El papel desempeñado por los guardias rojos (Documentos sobre la GRCP)

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La actividad de la Guardia Roja respondió a dos objetivos principales: el primero de tipo psicológico y el segundo de carácter político. Ambos tenían como finalidad aumentar el número de participantes voluntarios en la realización de la Revolución Cultural proletaria.

En agosto de 1966, dicha participación presentaba un desarrollo muy desigual. Había suscitado debates y efervescencia en las universidades y bachilleratos, pero en menor medida en las fábricas y oficinas. Por otra parte, la Revolución Cultural se desarrollaba y concentraba sobre todo en Pekín y, en una escala menos, en Cantón y Shangai, que habían sufrido también su influencia. En consecuencia, era necesario modificar esta situación.

Para empezar, era preciso golpear las conciencias por medio de manifestaciones espectaculares y aportar pruebas palpables de que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía no había desaparecido todavía. Una vez que se hubiese logrado crear atmósfera, se podría incorporar más fácilmente a la población en el movimiento. Bruscamente, y con toda la fuerza que puede demostrar, el aparato de propaganda del Partido enfocó sus baterías sobre los guardias rojos de Pekín que, al salir de los recintos de sus escuelas, se esparcían por la ciudad. Una de sus primeras acciones consistió en rebautizar las caIles y los nombres de las tiendas que evocaban a la antigua China imperial y recubrir con Pintora blanca las efigies de los mandarines pintadas en los pórticos de madera del parque del Palacio de verano. Este paso tenía como objeto hacer resaltar, partiendo de un ejemplo muy simple y comprensible para todo mundo, la persistencia de las influencias feudales en el seno del régimen socialista. Esta acción provocó que los guardias rojos fueran calificados, de manera demasiado exagerada, de iconoclastas fanáticos por la prensa occidental. Sin embargo, la destrucción y el vandalismo fueron fenómenos muy limitados, porque las autoridades habían tomado la precaución de cerrar los museos y proteger los monumentos desde los primeros días de la Revolución Cultural. (1)

La segunda acción emprendida por los guardias rojos fue indagar y perquirir las casas de los antiguos capitalistas y propietarios de bienes y raíces. En sus casas confiscaron oro, joyas, pipas y reservas de opio que los antiguos propietarios conservaban, así como armas y viejos títulos de propiedad. Estos hechos fueron dados a conocer por la prensa china y los objetos requisados fueron expuestos al público y presentados como pruebas de que la burguesía seguía existiendo y que aún no habla perdido la esperanza de que volverían los “buenos tiempos”. Estas acciones de los guardias rojos fueron acompañadas en algunas ocasiones por inútiles violencias que contribuyeron a crear la imagen poco halagüeña que de ellos trazó la prensa occidental, aunque deformando y exagerando siempre los hechos y su verdadera magnitud.

La dirección comunista se encargó, mediante artículos, filmes y diversas emisiones radiofónicas, de hacer familiar a todos los chinos la actividad de estos jóvenes, que se veían desfilar en apretados enjambres por las calles de la capital. La prensa no escamoteaba los elogios dedicados a estos guardias rojos hostiles a toda idea conservadora, puros y generosos en sus aspiraciones. De esta manera, la prensa preparó a la opinión pública en vistas de la segunda fase de su movimiento, que no tardó mucho tiempo en producirse y que se extendió durante varios meses, en tanto que la primera fase, que acabamos de describir, no duró más que tres semanas.

Esta nueva etapa se proponía alcanzar un objetivo más complejo: se trataba de que estos jóvenes estudiantes de bachillerato y univenitarios extendieran el fuego de la Revolución Cultural a todo el territorio de China. Dado que los jóvenes intelectuales no estaban integrados en la producción y no estaban cercados por las molestias de las rutinas profesionales o de otro tipo, su libertad de espíritu y su sentido de iniciativa no hablan sido mutilados por los enredos burocráticos. Los guardias rojos estaban menos inhibidos que algunos de sus mayores y poco dispuestos a respetar disciplina. Es cierto que les faltaba mucha experiencia, pero esta carencia tenía un aspecto positivo, porque sus ideales aún no habían sido extinguidos por las pruebas o las decepciones. Por lo tanto, los guardias rojos constituían el fomento ideal para sublevar a una sociedad que corría el peligro de esclerosarse, por falta de controversia interna. Gracias a la influencia de estos jóvenes se propagó la costumbre de impugnar, de hablar alto y libremente. La habilidad de Mao Tse-tung y sus partidarlos se demostró en la forma en que supieron utilizar esta fuerza dentro del marco de su estrategia general, sin por ello echar a perder la espontaneidad de los jóvenes, orientándola siempre hacia la preservación y refuerzo del ideal revolucionario y no hacia un estéril rechazo del mismo.

Por lo tanto, los guardias rojos debían aportar un ideas, su entusiasmo y su espíritu critico hasta aquellos centros en los que el movimiento no se había propagado más que en forma mediocre, y al mismo tiempo debían estimular el rastreo y la crítica de los cuadros que habían escogido el cambio capitalista, de los derechistas y de los “bandidos negros” de la fracción de Peng Cheng.

Lo anterior implicaba la existencia de guardias rojos en todas partes. En Shangai, otra ciudad de vanguardia, hablan surgido en gran número y algo similar ocurría en Cantón y en la mayor parte de las ciudades chinas. Asimismo, era conveniente que los guardias rojos pudieran circular libremente por el país y pudiesen llegar hasta los lugares en los que el movimiento revolucionario se habla extendido poco, lo que no era raro en aquellos momentos iniciales. ¿Acaso el punto tres de la Declaración del 3 de agosto no precisaba que, “en varios organismos, los responsables todavía entienden muy mal su papel de dirigentes en esta gran lucha” y que “su dirección está lejos de ser seria y eficaz“?

La dirección del Partido Comunista chino animó a los guardias rojos para que se desplazaran por toda China para efectuar los chuan-lien, es decir , para participar en los intercambios de experiencias revolucionarias. Se adoptaron medidas especiales para que la mayoría de los guardias rojos del interior pudiesen venir a Pekín para informarse sobre lo que había ocurrido, tomar ejemplo de los revolucionarios de la capital y actuar como ellos a su regreso a sus ciudades de origen. Por su parte, los guardias rojos de Pekín viajaban a provincias para relatar sus luchas e incitar a las personas que encontraban para que examinasen las actividades de los cuadros del Partido y trataran de descubrir si entre ellos había promotores de la linea negra. Los animaban a redactar carteles, a organizarse para resistir a los abusos y medidas burocráticas de ciertos responsables. Además, los guardias rojos de Pekín daban a conocer las directivas del Partido y la Declaración en dieciséis puntos y procuraban su discusión y comprensión. En efecto, se trataba de movilizar a millones de hombres y, en varios lugares apartados, las informaciones circulaban mal o demasiado lentamente. En ciertos casos, las gentes viejas o relativamente viejas no sabían leer o no tenían la costumbre de hacerlo. Además, algunas veces, ciertos cuadros del Partido restringían la difusión de las noticias provenientes de la capital. Éstos los motivos que justificaban la extraordinaria importancia de la propaganda oral realizada por los guardias rojos. Se pusieron a la disposición de estos viajeros transportes gratuitos, mientras que algunos de ellos se desplazaban también a pie, renovando así las tradiciones del ejército comunista chino.

Algunos guardias rojos efectuaron desplazamientos considerables. Varios destacamentos emprendieron “largas marchas” de más de 1.000 kilómetros. Durante el transcurso de estas caminatas, los guardias rojos se detenían en las comunas, en las fábricas, participaban en los trabajos manuales, distribuían las citas del Presidente Mao Tse-tung. Algunas veces, estas citas del presidente Mao eran impresas por los mismos guardias rojos en pequeños rotativos portátiles, muy ligeros, que eran uno de sus atributos característicos. Los guardias rojos daban a conocer por todas partes el famoso pequeño libro rojo de citas de Mao Tse-tung, que hasta entonces no era popular más que en el ejército y que desde ese momento se difundió hasta alcanzar una importancia histórica inigualada.

Después de la 11ª sesión plenaria, el Comité Central había decidido la publicación en masa de las obra de Mao. así como de la breve pero célebre selección de sus Citas. El pequeño libro rojo, que los chinos agitaban alegremente en sus reuniones a todo lo largo de la Revolución Cultural, fue concebido para ser utilizado por los soldados del Ejército Popular de Liberación en 1965. De manera concisa, las citas presentan las ideas fundamentales de Mao Tse-tung sobre diferentes problemas: la lucha de clases, el Partido Comunista, la guerra y la paz, la literatura y el arte, las relaciones entre el ejército y el pueblo, etc. A partir de agosto de 1966 se publicaron cientos de millones de ejemplares del pequeño libro rojo: era un medio ingenioso de poner al alcance de las masas chinas los aspectos esenciales del marxismo.

En Pekín, la recepción de los guardias rojos fue organizada por los militares de manera notable: previósu alojamiento, su abastecimiento y transporte de tal forma que la capital pudiera acoger durante cuatro meses un millón de habitantes suplementarios, cuya presencia era constantemente renovada, sin que por ello ni los transportes ni los abastecimientos normales fuesen seriamente perturbados, lo que revela un giro extraordinario que sólo puede ser realizado por la organización de un régimen como el maoísta. Las calles de la ciudad adquirieron un aspecto poco habitual: jóvenes mongoles con botas, venidos con largas túnicas a franjas claras pasaban al lado de Uiguros de trajes multicolores típicos de la lejana provincia de Sinkiang. Entre los guardias rojos provenientes de esta región del oeste de China, que durante muchos siglos fue la encrucijada de diversas corrientes migratorias, se distinguían, al lado de los tipos locales bastante puros, cercanos de la etnia turca, algunos con cabellera rubia y ojos azules. Tambien vinieron jóvenes tibetanos, de pequeña estatura, el rostro curtido por el viento de las altas cimas, envueltos en grandes y gruesos abrigos de vivos colores y ataviados con sombreros de fieltro de ala ancha parecidos a los de los indios del Perú. En las tiendas, jardines y restaurantes se escuchaban los más diversos dialectos y acentos. Toda China estaba en Pekln, representada por sus prodigiosas multiplicidad y variedad.

 

 

Notas:

(1) Se ha pretendido que los guardias rojos quemaron los libros; yo jamás he sido testigo de hechos semejantes, me parece un exceso. En una comarca de Pekín, los guardias rojos destruyeron los leones de piedra y, en otro lugar, un bajorrelieve. En un cementerio profanaron las tumbas. Los dirigentes de la Revolución Cultural condenaron estos actos que, en ningún momento tomaron envergadura. No tiene fundamento escribir., como lo hizo una gran revista francesa, que destruyeron “por el hierro y por el fuego” los tesoros del arte de la antigua China. La muerte del escribano Lao She sucedió en condiciones oscuras; atribuir la responsabilidad directa a los guardias rojos significa ir más allá de los datos de la información actual.

 

 

Extraído del libro “Historia de la Revolución Cultural Proletaria en China” de Jean Daubier

 

El libro se encuentra en nuestro blog: https://culturaproletaria.wordpress.com/2014/02/01/historia-de-la-revolucion-cultural-proletaria-en-china-jean-daubier/

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