Fascismo en EE.UU.

Police Attacking African American Man

 

A continuación publicamos un extracto del libro “High Treason” del escritor norteamericano Albert E. Kahn, relativo a los acontecimientos que sucedieron en agosto de 1949 en Peekskill, USA., que revelan un aspecto poco divulgado de los EE.UU.

 

Diez años antes del proceso de los líderes comunistas estadounidenses, Eugen Hadamovsky, jefe de la radio nazi y ayudante de Goebbels, escribía: “La propaganda y la fuerza nunca han sido antítesis absolutas; el uso de la fuerza puede ser parte de la propaganda. Entre ellas hay un escalón de rangos para ejercer la influencia: de la persuasión gentil a la propaganda salvaje de masas, de la organización de reclutas a la organización de instituciones estatales y paraestatales, del terror individual al terror en masa…

En el verano de 1949, cuando la propaganda anticomunista en EE.UU. llegaba al borde del delirio, ocurrió un acontecimiento que sacudiría el mundo y que parece ejemplificar la tesis de Eugen Hadamovsky.

Mientras que los doce líderes comunistas estaban siendo juzgados en el Tribunal Supremo de Nueva York por presunta propaganda a favor de la fuerza y de la violencia contra el Gobierno, los verdaderos exponentes de la fuerza y de la violencia en EE.UU. entraban en acción a poco menos de 50 millas de distancia.

Fue anunciado un concierto de Paul Robeson para la noche del sábado 27 de agosto de 1949 en el parque Lakeland Acres, cerca de la ciudad de Peekskill, N.Y. La recaudación del concierto debería ir a la sección de Harlem del “Congreso de los Derechos Civiles”, organización dedicada a la defensa de las libertades constitucionales, que fue citada en la lista “subversiva” del Fiscal General Clark.

Cuatro días antes del concierto, el “Evening Star” de Peekskill titulaba: “El concierto de Robeson ayuda al bloque subversivo“. Y el artículo decía: “El tiempo del silencio tolerante que significa aprobación se está acabando…“.

El presidente de la Cámara de Comercio local y otros patrioteros del lugar, tacharon el concierto de “anti-estadounidense”, al tiempo que las organizaciones de veteranos decidían promover manifestaciones y una marcha de protesta.

El concierto nunca se realizó.

Cuando Paul Robeson llegó al espectáculo, no consiguió entrar en Lakeland Acres. Una multitud enfurecida bloqueó la carretera, impidiendo a cualquier persona entrar en el parque. A lo largo de dos millas de carretera, los coches de los que iban al concierto se amontonaban uno tras otro. No se veía policía.

Al caer la noche, la multitud comenzó a destrozar las sillas colocadas en el parque, haciendo una gran hoguera con los destrozos y llevó a cabo un violento asalto a las personas que habían llegado antes. Gritaban: “Ninguno de ustedes saldrá vivo de aquí… Somos hijos de Hitler. Estamos listos para terminar el trabajo que él empezó“…

La línea de defensa fue rápidamente organizada por unas pocas docenas de hombres. A las 20:30, abriéndose camino en la oscuridad entre la multitud que gritaba, alguien fue a llamar a la policía. Más tarde dijo lo siguiente: “Vi a un negro y a dos blancos aproximarse desde del parque. Fueron detenidos por la multitud. Una docena de hombres lanzaron al negro contra un montón de tierra. El negro repitía: “Soy americano. Tengo derecho a asistir al concierto”. De repente, uno de los hombres lo golpeó y la multitud se lanzó hacia él gritando: “Matémoslo, acabemos con él”. Lo golpearon sin piedad, lo patearon y lo pisaron. Entonces vi a un soldado que estaba cerca. Me dirigí a él: “Venga aquí, muchacho, no hay derecho a esto”, A lo que respondió: “A esto si, este no es el camino americano”, y se integró en la multitud. Arrastré al negro entre los coches hacia el bosque. Si no llego a hacerlo, pienso que lo acabarían matando“.

 

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Describiendo el trato recibido hacia muchas personas que buscaban asistir al concierto, el “New York Herald Tribune” del 29 de agosto dijo: “…el tráfico fue interrumpido por bloques y tablas de madera que la gente había sacado de los vehículos. Los hombres fueron empujados a la fuerza, mientras que las mujeres huían entre abucheos y burlas. Los coches fueron aplastados y destrozados con piedras y ocho de ellos fueron volcados. Hubo que retirarlos con remolques a las dos de la mañana“.

Sólo después de varias horas de disturbios llegó la la policía para restablecer un orden aparente.

El domingo por la tarde, el día después del asalto, mil quinientas personas indignadas, residentes locales, se reunieron en la propiedad del dr. Samuel Rosen, en Katonah. Allí formaron el “Comité para la Ley y el Orden” de Westchester, y decidieron por unanimidad enviar una segunda invitación a Paul Robeson para cantar en Peekskill. “Nos negamos a dejar cualquier parte de los EE.UU. a la masacre organizada“, decía el Comité, “nuestras libertades y derechos civiles están restringidas“.

El martes por la noche, ocho mil personas abarrotaron el salón Golden Gate en Harlem para protestar contra la violencia en Peekskill. Dirigiéndose a los participantes de la reunión, Paul Robeson anunció que volvería a cantar en Westchester.

El nuevo concierto fue programado para el domingo 7 de septiembre, en el Hollow Brook Country Club.

En Peekskill la tensión aumentaba a medida que el día señalado se aproximaba. Las organizaciones locales convocaron una gigantesca marcha de protesta fuera de las salas del concierto. Pancartas y carteles aparecieron por toda la ciudad con el slogan: “Levántate América, Peekskill ya lo hace“. Se pegaban carteles en los coches y en los autobuses con el slogan: “¡El comunismo es traición; detrás del comunismo están los judíos. Por lo tanto, por la patria y contra los judíos!“. El “Daily Compass” anunciaba que los turistas de una colonia de los alrededores se sentían tan amenazados que los hombres organizaron turnos de guardia contra el ataque.

En la víspera del concierto, hombres discutían en los bares, billares, etc., de Peekskill, ensalzando abiertamente el trabajo que iban a hacer contra “los comunistas, negros y judíos“.

Por insistencia del “Comité para la Ley y el Orden” de Westchester, el Gobernador Thomas Dewey convocó a la policía estatal de Peekskill para el día marcado.

Para garantizar la protección a la audiencia, los organizadores del concierto movilizaron un cuerpo de dos mil quinientos veteranos antifascistas. Bajo el comando de Leon Strauss, vicepresidente de la Unión Internacional de los Trabajadores de las curtidurías, oficial de la reserva, estos veteranos llegaron al Hollow Brook Club antes del amanecer. De pie, hombro con hombro, formaban la guardia de defensa, rodeando por completo el parque.

Por la tarde, los que iban al concierto, incluyendo familias con cestas de comida, comenzaron a ocupar sus lugares. Acercándose a la entrada, pasaban entre filas de cientos de policías que contenían una multitud de manifestantes gritando insultos. Algunos gritaban: “Amigos de negros, de comunistas… Están entrando, pero no saldrán…“.

 

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Grupos de veteranos locales marchaban arriba y abajo, acompañados de bandas.

Cuando comenzó el concierto, a las dos horas, cerca de veinte mil personas estaban en el parque. Todos se callaron cuando Paul Robeson se puso a cantar. Ecos de aplausos rebotaban contra las montañas.

Al final del concierto, sin embargo, la policía guiaba a autobuses y a coches a lo largo de la estrecha carretera que pasaba entre los árboles. Cientos de hombres esperaban para la emboscada, armados con piedras, botellas y ladrillos. Una tormenta de fragmentos alcanzó a los vehículos durante todo el camino.

Aquí están algunos extractos de los testimonios hechos más tarde por las víctimas del ataque: “Le pedimos a un policía que detuviese a uno de los que tiraban piedras. Nos respondió: “Iros a casa, sucios judíos, antes de que os partan la cabeza”. Vi a varias personas heridas llamando a la policía. Pero la policía se reía, llamándolas “sucios negros” o incluso los golpeaban con las porras. Vi a la propia policia lanzar piedras contra los coches y el autobús“.

Las mujeres y los niños se tumbaban en el suelo del autobús. Las mujeres intentando proteger a los niños… Algunos matones corrieron cerca del autobús, intentando hacer puntería en las cabezas de las mujeres…

Uno de los policías gritó: “Atrapemos a estos hijos de puta”. Uno de ellos se detuvo delante de la ventanilla del coche en el que iba e intentó golpearme con la porra en el ojo izquierdo. La porra no llegó a alcanzarme el ojo pero me hirió en los párpados. Empecé a sangrar. Fuimos sacados del coche y me obligaron a pasar por las manos de 15 o 20 policías que me golpeaban en la cabeza o en la espalda. Me tiraron al suelo y continuaron golpeándome. Uno de ellos notó un vendaje en mi mano izquierda que me había quemado hace una semana. Saltó encima de la mano y apretó la rodilla contra el vendaje fracturándome uno de los dedos quemados“.

Un grupo de asaltantes vino directamente a la parte delantera del autobús, lanzaron una piedra que aplastó mi mano. Cuando miré, vi que la tercera falange colgaba de un tendón. Los policías se estaban riendo observando todo esto“.

Los heridos se contaban por cientos. Un gran número de hombres y mujeres resultaron gravemente heridos. Más de 50 autobuses y cientos de coches particulares fueron dañados por la violencia de la multitud“.

Esto se está escribiendo un par de horas después de mi salida del infierno sobre la tierra que fue Peekskill“, escribió Leslie Matthews, corresponsal de un periódico para negros, en aquella noche. “Aún oigo los gritos histéricos de la multitud, la ruptura de los vidrio, los gemidos de las mujeres y los lloros de los niños, los insultos y ofensas de los jóvenes salvajes. Todavía siento el olor de la sangre corriendo por las heridas, el humo de la gasolina del autobús que intentaban valientemente salvar los blancos humanos de la tormenta de ladrillos, piedras y porras. Aún siento la violencia, la confusión que estaba en el aire…“.

 

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Un clamor de repulsa y condena surgió de todas las partes del país. Numerosos civiles, religiosos, organizadores fraternalistas y trabajadores, así como personalidades públicas, unieron sus protestas.

El “Christian Science Monitor” dijo en un artículo: “…Si una comunidad como esta puede producir la tiranía de las fuerzas que niegan los derechos constitucionales de reunión y palabra, pocas ciudades de América pueden sentirse seguras…

El prefacio de un folleto titulado “Eyewitness – Peekskill, EE.UU.”, publicado luego por el Comité de Investigación de Westchester decía: “Los autores de este informe somos resldentes locales. Aquí construimos nuestros hogares y educamos a nuestros hijos…

Ahora sabemos que lo que sucedió se llama fascismo. No es sólo algo remoto que le sucedió un día al pueblo alemán, sino algo cercano y personal que nos amenaza la vida cada día.

Cuenta un comerciante local: “El joven que era cartero de nuestro pueblo, que nos sonreía y nos saludaba todas las mañana durante tres años, participó de la multitud que atacó el prime concierto de Robeson“. Un viejo residente relata: “El barbero que afeitó a nuestros hijos durante 16 años, decía orgullosamente que ayudó a organizar el apedreamiento de los coches que dejaban el segundo concierto“. Y una señora afirmó: “Una chica que fue la mejor amiga de nuestra hija en la escuela, le dijo que merecía haber sido apedreada por ir a escuchar a Robeson cantar en Peekskill“.

Y el prefacio termina: “Enviamos este informe con la esperanza de que los lectores entiendan que es necesario reaccionar antes que sea demasiado tarde; que no cierren sus ojos y oídos a la verdad; que no permitan que esta cosa viciosa, que se llama fascismo, degrade y embrutezca a la gente de nuestra tierra“.

 

 

Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Fundamentos”, nº26, Marzo de 1951

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