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Expediciones por España

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El siguiente texto es un informe realizado por N .Vavilov (biólogo genetista soviético) a partir de un viaje realizado por España en 1927.

 

 

España tenía especial interés para nosotros conforme al plan general de investigaciones que nos habíamos trazado sobre la agricultura mundial y las plantas cultivadas. Es uno de los países más extensos del mediterráneo, y en él se practica la agricultura desde hace miles de años.

Viajé desde Génova hasta Barcelona en Junio de 1927, después de completar las expediciones al este y noreste de África y a los países del Mediterráneo oriental. Esto ocurrió durante la dictadura de Primo de Rivera. Inmediatamente después de entrar en España pude sentir la atmósfera de tensión de la dictadura del general. En el tren, los documentos debían ser verificados; los pasaportes debían presentarse no sólo en la frontera, sino también cuando se viajaba dentro del país. El rojo pasaporte soviético con la hoz y el martillo tenía el efecto de un estimulante para los oficiales que revisaban los documentos. Cuanto más penetraba en el país más se preocupaban.

En cuanto al mundo científico, me encontré con la recepción más agradable, especialmente la del director del Museo de Historia Natural, el conocido entomólogo Profesor P. Bolivaz y su hijo, así como la del botánico Profesor Crespi. Viajando en coche o en caballo a través de los pueblos me encontré con actitudes excepcionalmente amistosas y hospitalarias, típicas del pueblo español.

Mi objetivo era tomar contacto con todas las áreas agrícolas de España, atravesarlas en todas direcciones y coleccionar todo el material que fuera posible del campo y de los cultivos vegetales. Tomé Madrid como punto de partida, desde donde podría viajar de forma radial a diferentes áreas del país de acuerdo con la secuencia de la maduración del grano, empezando por el sudeste y terminando en el norte, en Galicia, Asturias y las provincias vascas.

El visado concedido por la recomendación de amigos era válido sólo para un mes. Dada la amplitud de la expedición, era obviamente imposible cubrir todas las áreas agrícolas, incluso seleccionando algunas, en tan breve período de tiempo. Mis amigos Bolivaz y Crespi me recomendaron pedir un mes más de ampliación de la visa en la prefectura de Madrid.

En uno de los calurosos días de Junio fui invitado a la prefectura para ser interrogado por la policía nacional. El viejo edificio de la prefectura con ventanas pequeñas databa precisamente de los tiempos de la Inquisición. Fui escoltado a través de estrechos pasillos de luz mortecina hasta el área de recepción. El botánico Crespi, que me acompañaba, me advirtió de que, al parecer, el prefecto conocía el idioma ruso. Después de varios minutos se nos hizo pasar por delante de una cola formada por otros solicitantes, a una lóbrega oficina con arcos pintados. Frente al escritorio se encontraba un oficial rechoncho, que asumía una pose militar a Napoleón con la mano en un pliegue de su levita oficial y recitaba en un ruso quebrado la canción:

El fuego en Moscú crepitaba y resplandecía…

Avisado por Crespi, yo estaba algo preparado para la súbita declamación, a la que contesté, también en verso:

De Sevilla a Granada
en la silenciosa oscuridad de la noche
se oían serenatas
y el estruendo de las espadas…

Resultó que el general había sido un antiguo agregado militar del zar de Rusia y había permanecido seis años en mi país, llegando a conocer bien el área del Cáucaso y del Volga. El propósito de mi expedición fue de poco interés para él, pero me recomendó que pusiera mucha atención a las artes en España y me hizo prometer que visitaría El Escorial y Toledo.
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La tortura en España, esa realidad.

 

La realidad de la tortura

Tras la muerte, el 23 de julio de 1987, de Lutxi Urigoitia, a la que la Guardia Civil disparó, según el diario “El País”, «un tiro en la nuca a bocajarro», el entonces titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Donostia, Juan Piqueras, fue al cuartel de Intxaurrondo a interesarse por los detenidos en la operación policial en que resultó muerta.
El juez Piqueras, que se presentó en Intxaurrondo acompañado por un fiscal y dos médicos forenses, pretendía cumplir dos labores que entraban de lleno en el ejercicio de sus funciones. Por un lado, recabar el testimonio de los detenidos en cuanto a las circunstancias en que se produjo la muerte de Lutxi Urigoitia. Por otro, comprobar el estado en que se encontraban. De ahí que le acompañaran los médicos forenses.

Fue el primer y último juez que osó presentarse así en el cuartel de Intxaurrondo. Nunca antes se había atrevido ningún otro a hacerlo y, después de lo que le sucedió, mucho menos se ha atrevido nadie a repetir su experiencia. Desde entonces, ni un solo juez se ha presentado ni en Intxaurrondo ni en ninguna otra dependencia de las Fuerzas de Seguridad para interesarse por los detenidos incomunicados. Unos detenidos que se han contado por millares, la mayoría de los cuales ha denunciado haber sufrido torturas y/o malos tratos.
Cuando el juez Piqueras se presentó en el cuartel, los torturadores tuvieron que esperar hasta que se retirara para poder reanudar sus «hábiles interrogatorios», y está claro que aquello les molestó sobremanera. También molestó mucho al Gobierno, cuyo portavoz, Javier Solana, más tarde secretario general de la OTAN, se quejó de que juez, fiscal y forenses «interrumpieron la investigación policial».
Según sus palabras textuales, la presencia de aquella comitiva judicial impidió que la Guardia Civil siguiera «investigando». Eso sí, no explicó el motivo de la interrupción de la «investigación policial», limitándose a aseverar que era «de sentido común saber la importancia que tienen las declaraciones en las primeras horas de detención».

Nótese que esas detalladas declaraciones de detenidos a los que se relaciona con ETA solo se han solido producir en el Estado español. Cuando esas mismas personas ha sido detenidas en el francés, los media han remarcado siempre su «mutismo habitual». Unos media que, por lo que se ve, no han considerado nunca necesario preguntarse por ese enorme contraste.
Cabe remarcar que el diario “Abc” reservó al juez Juan Piqueras su recuadro de “La figura del día”. He aquí lo que se decía de él: «La interrupción de las investigaciones encaminadas a la plena desarticulación del comando Donosti por el titular del Juzgado de Instrucción número 2 de San Sebastián ha sido acogida con estupor en medios políticos responsables. El Gobierno ha respaldado al Gobernador Goñi Tirapu en la denuncia de este hecho insólito».
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El gran vencedor

Bandera Reichstag

 

El 8 de mayo de 1945, hace 70 años, numerosos contingentes del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tomaron la capital del Tercer Reich, Berlín, terminando prácticamente el gran conflicto mundial, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad que dejó un rastro de destrucción y muerte sin precedentes. Derrotando definitivamente al nazismo, hasta entonces la cara más reaccionaria del poder imperialista, las fuerzas populares y antifascistas de todo el mundo, lideradas por la URSS, habían alcanzado una extraordinaria victoria. Se dieron pasos firmes y enérgicos hacia la construcción de un mundo nuevo.

Sin embargo, el verdadero gestor de los terribles conflictos que debastaron el planeta, el vientre que había producido el monstruo nazi, no fue definitivamente extirpado. El imperialismo se mantuvo vivo y con prontitud, el horror de las guerras mundiales por repartirse el mundo y la rapiña continuó desarrollándose, volviéndose más agresivo y sanguinario.

La Segunda Guerra Mundial fue, hasta hoy, el más brutal conflicto armado de la historia. En ella perdieron la vida cerca de 47 millones de personas, además de haber sido arrasadas ciudades enteras, principalmente en Europa y Asia. Iniciada oficialmente el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, este nuevo enfrentamiento había sido preparado por las potencias imperialistas desde el fin de la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918.

En su análisis sobre el imperialismo, Lenin, el gran jefe de la Revolución Soviética, se expresó así en relación a las guerras en la etapa imperialista: “Los acuerdos firmados al final de una guerra son el punto de partida de un próximo conflicto“. La historia confirmó la veracidad de estas palabras más rapidamente de lo que muchos imaginaban. Europa, 21 años después devastada, volvió a ser escena de otra sangrienta disputa interimperialista que, sin embargo, no se limitaba a un solo continente.
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