Archivo de la etiqueta: 1901

Golpea duro, pero no mates (Lenin, 1901)

lenin1-470x313

 

El siguiente texto fue escrito por Lenin para la revista “Zarya”, en 1901.

 

El 23 de enero, en Nizhni Nóvgorod, en una audiencia especial del tribunal de Moscú, con participación de representantes de los estamentos, se juzgó el caso del asesinato del campesino Timoféi Vasílievich Vózdujov, quien había sido conducido a la comisaría de policía “para que se le pase la borrachera”, y allí fue golpeado por cuatro agentes de policía: Shelemétiev, Shulpín, Shibáev y Oljovin y el inspector interino de la comisaría Panov a tal punto, que al día siguiente moría en un hospital.

Este es el relato sucinto de un hecho simple, que proyecta viva luz sobre lo que ocurre continua y habitualmente en nuestras comisarías de policía.

Según las brevísimas informaciones de los diarios, el incidente se desarrolló así: el 20 de abril, Vózdujov llegó en un coche de punto a la casa del gobernador. Salió el conserje de la casa del gobernador; ese conserje declaró en el tribunal que Vózdujov no llevaba gorra, que había bebido, pero no estaba borracho, y que se quejaba de la oficina de un embarcadero donde se negaron a venderle el pasaje para una travesía (?). El conserje ordenó al agente de facción Shelemétiev que llevase a Vózdujov a la comisaría de policía. Vózdujov estaba tan poco bebido que conversó tranquilamente con Shelemétiev y, al llegar a la comisaría, dio con toda claridad su nombre y condición al inspector Panov. A pesar de eso, Shelemétiev –sin duda con conocimiento de Panov, quien acababa de interrogar a Vózdujov– “empujó” a éste no al calabozo donde había varios borrachos, sino “al local de guardia”, situado al lado. Al empujarlo, enganchó su sable en la manija de la puerta, se hirió ligeramente la mano y se imaginó que era Vózdujov quien retenía su sable; se arrojó entonces sobre él y comenzó a golpearlo, gritando que le había cortado la mano. Lo golpeó con toda su fuerza en la cara, en el pecho, en los costados; lo golpeó de tal manera, que Vózdujov cayó de espaldas, dando con la cabeza contra el suelo, mientras pedía clemencia. “¿Por qué me golpean? –decía, según declaró un testigo que se encontraba en el calabozo (Semajin)–. No soy culpable. ¡Perdónenme, por amor de Dios!” Según la declaración del mismo testigo, Vózdujov no estaba borracho; más bien parecía estarlo Shelemétiev. El hecho de que Shelemétiev le estaba dando una “lección” (¡es la expresión que recoge el acta de la acusación!) a Vózdujov, llegó a oídos de los compañeros de aquél, Shulpín y Shibáev, que bebían en la comisaría desde el primer día de Pascua (el 20 de abril era martes, tercer día de Pascua). Estos se presentaron en el local de guardia junto con Oljovin, quien venía de otra comisaría, y agredieron a Vózdujov a puñetazos y puntapiés. Luego apareció también el inspector Panov y golpeó a su vez a Vózdujov en la cabeza con un libro y con los puños. “Lo golpearon tanto, tanto –dice una mujer que estaba detenida– que a mí se me revolvía el estómago de espanto.” Cuando la “lección” hubo terminado, el inspector ordenó con toda tranquilidad a Shibáev que limpiara la sangre de la cara del castigado –¡así estará más presentable, si acaso llegasen a verlo las autoridades!–, y que lo arrojaran al calabozo. “¡Hermanitos! –les dijo Vózdujov a los otros detenidos–, ¿ven cómo golpea la policía? ¡Sean mis testigos, los demandaré!” Pero no pudo demandarlos: al día siguiente por la mañana lo encontraron inconsciente y lo enviaron al hospital, donde murió ocho horas después, sin haber vuelto en sí. La autopsia reveló diez costillas rotas, equimosis en todo el cuerpo y un derrame cerebral.

El tribunal condenó a Shelemétiev, Shulpín y Shibáev a cuatro años de trabajos forzados, y a Oljovin y Panov a un mes de arresto, reconociéndolos culpables únicamente de “conducta injuriosa”…

Comenzaremos nuestro examen por dicha sentencia. Los condenados a trabajos forzados eran acusados en virtud de los artículos 346 y 1490, 2a parte, del Código Penal. El primero de estos artículos establece que un funcionario que cause heridas o lesiones en ejercicio de sus funciones merece la pena máxima “prevista para ese delito”. Y el artículo 1490, 2a parte, establece para las torturas, cuando produzcan la muerte, de 8 a 10 años de trabajos forzados. En lugar de aplicar la pena máxima, el tribunal de representantes de estamentos y jueces de la Corona redujo el castigo en dos grados (sexto grado: de 8 a 10 años de trabajos forzados; séptimo grado, de 4 a 6 años), es decir, efectuó la máxima reducción permitida por la ley para el caso de circunstancias atenuantes y, además, prescribió la pena mínima del grado inferior. En una palabra, el tribunal hizo lo que pudo para suavizar la pena de los inculpados; y aun más de lo que podía, ya que la ley de “pena máxima” fue eludida. No queremos, por cierto, decir que la “estricta justicia” exigía precisamente 10, y no 4 años de trabajos forzados; lo importante aquí es que los asesinos hayan sido reconocidos como tales y condenados a trabajos forzados. Pero es imposible dejar de señalar la tendencia singularmente característica del tribunal formado por jueces de la Corona y representantes de los estamentos: cuando juzgan a funcionarios policiales, están predispuestos a demostrar la mayor condescendencia; cuando juzgan los delitos contra la policía, manifiestan, como es sabido, una severidad despiadada(1).
Sigue leyendo