La destrucción y restauración de los palacio-museos de Leningrado

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Leningrado suele ser descrita con justa razón como ciudad-museo. El trazado regular de sus avenidas, sus conjuntos arquitectónicos y sus edificios construidos por los más grandes arquitectos, sus parques y jardines, sus esculturas, el ancho Neva con sus muelles de granito y sus innumerables afluentes y canales hacen de ella un conjunto único. Los habitantes de Leningrado aman su ciudad y se esmeran por conservar su fisonomía histórica.

En los primeros días que siguieron a la Revolución de Octubre de 1917, el Estado soviético promulgó varios decretos firmados por V. I. Lenin, tendentes a asegurar la conservación del patrimonio cultural y la protección de los monumentos históricos. Esta importante misión fue confiada a la Sección Museológica del Comisariato de Educación Popular de la RSFSR y a los soviets municipales, autoridades locales que disponían de sus propias secciones o inspecciones encargadas de la protección de los monumentos.

 

 

El ataque de 1941 y las medidas de urgencia

 

El 22 de junio de 1941, la Alemania de Hitler atacó la Unión Soviética. Los ejércitos nazis violaron la frontera soviética sin previa declaración de guerra y lanzaron una impetuosa ofensiva. Desde el momento en que se anunciara el desencadenamiento de las hostilidades, los habitantes de Leningrado se organizaron rápidamente. Muchos partieron al frente para unirse al ejército regular y a las milicias populares, mientras la población civil y los bienes atesorados en los museos eran evacuados sistemáticamente hacia el interior del país y se tomaban las primeras medidas para proteger las ciudades de los ataques de la aviación enemiga.

El mes de junio es en Leningrado la época de las noches blancas, durante las cuales las calles y las orillas del Neva están habitualmente llenas de gente. Pero con el comienzo de la guerra y la instauración del toque de queda, la ciudad pareció quedar desierta. En ese clima de alerta, surgía especialmente rotunda la majestad de la arquitectura de Leningrado. Los contornos de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, del Palacio del Almirantazgo y de la Catedral de San Isaac se recortaban con precisión contra el fondo claro del cielo y los edificios palaciegos parecían más monumentales aún. En esa atmósfera dramática, acrecentada todavía más por los gigantescos globos aerostáticos de la defensa aérea, la ciudad se hundía en la calma que precede a la tormenta.

A partir del 22 de junio de 1941, la Inspección Estatal para la Protección de los Monumentos de Leningrado emprendió sistemáticamente las tareas tendientes a asegurar la protección de la ciudad durante las hostilidades. Se elaboraron planes para proteger los monumentos y las esculturas clasificadas, así como para camuflar los edificios elevados. Se creó un destacamento de ciento cincuenta hombres destinados a reparar los daños.

La cúpula de la Catedral de San Isaac y la aguja del campanario de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo se revistieron conpintura de ramuflaje y las agujas del Castillo de los Ingenieros y del Almirantazgo se cubrieron con enormes fundas que las disimulaban. Podemos imaginar las dificultades y peligros que entrañaba esa tarea realizada sin andamios a una altura vertiginosa, y para la que hubo que recurrir a la experiencia de alpinistas.

El célebre Caballero de Bronce de la Plaza del Senado, estatua ecuestre de Pedro el Grande de Etienne Falconer, y el monumento a Nicolás I de P. Klodt fueron rodeados con sacos de arena y cubiertos con tablas. Otros, como el monumento a Pedro I ubicado cerca del Castillo de los Ingenieros, obra del escultor Kastrelli -padre del constructor del Palacio de Invierno- y los célebres caballos de Klodt que adornan el puente Anichkov sobre la Perspectiva Nevsky fueron retirados de sus pedestales y colocados en fosas bien protegidas. Ambos métodos resultaron eficaces y los monumentos que son el orgullo de Leningrado permanecieron indemnes.

Hasta comienzos de septiembre de 1941, a pesar de que el frente se aproximaba cada día más, la atmósfera que reinaba en Leningrado era tensa pero calma: proseguía la evacuación de las fábricas y de la población, las librerías continuaban abiertas, la Orquesta Filarmónica continuaba dando conciertos y funcionaban todavía algunos teatros.

El 6 de septiembre la aviación enemiga bombardeó por primera vez la ciudad y destruyó algunos edificios de la Perspectiva Nevski. Dos días más tarde, durante un ataque aéreo masivo, más de seis mil bombas incendiarias cayeron sobre la ciudad y provocaron ciento setenta y ocho incendios graves. El ataque estaba dirigido contra los depósitos de víveres, que fueron enteramente destruidos conforme al plan de Hitler de someter por hambre la ciudad que resistía. Al mismo tiempo se cortaron las comunicaciones por ferrocarril con el resto del país y la ciudad quedó cercada: comenzaba el bloqueo de Leningrado, que duraría novecientos días.

 

 

En el ojo de la tormenta

 

En la primera mitad de septiembre el enemigo estaba ya cerca de Pavlovsk, Pushkin y Peterhof. En los palacios-museos continuaba todavía la evacuación de las colecciones, aunque las principales piezas habían sido ya desde el mes de julio enviadas por el Volga hacia Siberia. Los pabellones y los palacios vacíos se tapiaron con planchas de madera, las esculturas que adornaban los parques y los edificios se enterraron en los jardines o se emparedaron en los sótanos.

Las notas registradas en aquel momento por el personal científico y sus memorias escritas después de la guerra son un testimonio elocuente del trabajo heroico y abnegado que debió llevarse a cabo. A. I. Zelenova, directora del Palacio-Museo de Pavlovsk, recuerda que al cargarse el último vehículo con los objetos que debían transportarse a Leningrado y verificar el listado de los materiales de archivo, descubrió con espanto que habían quedado olvidadas varias carpetas con los bocetos de Cameron, Gonzago, Quarenghi y Vorokhin. Se cargaron entonces y el vehículo partió por fin llevando los inestimables documentos que servirían después de la guerra para restaurar el palacio y el parque devastados. Pese a todo, los trabajadores del museo permanecieron en sus puestos. El 17 de septiembre unos soldados anunciaron que los alemanes ya habían entrado en la ciudad y que las comunicaciones con Leningrado estaban interrumpidas. Ese mismo día, llevando consigo los documentos de la evacuación de las obras y los planos de los escondites de las esculturas, los trabajadores del museo partieron a pie hacia Leningrado, en la penumbra iluminada por el resplandor de los incendios que abrasaban el horizonte, donde se adivinaban las llamas particularmente vivas del Teatro Chino de Pushkin.

El 18 de septiembre al mediodía llegaron a la Catedral de San Isaac, donde los aguardaban con inquietud los colegas de Pushkin, que habían llegado por la mañana, y donde más tarde se les unirían también los de Peterhof. La Catedral de San Isaac se convirtió así en depósito de las colecciones de los palacios de los alrededores que no habían podido ser enviadas a la retaguardia. Parte de esos objetos fueron instalados en los sótanos de la Catedral de Nuestra Señora de Kazán, en el Museo Ruso y en el Ermitage. Los trabajadores de los museos suburbanos que se habían refugiado en la catedral permanecieron allí durante todo el sitio de Leningrado, velando por la seguridad de los tesoros que les habían sido confiados.

En los últimos meses de 1941 los ataques de la aviación enemiga se habían vuelto rutina cotidiana: comenzaban siempre a las ocho de la noche, pero cuando comenzó a oscurecer más temprano se adelantaron a las siete. Los ataques aéreos se combinaban con la artillería de largo alcance, que a intervalos diferentes lanzaba fuego de precisión y causaba grandes daños y muchas pérdidas humanas.

Durante el sitio, que duró desde septiembre de 1941 hasta enero de 1944, Leningrado sufrió enormes daños: de los 210 monumentos arquitectónicos clasificados, 187 fueron destruidos en mayor o menor grado y sólo 23 quedaron intactos. Porque aunque no se hubiera hecho blanco directo sobre el edificio, muy a menudo la onda expansiva de las bombas y de los proyectiles caídos en las cercanías rompía las ventanas y los vidrios o arrancaba los techos, lo que dejaba entrar la nieve dentro de los edificios. Por otra parte, debido a las heladas y los vientos, los interiores sufrieron grandes daños antes de que se lograra sellar las ventanas.

Casi todos los monumentos arquitectónicos importantes fueron dañados -a veces muy gravemente-, sobre todo los del sector occidental de la ciudad, el más expuesto a los bombardeos. Allí fue destruido el palacio de la isla de Elaguin, que había pertenecido al primer chambelán de la corte de Catalina II, P. I. Elaguin. El palacio había sido enteramente remodelado por Rossi en estilo clásico, cuando entre 1818 y 1822 se restauraron los viejos muros de la ciudad. Era célebre sobre todo por sus interiores, sus pinturas murales y sus paneles de falso mármol, por sus tapices multicolores, sus magníficos pisos taraceados y sus esculturas ornamentales. En enero de 1942, el Palacio Elaguin estuvo sometido a un intenso bombardeo y lo que no pudieron destruir los obuses lo aniquiló el fuego que invadió todo el edificio. Resulta difícil imaginar cómo los restauradores, después de estudiar cuidadosamente las ruinas y los materiales de archivo, pudieron reconstruir el palacio en todo su esplendor.

El Pasaje de los Mercaderes de la Perspectiva Nevski, ubicado en el centro de la ciudad, sufrió graves deterioros. Estas galerías comerciales, que habían sido construidas en 1785 según los planos de Rastrelli y Vallin De la Mothe y que habían servido de modelo para otros edificios del mismo tipo en toda Rusia, soportaron bombardeos y tiroteos sistemáticos durante casi dos años. El pasaje fue así en parte destruido, en parte mutilado, sobre todo como consecuencia del fuego provocado por bombas incendiarias. El 21 de septiembre de 1941 fue alcanzado de lleno por una bomba que causó 140 víctimas inocentes, entre muertos y heridos.

Las crónicas de guerra señalan los graves daños que sufrieron la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, la Casa de la Moneda, los cuarteles de Pavlovsk y el Convento de Smolny. También fueron deteriorados el Palacio de Verano de Pedro el Grande, el Palacio de Invierno, el Almirantazgo y los edificios del Ermitage.

Foto el convento de Smolny

 

La restauración durante el sitio

 

Durante los angustiosos días del bloqueo de la ciudad, en medio del frío, el hambre y la oscuridad, los habitantes de Leningrado no se rindieron pasivamente a su destino. A pesar de todas las privaciones y, sobre todo, a pesar del hambre que debilitaba y diezmaba la población, aun en las condiciones más difíciles seguían creyendo en la victoria y seguían cumpliendo sus tareas, incluso con gran entusiasmo. El personal de la Inspección Estatal para la Protección de los Monumentos, con una dotación de apenas catorce personas bajo las órdenes de N. N. Belekhov, tampoco se dejaba abatir y en lo más crudo del invierno acudía de inmediato a los lugares de destrucción, localizaba y evaluaba los daños debidos a las bombas y los obuses, fotografiaba los edificios deteriorados y tomaba las medidas necesarias para su futura restauración. Esta tarea difícil y a primera vista ingrata, se vio más tarde plenamente justificada, ya que facilitó enormemente los trabajos de reconstrucción.

Los monumentos de valor excepcional, como por ejemplo el Instituto de Minas, la Casa Laval, el Palacio Yusupov, los edificios del Senado y del Sínodo, eran desde ya objeto de reparaciones: se construían nuevos cielorrasos, se consolidaban los muros y se tapiaban las aperturas de las ventanas. Al mismo tiempo que se llevaban a cabo los trabajos de conservación y las primeras reparaciones, se seleccionaban los documentos de archivo pertinentes y se reunía información histórica sobre los edificios dañados. Los arquitectos que permanecieron en Leningrado organizaron, durante el bloqueo, una conferencia científica consagrada al tema de la salvaguarda y restauración de los monumentos arquitectónicos destruidos durante la guerra, y en septiembre de 1942 abrieron un concurso de proyectos con ese fin.

El 19 de enero de 1944, después del levantamiento del sitio, el ejército soviético entró en Petrodvorets, que había sido completamente destruida. Sobre la colina, el Gran Palacio no era más que un esqueleto ennegrecido, las fuentes habían sido salvajemente arrasadas y la estatua de Sansón y algunas otras esculturas habían sido transportadas a Alemania. En los parques -minados y cavados con trincheras- la mayoría de los árboles habían sido talados. Todas las otras construcciones -el Ermitage sobre el golfo de Finlandia, los palacios de Monplaisir y de Marly- habían sido saqueadas y destruidas.

 

 

El comienzo de una tarea titánica

 

Comenzó entonces la difícil y peligrosa tarea de eliminar las minas del parque, el pabellón y los subsuelos del palacio. Veinte mil minas y cien mil granadas fueron así neutralizadas en Petrodvorets.

En la primavera de 1944 nutridos destacamentos de voluntarios provenientes de Leningrado se dirigieron a Petrodvorets para retirar los escombros y ordenar el parque, mientras los arquitectos continuaban trabajando en el proyecto de reconstrucción de todo el conjunto. Este gigantesco trabajo de restauración exigía personal calificado, por lo cual en 1945 se abrió en Leningrado el Instituto Superior de Arte V. Mukhina, cuya función era formar artesanos restauradores, sin los cuales hubiera sido imposible emprender las tareas de reconstrucción.

A fines de agosto de 1945, el Comité Ejecutivo de la Ciudad de Leningrado decidió dar prioridad a la restauración de las fuentes. El trabajo era enorme, pues había que rehacer todo el sistema hidráulico, ubicar los lugares donde se habían enterrado las esculturas y restaurarlas antes de instalarlas en sus emplazamientos originales. Era necesario también ordenar la totalidad del terreno que se extendía frente al palacio en ruinas.

 

Foto Fuente

 

El 26 de agosto de 1946, día en que se pusieron en funcionamiento las fuentes restauradas, fue una fiesta nacional. Pero quedaba aún mucho trabajo por hacer. Sobre el pedestal antes ocupado por la estatua de Sansón que había sido llevada por los nazis, se levantaba un jarrón con flores. La figura de Sansón desgarrando la mandíbula del león fue reconstruida por el escultor V. Simonov un año después, pues el trabajo exigía un estudio minucioso de la obra original esculpida por M. Kozlovski.

El resultado de todos estos esfuerzos fue la reconstrucción de un total de ciento treinta fuentes, quince estatuas monumentales y más de trescientos elementos decorativos. Estas cifras son testimonio de la enorme tarea realizada por los restauradores, de diversas especialidades pero de igual maestría. No menos esfuerzos fueron necesarios para llevar a cabo la restauración del Gran Palacio y otros edificios del conjunto. Se comenzó por restaurar primero la fachada, porque serían necesarios muchos años de trabajo para reconstituir los interiores.

El 24 de enero de 1943 el ejército soviético liberó las ciudades de Pushkin y Pavlovsk, y fue entonces que se conoció, en toda su amplitud, la bárbara destrucción perpetrada durante la ocupación enemiga.

El Palacio de Catalina había sido saqueado: los cielorrasos esculpidos, los pisos taraceados, los tapices de las salas, todo fue arrancado y llevado a Alemania. Todos los adornos de la Cámara de Ámbar, obsequiados a Pedro el Grande por el rey de Prusia Federico Guillermo I, habían sido completamente desmantelados y todavía no han sido recuperados. En marzo de 1943 el palacio había sido también presa de un incendio que había destruido la Alcoba Dorada, de Rastrelli, y provocado el derrumbe de los cielorrasos de la Gran Sala. En los sótanos y en varias salas del palacio se descubrieron once bombas de acción retardada que los zapadores lograron neutralizar a tiempo. Esto evitó la explosión del edificio, que habría encubierto las huellas de la conducta criminal de los ocupantes. También en el parque los daños fueron considerables: no quedaban intactos ni un solo pabellón, ni una sola pasarela, y los árboles habían sido talados sin piedad.

Los demás palacios de Pushkin también estaban en ruinas, en particular el Palacio de Alejandro, antigua residencia del último zar de Rusia, Nicolás II.

 

Foto El Palacio de Alejandro

 

Todo un ejército de restauradores, bajo la dirección de A. Kedrinski, trabajó durante muchos años en la reconstrucción de los pabellones y monumentos del parque, y sólo en 1959 se dedicó a la del palacio propiamente dicho. En las Crónicas de un renacimiento figuran los nombres de los noventa restauradores y artesanos gracias a los cuales los parques y palacios de Pushkin recuperaron su aspecto original.

Cuando el 24 de enero las tropas soviéticas entraron en Pavlovsk hallaron el palacio en llamas y ante sus ojos impotentes se desplomaban los pisos y la cúpula: los ocupantes habían provocado el incendio al abandonar la ciudad. Cuando unos dos años después visité Pavlovsk, un sentimiento de agobio, una sensación de angustiosa impotencia emanaba de las ruinas de ese palacio que yo conocía bien y en cuyo esqueleto carbonizado podía reconocer los restos de las salas construidas por los más famosos arquitectos. Restaurar esas piedras calcinadas parecía simplemente imposible. La misma impresión me produjeron el parque devastado y los escombros de sus pabellones.

Pero en ese entonces ignoraba que en 1944 el arquitecto F. Oleinik había sido dado de baja del ejército y que ya había comenzado a trabajar en el plan de reconstrucción en el que participaban activamente la directora del palacio de Pavlovsk, A. Zelenova y el conservador principal, A. Kuchumov. El parque fue restaurado y el palacio levantado de sus ruinas. Quien recorra hoy sus salas, difícilmente podrá creer que alguna vez sufrieron tantos estragos.

En el curso de los trabajos no sólo se devolvió al palacio su estado anterior, sino que se llevaron a buen término algunos proyectos que habían sido abandonados en el momento de la construcción. Al restaurar la Sala del Trono, por ejemplo, el cielo raso se pintó siguiendo los bocetos de Gonzago, que crean una ilusión de altura que refuerza considerablemente el efecto artístico del conjunto.

En las Crónicas de un renacimiento, que ya he mencionado, se hace una descripción detallada de los trabajos de restauración de los monumentos arquitectónicos de Leningrado y sus alrededores. En ese libro -publicado en 1971 por la Editorial de Documentación Arquitectónica- no sólo se describe la marcha de los trabajos de restauración sino que también figuran casi todos los nombres de quienes participaron en esta tarea invalorable.

Aun antes de terminar la segunda guerra mundial, ya en 1943-1944, se había constituido una comisión para investigar los crímenes cometidos por las tropas de ocupación, compuesta por científicos eminentes, miembros de la Academia de Ciencias de diversas especialidades, así como arquitectos, pintores, escritores y críticos de arte. La comisión estimó en más de dos mil millones de rublos nuevos el daño ocasionado a los monumentos arquitectónicos y culturales de Leningrado y sus alrededores y estableció también el plan y las pautas generales de los trabajos de reconstrucción más urgentes.

Se planteó asimismo el problema de la formación del personal especializado, indispensable para la realización de esos trabajos de enorme magnitud, y en mayo de 1945 el Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS decidió crear talleres especiales en las ciudades que habían sufrido daños graves durante la guerra. De uno de esos talleres creado en Leningrado surgió una asociación de restauradores especializada en la producción de obras de carácter científico.

Los recursos asignados a la restauración de los monumentos históricos y culturales ascendían ya en 1945 a tres millones novecientos mil rublos, y desde entonces no han cesado de aumentar constantemente, hasta alcanzar en el periodo 1976-1980 los veinte millones de rublos anuales. Por otra parte, la protección de los monumentos históricos y culturales había sido ya consagrada por la Constitución, la ley fundamental de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En Leningrado dicha tarea incumbe a la Inspección Estatal para la Protección de los Monumentos, que depende de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo, y a la Dirección de Cultura, que depende del Comité Ejecutivo Municipal.

A este respecto cabe señalar también el invalorable aporte que brinda la Sociedad Rusa para la Protección de Monumentos Históricos y Culturales, organización social dedicada a la tarea de salvaguarda, estudio y explicación del significado de los monumentos del pasado que son ya parte integrante de la cultura socialista.

I. E. Grabar, miembro de la Academia de Ciencias y eminente especialista de la historia del arte, conmovido por el cuadro de la devastación de Leningrado y sus alrededores, escribió en su momento: “Nunca el mundo había sido testigo de una destrucción tan monstruosa de monumentos de la cultura como la que cometieron los invasores fascistas sobre el territorio de la Unión Soviética (…). Por primera vez en la historia, esos actos se realizaron premeditada y sistemáticamente”.

Actualmente se cierne sobre la humanidad la amenaza de una guerra nuclear. Los monumentos de valor universal también corren el peligro de la destrucción total. Sin embargo, queremos creer que triunfará el buen sentido y que el venerable patrimonio del pasado será preservado, para que pueda continuar desarrollándose la cultura de todos los pueblos del mundo.

 

Por Boris Borisovich Piotrovsky

 

 

Extraído del blog elcaminodehierro.blogspot.com.es

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