Nuestro estudio y la situación actual

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De 1942 a 1944, el organismo dirigente central y los cuadros superiores del Partido Comunista de China realizaron discusiones sobre la historia del Partido, especialmente respecto al período que va de principios de 1931 a fines de 1934. Estas discusiones contribuyeron enormemente a la unidad ideológica dentro del Partido sobre la base del marxismo-leninismo. La reunión ampliada del Buró Político del Comité Central del Partido, celebrada en enero de 1935 en Tsunyi, provincia de Kuichou, rectificó la errónea línea de “izquierda” que había prevalecido desde principios de 1931 hasta fines de 1934, cambió la composición del organismo dirigente central, estableció una dirección encabezada por el camarada Mao Tse-tung y encauzó la línea del Partido por el correcto camino marxista-leninista. Con todo, muchos cuadros del Partido no comprendían a fondo la naturaleza de las líneas erróneas del pasado. Para elevar más el nivel ideológico marxista-leninista de los cuadros del Partido, el Buró Político llevó a cabo en 1942 y 1943 varias discusiones sobre la historia del Partido y, más tarde, en 1943 y 1944, condujo discusiones semejantes entre los cuadros superiores de todo el Partido. Todas estas discusiones fueron una importante preparación para el VII Congreso Nacional del Partido, realizado en 1945, pues contribuyeron a lograr en él una unidad ideológica y política sin precedentes en la historia del Partido. El presente artículo fue una conferencia a propósito de esas discusiones, dada por el camarada Mao Tse-tung en una reunión de los cuadros superiores en Yenán.

 

 

Desde el invierno pasado, los cuadros superiores de nuestro Partido han venido estudiando la cuestión de las dos líneas en la historia del Partido, lo cual ha elevado considerablemente el nivel político de numerosos cuadros superiores. En el curso del estudio, los camaradas han planteado muchos problemas; respecto a algunos de los importantes, el Buró Político del Comité Central ha llegado a las siguientes conclusiones:

1) Sobre la actitud que se debe tomar en el estudio de nuestra experiencia histórica. El Comité Central considera que se debe ayudar a los cuadros a adquirir, en lo ideológico, una comprensión perfectamente clara de los problemas surgidos en la historia del Partido, y, al mismo tiempo, adoptar una política de clemencia al tomar decisiones sobre aquellos camaradas que cometieron errores en el pasado, de modo que, por un lado, los cuadros conozcan a fondo la experiencia histórica de nuestro Partido y eviten la repetición de errores, y, por el otro, se pueda unir a todos los camaradas para el trabajo común. La historia de nuestro Partido registra las grandes luchas contra las erróneas líneas de Chen Tu-siu y de Li Li-san; estas luchas fueron absolutamente necesarias. Pero los métodos empleados adolecieron de defectos: por una parte, no se condujo a los cuadros a adquirir, en lo ideológico, una comprensión cabal de las causas de aquellos errores, las circunstancias en que se produjeron y las medidas precisas para corregirlos, de suerte que más tarde volvieron a cometerse errores de la misma naturaleza; por la otra, se subrayó demasiado la responsabilidad individual, por lo cual no se logró unir para el trabajo común a un mayor número de camaradas. Estos dos defectos deben servirnos de lección. En la presente ocasión, al tratar los problemas surgidos en la historia del Partido, se debe hacer hincapié no en la responsabilidad individual de algunos camaradas, sino en el análisis de las circunstancias en que se cometieron los errores, en el contenido de éstos y en sus raíces sociales, históricas e ideológicas, y seguir la orientación de “sacar lecciones de los errores pasados para evitarlos en el futuro, y tratar la enfermedad para salvar al paciente”, con el fin de lograr los dos objetivos: aclarar en lo ideológico los problemas y unir a los camaradas. Una actitud cuidadosa al resolver los casos individuales, sin tratar a la ligera los errores ni tampoco perjudicar a los camaradas, constituye uno de los signos de la vitalidad y el florecimiento de nuestro Partido.

2) Abordar toda cuestión en forma analítica, y no negarlo todo en bloque. Por ejemplo, el problema de la línea de la dirección central durante el período comprendido entre la IV Sesión Plenaria y la Reunión de Tsunyi, debe ser analizado en sus dos aspectos: por un lado, hay que indicar que la táctica política, la táctica militar y la política de cuadros seguidas durante ese período por la dirección central del Partido eran esencialmente erróneas, y, por el otro, es preciso señalar que en problemas fundamentales como la oposición a Chiang Kai-shek y la necesidad de la revolución agraria y de la lucha del Ejército Rojo, no había divergencias entre nosotros y aquellos camaradas que cometieron errores. Incluso en el aspecto táctico, también se debe hacer un análisis. Por ejemplo, en el problema agrario, el error  de entonces consistía en la política ultraizquierdista de no dar tierras a los terratenientes y adjudicar malas tierras a los campesinos ricos; sin embargo, en lo que respecta a la confiscación de la tierra de los terratenientes y su reparto entre los campesinos con poca tierra o sin ella, esos camaradas estaban de acuerdo con nosotros. Lenin dice que el análisis concreto de la situación concreta es “la esencia misma, el alma viva del marxismo”. Muchos de nuestros camaradas, carentes de espíritu analítico, no quieren analizar y estudiar reiterada y profundamente las cosas complejas, sino que prefieren formular conclusiones simplistas, absolutamente afirmativas o absolutamente negativas. E1 que en nuestra prensa aparezcan pocos artículos analíticos y nuestro Partido aún no haya cultivado plenamente el hábito del análisis, revela la existencia de tal defecto. En adelante, debemos remediar esta situación.

3) Sobre la discusión de los documentos del VI Congreso Nacional del Partido. Es preciso señalar que la línea del VI Congreso Nacional fue esencialmente acertada, ya que el Congreso definió el carácter de la revolución actual como democrático-burgués, dejó en claro que la situación de aquel entonces era como un intervalo entre dos auges de la revolución, condenó el oportunismo y el putchismo y promulgó el Programa de Diez Puntos. Todo esto fue correcto. El VI Congreso tuvo también defectos. Citemos, entre otros defectos y errores, el no haber señalado el carácter extraordinariamente prolongado de la revolución china ni la inmensa importancia en ella de las bases de apoyo rurales. Con todo, el VI Congreso Nacional desempeñó un papel progresista en la historia de nuestro Partido.

4) Sobre la legalidad de la dirección central provisional del Partido, constituida en Shanghai en 1931, y de la V Sesión Plenaria convocada más tarde por ella. El Comité Central estima que ambas fueron legales, pero hay que señalar que el procedimiento de la elección fue defectuoso; esto debe ser tomado como una lección histórica.

5) Sobre el problema de las fracciones en la historia del Partido. Se debe indicar que, como resultado de una serie de cambios operados a raíz de la Reunión de Tsunyi, han desaparecido las fracciones que existieron en un tiempo y desempeñaron un papel nocivo en la historia del Partido. En nuestro actual estudio de las dos líneas dentro del Partido, es completamente necesario mostrar la existencia y el papel nocivo de tales Fracciones en nuestra historia. Pero sería incorrecto pensar que esas fracciones, con sus mismos programas políticos y formas de organización erróneos, continúan existiendo hoy, después de los cambios producidos por las numerosas luchas internas del Partido: la Reunión de Tsunyi, en enero de 1935; la VI Sesión Plenaria del Comité Central elegido en el VI Congreso Nacional, celebrada en octubre de 1938; la sesión ampliada del Buró Político, en septiembre de 1941[5]; la campaña de rectificación en todo el Partido, en 1942, y el estudio de las luchas entre las dos líneas en la historia del Partido, iniciado en el invierno de 1943. Las antiguas fracciones ya no existen. Quedan tan sólo supervivencias de las concepciones dogmáticas y empíricas, que podrán ser eliminadas si continuamos realizando en profundidad la campaña de rectificación. Lo que ahora se presenta con carácter grave, y en casi todo el Partido, es el localismo de montaña[6], tendencia caracterizada por la ceguera política. Por ejemplo, hay falta de comprensión, de respeto y de unión entre camaradas de diversos sectores, debido a diferencias en sus experiencias de lucha, a diferencias entre las zonas en que trabajan (entre una base de apoyo y otra, entre las regiones ocupadas por el enemigo, las dominadas por el Kuomintang y las bases de apoyo revolucionarias) y a diferencias entre sus campos de trabajo (entre tal y cual unidad militar, entre esta y aquella clase de trabajo). Este fenómeno parece trivial, pero, de hecho, obstaculiza gravemente la unidad del Partido y el aumento de su capacidad combativa. Las raíces sociales e históricas del localismo de montaña residen en que la pequeña burguesía de China es excepcionalmente numerosa y en que, durante un largo período, nuestras bases de apoyo rurales han estado aisladas unas de otras por el enemigo, mientras que la causa subjetiva es el insuficiente trabajo de educación dentro del Partido. La importante tarea que nos incumbe en el presente es señalar estas causas, convencer a los camaradas para que superen su ceguera y eleven su conciencia política, eliminar lo que ideológicamente los separa y fomentar entre ellos la comprensión y el respeto mutuos, a fin de alcanzar la gran unidad de todo el Partido.

Si toda la militancia logra una clara comprensión de los problemas mencionados, se asegurará no sólo el éxito del estudio que estamos realizando en el Partido, sino también el triunfo de la revolución china.

 

 

II

 

La situación actual presenta dos características: una es el robustecimiento del frente antifascista y el desmoronamiento del frente ascista, y la otra, el robustecimiento de las fuerzas populares y el desmoronamiento de las fuerzas antipopulares dentro del frente antifascista. La primera característica es obvia y se percibe fácilmente. Hitler será derrotado pronto, y los agresores japoneses también están ya en vías de serlo. La segunda característica no aparece todavía con tanta evidencia y aún no es fácil percibirla, pero se está tornando cada día más manifiesta en Europa continental, en Inglaterra y los EE.UU. y en China.

El robustecimiento de las fuerzas populares en China debe explicarse en función del desarrollo de nuestro Partido.

El desarrollo de nuestro Partido durante la Guerra de Resistencia contra el Japón se puede dividir en tres etapas. La primera va de 1937 a 1940. Durante los dos primeros años, o sea, 1937 y 1938, los militaristas japoneses tomaron en serio al Kuomintang y despreciaron al Partido Comunista, de ahí que lanzaran sus fuerzas principales contra el frente del Kuomintang; en su política para con éste, el ataque militar fue el medio principal, y la acción política para inducirlo a capitular, el medio auxiliar. En cambio, prestaron poca atención a las bases de apoyo antijaponesas, dirigidas por el Partido Comunista, creyendo que allí no había más que un puñado de comunistas empeñados en acciones guerrilleras. Mas, después de la ocupación de Wuján, en octubre de 1938, el imperialismo japonés empezó a cambiar de política, pasando a tornar en serio al Partido Comunista y a despreciar al Kuomintang; en relación con éste, recurrió, como medio principal, a la acción política para inducirlo a capitular, y, como medio auxiliar, al ataque militar, y volvió gradualmente sus fuerzas principales contra el Partido Comunista. Porque en aquel entonces había llegado a sentir que ya no era el Kuomintang, sino el Partido Comunista, quien era de temer. En 1937 y 1938, el Kuomintang hizo esfuerzos relativamente grandes en la resistencia al Japón, mantuvo con nuestro Partido relaciones más o menos buenas y permitió al movimiento popular antijaponés una libertad de acción comparativamente amplia, pese a las muchas restricciones que le imponía. Sin embargo, desde la caída de Wuján, debido a sus derrotas en la guerra y al desarrollo de sus sentimientos hostiles hacia el Partido Comunista, el Kuomintang se mostró cada vez más reaccionario, más activo en su lucha anticomunista y más pasivo en la resistencia al Japón. Como resultado de los reveses sufridos en el período de la guerra civil, el Partido Comunista contaba en 1937 sólo con unos 40.000 miembros organizados y un ejército de poco más de 30.000 hombres; en consecuencia, fue despreiado por los militaristas japoneses. Pero, en 1940, el Partido tenía ya 800.000 miembros, y su ejército, cerca de 500.000 hombres. La población de las bases de apoyo era de unos 100.000.000, contando tanto a los que pagaban impuestos en grano sólo a nosotros como a aquellos que los pagaban también al enemigo. En pocos años, nuestro Partido abrió el extenso frente de las regiones liberadas, de modo que durante cinco años y medio pudimos parar la ofensiva estratégica de las fuerzas principales japonesas contra el frente del Kuomintang, atraerlas hacia nosotros, salvar al Kuomintang de la crisis en el campo de batalla y mantener la prolongada Guerra de Resistencia. Pero, en esta etapa, algunos camaradas del Partido incurrieron en un error: subestimaron al imperialismo japonés (de ahí que no vieran el carácter prolongado y encarnizado de la guerra y preconizaran la guerra de movimientos con grandes agrupaciones militares como forma principal de lucha, menospreciando la guerra de guerrillas), cifraron sus esperanzas en el Kuomintang y, faltos de lucidez, no aplicaron una política independiente (de ahí su capitulacionismo ante el Kuomintang y su vacilación respecto a la política de movilizar con audacia a las grandes masas para establecer bases de apoyo democráticas antijaponesas en la retaguardia enemiga, y de engrosar en gran medida las fuerzas armadas dirigidas por nuestro Partido). Además, el considerable número de nuevos militantes reclutados por nuestro Partido no tenían aún experiencia, y las bases de apoyo en la retaguardia enemiga, todas recién establecidas, no estaban todavía consolidadas. En esta etapa, a consecuencia del desarrollo favorable de la situación y del crecimiento de nuestro Partido y nuestro ejército, surgió dentro del Partido una especie de engreimiento y muchos se volvieron presuntuosos. No obstante, en esta etapa, corregimos la desviación de derecha en el seno del Partido y seguimos una política independiente; no sólo asestamos golpes a los imperialistas japoneses, creamos bases de apoyo y ampliamos el VIII Ejército y el Nuevo 4 Cuerpo de Ejército, sino que además rechazamos la primera campaña anticomunista del Kuomintang.

Los años 1941 y 1942 constituyen la segunda etapa. Para preparar y realizar la guerra contra Inglaterra y los Estados Unidos, los imperialistas japoneses aplicaron con mayor energía la política que habían adoptado después de la caída de Wuján, política de tratar como adversario principal no ya al Kuomintang, sino al Partido Comunista; agruparon una parte aún mayor de sus fuerzas principales alrededor de las bases de apoyo, dirigidas por el Partido Comunista, emprendieron sucesivas operaciones de “limpieza” y pusieron en prácica la atroz política de “incendiarlo todo, matar a todos y saquearlo todo”, concentrando sus ataques sobre nuestro Partido. Como resultado de todo ello, el Partido se vio en una situación sumamente difícil durante esos dos años. En esta etapa, nuestras bases de apoyo se redujeron; su población descendió a menos de 50.000.000; los efectivos del VIII Ejército disminuyeron a poco más de 300.000 hombres; la pérdida de cuadros fue muy grande, y nuestras finanzas y economía atravesaron extremas dificultades. Mientras tanto, el Kuomintang, creyéndose ya con las manos libres, recurrió a todos los medios para combatir a nuestro Partido, desplegó la segunda campaña anticomunista y nos atacó en coordinación con los imperialistas japoneses. Sin embargo, esa situación difícil nos educó a los comunistas y nos hizo aprender muchas cosas. Aprendimos cómo enfrentar las operaciones de “limpieza” del enemigo, su política de “mordisqueo”[8] de nuestro territorio, sus campañas por el “reforzamiento de la seguridad pública”, su política de “incendiarlo todo, matar a todos y saquearlo todo” así como su política de arrancar a los nuestros retractaciones políticas; aprendimos o empezamos a aprender cómo aplicar el “sistema de los tres tercios” en los órganos del Poder de frente único, cómo llevar a cabo la política agraria, la campaña por la rectificación de los tres estilos, la política de “menos pero mejores tropas y una administración más simple”, la política de la dirección unificada, la campaña de apoyar al gobierno y amar al pueblo, así como la campaña por el desarrollo de la producción. Superamos numerosos defectos, incluidos el engreimiento y la presunción de que padecían muchos de nuestros camaradas en la primera etapa. Aunque en esta segunda etapa sufrimos grandes pérdidas, logramos mantenernos en nuestras posiciones; rechazamos, por una parte, la ofensiva de los invasores japoneses y, por la otra, la segunda campaña anticomunista del Kuomintang. Debido a los ataques del Kuomintang contra el Partido Comunista y a la lucha que en legítima defensa hubimos de sostener contra su política anticomunista, surgió nuevamente en nuestro Partido una especie de desviación ultraizquierdista; por ejemplo, creyendo que pronto se rompería la cooperación entre el Kuomintang y el Partido Comunista, se atacó con exceso a los terratenientes y no se prestó atención a la unión con los no comunistas. Pero también logramos corregir esta desviación ultraizquierdista. Respecto a la lucha contra los “roces”, provocados por el Kuomintang, sentamos el principio de luchar con razón, con ventaja y sin sobrepasarse, y señalamos la necesidad de practicar, dentro del frente único, “la unidad y la lucha a la vez, y la unidad a través de la lucha”, lo cual nos permitió mantener el frente único nacional antijaponés tanto en nuestras bases de apoyo como en todo el país.

La tercera etapa se extiende de 1943 hasta el presente. Toda nuestra política se ha hecho aún más eficaz; particularmente, la campaña por la rectificación de los tres estilos y la campaña por el desarrollo de la producción han dado resultados tan radicales que nuestro Partido se ha hecho invencible en lo ideológico y en lo material. Además, el año pasado aprendimos o empezamos a aprender a practicar la política de examinar la historia de los cuadros y la de luchar contra los agentes secretos. En estas circunstancias, nuestras bases de apoyo se han extendido nuevamente y su población ha crecido otra vez hasta rebasar los 80.000.000, contando tanto a los que pagan impuestos en grano sólo a nosotros como a aquellos que los pagan también al enemigo, los efectivos de nuestro ejército han ascendido a 470.000, los de la milicia popular, a 2.270.000, y los miembros del Partido, a más de 900.000.

En 1943, los militaristas japoneses casi no hicieron cambios en su política respecto a China y siguieron dirigiendo sus ataques principales contra el Partido Comunista. Durante más de tres años, desde 1941 hasta el presente, más del 60 por ciento de las tropas japonesas en China han gravitado sobre las bases de apoyo antijaponesas, dirigidas por nuestro Partido. Durante este lapso, las tropas kuomintanistas en la retaguardia enemiga, con un total de varios centenares de miles de hombres, no han podido resistir los golpes de los imperialistas japoneses, y cerca de la mitad ha capitulado y otro tanto ha sido exterminado, siendo muy pocos los que han sobrevivido y logrado retirarse. Las tropas del Kuomintang que se rindieron al enemigo se han vuelto contra nuestro Partido, y en consecuencia éste tiene que resistir, por añadidura, a más del 90 por ciento de las tropas títeres. El Kuomintang sólo hace frente a menos de un 40 por ciento de las tropas japonesas y a menos de un lo por ciento de las títeres. Durante los cinco años y medio posteriores a la caída de Wuján, en octubre de 1938, los militaristas japoneses no lanzaron ninguna ofensiva estratégica contra el frente del Kuomintang. Sólo emprendieron unas pocas operaciones relativamente importantes (Chechiang-Chiangsí, Changshá, Oeste de Jupei, Sur de Jonán y Changte), e incluso éstas fueron simples incursiones, mientras que concentraron su atención principal en las bases de apoyo antijaponesas, dirigidas por nuestro Partido. En esta situación, el Kuomintang siguió la política de “retirarse a las montañas” y de “contemplar la pelea”, limitándose a parar los golpes cuando el enemigo atacaba, y volviendo a cruzarse de brazos cuando éste se retiraba. En 1943, se mostró aún más reaccionario en su política interna y lanzó la tercera campaña anticomunista, que también repelimos.

A partir de 1943 y hasta la primavera del presente año, los agresores japoneses han venido perdiendo terreno en el frente del Pacífico, mientras que los EE.UU. han intensificado su contraofensiva; y en Occidente, Hitler se tambalea bajo los demoledores golpes del Ejército Rojo soviético. Para salvarse de la muerte, los imperialistas japoneses han concebido la idea de forzar la apertura completa al tráfico de los ferrocarriles Peiping-Jankou y Jankou-Cantón; además, corno la política de inducir al Kuomintang de Chungching a capitular no ha dado aún resultado, consideraron necesario asestar a éste un nuevo golpe. De ahí su plan de lanzar en este año una vasta ofensiva contra el frente kuomintanista. La campaña de Jonán lleva ya más de un mes. El enemigo no ha empleado más que unas cuantas divisiones; sin embargo, las tropas kuomintanistas, con varias centenas de miles de hombres, han huido a la desbandada sin combatir. Tan sólo las tropas “heterogéneas” han sido capaces de ofrecer alguna resistencia. Las unidades al mando de Tang En-po, caracterizadas por estar sus oficiales separados de los soldados, y ellas mismas, del pueblo, han quedado en un desorden absoluto y han perdido más de dos tercios de sus efectivos. Las divisiones enviadas por Ju Tsung-nan a Jonán también se han derrumbado al primer encuentro con el enemigo. Todo esto es consecuencia exclusiva de la política reaccionaria rigurosamente seguida por el Kuomintang en los últimos años. Durante los cinco años y medio transcurridos desde la caída de Wuján, el frente de las regiones liberadas, dirigidas por el Partido Comunista, ha soportado el peso de la guerra, combatiendo a las fuerzas principales de los invasores japoneses y sus títeres. Si bien son factibles ciertos cambios en el futuro, sólo podrán ser temporales, pues el Kuomintang, extremadamente corrompido por su reaccionaria política de resistencia pasiva al Japón y oposición activa al Partido Comunista, política sostenida durante los últimos cinco años y medio, sufrirá inevitablemente serios reveses. Y para entonces, será aún más pesada la tarea de nuestro Partido en la resistencia a los invasores japoneses y sus títeres. Habiendo permanecido de brazos cruzados durante estos cinco años y medio, el Kuomintang ha perdido su capacidad de combate. En cambio, el Partido Comunista, que ha combatido duro todo ese tiempo, ha elevado la suya. Esto determinará el destino de China.

Los camadas pueden ver, pues, que durante los siete años transcurridos desde julio de 1937, las fuerzas democráticas populares dirigidas por nuestro Partido han atravesado tres fases: ascenso, descenso y nuevo ascenso. Hemos rechazado los feroces ataques de los invasores japoneses, creado extensas bases de apoyo revolucionarias, desarrollado en gran medida el Partido y el ejército, desbaratado las tres grandes campañas anticomunistas del Kuomintang y superado las erróneas concepciones de derecha y de “izquierda”, surgidas en el seno del Partido; todo el Partido ha adquirido muchas valiosas experiencias. Tal es el balance de nuestro trabajo en los últimos siete años.

Nuestra tarea actual consiste en prepararnos para asumir una responsabilidad aún mayor. Tenemos que prepararnos para expulsar a los invasores japoneses, sean cuales fueren las circunstancias. A fin de poder asumir tal responsabilidad, debemos desarrollar y consolidar aún más nuestro Partido, fuerzas armadas y bases de apoyo, prestar atención a nuestro trabajo en las grandes ciudades y a lo largo de las principales vías de comunicación y conceder a nuestro trabajo en las ciudades la misma importancia que al trabajo en las bases de apoyo.

Veamos nuestro trabajo en las bases de apoyo. Estas se extendieron considerablemente en la primera etapa, pero no lograron consolidarse. Por eso, en la segunda etapa se redujeron apenas recibieron los fuertes golpes del enemigo. Durante la segunda etapa, todas las bases de apoyo antijaponesas, dirigidas por nuestro Partido, experimentaron un severo temple y progresaron mucho en comparación con la etapa anterior; los cuadros y los militantes del Partido dieron un gran paso adelante en lo que respecta a su nivel ideológico y a su comprensión de nuestra política, y aprendieron muchas cosas que antes ignoraban. Pero, el esclarecimiento ideológico y el estudio de la política del Partido requieren más tiempo, y tenemos todavía muchas cosas que aprender. Nuestro Partido no es aún suficientemente fuerte y no está lo bastante unido ni consolidado como para asumir una responsabilidad mayor que la actual. En adelante, el problema consistirá en seguir desarrollando y consolidando, en el curso mismo de la Guerra de Resistencia, nuestro Partido, fuerzas armadas y bases de apoyo. Este es el primer trabajo indispensable en nuestra preparación ideológica y material para realizar la ingente labor del futuro. Sin ello, no seremos capaces de expulsar a los invasores japoneses y liberar a toda China.

Nuestro trabajo en las grandes ciudades y a lo largo de las principales vías de comunicación ha sido siempre muy flojo. Si ahora no hacemos esfuerzos por unir en torno de nuestro Partido a las decenas de millones de trabajadores y otros habitantes oprimidos por el imperialismo japonés en las grandes ciudades y a lo largo de las principales vías de comunicación ni preparamos allí la insurrección armada popular, nuestro ejército y nuestras bases de apoyo rurales no contarán con la coordinación de las ciudades y tropezarán con toda suerte de dificultades. Durante más de diez años hemos vivido en las zonas rurales, y ha sido necesario estimular a los camaradas a conocer bien el campo y edificar las bases de apoyo rurales. En este lapso no ha sido ni podía ser cumplida la tarea de preparar la insurrección en las ciudades, trazada por el VI Congreso Nacional del Partido. Pero ahora la situación es distinta; la decisión del VI Congreso será llevada a la práctica después del VII Congreso. Este Congreso se celebrará probablemente dentro de poco y discutirá los problemas del reforzamiento de nuestro trabajo en las ciudades y de la conquista de la victoria en todo el país.

La conferencia industrial de la Región Fronteriza de Shensí-Kansú-Ningsia, que se realiza en estos días, tiene una gran importancia. En 1937, la Región Fronteriza no contaba más que con 700 obreros industriales; en 1942, ya tenía 7.000, y ahora, 12.000. De ninguna manera se puede subestimar estas cifras. Debemos aprender ya en las bases de apoyo a administrar la industria, el comercio y las comunicaciones de las grandes ciudades; de otro modo, nos veremos en aprietos cuando llegue el momento. El segundo trabajo imprescindible en nuestra preparación ideológica y material es, pues, preparar la insurrección armada en las grandes ciudades y a lo largo de las principales vías de comunicación, y aprender a administrar la industria y el comercio. Sin ello, tampoco podremos expulsar a los invasores japoneses y liberar a toda China.

 

 

III

 

Para alcanzar nuevas victorias, debemos llamar a los cuadros del Partido a quitarse de encima los fardos y poner la máquina en marcha. “Quitarse de encima los fardos” quiere decir liberar nuestra mente de las numerosas cargas. Muchas cosas pueden convertirse en fardos, en cargas, si las encaramos de manera ciega e inconsciente. Por ejemplo: quien haya cometido errores, puede sentirse irremediablemente agobiado por ellos y caer en el abatimiento; el que no haya incurrido en errores, puede creerse irreprochable y volverse vanidoso. La falta de éxitos en el trabajo puede provocar pesimismo y desaliento, en tanto que los éxitos pueden engendrar arrogancia y altanería. Un camarada que tenga corta historia de lucha puede con ese pretexto eludir responsabilidades, y un veterano, considerarse infalible por su largo pasado de lucha. Los camaradas obreros y campesinos, orgullosos de su origen de clase, pueden mirar a los intelectuales por encima del hombro, y estos últimos, por poseer algunos conocimientos, menospreciar a los primeros. Quien posea conocimientos especializados puede considerarlos como capital para envanecerse y despreciar a los demás. Hasta la edad puede servir de motivo para presumir: un joven que se tenga por inteligente y capaz, puede despreciar a los viejos, y un viejo, por su rica experiencia, despreciar a los jóvenes. Todas estas cosas pueden convertirse en cargas, en fardos, si las encaramos de manera inconsciente. Una razón importante por la cual algunos camaradas se colocan por encima de las masas, se separan de ellas y cometen repetidos errores, es que llevan sobre sí semejantes fardos. Por consiguiente, examinar qué fardos lleva uno a cuestas, quitárselos de encima y así liberar su mente, constituye uno de los requisitos indispensables para mantener estrecha ligazón con las masas y cometer menos errores. En la historia de nuestro Partido ha habido varios casos en que se ha manifestado gran engreimiento, y cada vez hemos sufrido las consecuencias. El primer caso ocurrió en el primer semestre de 1927. El ejército de la Expedición al Norte había llegado a Wuján, y ciertos camaradas se pusieron tan engreídos, tan presuntuosos, que olvidaron que el Kuomintang se disponía a asaltarnos. El resultado fue la errónea línea de Chen Tu-siu, que condujo la revolución a la derrota. El segundo caso sucedió en 1930. El Ejército Rojo, aprovechando la guerra de gran envergadura sostenida por Chiang Kai-shek contra Feng Yu-siang y Yen Si-shan, ganó algunas batallas; de nuevo hubo algunos camaradas que se volvieron engreídos y presuntuosos. Resultado de ello fue la errónea línea de Li Li-san, que también causó pérdidas a las fuerzas revolucionarias. El tercer caso se produjo en 1931. El Ejército Rojo desbarató la tercera campaña de “cerco y aniquilamiento” e, inmediatamente después, todo el pueblo del país, ante la invasión japonesa, desplegó un vigoroso movimiento antijaponés; otra vez hubo ciertos camaradas que se engrieron y presumieron. El resultado fue una línea errónea aún más grave, la cual nos costó alrededor del 90 por ciento de las fuerzas revolucionarias que con tanto esfuerzo habíamos acumulado. El cuarto caso tuvo lugar en 1938. Había comenzado la Guerra de Resistencia y se había creado el frente único; una vez más hubo algunos camaradas que se engrieron y presumieron. El resultado fue un error en cierto modo semejante a la línea de Chen Tu-siu. También esta vez, el trabajo revolucionario fue seriamente perjudicado allí donde era más pronunciada la influencia de las erróneas ideas de dichos camaradas. Todos los camaradas del Partido deben sacar lecciones de estos casos de engreimiento, de estos errores. Recientemente hemos reimpreso el ensayo de Kuo Mo-jo sobre Li Tsi-cheng, con la misma intención de que los camaradas escarmienten con esa historia y no repitan el error de engreírse en los momentos de éxito.

“Poner la máquina en marcha” significa usar como se debe el órgano del pensamiento. Alguna gente, pese a que no lleva ningún fardo encima y tiene el mérito de estar vinculada con las masas, no sabe reflexionar, no quiere usar su cerebro para pensar mucho y duro, y por ello tampoco puede cumplir bien su tarea. Otros se niegan a emplear su cerebro, porque el fardo que llevan entumece su inteligencia. Lenin y Stalin aconsejan constantemente aprender a pensar, y nosotros debemos aconsejar lo mismo. El cerebro, esa máquina, tiene una función específica: pensar. Mencio dijo: “El oficio de la mente es pensar”. Dio así una definición acertada de la función del cerebro. Debemos utilizar el cerebro para pensar cada cosa cuidadosamente. La expresión: “Frunció el entrecejo y le vino a la mente una estratagema”, quiere decir que la mucha reflexión engendra sabiduría. Para acabar con la práctica de actuar a ciegas, tan difundida en nuestro Partido, debemos estimular a nuestros camaradas a pensar, aprender el método analítico y cultivar el hábito del análisis. Y en nuestro Partido, este hábito está muy poco desarrollado. Si nos quitamos de encima los fardos y ponemos en marcha la máquina, si nada nos agobia y sabemos reflexionar, nuestra victoria será segura.

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