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Nikolai Vaptsarov: gran poeta y luchador por la libertad del pueblo búlgaro

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En la noche del 22 al 23 de julio de 1942, Nikolai Vaptsarov, uno de los comandantes de la resistencia armada contra la ocupación nazi en Bulgaria, preso en Sofía unos meses antes, esperaba la hora de su asesinato, ya anunciado, con fecha y hora, por los esbirros de Hitler. Con 32 años, desde su detención, había mantenido un comportamiento heroico ante la brutal tortura de la Gestapo. Vaptsarov era, desde hacía mucho tiempo, miembro del Partido Comunista Búlgaro, que tenía como Secretario General al legendario Georgi Dimitrov, conocido mundialmente por haber desenmascarado a la cuadrilla nazi en Leipzig, en el escandaloso caso del “Incendio del Reichstag”.

Pero Vaptsarov era, también, el poeta búlgaro más grande. Había rescatado la obra poética de Hristo Botev (1848-76), la poderosa voz contra la ocupación otomana de Bulgaria, incorporando innovaciones de Maiakovski, y se convirtió en el principal representante y defensor del realismo socialista en su país. Por encima de todo, había sido el protagonista de una revolución literaria, donde el pueblo más humilde -su dicción, su idioma, sus sufrimientos y sus esperanzas- se había convertido en parte de la literatura búlgara. Los obreros y campesinos búlgaros tenían, por fin, su poeta de culto. Y, por primera vez, con los poemas de Vaptsarov, la literatura búlgara ganó importancia internacional.
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La muerte de Dimitrov

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Para muchos hombres y mujeres de mi generación, esa pérdida de la clase obrera, esa pérdida de los movimientos revolucionarios de todo el mundo, es una pérdida personal. Dolorosa, violenta, como si el destino nos arrebatase un pedazo de nosotros mismos.

Sí, porque, para muchos de nosotros, el proceso del Reichstag fue la primera explicación, la primera mirada lúcida lanzada sobre un mundo difícil de comprender.

Recuerdo la Francia de 1933. Teníamos quince años. Empezábamos a interesarnos por la vida pública del presente y ya no por nuestros libros de historia. Comenzábamos a sentirnos descolocados entre los principios enseñados en las escuelas secundarias y que la realidad contradecía, bajo nuestros propios ojos: el “arte por el arte”, el intelectual flotando siempre por encima de las contingencias terrenales, la libertad parlamentaria, la libertad de producción y de intercambio, la libertad de expresión. Nuestros padres y nuestros maestros nos decían que la libertad existía en Europa, pero que la URSS, en cambio, era un “Estado dictatorial”. Y los periódicos (esos periódicos que comprábamos a escondidas: “L’Humanité“, los “Cahiers du Bólchevisme“, la “Correspondencia Internationale“) nos mostraban a Hitler llevado al poder por los bancos y trusts… Después, de repente, el proceso del Reichstag.

Un hombre, solo, extranjero, marginado y encarcelado (con el ejemplo de Dimitrov aprendimos que un hombre podía pensar y prepararse para la acción incluso dentro de un calabozo, encadenado) se enfrentaba a generales, presidentes del Consejo, ministros, jueces, todo el aparato del Estado. Y en lugar de intentar “salvar su pellejo” hacía profesión de fe comunista, que deberíamos repetir en las horas negras de la Resistencia, cuando cualquiera de nosotros podría, de un momento a otro, perder la libertad y la vida:

…es totalmente cierto que estoy a favor de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado. Y la lucha por la dictadura del proletariado, por la victoria del comunismo, constituye sin duda alguna el contenido de mi vida…

Entonces comprendemos que el coraje y el heroísmo estaban vinculados a la fuerza real y ascendente de una idea y que el “comunismo era la juventud del mundo“.

Así es como el comunista búlgaro Jorge Dimitrov provocó en numerosos jóvenes franceses burgueses, un entusiasmo y una reflexión que les llevarían a unirse a la Unión Federal de los Estudiantes, desde su creación en el Quartier Latin, en 1935 y 1936. Es por eso que Jorge Dimitrov seguirá siendo para nosotros una de las figuras más representativas del revolucionario y del militante proletario.
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El gran vencedor

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El 8 de mayo de 1945, hace 70 años, numerosos contingentes del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tomaron la capital del Tercer Reich, Berlín, terminando prácticamente el gran conflicto mundial, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad que dejó un rastro de destrucción y muerte sin precedentes. Derrotando definitivamente al nazismo, hasta entonces la cara más reaccionaria del poder imperialista, las fuerzas populares y antifascistas de todo el mundo, lideradas por la URSS, habían alcanzado una extraordinaria victoria. Se dieron pasos firmes y enérgicos hacia la construcción de un mundo nuevo.

Sin embargo, el verdadero gestor de los terribles conflictos que debastaron el planeta, el vientre que había producido el monstruo nazi, no fue definitivamente extirpado. El imperialismo se mantuvo vivo y con prontitud, el horror de las guerras mundiales por repartirse el mundo y la rapiña continuó desarrollándose, volviéndose más agresivo y sanguinario.

La Segunda Guerra Mundial fue, hasta hoy, el más brutal conflicto armado de la historia. En ella perdieron la vida cerca de 47 millones de personas, además de haber sido arrasadas ciudades enteras, principalmente en Europa y Asia. Iniciada oficialmente el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, este nuevo enfrentamiento había sido preparado por las potencias imperialistas desde el fin de la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918.

En su análisis sobre el imperialismo, Lenin, el gran jefe de la Revolución Soviética, se expresó así en relación a las guerras en la etapa imperialista: “Los acuerdos firmados al final de una guerra son el punto de partida de un próximo conflicto“. La historia confirmó la veracidad de estas palabras más rapidamente de lo que muchos imaginaban. Europa, 21 años después devastada, volvió a ser escena de otra sangrienta disputa interimperialista que, sin embargo, no se limitaba a un solo continente.
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Sobre la Bulgaria Socialista

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Extractos del libro del periodista australiano Wilfred Burchett, de 1983, sobre la Bulgaria socialista:

“¿Por qué debería escribir un libro sobre Bulgaria? Mientras escribía, me preguntaba por qué no lo había hecho antes. Entre los casi cuarenta países de Europa, América, Asia, Oceanía y África en los que trabajé, incluyendo una docena en los cuales fijé mi residencia semi-permanente, Bulgaria es el país que visité con más frecuencia y con más regularidad. El motivo de que Bulgaria no haya inspirado uno de mis muchos libros es que he estado ocupado sobre todo haciendo reportajes en las zonas más conflictivas del mundo. Bulgaria era el refugio donde me retiraba entre tormenta y tormenta. ¡Descansar sobre la arena del mar Negro y pescar algunos de sus peces tiene un extraordinario efecto terapéutico! En el ajetreado mundo en el que era obligado trabajar para los editores y directores de periódicos, la tranquilidad de Bulgaria se revestía con una cualidad poco común, que, sin duda, merecía una investigación y reflexión propias”.

“Con los años se ha hecho evidente -prácticamente bajo mis propios ojos- que una nueva generación, con nuevos ideales, estaba forjando el futuro del país. Niños cuyas cabezas estaba acostumbrado a acariciar y cuyos padres eran, en su mayoría, de origen muy humilde, se habían convertido en jefes de departamentos del gobierno, diplomáticos, médicos, científicos nucleares, expertos en cibernética. Los pueblos y más tarde las ciudades se volvieron irreconocibles. El antiguo axioma marxista sobre los trabajadores de que “no tenían nada que perder, salvo sus cadenas” había perdido su significado. Es cierto que esto también vale para la mayoría de los países desarrollados. Sin embargo, cuando visité por primera vez Bulgaria, el país era de los menos desarrollados entre los países reconocidamente subdesarrollados de la península balcánica. Los “grilletes” fueron reemplazados gradualmente por los privilegios de una vida digna, civilizada y refinada. Había muchas razones para investigar más a fondo que en las arenas y en las aguas del Mar Negro”.
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