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Se cumplen 37 años del asesinato de Argala

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El 21 de diciembre se cumplen 37 años del asesinato del ideólogo y dirigente de ETA, José Miguel Beñarán Ordeñana, más conocido como Argala. Con motivo de esta fecha tan señalada, traemos al blog su conocida autobiografía.

 

 

Nací en Arrigorriaga en 1949. Arrigorriaga –cuando yo residía en ella– era una localidad con una población que calculo en 8.000 habitantes, de los que una buena parte son inmigrantes de diferentes regiones y pueblos del Estado español. Próxima a la zona euskaldun del valle de Arratia, giraba no obstante exclusivamente en la órbita de la industriosa y comercial villa de Bilbao y sus alrededores, fuertemente integrada de emigrantes, por ésta y otras razones históricas, de habla casi totalmente castellana. Debido a ello, Arrigorriaga, fundamentalmente, era también de lengua castellana. El euskara era, hasta hace unos doce años, un idioma en vías de desaparición; conocido casi exclusivamente por el reducidísimo sector de los baserritarras, probablemente lo utilizaban en sus hogares, pero, por lo menos los jóvenes, se avergonzaban de hablarlo fuera de ellos. El conocimiento del euskara era, pues, más una causa de complejo de inferioridad que una razón para la afirmación nacional como pueblo diferenciado.

Mi padre, nacido en la misma localidad, era de origen obrero; trabajador desde la infancia y durante mis primeros seis años de vida trabajador y copropietario, junto con sus hermanos, de un pequeño negocio de carpintería que utilizaba un solo asalariado, quien, frecuentemente, fuera de horas de trabajo convivía con ellos en régimen familiar. Mi padre, hijo de euskaldunes, desconocía por completo el euskara. Mi madre, de origen baserritarra, se vio obligada, también desde niña, a acudir a las grandes villas a ofrecer sus servicios como “femme de menage”, trabajo que realizó hasta su matrimonio. Vasco-parlante, no sé si por necesidades de convivencia con mi padre y su familia –todos habitaban una sola vivienda– o por un complejo de inferioridad muy extendido por aquel tiempo entre los vasco-parlantes –probablemente por ambas razones–, utilizaba en casa únicamente el castellano, por lo que hasta fechas recientes he desconocido el euskara.

Siendo niño aún, fortuitamente –mediante la lotería–, mi padre consiguió cierta cantidad de dinero, suficiente como para iniciar por su cuenta la construcción de viviendas, convirtiéndose de este modo en pequeño industrial de la construcción, nivel social en el que habría de permanecer hasta el día de su muerte.

Un factor fundamental durante mucho tiempo en mi educación seria la enseñanza recibida en la escuela. Estudiaba con admiración las hazañas de los conquistadores españoles y las llamadas cruzadas, considerando la perdida del imperio español como el lamentable resultado de un cúmulo de injusticias históricas realizadas por otras naciones como Inglaterra o Francia. José Antonio Primo de Rivera –fundador de la Falange– era considerado por mí como héroe nacional, y los rojos, como se denominaba en los libros de historia a todos los enemigos del franquismo, una horda de ateos, violadores y asesinos.

La cuestión nacional vasca jamas llegué a planteármela en la infancia de un modo positivo, si bien la conocía por mi padre y sus audiciones nocturnas de una emisora de radio prohibida cuyas emisiones quedaban semiahogadas en una mar de ruidos y pitidos que las convertían casi en ininteligibles.
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Fusilados hace 40 años

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Hoy 27 de septiembre de 2015 se cumplen 40 años de los fusilamientos de los militantes del FRAP José Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, y de los de ETA Jon Paredes Manot, “Txiki”, y Ángel Otaegui Etxebarria.

Como si de una macabra ceremonia de extremaunción se tratara, el tiranuelo fascista se despedía de este mundo segando la vida de cinco jóvenes revolucionarios, cuya sangre derramada confluía casi 40 años más tarde en ese torrente de dolor, pero también de orgullo, de dignidad y de permanente exhortación a la lucha de clases, que son los cientos de miles de antifascistas caídos en la Guerra Civil Revolucionaria (1936-1939) y en la represión posterior.

Aquellos fusilamientos de septiembre del 75 ponían un punto final simbólico a la barbarie iniciada el 18 de julio del 36, pero aquellas balas asesinas también apuntaban a lo por venir: la burguesía, salvada in extremis por el ejército reaccionario y la intervención nazifascista en 1936, no iba a ceder ni un ápice de su poder político y económico, no iba a poner en peligro unos intereses materiales, los suyos, que sólo había podido salvaguardar a costa de un guerra brutal contra la clase obrera y campesina española.

Los varios cientos de muertos asesinados por las bandas fascistas –de uniforme o de paisano–, desde aquel 27 de septiembre de 1975 hasta el presente, son la demostración más acabada de que la democrática y constitucional burguesía española no se anda con remilgos cuando se trata de apretar el nudo, “atado y bien atado”, que el franquismo ciñó alrededor del cuello de la clase obrera y los pueblos del Estado, con la remarcable complicidad del carrillismo oportunista. de la socialdemocracia felipista y del sindicalismo lacayo para desmovilizar a la clase trabajadora y allanar el camino a la transición borbónica.
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