La Revolución Cultural llega hasta las fábricas (Documentos sobre la GRCP)

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Al invitar a los obreros a imitar a los guardias rojos y a lanzarse a la impugnación de sus cuadros, las autoridades centrales ccorrían un riesgo: el de afectar a la producción. Las fábricas no podían pararse como se habían suspendido las clases. Inclusive, hay que señalar que las primeras visitas de los guardias rojos a las fábricas trajeron consigo un cierto desorden: los guardias rojos llegaban a cualquier hora, entraban en los talleres, lanzaban proclamas y volantes y organizaban mítines improvisados allí mismo.

Cuando los primeros grupos de obreros se organizaron, también se lanzaron a ejercer la critica y elaboraron igualmente carteles manuscritos, celebraron reuniones de discusión que trastornaron un poco los planes de trabajo. Se vio entonces aparecer en la propaganda del Partido una consigna que se repetiría muy a menudo desde entonces: la libertad de reunión y de asociación de masas. Este tema se concretó aún más en una consigna especílica tomada de la Declaración en dieciséis puntos, en la que ya se había previsto el problema: “Hacer la revolución y estimular la producción“. Esta cuestión fue abordada posteriormente por Chou En-lai durante la 3ª asamblea de los guardias rojos, el 15 de septiembre de 1966. (“Pekín Informa“, nº39, 26 de septiembre de 1966.)

A partir de ese momento, las autoridades dirigentes de la Revolución Cultural harían diversas recomendaciones a los guardias rojos y a los nacientes grupos obreros para orientar sus actividades y su organización.

La primera recomendación fue la de respetar en las fábricas las medidas que fueron adoptadas como consecuencia del movimiento de los “cuatro saneamientos”, parte integrante del Movimiento de Educación Socialista. La finalidad esencial de estas medidas era la conservación y mantenimiento del material, la organización de los equipos de producción y su funcionamiento, así como el mantenimiento de las reservas, de los aprovisionamientos y las ventas.

La segunda recomendación fue la de hacer la revolución en los propios centros de trabajo. De ella se desprendía que los guardias rojos y los obreros deberían establecer sus contactos políticos fuera de las fábricas y fuera de las horas de trabajo. La tercera recomendación, que resultaba de la precedente fue la de no trasladarse a otras unidades de producción y organizarse en función de las subdivisiones administrativas utilizadas para la repartición del trabajo. Dicho de otra manera, los obreros de un taller criticaban a los cuadros de su taller y no a los de los talleres vecinos, de los que no conocían a fondo los problemas. Por el contrario, en cuanto a la critica de cuadros de niveles superiores, en la escala de la dirección, el conjunto del personal conservaba el derecho de critica.

Esta estructura correspondió a la que se impusieron las organizaciones de masas durante todo el desarrollo de la Revolución Cultural. Destacamentos al nivel de los talleres, regimientos al nivel de las fábricas, cuarteles generala a nivel citadino o provincial. Esta estructura se repitió asimismo en las oficinas y universidades: destacamentos en las facultades o secciones, regimientos en las universidades o el conjunto de un servicio. Por tanto, puede observarse que el gusto de los chinos por el vocabulario militar no es exclusivo de los estudiantes, sino que parece ser general.

A medida que los guardias rojos hacían escuela y que la prensa central y la radio nacional multiplicaban los llamados y los articulos editoriales destinados a desarrollar la movilización de las masas, se extendió también la aparición de las organizaciones masivas en todo el territorio. Estos grupos crecieron, se reunieron, se estructuraron.

Precisemos que, si bien los miembros de estos nuevos grupos también llevaban brazaletes rojos en los que se inscribía el nombre de su “regimiento”, no se les debía designar con el término “guardia rojo”, que se aplica únicamente a los estudiantes de bachillerato o universitarios. Los trabajadores y los empleados agrupados en las organizaciones de masas son designados con el término de “rebeldes” o de “revolucionarios proletarios”. El vocabulario chino es muy preciso en estos detalles, y la palabra “guardia rojo” no podía aplicarse de manera indiferente a toda aquella persona que participase en la Revolución Cultural.

Todas esas organizaciones de lucha ideológica crecieron y aumentaron en número con rapidez, puesto que la libertad de formar agrupaciones de ese tipo era total y no estaba sometida a ningún trámite formal. Pocos fueron los chinos que no se unieron a las organizaciones de masas creadas en sus oficinas, talleres o servicios. De la misma manera que entre los guardias rojos, los jefes de estas organizaciones eran elegidos en forma directa y podían ser revocados en cualquier momento. El papel y la tinta para redactar sus carteles les eran proporcionados en forma gratuita en su centro de trabajo. Tenían asimismo el derecho de utilizar los vehículos al servicio de la empresa: motos, autos y camiones. Las facturas de la impresión de boletines, instalación de altavoces y organización de reuniones eran pagadas por la contabilidad de la empresa. La posibilidad orgánica y material de proceder a un examen de la política realizada por el Partido se ofrecía de esta manera todos los trabajadores y empleados, que emprendieron la critica de los responsables a todos los niveles y analizaron el comportamiento de todos los cuadros.

 

 

Extraído del libro “Historia de la Revolución Cultural Proletaria en China” de Jean Daubier

 

El libro se encuentra en nuestro blog: https://culturaproletaria.wordpress.com/2014/02/01/historia-de-la-revolucion-cultural-proletaria-en-china-jean-daubier/

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