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Sobre los cuadros

 

Camaradas: Nuestros acuerdos, incluso los más justos, quedarán sobre el papel, si no tenemos hombres capaces de llevarlos a la práctica. Y aquí, no tengo más remedio que decir, desgraciadamente, que uno de los problemas más importantes, el problema de los cuadros, ha pasado casi desapercibido en nuestro Congreso.

En torno al informe del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, discutido por espacio de siete días, hablaron numerosos oradores de diversos países y sólo alguno que otro se detuvo de pasada sobre este problema extraordinariamente esencial para los Partidos Comunistas y el movimiento obrero. En su actuación práctica, nuestros Partidos están aún muy lejos de tener conciencia de que los hombres, los cuadros, lo deciden todo.

La actitud despectiva ante el problema de los cuadros es tanto más inadmisible, cuanto que constantemente perdemos en la lucha una parte de nuestros cuadros más valiosos. Pues, nosotros no somos una sociedad científica, sino un movimiento combativo, que está constantemente en la línea de fuego. Nuestros elementos más enérgicos, más audaces y conscientes luchan en primera fila. El enemigo se ceba especialmente en ellos, en la vanguardia, los asesina, los arroja a las cárceles y campos de concentración, los somete a torturas horribles, especialmente en los países fascistas. Esto agudiza, de un modo particular, la necesidad de completar, de formar y de educar constantemente nuevos cuadros.

El problema de los cuadros adquiere también una agudeza especial por otra razón: porque bajo nuestra influencia se despliega el movimiento de masas del frente único, del que se destacan muchos miles de nuevos activistas proletarios. Además, a las filas de nuestros Partidos, afluyen no sólo elementos revolucionarios jóvenes, obreros que se van revolucionarizando y que jamás han tomado parte hasta ahora en el movimiento político. También vienen a nosotros, muy a menudo, antiguos miembros y activistas de los partidos socialdemócratas. Estos nuevos cuadros exigen una atención especial, sobre todo en los Partidos ilegales, tanto más, cuanto que estos cuadros, poco preparados teóricamente, se enfrentan en su labor práctica con los problemas políticos más serios y que ellos mismos tienen que resolver.

El problema de una política justa de cuadros es la cuestión más actual para nuestros partidos, para la Juventud Comunista y para todas las organizaciones de masas, para todo el movimiento obrero revolucionario.

¿En qué estriba una política justa de cuadros’?
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El fascismo es la guerra

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El siguiente texto ha sido extraído de las Obras Completas de Georgi Dimitrov., Editorial del PCB, 1954

 

 

Cuando hace dos años, en agosto de 1935, el VII Congreso de la Internacional Comunista analizaba la situación internacional, buscando los caminos y los medios para la lucha de la clase obrera contra la ofensiva del fascismo, señaló el nexo indisoluble que existe entre la lucha contra el fascismo y la lucha por la paz. El fascismo es la guerra, declaró el Congreso. El fascismo, después de subir al poder, contra la voluntad y los intereses de su propio pueblo, busca una salida a las dificultades internas, cada vez mayores, que le acosan, en la agresión contra otros países y pueblos, en un nuevo reparto del mundo, mediante el desencadenamiento de la guerra mundial. La paz es, para el fascismo, el hundimiento seguro. El mantenimiento de la paz internacional da a las masas eclavizadas de los países fascistas la posibilidad de acumular fuerzas y prepararse para derribar la odiada dictadura fascista y permite al proletariado internacional ganar tiempo para lograr la unidad de sus filas, para establecer el frente común de los partidarios de la paz y para levantar una barrera infranqueable contra el desencadenamiento de la guerra.

Cuando el VII Congreso caracterizó al fascismo como promotor de la guerra, señalando el peligro creciente de una nueva guerra imperialista y la necesidad de crear un potente frente único de lucha contra el fascismo, hubo no poca gente, incluso dentro del movimiento obrero, que no se recató en decir que nosotros, los comunistas, asignábamos al fascismo ese papel e hinchábamos el peligro de una guerra, pura y simplemente, porque así convenía a nuestros designios de propaganda. Unos lo hacían conscientemente en interés de las clases dominantes, otros, porque su miopía política no les permitía ver más allá. Pero los dos años transcurridos desde entonces han demostrado con harta elocuencia cuán absurdas eran esas imputaciones. Hoy, tanto los amigos, como los enemigos de la paz hablan ya abiertamente del peligro inminente de una nueva guerra mundial. Y nadie, que esté en su sano juicio, duda tampoco que los promotores de la guerra son precisamente los gobiernos fascistas. En algunos países, la guerra es una realidad. Hace ya un año que los invasores italianos y alemanes hacen la guerra al pueblo español, a la vista del mundo entero. Y, después de haberse anexionado la Manchuria, las tropas fascistas japonesas vuelven a atacar al pueblo chino y libran ya en el Norte de China una nueva guerra.

Manchuria, Abisinia, España, el Norte de China son otras tantas etapas hacia la nueva guerra de rapiña del fascismo. No se trata de actos aislados. Los agresores fascistas y los incendiarios de la guerra forman un bloque: Berlin-Roma-Tokio. El tratado “anti-Comintern” germano-japonés –que es, como se sabe, de hecho, un tratado de carácter militar, al que se ha adherido también Mussolini- se aplica ya en la práctica. Bajo la bandera de la lucha contra el Comintern, contra el “peligro rojo”, los conquistadores alemanes, italianos y japoneses se esfuerzan por ocupar, mediante guerras parciales, posiciones militares estratégicas, nudos de comunicaciones terrestres y marítimas y fuentes de materias primas para la industria de armamentos que les permitan desencadenar la nueva guerra imperialista.

No hay que engañarse, esperando a la declaración formal de guerra, sin ver que la guerra está ya ahí. En su interviú con Roy Howard, en marzo de 1936, decía el camarada Stalin:”La guerra puede estallar en el momento menos pensado. Hoy, las guerras no se declaran. Comienzan, sencillamente”.
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El carácter de clase del fascismo

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El fascismo en el poder, camaradas, es, como acertadamente lo ha caracterizado el XIII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero.

La variedad más reaccionaria del fascismo es la de tipo alemán. Tiene la osadía de llamarse nacionalsocialismo, a pesar de no tener nada de común con el socialismo. El fascismo alemán no es solamente un nacionalismo burgués, es un chovinismo bestial. Es el sistema de gobierno del bandidaje político, un sistema de provocaciones y torturas contra la clase obrera y los elementos revolucionarios del campesinado, de la pequeña burguesía y de los intelectuales. Es la crueldad y la barbarie medievales, la agresividad desenfrenada contra los demás pueblos y países.

El fascismo alemán actúa como destacamento de choque de la contrarrevolución internacional, como incendiario principal de la guerra imperialista, como instigador de la cruzada contra la Unión Soviética, la gran Patria de los trabajadores de todo el mundo.

El fascismo no es una forma de Poder Estatal, que esté, como se pretende, “por encima de ambas clases, del proletariado y de la burguesía”, como ha afirmado, por ejemplo, Otto Bauer. No es “la pequeñ,a burguesía sublevada que se ha apoderado del aparato del Estado”, como declara el socialista inglés Brailsford. No, el fascismo no es un poder situado por encima de las clases, ni el poder de la pequeña burguesía o del lumpenproletariado sobre el capital financiero. El fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y el sector revolucionario de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo, en política exterior, es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos.

Hay que recalcar de un modo especial este carácter verdadero del fascismo, porque el disfraz de la demagogia social ha dado al fascismo, en una serie de países, la posibilidad de arrastrar consigo a las masas de la pequeña burguesía, sacadas de quicio por la crisis, e incluso a algunos sectores de las capas más atrasadas del proletariado, que jamás hubieran seguido al fascismo si hubiesen comprendido su verdadero carácter de clase, su verdadera naturaleza.
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Nikolai Vaptsarov: gran poeta y luchador por la libertad del pueblo búlgaro

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En la noche del 22 al 23 de julio de 1942, Nikolai Vaptsarov, uno de los comandantes de la resistencia armada contra la ocupación nazi en Bulgaria, preso en Sofía unos meses antes, esperaba la hora de su asesinato, ya anunciado, con fecha y hora, por los esbirros de Hitler. Con 32 años, desde su detención, había mantenido un comportamiento heroico ante la brutal tortura de la Gestapo. Vaptsarov era, desde hacía mucho tiempo, miembro del Partido Comunista Búlgaro, que tenía como Secretario General al legendario Georgi Dimitrov, conocido mundialmente por haber desenmascarado a la cuadrilla nazi en Leipzig, en el escandaloso caso del “Incendio del Reichstag”.

Pero Vaptsarov era, también, el poeta búlgaro más grande. Había rescatado la obra poética de Hristo Botev (1848-76), la poderosa voz contra la ocupación otomana de Bulgaria, incorporando innovaciones de Maiakovski, y se convirtió en el principal representante y defensor del realismo socialista en su país. Por encima de todo, había sido el protagonista de una revolución literaria, donde el pueblo más humilde -su dicción, su idioma, sus sufrimientos y sus esperanzas- se había convertido en parte de la literatura búlgara. Los obreros y campesinos búlgaros tenían, por fin, su poeta de culto. Y, por primera vez, con los poemas de Vaptsarov, la literatura búlgara ganó importancia internacional.
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La muerte de Dimitrov

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Para muchos hombres y mujeres de mi generación, esa pérdida de la clase obrera, esa pérdida de los movimientos revolucionarios de todo el mundo, es una pérdida personal. Dolorosa, violenta, como si el destino nos arrebatase un pedazo de nosotros mismos.

Sí, porque, para muchos de nosotros, el proceso del Reichstag fue la primera explicación, la primera mirada lúcida lanzada sobre un mundo difícil de comprender.

Recuerdo la Francia de 1933. Teníamos quince años. Empezábamos a interesarnos por la vida pública del presente y ya no por nuestros libros de historia. Comenzábamos a sentirnos descolocados entre los principios enseñados en las escuelas secundarias y que la realidad contradecía, bajo nuestros propios ojos: el “arte por el arte”, el intelectual flotando siempre por encima de las contingencias terrenales, la libertad parlamentaria, la libertad de producción y de intercambio, la libertad de expresión. Nuestros padres y nuestros maestros nos decían que la libertad existía en Europa, pero que la URSS, en cambio, era un “Estado dictatorial”. Y los periódicos (esos periódicos que comprábamos a escondidas: “L’Humanité“, los “Cahiers du Bólchevisme“, la “Correspondencia Internationale“) nos mostraban a Hitler llevado al poder por los bancos y trusts… Después, de repente, el proceso del Reichstag.

Un hombre, solo, extranjero, marginado y encarcelado (con el ejemplo de Dimitrov aprendimos que un hombre podía pensar y prepararse para la acción incluso dentro de un calabozo, encadenado) se enfrentaba a generales, presidentes del Consejo, ministros, jueces, todo el aparato del Estado. Y en lugar de intentar “salvar su pellejo” hacía profesión de fe comunista, que deberíamos repetir en las horas negras de la Resistencia, cuando cualquiera de nosotros podría, de un momento a otro, perder la libertad y la vida:

…es totalmente cierto que estoy a favor de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado. Y la lucha por la dictadura del proletariado, por la victoria del comunismo, constituye sin duda alguna el contenido de mi vida…

Entonces comprendemos que el coraje y el heroísmo estaban vinculados a la fuerza real y ascendente de una idea y que el “comunismo era la juventud del mundo“.

Así es como el comunista búlgaro Jorge Dimitrov provocó en numerosos jóvenes franceses burgueses, un entusiasmo y una reflexión que les llevarían a unirse a la Unión Federal de los Estudiantes, desde su creación en el Quartier Latin, en 1935 y 1936. Es por eso que Jorge Dimitrov seguirá siendo para nosotros una de las figuras más representativas del revolucionario y del militante proletario.
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Sobre la Bulgaria Socialista

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Extractos del libro del periodista australiano Wilfred Burchett, de 1983, sobre la Bulgaria socialista:

“¿Por qué debería escribir un libro sobre Bulgaria? Mientras escribía, me preguntaba por qué no lo había hecho antes. Entre los casi cuarenta países de Europa, América, Asia, Oceanía y África en los que trabajé, incluyendo una docena en los cuales fijé mi residencia semi-permanente, Bulgaria es el país que visité con más frecuencia y con más regularidad. El motivo de que Bulgaria no haya inspirado uno de mis muchos libros es que he estado ocupado sobre todo haciendo reportajes en las zonas más conflictivas del mundo. Bulgaria era el refugio donde me retiraba entre tormenta y tormenta. ¡Descansar sobre la arena del mar Negro y pescar algunos de sus peces tiene un extraordinario efecto terapéutico! En el ajetreado mundo en el que era obligado trabajar para los editores y directores de periódicos, la tranquilidad de Bulgaria se revestía con una cualidad poco común, que, sin duda, merecía una investigación y reflexión propias”.

“Con los años se ha hecho evidente -prácticamente bajo mis propios ojos- que una nueva generación, con nuevos ideales, estaba forjando el futuro del país. Niños cuyas cabezas estaba acostumbrado a acariciar y cuyos padres eran, en su mayoría, de origen muy humilde, se habían convertido en jefes de departamentos del gobierno, diplomáticos, médicos, científicos nucleares, expertos en cibernética. Los pueblos y más tarde las ciudades se volvieron irreconocibles. El antiguo axioma marxista sobre los trabajadores de que “no tenían nada que perder, salvo sus cadenas” había perdido su significado. Es cierto que esto también vale para la mayoría de los países desarrollados. Sin embargo, cuando visité por primera vez Bulgaria, el país era de los menos desarrollados entre los países reconocidamente subdesarrollados de la península balcánica. Los “grilletes” fueron reemplazados gradualmente por los privilegios de una vida digna, civilizada y refinada. Había muchas razones para investigar más a fondo que en las arenas y en las aguas del Mar Negro”.
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