Fernández, en la Federal, muriendo Marcos Barrero, el que fuera capitán; redujimos a los guardias que eran ocho, haciéndoles tres muertos y cuatro prisioneros que conservamos con nosotros hasta encontrar la oportunidad de soltarlos; uno escapó y dio el pitazo. Llegaron unos 60 guardias y, por consejo de Camilo que estaba cerca, nos retiramos sin combatir casi, pero perdimos otro hombre, Dalcio Gutiérrez, de la Sierra. Herman fue herido en una pierna, levemente y Enriquito Acevedo de cierta gravedad en ambos brazos. Se distinguieron el mismo Acevedo, el capitán Ángel Frías y el teniente Roberto Rodríguez Vaquerito. Posteriormente, trataron nuevamente de avanzar y sorprendimos un camión pero con sólo cuatro hombres nuestros en la emboscada, haciéndole dos bajas por lo menos. Nos retirarnos a la Federal y rápidamente nos fuimos, sacando a Enrique para su curación, al día siguiente ametrallaron los B-26. Camilo pudo seguir más aprisa y nosotros estamos esperando el resultado de unos camiones que mandé coger.

Por aquí están pasando cosas muy raras que indican la conveniencia inmediata de que venga un Jefe de experiencia y “bicho” a estos contornos. No debe de ninguna manera tener más de 30 hombres armados, pero puede colectar aquí lo que le parezca en todos sentidos. Conviene trabajar la zona de las Naboas donde hay muy buen clima debido a los despojos del central Francisco. Hay monte firme hasta Santa Cruz, desde Santa Beatriz, bueno para ese número de hombres. Deben atender lo que hace la dirección en Camagüey pues están haciendo promesas de incorporación a todo el mundo y nos vemos asaltados por cuadrillas de desarmados pidiendo ingreso. Averigüé el asunto del loco y efectivamente el hombre tenía una sicosis de guerra terrible.

Hay muchos problemas más que quisiera plantearte, pero el tiempo no me alcanza, pues debo salir ya. Dicen que hay mucho guardia en el camino pero cuando este informe llegue sabrás por otros rumbos.

 

Marcha sobre Las Villas.

 

Día 13 de septiembre. La noche de este día te envié el último informe anunciando los peligros a que estábamos expuestos. Los contactos con el Movimiento 26 de Julio habían asegurado la llegada de los prácticos, cosa que no sucedió. Viendo esta situación, resolví de todas maneras seguir con un práctico improvisado. El resultado final fue que nos metió al amanecer en una posta de Cuatro Compañeros. Las precauciones aconsejables no se
habían podido tomar íntegramente y, aunque no tuvimos bajas, se creó un estado de confusión. Desconociendo totalmente la zona ordenamos marchar hacia un monte que se veía en la medía luz del alba, pero para llegar a él había que cruzar una línea sobre la cual los guardias avanzaron en dos direcciones diferentes. Hubo que entablar combate para permitir el paso de los compañeros más retrasados. Allí fue herido el capitán Silva, quien ha continuado con estoicismo ejemplar al frente de sus hombres a pesar de haber sufrirlo la fractura de la región articular del hombro derecho. Tuvimos que seguir combatiendo sobre la línea férrea en una extensión de no más de 200 metros, conteniendo el avance del enemigo, pues nos faltaban hombres. Esa situación duró dos horas y media, hasta que a las 9 y 30 de la mañana di orden de retirada, habiendo perdido al compañero Juan, al que una bomba de 100 libras le destrozó la pierna derecha; tuvimos otros heridos pero a resultas del bombardeo y ametrallamiento efectuado por dos B-26, dos C-47 y dos avionetas a ras del monte y durante 45 minutos.

En días subsiguientes fue haciéndose la reagrupación de la gente, constatando por último que diez hombres dispersados estaban en la columna de Camilo y solamente desaparecido uno apodado Morenito cuyo nombre y apellido incluiré al final. Sin permitimos un solo día de descanso fuimos pasando sucesivamente por Remedios, una arrocera, Cadenas, algunos cayos de menor importancia, Laguna de Guano. Todo esto sin práctico, recogiendo a veces algún campesino y funcionando a brújula otras. La conciencia social del campesinado camagüeyano en las zonas ganaderas es mínima y debimos arrastrar las consecuencias de numerosos chivatazos.

20 de septiembre. Escuchamos este día por el radio, informe de Tabernilla sobre la columna destrozada del Che Guevara. Sucedió que en una de las mochilas encontraron la libreta donde estaba apuntado el nombre, la dirección, las armas, balas y pertrechos de toda la columna, miembro por miembro. Además, un miembro de esta columna, que es miembro también del PSP, dejó su mochila con documentos de esa organización. Cruzamos en días sucesivos el río San Pedro, y el Duran o Altamira, llegando hasta un lugar denominado El Chicharrón. Allí desertó un individuo incorporado en Camagüey y poco después en el cruce de una línea peligrosa se perdió José Pérez, incorporado a la columna antes de marchar de Oriente, el que sospecho deserto con su fusil.

Cruzamos un terraplén de cierto peligro y nos internamos en la zona arrocera donde están las grandes fincas de los hermanos Aguilera. No teníamos prácticos e íbamos tras las huellas esporádicas del compañero Camilo. Desde el día 20 caminamos casi ininterrumpidamente entre cenagales. Hubimos de abandonar los pocos caballos que llevábamos más de una vez; la mazamorra empezó a hacer estragos entre la tropa.

29 de septiembre. Habíamos dejado atrás la última arrocera Aguilera y entrado en terrenos del central Baraguá, cuando nos encontramos con que el ejército tenía bloqueada totalmente la línea que había que cruzar. Nos descubrieron en la marcha y de la retaguardia se repelió a los guardias con un par de tiros. Pensando que los tiros provenían de los guardias emboscados en la línea, siguiendo su inveterada costumbre, ordené esperar la noche, pensando que podríamos pasar. Cuando me enteré de la escaramuza, es decir, que el enemigo tenía pleno conocimiento de nuestra posición ya era tarde para intentar el paso, pues era una noche oscura y lluviosa y no teníamos reconocimiento alguno de la posición enemiga, muy reforzada. Hubo que retroceder a brújula, permaneciendo en la zona cenagosa y de monte ralo para despistar a los aviones que, efectivamente, volcaron su ataque sobre un monte frondoso a cierta distancia de nuestra posición. Los exploradores encabezados por el teniente Acevedo descubrieron un paso en la extremidad de la línea enemiga, pues descuidaron una laguna por la que creyeron imposible el tránsito. Por esa laguna cenagosa, tratando de amortiguar en lo posible el ruido de 140 hombres chapaleando fango caminamos cerca de 2 kilómetros hasta cruzar la línea a cerca de 100 metros de la última posta de la que escuchábamos su conversación. El chapaleo, imposible de evitar totalmente, y la luna clara me hacen pensar con visos de certeza que el enemigo se dio cuenta de nuestra presencia, pero el bajo nivel combativo que en todo momento han demostrado los soldados de la dictadura los hicieron sordos a todo rumor sospechoso.

Caminamos toda la noche entre cenagales de agua marina, y parte del día siguiente. Una cuarta parte de la tropa estaba sin zapatos o con ellos en malas condiciones.

3 de octubre. En un cayo cercano al central Baraguá, fue capturado el carnicero de ese central a cuya familia se le notificó que no le pasaría nada, pero que debía permanecer con nosotros como práctico, un par de días. Parece que la mujer quería cambiar de marido y mandó un chivatazo flor de resultas del cual tuvimos la visita de los B-26 con su cargamento acostumbrado; no hubo novedad, pero debimos caminar toda la noche en una laguna llena de unas matas con hojas filosas que lastimaron los pies de algunos descalzos. La moral de la tropa iba sufriendo los impactos del hambre y la mazamorra. No podíamos descansar nunca pues los guardias seguían tras nuestro rastro con la ayuda principalísima de los aviones. En cada campesino veíamos el presunto chivato, en una situación psíquica similar a los primeros tiempos de la Sierra Maestra. No pudimos establecer contacto con la organización del 26 de Julio, pues un par de supuestos miembros se negaron a la hora en que pedí ayuda, y sólo la recibí, monetaria, nylons, algunos zapatos, medicinas, comida y guías, de parte de los miembros del PSP, que me dijeron haber solicitado ayuda de los organismos del Movimiento, recibiendo la contestación siguiente que debe tomarse con beneficio de inventario, pues no me consta: “Si el Che manda un papel escrito, nosotros le ayudamos; si no, que se joda el Che”.

7 de octubre. Hacemos contacto con tres prácticos del Escambray, que traen un rosario de quejas por la actuación de Gutiérrez Menoyo, informándome que Bordón había sido tomado preso y había existido una situación que llegó a estar cerca de una batalla campal entre los grupos. Me pareció que había muchos trapos sucios que sacar al sol en toda esta cuestión y mandé a uno de ellos ordenándole a Bordón que avanzara a mi encuentro. Este día, para tratar de limpiar la escoria de la columna, ordené el licenciamiento de todo el que lo solicitara; siete aprovecharon la oportunidad y doy sus nombres para la historia negativa de esta Revolución: Víctor Sarduy, Juan Nogueras, Ernesto Magaña, Rigoberto Solís, Oscar Macías, Teodoro Reyes y Rigoberto Alarcón. Un día antes se había extraviado y sospecho que desertó Pardillo, del pelotón de Joel.

A partir de ese momento la aviación siguió matemáticamente nuestros pasos, bombardeando el monte que habíamos dejado el día anterior, mientras salían a cortarnos el paso por el río Jatibonico. En uno de esos bombardeos estalló en el aire un Jet de retropropulsión cuya noticia habrás oído por el radio. El día 10 de octubre nos alcanzó la aviación ametrallando el monte en que estábamos. Fueron las avionetas y no hubo víctimas. La vanguardia tomó al día siguiente un batey que comunicaba con una arrocera próxima y nos enteramos de que el Ejército conocía nuestra situación por conversaciones telefónicas que interceptamos “Las ratas” estaban perfectamente localizadas (aunque, previendo esto, hicimos abandono del monte y nos encerramos en una casa rodeada de potreros donde permanecimos todo el día sin movernos). Según los informes recogidos de las conversaciones del ejército, éstos no nos creían capaces de caminar las dos leguas que nos separaban del Jatibonico. Por supuesto, las hicimos esa noche, cruzamos el río a nado, aunque mojando casi todo el armamento e hicimos una legua más hasta llegar al refugio segurote un monte. El paso del Jatibonico fue como el símbolo de un pasaje de las tinieblas a la luz. Ramiro dice que fue como un conmutador eléctrico que encendiera la luz y es una imagen exacta. Pero desde el día anterior azulaban las sierras a lo lejos y hasta el más remiso lomero sentía unas ansias terribles de llegar.

Caminamos luego una jornada agotadora entre fangales, cruzamos arroceras y cañaverales, cruzamos el río Zaza, que debe ser uno de los más anchos de Cuba, cruzamos el último cordón de guardias en la carretera de Trinidad a Sancti Spíritus, el día 15 por la noche, y comenzó nuestra fatigosa tarea política.

He oído el desastre de Vega, evidentemente es producto de la impericia, a Ramiro no le hubiera pasado eso, pero déjenos un tiempo y demostraremos que su presencia aquí es positiva para la Revolución.

Sierra del Escambray, octubre 23 de 1958.

[En: Carlos Franqui: Libro de los doce, México 1966]

 

Un pecado de la Revolución

 

Las revoluciones, transformaciones sociales radicales y aceleradas, hechas de las circunstancias; no siempre, o casi nunca, o quizás nunca, maduradas y previstas científicamente en sus detalles; hechas de las pasiones, de la improvisación de los hombres en su lucha por las reivindicaciones sociales, no son nunca perfectas. La nuestra tampoco lo fue. Cometió errores y algunos de esos errores se pagan caros. Hoy se nos muestra la evidencia de otro, que no ha tenido repercusión, pero que demuestra cómo es muy cierto el lenguaje popular cuando expresa una vez que “la cabra tira al monte” y otra, que “Dios los hace y ellos se juntan”.

Cuando las tropas de la invasión, doloridas, con los pies llagados, ensangrentados y ulcerados por las afecciones provocadas por los hongos, manteniendo indemnes solamente la fe, después de cuarenta y cinco días de camino llegaron a las estribaciones del Escambray, fueron alcanzadas por una carta insólita. Era firmada por el comandante Carrera y en ella se prevenía a la columna del Ejército Revolucionario por mí comandada, que no podía subir al Escambray sin aclarar bien a qué iba y que, antes de subir, debía detenerme para explicárselo. ¡Detenernos en las zonas de llanos, en las condiciones en que íbamos, y amenazados de cerco todos los días, del cual podíamos escapar sólo por nuestra rapidez de movimiento! Esa fue la esencia de una larga e insolente carta. Seguimos adelante, extrañados, lastimados porque no esperábamos eso de quienes se decían nuestros compañeros de lucha, pero decididos a solucionar cualquier problema cumpliendo las órdenes expresas del Comandante en Jefe Fidel Castro ordenando claramente trabajar para lograr la unidad de todos los combatientes. Llegamos al Escambray y acampamos cerca del pico denominado Del Obispo, que se ve de la ciudad de Sancti Spíritus y tiene una cruz en su cima. Allí pudimos establecer nuestro primer campamento e inmediatamente indagamos por una casa donde debía esperarnos uno de los artículos más preciados del guerrillero: los zapatos. No había zapatos; se los habían llevado las fuerzas del Segundo Frente del Escambray, a pesar de que habían sido logrados por la organización del 26 de julio. Todo amenazaba tormenta; sin embargo, logramos mantenernos serenos, conversar con algún capitán, del que luego nos enteramos que habían asesinado cuatro combatientes del pueblo que quisieron ir a ocupar su lugar en las filas revolucionarias del 26 de Julio abandonando el Segundo Frente, y tuvimos una entrevista, inamistosa pero no borrascosa, con el Comandante Carrera. Este había ingerido ya la mitad de una botella de licor, que era también aproximadamente la mitad de su cuota diaria. Personalmente no fue tan grosero como en su misiva de días anteriores, pero se adivinaba un enemigo.

Después conocimos al Comandante Peña, famoso en la región por sus correrías detrás de las vacas de los campesinos que nos prohibió enfáticamente atacar Güinía de Miranda porque el pueblo pertenecía a su zona; al argumentarle que la zona era de todos, que había que luchar y que nosotros teníamos más y mejores armas y más experiencia, nos dijo simplemente que nuestra bazooka era balanceada por 200 escopetas y 200 escopetas hacían el mismo agujero que una bazooka. Terminante. Güinía de Miranda estaba destinada a ser tomada por el Segundo Frente y no podíamos atacar. Naturalmente que no hicimos caso; pero sabíamos que estábamos frente a peligrosos “aliados”.

Tras de muchas depredaciones, muy largas de contar, donde nuestra paciencia fue puesta a prueba infinitas veces y donde aguantamos más de lo debido, según la justa crítica del compañero Fidel, se llegó a un “statu quo” donde se nos permitía hacer la Reforma Agraria en toda la zona perteneciente al Segundo Frente siempre y cuando se les permitiera a ellos cobrar tributos. ¡Cobrar tributos, la palabra de orden!

La historia es larga. Nosotros ocupamos en una lucha sangrienta y continua las principales ciudades del país y contamos con buenos aliados en el Directorio Revolucionario, cuyos hombres, en menor número y también de menor experiencia, hicieron todo lo posible por coadyuvar a nuestro éxito común. El primero de enero el mando revolucionario exigía que todas las tropas combatientes se pusieran bajo mis órdenes en santa Clara. El Segundo Frente Nacional del Escambray, por boca de su jefe Gutiérrez Menoyo, inmediatamente se ponía a mis órdenes. No había problema ninguno. Dimos entonces la instrucción de que nos esperaran porque teníamos que arreglar los asuntos civiles de la primera gran ciudad conquistada.

En aquellos días era difícil controlar las cosas y cuando caímos en cuenta el segundo Frente, detrás de Camilo Cienfuegos, había entrado “heroicamente”en La Habana. Pensamos que podía ser alguna maniobra para tratar de hacerse fuertes, de tomar algo, de impulsar alguna cosa. Ya lo conocíamos, pero cada día los conocíamos más. Ellos tomaron efectivamente las posiciones estratégicas más importantes, para su mentalidad… A los pocos días llegaba la primera cuenta del Hotel Capri, firmaba Fleitas; $15.000 en comida y bebida para un reducido número de aprovechados.

Cuando llegó la hora de los grados, casi un centenar de capitanes y un buen número de comandantes aspiraban a las canonjías estatales, además de un gran “selecto” núcleo de hombres presentados por los inseparables Menoyo y Fleitas, que aspiraban a toda una serie de cargos en el aparato estatal. No eran cargos extremadamente remunerados; todos tenían una característica: eran los puestos donde se robaba en la administración prerrevolucionaria. Los inspectores de Hacienda, los recaudadores de impuestos, todos los lugares donde el dinero caminaba y pasaba por sus ávidos dedos, eran el fruto de sus aspiraciones. Esa era parte del Ejército Rebelde con la que debíamos convivir.

Desde los primeros días se plantearon divergencias serias que culminaron a veces en cambios de palabras violentos; pero siempre nuestra aparente cordura revolucionaria primaba y cedíamos en bien de la unidad. Manteníamos el principio. No permitíamos robar ni dábamos puestos claves a quienes sabíamos aspirantes a traidores; pero no los eliminábamos, contemporizábamos, todo en beneficio de una unidad que no estaba totalmente comprendida. Ese fue un pecado de la Revolución.

El mismo pecado que hizo pagarle suculentos sueldos a los Barquín, a los Felipe Pazos, a las Teté Casuso y a tantos y tantos botelleros internos y externos que la Revolución mantenía eludiendo el conflicto, tratando de comprar su silencio con un tácito entendimiento entre un sueldo que era ya una botella y un gobierno que ellos esperaban el momento para traicionar. Pero el enemigo tiene más dinero y más medios de sobornar a la gente. Al fin y al cabo, ¿qué podíamos ofrecer a un Fleitas o a un Menoyo sino un puesto de trabajo y de sacrificio?

Ellos, que vivieron el cuento de una lucha que no hicieron, embaucando a la gente, buscando puestos, tratando siempre de acercarse a los lugares donde el dinero estaba a flor de tierra, “empujando”en todos los gabinetes ministeriales, despreciados por todos los revolucionarios puros, pero admitidos, aunque a regañadientes, eran un insulto a nuestra conciencia de revolucionarios. Constantemente con su presencia nos mostraban nuestro pecado; el pecado de la transigencia frente a la falta de espíritu revolucionario, frente al traidor en potencia o de hecho frente al débil de espíritu, al cobarde, al ladrón, al “comevaca”.

Nuestra conciencia se ha limpiado porque se han ido todos juntos, los que Dios los hizo, en unos barquitos, hacia Miami. Muchas gracias, “comevacas” de Segundo Frente. Muchas gracias por aliviarnos de la presencia execrable de los comandantes de dedo, de los capitanes de mentirillas, de los héroes que desconocen el rigor de las campañas, pero no el abrigo fácil de las casas campesinas. Muchas gracias por darnos esta lección, por demostrarnos que no se puede comprar conciencias con la dádiva revolucionaria, que es exigua y exigente para con todos, por demostrarnos que tenemos que inflexibles frente al error, la debilidad, el dolor, la mala fe de cualquiera y levantarnos y denunciar y castigar en cualquier lugar en que asome algún vicio que vaya contra los altos postulados de la Revolución.

Que el ejemplo del Segundo Frente, que el ejemplo de nuestro querido y buen amigo, el ex ladrón Prío, nos llame a la realidad. Que no nos cueste llamarle ladrón al ladrón, porque nosotros mismos, en honor a lo que bautizamos cómodamente como”táctica revolucionaria”, le llamamos “ex Presidente”al ladrón, en tiempos en que el “ex Presidente” no nos llamaba como ahora, “comunistas despreciables”, sino como salvadores de Cuba.

El ladrón es ladrón y se morirá ladrón. Por lo memos, el ladrón de altura; no el que en algunos países, desesperados, tiene que quitar una migaja para dar de comer a sus hijos. Éste, el que roba para lograr mujeres y drogas o licores, para lograr la satisfacción de los bajos instintos que lo animan, será ladrón toda su vida.

Allá están juntos los que golpean nuestra conciencia, los Felipe Pazos, que venden su honestidad como una alta moneda para ponerla al frente de las “serias” instituciones; los Rufo López o Justo Carrillos, que dan su saltico para acomodarse a la situación y buscar un peldaño más; los Miró Cardona, optimistas eternos; los ladrones irremediables, complicados en asesinatos del pueblo, los “comevacas”cuyas “hazañas de produjeran entre la masa campesina que asesinaron en la zona del Escambray, sembrando un terror más grande que el de los propios guardias. Ellos son nuestra conciencia. Ellos nos dicen nuestro pecado, un pecado de la Revolución, el que no debe repetirse, el de la enseñanza que debemos aprender.

La conducta revolucionaria es espejo de la fe revolucionaria y cuando alguien se dice revolucionario no se conduce como tal, no puede ser más que un desfachatado. Estréchense en los mismos brazos, Venturas y Tony Varona que tanto pelean entre sí, Príos y Batistas, Gutiérrez Menoyo y Sánchez Mosqueras; asesinos que mataban para satisfacer algún deseo inmediato, en nombre de su codicia y asesinos que mataban para saciar una codicia, en nombre de la libertad; ladrones y vendedores de honradez, oportunistas de toda laya, candidatos a la presidencia… bonito conjunto.

¡Cuánto nos han enseñado! Muchas gracias

[Verde Olivo, 12 de febrero, 1961]

 

 

Lidia y Clodomira.

 

Conocí a Lidia, apenas a unos seis meses de iniciada la gesta revolucionaria. Estaba recién estrenado como comandante de la Cuarta Columna y bajábamos, en una incursión relámpago, a buscar víveres al pueblecito de San Pablo de Yao, cerca de Bayamo, en las estribaciones de la Sierra Maestra. Una de las primeras casas de la población pertenecía a una familia de panaderos. Lidia, mujer de unos cuarenta y cinco años, era uno de los dueños de la panadería. Desde el primer momento, ella, cuyo único hijo había pertenecido a nuestra columna, se unió entusiastamente y con una devoción ejemplar a los trabajos de la revolución.

Cuando evoco su nombre, hay algo más que una apreciación cariñosa hacia la revolucionaria sin tacha, pues tenía ella una devoción particular por mi persona que la conducía a trabajar preferentemente a mis órdenes, cualquiera que fuera el frente de operaciones al cual yo fuera asignado. Incontables son los hechos en que Lidia intervino en calidad de mensajera especial, mía o del Movimiento. Llevó a Santiago de Cuba y a La Habana los más comprometedores papeles, todas las comunicaciones de nuestra columna, los números del periódico El Cubano Libre; traía también el papel, traía medicinas, traía, en fin, lo que fuera necesario, y todas las veces que fuera necesario.

Su audacia sin límites hacía que los mensajeros varones eludieran su compañía. Recuerdo siempre las apreciaciones, entre admirativas y ofuscadas, de uno de ellos que me decía: “Esa mujer tiene más… que Maceo, pero nos va a hundir a todos; las cosas que hace son de loco, este momento no es de juego”. Lidia, sin embargo, seguía cruzando una y otra vez las líneas enemigas.

Me trasladaron a la zona de la Mina del Frío, en las Vegas de Jibacoa, y allí fue ella dejando el campamento auxiliar del cual había sido jefa, durante un tiempo, y a los hombres a los que mandó gallardamente y, hasta un poco, tiránicamente, provocando cierto resquemor entre los cubanos no acostumbrados a estar bajo el mando de una mujer. Ese puesto era el más avanzado de la revolución, situado en un lugar denominado la Cueva, entre Yao y Bayamo. Hube de quitarle el mando porque era una posición demasiado peligrosa y, después de localizada, eran muchas las veces que los muchachos tenían que salir a punta de bala de ese lugar. Traté de quitarla definitivamente de allí, pero sólo lo conseguí cuando me siguió al nuevo frente de combate.

Entre las anécdotas demostrativas del carácter de Lidia, recuerdo ahora el día en que murió un gran combatiente imberbe de apellido Geilín, de Cárdenas. Este muchacho integraba nuestra avanzada en el campamento, cuando Lidia estaba allí. Al ella ir hacia el mismo, retornando de una misión, vio a los guardias que avanzaban sigilosamente sobre el puesto, respondiendo sin duda a algún “chivatazo”. La reacción de Lidia fue inmediata; sacó su pequeño revólver 32 para dar la alarma con un par de tiros al aire; manos amigas se lo impidieron a tiempo, pues les hubiera costado la vida a todos; sin embargo, los soldados avanzaron y sorprendieron la posta del campamento. Guillermo Geilín se defendió bravamente hasta que, herido dos veces, sabiendo lo que le pasaría después si caía vivo en manos de los esbirros, se suicidó. Los soldados llegaron, quemaron lo que había quemable y se fueron. Al día siguiente encontré a Lidia. Su gesto indicaba la más grande desesperación por la muerte del pequeño combatiente y también la indignación contra la persona que le había impedido dar la alarma. A mí me mataban, decía, pero se hubiera salvado el muchacho; yo, ya soy vieja, él no tenía 20 años. Ese era el tema central de sus conversaciones. A veces parecía que había un poco de alarde en su continuo desprecio verbal por la muerte, sin embargo, todos los trabajos encomendados eran cumplidos a perfección.

Ella conocía cómo me gustaban los cachorros y siempre estuvo prometiéndome traer uno de La Habana sin poder cumplir su promesa. En los días de la gran ofensiva del ejército, llevo Lidia, a cabalidad, su misión. Entró y salió de la sierra, trajo y llevó documentos importantísimos, estableciendo nuestras conexiones con el mundo exterior. La acompañaba otra combatiente de su estirpe, de quien no recuerdo más que el nombre, como casi todo el Ejército Rebelde que la conoce y la venera: Clodomira. Lidia y Clodomira ya se habían hecho inseparables compañeras de peligro, iban y venían juntas de un lado a otro.

Había ordenado a Lidia que, apenas llegada a Las Villas, después de la invasión, se pusiera en contacto conmigo, pues debía ser el principal medio de comunicación con La Habana y con la Comandancia General de la Sierra Maestra. Llegué y, a poco encontramos su carta en la cual me anunciaba que me tenía un cachorro listo para regalármelo y que me lo traería en el próximo viaje. Ese fue el viaje que Lidia y Clodomira nunca realizaron. A poco me enteré que la debilidad de un hombre, cien veces inferior como hombre, como combatiente, como revolucionario o como persona, había permitido la localización de un grupo entre los que estaban Lidia y Clodomira. Nuestros compañeros se defendieron hasta la muerte; Lidia estaba herida cuando la llevaron. Sus cuerpos han desaparecido; están durmiendo su último sueño, Lidia y Clodomira, sin duda juntas como juntas lucharon en los últimos días de la gran batalla por la libertad.

Tal vez algún día se encuentren sus restos en algún albañal o en algún campo solitario de este enorme cementerio que fue la isla entera. Sin embargo, dentro del Ejército Rebelde, entre los que pelearon y se sacrificaron en aquellos días angustiosos, vivirá eternamente la memoria de las mujeres que hacían posible con su riesgo cotidiano las comunicaciones por toda la isla y, entre todas ellas, para nosotros, para los que estuvimos en el Frente Número 1 y, personalmente, para mí, Lidia ocupa un lugar de preferencia. Por eso hoy vengo a dejar en homenaje estas palabras de recuerdo, como una modesta flor, ante la tumba multitudinaria que abrió sus miles de bocas en nuestra isla otrora alegre.

[Publicado con el título “Lidia” en Humanismo, 53-54, enero-abril de 1959]

 

 

El Patojo

 

Hace algunos días, al referirse a los acontecimientos de Guatemala, el cable traía la noticia de la muerte de algunos patriotas y, entre ellos, la de Julio Roberto Cáceres Valle.

En este afanoso oficio de revolucionario, en medio de luchas de clases que convulsionan el Continente entero, la muerte es un accidente frecuente. Pero la muerte de un amigo, compañero de horas difíciles y de sueños de horas mejores, es siempre dolorosa para quien recibe la noticia y Julio Roberto fue un gran amigo. Era de muy pequeña estatura, de físico más bien endeble; por eso le llamábamos El Patojo, modismo guatemalteco que significa pequeño, niño.

El Patojo, en México había visto nacer el proyecto de la Revolución, se había ofrecido como voluntario, además; pero Fidel no quiso traer más extranjeros a esta empresa de liberación nacional en la cual me tocó el honor de participar.

A los pocos días de triunfar la Revolución, vendió sus pocas cosas y con una maleta se presentó ante mí, trabajó en varios lugares de la administración pública y llegó a ser el primer jefe de personal del Departamento de Industrialización del INRA, pero nunca estaba contento con su trabajo. El Patojo buscaba algo distinto, buscaba la liberación de su país; como en todos nosotros, una profunda transformación se había producido en él, el muchacho azorado que abandonaba Guatemala sin explicarse bien la derrota, hasta el revolucionario consciente que era ahora.

La primera vez que nos vimos fue en el tren, huyendo de Guatemala, un par de meses después de la caída de Árbenz; íbamos hasta Tapachula, de donde deberíamos llegar a México. El Patojo era varios años menor que yo, pero en seguida entablamos una amistad que fue duradera. Hicimos juntos el viaje desde Chiapas hasta la Ciudad de México, juntos afrontamos el mismo problema; los dos sin dinero, derrotados, teniendo que ganarnos la vida en un medio indiferente cuando no hostil.

El Patojo no tenía ningún dinero y yo algunos pesos; compré una máquina fotográfica y, juntos nos dedicamos a la tarea clandestina de sacar fotos en los parques, en sociedad con un mexicano que tenía un pequeño laboratorio donde revelábamos. Conocimos toda la Ciudad de México, caminándola de una punta a la otra para entregar las malas fotos que sacábamos, luchamos con toda clase de clientes para convencerlos de que realmente el niñito fotografiado lucía muy lindo y que valía la pena pagar un peso mexicano por esa maravilla. Con este oficio comimos varios meses, poco a poco nos fuimos abriendo paso y las contingencias de la vida revolucionaria nos separaron. Ya he dicho que Fidel no quiso traerlo, no por ninguna cualidad negativa suya sino por no hacer de nuestro Ejército un mosaico de nacionalidades.

El Patojo siguió su vida trabajando en el periodismo, estudiando física en la Universidad de México, dejando de estudiar, retomando la carrera, sin avanzar mucho nunca, ganándose el pan en varios lugares y con oficios distintos, sin pedir nada. De aquel muchacho sensible y concentrado, todavía hoy no puedo saber si fue inmensamente tímido o demasiado orgulloso para reconocer algunas debilidades y sus problemas más íntimos, para acercarse al amigo a solicitar la ayuda requerida. El Patojo era un espíritu introvertido, de una gran inteligencia, dueño de una cultura amplia y en constante desarrollo, de una profunda sensibilidad que estaba puesta, en los últimos tiempos, al servicio de su pueblo. Hombre de partido ya, pertenecía al PGT, se había disciplinado en el trabajo y estaba madurando como un gran cuadro revolucionario. De su susceptibilidad, de las manifestaciones de orgullo de antaño, poco quedaba. La revolución limpia a los hombres, los mejora como el agricultor experimentado corrige los defectos de la planta e intensifica las buenas cualidades.

Después de llegar a Cuba vivimos casi siempre en la misma casa, como correspondía a una vieja amistad. Pero la antigua confianza mutua no podía mantenerse en esta nueva vida y solamente sospeché lo que El Patojo quería cuando a veces lo veía estudiando con ahínco alguna lengua indígena de su patria. Un día me dijo que se iba, que había llegado la hora y que debía cumplir con su deber.

El Patojo no tenía instrucción militar, simplemente sentía que su deber lo llamaba e iba a tratar de luchar en su tierra con las armas en la mano para repetir en alguna forma nuestra lucha guerrillera. Tuvimos una de las pocas conversaciones largas de esta época cubana; me limité a recomendarle encarecidamente tres puntos: Movilidad constante, desconfianza constante, vigilancia constante. Movilidad, es decir, no estar nunca en el mismo lugar, no pasar dos noches en el mismo sitio, no dejar de caminar de un lugar para otro. Desconfianza, desconfiar al principio hasta de la propia sombra, de los campesinos amigos, de los informantes, de los guías, de los contactos; desconfiar de todo, hasta tener una zona liberada. Vigilancia; postas constantes, exploraciones constantes, establecimiento del campamento en lugar seguro y, por sobre todas estas cosas, nunca dormir bajo techo, nunca dormir en una casa donde se pueda ser cercado. Era lo más sintético de nuestra experiencia guerrillera, lo único, junto con un apretón de manos, que podía dar al amigo. ¿Aconsejarle que no lo hiciera?, ¿con qué derecho, si nosotros habíamos intentado algo cuando se creía que no se podía, y ahora, él sabía que era posible?

Se fue El Patojo y, al tiempo, llegó la noticia de su muerte. Como siempre, al principio había esperanzas de que dieran un nombre cambiado, de que hubiera alguna equivocación, pero ya, desgraciadamente, está reconocido el cadáver por su propia madre; no hay dudas de que murió. Y no él solo, sino un grupo de compañeros con él, tan valiosos, tan sacrificados, tan inteligentes quizás, pero no conocidos personalmente por nosotros.

Queda una vez más el sabor amargo del fracaso, la pregunta nunca contestada: ¿por qué no hacer caso de las experiencias ajenas?, ¿por qué no se atendieron más las indicaciones tan simples que se daban? La averiguación insistente y curiosa de cómo se producía el hecho, de cómo había muerto El Patojo. Todavía no se sabe muy bien lo ocurrido, pero se puede decir que la zona fue mal escogida, que no tenían preparación física los combatientes, que no se tuvo la suficiente desconfianza, que no se tuvo, por supuesto, la suficiente vigilancia. El ejército represivo los sorprendió, mató unos cuantos, los dispersó, los volvió a perseguir y, prácticamente, los aniquiló; algunos tomándolos prisioneros, otros, como el Patojo, muertos en el combate. Después de perdida la unidad de la guerrilla el resto probablemente haya sido la caza del hombre, como lo fue para nosotros en un momento posterior a Alegría de Pío.

Nueva sangre joven ha fertilizado los campos de América para hacer posible la libertad. Se ha perdido una nueva batalla; debemos hacer un tiempo para llorar a los compañeros caídos mientras se afilan los machetes y, sobre la experiencia valiosa y desgraciada de los muertos queridos, hacernos la firme resolución de no repetir errores, de vengar la muerte de cada uno con muchas batallas victoriosas y de alcanzar la liberación definitiva.

Cuando El Patojo se fue no me dijo que dejara nada atrás ni recomendó a nadie, ni tenía casi ropa ni enseres personales en que preocuparse; sin embargo, los viejos amigos comunes de México me trajeron algunos versos que él había escrito y dejado allí en una libreta de notas. Son los últimos versos de un revolucionario pero, además, un canto de amor a la Revolución, a la Patria y a una mujer. A esa mujer que El Patojo conoció y quiso aquí en Cuba, vale la recomendación final de sus versos como un imperativo:

Toma, es sólo un corazón
tenlo en tu mano
y cuando llegue el día,
abre tu mano para que el Sol lo caliente…

El corazón de El Patojo ha quedado entre nosotros y espera que la mano amada y la mano amiga de todo un pueblo lo caliente bajo el sol del nuevo día que alumbrará sin duda para Guatemala y para toda América. Hoy, en el Ministerio de Industrias donde dejó muchos amigos, en homenaje a su recuerdo hay una pequeña Escuela de Estadística llamada “Julio Roberto Cáceres Valle”. Después, cuando la libertad llegue a Guatemala, allá deberá ir su nombre querido, a una escuela, una fábrica, un hospital, a cualquier lugar donde se luche y se trabaje en la construcción de la nueva sociedad.

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2 pensamientos en “Che Guevara – Pasajes de la guerra revolucionaria (XI)

  1. Horacio

    Channel organización internacional de prostitucion ya hizo su excursión en Cuba con la bendición de los grandes señores del nuevo capitalismo. Pronto veremos las playas exclusiva de los grandes millonarios para uso de blancos adinerados con grandes harem de prostitutas reviviendo las épocas del fascista Batista y su régimen yankkke. La influencia de las guerras populares en China maoístas y la guerra de Vietnam les sirvió para enarbolar el ML pero que fueron dejando a un lado y en vez de fortalecerse ese proceso ideológico se fue prostituyendo hasta el revisionismo más podrido y declarado y hoy el imperialismo yankkke entra con todo su poder y lo más fuerte después de las guerras de invasion es la prostitucion. Las miras de 1959 ya se han perdido eso ojos que tal vez miraban en proyección futura se han quedado ciegos y hoy el imperio yankkke es el perro que los guia. Cuba se constituyó en la plataforma del más podrido revisionismo y donde aterrizan todas las organizaciones de sus propios embriones, centro, sur y desde mismo norte de esta América invadida de estos elementos precapitalistas que terminaron llevando al matadero cientos de miles de revolucionarios y todos estos procesos terminaron bajo el control del imperio yankkke. Ahora las farc están bajo las mandíbulas descomunales del pigbull yankkke y como siempre la historia no esconde nada la masacre viene de los más inquietos revolucionarios que no se tragan que hay paz en medio de la lucha de clases y que el sistema va dejar de ser explotador y opresor. Tenemos en este continente ejemplos a montón y ahora en Cuba que han llegado los cubanos fascistas en el barco lleno de almas cristianas que no matan un mosco llevan bajo sus sobacos un plan tan parecido y mortal como los de playa Girón y que los sicarios de Miami ya tienen su trabajo a mediano y largo plazo ejecutando asesinatos en la isla. La diferencia de playa Girón y hoy es que ayer enfrentaban y daban la vida por la revolución hoy se hacen a un lado pues quieren La Paz de los imperialistas.
    Bueno no hay peor pago a los revolucionarios que fueron y hoy se devuelven, convertidos en abiertos renegados y traidores esa es la Cuba de hoy, salvo que surja un movimiento de guerra de guerrillas y lleven acabo la guerra popular bajo la ideología del proletariado MLM principalmente maoísta Pensamiento Gonzalo!!!!!!!con un Partido Comunista maoísta militarizado que barra toda esa maldita basura revisionista !!!!!! nueva burguesía opresora y explotadora conciliadora de clases y ¨ humanista ¨ liquidando¨ la lucha de clases.

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