La prostitución en China (Documentos sobre la GRCP)

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El 20 de sepiembre (1966), conversé con una mujer de 48 años, casada, con una hija de 10 años y que trabaja de secretaria en el Departamento Administrativo de la Municipalidad de Shanghai. Se llama Yang Tsi-chen. Desde el invierno de 1949 hasta 1957, había sido jefa del Departamento contra la Prostitución de la Municipalidad de Shanghai.

Y la prostitución es un problema que uno no puede evitar como tema en China. Por una razón muy sencilla: no hay prostitución. Para un occidental, acostumbrado a vivir en sociedades donde la prostitución es un fenómeno normal, que va desde la modesta hija de cesantes hasta la dama de alta sociedad, en que la primera se prostituye para poder comer, y la segunda para divertirse, lo que ocurre en China es simplemente extraordinario.

La ciudad de Shanghai era, antes de 1949, la base utilizada por los imperialistas norteamericanos, ingleses, franceses y japoneses para invadir China, y era también el centro de acción del Kuomintang. Como resultado de esta situación, Shanghai era la ciudad china que más problemas sociales tenía. Entre ellos, las prostitutas y los bandidos.

Había más de 30.000 prostitutas y más de 90.000 bandidos, los que tenían organizaciones de gangsters a todo nivel, como se estila en Chicago, en los Estados Unidos, ahora. Esta delincuencia era notoria principalmente en los centros públicos y comerciales. Cada distrito de Shanghai tenía su propio “capo”, jefe de banda de gangsters, y se repartían la ciudad equitativamente.

Había más de 800 burdeles públicos, es decir, con registro del Gobierno. Pero había miles más que funcionaban al margen de la ley del Kuomintang.

El mayor número de centros de prostitución estaban en el Nanking Road, alrededor del Gran Mundo (edificio de cuatro pisos, cuyas características señalaré más adelante). Allí estaba el 90% de los burdeles. Le llamaban el Barrio Rojo, conocido en toda la tierra como el lugar más corrompido del orbe.

Las mujeres comenzaban su comercio sexual a partir de las nueve de la mañana, desde la calle Tibetana hasta la Plaza del Pueblo. El Gran Mundo era el centro de toda esta actividad. Este sitio era regentado por Yuan Chin-yun, hombre fuerte de los bajos fondos, con enormes conexiones políticas, al punto de que Chiang Kai-shek lo llamó una vez “mi padre adoptivo“. Por eso, Yuan, coludido con las autoridades, manejaba el negocio de la prostitución y amparaba a los gangsters que en el Gran Mundo tenían algo así como su cuartel general, y un local para firmar “tratados de paz” o “declaraciones de guerra” entre las pandillas.

Cuando alguno de los lanzas caía preso, la organización del delito se movilizaba, y el culpable salía libre a las pocas horas. Cada uno de estos rateros estaba obligado a una “tarea de producción” diaria. Y el mejor amigo de ellos, por su amistad con Yuan, era Chiang Kai-shek. Cada vez que el generalísimo del Kuomintang llegaba a Shanghai, recibía el homenaje de una velada en el Gran Mundo.

En suma, Shanghai era el paraíso de la prostitución. La vida de la gente simple no estaba garantizada. El robo era cosa de todos los días en Shanghai. El robo de pequeños objetos de valor, como relojes y billeteras, era muy común. Hasta en invierno, cuando los chinos visten muy abrigados, los lanzas se las ingeniaban para robar con la misma facilidad. “Todo era corrompido aquí“.

Cuando las fuerzas armadas de la revolución socialista llegaron a Shanghai, en nombre de la seguridad pública y del orden social, comenzó una campaña para suprimir la prostitución y el gangsterismo, siguiendo dos caminos paralelos:

1) juntar a las prostitutas y maleantes y empezar un período de reeducación.

2) apoyarse en las masas para vigilar toda actividad antisocial de este tipo.

La reeducación adoptó los métodos del trabajo físico y la educación política, y, al mismo tiempo, de proporcionarles un lugar fijo para residir. Con el trabajo físico se esperaba elevarles la conciencia política, de tal modo que las mujeres y los hombres negaran a comprender su utilidad para la revolución como seres normales, y el daño que le harían si insistían en sus trabajos anteriores.

Con el trabajo físico, también, les proporcionaron un medio de ganarse la vida de manera normal. Desde el invierno de 1949 hasta fines de 1957, juntaron 65.000 personas, entre prostitutas y maleantes. De esas personas, 7.000 eran prostitutas que constituían “casos perdidos”.

Afrontaron el trabajo de reeducación juntándolos primero en un lugar fijo, para facilitar la vigilancia.

Siguiendo las instrucciones del camarada Mao, que dice que nuestra principal tarea es “el estudio y la investigación” para poder afrontar cualquier tarea, estudiamos cómo eran estas prostitutas y qué razones las habían llevado a ejercer este comercio sexual.

Descubrimos que la mayoria eran hijas de obreros y campesinos. Y de ellas, más del 90% eran hijas de campesinos. Esto mostraba algo que siempre supimos, que la gente huia hacia la ciudad por las condiciones de hambruna en los campos. Pero en la ciudad, tampoco había trabajo, y se prostituían las mujeres. Además, gran número de prostitutas habían sido compradas en el campo, utilizando el vil comercio de antes de la Liberación, de vender a las hijas en pago de deudas a los terratenientes“.

San Chi-jua, una prostituta, era originaria de la provincia de Chekiang. El padre había sido jornalero agricola. Ella era hija única, y, a los 15 años, muy bonita. El terrateniente del lugar la vio, la encontró apetecible y quiso acostarse con ella. Para conseguirla le dio trabajo a la familia. El terrataniente tomó a la niña y la violó varias veces; después la hizo sirvienta de su casa. La niña, a menudo, lavaba la ropa en el riachuelo cercano, y lloraba. Había un hotel cerca, y en ese hotel, pasajero habitual era Tsun An-man, un “hombre de negocios” que se dedicaba a comprar y vender niños y niñas en el campo. Este comerciante en seres humanos vio a la muchachita en una ocasión, lavando y llorando. Se mostró muy preocupado de la suerte de la jovencita. Ella le contó toda su historia. El le dijo:

Eres tan joven, ¿porqué no vas a Shanghai? allí encontrarás trabajo, y podrías mandarle dinero a tu familia“.

Ella lo escuchó feliz y le preguntó cómo se podía ir a Shanghai. Que ella queria escapar del terrateniente. Que le daba asco el terrateniente. El tipo se ofreció para llevarla a Shanghai y la niña aceptó. Y al día siguiente estaban en Shanghai. El comerciante la llevó a uno de los prostíbulos del Barrio Rojo, contándole a la jovencita que esa era una fábrica, y que lo esperara en la puerta. Al rato salió para decirle que estaba contratada como obrera, pero que, para cumplir con la ley, debía tener un agente. La jovencita le dijo que no conocía a nadie en Shanghai. ¿Quién podría ser mi agente? De todos modos, la hicieron firmar un contrato, y ella puso su mano, porque era analfabeta (los chinos analfabetos estampaban la huella de su mano como firma). Era un contrato de prostitución… absolutamente legal.

Todo está listo, sé buena obrera aquí, porque si no, me comprometerás“, le dijo el comerciante en seres humanos del campo.

La niña entró en la casa. Se enteró de que no era una fábrica. Lo que vio fueron mujeres con extraños vestidos. La regenta le explicó que era un burdel, que tenía que cortarse los cabellos, que se cambiara sus harapos de campesina por ropas como las de las demás mujeres. La jovencita se desesperó, y las otras asiladas del burdel le aconsejaron que huyera y fuera a la policía, para que se salvara. Huyó, y le contó a la policía todo lo que le había pasado. Al rato llegó la regenta, y traía un papel, diciendo que la jovencita había robado 30 kilos de arroz, y que en ese papel estaba la confesión firmada por ella misma.

La verdad era que el arroz se lo habían dado en pago por ella, al comerciante en seres humanos. Pero en el papel, la niña confesaba el robo de ese arroz, y quedaba automáticamente en manos de la regenta. La policía le dijo que tenía que apresarla. La regenta pagó una fianza. Y así la jovencita tuvo que doblegarse y se hizo prostituta.

La prostitución es un crimen de la vieja sociedad. Cuando comenzamos a trabajar con estas prostitutas, recurrimos a sus familiares, si los tenían, para que nos ayudaran en la tarea. Hicimos mucha propaganda a este trabajo, siguiendo la línea de Mao Tse-tung de apoyarse siempre en las masas. La primera etapa fue en 1949, cuando afrontamos el asunto en forma colectiva. A medida que transcurría el tiempo, lo íbamos haciendo de a grupos, y enseñando a las masas a vigilar.

Teníamos 4 puntos de acción: hacer volver a estas mujeres a la sociedad normal, apoyarnos en las masas, hacerles sentir la presión de sus propias familias, y recurrir a su voluntad personal.

El apoyo de las masas nos era muy útil, porque nos ayudaba a reunir a todas las prostitutas y bandidos, y además ellos conocian muy bien los lugares donde ellas y ellos vivían, y cómo pensaban, y nos daban buenos consejos. La mayoría de las mujeres y los hombres comenzaron de propia voluntad a pedirnos ayuda para su remodelamiento. Pero otros se oponían, y a esos los tomábamos a la fuerza.

Los teníamos en algunos edificios en Shanghai. Para las prostitutas existía el “Instituto de Educación de Mujeres de Shanghai para su Remodelamiento”. Para los bandidos, el “Instituto de Aprendizaje Técnico de Shanghai”, y también algunas cárceles-talleres, para los más rebeldes. Investigábamos con mucho cuidado, para apartar casos como el de San Chi-jua, o de otro tipo, al igual que con los gangsters, porque algunos simplemente no tenían regeneración.

Combinamos el trabajo de idéología y labor física. En la educación política usamos la lucha de clases como punto principal. Les explicamos a las mujeres su verdadera posición de clases. Las pusimos en contacto real con la lucha de clases con ejemplos sacados de la propia experiencia de ellas. Les explicamos, con análisis de clase, por qué ellas se habían visto en la obligación de convertirse en prostitutas, tomando como objeto de estudio casos como el de la muchacha que acabo de relatarle… así, las motivamos políticamente, lo cual es siempre fundamental para obtener reacciones positivas. En una palabra, transformamos sus sufrimientos personales en efecto de la lucha de clases.

De este modo las mujeres se emocionaron y se excitaron, y comenzaron a participar en su propio remodelamiento.

Conocimos de las terribles experiencias que habían tenido. Aquellas que fueron engañadas y forzadas a entrar en los prostíbulos, eran niñas con un promedio de edad entre 12 y 15 años. Algunas niñas eran obligadas a recibir 20 clientes por día.

Esta situación las hacía enfermarse frecuentemente. Pasaban dos tercios de su vida en la cama, y cuando cogían enfermedades venéreas no recibían otro tratamiento que el salvaje método de cauterizar con hierros al rojo. Y las hacían abortar con métodos primitivos. Y les metían hierros calientes con veneno para curarles la gonorrea y otras enfermedades venéreas.

Cuando algunas se negaban a recibir clientes, porque su fortaleza física estaba simplemente agotada, las castigaban metiéndolas desnudas en cuartos sin ventanas, a todas las rebeldes juntas, y les pegaban y les tiraban sal para hacer arder las heridas, y no les daban comida por uno o dos días.

La historia de Tuo Chi-in es típica. Una noche recibió a un cliente, y éste vio que estaba enferma, y el hombre se apiadó, escuchó la historía de Tuo Chi-in, y se fue, regalándole 5 yuanes. El patrón del prostíbulo supo lo del regalo de 5 yuanes y golpeó a la prostituta porque ella nada dijo del dinero. Hizo que le mordiera las manos un perro, para castigarla. Cuando la prostituta cumplió 28 años, ya estaba incapacitada físicamente para recibir clientes, y por eso la obligaban a sorber cocaína, para doparla y hacerla realizar actos sexuales pervertidos. Pero su constitución física se derrumbó al poco tiempo, la dejaron amarrada en la azotea del edificio, murió de hambre y tiraron el cadáver a la calle.

Historias como éstas, que hicimos conocer al resto de las ex-prostitutas, elevaron su conciencia de clase, y muchas se unieron para solicitar el fusilamiento de los regentes y regentas de prostíbulos que habían actuado así. Fueron fusilados. Aprovechamos todas estas alternativas para hacer entender a las prostitutas que no debían considerar su antiguo oficio como efecto de la mala suerte o el destino, sino como resultado directo de la lucha de clases. Les explicamos la mecánica de la ley social revolucionaria y su deber de trabajar por la revolución, de ser útiles a la dictadura de la clase proletaria que las había liberado del infierno en que vivían. Y les explicamos que la dictadura del proletariado había puesto fuera de la ley la prostución.

Después de eso, iniciamos la educación para el futuro de las ex-prostitutas.

Al comienzo estaban muy pesimistas. La muchacha San Chi-jua pesaba solamente 35 kilos. Era sólo huesos y piel. Y para ella la vida carecía de sentido. Pero le dijimos que su prosperidad, su buena vida futura, estaba ligada totalmente con la prosperidad de la Nueva China. Y le inculcamos los fundamentos de la moralidad social revolucionaria: amar a China, sus líderes comunistas, el trabajo y el pueblo.

Toda esta serie de detalles en su educación sirvió para que comenzaran a ver la realidad de otro modo, y a creer que podían construirse un futuro más allá de la prostitución.

Las hacíamos ver películas, fotografías, las llevamos a visitar el Barrio Rojo, que había sido limpiado por la revolución. A visitar el Gran Mundo, que ahora era un parque de entretenimientos obreros. Los obreros les daban charlas, y las llevamos al campo para que vieran los cambios de la Nueva China.

La mayoría eran analfabetas. Se conmovieron mucho cuando comenzamos a enseñarles a leer y escribir. Primera vez que alguien las ayudaba sin pedirles nada. Así, en un corto período las alfabetizamos. Muchas explicaron su agradecimiento diciendo que ahora, que podían leer y escribir cosas simples, nunca más las podrían engañar con contratos falsos de prostitución.

Al mismo tiempo, utilizamos el expediente del trabajo físico. Teníamos dos propósitos al hacer esto. Uno era educarlas, ya que no tenían la menor disciplina y no amaban el trabajo físico; y dos, a través del trabajo físico enseñarles algún oficio para que después se ganaran la vida. Les enseñamos oficios de acuerdo a la edad, sus condiciones físicas, mentales, aptitudes; en fin, tratando de hacerlo lo más fácil posible para ellas.

A los ex.gangsters los repartimos en trabajo agrícola y en una fábrica de maquinarias. A las mujeres, les enseñamos a bordar, pintar, trabajar en maquinarias textiles y de artículos de consumo.

Al principio les dimos algún dinero de acuerdo al trabajo que finalizaban, y después les pagamos salarios, como a obreras comunes, según su habilidad. Una ex-prostituta, cuando recibió su primer salario, me dijo: “desde ahora me siento como un verdadero ser humano”. En general, estaban felices.

Algunos ex-gangsters aprendieron dibujo técnico y diseño de construcciones. El cine Chan Nin (Paz Eterna) de Shanghai, fue enteramente diseñado y construido por ex-gangsters. Un puente de hierro del barrio sur también fue construido por ellos.

Pero no todo fue tan simple como se cuenta. Fue un trabajo sumamente difícil. Prostitutas y gangsters recelaban mucho de nosotros. Ellos creían ver algún tipo de engaño en todo este cuidado que nos tomábamos con ellos. Fue un lento trabajo de convencimiento, como nos enseña Mao Tse-tung, con extremada paciencia, el de irles borrando el recelo.

Las prostitutas tenían muchos tipos de enfermedades venéreas. Y las llevábamos a los hospitales. El Estado gastó más de 180.000 yuanes en curar sus enfermedades venéreas.

Para estos tratamientos médicos, había que comenzar por analizar la sangre de cada una. Las prostitutas creían que les sacaban sangre para venderla y hacer negocio, y por eso se negaban rotundamente a someterse al examen. Y algunos, después de la extracción, fingían haber quedado herídos. Y hubo un caso en que la afectada no movió el brazo derecho durante seis meses, evitando así trabajar.

Sabíamos que eso no era culpa de ellas, sino de su terrible vida anterio, antes de la liberación. Pero muchos de nosotros nos descorazonábamos con facilidad, y hasta hubo cuadros que pidieron abandonar la tarea. Por eso, nos reuníamos los cuadros a discutir la situación, y sacamos enorme fuerza de ánimo de la lectura de los artículos de Mao Tse-tung “Servir al Pueblo” y “En memoria de Norman Bethune”.

La mujer que fingió durante seis meses haber quedado lisiada del brazo derecho después del pinchazo para extraerle una muestra de sangre, se llama Chan Yi-fan. Descubrieron que fingía en las duchas, porque allí sí movía, y muy bien, los dos brazos. Hicieron un trabajo especial de persuasión con ella, porque tenía cáncer a los ovarios. Y lograron hospitalizarla. Se recuperó. Cuando los doctores le dieron de alta, ella dijo: “No tengo dinero para pagar”. Los doctores le contestaron: “No tiene nada que pagar, el pueblo la ha cuidado”. Lloró. Confesó entonces todas las tretas que había utilizado antes, y prometió trabajar como nunca. Y en verdad lo hizo muy bien: se hizo activista en educación política.

Y también estaba el miedo. Muchas no se atrevían a hablar con los cuadros. Les tenían miedo. Les esquivaban. Los insultaban muchas veces, con groserías que habían aprendido en los prostíbulos. Algunas trataron de huir. Y hasta se organizaron en “equipos de fuga” para ello. Fue un trabajo difícil. Pero estábamos preparados. Analizábamos todos los problemas. Pero este de la fuga resultó grave, porque ninguno de nosotros tenía experiencia en eso, y no usábamos armas ni rejas en el recinto, para mantenerlas adentro. Era un recinto diferente de las cárceles normales. No había ni candados. La puerta siempre estaba abierta. Era fácil que huyeran. Podían comunicarse con sus familias… y muchas pedían irse, y otras escaparon. Pero hablamos con sus familias y ellas se pusieron de nuestro lado.

El recinto, por dentro, era igual que una fábrica o una escuela, pero sin turnos de trabajo. No podían salir a la calle, pero era una reglamentación sólo de palabra, no de hecho.

Nuestra línea de acción era la de razonar con las ex-prostitutas basándonos en los hechos, y no controlarlas por medio de la fuerza, porque así se habría perdido todo nuestro avance en su recuperación. Algunos cuadros fueron golpeados por las prostitutas. Mientras mayor era el miedo que nos demostraban, más nos acercábamos a ellas, hasta casi vivir siempre juntos. Los cuadros tenían órdenes precisas de no perder los estribos, y mucho menos golpearlas. Tenían orden de hacerse partícipes de sus sufrimientos en el pasado, y, sobre todo, de respetar la personalidad de cada una.

Organizamos comisiones de vida diaria. Comisión para el trabajo, para el descanso, para el trabajo recreatívo y para el estudio.

Cuando era evidente que cometíamos algunos errores, recurríamos al método de crítica y autocrítica, y de educación mutua con las prostitutas, lo que al principio las asombró mucho a ellas.

Después de eso, tanto las mujeres como los hombres comenzaron a confiar más en nosotros, y a decirnos honestamente lo que pensaban de nosotros, de nuestra educación y de ellas mismas.

De ese modo les borramos el miedo.

En su vida diaria, las cosas funcionaban así: el Estado les pagaba la comida; si tenían familias con dificultades económicas, el gobierno les asignó una pensión; si tenían hijos, el Estado se encargó de educarlos (los grandes a las escuelas y los chicos a los jardines infantiles, y las guaguas a las salas-cuna).

Por término medio, nos demorábamos 2 años en remodelar a las prostitutas y bandidos. A veces más, hasta 3 años, y a veces menos, hasta sólo 1 año.

Habia 3 condiciones para poder salir del centro de rehabilitación: primero, que la ideologia política fuera buena, y hubieran desechado totalmente el modo antiguo de pensar; segundo, tener un oficio y un trabajo seguro para ganarse la vida; y tercero, haberse recuperado totalmente de las enfermedades venéreas.

Las distribuímos de acuerdo a las necesidades de la sociedad, sus habilidades personales, sus oficios y las peticiones de su familia.

De las 65.000 personas que tratamos, un tercio fue al campo, a sus aldeas natales, para integrarse al trabajo agrícola y para reunirse con sus ex-familias; otro tercio fue enviado a las granjas estatales junto con sus familias; del tercio restante, una parte fue colocada en fábricas, en equipos de construcción, y otros permanecieron en el lugar de reeducación, para transformarlo en una fábrica más de Shanghai. Se llama ahora Fábrica de Prueba de Máquinas-Herramientas de Shanghai, en la parte que correspondió a los ex delincuentes; y el lugar de la rehabilitación de prostitutas se llama ahora Centro de Bienestar de Mujeres, y desde 1959 funciona en Lanchou y no en Shanghai.

Algunos, que son de mucha edad o irrecuperables en su debilidad física, reciben pensiones del Estado. Por ejemplo, una mujer que a los 12 años comenzó a prostituirse y que quedó baldada de los intestinos y tiene ahora salida artificial, recibe pensión estatal…

Todos son ahora trabajadores para la causa socialista. Algunas son obreras avanzadas y otros trabajadores agrícolas modelos. Por ejemplo, cien ex-gangsters trabajan en la fábrica de algodón para usos médicos, y 18 ya eran obreros avanzados en 1958. Cinco ex-prostitutas fueron enviadas a una fábrica de toallas. Un año más tarde, en 1958, dos de ellas eran obreras zavanzadas.

“Su Chin-ti, ex-prostituta, es ahora cuidadora de niños en una casa-cuna; desde hace años obrera avanzada, en 1960 fue elegida delegada al Congreso Nacional de Obreras Avazadas en el Cuidado de Niños;en 1963 fue elegida “bandera roja de los 8 méritos”, y ese mismo año ingresó al Partido Comunista.
Otros ex-gangster fueron enviados a la región autónoma uighur de Sinkiang, y ahora son miembros destacados del Regimiento de Construcción de allí. Muchos de ellos han logrado ingresar al Partido Comunista y otros son cuadros.

La mayoría de las ex-prostitutas se han casado, y son madres de familia ahora.

San Chí-jua, la niña de la cual le conté su historia en detalle, se casó con un obrero de la fábrica de algodón sanitario, ella es barrendera municipal, y tienen un hijo muy lindo. Me dijo hace poco: “La vieja sociedad transformaba a los seres humanos en fantasmas: ahora la nueva sociedad hace seres humanos de los fantasmas”.

Hacía fines de 1957 habíamos terminado la reeducación de las prostitutas y los delincuentes en Shanghai. Ahora le puedo decir que hemos destruido totalmente la prostitución como sistema. Pero, hay que ser claros, la lucha de clases no ha terminado todavía, por eso no podemos decir que en China no hay absolutameme ningún ladrón, lanza o prostituta.

Quiero explicarle, por mi propia experiencia personal, algunas ventajas de la nueva sociedad. Sólo en ella podemos resolver de verdad el problema de la prostitución y la delincuencia. Porque ocurre que el pueblo toma todo el poder, y es el dictador. Y como tal, el pueblo inicia y cuida una campaña nacional de moralidad revolucionaria. Con el desarrollo económico y el cambio de la propiedad, cada persona en China tiene una salida para sus problemas económicos. Antes, eso no era así, y por eso algunos buscaban una salida en la prostitución o la delincuencia.

Yo he vivido en Shanghai toda mi vida. Y antes de la liberación vi la prostitución. Y en ese tiempo yo no sabía por qué había prostitutas, sólo me limitaba a odiarlas por su comercio sexual. Sólo cuando el Partido Comunista me enseñó, entendí que la prostitución era una falta de la vieja sociedad, y que los comunistas teníamos la obligación de formular una política correcta para tratar este problema. Y ganamos en muchas cosas, porque persistimos en la política del Partido Comunista. Al mismo tiempo, aprendí que nuestro principal apoyo deben ser las masas, y para tratar la prostitución, lo hicimos así. Figúrese, en Shanghai había más de 120.000 prostitutas y delincuentes habituales, y recibimos sólo a 65.000 en nuestro instituto; el resto fue reformado por las propias masas, que se encargó primero de su vigilancaa, en cada barrio, cada calle de Shanghai, y lo íntegró a la sociedad. Algunos de nuestros pacientes huyeron, y las masas los enviaron de regreso aquí. Apoyarse sólo en la administración, para enfrentar un problema social, es errado y es insuficiente.

Como le dije, el problema de la prostitución ha sido totalmente destruido, el sistema que creaba la prostitución también ha sido destruido, pero como la lucha de clases es larga, y todavía existe en China, no puede afirmarse que no haya prostitutas que actúan de manera secreta… pero en la misma medida en que las descubrimos, las tomamos a nuestro cargo y las remodelamos.

Sobre todo ahora, con la revolución cultural, las masas y sus guardias rojos se encargarán de sacar a la luz a las prostitutas encubiertas, y ya ha ocurrido aquí en Shanghai en los últimos días. No tengo ninguna duda de que los guardias rojos barrerán totalmente todos los restos de prostitución que quedan en China“.

El relato de la ex-encargada de combatir la prostitución en Shanghai termina aquí.

 

 

Extraído del libro “La Guardia Roja conquista China” de Robinson Rojas, 1968.

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